Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 122
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Capítulo 122: Capítulo 122: Como hablarle a una Puerta
El sol ya estaba alto cuando Kiro llegó de nuevo al tercer piso, cargando una pequeña bolsa de tela en una mano y una manta doblada bajo el brazo. Frente a él, la puerta cerrada seguía allí. Imperturbable. Silenciosa. Intimidante, en cierto modo… pero él no la veía así.
—¡Buen día, Chris! —saludó con una sonrisa amplia—. Hoy traje juegos y bocadillos. ¡No tengo problema en compartirlos contigo, si quieres!
Extendió la manta con energía justo frente a la puerta, y colocó sobre ella su pequeño arsenal: una caja de cartas normales, un juego de adivinación, y uno bastante gastado de imitación, con ilustraciones caricaturescas. Además, sacó un recipiente con galletas dulces, una bebida energética, y unas cuantas bolsitas de papas de colores.
Se sentó con las piernas cruzadas, apoyando los codos en las rodillas mientras miraba la puerta con naturalidad.
—Ya quedan pocos días para el enfrentamiento contra Inclementer… —comenzó, usando la voz como si realmente hablara con alguien del otro lado—. Espero poder contar contigo en esta ocasión. La verdad… nos superan en número. Pero también sé que somos más fuertes, y más valientes que ellos. Y si tú estás con nosotros, Chris… no tengo duda. Vamos a ganar.
Una pequeña pausa. El silencio del pasillo no le molestaba. Lo llenaba él mismo.
—Ah, sí. No sé si lo había dicho, pero… me llamo Kiro. Solo eso. No tengo apellido. Nunca tuve. —Rió suavemente—. Aunque… nunca me puse a pensar cómo sería tener uno. ¿Tú tienes apellido, Chris? ¿Mercy es un apellido?
Tomó una galleta y le dio un mordisco.
—Cuando era más pequeño, en la escuela, no tenía muchos amigos. Supongo que era por eso. Por no tener apellido… o por hablar demasiado. O por no encajar del todo. Me costó al principio, pero con los años… fui encontrando gente que sí me aceptó. Me hice un lugar e incluso me volví popular un tiempo… creo. Y eso mismo quiero hacer aquí, en Stella.
Se quedó un momento mirando una carta del mazo de adivinación, sin levantar la vista.
—Quiero ser útil. Quiero ser… alguien en quien los demás puedan confiar. Me esfuerzo mucho, más que muchos, porque sé que estoy muy por detrás. Pero… tengo fuerza de voluntad. ¿Tú también la tenías, no?
Otra pausa.
—Mi hermana menor se llama Airi. Es lo más adorable del mundo. Siempre me manda mensajes antes de dormir, diciendo que me cuide y que le avise si como bien. A veces me reta si no le respondo a tiempo. —Rió con cariño—. Y mi maestro, Hunk, es de lo mejor. Tiene una fuerza increíble y un corazón enorme. Quiero ser como él algún día.
Acarició su parche del emblema.
—Quiero proteger a los que quiero. Para eso estoy aquí. Para eso entreno. Incluso si a veces estoy cansado… o solo.
El pasillo permanecía callado, pero su voz llenaba el espacio con calor.
Después de unos minutos, Kiro alzó el mazo de cartas.
—¿Sabes jugar? Este es uno de esos juegos donde uno tiene que adivinar qué carta tiene el otro y superarlo con las tuyas. Suena simple… pero puede ser muy frustrante. —Acomodó el mazo frente a él—. Si no vienes pronto… empezaré sin ti, ¿eh?
Silencio.
Kiro suspiró, pero no perdió el ánimo.
—Bueno… entonces, yo empiezo.
Y así, se acomodó, barajó el mazo, repartió cartas a sí mismo y a un espacio vacío, y comenzó a jugar. Usaba una voz diferente para su “oponente”, imitando a alguien más serio, pausado… como él creía que sonaría Chris.
—“Pasaré este turno.”
—¡Oh! ¿Estrategia pasiva? Muy bien… yo ataco con mi carta de dragón. ¡Ja!
—“Esa carta ni siquiera existe.”
Pasaron los minutos. Luego las horas.
La bandeja de galletas fue quedando vacía. Las papas disminuían. La bebida desapareció lentamente. Y Kiro… ya iba por la quinta partida de cartas. Curiosamente, había perdido todas.
—No sé cómo lo haces, Chris. —Se rascó la cabeza, algo frustrado—. Yo juego por los dos… ¡y aun así pierdo!
Bajó las cartas lentamente, observando el espacio donde debería estar su rival.
Entonces, algo lo inquietó.
Miró la manta. Miró la bandeja vacía. Miró las envolturas arrugadas.
—…¿Eh?
Frunció el ceño.
—¿Cómo se acabó tan rápido la comida?
Se quedó inmóvil un momento, mirando la puerta como si esta pudiera responderle.
Su mirada se hizo más intensa.
Más curiosa.
“Planeaba estar aquí todo el día… ¿me comí todo sin darme cuenta? ¿O…?”
Se inclinó levemente hacia la puerta.
—¿Acaso tú… comiste algo?
Silencio.
Kiro se quedó mirando el suelo por unos segundos, luego se rió para sí mismo, negando con la cabeza.
—Imposible —murmuró con una sonrisa cansada—. Si alguien realmente hubiera comido algo… lo habría visto. O al menos, sentido su energía.
Miró a la puerta y alzó una ceja, algo divertido.
—Perdón por comérmelo todo yo solo entonces… la próxima vez traeré más.
Apiló las cartas en silencio y las guardó en la caja con cuidado. El atardecer ya asomaba por las ventanas del pasillo, tiñendo el aire de un naranja cálido.
—Como ya no se me ocurre qué hacer… —dijo mientras se acomodaba otra vez en el suelo—. Te voy a contar una historia de mi maestro Hunk. Por si no lo sabías, él es un exorcista de rango S. Sí, de los de verdad. Así que imagina la clase de monstruos y locuras a las que se ha enfrentado.
Se aclaró la garganta, poniéndose recto como si estuviera ante una audiencia.
—Todo empezó en una ciudad vieja del norte, donde la niebla no se levantaba ni con rayos de sol… Hunk fue enviado porque—
¡BANG!
Una voz desde el otro lado de la puerta explotó como un trueno, interrumpiéndolo de golpe.
¡CALLATE DE UNA MALDITA VEZ! ¡ERES MUY MOLESTO Y RUIDOSO! SOLO CÁLLATE. ¡CALLATE!
El corazón de Kiro se congeló por un instante. La caja de cartas resbaló de sus manos.
—…¿Qué?
Abrió los ojos, desconcertado. El silencio volvió de inmediato… pero el impacto ya había sucedido.
—¿Fuiste tú…? —murmuró, incorporándose lentamente—. ¿Fuiste tú, Chris…?
Y entonces lo comprendió.
¡Chris Mercy acababa de hablar!
Kiro se puso de pie con una sonrisa tan amplia que parecía no caberle en la cara.
—¡Lo logré! ¡Te tengo! ¡¡Dijiste algo!! —dio un pequeño salto de emoción—. ¡No eres un fantasma después de todo!
Se acercó a la puerta, todavía con energía.
—¡Sabía que eventualmente hablarías! No hay silencio que resista a mi voluntad.
La voz volvió a sonar, más fría, más intensa:
—Si dices UNA palabra más, conocerás el mismo infierno. Vete de aquí y no vuelvas jamás.
Kiro se detuvo, pero solo por un segundo.
—¡No puedo irme! —dijo con convicción—. Le prometí a Lyra que uniría al emblema. ¡Y si hay algo que no tengo permitido hacer… es rendirme aquí!
Al otro lado, silencio.
Kiro tragó saliva, esperando respuesta. Entonces Chris habló, más bajo… pero con una tensión palpable:
—Entonces dime… ¿qué demonios debo hacer para que desaparezcas?
Kiro no lo pensó ni un segundo.
—Tienes que asistir al combate de Stella contra Inclementer. En cinco días. Solo con tu presencia… ¡tendremos una oportunidad real! ¡Eres nuestra carta ganadora, Chris! ¡¡Viva Stella!!
Una pausa larga. Como si alguien contuviera la respiración.
Luego, un suspiro de fastidio.
—Me irritas demasiado, mocoso. Pero ya que veo que no vas a irte a ningún lado… te haré una propuesta.
Kiro se tensó. Su corazón latía más rápido.
—Tráeme una Flor del Caos. Una real.
—¿Una… qué?
—Una flor del caos. Sabrás cuál es. Si no me la traes dentro de un día, o te rindes antes, no sueñes con convencerme.
Kiro apretó los puños, sin dudarlo.
—Entonces acepto. ¡Te juro que mañana tendrás esa flor, Chris!
El silencio regresó. No hubo respuesta. Pero no hacía falta. La conversación ya había sucedido.
Kiro sonrió y bajó la cabeza con gratitud.
—Nos vemos, Chris.
Recogió la manta, los juegos, las envolturas de comida vacías. No le importaba el desorden. Ni el dolor de cabeza de la mañana. Chris Mercy le había hablado.
Mientras descendía por las escaleras, el atardecer lo cubrió por completo.
—Una flor del caos… —murmuró para sí—. Lo que sea que sea eso… la voy a encontrar.
Con una sonrisa llena de luz, Kiro se marchó del lugar.
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