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Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 126

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Capítulo 126: Capítulo 126: Cayendo al Abismo

Kiro jadeaba. Cada bocanada de aire le quemaba los pulmones, como si el ambiente mismo quisiera consumirlo desde dentro.

Usar la energía del espíritu no era como cualquier técnica. Lo sentía en cada músculo, en cada hueso. Era como si su cuerpo estuviera drenando su alma.

—Ugh… me siento… como si me estuvieran exprimiendo desde dentro —murmuró, tambaleándose mientras se ponía de pie.

Sus piernas le temblaban, pero aún así se obligó a caminar.

El suelo agrietado del valle de corrupción crujía bajo sus pasos. El olor era aún más intenso: un hedor metálico, mohoso, como si la muerte misma se filtrara desde las grietas.

—Debe estar cerca… la flor del caos… ¿cómo será? —se preguntó mientras avanzaba, atento a cada rincón.

No quería volver a luchar. No ahora.

“No otra ronda… no creo aguantar más contra esas cosas”

Y entonces, la vio.

En mitad del páramo seco y desolado, rodeada de rocas negras y cenizas, una flor carmesí se alzaba solitaria sobre un tallo retorcido. Tenía pétalos gruesos, casi como escamas de cristal, y en su centro latía un núcleo oscuro, cubierto por un humo rojo tenue que ondulaba hacia el cielo.

—Ahí estás… —susurró, maravillado.

Kiro se acercó con cuidado. El entorno era silencioso, como si todo el mundo se contuviera. No había viento. No había ruido. Solo esa flor, respirando como si tuviera vida, sin duda era lo único vivo en ese lugar.

Se agachó lentamente y, con una reverencia inconsciente, tomó la flor del caos entre sus dedos.

El tallo estaba caliente al tacto, y al desprenderla del suelo, el aire vibró.

Kiro la guardó cuidadosamente en una cápsula de almacenamiento que llevaba en su mochila. Luego sacó una botella de agua y dio un largo trago.

—Aahh… qué refrescante —dijo con una sonrisa cansada—. Lo hice. La tengo. Ahora solo tengo que regresar de alguna forma.

El líquido recorrió su garganta como una caricia. Su ánimo mejoró un poco. Su corazón aún latía rápido, pero ya no por miedo, sino por la emoción de haber logrado lo imposible.

Estaba por cerrar la mochila… cuando algo estalló dentro de su cabeza.

¡CRACK!

Una punzada aguda, tan intensa que le hizo tambalearse.

—¡Agh…! ¡¿Qué es esto?!

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, Dravenel rugió en su mente con una urgencia jamás escuchada.

—¡Kiro! ¡Están rodeándonos! ¡Corre, escapa AHORA!

Kiro se incorporó con el alma en vilo, girando sobre sus pies y escaneando el paisaje a su alrededor.

Nada.

No veía nada.

No sentía nada.

—¡¿Dónde están?! ¡¿Qué estás diciendo, Dravenel?! ¡No veo nada!

—¡Están con nosotros! —dijo con rabia—. ¡Están debajo…!

Kiro miró hacia el suelo.

Y lo entendió demasiado tarde.

Una mano salió del suelo.

Gris. Rasposa. Fría como un cadáver. Se cerró con fuerza sobre su tobillo.

—¡¿QUÉ—?!

¡SHHHHRAAAK!

En un segundo, el suelo se partió, rompiéndose como una cáscara podrida, y Kiro fue arrastrado violentamente hacia abajo.

—¡¡AAAAAAAAAAAAHHH!!

Cayó. Como un proyectil. Su cuerpo rebotó contra rocas filosas, y una de ellas lo golpeó en la cabeza. Su visión se nubló. Sintió que se iba, pero su instinto lo hizo aferrarse a la conciencia. No podía dormir ahora.

¡THUD!

Cayó sobre suelo firme.

Oscuro. Húmedo. Frío.

El eco del golpe se desvaneció en una caverna vasta y tenebrosa.

Kiro se arrastró por reflejo, hasta que su espalda tocó una pared de piedra.

Temblaba.

—¿Qué… fue eso…?

Levantó la vista con lentitud. Desde arriba, la luz de la luna apenas iluminaba el agujero por el que había caído, muy lejos, como una estrella remota.

Un instante de silencio.

Y luego, el suelo crujió.

Kiro giró la cabeza hacia el frente.

No estaba solo.

Desde la oscuridad, decenas… no, cientos de figuras se acercaban. Monstruos del abismo. De todos los tamaños y formas. Algunos se arrastraban por el suelo, otros caminaban de forma errática. Algunos golpeaban los muros con sus extremidades. Otros solo se quedaban quietos… pero sus núcleos brillaban en la penumbra.

Kiro quedó paralizado.

—No… puede ser…

Su aliento se volvió corto. Su pecho, oprimido. Su cuerpo entero lo empujaba a correr, pero no había a dónde ir.

Cayó en su territorio.

Estaba en su nido.

Había caído al abismo.

Kiro se tambaleó hasta quedar de pie.

Sus piernas eran columnas frágiles, su respiración estaba quebrada y sus manos temblaban sin control. Sentía su cuerpo colapsar desde dentro, pero no podía detenerse.

Frente a él, cientos de monstruos en la oscuridad. No emitían ningún sonido, pero cada paso de esas bestias deformes se sentía como un martillo invisible en su alma.

—¿Es… aquí donde voy a morir…? —susurró, con la garganta seca.

La idea cruzó su mente por un instante.

Pero fue suficiente.

Kiro cerró los puños con furia, y su espíritu se alzó una vez más, como una chispa débil que se niega a apagarse.

—¡NO! ¡AÚN NO!

Apretó los dientes, y con una última descarga de energía vital, se lanzó directo al combate.

¡FWWSSHH!

Saltó hacia el primero que encontró, lo esquivó con una voltereta y golpeó directo en el pecho, quebrando la costra y destruyendo su núcleo en una explosión de ceniza negra.

Cayó de pie, giró sobre sí mismo y saltó sobre otro monstruo, clavando su brazo hasta el codo en su torso.

—¡HAAAA!

Una explosión de energía rompió dos cuerpos más. La oscuridad vibró. Por un momento… por un instante… parecía que podía ganar.

—¡Puedo…! ¡Puedo pelear!

Sonrió, eufórico, bañado en sudor y cenizas.

Pero entonces…

¡CRACK!

Un monstruo de brazos gruesos como garrotes le asestó un golpe brutal en la cabeza.

¡THUD!

Kiro fue lanzado a un lado, girando por el suelo como un muñeco de trapo. Cayó encima de otra criatura… que lo levantó y lo arrojó con fuerza contra la pared de piedra.

Su cuerpo rebotó, su espalda crujió, y su alma gritó. Pero los monstruos no se detuvieron.

¡WHAM!

¡CRACK!

¡CRASH!

Lo golpeaban una y otra vez, de un lado al otro, como si fuera una presa atrapada en una tormenta de carne y furia.

Kiro ya no podía gritar. No podía responder. Solo sentía.

Sangre bajaba por su frente, por sus labios, por su torso desgarrado.

Uno de ellos, con una cuchilla negra en el brazo, se abalanzó sobre él y entonces.

¡SHRRRACK!

Un corte vertical y profundo lo abrió desde el pecho hasta el vientre.

La sangre brotó como una cascada.

Kiro cayó al suelo. El frío de la piedra se le clavó en la piel. Su vista… se volvió roja. Después negra. Después… nada.

“¿Voy a… morir?”

“¿Aquí termina… mi historia…?”

“No quiero… perder.”

“No quiero… morir…”

Su cuerpo estaba al borde del colapso.

Su alma, al borde de romperse.

Y entonces…

Una voz.

Grave. Antigua. Firme como una sentencia.

—Kiro.

Era Dravenel.

—Déjalo… todo en mis manos. Acepta el fuego de la muerte. Acepta mi poder de una vez.

Kiro no podía pensar. Solo podía sentir que caía, que se desvanecía, que su existencia se escapaba como arena.

Y aún así… quería seguir.

Aún así… no quería perder.

“Para no morir…”

“Aceptare incluso la ayuda… de la misma muerte.”

“De la eminencia de la muerte… Dravenel.”

Kiro cerró los ojos.

Y se dejó consumir en la oscuridad.

BOOOOOM.

El suelo tembló. La oscuridad se estremeció.

Una marca oscura brotó desde el ojo izquierdo de Kiro, recorriendo su mejilla, cuello y todo el brazo izquierdo, como una raíz negra encendida.

Su brazo se envolvió en un fuego gélido, un aura oscura que no quemaba carne, sino almas.

Sus ojos se abrieron.

El derecho seguía dorado. Pero el izquierdo, ahora, era completamente negro, con una pupila como una grieta.

Un aura oscura lo envolvía.

¡FWWOOOSH!

Los monstruos se detuvieron. Solo por un segundo.

Demasiado tarde.

Kiro se puso de pie, el fuego negro de Dravenel consumiendo el aire a su alrededor.

Y luego…

Un solo movimiento.

Kiro alzó el brazo izquierdo y la oscuridad estalló como un huracán.

¡BOOOOM!

Todo fue llamas negras.

Los monstruos que lo rodeaban fueron reducidos a polvo en un instante.

Sus núcleos se quebraron como cristal.

Sus cuerpos explotaron sin siquiera moverse.

Kiro jadeaba, pero ya no temblaba.

Su mitad izquierda ardía como una antorcha oscura, su piel marcada, sus ropas quemadas, pero sus heridas sanaban poco a poco, sellándose con hilos de energía púrpura y negra.

Frente a él, una nueva oleada de monstruos se acercaba.

Kiro no retrocedió.

Alzó el brazo izquierdo, lo envolvió en fuego.

—Vengan…

—Es el turno de la muerte.

Y se lanzó al ataque, desintegrando núcleo tras núcleo, con una velocidad inhumana. No necesitaba detenerse. No necesitaba hablar. Solo movía el brazo, y todo lo que tocaba era devorado por la oscuridad.

Cada criatura que caía no dejaba rastro. Cada paso que daba, dejaba un cráter humeante.

El abismo ya no lo devoraba.

Él devoraba al abismo.

Kiro ya no era él mismo.

Sus movimientos eran bestiales. Implacables. Perfectamente violentos.

Cada zancada levantaba escombros, cada giro trazaba arcos de llamas negras que silbaban como cuchillas, cortando el aire y todo lo que tocaban.

Saltó sobre un grupo de cinco criaturas y atravesó sus cuerpos con su brazo en llamas, partiendo los núcleos sin detenerse.

Uno de los monstruos le clavó una garra por la espalda, otro lo golpeó desde el costado. Pero Kiro solo se sacudió como una bestia salvaje y los redujo a cenizas.

Su expresión era diferente. Sus pupilas no mostraban miedo, ni dolor. Solo hambre y sed de caos.

—Se acabó el juego… —dijo, su voz mezclada con el eco demoníaco de Dravenel.

Alzó su brazo izquierdo. Las llamas negras se concentraron violentamente en su palma, como un agujero que absorbía la misma oscuridad del mundo.

Una presión sobrenatural se apoderó del aire.

La caverna temblaba.

Los monstruos se detenían.

Algo viejo. Algo definitivo. Estaba por ser liberado.

—Como muestra de gratitud… —murmuró Kiro con voz doble—. Por haber aceptado mi poder…

Su palma brilló con un foco de oscuridad pura.

Y entonces pronunció:

—Rinshoku… Última Parca.

¡BOOOOOOM!

Una columna de oscuridad abrasadora surgió desde su mano, como un rayo descomunal que se expandía en un cono destructivo.

El suelo tembló, los muros se partieron, la caverna se abrió en múltiples direcciones, desintegrando roca, criatura y corrupción por igual.

No hubo explosión.

No hubo llamas.

Solo vacío.

Devastación.

La caverna se abrió hacia el cielo.

Los monstruos se evaporaron.

Y Kiro, en medio del caos… emergió de las entrañas del abismo.

Ahora estaba fuera.

Bajo el cielo aún nocturno, que pronto estaba por cambiar.

Pero no había estrellas.

La corrupción cubría todo. Como una niebla que filtraba la luz del amanecer.

El campo estaba roto, oscuro, desértico.

Y Kiro… tambaleante.

Lleno de sangre, polvo y heridas internas.

Pero sonreía.

—Hacía… tanto tiempo… que no sentía esto —murmuró, mirando su cuerpo con asombro enfermo—. Qué bien se siente un cuerpo vivo.

Las llamas negras regresaron a su brazo izquierdo, retumbando con poder.

Kiro rugió y lanzó una ráfaga diagonal hacia la horda que lo esperaba.

Una nueva línea de enemigos fue desintegrada.

Nada podía detenerlo.

Nada… excepto lo inevitable.

¡THUNK!

Una punzada cortó su conciencia.

Su cuerpo se quebró desde dentro.

Las marcas oscuras desaparecieron. Las llamas se extinguieron.

—¡GAAAAAH! —gritó, cayendo de rodillas.

El dolor no era solo físico.

Era su existencia pura desgarrándose.

El fuego de Dravenel había olvidado los límites del cuerpo humano.

Los músculos de Kiro estaban rasgados.

Sus órganos comprimidos.

Sus huesos vibraban.

El fuego negro brotó en el aire como relámpagos, cayendo a su alrededor como si lo fueran a consumir… y luego se desvanecieron, como si jamás hubieran existido.

Kiro se desplomó hacia adelante. Sus manos apenas se apoyaban en el suelo.

—No… puedo… moverme…

Y aún así…

Los monstruos del abismo regresaban.

Lentos. Imparables.

Rodeándolo de nuevo.

Hasta que…

¡ZAAAAAAAAAM!

Un solo tajo de luz pura barrió el campo.

Cien monstruos fueron cortados en una fracción de segundo.

El suelo vibró.

Un viento inmenso estalló en todas direcciones.

Y entonces, el mundo se iluminó por un segundo.

Frente a Kiro, con su capa con el escudo de Paladins ondeando sobre su armadura y su espada turquesa envuelta en energía, estaba…

Kaede Minatsuki.

Su rostro sereno.

Sus ojos afilados como la hoja que empuñaba.

Su presencia, como un muro inquebrantable entre Kiro y la muerte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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