Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 129
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Capítulo 129: Capítulo 129: Sigue siendo Luz
Cuando Kiro abrió los ojos, el mundo lo recibió con una tibieza engañosa. Estaba de regreso en la enfermería de la Academia, bajo las mismas sábanas blancas y con la misma suave fragancia a hierbas medicinales… como si nada hubiese pasado.
Pero su cuerpo dolía como si hubiese sido partido en mil pedazos.
El sudor le cubría la frente, sentía un fuego interior, como si su sangre misma estuviera hervida. Quiso moverse, pero apenas logró girar la cabeza hacia un costado. Su vista estaba nublada por la fiebre, y los rayos del sol, colándose por las cortinas, lo cegaban suavemente. Solo entonces lo sintió.
Una mano cálida tomaba la suya con delicadeza.
—…Aguanta un poco más, Kiro —susurró una voz femenina, suave, serena—. Ya estás a salvo. Te ayudaré…
Los ojos cansados del muchacho intentaron enfocar aquella silueta junto a él, sentada, cuidándolo con ternura. Su visión no era clara, pero por un instante, en esa paz febril, pensó en su madre. En aquella presencia cálida que solo había sentido cuando era muy pequeño… antes de que la vida lo empujara a caminar solo.
—¿Mamá…? —susurró, apenas audible.
La figura se quedó en silencio, acariciando sus dedos con más suavidad.
Pero el cansancio pudo más. Kiro volvió a cerrar los ojos, y se sumió nuevamente en el sueño.
Más tarde, no supo cuánto tiempo había pasado, pero el picor de la luz en sus párpados lo obligó a despertar. Con un gruñido débil, abrió lentamente los ojos. El techo blanco de la enfermería le dio la bienvenida. La fiebre había bajado, el dolor en su cabeza aún latía, pero era soportable. Lo que más le dolía era el cuerpo, como si cada músculo hubiese sido arrancado y vuelto a poner a la fuerza.
—Ugh… —soltó, intentando moverse. Fue un error. Apenas lo intentó, su espalda crujió y sus costillas le dolieron.
—Tranquilo —dijo una voz conocida—. No trabajes de más, lo mejor será que descanses. Ya estás a salvo.
La figura se movió por la habitación. Con gesto silencioso, corrió un poco las cortinas, dejando que la luz del sol se suavizara. La penumbra reconfortante trajo alivio a los ojos de Kiro.
Fue entonces cuando la reconoció.
—¿Kaede…? —preguntó sorprendido, con un hilillo de voz incrédulo.
—Sí, soy yo —respondió ella, sentándose junto a su cama—. ¿Cómo te sientes, Kiro?
—Como si… me hubiera tragado un dragón y me escupiera después —bromeó con una sonrisa débil.
Kaede rió con suavidad.
—Me alegra que conserves el humor. Eso significa que vas mejorando.
Kiro intentó sentarse un poco, pero su cuerpo protestó de inmediato. Kaede lo detuvo con una mano sobre su pecho, suave pero firme.
—No. Quédate quieto. Estás muy herido aún.
—¿Qué pasó? ¿Cómo terminé aquí?
Kaede lo miró con una expresión serena. Sus ojos grises no mostraban juicio, sino una mezcla de preocupación y alivio.
—Te encontré en la zona de corrupción… muy malherido. Estabas al borde de la muerte, Kiro.
Él guardó silencio. Su mente se nubló por un instante al recordar los rostros deformes, la oscuridad del abismo… y su cuerpo en llamas negras.
Kaede se inclinó un poco más hacia él.
—Kiro… ¿puedo preguntarte algo…? ¿Qué estabas haciendo allí?
El silencio se volvió pesado.
Kiro tragó saliva.
Sabía que no podía ocultarlo. Lo que había hecho iba contra todas las normas de la Academia. Se adentró sin autorización, solo, en un lugar considerado letal incluso para aventureros de alto rango. No podía inventar una excusa. No esta vez.
—Lo siento… —dijo con un hilo de voz, desviando la mirada—. Sé que lo que hice estuvo mal… por favor, no me expulsen de la Academia…
Kaede alzó las cejas, sorprendida. Luego suspiró.
—Es cierto. Lo que hiciste fue imprudente y muy peligroso. Pudiste haber muerto… o peor. Y si no te hubiera encontrado, quizás ya no estarías aquí —agregó, más seria—. Pero…
Kiro levantó la mirada.
—…Pero lo bueno es que sabes que estuvo mal —continuó ella—. Espero que no lo repitas. Aunque más que eso, lo que realmente me preocupa es por qué lo hiciste.
Kiro guardó silencio unos segundos.
—Fui allí por una razón. No lo hice porque quisiera. Lo hice por Stella.
Kaede lo miró atentamente. Kiro respiró hondo.
—Chris Mercy… él me pidió una flor del caos. Si se la llevaba, me dijo que al menos me escucharía. Y si consigo que él luche con nosotros, el resto del emblema puede que se una también. Quiero… necesito reunirlos, sino todo se acabara…
Kaede parpadeó. Y de pronto, una risa ligera escapó de sus labios. Una risa suave y despreocupada.
—¿Dije algo malo? —preguntó Kiro, confundido.
Kaede negó con la cabeza, sonriendo.
—No. Al contrario. Lo que hiciste… es algo que haría el Kiro que conozco. Me alegra… que sigas siendo tú.
Kiro la miró en silencio, sorprendido por sus palabras. Su corazón latió un poco más rápido.
—¿Entonces no estás molesta?
—Estoy preocupada —respondió sinceramente—. Pero no molesta.
Has hecho algo que muy pocos harían: enfrentarte al abismo… por los demás. No por fama, no por ego… sino por esperanza.
Kaede se puso de pie y se giró hacia la ventana.
—Eso es… admirable. Aunque también… peligroso. Muy peligroso.
Kiro asintió en silencio. Kaede se giró de nuevo hacia él, y su mirada cambió. Más seria, más inquisitiva.
—Pero, Kiro… ¿Qué es ese poder que usaste? Esa oscuridad. ¿Sabes lo que hiciste realmente?
El rostro de Kiro palideció ligeramente. No sabía cómo responder a eso… no aún.
El ambiente de la enfermería se había vuelto más tenso, como si cada partícula de aire pesara más que la anterior. Kaede lo observaba con una calma extraña, la mirada fija en él, sin pestañear, sin moverse.
—Ya lo noté —dijo finalmente, rompiendo el silencio con su voz suave pero firme—. La energía en tu ojo izquierdo…
Kiro parpadeó lentamente. Su respiración se volvió más controlada, pero sus manos apretaban con fuerza las sábanas.
—Esa oscuridad la siento aunque no esté presente. En el momento en que peleaste contra Ryu… ya entonces me di cuenta. Tenías dentro de ti… algo más. La energía del abismo o algo parecido.
Kiro no levantó la cabeza. Estaba encorvado, encajando cada palabra como una verdad inevitable.
—Kiro… —Kaede se acercó, dio dos pasos hacia la cama y se detuvo frente a él—. Dímelo. ¿Qué es esa oscuridad? Y si de verdad no quieres dañar a los demás… ¿por qué usas ese poder?
Las palabras de Kaede eran suaves, pero estaban cargadas de una sinceridad tan afilada como su espada.
Kiro tragó saliva con dificultad.
Sus labios temblaron un instante, pero entonces respiró profundamente. Y como si ese aliento llevara dentro toda su voluntad, levantó la mirada.
Sus ojos dorados se cruzaron con los de ella.
—Ese poder… no es mío.
Kaede alzó una ceja, expectante.
—Esa oscuridad —continuó Kiro— pertenece a… Dravenel. La Eminencia de la Muerte que vive en mi.
Apenas pronunció ese nombre, una punzada eléctrica recorrió su cabeza. Kiro se llevó la mano al cráneo, jadeando de dolor, y sus ojos se abrieron por reflejo. Su pupila izquierda cambió de forma. Se tornó completamente negra. El resplandor siniestro que desprendía era inconfundible.
Kaede reaccionó en un instante.
—¡…!
Extendió su mano hacia el aire, llamando a su espada. En menos de un segundo, su espada Juramento de la Libertad llegó a su palma, invocada por el vínculo espiritual.
—¡Kaede, espera! —dijo Kiro, retrocediendo por instinto, acorralado en la cama.
Kaede no dudó. Apuntó la hoja directamente al ojo izquierdo de Kiro, sin titubear.
—Entonces… ¿son dos seres en uno?
Su tono no era de ira. Era seriedad, autoridad, claridad de juicio. Kaede estaba lista para actuar si debía hacerlo.
—Ahora lo siento —añadió—. Su energía… está más activa. Dime, Kiro… ¿Puedo confiar en él?
Kiro abrió la boca para hablar, pero no salía ningún sonido. La presión del momento, el miedo a la traición, la confusión, todo se mezclaba en su pecho como un torbellino.
Y fue entonces cuando, en su mente, escuchó la carcajada grave y resonante.
—Heh… qué escena más encantadora. —La voz de Dravenel parecía disfrutarlo.
Kiro apretó los dientes.
—Dile a la chica que no se preocupe tanto… No trabajo con los del abismo. Tal como acordamos, no interferiré en tu camino. Tampoco puedo hacerlo…
Lo único que puedo darte, muchacho, es poder. Nada más. No olvides que te necesito vivo para encontrar a mis compañeros.
Kiro respiró con más fuerza, aún con el rostro sudoroso por el dolor reciente. Alzó la mirada hacia Kaede y le respondió con voz firme:
—No hay problema alguno. Lo que él hace es prestarme su poder, nada más.
Se que no trabaja con el abismo.
Así que… podemos estar tranquilos.
Kaede lo observó detenidamente.
La espada aún apuntaba a su rostro, a escasos centímetros.
—¿Hay alguna forma… de asegurarse de que eso es verdad?
—Sí —afirmó Kiro—. Yo me aseguraré. No dejaré que nadie… ni siquiera él… me controle.
Por unos segundos, el tiempo pareció detenerse. Kiro, aún débil, sostenía con su mirada una promesa de fuerza. Kaede, con su espada firme, era la balanza entre el juicio y la esperanza.
Finalmente, ella bajó la espada.
—…Está bien —dijo, exhalando con leve alivio—. Confiaré en ti.
Kiro soltó un suspiro, no sabía si de alivio, o de tensión liberada. Kaede se giró un poco, dejando descansar su espada en el suelo con la punta tocando levemente las baldosas.
—Pero para que sepas—añadió—. Estaré vigilándote muy de cerca.
Aún no entiendo qué o quién es ese tal Dravenel, ni cómo llegaste a albergarlo… Pero confiare en ti.
—Está bien —respondió Kiro—. Gracias, Kaede.
Kaede dio media vuelta y se dirigió a la puerta de la enfermería. Antes de salir, miró por encima del hombro.
—Por ahora, lo más importante es que te recuperes mejor.
Sigue descansando. Intentaré venir a buscarte cuando te den el alta… y ahí continuaremos esta conversación.
—…Gracias otra vez, Kaede.
Ella asintió con una media sonrisa.
—Descansa, ¿si?
La puerta se cerró suavemente detrás de ella, y Kiro quedó solo en la habitación. La tensión comenzaba a esfumarse.
Kiro cerró los ojos y dejó que el silencio lo envolviera.
—…Gracias —repitió, para sí mismo—. No me rendiré.
Pasó un rato.
El silencio de la enfermería, apenas perturbado por el canto suave de unas aves al otro lado de la ventana, parecía invitar a la reflexión.
Kiro se acomodó sobre la almohada, con la mirada en el techo. No podía dormir, aunque su cuerpo todavía ardía con fiebre leve y el agotamiento lo forzaba a quedarse quieto. Cerró los ojos.
—…Dravenel —susurró mentalmente.
No hubo respuesta.
—¿Dravenel? —volvió a decir, esta vez con un poco más de fuerza en sus pensamientos.
Nada.
Pasaron unos minutos. Kiro pensó que tal vez aún estaba demasiado débil para conectar, o que tal vez Dravenel simplemente no quería hablar.
—Vamos, sé que estás ahí —insistió con firmeza, sin dejar que la frustración creciera—. Sé que puedes oírme, siempre puedes…
Entonces, como si el eco de su mente hubiese abierto una puerta olvidada, una sombra cálida lo envolvió por dentro.
Una voz grave, profunda, resonó desde el interior de su espíritu, con su habitual tono elegante, pausado, como si viniera de otro plano.
—Finalmente me llamas… —respondió Dravenel—. ¿Qué deseas, niño?
Kiro suspiró con alivio. Por más aterradora que sonara su voz, en ese momento le parecía familiar. Casi… tranquilizadora.
—Quiero saber qué pasó allá —le dijo—. Lo último que recuerdo fue… caer al suelo. Luego… oscuridad total.
Hubo un breve silencio antes de que Dravenel respondiera.
—En ese momento, tu cuerpo y tu alma me aceptaron por completo. Ya no hay resistencia entre nosotros. Antes, tu energía de luz, aunque no lo sabías, intentaba suprimir la mía… destruirme. Eso provocaba tus dolores, tu fatiga, tus pesadillas. Pero ahora, gracias a esa elección final que hiciste en el abismo… me diste paso. Me diste forma, dirección, y una parte de tu alma. Por eso tambien me siento… más libre.
Kiro se quedó pensativo. Llevó la mano a su pecho, justo sobre donde había sentido aquel ardor tras aceptar el poder.
—¿Entonces… eso significa que ahora puedo usar tu poder sin dolor?
—Casí. No completamente, aún no. Pero ya no te desgarrará por dentro como antes. Procura que fluya contigo, no contra ti.
Kiro cerró los ojos, intentando procesarlo todo. La aceptación de un poder oscuro… no solo era peligrosa. Iba contra todo lo que había creído en su vida.
—¿Y por qué estás tan interesado en ayudarme? —preguntó al fin, con la voz apenas audible—. ¿Qué ganas tú con todo esto?
La respuesta llegó con sorprendente calma, como si hubiera estado esperando justo esa pregunta.
—Quizá deberíamos empezar de nuevo, Kiro. Soy Dravenel. La Eminencia de la Muerte. No soy un dios. No soy un demonio. Ni una divinidad ni una bestia. Soy un espectro. Un eco de lo que fui… la sombra restante de una antigua alma, consumida y sellada. Fui un seguidor de la diosa de la oscuridad… aunque incluso ella nos abandonó cuando llegó el final.
La voz se volvió más introspectiva. Menos gélida. Más… humana.
—Hace siglos quedé atrapado en aquellas ruinas. Dormido. Olvidado. Sellado. Y lo peor de todo… es que no puedo abandonar ese lugar. Si lo hago por mi cuenta, desapareceré para siempre. Por eso te necesito a ti. Para caminar, para ver, para buscar… A mis compañeros.
Kiro se quedó mudo. El tono de Dravenel no era de amenaza, ni manipulación. Era doloroso. Sincero. Real.
—¿Tus… compañeros?
—Ellos también fueron sellados. Como yo. En templos y ruinas de este mundo. Ahora deben estar dormidos… esperando. Están dispersos. Pero vivos. Lo sé. Sus almas, como la mía, aún laten. Aunque débiles. Y si puedo reunirlos, si puedo verlos una vez más… —Dravenel pausó, como si contuviera emoción— Podré cumplir la última orden de mi diosa.
Kiro tragó saliva. Por un instante, no supo qué decir.
Un ser nacido de las sombras… que hablaba del reencuentro como si fuera su única esperanza. No por poder. No por venganza.
Por lazos. Por deber.
—Entonces… —murmuró Kiro—. ¿Quieres que te ayude a encontrarlos?
—Sí. Usa tus sentidos, tu instinto, tu deseo de avanzar. Yo haré lo mismo desde dentro. Es un pacto, no una esclavitud. A cambio, te doy mi poder. Para protegerte. Para evitar que mueras. Ahora que lo aceptaste… te será más fácil controlarlo. Moldearlo a tu voluntad.
Kiro asintió, aun recostado, con una leve sonrisa en los labios.
—Está bien. Te ayudaré. Prometo que lo haré, Dravenel. Encontraremos a tus compañeros.
Dravenel no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz sonó más suave. Casi como la de un antiguo caballero:
—Entonces te doy las gracias, portador de luz. No lo olvidaré. Por cierto, como último consejo del día… entrena con Kaede Minatsuki. Ella… puede ayudarte a templar ese nuevo poder que portas. Y también puede evitar que lo pierdas todo si decides abusar de él.
Kiro abrió los ojos, inspirando hondo.
La conversación había terminado. El vínculo entre ambos seguía activo… pero en silencio. En reposo.
Se quedó un rato más mirando el techo, las palabras de Dravenel resonando dentro de su pecho. No sabía si debía confiar plenamente en él, ni si este nuevo camino lo llevaría a la luz o lo arrastraría hacia un destino incierto…
Pero no sentía miedo.
Solo… determinación.
—Kaede, ¿eh? —murmuró—. Supongo que será mejor que esté preparado si quiero seguir adelante. Si quiero… salvar a Stella.
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