Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 130
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Capítulo 130: Capítulo 130: Abre
Pasó el día, y en el ambiente cálido y silencioso de la enfermería, solo se escuchaban las pisadas decididas que rompían esa calma con fuerza. La puerta se abrió con un ¡clack! seco, y la figura de la enfermera entró al salón como un torbellino de autoridad, con el ceño fruncido, una libreta en mano y el temperamento por las nubes.
—¡Kaede Minatsuki! —exclamó al instante, sin siquiera mirar a su alrededor—. ¡Otra vez tú con este muchacho! ¿Cuántas veces más lo traerás en ese estado?
Detrás de ella, Kaede entró con paso firme, aunque visiblemente más tensa que de costumbre. Su armadura ligera relucía aún por el brillo del sol del atardecer. Mantenía su porte, pero en su frente asomaba una gota de sudor traicionera.
—Sólo… hicimos un poco de entrenamiento, nada grave —respondió con una sonrisa nerviosa.
—¡Nada grave dice! —La enfermera se giró bruscamente y alzó su libreta, mostrándola con fuerza—. ¡Llegó con el brazo dislocado, marcas de quemaduras, deshidratación, y signos residuales de corrupción por todo su sistema! ¿Eso no es grave?
—E-eso… bueno, sí, pero… está mucho mejor ahora —intentó justificar Kaede, dando un paso hacia atrás.
La enfermera entrecerró los ojos, apuntando con su lápiz como si fuera un arma mágica letal.
—¿¡Y no le di hace poco una licencia de reposo completo!?
—Sí, sí… pero… —Kaede bajó un poco la mirada— él quiere.
Kaede, ligeramente sudando por los nervios, intentó mantener su tono de voz sereno.
—S-Sé que estuvo mal… y de verdad lo lamento, enfermera. Yo solo… estoy intentando ayudarlo. Esta vez fue por entrenamiento. Nada más. Prometo que no volverá a ocurrir.
La mujer levantó una ceja con desconfianza, su mirada fija en la chica.
—¿Entrenamiento dices? ¿Y por eso tiene marcas de quemaduras, cortes?
—¡Sólo estábamos practicando técnicas de recuperación y defensa! —respondió Kaede, levantando ambas manos—. ¡Por favor no se lo diga a los maestros! ¡Esta vez fue un accidente, se lo juro! ¡No era la intención que terminara así!
Kaede, sabiendo que no tenía escapatoria, se cuadró de golpe, puso ambas manos en las piernas y se inclinó en una reverencia exagerada de 90 grados.
—¡Por favor, enfermera Azama! ¡Se lo ruego! ¡Prometo que no volveré a traerlo en este estado! ¡Esta será la última vez, lo prometo por mi espada!
—¡Pues más te vale que esa espada esté dispuesta a aprender primeros auxilios si vuelve en este estado! —refunfuñó la enfermera.
Kaede se quedó en silencio, aún inclinada.
—Tres días, Kaede —dijo con voz severa, cerrando su libreta con un claap definitivo—. Si en tres días vuelve a aparecer aquí medio muerto, se acabó. Informaré directamente al director y a los profesores. No importa que seas tú. No puedo seguir encubriendo estas locuras.
—Entiendo… muchas gracias por su benevolencia. —Kaede sonrió con alivio, aún agachada.
—Sí, sí. Agradece que me caes bien… ¡pero no abuses! —espetó la enfermera antes de girarse y comenzar a caminar hacia el fondo de la sala.
Mientras tanto, en una de las camillas, medio sentado, con una expresión que fluctuaba entre la culpa y el pánico, Kiro había escuchado absolutamente todo.
—…Ejem —tosió ligeramente, tratando de acomodarse—. Buenos días…
La enfermera lo miró con una expresión afilada.
—Kiro —dijo su nombre con una mezcla entre cariño y desesperación—. ¿Qué pasó con la licencia que te di?
Kiro desvió la mirada al instante, como si el techo fuera de pronto el lugar más interesante del mundo.
—E-esta bien… ya la entregué.
—¡¿QUÉ?! —estalló Azama, lanzando sus brazos al aire—. ¡¿¡Te la di para que descansaras, para que te cuidaras y no volvieras a terminar así!?! ¡¿¡Y tú qué haces!? ¡¡Entrenando con Kaede Minatsuki como si fueras indestructible!!
—¡P-pero no fue tan grave esta vez! —intentó defenderse Kiro, levantando las manos—. Solo fue… un poco más intenso de lo normal…
—¡¿Un poco más intenso?! —le gritó—. ¡Tienes marcas de corrupción en tu sistema! ¡Tus músculos están más desgarrados que los nervios de un maestro corrigiendo exámenes! ¡Y encima tu fiebre llegó a cuarenta grados cuando entraste!
Kaede dio un paso más cerca de Kiro y colocó una mano sobre su hombro, con una sonrisa tranquila.
—Ya pasó. No lo regañe tanto, él… solo quiere ayudar.
—¡Sí, sigue así y no podrás volver a caminar! —bufó la enfermera.
Finalmente, tras otro largo suspiro, la enfermera cerró su libreta, esta vez con menos ira, y puso una mano suave sobre la frente de Kiro.
—Tu fiebre ha bajado. Estás estable. Pero no hagas movimientos bruscos ni fuerces tu cuerpo todavía —dijo en tono más serio—. Tu sistema aún necesita tiempo para estabilizarse.
Kiro asintió lentamente.
—Entiendo… lo siento.
—Bien. —La enfermera miró a Kaede con algo de compasión contenida—. Llévalo a su sede cuando se sienta listo. Solo caminen. Nada de volar, correr, entrenar, levantar rocas ni pelear en el camino.
—¡Entendido! —respondió Kaede rápidamente, levantando una mano como si jurara frente a una orden sagrada.
Azama recogió unos papeles del escritorio y salió del lugar.
El silencio reinó un momento en la sala. Kiro se recostó un poco más, exhalando un largo suspiro.
—Uff… eso fue aterrador.
—Que mal…—dijo Kaede, cruzándose de brazos con una sonrisa de medio lado—. Pero al menos ya pareces estar mucho mejor.
—Sí, pero tengo que admitir que la enfermera me da más miedo que cualquier monstruo del abismo.
Kaede soltó una risa suave.
—Te entiendo. Cuando iba en 1° año me pasaba casi igual que a ti.
Kiro miró el techo un momento, y luego giró la vista hacia Kaede, con un poco más de calma.
—Gracias por… por todo lo que hiciste. Me salvaste de esa zona de corrupción.
Kaede se encogió de hombros.
—No fue nada. Te salvaré las veces que sean necesarias para que así no volvamos a venir aquí otra vez.
Kiro rió un poco, ya estaba más aliviado tras toda la tensión vivida.
El sol comenzaba a caer lentamente sobre el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas apagados y tonos rosados, mientras los últimos rayos acariciaban los tejados de la Academia Farhaim. El aire ya se sentía más frío, y una suave brisa agitaba las hojas de los árboles del sendero.
Kiro caminaba con dificultad, su cuerpo aún resentido por el esfuerzo titánico de la noche anterior. Cada paso parecía recordarle cuán cerca estuvo del fin, del verdadero abismo. Apoyaba la mano sobre su costado derecho, donde la herida interna aún latía, aunque ya curada.
“Así se siente usar su poder…” —pensó mientras apretaba los dientes—. “Este es el precio por depender de Dravenel. Ojalá no tenga que volver a entrar en ese estado… Fue como perderme a mí mismo por completo, que miedo.”
A su lado, Kaede caminaba con paso tranquilo, aunque Kiro notaba ahora detalles que antes no había visto por el dolor: su postura, aunque firme, estaba levemente inclinada, y cojeaba apenas al andar. Su armadura blanca con bordes dorados, símbolo del emblema Paladins, estaba manchada por líneas negras de energía corrupta, como si hubiera caminado a través de la sombra misma. Tenía varios rasguños en los brazos y rostro, y su cabello azul pálido, normalmente impecable, colgaba desordenado con restos de polvo y hojas secas.
Kiro la observó en silencio unos segundos, sorprendido y agradecido.
“¿Todo esto… por salvarme?”
—Oye… —dijo de pronto, rompiendo el silencio—. Gracias.
Kaede lo miró de reojo, su expresión habitual de serenidad apenas se alteró, pero se detuvo a escucharlo.
—Gracias por todo —continuó Kiro—. Por entrenarme, por ayudarme… por salvarme la vida. De verdad. Siento que he mejorado, y todo fue gracias a ti. Así que te prometo algo: cuando esto acabe y ganemos… te invitaré a lo que quieras. Lo que sea.
Kaede se detuvo un momento. Lo miró con ojos brillantes, y por primera vez en mucho rato, su sonrisa se volvió un poco más tímida, más cálida.
—No tienes que hacerlo —dijo suavemente—. La verdad es que… no me acerqué a ti con las mejores intenciones.
Kiro frunció el ceño, confundido.
—¿Eh?
—Al principio —explicó ella, desviando la mirada al sendero—, yo estaba investigándote. Esa energía oscura que emanaste durante el entrenamiento con Ryu… me preocupó mucho. Me acerqué con la excusa de entrenarte para poder vigilarte de cerca.
—Ah…
—Lo siento —añadió—. Me sentí mal por no decirte nada. No quería desconfiar de ti… pero tenía que asegurarme. Lo siento mucho, Kiro.
Kiro, en lugar de molestarse, sonrió.
—No me importa. Aunque al principio fuera por eso, me ayudaste… me entrenaste, confiaste en mí incluso después de ver lo peor. Te debo mucho. Sigo aquí gracias a ti.
Kaede se detuvo de nuevo, observándolo en silencio.
—Sigues igual que siempre —dijo—. Ryu me habló mucho de ti. Me dijo que eras alguien terco, impulsivo y a veces un poco bobo… pero también valiente, con una determinación inquebrantable.
Kiro se rió con suavidad, aunque le dolió el pecho al hacerlo.
—Ese Ryu… Siempre exagerando —bromeó.
—No, creo que fue muy preciso —añadió Kaede, esbozando una sonrisa más traviesa de lo normal.
Caminaron así en silencio el resto del trayecto, hasta que por fin llegaron a las grandes puertas de madera de la sede Stella. La luz del atardecer las bañaba en un tono dorado.
Kaede extendió la mochila hacia Kiro. Aún estaba cubierta de polvo, pero contenía la flor del caos, intacta.
—Aquí tienes —dijo—. Asegúrate de no volver a perderla.
Kiro la tomó con ambas manos, agradecido.
—Gracias… por todo.
Kaede se giró para marcharse, pero entonces Kiro habló de nuevo.
—¡Ah, Kaede!
Ella se detuvo.
—¿Sí?
—¿Nos vemos mañana?
Kaede alzó una ceja.
—¿Mañana?
—¡Para entrenar! —dijo Kiro con una sonrisa luminosa.
Kaede suspiró, fingiendo resignación, pero no pudo evitar sonreír con dulzura.
—Está bien. Pero esta vez… no termines en la enfermería otra vez, ¿sí?
—Lo intentaré —rió Kiro—. No prometo nada.
—Apúrate y cumple tu misión —le dijo—. Pronto anochecerá.
Kiro miró hacia el cielo, que ya se tornaba azul profundo con los primeros destellos de estrellas. Asintió con energía y empujó la puerta de la sede.
Antes de entrar, se giró una última vez para mirar a Kaede. Ella ya se había dado la vuelta y caminaba en dirección opuesta, su capa ondeando con el viento, firme, silenciosa… como una sombra protectora que se alejaba.
Kiro entró en su sede, con la flor del caos a salvo y una meta más clara en su mente: Chris Mercy.
Una vez dentro, Kiro se colocó la mochila con dificultad, arrastrándola primero por el suelo y luego pasándola por un hombro con un gesto de dolor. Al enderezarse, un fuerte “crack” sonó en su espalda, agudo y seco como una ramita partiéndose. El sonido fue tan real que hasta los pájaros en la ventana dejaron de cantar un instante. Kiro apretó los dientes con fuerza, pero no pudo evitar que una lágrima le escapara, cayendo silenciosa por su mejilla.
—Agh… por favor, que no se haya roto nada… —murmuró, medio en broma, medio rogando en serio.
Cada músculo le dolía. El peso de la mochila no era excesivo, pero en su estado, hasta el aire parecía presionar con más fuerza.
Con una mano sobre el pasamanos, comenzó a subir las escaleras hacia el tercer piso. Un paso tras otro. Cada peldaño lo hacía tambalear un poco. Sus piernas temblaban como ramas al viento. El sudor le bajaba por el cuello a pesar del frío nocturno que comenzaba a colarse por los pasillos.
“Vamos… no queda nada… estás tan cerca…”
Sus pensamientos eran su único bastón. Por dentro gritaba de dolor, pero por fuera mantenía la mandíbula apretada. El corazón le latía con fuerza. Una mezcla de adrenalina, orgullo… y miedo. Miedo de no llegar. Miedo de caer justo antes.
“No me voy a rendir… no después de todo esto. No después de lo que pasé… de lo que sobreviví… juro que haré que me escuches”
El eco de sus pasos retumbaba en los pasillos vacíos. Su respiración se volvió jadeante, forzada. Al llegar al pasillo donde se encontraba la puerta sellada de Chris Mercy, sus piernas casi se doblan. Se detuvo un momento, una mano en la pared, otra en su costado.
—He llegado… —susurró, sin aire, sin fuerza—. Estoy aquí…
Se acercó hasta la puerta tambaleándose. Su sonrisa era tenue, casi un reflejo automático de quien se niega a caer. Alzó el brazo, lo que le costó casi más que subir todas las escaleras, y golpeó la puerta. Una. Dos. Tres veces. El sonido era apagado por la densidad de la madera.
—Mercy… oye… soy yo… —dijo, con voz temblorosa—. Kiro…
No hubo respuesta. El silencio fue tan absoluto que hasta el murmullo de la energía en los pasillos pareció desvanecerse.
Kiro gruñó por la frustración, se inclinó con torpeza y arrojó su mochila al suelo con un golpe seco. Cayó sobre sus rodillas y rebuscó en ella con manos temblorosas hasta que por fin la sacó: la flor del caos. Carmesí, peligrosa, viva. Su brillo enfermizo bañó el pasillo con un tono rojo oscuro, como una advertencia. Un humo tenue y casi hipnótico emanaba de sus pétalos.
Kiro se puso de pie como pudo, tambaleándose con la flor en la mano, el brazo extendido hacia la puerta.
—Oye… —gimió— Mercy… ¡aquí estoy…! ¡Con tu maldita flor!
Volvió a golpear con la otra mano lo más fuerte que pudo, su frente ya cubierta de sudor frío, su cuerpo al límite.
—¡Tengo la flor del caos en mis manos! ¡Lo logré! ¡Lo logré, Chris… abre la puerta!
Su voz se quebró al final. Un espasmo de dolor le recorrió la espalda. La flor temblaba con él, como si compartiera su agotamiento.
Por un momento… no pasó nada.
El pasillo volvió a sumirse en el más profundo de los silencios.
Pero entonces, de forma casi imperceptible, un clic sonó desde el otro lado de la puerta. Las grietas en la madera brillaron por un segundo… y la puerta se abrió.
El aire en el pasillo se volvió más denso, como si el umbral revelara una dimensión distinta. La luz cálida de la habitación contrastaba con la frialdad del exterior.
Y allí estaba.
Frente a Kiro, parado en el umbral, con una expresión ausente. El cabello color ámbar caía desordenado sobre su frente, cubriendo parte de sus lentes. Sus ojos dorados no brillaban… más bien, parecían vacíos. Llevaba puesta una sudadera café que parecía haber sido arrugada y usada por días, junto con unos pantalones grises de tela sencilla.
No decía nada. Solo lo miraba.
Kiro, boquiabierto, apenas pudo procesar lo que veía. Su respiración se agitó más aún, esta vez por la sorpresa.
—Tú… —susurró.
Y entonces, con la voz más suave que había usado en toda la noche, con una mezcla de alivio, triunfo, y cansancio acumulado, extendió la flor hacia él.
—Aquí… está tu flor, Chris.
El silencio se hizo otra vez.
Y por fin, después de días, dolor, batallas y enfrentar la corrupción…
…Kiro había logrado abrir la puerta.
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