Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 131
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Capítulo 131: Capítulo 131: Chris Mercy
La expresión de Chris cambió al ver a Kiro. Por un instante su rostro, generalmente indiferente y ausente, mostró algo parecido a una emoción. Frunció ligeramente el ceño y sus ojos, ocultos tras los lentes, brillaron con una chispa de sorpresa.
—De verdad la tienes… —murmuró, apenas audible.
El joven se inclinó un poco hacia adelante, como si le costara creer lo que veía: Kiro, empapado de sudor seco, cubierto de polvo y moretones, con los ojos rojos de cansancio… sostenía en sus manos la flor del caos. El humo carmesí que emanaba de ella flotaba suavemente entre los dos.
Chris no esperaba que el chico apareciera. Mucho menos que volviera con la flor del caos.
Observó con más atención: su respiración forzada, sus manos temblorosas, las vendas improvisadas en sus brazos. Y aun así, seguía sonriendo. Esa obstinada, absurda y tonta sonrisa.
—…En ese estado —dijo Chris, murmurando para sí, más asombrado que otra cosa.
Por un momento, Chris permaneció quieto. Luego, sin más, suspiró con resignación y dijo:
—Cumpliré mi palabra. Pasa.
Kiro apenas pudo asentir. Dio unos pasos tambaleantes dentro de la habitación. Al cruzar el umbral, sintió de inmediato un cambio de atmósfera. El aire era templado, acogedor, como si dentro del cuarto el tiempo se hubiera congelado. Todo tenía una extraña energía, un aura casi estancada, como si nada hubiese cambiado allí en años.
Chris cerró la puerta con un suave clic y fue directo a su cama, sentándose en el borde con desgano. Kiro miró a su alrededor con curiosidad.
La habitación estaba en un caos controlado. Envases vacíos de comida instantánea estaban apilados en las esquinas, junto con botellas de agua a medio terminar. Ropa arrugada, papeles, bolsas y algunos dispositivos electrónicos antiguos cubrían el suelo. Cerca de la pared había un escritorio algo más ordenado, con una computadora negra apagada. Lo más limpio del lugar. A su lado, una pila de libros sin abrir y revistas desactualizadas se apilaban como una torre inestable.
—¿Dónde puedo sentarme? —preguntó Kiro con voz ronca.
—Donde quieras —respondió Chris sin alzar la voz.
Kiro se dejó caer lentamente al suelo, cruzando las piernas con esfuerzo. Dejó su mochila a un lado y con cuidado observó la flor del caos en su mano, que aún conservaba su resplandor ominoso.
—Aquí está —dijo, y se la ofreció.
Chris tomó la flor sin mucha ceremonia y la giró en sus dedos. La observó como si fuera un objeto común y corriente, sin darle demasiada importancia, aunque sus ojos se mantuvieron fijos en ella por unos segundos más de lo habitual.
Luego, sin apartar del todo la mirada de la flor, preguntó:
—Entonces… ¿fuiste tú mismo a conseguirla?
Kiro asintió, respirando profundo para no parecer tan débil.
—Sí. Fui solo… toda la noche. Pasé por mucho, pero lo logré. Así que ahora… cumplo con mi parte. Te toca cumplir la tuya y escucharme.
Chris dejó la flor sobre el escritorio y giró la cabeza hacia él, acomodando los lentes con un leve toque de su dedo.
—Está bien. Te llamas Kiro, ¿cierto? Dime. ¿Qué quieres de mí?
Kiro apretó los puños, tragó saliva y habló con toda la firmeza que su cuerpo maltratado le permitía.
—Tal vez ya lo sepas… el emblema Stella declaró guerra contra Inclementer. Y si queremos ganar… necesitamos a todos los miembros. Incluyéndote.
Chris levantó una ceja, casi divertido.
—¿Incluyéndome? —repitió.
—Sí. —Kiro sostuvo su mirada con decisión—. Eres nuestra carta ganadora. No podemos hacerlo sin ti. Por favor… lucha con nosotros.
El silencio se prolongó por unos segundos. Chris desvió la mirada, se apoyó en una de sus rodillas y suspiró como si la conversación ya le estuviera resultando agotadora.
—Qué molestia… —murmuró—. ¿Para qué gastar energías en eso? No tiene sentido. ¿Acaso Rei no te contó la historia? ¿Lo que pasó?
Kiro bajó ligeramente la mirada, pero no se rindió.
—Sí. Me contó todo. La misión fallida, la pérdida del superior, la indiferencia… y lo que pasó después. Lo sé.
—Entonces, ¿por qué estás aquí? —Chris lo miró fijamente—. ¿Por qué sigues molestando? ¿No entiendes que me da igual lo que hagan? Hace mucho que no pertenezco a ese emblema. No tengo nada que ver con ustedes.
Kiro apretó los dientes, pero habló con más firmeza aún:
—Porque eso no es verdad. Si de verdad te diera igual, no habrías aceptado este trato. Si de verdad no quisieras saber nada, me habrías ignorado desde el primer día… y sin embargo, aquí estamos. Me escuchas. Me diste una oportunidad.
Chris parpadeó. El silencio se volvió más denso.
—Nadie… —continuó Kiro—, nadie que de verdad quiera rendirse pone condiciones, dando una oportunidad y fé posibles de conseguir. Nadie que no le importe da una segunda oportunidad a un desconocido. Tú sigues ahí dentro, Chris. Lo que pasó fue terrible… pero se que no eres ese monstruo del que me hablaron. Confío en ti.
Chris apartó la mirada, fastidiado. El silencio volvió.
Kiro, con el último aliento que tenía, concluyó:
—No te estoy pidiendo que salves el mundo. Te estoy pidiendo… que me des la oportunidad de demostrarte que aún puedes proteger algo.
Chris suspiró, bajó la mirada hacia la flor del caos que aún sostenía en la mano, la giró entre sus dedos, y luego la dejó caer sin interés sobre el escritorio.
—No me importan los demás, mocoso.
Su voz, aunque calmada, venía cargada de una amarga pesadez.
—Nada de esto importa. Ni la guerra, ni la Academia, ni Stella. ¿Por qué no te rindes como todos los demás? ¿Por qué te esfuerzas tanto?
Kiro alzó la mirada, pero no dijo nada todavía. Chris continuó, con un tono más ácido:
—Sé que hay miembros que no quieren pelear. Esto… lo causaste tú, ¿no? —Su mirada se clavó en Kiro, aguda como una aguja de culpa—. Es normal que sientas que es tu culpa, y por eso hagas todas estas idioteces. Intentas evitar que pase algo grave. Pero con este grupo… con este emblema de personas quebradas… no creo que llegues muy lejos. Bah… ¿qué estoy diciendo? Ya me cansé de esto.
Volteó la cara, como si quisiera acabar la conversación ahí. Su tono, sin embargo, temblaba levemente. Una grieta sutil en su muro de indiferencia.
Pero Kiro no se movió. Apretó los puños con fuerza. Y, sin alzar la voz, respondió:
—Ya entendí que fue mi culpa…
Chris giró levemente la cabeza hacia él.
—…pero no es solo por eso que estoy luchando tanto. Quiero que seamos como una familia.
La habitación, cargada de penumbra y humedad emocional, pareció detenerse.
—Eso es lo que entendí al estar aquí —continuó Kiro—. Este emblema… este grupo, está lleno de personas increíbles. Cada uno vive a su manera, intenta aprender, crecer, mejorar. Algunos tienen miedo. Otros están rotos. Y yo… soy alguien débil. No soy el más fuerte. No soy inteligente. Soy impulsivo y tonto.
Chris bajó lentamente la mirada hacia el suelo.
—Pero… justo por cómo soy… quiero llevarnos a todos juntos al final. Quiero que ganemos como equipo. Como amigos. Como compañeros de Stella.
Kiro levantó su mirada. Estaba agotado, con la voz trémula. Pero en sus ojos brillaba un fuego dorado. Una esperanza inquebrantable.
—No vine a obligarte, Chris. No sé lo que has vivido. No sé cuántas veces el mundo te falló, o tú mismo fallaste. Pero… si te rindes ahora, nunca sabrás lo que podrías haber cambiado. Yo confío en ti. Por eso… levántate una vez más. Luchemos juntos. Todos nosotros. Confía.
Chris lo miró. Por primera vez en años… realmente miro a alguien a los ojos.
Y en ese instante, como un truco de la luz o un reflejo del corazón, vio algo que lo dejó mudo.
Allí, justo frente a él, en esa misma postura temblorosa, con esa misma chispa inquebrantable en los ojos… vio a Sanha. No su rostro, ni su voz, sino su espíritu.
Los mismos ojos puros. El mismo brillo lleno de idiotas sueños imposibles. El mismo impulso de estirar la mano, incluso a los que no la merecen.
Chris se llevó la mano al pecho, sorprendido. Su respiración se agitó un poco.
—¿Tú… no quieres irte? —preguntó, con voz baja. Su tono, por primera vez, tenía una pizca de preocupación real.
—Eso no importa —respondió Kiro, sin dudar—. Vine aquí para hacerte cambiar de idea. Y eso haré.
Kiro bajó un poco su postura, con una sonrisa torpe pero firme, y juntó las manos como si rezara frente a Chris.
—Porfis. Solo una vez. Solo esta vez, lucha junto a nosotros. Después no te molestaré más. Solo una oportunidad…
Chris tragó saliva. Algo dentro de él temblaba. Pero entonces su ceño volvió a fruncirse. Su voz tembló:
—¿De verdad… no lo notas?
Kiro parpadeó.
—¿Notar qué?
Chris se puso lentamente de pie. Sus pies descalzos pisaron el suelo con un sonido leve, casi seco. Caminó unos pasos, luego se detuvo, con la mirada clavada en Kiro.
—Tu energía… se está yendo.
—¿Eh?
—A tu alrededor… ¿no lo ves?
Kiro parpadeó y miró a su alrededor, viendo lo mismo de siempre: una habitación mal iluminada, polvorienta… normal.
Pero Chris, con sus ojos fatigados y espiritualmente abiertos, veía algo completamente diferente.
Desde el rincón más profundo del cuarto, la oscuridad brotaba como raíces de un árbol muerto, retorciéndose en el suelo, subiendo por las paredes, devorando el techo. Era su oscuridad. Era su alma. Era él.
Un pantano de sombras, estancado por años de indiferencia, donde nada crecía.
Excepto una cosa.
Frente a él, Kiro estaba rodeado por una barrera dorada. Un aura luminosa, suave como el sol del amanecer. Brillaba con tanta pureza que ninguna de las sombras podía acercarse. La luz de su alma creaba un espacio inalterable, como una isla en medio de un mar de podredumbre.
Chris retrocedió un paso.
—¿Cómo es que… no la ves?
—¿Ver qué cosa? ¿Qué dices?—Kiro preguntó, confundido.
Chris no respondió. Estaba boquiabierto, mirándolo como si hubiese visto un milagro. Como si algo sagrado estuviese sentado frente a él, y ni siquiera lo supiera.
—La oscuridad —murmuró Chris—. No puede tocarte. No importa cuánto se extienda. No importa cuánto grite. Tu luz… la detiene.
Kiro se quedó en silencio.
Chris cerró los ojos por un momento y exhaló. No fue un suspiro de cansancio… fue alivio.
Una exhalación larga, profunda. Como si al fin dejara ir algo que llevaba atado al alma.
Y en ese instante, como si un recuerdo se colara entre las grietas del tiempo, volvió al pasado.
“Tenía nueve años.”
Mi cabello era más corto, menos descuidado. Llevaba un traje negro con bordes dorados, muy elegante para un niño. Recuerdo que me apretaba el cuello y que la tela siempre estaba demasiado rígida. Caminaba por el patio interior de la mansión, un lugar lleno de árboles podados perfectamente, fuentes silenciosas, y caminos de piedra donde las flores nunca se marchitaban… aunque tampoco crecían por sí solas.
El cielo ese día estaba nublado., como si el mundo se hubiera olvidado de colorear la parte de arriba.
No sabía qué hacer.
Nunca supe qué hacer.
Los días se repetían. Despertaba, desayunaba solo en una mesa para veinte personas. Estudiaba, practicaba modales, leía. Nadie hablaba conmigo salvo los sirvientes, y solo cuando era estrictamente necesario.
Mis padres…?
La mayoría del tiempo no estaban.
Negocios. Reuniones. Viajes. Y cuando sí estaban, sus ojos siempre estaban en otra parte. Me veían, pero nunca me miraban. Y si lo hacían… era para evaluar, para juzgar, o para comparar.
No tenía hermanos. No tenía primos cercanos.
Solo tenía libros… y mi capacidad para ver lo que otros no podían.
Desde que tengo memoria, siempre he podido ver el espíritu de las personas. No su alma en un sentido místico, no. Veo… algo más. Algo que está por debajo de la sonrisa, del tono de voz, del lenguaje corporal.
Veo su energía real. Su intención. Su esencia vital.
Y lo que vi nunca me gustó.
Todo estaba cubierto de una leve sombra.
Hipocresía. Falsedad. Egoísmo. Codicia.
Entre más alta era la clase social, más gruesa era esa sombra.
Entre más decían “qué gusto verte”, más vacío era su corazón.
Me crié en eso. Me volví indiferente, como escudo. Como protección.
Hasta ese día.
Ese día, escuché un sonido raro cerca del rosal. Pensé que era un pájaro, o algún objeto que había caído.
Pero cuando me acerqué… lo vi.
Un cachorro.
Pequeño. De pelaje blanco con manchas café, temblando bajo la lluvia que recién comenzaba a caer. Tenía una pata ensangrentada, cojeaba, pero cuando me vio, movió la cola. No se escondió. No me gruñó. Solo se acercó, torpemente… y me lamió la mano.
Su espíritu… era limpio.
No había oscuridad. Solo luz. Una luz tan cálida y tan genuina… que tambien dolía.
Llamé a los sirvientes con un tono de voz que ni yo conocía.
Les pedí que lo atendieran. Que lo curaran.
Por primera vez, me escucharon.
Tardó varios días en sanar. Pero cuando volvió a correr… le puse un nombre. Toby.
Desde ese momento, fue mi mejor compañero.
Me esperaba al final de los pasillos. Se colaba en las habitaciones. Me seguía cuando estudiaba, cuando caminaba, cuando me sentaba a leer.
Y lo más importante… me hacía reír.
Reí de verdad.
No porque debía. No porque alguien me lo pidió.
Reí porque lo sentía. Sonreí.
Y fue allí donde comenzó a cambiar todo.
Pero no de la forma en que uno esperaría.
Empecé a notar algo raro. No en Toby… en mí.
La oscuridad que veía en los demás… comenzó a crecer en mí.
No sé cómo ni cuándo, pero una mancha, apenas perceptible, apareció en mi sombra.
Al principio pensé que era un error. Una ilusión. Un juego de la luz.
Pero cada día… se hacía más grande.
No tenía sentido. No sentía odio. No tenía envidia. Solo… tristeza.
Un vacío.
Y la oscuridad crecía.
Pensé que quizá era contagiosa. Que al haber estado tanto tiempo expuesto a esa podredumbre en los demás, finalmente se estaba filtrando en mi corazón.
Traté de ignorarla. Traté de olvidarla.
Hasta que Toby enfermó.
Fue de un día a otro. No comía. No ladraba. Solo se echaba, respirando con dificultad.
Llamé a los sirvientes. Llamé a los médicos. Nadie supo por qué.
Y yo… yo lo vi.
Vi cómo la oscuridad que había crecido en mí se extendía.
Lo tocaba. Lo rodeaba. Lo devoraba.
Toby murió esa misma semana.
Y con él… murió todo lo que quedaba de mí.
Nadie me creía cuando hablaba de lo que veía.
Me mandaron con doctores. Con tutores espirituales. Me dijeron que era una fase. Que tenía que “hacer amigos”.
Pero, ¿Cómo haces amigos cuando puedes ver todo lo que ocultan?
Así que decidí encerrarme.
No me importaba si alguien me hablaba. No me importaba si alguien moría.
Me convertí en esa sombra.
No porque la deseara…
Sino porque era la única que no me traicionaba.
Lo entendí… era mi oscuridad… es mi sombra.
…
“Volvió al presente… tras el pesado recuerdo.”
—…Eres igual de idiota que Sanha.
Kiro sonrió, aún sin entender del todo.
—¿Eso es un sí?
Chris no respondió de inmediato. Se sentó de nuevo, miró la flor del caos… y luego alzó la mirada hacia Kiro.
—Está bien. Iré. Solo esta vez.
Kiro abrió los ojos como platos.
—¡¿De verdad?!
—Sí. Pero con una condición.
—¿Cuál?
Chris se acomodó los lentes. Su expresión volvió a ser perezosa, casi burlona.
—Que no se te ocurra perder. Porque no pienso volver a hacerlo por segunda vez.
Kiro rio con alivio y asintió.
—Entonces… es un trato.
Ambos se quedaron allí un momento. Uno sentado entre ruinas, el otro envuelto en luz, y en ese instante… algo cambió.
El cuarto seguía oscuro, pero ya no estaba muerto.
Porque por primera vez en años… una estrella volvió a brillar en Stella.
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