Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 137
- Inicio
- Todas las novelas
- Hikari no Unmei: El Destino de Luz
- Capítulo 137 - Capítulo 137: Capítulo 137: Entrenando a la Oscuridad
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 137: Capítulo 137: Entrenando a la Oscuridad
El cielo de Farhaim comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y rosados. El sol descendía lentamente en el horizonte, iluminando con su última luz dorada las murallas occidentales de la Academia, donde el polvo del entrenamiento se elevaba en breves nubes entre los respiros agitados de Kiro y el silencio firme de Kaede Minatsuki.
Ambos estaban empapados en sudor, con raspones frescos y cortes menores marcando sus brazos, hombros y mejillas. A pesar del desgaste físico, ni uno solo de sus pasos mostraba duda. Frente a frente, con cuchillos de combate en mano, entre los dos sólo existía la respiración, el cálculo… y la intensidad de quien busca superarse a cada instante.
Kaede dio un paso hacia atrás, con su habitual compostura serena. El cabello azul pálido, atado con firmeza, se agitaba con cada movimiento. Su mirada gris evaluaba cada gesto de Kiro sin perder detalle.
—Vas muy bien —dijo con su tono tranquilo y firme, sin rastro de burla ni condescendencia—. Pero aún falta. Vamos, una vez más.
En el mismo instante en que acabó de hablar, se lanzó al frente con una precisión quirúrgica. Su cuchillo voló como una extensión natural de su brazo y, con un ágil movimiento, desarmó a Kiro, golpeando el interior de su muñeca y haciendo que el cuchillo cayera con un tintineo seco contra las piedras. Luego, un giro de su pie y el peso controlado de su cadera bastaron para derribarlo al suelo con suavidad, pero sin clemencia.
—Tch… —Kiro soltó un gruñido bajo de frustración. Respiraba con dificultad, con los labios resecos y el cabello pegado a la frente. Se quedó un segundo más en el suelo, con la espalda recibiendo el frío de la piedra… y entonces, sonrió.
Extendió la mano, recogió el cuchillo, y volvió a levantarse con esfuerzo.
“Que increible. Siempre terminas con un golpe certero… una desarmada perfecta… tus pies apenas suenan, tu respiración no se altera… tu mirada no tiembla. Pero…”
Miró el cuchillo, lo sostuvo con firmeza. Sus dedos temblaban apenas, por el cansancio acumulado, pero su voluntad se volvía más pesada que su cuerpo herido.
“Con cada choque, me enseñas más que mil palabras. Me muestras el camino. Cada vez que bloqueo, que esquivo, que retrocedo o ataco, siento cómo tu estilo se imprime en mi energía.”
Kiro recordó todas las veces que había caído en estas murallas. Todas las veces que Kaede lo había derribado sin perder la compostura, y cómo luego se quedaba en silencio, simplemente esperando a que él se levantara. Nunca lo juzgaba, nunca se burlaba. Kaede enseñaba a través de su espada, su presencia… su ejemplo.
“Hoy… no basta con aguantar. Hoy no se queda en un quiero. Hoy debo avanzar.”
Se puso firme. Apretó los dientes. El sol se reflejaba en la hoja del cuchillo como si fuera una extensión de su voluntad. La cálida brisa del atardecer rozaba su espalda… y fue entonces que bajó la mirada un instante.
Allí, sobre su reflejo tenue en el acero, notó algo más: su ojo izquierdo. Brillando. La oscuridad en su interior comenzaba a responder a su deseo de ir más allá. Ya no lo rechazaba, no lo temía… lo reconocía como parte de él y estaba empezando a entenderlo.
—Kaede… —dijo con voz ronca, pero segura.
Ella levantó apenas el rostro.
—Hoy será distinto. —Kiro alzó la vista, y en ese momento, el ojo oscuro quedó completamente visible—. Hoy no terminaré en la enfermería.
Kaede no respondió de inmediato. Pero en su mirada hubo un cambio sutil. Un leve brillo de reconocimiento… y respeto. Apretó con fuerza el mango del cuchillo, su silueta adoptó una nueva postura: más baja, más ofensiva.
Kiro lo entendió.
“No necesita decir nada. En combate, Kaede habla con su cuerpo, con su espíritu. Este es su lenguaje, y hoy… por fin estoy listo para responder.”
El viento barrió el polvo entre ellos. Una hoja seca cayó del cielo justo al medio.
Y así, bajo el último sol del día, Kiro sintió que algo dentro de él también se ponía en posición. No solo su cuerpo, no solo su mente. Sino su voluntad. Esa chispa que ya no solo ardía con luz… sino que también se fortalecía con sombras.
“Gracias, Kaede… y gracias a ti también, Dravenel.”
Todo se volvió silencio.
Una pausa.
Y el atardecer marcó el inicio del verdadero enfrentamiento.
El paso firme de Kiro resonó en la muralla como el pulso de una batalla que apenas comenzaba. Se lanzó al frente con una decisión encendida, los músculos de su cuerpo aún resentidos por heridas pasadas, pero su voluntad era un fuego nuevo que ardía con cada latido.
Kaede lo esperaba. Su figura recta, su respiración pausada, el cuchillo alzado en una posición defensiva perfecta. Cada fibra de su cuerpo hablaba de experiencia y control. Pero Kiro no iba a enfrentarla con la misma línea recta de siempre.
Justo antes del impacto, desvió el ataque. Su cuchillo trazó un arco sorpresivo, una ofensiva desde el costado, buscando el flanco débil.
El metal chocó con estruendo.
Kaede bloqueó en el instante justo, como si su cuerpo ya supiera lo que Kiro haría. El impacto hizo retroceder a Kiro, y su equilibrio vaciló. Ella, como una sombra de acero, aprovechó para avanzar de inmediato con una estocada hacia el pecho.
Kiro se cubrió instintivamente, sus brazos recibiendo la embestida. El peso del ataque lo vencía, y en cuestión de segundos sintió cómo su centro de gravedad cedía. La piedra del suelo se acercaba velozmente a su rostro.
“Maldición…”
Pero entonces, el tiempo cambió.
Su ojo izquierdo brilló como una grieta en la sombra. Todo a su alrededor pareció ralentizarse, como si los segundos fueran gotas que caían lentamente. Kiro vio a Kaede, la muralla, las grietas en el suelo, los bordes irregulares del cuchillo… y su reflejo en la hoja, distorsionado por el sudor y la determinación.
“No puedo caer… aún no.”
Con firmeza, clavó su cuchillo en el suelo y, como si usara el peso del mundo como impulso, giró sobre sí mismo. Su cuerpo trazó un círculo, y en el instante exacto su pierna se elevó con una patada horizontal. Golpeó los brazos de Kaede, que la recibió cubriéndose.
Ella retrocedió unos pasos. El equilibrio se rompió por un instante. Kiro, sin tocar el suelo con la espalda, usó el mismo impulso para reincorporarse con un salto bajo y elegante.
Kaede lo observó. Sus ojos grises reflejaban la luz del sol poniente, y por primera vez en el día, una tenue sonrisa se dibujó en su rostro.
—No estuvo nada mal —dijo, señalando con el dedo el ojo izquierdo de Kiro—. Parece que estás entendiendo lo que puedes hacer.
Kiro asintió, jadeando.
—No perderé más. No hoy.
Y se lanzó una vez más al combate.
El choque de cuchillos resonaba como el canto de una sinfonía de acero. El crepitar del metal al golpear, al resbalar, al detenerse a milímetros de la piel. Las siluetas de ambos se movían en patrones perfectos y caóticos, como bailarines de una danza violenta. Kiro atacaba, esquivaba, retrocedía, intentaba encontrar una brecha… pero Kaede seguía allí, como una muralla infranqueable, cortando sus intentos con una sola mirada.
El sudor le caía en los ojos. El cuchillo le pesaba más. El aire ya no llenaba sus pulmones con la misma facilidad.
“Esto no es suficiente. Si sigo así, no podré contraatacar nunca. No lograré nada nuevo.”
Se separó. Ambos bajaron la guardia sólo por un instante, para recuperar el aliento. Kiro bajó la cabeza, con las manos temblando.
“Tengo que esforzarme más. No soy el único luchando ahora. Todos… todos estamos avanzando. No debo quedarme atrás.”
Muy lejos de la muralla, en el patio trasero del emblema Stella, Shizuki entrenaba sola bajo el brillo tenue de un cielo opaco. Su silueta se recortaba contra la luz difusa del atardecer que aún perduraba. Su anillo oscuro resplandecía con pequeños impulsos inestables mientras ella repetía movimientos con una determinación poco usual en su habitual teatralidad.
Sudaba, pero no se quejaba.
Sus labios pronunciaban conjuros inventados, mezclas de oscuridad y esperanza. El hielo que invocaba brotaba con violencia a veces, y otras se desvanecía como si nunca hubiera existido. Su rostro ya no era de una niña caprichosa, sino de una aprendiz en busca de sí misma. El Hailf vibraba, y ella lo sentía cada vez más conectado… pero también más exigente.
En el laboratorio del emblema, el ambiente era denso con olor a metal, aceite y fragmentos de energía espiritual contenida. Silfy estaba encorvada sobre una mesa de trabajo, usando pinzas finas y guantes especiales para ajustar una conexión en un núcleo plateado. Su cabello plateado caía a los lados como una cortina, sus ojos oscuros parpadeaban con concentración absoluta.
A su lado, Noell revisaba un conjunto de placas y engranajes que parecían formar parte de un armazón. Aunque intercambiaban palabras, sus voces eran escasas. El proyecto en la mesa aún no estaba completo, pero su estructura comenzaba a delinear una forma humanoide. La superficie de los metales usados estaba cubierta de runas y gemas de energía sin pulir, que parpadeaban débilmente con un brillo pálido.
Allí, en medio del silencio, se estaba gestando una promesa.
En las cámaras de entrenamiento, la energía rebotaba contra las paredes como latidos contenidos. Xia Wave estaba allí, cubierta en sudor, su cabello pegado a la frente y los hombros alzados por el esfuerzo. Sus puños estaban envueltos en vendas resquebrajadas por los golpes, y su respiración era profunda, feroz, incansable. Lanzaba una y otra vez su energía hacia objetivos móviles, su cuerpo se desplazaba con rapidez, pero sin descuidar la técnica.
La luz de la sala era blanca, fría… pero en el centro, ella ardía.
Siguiendo en la sede, Chris Mercy se encontraba de pie frente a la entrada del laboratorio. El atardecer lo bañaba de lleno. El ámbar cálido de la luz lo alcanzaba por primera vez, delineando su silueta como si lo separara de las sombras que antes lo envolvían.
Su mirada fija en la puerta no era de duda… sino de decisión.
Se ajustó lentamente los lentes, y el reflejo del sol cruzó el vidrio. En ese instante, por un segundo, sus ojos dorados parecieron volver a brillar.
Mientras tanto, en la penumbra de su habitación, Rei Velmoria estaba sentada al borde de su cama. La luz del exterior no llegaba a su interior. Acariciaba lentamente la funda de su espada, sus dedos deslizándose por la empuñadura como si acariciara un recuerdo.
La oscuridad allí no era física. Era un peso que la rodeaba. Sus hombros caídos, su espalda encorvada. La campeona de Stella no entrenaba, no hablaba… solo respiraba con el peso de una decisión que no había tomado todavía.
Su mirada estaba perdida.
Y en contraste, en lo alto de la muralla oeste… Kiro alzaba su cuchillo una vez más.
No solo como un aprendiz.
Sino como un faro de luz que no se apagará jamás.
Las sombras se alargaban por el campo de entrenamiento de la muralla oeste, y el viento arrastraba suavemente el polvo y las hojas del día.
Kiro se lanzó hacia el frente una vez más, impulsado por el agotamiento, por la fe y por esa chispa incandescente de voluntad que se negaba a apagarse. El cuchillo temblaba ligeramente en su mano, pero su mirada era firme. Kaede respondió con igual velocidad y determinación, sus movimientos elegantes como el filo de su hoja. El encuentro fue inmediato.
El estruendo de sus armas al chocar resonaba como un martillo sobre hierro caliente. Kaede mantenía su postura con la misma exactitud imperturbable de siempre, bloqueando con movimientos mínimos, controlados, perfectos. Pero esta vez Kiro no era el mismo de antes: atacaba con más intención, trazando arcos arriesgados, buscando ángulos inesperados, probando fisuras que en otro momento ni siquiera se habría atrevido a mirar.
Sus cuchillos se entrechocaban una y otra vez. Las pisadas se deslizaban por la piedra desgastada de la muralla. Kiro giraba, retrocedía, arremetía. Cada vez que Kaede parecía atraparlo en una secuencia, él la rompía con una torpeza precisa, con una improvisación desesperada. Estaba empujando sus límites, retorciendo su cuerpo hasta el borde de la extenuación.
Pero entonces…
En un parpadeo, Kaede se desvaneció de su campo de visión. Todo se volvió silencio. Kiro sintió una ráfaga de viento en su nuca, y el metal de su cuchillo vibró… un segundo después.
No lo había visto.
Solo lo había sentido.
Y ahora, Kaede estaba detrás de él. El filo de su cuchillo se alzaba. No tenía tiempo de darse vuelta, de cubrirse, de huir. Iba a perder.
—¡No… aún no…! —murmuró.
En ese instante, su ojo izquierdo ardió con un fulgor intenso. La oscuridad envolvió su visión como un velo de fuego líquido. El tiempo volvió a ralentizarse, pero esta vez… más profundo. Como si incluso la gravedad obedeciera su voluntad. El viento se detuvo. El sonido desapareció. Todo fue una pintura inmóvil ante su ojo oscuro.
“No basta con verlo lento… ella aún es más veloz. ¡Necesito más!”
La energía oscura aumentó en intensidad. El contorno de su ojo comenzó a delinearse con llamas negras que palpitaban. Sintió un dolor agudo en la sien, pero no le importó. No ahora. El mundo ante él se reveló con claridad cristalina.
El reflejo de Kaede detrás de él. Su postura, su ángulo, la fuerza que estaba por liberar. Todo estaba expuesto.
Kiro se lanzó hacia abajo. Rodó con precisión y, usando su pierna como una extensión de su voluntad, propinó una patada ascendente al brazo de Kaede. El cuchillo voló en el aire.
En un parpadeo, Kiro se levantó como un resorte. Se deslizó como sombra frente a Kaede y, antes de que esta pudiera recuperar su postura, sujetó su muñeca derecha con firmeza y colocó la hoja de su cuchillo junto al cuello de ella.
El filo se detuvo a apenas milímetros de su piel.
Kaede no se movió. No por miedo… sino porque no tuvo tiempo. Todo había ocurrido tan rápido que solo cuando el filo rozó su piel comprendió lo que había pasado.
Pero fue otra cosa lo que realmente la dejó inmóvil.
El ojo de Kiro. Su mirada. Su aura.
Su rostro estaba bañado en sombras por la energía aún palpitante del ojo izquierdo, que lo hacía ver ajeno, incluso más alto, más firme. El fuego oscuro que rodeaba a su ojo poco a poco comenzó a apagarse, y el dorado habitual volvió a su lugar en un parpadeo.
Kiro suspiró, soltando el aire que había contenido durante toda la maniobra.
—Gané —dijo con una sonrisa ladeada, exhausta, y dejó caer su brazo al costado.
Kaede permaneció en silencio.
Su mirada bajó hacia el suelo donde yacía su cuchillo. Luego miró la expresión de Kiro. Ya no era solo de victoria. Había calma… respeto… y determinación.
“Eso… fue más que velocidad. Fue una excelente técnica. Lectura de combate. Visión. Instinto. Algo que solo puede lograr quien… ha sobrevivido a una batalla real.”
Kaede se llevó una mano al pecho. Podía sentir aún el leve eco del filo contra su cuello, y una parte de su corazón le hablaba con urgencia.
“No dejaré que este chico caiga en las manos equivocadas. Ya no.”
Entonces sonrió ampliamente.
—Felicidades, Kiro. Por vencerme en esta práctica —dijo, su voz serena, pero con un tinte de orgullo—. Ya te enseñé todo lo que podía en este tiempo. No hay nada más que pueda darte ahora… solo un consejo.
Kiro levantó la vista con curiosidad.
—Descansa. Ese ojo que tienes… ese poder… no es algo que debas tomar a la ligera. Entrenaste más de lo que nadie esperaría. Ganaste esta vez. No te fuerces más de lo necesario.
—Sí… —respondió Kiro asintiendo lentamente—. Gracias por todo, Kaede.
Y en ese momento, Kiro hizo algo que nunca había hecho en todo el entrenamiento.
Se inclinó con una reverencia sincera y profunda. Un agradecimiento que no se expresaba solo con palabras, sino con el cuerpo entero.
Kaede observó ese gesto y por un momento pareció quedarse sin palabras. Finalmente, asintió en silencio.
Las nubes del ocaso se extendían sobre ellos como una manta púrpura. El viento sopló con suavidad, arrastrando algunas hojas secas que cruzaron el campo.
Dos figuras de pie, una frente a la otra.
Una maestra del filo.
Y un aprendiz que acababa de convertirse, por fin, en un verdadero guerrero.
El amanecer trajo consigo un aire distinto a la Academia Farhaim. Desde temprano, las puertas de los pabellones se abrieron y los alumnos comenzaron a salir con una energía desbordante. No era un día común. Era el Día del Duelo de Emblemas.
El estadio principal, situado en el corazón de la Academia, estaba decorado con estandartes resplandecientes de ambos emblemas: el azul profundo con detalles dorados de Inclementer, imponente y majestuoso; y el violeta estrellado de Stella, menos vistoso, pero con un brillo particular cuando la luz lo rozaba.
Todo el entorno se había transformado en un verdadero festival. A lo largo del estadio y sus caminos colindantes, decenas de tiendas improvisadas ofrecían desde comida rápida —como takoyakis que soltaban chispas al morderlos o helados— hasta mercancía de los emblemas: bandanas, pins, gorros, muñecos de peluche con forma chibi de algunos miembros conocidos e incluso pósters autografiados, aunque únicamente había del emblema Inclementer.
Un grupo de chicas de primer año se empujaban entre risas en la fila de una tienda de pines:
—¡Dame uno de Dante! —gritaba una con mejillas enrojecidas—. ¡Es el caballero perfecto!
—¿Yoru es más fuerte! —dijo otra—. ¡¿No viste cómo derrotó a cuatro en el entrenamiento de la semana pasada?!
—Es que ustedes solo se fijan en lo lindo que son —intervino una tercera—. A mí me gusta Seraphine. Esa sí que tiene clase y un aura de reina.
—¡Y es de Inclementer! Eso basta —dijeron al unísono, entre risas.
En otro lado, tres chicos debatían acaloradamente:
—Stella no tiene nada que hacer. Apenas y tienen integrantes, y ni siquiera han ganado duelos públicos este año —comentó uno con una camiseta blanca con el escudo de Inclementer.
—Sí, y su emblema perdió un montón de estrellas en los últimos registros. Deberían disolverlos ya.
—Bah, ¿y qué tal si se guardaron todo para este combate? Digo, Kaede Minatsuki es una leyenda y parece estar a favor de Stella, según los rumores —añadió uno en voz más baja.
—No es suficiente. Kaede es buena, pero si está a favor de Stella, algo debe estar mal. Además, ¡Dante es un prodigio! El heredero de los Virellan, ¿te imaginas que pierda?
En medio del mar de voces a favor de Inclementer, había quienes no compartían tanto entusiasmo. Cerca del estanque central, bajo el cobijo de un cerezo que aún no florecía del todo, unos estudiantes de tercer año murmuraban con recelo.
—Toda esta parafernalia me huele a montaje —dijo uno, cruzado de brazos, mientras observaba cómo vendían espadas de juguete con la forma de la de Dante.
—Claro. Lo de siempre. Inclementer gana, todos aplauden y después misteriosamente desaparecen informes de sus actos… ya me lo sé.
—Esos tipos son unos carroñeros —gruñó una chica de pelo castaño oscuro—. Solo saben inflar su reputación. Todos sus combates “públicos” están armados. Y cuando uno de ellos se equivoca… mágicamente no pasa nada.
—Igual si lo dices en voz alta te meten un reporte, o peor… —agregó otro.
—Por eso callan los demás. Por eso nadie apoya a Stella. No es que no tengan talento, es que los de arriba ya eligieron a sus ganadores —dijo otro chico, con voz amarga.
—Igual… no me molestaría que hoy perdieran.
El ambiente general era vibrante, pero si uno escuchaba con atención más allá de los vítores y risas, podía oír el rumor subterráneo de las dudas, el descontento y la injusticia.
Los profesores y supervisores caminaban por los pasillos, controlando el orden y evitando que los alumnos se pasaran de entusiastas. Algunos, como Ivan Taskea, tenían una ceja alzada al ver la avalancha de camisetas de Inclementer.
—Parece más una elección que un duelo —murmuró, apenas audible, mientras pasaba al lado de un puesto que vendía coronas de flores con los colores de los Virellan.
A medida que pasaban los minutos, las gradas del estadio comenzaban a llenarse. Desde los sectores bajos, donde estaban los alumnos de primer año, hasta las alturas reservadas para autoridades, instructores y miembros de los consejos estudiantiles.
Se escuchaban aplausos, fanfarrias y hasta una banda estudiantil que interpretaba melodías con instrumentos de Alfhaim.
Faltaba poco más de una hora.
El rugido del público se sentía más fuerte con cada minuto, como un trueno a punto de romper. Un trueno que no todos querían oír… pero que se avecinaba con fuerza. Porque aunque el mundo vitoreara a Inclementer, había algunos corazones silenciosos que todavía esperaban… que una estrella solitaria iluminara el cielo.
Y la batalla aún no comenzaba.
Dentro de la sede Stella, el ambiente del laboratorio vibraba con una tensión distinta: no era estrés ni ansiedad, sino una emoción contenida, como si el destino mismo estuviera a punto de activarse.
El aire estaba impregnado del olor metálico de los componentes y una suave brisa que provenía del núcleo en reposo. Sobre las paredes colgaban planos, esquemas y cristales energéticos que parpadeaban al ritmo de las conexiones. El laboratorio parecía más una extensión del cosmos que una sala dentro de una academia.
Cerca del centro, Lyra Nightshade observaba todo con atención, su mirada estrellada reflejando el brillo del núcleo principal. A su lado estaban Shizuki Velmoria, cruzada de brazos con expresión solemne pero los ojos brillando de emoción, y Silfy, de pie con la espalda un poco encorvada, sosteniendo una pequeña libreta donde había anotado los últimos cálculos hechos junto a Noell.
Al otro extremo, Noell Sandrick ajustaba concentradamente los últimos conectores de su proyecto. Sus manos temblaban por el agotamiento, pero seguían firmes, como si esa creación fuese lo único que le importara en el mundo.
—Hacer esto es una suposición —comentó Lyra mientras observaba los datos del libro en sus manos—. No sabemos si funcionará por completo cuando lo necesiten allá afuera.
Shizuki giró levemente la cabeza hacia ella con decisión.
—Ya lo probé con Silfy —dijo con confianza, aunque su voz conservaba ese matiz melodramático tan suyo—. Si usamos la energía del núcleo con el enlace que Noell fabricó, sin duda puede funcionar. Las estrellas hablaron claro.
Lyra asintió, aún dubitativa. Entonces, giró su mirada hacia Silfy.
—Y tú… Silfy. ¿De verdad quieres luchar por el emblema?
Silfy bajó la mirada, tocando suavemente con sus dedos la manga de su túnica.
—Lo he intentado. Ayudé en todo lo que pude con lo del núcleo estelar, con los cálculos… con Noell… —Su voz era baja, como un susurro que apenas rompía el silencio—. Pero… no creo que sea suficiente, maestra.
Lyra se acercó con delicadeza.
—No se trata de hacer suficiente. Se trata de elegir estar aquí. ¿Lo eliges?
Silfy respiró hondo, sus ojos oscuros brillaron como espejos ante la luz del núcleo.
—Si esto realmente puede funcionar… entonces quiero intentarlo. Por nosotros.
Shizuki se volvió hacia ella sin dudar y le agarró las manos con fuerza.
—¡Entonces, hagámoslo juntas! —exclamó con entusiasmo—. Yo, Shizuki Velmoria, la elegida del abismo y los demonios, te prometo que te ayudaré en todo lo que pueda. ¡Y espero contar contigo también, compañera estelar!
Silfy se sonrojó al instante y desvió la mirada, tímida pero feliz.
—H-haré lo que pueda para no ser una carga…
Lyra sonrió. Un gesto suave y cálido, pero lleno de convicción.
—Entonces es importante que no se separen en el estadio. Pase lo que pase, quédense cerca.
Shizuki asintió, su expresión cambió a una más firme. En sus ojos verdes podía verse una determinación poco habitual. Todo el entrenamiento, todo lo que habían descubierto… ahora era su turno.
—¿Dónde está Kiro? —preguntó Lyra mientras giraba hacia la zona de ensamblaje.
—Pronto estará aquí —respondió Shizuki, bajando los hombros—. Dijo que se encargaría de una cosa antes de unirse.
En ese momento, Noell alzó la voz con esfuerzo:
—¡Ya casi está! Solo me falta… la conexión final.
Lyra caminó hasta su lado. Sus pasos eran tranquilos, como flotando entre el aire estático del laboratorio. Al llegar junto a Noell, puso una mano en su hombro.
—Buen trabajo, Noell. Silfy, por favor… ajusta el núcleo de estrellas.
Silfy se apresuró a cumplir la orden. Se acercó al telescopio, donde al apretar un botón, una parte de la estructura se deslizó hacia atrás como si se tratara de una flor de cristal abriéndose al sol. En su interior brillaba el núcleo estelar, una gema que parecía contener galaxias enteras girando en miniatura.
Silfy levantó su muñeca. Su brazalete reaccionó de inmediato, generando un conjunto de hologramas y runas que flotaban frente a ella. Sus dedos se movieron con timidez, pero con precisión: manipulando las trayectorias, afinando los vectores energéticos, reequilibrando los pulsos estelares.
Lyra se colocó frente al armazón, alzó ambas manos y comenzó a formar una esfera de energía violeta que absorbía la estela del núcleo. La energía tembló al principio, luego comenzó a cristalizarse hasta convertirse en un pequeño fragmento brillante, que flotó entre sus dedos como si obedeciera solo a su voluntad.
—Este fragmento… está hecho con mi técnica Raymura y la energía resonante de las estrellas. Es único —explicó Lyra, con un tono suave pero solemne.
Con cuidado, colocó el fragmento en una ranura dentro del armazón. Una vez en su lugar, se escuchó un clic y luego un pulso. Todo el laboratorio parecía contener el aliento. Las luces del techo parpadearon una vez.
Entonces el fragmento se encendió.
Luz. Vibración. Ritmo.
Una onda pulsante se extendió como un eco, bañando con energía la sala. Los planos holográficos se iluminaron. Los mecanismos en las mesas vibraron. El telescopio proyectó un rayo de luz hacia el techo, donde un mapa estelar se trazó automáticamente en constelaciones giratorias.
Noell se quedó sin aliento.
—¿F-funcionó…?
Lyra, con una mirada de genuino orgullo, acarició suavemente su cabeza despeinada.
—Sí. Funcionó. Puedes descansar en paz de una vez por todas, pequeña estrella.
Noell soltó un suspiro aliviado y bajó lentamente las manos. Las ojeras bajo sus ojos no ocultaban la sonrisa de satisfacción al ver su creación encendida.
Allí, en el centro del laboratorio, sobre la mesa metálica, el armazón amarillo y brillante comenzaba a cobrar vida. Las piezas se ensamblaban con suavidad, conectadas por la energía del fragmento y guiadas por la red de cálculos. No era solo una herramienta. Era una armadura. Una extensión de las estrellas, un proyecto forjado por la esperanza.
La puerta del laboratorio se abrió de golpe, y Kiro apareció bajo el marco con una expresión encendida por la determinación. Aunque aún tenía vendas en los brazos y el cuello, su energía era contagiosa. Su chaqueta colgaba ligeramente de un hombro y su ojo dorado brillaba con vitalidad.
—¡Buenos días a todos! —exclamó con una sonrisa.
—¡Kiritooo! —gritó Lyra desde el fondo del salón mientras agitaba la mano como si fuera una estrella fugaz—. Justo a tiempo, pequeña estrella.
Shizuki corrió hasta él con una gran sonrisa.
—¡Kirooo! ¡Te ves vivo! Eso ya es una mejora del ochenta por ciento a como estabas hace unos días.
—Te ves mejor, Kiro —dijo Noell desde su rincón con una sonrisa relajada.
Silfy alzó la mirada por unos segundos desde su cuaderno y murmuró con suavidad:
—B-buenos días… Kiro.
—¡Buenos días, Silfy! —saludó él de vuelta con calidez.
Pero de pronto, las voces se apagaron. Todos los presentes se quedaron en silencio al notar que alguien más había entrado detrás de Kiro.
Apoyado casualmente contra la pared, con las manos en los bolsillos de su gran chaqueta café, Chris Mercy observaba la escena con expresión apática. Sus ojos dorados sin brillo recorrieron la sala sin mayor interés, y finalmente se sentó en una de las mesas vacías con un leve suspiro, como si estuviera en una clase obligatoria.
Shizuki se giró lentamente hacia Kiro, se le acercó como una sombra dramática y le susurró:
—¿Es-ese… es Chris Mercy…?
Kiro asintió con una leve sonrisa.
—Sí. Y tranquila, no vino a destruirnos. Está aquí para ayudarnos.
Un murmullo de asombro silencioso recorrió el grupo. Nadie se esperaba que el legendario recluso de Stella apareciera justo el día del combate.
—Oh por las estrellas… —susurró Lyra con los ojos muy abiertos—. Cuánto tiempo, Chris.
Chris la ignoró por completo, cerrando los ojos como si se tomara una siesta de pie.
Kiro respiró hondo y se adelantó hacia el centro del laboratorio, mirando la actividad con entusiasmo.
—Entonces… ¿ya terminaron el proyecto? ¿Esto es lo que mencionaron ayer?
Noell se adelantó con sus manos aún manchadas de grasa, pero con una energía nueva y más firme. Su rostro, pese al cansancio, mostraba orgullo.
—Acabamos de terminar los últimos ajustes. ¿Quieres verlo?
—¡Claro que sí! —respondió Kiro acercándose a él con entusiasmo.
Noell lo guió hasta el rincón donde la estructura esperaba. Allí, sobre una base metálica, se encontraba la armadura. No era solo una pieza de combate: era una fusión perfecta entre magia estelar y tecnología mecánica. El metal pulido brillaba con reflejos dorados y plateados, atravesado por vetas de energía azul cósmico que pulsaban con ritmo constante. Su diseño era ligero pero resistente, elegante y funcional, como sacado de una antigua leyenda reconstruida con el ingenio del futuro.
Kiro se quedó boquiabierto.
—Wow… ¡Esto parece algo sacado directamente de la nación de Toki!
—¿Eh? ¿De verdad crees eso? —preguntó Noell, llevándose una mano a la nuca, algo sonrojado—. N-no es para tanto…
Pero luego, el joven ingeniero bajó la mirada con un poco de duda. Respiró hondo y cambió el tono de su voz.
—Kiro… tengo que decirte algo.
Kiro lo miró curioso. Noell apretó los puños.
—Quiero pedirte perdón. Cuando todo esto empezó… no te ayudé. No estuve. Me encerré en mis cosas y fingí que no me importaba. Pero la verdad es que… esto si es mi culpa también. Y mucho. Solo que también me sentía inútil. Y al ver que tú seguías peleando con todo, incluso cuando todos te señalaban… me hizo dar cuenta de que yo también tenía que hacer algo.
Kiro lo escuchó con atención. Noell continuó, ahora con una voz cargada de honestidad.
—Yo también tengo culpa en lo que pasó con el emblema… y no podía rendirme sin dar al menos un paso hacia adelante. Así que hice esto. Este proyecto… esta armadura… —extendió la mano hacia el armazón—. Es mi forma de pelear. No con espadas, ni con cuchillos, sino con lo que sé hacer. Porque mi sueño siempre fue inventar algo increíble, algo que cambie el mundo. Por eso entré a esta academia. Para entender cómo funciona la energía, para convertir todo ese conocimiento en algo real.
Kiro apretó los labios. Su mirada brillaba.
—Noell… gracias.
Ambos se quedaron en silencio por un instante, luego Kiro alzó su puño con decisión. Noell dudó medio segundo, pero luego lo chocó con fuerza.
—¡Por Stella! —exclamaron a la vez.
Shizuki los observaba desde el fondo con los brazos cruzados, sonriendo con orgullo. Silfy miraba en silencio, pero sus ojos seguían detenidos en la armadura con una mezcla de asombro y reverencia.
Desde su rincón, Chris abrió un solo ojo y murmuró con suavidad, apenas audible:
—Qué molestia…
Lyra, sin embargo, miraba todo con una expresión distinta. Sus ojos estaban húmedos, como si contuviera algo muy profundo. Apretó con fuerza la estrella en su colgante y susurró para sí misma:
—Hace mucho no la veía… la verdadera luz de un emblema…
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com