Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 140
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Capítulo 140: Capítulo 140: Ascenso a las Estrellas
El ascensor subía sin pausa, elevándose desde las profundidades del subsuelo de la Academia Farhaim hasta el imponente estadio central, donde miles de estudiantes, maestros e invitados esperaban ansiosos el enfrentamiento entre los emblemas Stella e Inclementer. Las luces de las paredes metálicas destellaban a intervalos, y el sonido mecánico del elevador quedaba sepultado bajo la expectación que pesaba como una niebla entre los siete.
Los siete de Stella.
Había un silencio solemne, casi reverencial. No el silencio de la incertidumbre, sino el que solo se forja cuando una decisión ha sido tomada. Era el silencio de la convicción. Del fuego interno antes de la tormenta.
Kiro estaba en el centro. Respiraba con calma, ajustando los vendajes en sus brazos con una mirada seria, la más serena que había tenido hasta ahora. Su pecho estaba cubierto por una armadura ligera con detalles metálicos en tono acero brillante, sujeta con correas bien ceñidas al cuerpo. Debajo, su polera negra manga corta hacía contraste con sus guantes café sin dedos, regalo de Loo, ahora marcados por el uso. Su cuchillo de combate colgaba en una funda a su lado. Su ojo izquierdo, vibraba con una energía apenas contenida, pero ambos brillaban listos.
A su lado, Shizuki Velmoria ajustaba su amuleto morado, que colgaba alrededor de su cuello como si fuera un relicario antiguo. Su larga chaqueta negra de amplias mangas caía como un manto de oscuridad, y sus coletas se agitaban con cada temblor del ascensor. Ya no llevaba su anillo Hailf en el dedo… pero con su espíritu preparado. Murmuraba para sí nombres de hechizos que probablemente acababa de inventar. Sus ojos verdes brillaban con un fulgor inusual. En su rostro, un deje de orgullo y nerviosismo se mezclaban con emoción pura. Esta era su historia, su momento.
Silfy, de pie al fondo, respiraba profundamente. Sus manos temblaban ligeramente al colocarse un anillo negro en el dedo índice. Vestía su bata de tonos estelares, y debajo un conjunto de combate liviano. Su cabello plateado caía con elegancia sobre sus hombros, y su mirada, aunque tímida, estaba llena de determinación. Su pecho subía y bajaba con rapidez, pero no apartaba la mirada del frente.
Junto a ella, una figura imponente: Noell Sandrick, completamente cubierto por su traje de batalla. Su creación final. Una armadura metálica color amarillo dorado, con partes flotantes imantadas por energía estelar. Su casco tenía un visor que se encendía cada ciertos segundos, mostrando patrones giratorios. Desde sus muñecas sobresalían dos cañones retráctiles, y en su espalda tenía compartimientos para dispositivos y energía adicional. El núcleo de estrella palpitaba en el centro de su pecho, brillante como una constelación viva. Era pequeño, sí, pero parecía más grande que nadie.
Rei Velmoria estaba terminando de colocarse su broche de mariposa sobre la cola de caballo, mientras miraba el reflejo de su espada en la pared metálica del elevador. Su vestido de combate púrpura se adhería perfectamente a su figura, con detalles reforzados para la batalla. Su mano descansaba sobre el mango de su espada, esperando el momento justo para desenfundarla. Su mirada era fría y enfocada. El tiempo de dudar había terminado.
A un costado, sentado con una pierna sobre la otra, Chris Mercy parecía estar a punto de quedarse dormido. Sus ojos dorados entrecerrados seguían cada movimiento de sus compañeros con detalle clínico, aunque fingiera estar desinteresado. Su chaqueta café le llegaba a las rodillas y, a pesar de su postura relajada, su aura era densa. Una sombra viva. De vez en cuando, acomodaba sus lentes con un solo dedo. Nadie sabía en qué estaba pensando… pero estaba allí. Y eso ya era una promesa.
Al frente, con los brazos cruzados y una sonrisa temeraria, estaba Xia Wave. Vestía su conjunto rojo de combate, ajustado para permitir el máximo movimiento. Sobre este, una armadura ligera reforzada en los hombros y antebrazos, cubierta de marcas de quemaduras anteriores. Su energía de fuego hervía a su alrededor, con pequeñas llamaradas escapando de sus nudillos. Cada respiración era una chispa más que se acumulaba en su pecho.
—Vamos, tortugas —dijo Xia finalmente, rompiendo el silencio con su tono chispeante—. Quiero ver cómo revientan esas estrellas falsas de Inclementer.
—No les va a gustar lo que tenemos preparado… —murmuró Kiro con una sonrisa cómplice, aún concentrado.
—¿Ya hiciste tu pose de entrada, Shizu? —preguntó Noell sin mirar.
—¡Estoy pensando en una nueva para cuando entremos! ¡Será legendaria! —respondió Shizuki emocionada mientras practicaba una reverencia dramática.
Rei negó con la cabeza, pero por primera vez en semanas, sonrió.
Silfy murmuró:
—Yo… yo solo espero que todo esto funcione.
Noell comenzó a mirar sus manos metálicas y pensar en su familia, en la promesa que se hizo a sí mismo: cambiar el mundo. Todo comenzaba aquí.
La luz final del elevador parpadeó, indicando que estaban por llegar.
Kiro se giró, mirando a sus compañeros.
—¿Listos?
—Siempre —respondió Xia, encendiendo su puño.
—Por supuesto —dijo Rei, desenvainando ligeramente su espada.
—Qué molestia… —susurró Chris, poniéndose de pie.
—Sí… —musitó Silfy, su voz firme por primera vez.
—Vamos —asintió Noell, su visor brillando con intensidad.
Shizuki alzó la mano y declaró:
—¡Estrellas y demonios, abrid paso al destino de Stella!
El ascensor se detuvo con un sonido profundo. Las puertas comenzaron a abrirse. Frente a ellos, el rugido del estadio los recibió como una ola de sonido. Gritos, aplausos, cánticos… pero todo parecía difuso comparado al latido que cada uno sentía dentro del pecho.
Boom.
El destino estaba aquí.
Los siete miembros del emblema Stella avanzaron un paso firme y sincronizado al salir del elevador. La luz natural del estadio los envolvió por completo. Ante ellos se extendía el inmenso campo de batalla del día de hoy: una arena blanca delimitada por runas antiguas de protección y restricción de poder, que se extendían como circuitos por todo el suelo. A su alrededor, las gradas temblaban por los vítores de los miles de estudiantes y visitantes que se habían reunido para presenciar este decisivo combate. Era más que una pelea… era el clímax de años de historia, de esfuerzo y rivalidad.
El cielo estaba despejado, de un azul brillante, con algunas nubes dispersas que se mecían suavemente en el viento. Las banderas de cada emblema ondeaban en lo alto de los pilares principales del estadio. La atmósfera era eléctrica, cargada de anticipación.
Del lado opuesto, al otro extremo del estadio, Inclementer hacía su entrada. Su avance era frío, elegante, como una marcha noble. Doce figuras cubiertas por uniformes oscuros y capas adornadas con el símbolo del cuervo y la lanza. La multitud estalló en gritos al verlos aparecer: muchos llevaban camisetas y pancartas con sus nombres, gritando por Dante, Alenya, Seraphine o Yoru. Era claro que el favoritismo general recaía sobre ellos.
Sin embargo, Stella caminaba sin temor.
Al llegar al centro, ambos equipos se detuvieron. Una línea de energía dorada separaba ambos lados del campo: un símbolo de respeto y la señal de que pronto comenzaría el combate.
Desde lo más alto de las gradas, en los balcones privados, los maestros y líderes de los demás emblemas observaban con atención junto a sus miembros.
En el asiento del emblema Espectros, su maestro Ivan Taskea permanecía sentado como una estatua de mármol. Brazos cruzados, mirada sombría, su rostro no demostraba emoción alguna, pero sus ojos analizaban cada paso, cada expresión.
Unos asientos más allá, el emblema Kinrir destacaba por ser uno de los pocos que aplaudía la entrada de Stella. Al frente, su líder Nia sonreía ligeramente mientras apoyaba la barbilla en su mano.
—Allí vienen —murmuró Nia, sus ojos centelleando—. Ese chico… espero nos deleite con un buen juego.
—¿Se refiere al chico llamado Kiro, maestra? —le preguntó uno de sus estudiantes.
—Sí —respondió sin apartar la vista—. Quiero ver qué tan lejos puede llegar la voluntad de un corazón como el suyo.
Alrededor de ella, sus estudiantes, leales a su maestra, se unieron en aplausos discretos a Stella. No lo hacían con pasión ciega, sino con respeto. Entre los que apoyaban a Stella también estaban Ryu y Kaede Minatsuki, ambos sentados en silencio, pero con emociones encontradas.
Kaede, firme como siempre, observaba a Kiro desde la distancia. No hacía gestos ni comentarios. Solo mantenía la espalda recta y los ojos fijos. En su interior, sabía lo que Kiro podía hacer. Había sentido su crecimiento en combate. No lo subestimaría… no como los demás.
En cambio, Ryu temblaba ligeramente. Su boca estaba seca. Había tanto que decir, tanto que desear. Apretó las manos juntas, inclinándose ligeramente hacia adelante. En su mente, repitió como una plegaria:
—Por favor… ganen. Todos ustedes. Demuestren que valen la pena. Que se puede cambiar algo. Que esto… no es solo una pelea. Vamos Kiro… demuestrales quien eres.
Mientras tanto, en la sección del emblema Flame of Disaster, Loo observaba de pie, apoyado en la baranda, con una sonrisa serena. Sus ojos, siempre tranquilos, brillaban con un orgullo contenido.
—Te deseo suerte, Kiro. Gana con honor —anunció con voz clara y fuerte.
A su lado, el inconfundible Hako Hwyla, el herrero personal de Kiro, se cruzaba de brazos mientras mascaba una hierba entre los dientes. Llevaba un delantal de cuero reforzado y las manos aún manchadas de hollín.
—Si gana, será perfecto para promocionar mis creaciones —dijo con una sonrisa socarrona—. Terminé su armadura y su arma justo a tiempo… No fue mi mejor trabajo, pero si sobrevive esta batalla, prometo pulir cada detalle. Lo haré tan perfecto que incluso los de Paladins vendrán a rogarme.
—Le diste lo que necesitaba —comentó Loo, mirándolo con respeto—. Más que metal, le diste esperanza para ganar esto.
Hako se encogió de hombros con humildad, aunque en el fondo, la emoción también lo alcanzaba. Era su obra. Su responsabilidad.
—Bah, no es por eso. Esto es trabajo —dijo, pero sus palabras eran menos creíbles de lo normal.
En la arena, el viento soplaba suavemente, removiendo el polvo en el blanco estadio de piedra con lentitud. Frente a frente, Stella e Inclementer aguardaban la señal oficial.
Los ojos de Dante Virellan se cruzaron con los de Kiro.
El príncipe de la luz contra el chico de la voluntad inquebrantable.
El heredero del prestigio contra el símbolo de la rebelión estelar.
Los espectadores se levantaron al ver el momento en que ambos equipos se alzaban con firmeza.
Las estrellas estaban alineadas.
El escenario estaba listo.
El combate… estaba a punto de comenzar.
Un repentino destello de energía en el cielo hizo que todo el estadio enmudeciera por un instante. Justo entonces, en lo más alto de la plataforma flotante de los jueces, apareció la figura imponente del director Capella, vestido con su túnica negra y dorada, la capa ondeando con un aura de poder absoluto. Su bastón de ébano y cristal centelleaba bajo la luz del mediodía, y su voz resonó clara y firme, amplificada por un micrófono.
—Bienvenidos todos —comenzó— al duelo oficial de emblemas entre Stella e Inclementer, autorizado por la Academia Farhaim, dará comienzo en breve.
El público respondió con una mezcla desigual de aplausos. Cuando el nombre de Stella fue anunciado, algunos alumnos aplaudieron con entusiasmo, pero la mayoría permaneció indiferente o incluso se cruzaron de brazos con escepticismo. En cambio, cuando Capella pronunció el nombre de Inclementer, el estadio entero rugió con euforia.
—¡Inclementer! ¡Inclementer! —gritaban muchos, agitando banderas y portando capas o camisetas personalizadas. Algunos incluso coreaban los nombres de Dante, Yoru y demás.
Varios miembros de Inclementer, elegantes como caballeros en desfile, alzaban las manos con sonrisas carismáticas, saludando al público como verdaderos ídolos. Dante cerró los ojos y asintió con solemnidad. Alenya lanzó un beso al aire y Yoru alzó su puño con arrogancia, provocando aún más gritos del público.
Kiro apretó los labios mientras observaba el espectáculo.
—Qué manera de manipular —murmuró Rei, cruzada de brazos—. No son más que lobos con piel de cordero.
Capella continuó, alzando su bastón:
—El formato de este duelo será Buscar la bandera. Cada equipo porta un pañuelo con su color. Stella usará el pañuelo rojo, Inclementer el pañuelo azul. El primer equipo que consiga arrebatar la bandera enemiga y llevarla hasta su base, será el ganador.
El director hizo una pausa mientras los asistentes del campo colocaban marcas de inicio con sellos de energía y generaban dos estandartes flotantes que marcaban cada territorio.
—Para mantener el equilibrio, solo ocho miembros de Inclementer participarán al mismo tiempo. Si un combatiente no puede continuar por decisión de los árbitros o se rinde, será considerado eliminado y podrá ser reemplazado por uno de los cuatro miembros de reserva, en el caso de Inclementer. Recuerden: este es un duelo académico, no una guerra sin reglas. Que su honor se mantenga intacto.
Los estudiantes comenzaron a murmurar, comentando sobre estrategias, posibles formaciones y quiénes serían los titulares de Inclementer.
En el lado de Inclementer, los doce miembros se agruparon en un círculo elegante y ordenado. Dante tomó el liderazgo.
—Escogeré a los que mejor puedan tomar control del campo. Caelus, Alenya, Seraphine, Irina, Darius, Yoru, … y Theren. El resto, quédense de reserva y preparados —ordenó con voz serena.
—¿No me eliges? —preguntó Lysara con una sonrisa leve.
—Tú eres mejor cuando las piezas están en movimiento. Más adelante puede que necesitemos tu habilidad para desequilibrar el campo —respondió Dante con frialdad.
Mientras tanto, en el lado de Stella, el grupo se había reunido en círculo, y Kiro alzó la voz con naturalidad:
—Bien, ¿quién llevará nuestra bandera?
Todos guardaron silencio un momento. Rei se cruzó de brazos y miró a Kiro con seriedad.
—Tiene que ser alguien confiable. Si lo pierden, perdemos nosotros —dijo mientras deslizaba su mirada con desdén hacia Chris.
Chris levantó una ceja con pereza, sin siquiera inmutarse.
—No me mires así. No planeo hacer nada más —dijo, ajustando sus lentes.
—¡Entonces yo! —exclamó Shizuki dando un paso con orgullo—. ¡Yo, la elegida del abismo, las estrellas y los demonios, me convertiré en la portadora del destino rojo! ¡Seré el escudo maldito del emblema!
Rei suspiró con fuerza.
—Ni en sueños —le respondió tajante—. Te perderías a mitad de camino porque fuiste a hablar con un cuervo.
—¡¡Soy muy responsable!! —protestó Shizuki con los cachetes inflados.
En medio del caos, Chris se giró lentamente hacia el campo enemigo, observando los movimientos de Inclementer con una concentración afilada. Luego habló, sin mirar a nadie.
—Silfy debería llevarlo.
Todos se giraron al instante.
—¿Eh? —preguntó Shizuki, sorprendida.
—¿Silfy? —murmuró Rei, confundida.
—No es una broma. Piensen. Tiene bajo perfil, no llama la atención, y estará protegida por todos. A diferencia de nosotros, ella no irá al frente, así que tiene sentido —explicó Chris sin emoción.
—¿Y… y si me atrapan? —dijo Silfy en voz baja, con los ojos muy abiertos.
Kiro se acercó y le sonrió con calidez.
—No lo harán. No si nosotros estamos contigo. Confío en ti, Silfy.
Noell asintió.
—Yo también. Shizuki y yo te cubriremos. Además, si alguien intenta atraparte, nuestro proyecto nos dará ventaja.
Shizuki se enderezó con una sonrisa, animada por el apoyo.
—¡Así es! ¡Serás la protectora estelar de la victoria! ¡Nuestra escudo del cosmos!
Silfy, con las mejillas encendidas, bajó la mirada. Tras un instante de silencio, respiró hondo, dio un paso adelante y asintió.
—E-entonces… yo lo haré.
Kiro le entregó el pañuelo rojo. Silfy lo tomó con ambas manos, lo miró como si contuviera estrellas en su interior, y luego lo ató con cuidado a su brazo izquierdo.
—Gracias, Silfy —dijo Kiro, con voz firme.
—Entonces —intervino Rei, colocándose junto a Chris con los brazos cruzados—. Si fallas, será nuestro fin. Haz tu parte.
—Qué molestia… —le respondió Chris con total calma.
Rei apretó los dientes, pero no respondió. En ese momento, ambos giraron sus cabezas al frente.
Los ocho miembros de Inclementer ya estaban listos en su posición. Sus presencias pesaban como montañas. El campo se iluminó lentamente con las señales de activación. Era momento de elegir las posiciones… y el destino comenzaba a escribirse.
Kiro dio un paso al frente y dijo:
—Entonces… ¡vamos a mostrarles qué tan lejos puede brillar una estrella!
Todos lo siguieron.
Y así, con pasos decididos, Stella marchó hacia el centro del campo, donde los sueños, las heridas y el destino… estaban a punto de chocar.
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