Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 146
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Capítulo 146: Capítulo 146: Engranajes en la Sombra
Una explosión de energía colosal se elevó en el aire como una aurora quebrada. Era el choque de dos titanes: Rei Velmoria y Seraphine Kaedwyn.
Incluso desde las gradas, los espectadores debían cubrirse los ojos por los destellos continuos que se cruzaban en el cielo como si fueran estrellas fugaces en colisión.
Desde lejos, apenas podían distinguirse sólo dos haces de luz, uno morado, otro dorado, atravesando el campo como si fueran rayos vivos. Iban de un lado a otro con un ritmo sobrehumano, derribando pilares, surcando el aire y perforando la tierra con sus ondas de choque.
Cada embate dejaba un cráter o una estela de luz que ardía por segundos antes de disiparse.
De cerca, el enfrentamiento era aún más deslumbrante.
Rei, con su vestido morado de combate, saltaba entre escombros flotantes mientras esquivaba misiles de energía generados por Seraphine.
Los orbes dorados rugían tras ella como meteoros vivos, pero Rei no se inmutaba. Con un ágil giro en el aire, desenvainó su espada con una corriente eléctrica morada que chispeaba a su alrededor, y con un solo movimiento cortó los misiles, haciendo que estallaran en destellos violetas.
—¡Demasiado lento! —gritó Rei.
A una velocidad cegadora, Rei desapareció en un rayo morado y reapareció frente a Seraphine, su espada descendiendo con todo su poder. La otra, sin perder la compostura, levantó su espada dorada y bloqueó el impacto a tiempo. Entonces, todo se volvió borroso para los demás.
Comenzaron a intercambiar ataques sin cesar. A cada movimiento era un destello:
De un lado, relámpagos que rasgaban el aire, del otro, estallidos de luz como lanzas doradas. El terreno bajo sus pies ya no existía, lo habían destruido a base de pura técnica y energía, y ahora combatían encima de columnas rotas, escombros flotantes y campos de energía alterada.
En un momento, sus espadas se cruzaron con tal fuerza que ambas quedaron suspendidas en el aire, una frente a la otra. Las hojas temblaban, imbuyéndose de su energía. Rayos violetas y dorados serpenteaban a su alrededor como serpientes luchando entre sí.
Seraphine, aún sin perder la elegancia de su porte, le dedicó una leve sonrisa a Rei.
—Eres buena. Mucho mejor que la última vez que nos enfrentamos…
Rei, con el ceño fruncido, apretó con más fuerza su empuñadura.
—Eso es obvio. No soy la misma de antes.
—¿Qué te hizo más fuerte? —preguntó Seraphine con calma.
Rei miró de reojo hacia el campo, donde sus compañeros aún combatían, donde su hermana seguía en pie, luchando por su emblema. Entonces, clavó sus ojos en Seraphine, determinados.
—Supongo que ellos.
—¿Los de Stella?
—Mi emblema. —Rei respiró profundo, una chispa ardiente en sus palabras—. Ahora ellos confían en mí… confían en que te venceré. Así que no tengo derecho a perder, Seraphine.
Por primera vez, Seraphine entrecerró los ojos y su sonrisa desapareció.
—Entonces… ¡Vamos!.
Ambas empujaron a la vez. Una onda expansiva de luz y rayos estalló entre ellas, forzándolas a separarse. Cada una aterrizó en lo alto de un pilar, a decenas de metros de distancia, mirándose a los ojos sin decir palabra.
Entre ellas, el campo estaba completamente destruido, con fisuras ardientes, fragmentos flotando por la energía residual, un vacío en el que solo cabía una vencedora.
Mientras tanto, a unos metros de distancia…
Noell y Alenya permanecían inmóviles, observándose.
Ambos respiraban con calma, pero la tensión era tal que el aire vibraba entre ellos. Las chispas de energía que aún quedaban del combate cercano caían como luciérnagas alrededor. Noell, completamente cubierto por su armadura estelar amarilla, sentía cómo las placas internas del traje respondían a sus nervios con pequeñas pulsaciones.
Su visor analizaba el estado de su oponente: temperatura elevada, energía activa, riesgo alto.
Alenya, con sus manos aún envuelta en llamas, mantenía una postura elegante, serena… pero su mirada era la de una cazadora acechando.
Ninguno decía una palabra. Ninguno bajaba la guardia.
Solo esperaban… la chispa que iniciara el siguiente infierno.
El silencio duró apenas un latido.
De pronto, un estallido de fuego iluminó el suelo agrietado cuando Alenya Tharos, liberó una llamarada intensa y se lanzó con todo su ímpetu hacia Noell. Sus movimientos eran elegantes, pero cargados de una furia latente. Sus puños se prendieron en un fuego vibrante, su energía ardía tan intensamente que parecía que el aire a su alrededor se evaporaba.
Noell lo anticipó.
—¡Alerta! —murmuró para sí mientras su visor brillaba en tono anaranjado, señalando la trayectoria del ataque.
Sin perder tiempo, Noell puso una mano contra el suelo.
En ese instante, su energía se canalizó hacia abajo y activó su primer movimiento: una onda sísmica menor.
Las piedras bajo los pies de Alenya se agrietaron y se alzaron de golpe como si la tierra estuviera viva, desestabilizándola en el momento justo.
Alenya perdió el equilibrio, y su ataque falló por completo, deteniéndose en seco.
—Paso uno… completado —se dijo Noell con una respiración tensa.
Paso dos: distracción.
Rápidamente, con un gesto de su muñeca, lanzó una esfera de energía gris que avanzó recta hacia Alenya. Ella, furiosa, la interceptó de un golpe, reventándola al instante. Sin embargo, no fue un ataque directo, sino una trampa.
La esfera se desintegró en una nube de tierra y polvo fino, que cayó directamente en sus ojos.
—¡Maldito! —espetó Alenya, llevándose un brazo a la cara mientras retrocedía unos pasos, cegada.
Noell no perdió ni un segundo.
—¡Ahora, acorralarla! —se gritó a sí mismo, corriendo directo hacia ella.
Con una precisión que solo su entrenamiento le permitía, rodeó el cuerpo de Alenya con su brazo derecho, empujándola en un giro aéreo. Noell aprovechó el impulso de ambos para trazar una llave completa.
La alzó, giró con fuerza y la hizo caer de espaldas contra el suelo, generando una sacudida que resonó como un trueno en seco.
—¡Toma esto…! —murmuró Noell, su voz temblando entre determinación y pena.
Mientras Alenya jadeaba con dolor, Noell cargó sus dos puños con energía. El metal de su traje se iluminó, su energía tembló por los conductos y soltó dos poderosos puñetazos al torso de Alenya, cada uno generando una onda de choque que empujó polvo y escombros a los lados.
—¡Impacto doble! —gritó Noell, con la voz entre rabia y tristeza.
Alenya soltó un quejido ahogado y escupió saliva. Su cuerpo se arqueó y luego se relajó. Cayó al suelo sin fuerzas, inconsciente.
Noell retrocedió un paso, con el pecho agitado y los ojos ligeramente vidriosos. Se quedó viendo su propio puño cerrado, mientras la energía aún chispeaba en su armadura.
—Lo siento… —murmuró con tristeza—. No quería… pero no podía dejar que te llevaras la bandera.
Unos metros atrás, Shizuki concentraba su energía con dificultad. Sus manos temblaban mientras a su alrededor brillaba tenuemente, su espíritu aparecía levemente sobre ella, canalizando energía para neutralizar la técnica que mantenía a Silfy atrapada en el suelo.
—¡Vamos, vamos… casi lo tengo! —susurró Shizuki con los dientes apretados.
Con un esfuerzo final, lanzó una onda de energía en forma de espiral, que atravesó la barrera invisible. El sello oscuro que aprisionaba a Silfy se distorsionó hasta romperse con un crujido etéreo.
—¡Ya está! —jadeó Shizuki, desplomándose de rodillas por la fatiga—. Lo conseguí…
Silfy, aún aturdida, parpadeó con sorpresa. Miró sus manos, luego a Shizuki.
—¿Cómo… lo hiciste?
Shizuki, todavía respirando con dificultad, le mostró la palma con su espíritu aún canalizado.
—Es muy complicado, pero si combinas tu energía espiritual con la corriente opuesta del ataque invisible… puedes disiparlo desde adentro… —dijo con una sonrisa apenas formada—. Aunque casi me deja sin fuerzas…
Silfy, con una timidez dulce y genuina, se levantó lentamente con la ayuda de Shizuki.
—Gracias… Shizuki.
—No te preocupes —respondió con una sonrisa débil—. ¿Puedes moverte?
Silfy asintió. Sus ojos negros brillaban ahora con una determinación que rara vez mostraba. Levantó la vista y señaló hacia los pilares cercanos.
—Ayúdame a detenerla. Si no la encontramos ahora, será más difícil después.
—¿Encontrar a quién? —preguntó Shizuki.
Silfy entrecerró los ojos, una brisa helada sopló entre los pilares rotos.
—Debe ser Irina Daevel… está cerca.
Y comenzó a correr.
Shizuki apretó los dientes y se puso en marcha detrás de ella.
—¡Espera, al menos avísame si corres!
Ambas se perdieron entre los escombros del campo, en busca de la sombra que aún no mostraba su rostro.
Atrás se quedó Noell, este respiraba con dificultad. A su alrededor el aire olía a polvo, sudor y esfuerzo. El cuerpo de Alenya yacía inconsciente frente a él. Sus puños temblaban no por cansancio, sino por la mezcla de emociones contenidas que lo agitaban por dentro.
Dio dos pasos hacia atrás, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a disiparse de su sistema.
—¡Oigan! —gritó, alzando la voz hacia lo alto—. ¡Alguien, el réferi, el supervisor, quien sea…! ¡Ayuden a Alenya, nuestro combate ya terminó!
El eco de su voz se extendió por el campo. Las luces, las pantallas, el rugido del público… Todo parecía calmarse un instante, como si el mundo contuviera el aliento.
Desde la sección más elevada y privilegiada, donde los supervisores y el director observaban cada movimiento, Shepard Duvalier, maestro de Inclementer, se tensó al ver a su alumna caída. Su rostro imperturbable se deformó en una mueca de furia contenida. Se volvió con brusquedad hacia Lyra Nightshade, sentada a su lado.
—¿Cómo demonios es esto posible? —escupió con fastidio—. ¿Alenya… perdió contra ese mocoso? ¡Ese traje que lleva es un armatoste ilegal! ¿Cómo alguien como él pudo siquiera golpearla?
Lyra no se inmutó. Cruzó las piernas con elegancia y habló con su tono sereno, pero firme:
—Es una mejora de combate. Parte de su equipamiento. Ninguna norma prohíbe su uso. Es una armadura defensiva de apoyo y, según el reglamento, eso es perfectamente válido. Y lo sabes, Shepard.
El director Capella, sentado al centro, alzó una mano.
—Les recuerdo que ambos emblemas acordaron permitir un artefacto por equipo. Si mal no recuerdo, el artefacto de Stella es el “Hailf”, y el de ustedes…
—Lo tiene Dante Virellan—interrumpió Shepard, endureciendo la mirada—. Pero lo que Yoru activó hace poco ¡No es un artefacto! ¿Qué insinúan? ¿Que hemos infringido las reglas?
Capella no respondió de inmediato. Con voz neutra pero con autoridad, agregó:
—Solo estoy haciendo constar que la revisión de artefactos fue clara. Lo que queda ahora es confiar en el juicio de nuestros supervisores de combate.
Shepard exhaló bruscamente, aún frustrado.
—Entonces… que entren de una vez.
Dos figuras descendieron desde los extremos del estadio. Ambos eran supervisores de traje oscuro, cada uno equipado con brazaletes sensores y visores especiales. Uno se dirigió a Yoru, otro directamente a Alenya y Noell.
Noell se acercó de inmediato al supervisor.
—¡Ella está inconsciente! ¡Por favor, sáquenla de aquí, está muy malherida!
El supervisor ni siquiera se inmutó al principio, simplemente se agachó y le tomó el pulso con un aparato pequeño que brillaba en verde.
—Tranquilo, estudiante —respondió con voz seca—. Debemos verificar si la participante puede continuar en el combate.
Noell frunció el ceño.
—¿¡Verificar!? ¡¿No ves cómo está?! ¡Eso no es ni debatible!
Sus ojos se detuvieron justo cuando el supervisor presionó discretamente un botón en sus audífonos. Un murmullo casi imperceptible salió de su boca, como si estuviera informando algo en secreto.
Un escalofrío recorrió la espalda de Noell. Algo no encajaba.
“¿Qué rayos está haciendo…?” —pensó—. ”Es obvio que ella ya no puede luchar. ¿Por qué… actúan como si no vieran eso?”
El supervisor continuó tomando medidas y escaneos por unos segundos más. Noell se agachó cerca de Alenya, pero fue apartado con una mano.
De pronto, Alenya tosió, sus ojos se abrieron a medias. Su respiración seguía débil, pero consciente. El supervisor rápidamente la sostuvo y la ayudó a sentarse.
—¿Estás bien? —le preguntó mecánicamente.
Alenya solo asintió con la cabeza, todavía desorientada.
El supervisor apretó el botón de nuevo, esta vez con más fuerza, y gritó:
—¡Participante Alenya Tharos sigue en combate! ¡No está fuera de juego!
En un instante, las gradas estallaron en vítores. Aplausos, gritos, tambores, carteles ondeando con su nombre. El público celebraba su “retorno heroico”.
Noell se quedó quieto. Las palabras del supervisor retumbaban en su cabeza, pero no encajaban. No tenía sentido.
“¿Qué…? ¿Cómo es esto posible? ¿Es una farsa? ¿Un montaje…?” —pensó con creciente frustración—. “¡Yo estuve ahí! ¡Recibió todo el daño directo! ¡No puede seguir!”
Miró hacia las gradas, buscando rostros conocidos. Pero la multitud lo opacaba todo. Su corazón latía con fuerza, pero no por la emoción de la batalla, sino por algo mucho más amargo: una sospecha que se instalaba como veneno en su pecho.
“¿Nos están… manipulando?”
Mientras tanto, del otro lado del estadio, el supervisor asignado llegaba donde Yoru Thirandor y comenzó a escanearlo con su dispositivo de evaluación. Su análisis fue breve, superficial. En apenas unos segundos, el supervisor alzó la voz:
—Confirmado: lo utilizado por el estudiante Yoru no es un artefacto, sino una habilidad inherente a su perfil espiritual. No hay violación al reglamento. Sigan con el combate.
El público, que hasta hace unos minutos se removía incómodo y murmuraba, cambió súbitamente de actitud.
—¡Lo sabía! —dijo una chica con una camiseta con el rostro de Yoru—. ¡Sabía que todo estaba bien!
—¿Ven? ¡Siempre lo apoyé! —gritó otro mientras ondeaba una bandera azul.
—Jamás dudé de él, eso fue una estrategia brillante, ¡nada más! —exclamó una tercera, con los ojos brillando de emoción.
La hipocresía se impregnaba en el aire como un perfume barato. Todos querían quedar del lado del vencedor, aunque segundos antes lo hubieran llamado tramposo, monstruo o farsante.
Pero Yoru no sonreía por los vítores. Sus ojos estaban fijos al frente.
Una calidez intensa se desbordaba de la zona sellada donde había encerrado a Xia Wave. Un crujido seco, como vidrio astillado, anunció el colapso del sello. Fragmentos flotantes de energía oscura se disolvieron en el aire lentamente, como polvo de ceniza al viento.
Allí, entre la nube de humo y luz, Xia apareció.
Cayó de rodillas al suelo, jadeando, herida y sin energía visible. Su cabello empapado de sudor, su cuerpo temblando, las piernas como gelatina. Aun así, levantó la cabeza, sus ojos rojos encendidos por la resistencia, la furia… y la humillación.
Yoru dio un paso al frente. Ya no fingía elegancia ni nobleza. Su rostro era el de un depredador, alguien que por fin sentía que tenía el control absoluto.
—Ahora sí —dijo con una sonrisa torcida—. Esto será más justo… al menos para mí.
Se acercó a paso lento, disfrutando la sensación de superioridad, hasta que estuvo frente a ella. De pronto, la sujetó del cabello bruscamente, levantándola a su altura.
—¿Qué piensas hacer ahora, monstruo de fuego? —escupió con desprecio—. Me avergonzaste. Me heriste frente a todos. Creíste que podías burlarte de mí. Humillarme de esa manera…
Xia no dijo nada. Su respiración era áspera, su mirada sin embargo, mantenía una chispa desafiante. No se rendía.
Yoru se acercó aún más, hasta que su aliento le rozó el rostro.
—Eres una bestia repugnante… y te enseñaré lo que les pasa a los que se atreven a insultarme. Prepárate.
La soltó con violencia y sin previo aviso le propinó una patada directa a la cara.
Xia salió despedida unos metros y cayó al suelo con un quejido apagado. Su nariz sangraba, y la suciedad del suelo se pegaba a su rostro sudado.
Desde el suelo, Xia se aferró a su propio cuerpo, conteniendo el dolor. Pero sus dedos se cerraban con fuerza contra la tierra. No lloraba. No suplicaba. Solo respiraba. Seguía viva.
Desde su lugar, Yoru la miraba con expresión distorsionada por la satisfacción y la rabia mal contenida. El público, engañado por la falsa narrativa, aplaudía sin saber lo que realmente ocurría dentro del campo.
Yoru comenzó a caminar hacia ella otra vez.
—Levántate —le ordenó—. Vamos, levántate. ¡Quiero verte luchar sin tu fuego!
Xia lo miró desde el suelo. Su cuerpo estaba roto, pero su voluntad no.
—No necesito fuego… para patearte el trasero —susurró con voz ronca, escupiendo a un lado.
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