Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 150
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Capítulo 150: Capítulo 150: Bartol, el Golem Estelar
Bartol, el gigantesco golem estelar, se erguía como una muralla viviente entre Irina y las dos chicas de Stella. Sus ojos brillaban con una intensidad cósmica, y su cuerpo de roca resplandecía con los patrones de las constelaciones invocadas por Silfy. Cada uno de sus pasos hacía temblar el suelo, y su sola presencia generaba un aura de presión asfixiante.
Irina frunció el ceño, sus ojos castaños intentando encontrar una solución rápida.
Con un movimiento de ambas manos, activó su telequinesis espiritual, levantando todo cuanto había a su alrededor: piedras, escombros, fragmentos de pilares… y los lanzó sin cesar como una ráfaga hacia el golem.
Los proyectiles impactaron en Bartol con fuerza…
Pero no hicieron más que arañarle la superficie.
—¡No puede ser! —murmuró Irina, retrocediendo un paso.
—¡Bartol! —gritó Silfy con un extraño tono de determinación, poco común en ella—. ¡Deténla!
El coloso respondió al llamado de su invocadora.
Con un leve crujido de energía, levantó su gigantesco brazo derecho, y avanzó hacia Irina.
—¡No…! ¡Detente! —gritó Irina alzando ambas manos con desesperación.
El aire a su alrededor se distorsionó.
Intentó contenerlo, usando toda su energía espiritual, generando un campo de presión invisible frente a ella.
Pero Bartol seguía avanzando.
Lento, pesado e imparable.
Cada uno de sus pasos aplastaba el suelo, rompiendo la defensa de Irina poco a poco.
Esta apretó los dientes con fuerza, ya estaba al borde del colapso.
Y entonces…
Una explosión de fuego surco el aire.
¡¡¡BOOM!!!
La onda de impacto sacudió todo el campo cercano.
—¡¿Qué…?! —exclamó Shizuki al girarse por el ruido.
Bartol se vio obligado a retroceder un par de metros por el estallido lateral. Su cuerpo agrietado comenzó a regenerarse, pero había quedado visiblemente dañado.
—¡¿De dónde vino eso?! —preguntó Silfy en alerta, retrocediendo unos pasos.
De entre el humo, apareció Alenya Tharos.
Sus ojos estaban entrecerrados, su cuerpo cubierto de heridas y polvo, y sus brazos resplandecían con un aura incandescente. Una llama temblaba sobre cada puño.
—¡Esto no es justo! —exclamó con enojo—. ¡Un golem gigante contra una sola persona! ¿Es esa su forma de pelear? ¡No mientras yo siga en pie!
Alenya aterrizó junto a Irina.
Irina la miró con sorpresa y alivio.
—¿Alenya? ¿Qué te pasó? —preguntó, respirando agitadamente.
Alenya bajó un poco la mirada.
—Tuve… un combate difícil —dijo simplemente, sin dar más detalles.
Shizuki abrió los ojos con horror al comprender lo que eso significaba.
—Noell… —susurró.
Silfy se quedó muda. No necesitaban palabras.
—¡Noell perdió! —confirmó Shizuki para sí misma, apretando el puño con una fuerza que hizo crujir sus dedos—. ¡Te vengaremos, Noell! ¡Lo juro!
De pronto, una ráfaga de fuego rugió hacia ellas como una serpiente ardiente.
—¡Cuidado! —gritó Silfy.
Ambas saltaron hacia los costados, esquivando la llamarada.
Cuando cayeron al suelo, jadeantes, notaron que Alenya se había colocado frente a ellas, con fuego rodeando sus piernas.
—Yo me encargo de estas dos —dijo, mirando con fiereza—. Irina, ¡haz algo con ese golem antes de que destruya el campo!
—Entendido —asintió Irina con seriedad, mientras cerraba los ojos y comenzaba a enfocar todo su poder espiritual hacia Bartol.
Silfy miró hacia el frente. Bartol aún estaba activo, pero retrocedía ante la presión combinada.
—Tenemos que protegerlo —dijo Silfy, con cierta preocupación—. Si se destruye no podré seguir luchando.
—No te preocupes, te cubro —le respondió Shizuki con una sonrisa. Sus ojos brillaban con entusiasmo.
—Está bien. —Silfy devolvió la sonrisa, por primera vez sin vacilar.
Frente a ellas, las llamas de Alenya crecían.
A su izquierda, Bartol se preparaba para resistir otro ataque.
La figura de Alenya cargó directamente hacia Silfy, su puño rodeado en llamas. Sabía que mientras Silfy mantuviera el vínculo con Bartol, sería el blanco más vulnerable. Pero justo cuando estuvo a punto de impactarla…
¡Clac!
Un muro de hielo emergió del suelo como una muralla cristalina, impidiéndole el paso.
—¿Qué…?
Alenya retrocedió instintivamente, sus llamas chispeando contra el muro congelado. Desde su flanco, emergió Shizuki Velmoria, con una mirada decidida y el cabello ondeando por la presión de su propia energía.
—¡No dejaré que lastimes a Silfy! —gritó con fuerza mientras su amuleto morado brillaba—. No mientras yo esté aquí.
Alenya frunció el ceño, reconociendo al instante lo que eso implicaba.
—¿Hielo…? Tsk, justo lo que menos me conviene ahora…
Sin perder tiempo, Shizuki invocó a su alrededor una docena de témpanos de hielo. Cada uno flotaba como afiladas lanzas oscuras, teñidas con el resplandor púrpura de su “poder maldito”.
—¡Restricción Demoníaca! —proclamó Shizuki con dramatismo, lanzando los proyectiles.
Alenya reaccionó y destruyó algunos con estallidos de fuego, pero dos témpanos se desviaron en un arco imprevisto y la impactaron directamente en el pecho y la pierna.
—¡Ghh…! —Alenya retrocedió, tambaleante.
Shizuki bajó las manos y caminó hacia ella con una sonrisa traviesa.
—¡Ja! ¡Bien! ¡Te atrapé!
—…¿Qué? —murmuró Alenya al sentir su cuerpo entumecerse—. ¿Por qué… no me puedo mover?
Shizuki se detuvo, alzó la mano haciendo una pose de teatro y proclamó:
—¡La primera víctima de mi técnica especial! ¡La maldición del abismo ha caído sobre ti! ¡”Restricción Demoníaca”! Cuando uno de mis témpanos impacta, deja una maldición de inmovilidad por unos segundos… Esto es lo que la elegida del abismo es capaz de hacer.
Alenya la observó con los ojos entrecerrados, sin humor alguno, aunque sus pensamientos eran claros:
“Maldición… no lo hubiera imaginado. Esa técnica… es realmente efectiva. Y en mi estado… con la energía que me queda… No puedo liberarme rápido. Creo que perdí o…”
Y entonces, con una sonrisa desafiante, Alenya rugió:
—¡Aún no!
Liberó una ráfaga ardiente desde su cuerpo.
Las llamas brotaron como un estallido solar, rompiendo la maldición que la sujetaba.
Shizuki gritó sorprendida y salió volando por los aires entre piedras y humo.
—¡Shizuki! —exclamó Silfy, volviéndose de inmediato hacia ella.
Mientras tanto, Irina apenas podía mantenerse en pie.
Bartol, el coloso invocado, se acercaba paso a paso, su cuerpo iluminado por los símbolos estelares que giraban lentamente a su alrededor.
Irina levantó varias rocas y las lanzó contra él, pero no lograron frenar al golem. Intentó volar hacia Silfy, pero Bartol fue más rápido y la atrapó en el aire con una de sus enormes manos.
—¡Agh! —gimió Irina, sintiendo cómo la presión se intensificaba.
Con un movimiento seco, Bartol la arrojó al suelo.
¡BOOM!
El impacto levantó una nube de polvo y escombros.
Silfy, con el rostro lleno de preocupación, gritó:
—¡Bartol, detente!
Pero Bartol ya estaba alzando el brazo para el golpe final. Sus ojos brillaban con fuerza.
Irina, en el suelo, apenas consciente, murmuró:
—Esto… se acabó…
¡SSHHH!
Una estela de fuego cruzó el campo como un cometa, dejando un rugido tras de sí. En un parpadeo, Alenya apareció frente a Irina, sus brazos abiertos, liberando un muro llameante como escudo improvisado.
—¡POR INCLEMENTER! —gritó con todas sus fuerzas.
El puño de Bartol golpeó contra el muro de fuego, que resistió por apenas un segundo antes de dispersarse.
La explosión provocó una cortina de humo espesa.
Silfy, horrorizada, levantó la mano.
—¡Bartol, detente! ¡Detente ya!
El golem se detuvo.
Ahora frente a ellas había solo una gran nube de humo.
Silfy retrocedió, y Shizuki se acercó tambaleante desde un lado.
—¿Estarán… bien? —preguntó en voz baja.
—No lo sé —respondió Silfy en el mismo tono.
Las dos chicas observaron con tensión.
Del interior del humo, no había sonido.
Frente a los ojos atónitos de Silfy y Shizuki, los cuerpos de Alenya Tharos e Irina Daevel yacían en el suelo, inconscientes… pero respirando. Sin heridas graves, solo agotamiento y algunos rasguños.
Las dos chicas se acercaron con cautela. Silfy temblaba levemente, más por el agotamiento espiritual que por el miedo.
—Están… bien —susurró, bajando los hombros, aliviada.
En ese momento, una figura descendió del cielo con un leve estallido de energía:
El supervisor designado para ese cuadrante.
Tenía un visor brillante y comenzó de inmediato a escanear los cuerpos con movimientos meticulosos.
—Ambas fuera de combate —declaró tras revisar los signos vitales—. Retiradas del duelo. Atención en el campo.
Shizuki asintió con alivio, y luego miró a su camarada.
La vio observando en silencio su mano… más específicamente, el anillo negro que aún ardía débilmente con restos de energía.
—Silfy… ¿estás bien?
Silfy parpadeó.
—…Shizuki, ¿estuvo bien hacer esto? —preguntó con suavidad, como si dudara de lo que acababan de lograr.
Shizuki sonrió con orgullo, como si hubiera estado esperando esa pregunta.
—Ganamos gracias a ti —le dijo, elevando el mentón con un aire teatral—. ¡Nuestro truco estelar del abismo funcionó! Este era el plan… protegerte, proteger la bandera y resistir hasta el final. Lo hiciste increíble, camarada estelar.
Silfy bajó la mirada, su tímida sonrisa apareció sin ocultarla.
—Gracias, Shizu…
Shizuki estiró los brazos con un suspiro y miró a su alrededor.
La zona estaba completamente devastada, columnas de piedra destruidas, cenizas de fuego y restos del duelo reciente.
—Parece que se nos complicó todo… —comentó, más para sí misma que para Silfy—. La idea era que Noell y yo te cubriéramos desde atrás. Los demás debían atacar de frente a la bandera… ¿Pero ahora? Todos están desperdigados. Nada salió como planeamos…
Silfy asintió en silencio, y luego levantó la vista hacia el gran cielo abierto del estadio.
Allí, los cientos de estudiantes de la Academia Farhaim observaban desde las gradas.
En lo alto, dos pantallas flotaban:
Una mostraba en tiempo real los combates en distintas zonas.
La otra, una lista: Retirados del combate.
En ella se leía en color rojo:
Emblema Stella: Noell Sandrick
Emblema Inclementer: Alenya Tharos, Irina Daevel, Caelus Maelis, Theren Valescour
Silfy se quedó mirándola.
—Parece que vamos… ganando —murmuró, aún incrédula.
Shizuki giró hacia ella con una ceja alzada.
—Claro que vamos ganando. Somos las estrellas, ¿recuerdas? —dijo con una sonrisa orgullosa—. Aunque… no es una victoria fácil.
Mientras tanto, en lo más alto del estadio, en el palco reservado a los líderes y supervisores…
Shepard Duvalier observaba la pantalla con los dientes apretados, sus nudillos blancos por la tensión.
Sus palabras estallaron con furia contenida:
—¿¡Cómo es posible esto!? ¡¿Cómo derrotaron a cuatro de mis alumnos ya… y solo uno del tuyo, Lyra?!
Junto a él, sentada tranquilamente con una copa de té en la mano, Lyra Nightshade sonrió con calma.
Tenía las piernas cruzadas y una mirada astuta, casi divertida.
—Quizá fue suerte —respondió—. O tal vez… el destino está de nuestro lado esta vez.
Shepard bufó.
—No hables en acertijos. Tus “niños estelares” son una colección de inadaptados, y lo sabes. En todos estos años nunca han hecho nada significativo.
Lyra ladeó la cabeza y señaló hacia el campo.
—Mira eso. No es suerte. Está por pasar algo interesante.
Shepard siguió su dedo, y su mirada se posó en un punto del campo…
Allí donde Kiro se encontraba aún de pie frente al frío y perfecto Darius Elinval.
—¿Ese sin apellido? —espetó Shepard con desprecio—. No entiendes el peligro de tenerlo aquí. No sabes qué significa traer a alguien como él a esta institución. Es un riesgo. Es una anomalía para nuestra sociedad.
Lyra, sin apartar la mirada del campo, respondió con suavidad:
—Con o sin apellido… ese chico quiere lograr grandes cosas. Y eso lo hace más fuerte que cualquiera de los tuyos.
Shepard entrecerró los ojos y cruzó sus brazos con molestia.
—Contra Darius no tiene nada que hacer… —murmuró.
Lyra sonrió para sí misma.
Kiro, en el centro del campo, seguía de pie. Su cuchillo temblaba en su mano, su aliento era pesado… pero sus ojos dorados aún brillaban.
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