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Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 160

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Capítulo 160: Capítulo 160: Hasta que Caiga el Cielo

En las gradas, la multitud guardaba un silencio tenso, solo interrumpido por susurros inseguros.

—Yo… pensé que por fin Inclementer caería… —dijo una chica, con los ojos fijos en el campo.

—Sí… Stella lo hizo bien, pero… parece que fue su último intento.

—Era cuestión de tiempo… están acorralados.

Algunos espectadores bajaron la cabeza, decepcionados, mientras otros seguían en silencio, dudando.

En una de las esquinas, Ryu apretaba el puño contra su pecho, la mirada fija en Kiro.

“Kiro… chicos… aguanten un poco más. Solo un poco más. Quizás… todavía puedan…”

A su lado, Kaede estaba recostada de forma despreocupada, con una mano tras la cabeza y la otra sosteniendo un diente de león que voló directamente hacia ella, giraba suavemente con el viento. Su expresión, suave como siempre.

—Qué buena brisa hace hoy… —susurró mirando el cielo—. El viento anticipa un cambio.

Ryu la escuchó y le preguntó.

—¿No estás nerviosa?

Kaede no respondió. Cerró los ojos y esbozó una sonrisa leve.

En lo más alto del estadio, en la zona de supervisión, Lyra Nightshade tenía el ceño fruncido. Sus dedos se entrelazaban con nerviosismo sobre su regazo. No decía nada, pero su mirada no parpadeaba.

Shepard Duvalier, sentado con elegancia a su lado, giró su rostro hacia ella. Su tono era sobrado, mucho más confiado a como había estado antes.

—¿Y bien? ¿Tú también te rendiste? —preguntó, fingiendo curiosidad—. Para empezar… si fuiste tú quien los forzó a pelear hasta el final, como su maestra y líder, entonces eres la responsable de empujarlos a esta humillación. ¿No crees?

Lyra no se movió, pero su voz sonó clara:

—Al contrario, Duvalier.

Lo miró por un instante, con sus ojos estrellados resplandeciendo.

—No estoy asustada… ni me he rendido con los muchachos. Solo estoy… impaciente por ver lo que harán ahora mis estrellas.

Shepard soltó una risa.

—¿Impaciente? —murmuró, divertido—. Ahora mismo tienen cero oportunidades de hacer algo. Están rodeados. Destrozados. Y frente a ellos tienen a Dante Virellan, el mejor que tengo. Un muro infranqueable. Nadie ha podido superarlo.

Sus palabras fueron definitivas.

En el campo de batalla, la tensión se volvió casi insoportable.

Kiro, Shizuki, Rei y Chris se mantenían juntos, jadeantes, sucios, heridos… pero aún de pie.

Alrededor de ellos, se cernían los últimos miembros de Inclementer como una jauría bien entrenada. Las sombras de Kael, Hadric, Lysara y Dante los envolvían, con sus respectivos brillos espirituales cortando el aire.

Hadric, a lo lejos, se levantó con dificultad, cubierto de polvo y sangre, con una sonrisa torcida. Apuntó con el dedo directamente hacia ellos.

—¡Este es su final! —gritó, con la voz temblorosa de arrogancia contenida—. ¡Aquí es donde vemos el caer de un emblema entero! ¡Esto será histórico!

Desde lo alto del pilar, Kael Drovahn se dirigió al grupo con calma. Su tono era neutro, pero su gesto transmitía superioridad.

—Acepten su destino, Stella —dijo—. Esto se decidió desde el principio. Éramos más, teníamos más recursos, más experiencia… aún así lograron derribar a varios de nosotros. Debo admitirlo: fue… sorprendente.

Shizuki apretó los puños y murmuró entre dientes:

—¡Tu estúpida sorpresa no sirve de nada si ya nos arrebataron todo…!

Lysara, por su parte, se cruzó de brazos con elegancia y habló en tono burlesco:

—No se preocupen. Aún están a tiempo. Pueden levantar las manos y gritar todos juntos que se rinden. Será más fácil para ustedes. Y para nosotros… más entretenido.

Chris no respondió. Solo apretó sus dientes manchados de sangre y desvió la mirada.

Finalmente, Dante Virellan alzó la voz. Su tono era distinto. No había burla, ni ira. Solo… frialdad.

Un aire de autoridad que dominaba la escena.

—Estamos aquí para mejorar esta academia. —comenzó—. Piénsenlo bien. Eliminar a los débiles… a los que menos aportan, es un beneficio. Un recurso menos desperdiciado.

Pausó. Su voz no tembló.

—Díganme… ¿Qué ha hecho el emblema Stella en todo este tiempo? Según tengo entendido… se han pasado años sin lograr nada. Ni una sola contribución importante.

Sus palabras calaron hondo. El eco de su afirmación quedó flotando en el campo.

El cielo, que hasta entonces había guardado silencio, comenzó a vestirse con nubes pesadas. Un gris denso cubrió la cúpula de la Academia Farhaim. Los vientos se tornaron helados, la luz se desvanecía poco a poco… y entonces, sin aviso, las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer.

Cada gota golpeaba el suelo con un ritmo pausado, pero firme. Las hojas, los pilares rotos, las armas y armaduras esparcidas… todo fue cubriéndose con el tenue velo de la lluvia.

Era como si el mundo entero guardara el aliento.

Dante Virellan alzó la mirada al cielo, dejando que las gotas resbalaran por su rostro sin perturbarlo. Luego bajó la vista hacia el grupo de Stella con total calma.

—La diferencia entre ustedes y nosotros… es simplemente insalvable. —comenzó, su voz firme y autoritaria—. ¿Saben cuál es el valor de un emblema en esta academia?

Dante miró a cada uno con desaprobación.

—El Emblema Kinrir… sabios eruditos, han desarrollado herramientas, artefactos y tecnología que ayudan a toda Alfhaim. Son la mente de esta academia.

—El Emblema Espectros… infalibles en combate, asesinos y exploradores letales. Si uno de ellos pisa un campo de batalla, la misión está asegurada.

—El Emblema Flame of Disaster… los mejores forjadores de armamento y defensa. Sus trabajos sostienen la base de todos los equipos de la academia.

—El Emblema Paladins… el corazón de la milicia de Farhaim. Honrados, disciplinados, capaces de liderar ejércitos. Héroes natos.

El viento sopló más fuerte. El agua descendía con furia ahora, golpeando contra el metal, contra la piedra, contra las capas mojadas de los combatientes.

Dante extendió su mano al cielo.

—Y luego estamos nosotros, el Emblema Inclementer. Reflejo de orden y armonía. Elegancia, educación, nobleza. Formamos parte de la élite. Nos entrenamos para servir directamente a la diosa Aiko como sus futuros caballeros reales. Representamos la cara de esta Academia ante el mundo.

Su voz retumbó por todo el estadio.

—¿Y ustedes? —preguntó finalmente, su mirada cayendo como una lanza sobre los de Stella—. ¿Qué han hecho ustedes? ¿Qué aportan?

En ese instante, su energía se desató. Rayos de luz azul y blanca envolvieron su cuerpo mientras se elevaba por los aires. Las gotas de lluvia se evaporaban antes de tocar su piel. Una luz como la del cielo mismo emanaba de su palma, extendida hacia los miembros caídos de Stella.

Era como mirar a un castigo celestial tomar forma.

Abajo, Kiro mantenía los dientes apretados, el cuerpo tensado.

Los rayos de energía reflejaban en sus pupilas temblorosas. Entonces miró a sus compañeros.

A Rei respirando con dificultad.

A Shizuki empapada de incertidumbre, con el Hailf temblando en su mano.

A Chris Mercy, de pie, con una expresión molesta, sin fuerza en los brazos, pues habían llegado al límite.

“Esto… Esto es mi culpa.” —pensó Kiro, tragando saliva.

“Yo fui el que los trajo aquí. Creí que… si les ofrecía un sueño, si les daba una meta… podrían encontrar su luz, que con esto lograríamos unirnos.“

“Pero solo era yo… buscando un propósito para mí mismo.”

“Quería salvar este emblema, salvar su oscuridad, redimir a todos.”

“Pero… solo lo hice por ego. Por orgullo. Por mí. No por ellos.”

Cerró los ojos un instante y murmuró:

—Lo siento… de verdad.

Todos lo miraron.

—Perdón por haberlos traído hasta aquí. Ninguno de ustedes quería luchar en esto. Sabíamos que sería imposible. Sabíamos que nos aplastarían.

Sus puños temblaban.

—Pero… aún así, los forcé. Los empujé a esta lucha.

Un silencio incómodo se apoderó del grupo por unos segundos. Y entonces…

Rei caminó hacia él, empapada de pies a cabeza. Una gota bajó por su mejilla y…

Sonrió. Una sonrisa sincera, aunque pequeña.

—Cállate, tonto —dijo, sacudiendo la cabeza—. Aunque siempre rechacé tu ayuda… aunque casi nunca te escuche… yo igual habría venido. Soy la espada de Stella. Y peleo por los nuestros. Así de simple.

Shizuki levantó su brazo dramáticamente al cielo, con el agua corriendo por sus dedos.

—¡Agradezco haber venido! ¡Fue increíble! Prefiero esto a quedarme en mi habitación como un adorno decorativo de hielo. ¡Que los truenos y la escarcha sean testigos! ¡Stella luchó hasta el final!

Kiro se rio un poco, sin poder evitarlo.

Finalmente, todos giraron la mirada hacia Chris Mercy, quien puso cara de fastidio inmediato.

—¿Qué? —masculló, llevándose la mano al cabello, desordenándolo—. Yo no tengo nada que decir.

Pero todos lo miraban fijamente.

Chris suspiró con fuerza, como si le doliera el alma.

—…Lo único que diré es que solo vine por la promesa que le hice a Kiro.

Eso es todo. Y sin duda… será la última vez que hago algo como esto.

Pero entonces, casi en un susurro:

—Aunque… —bajó la mirada— no estuvo tan mal.

La lluvia ahora era un diluvio. La energía en la mano de Dante Virellan rugía como una bestia del cielo. Un trueno estalló sobre ellos y la luz brilló con violencia.

La palma de Dante vibraba. El artefacto central seguía sujetando al grupo de Stella en un campo de presión que les impedía moverse con facilidad.

Los rayos de energía en su mano estaban a punto de explotar.

Dante Virellan, suspendido en el aire con su manto ondeando por la energía, extendió su brazo derecho, apuntando directamente al corazón del Emblema Stella. En su palma, la energía azul y blanca crepitaba como si fuera un poder divino, rugiendo como un dios insatisfecho.

—Últimas palabras, Stella —su voz resonó por toda la arena como un juicio final, cargada de solemnidad y superioridad.

Todos los presentes contuvieron la respiración.

Nadie se movía. Nadie hablaba.

Pero entonces—

Sin decir nada, Kiro, Rei, Chris Mercy y Shizuki se pusieron de pie.

Sus rostros empapados por la lluvia no mostraban miedo. Ni siquiera tristeza. Solo una mirada desafiante, una convicción inquebrantable.

No tenían nada más que decir.

Las cámaras se detuvieron en sus rostros. Los estudiantes, los maestros, el público entero… esperaban gritos, súplicas, algún gesto de rendición.

Pero recibieron silencio.

Un silencio que gritaba más fuerte que mil palabras.

Los cuatro miraban al frente, firmes.

Habían llegado hasta allí heridos, golpeados, con el cuerpo al límite…

pero no se quebraron.

Dante asintió con gravedad, como un verdugo respetando la última voluntad del condenado.

—Entonces… que así sea.

La energía se desató.

Una gigantesca ola de luz blanca y azul descendió desde el cielo como una marea celestial. Era un mar de poder purificador, una sentencia absoluta que barrió el aire, los escombros, y casi el mismo sonido.

Todo retumbó.

La lluvia evaporándose en el contacto. Las piedras volando por la presión.

El campo de batalla fue sacudido por el impacto inminente.

Y Stella… cerró los ojos.

Uno a uno.

Kiro. Rei. Shizuki. Chris.

Apretaron los dientes. Se prepararon para el final.

Para el dolor.

Para la oscuridad.

…

—¡CLANG!—

El resonar del metal cortó la tormenta.

Una brisa emergió del centro de la luz, como si el tiempo se partiera.

Un nuevo viento sopló en sentido contrario.

La energía de Dante se detuvo, como si hubiera impactado contra una muralla invisible.

Los ojos se abrieron de golpe. Y entonces lo vieron.

Allí, al frente del grupo, clavado como una espada ante el destino. Con una postura firme, como si nada pudiera quebrarlo.

Era..

Un desconocido.

Un aliado.

Un amigo.

Un mejor amigo.

Y también un líder.

Sanha Zaehara.

Su silueta se recortaba contra la tormenta. Su capa, o más bien su bufanda partida, ondeaba como alas rasgadas detrás de él. Sus botas pisaban firme el barro, la roca y el peso de los años que llevaba sobre sus hombros.

Sus ojos verdes… brillaban como esmeraldas ardiendo.

Sostenía su espada hacia el frente. El ataque de Dante se estrellaba contra ella como olas contra un faro, pero Sanha no retrocedía ni un milímetro.

Sus músculos temblaban por el esfuerzo. Un aura de energía verde luminosa se expandía a su alrededor como una llama protectora, sólida y férrea. La lluvia parecía bailar sobre él, no caer.

Rei abrió los ojos tanto como jamás se le había visto.

Chris quedó con la boca ligeramente abierta, una gota bajando por su mejilla sin ser notada.

Ambos, con un solo latido, dijeron al unísono:

—¿Sanha…?

Sus voces salieron con un dejo de incredulidad, como si el pasado volviera a caminar entre ellos.

Sanha no los miró. No todavía.

Apretó la empuñadura con ambas manos, tragó aire, y entonces, con un grito que rompió el cielo:

—¡AAAAAHHHHHH!

La luz verde estalló. La espada se encendió. Y con una estocada brutal hacia adelante…cortó el ataque de Dante por la mitad.

¡SHHHHHHHHHHAAAAAAAKKHHHHH!

La energía se disipó, dividida como el mar por la voluntad de un solo hombre. El viento explotó en todas direcciones, barriendo el campo y alcanzando incluso la cara de Dante, allá en lo alto.

El rostro del líder de Inclementer se alteró por primera vez con un verdadero gesto de sorpresa.

La brisa sacudió su manto. El aura en su mano se desvaneció.

Sanha bajó la espada, jadeando un poco… y giró lentamente hacia los suyos.

Allí estaban. Su emblema. Sus estrellas.

Kiro. Rei. Shizuki. Chris.

Y entonces, con una sonrisa cálida, tan pura que parecía irreal en medio del campo devastado…

—Lo siento si me tardé, chicos.

Esa voz…

Esa mirada…

Esa luz.

Sanha Zaehara había vuelto.

Y con él la esperanza de Stella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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