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Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 164

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Capítulo 164: Capítulo 164: Bajo la Escarcha

…

Una vasta oscuridad lo cubría todo.

No había suelo, ni cielo, ni aire. Solo una bruma densa y negra que lo envolvía todo como una tela sin fin.

En medio de ese abismo…

¿Una niña?

—¿D-dónde… estoy…? —murmuró Shizuki, su voz quebrada por el cansancio.

Estaba en el suelo, recostada de lado y temblando. Su cuerpo parecía más pequeño, como si su edad hubiese retrocedido, como si regresara a una versión más frágil y sola de sí misma.

Sus manos estaban heladas. Sus piernas no respondían bien. Su respiración era débil.

—Rei… ¿hermana…? —susurró, girando su rostro con dificultad.

Pero no había nadie.

Ni un sonido.

Ni una sola presencia.

Hasta que vio algo flotando frente a ella.

Un anillo.

Negro como el abismo, pero con bordes plateados que brillaban como si atraparan la escasa luz de ese lugar irreal. Giraba lentamente, suspendido en medio de esa negrura. No tenía cadena. No tenía sombra. Solo existencia puramente.

Los ojos de Shizuki se fijaron en él. Por alguna razón, sus piernas se movieron, se puso de pie con torpeza, como si no recordara cómo caminar.

Dio un paso. Luego otro.

El anillo parecía alejarse con cada intento de acercarse, como guiándola.

Finalmente, después de una caminata que pareció durar una eternidad… lo atrapó.

Sus dedos se cerraron sobre el anillo. Su superficie era fría y también pulsaba levemente, como si respirara.

—¿Qué eres tú…? —preguntó en voz baja, observándolo.

Y entonces…

Una voz.

Grave y rota como la de un anciano. Antiguamente poderosa.

—¿Quién está ahí?

Shizuki se giró hacia la voz.

Frente a ella, como surgiendo de la oscuridad misma, apareció una silueta gigantesca. Una figura humanoide envuelta en capas y mantos tan amplios como un templo. Llevaba una capucha que cubría gran parte de su rostro. Su cuerpo parecía hecho de huesos, sus manos eran largas, flacas, envueltas en una piel morada que casi parecía ceniza.

Shizuki retrocedió un paso, pero no huyó.

—¿Quién eres tú…? —preguntó, con voz agotada.

La silueta no respondió de inmediato, en cambio, caminó hacia ella sin hacer ruido. A medida que se acercaba, su presencia se volvía más opresiva, como si cada palabra que estuviera a punto de pronunciar llevara siglos de peso.

—¿Qué haces aquí, niña? —preguntó, con una voz que sonaba como ramas viejas quebrándose—. Este es el abismo. Donde moran los demonios que la luz teme nombrar.

Shizuki tragó saliva. Apretó el anillo entre sus manos.

—M-me llamo Shizuki Velmoria. No sé por qué… pero llegué aquí. ¿Puedes decirme dónde estoy, señor?

El brujo inclinó la cabeza, y de sus labios agrietados emergió una risa muy leve.

—Ya te lo dije… esto es el abismo. Un lugar fuera del tiempo. Aquí no hay futuro… ni pasado. Solo lo que es.

—¿Y tú… vives aquí?

—No vivo simplemente aquí. Yo soy parte de él.

Shizuki dio un paso hacia adelante, para verlo mejor.

—Señor… ¿cómo se llama?

La figura se detuvo con un largo silencio.

—Ese nombre… ya no tiene importancia.

Volvió a mirarla.

—Pero dime tú… ¿no sientes miedo al verme?

Shizuki parpadeó. Luego negó lentamente con la cabeza.

—No. No me das miedo… ¿Tú… no me tienes miedo a mí? —añadió de pronto, bajando la mirada—. Creo que tengo un aura terrorífica. Los demás suelen huir al verme. Me dicen cosas raras. Me dicen que soy extraña… diferente.

El brujo se inclinó hacia ella.

—No, niña. No te temo. He visto monstruos verdaderos… y tú no eres uno de ellos. Si estás perdida, te puedo ayudar a encontrar el camino.

Shizuki se quedó en silencio. Luego, dejó caer su cuerpo lentamente hasta sentarse sobre la nada. Su cabello largo cubrió parte de su rostro. El anillo aún flotaba en sus manos, vibrando con una energía silenciosa.

—No quiero volver todavía —susurró.

El brujo la observó. Se sentó también, frente a ella, cruzando las piernas lentamente.

—Está bien. Me quedaré aquí contigo. Avísame… cuando estés lista para irte.

Ella asintió, bajando la mirada al anillo.

Y el silencio volvió.

Un silencio cómodo. Pesado pero cálido.

Y entonces, aquella escena se desvaneció como humo, como un recuerdo que no sabía que tenía.

…

Su respiración volvió con un sobresalto.

“¿Q-qué… fue eso?” —pensó Shizuki—. “Ese lugar… ese hombre…”

“¿Quién era él? ¿Por qué olvidé eso…?”

“¿Por qué… siento que ese lugar me conocía?”

“¿Qué es esta nostalgia?”

Su corazón latía con fuerza, a la vez, empezó a sentir su cuerpo muy frío, pero no era desagradable, era como una quietud suave y envolvente… como si ese frío la hubiera estado esperando desde siempre.

Como si, al fin, su alma y su energía se hubieran alineado, como si hubieran despertado de un letargo.

Shizuki abrió lentamente los ojos, y una sonrisa dulce, casi infantil, se dibujó en sus labios.

—Qué agradable…

El mundo a su alrededor había cambiado.

Todo estaba congelado.

Pilares, piedras, incluso el aire parecía flotar más lento, atrapado en partículas de escarcha suspendidas como motas de luz invernal.

El campo de batalla se había convertido en un templo helado.

Ella no sentía dolor, ni siquiera sentía miedo. No sentía más que una sensación de completitud.

Giró la cabeza.

A unos metros, Kael temblaba levemente. Su respiración era inestable, su postura desordenada. Tenía los ojos abiertos de par en par, como si hubiese visto una visión imposible.

—¿C-cómo… lo hiciste? —preguntó con dificultad, entre jadeos.

Shizuki ladeó la cabeza con curiosidad.

—¿Hacer qué?

Entonces lo notó.

Su cuerpo estaba cubierto de una fina capa de hielo traslúcido, como una armadura. En su costado derecho, la misma zona donde la espada de Kael debió cortarla, había una marca oscura en la superficie congelada. Era un escudo formado por su propio poder.

—¿Esto… lo hice yo? —susurró, tocando con la yema de sus dedos el hielo brillante y duro.

Y entonces lo comprendió.

El recuerdo.

El anillo.

El abismo.

Todo se unió dentro de ella.

Sus ojos se iluminaron con un resplandor azul púrpura. El anillo Hailf en su dedo palpitaba con fuerza, como respondiendo a su alma.

Una carcajada suave escapó de sus labios.

—Je… jejeje…

Se puso de pie con un pequeño giro elegante, dejando que copos de nieve giraran a su alrededor.

—Kael… —dijo alzando la voz, con una energía electrizante—. Te presento con orgullo a la nueva y renovada… ¡Gran Shizuki Velmoria! ¡Yo… acabo de despertar!

Kael frunció el ceño, incrédulo.

—¡¿Qué dices…?! Esto es ridículo… ¡No puede ser que justo ahora! ¡Ahora mismo…! —dijo, con una mezcla de desconcierto y respeto—. ¡Esto no tiene lógica!

Shizuki sonrió con más intensidad, levantando ambos brazos al cielo con un movimiento teatral, como si diera inicio a una obra de teatro.

—¡Acto Final…! —declaró con voz firme, dramática— ¡Despertar del Abismo!

Una enorme explosión de energía surgió desde su interior.

¡KRAAAAASSSSH!

El hielo estalló como una tormenta liberada. Picos de escarcha colosales emergieron del suelo, atravesando pilares y reemplazando toda roca por estructuras cristalinas y etéreas. El campo fue transformado en un jardín congelado de estatuas blancas. Era como si un invierno eterno hubiese nacido solo para ella.

Desde las gradas, el impacto se sintió como una ola polar.

—¡¿Qué demonios fue eso?! —gritó un espectador.

—¡¿Cómo puede tener tanta energía…?! ¿Esa no es… una de primer año?

—¡Es Shizuki! ¡La del anillo negro…!

—¡¿Eso es un despertar?!

Abajo, en la arena, Kael empuñó su espada con ambas manos.

Un gigantesco bloque de hielo lo aprisionaba desde los muslos hacia abajo. Con esfuerzo, cortó los cristales, liberándose con un grito de dolor.

—¡RRRRAAGHHH!

Pero cuando cayó al suelo, su pierna derecha no respondió del todo.

Apoyó su peso sobre su espada, jadeando. Su respiración era cada vez más pesada. El frío lo invadía por dentro, su cuerpo estaba cubierto de escarcha, los bordes de su cabello endurecidos por el hielo.

Y entonces—

Frente a él, apareció Shizuki.

Su silueta danzaba entre copos flotantes. Sus ojos brillaban con una seguridad nunca antes vista. Su sonrisa era triunfante.

—Gracias… Kael.

Kael levantó el rostro, aún de rodillas.

—¿Me das las… gracias?

—Sí. —Shizuki asintió suavemente—. Gracias por ayudarme a despertar. Por empujarme al límite. Gracias por no subestimarme… y por luchar con todo.

Kael bajó ligeramente la cabeza, rendido pero satisfecho.

—Buen trabajo, supongo.

Shizuki llevó su mano al cuello y tomó el pequeño amuleto morado que colgaba de su cuello. Su forma era simple, pero parecía brillar con más intensidad que nunca.

Lo sostuvo frente a ella, como una sacerdotisa en pleno ritual.

—”Cuando las lunas se alinean… el pacto será cerrado” —recitó con aire ceremonial.

Su energía se condensó en un pulso inaudible.

—¡Duerme!

Un latido invisible se expandió como una onda que distorsionó el aire mismo.

Kael apenas pudo alzar la mirada. Su cuerpo se soltó de inmediato. Los brazos cayeron sin fuerza, y sus párpados descendieron con paz.

—Que mal… perdí… —susurró.

Y cayó al suelo.

Shizuki suspiró aliviada y su cuerpo tembló sin control. La adrenalina se desvanecía. Sus piernas se doblaron y también cayó de rodillas, jadeando.

—Aaah… hhh… eso fue… ¡épico…! —rió débilmente.

Su respiración era agitada, pero su rostro no perdía el brillo.

“Lo logré…”

“Lo logré de verdad. ¡Desperté mi energía…! Y todo… todo fue gracias a Kiro, a Kael, a todos…”

Miró de reojo el lugar donde Kael había caído.

Sus músculos protestaban, pero comenzó a arrastrarse con lentitud por el hielo, dejando una estela blanca a su paso.

—Solo un poco más… solo… un poquito más…

Con su mano extendida, atrapó la tela.

La bandera de Stella.

Estaba tibia al tacto. Como si contuviera el aliento de todos los que lucharon por ella.

—Aquí estás… —susurró.

La sostuvo con fuerza, abrazándola contra su pecho.

Poco a poco fue cerrando los ojos.

—Solo… descansaré un poco. Solo un ratito… ¿vale?

El hielo crujía a su alrededor como una cuna.

El viento flotaba elevando copos de nieve y escarcha.

Y por un instante, en medio de la guerra, Shizuki descansó con una sonrisa satisfecha.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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