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Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 171

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Capítulo 171: Capítulo 171: Te Sentencio 1/2

El calor del mediodía llenaba los pasillos de la Academia Farhaim con una luz dorada y cálida. Las vacaciones ya habían comenzado, pero la sede de Stella seguía siendo un lugar vivo, donde la risa, la charla y la promesa de días tranquilos se mezclaban en el aire.

Kiro bajó las escaleras del salón común de Stella, notando cómo una corriente de aire fresco lo recibió de inmediato. Allí, cerca de la ventana, Shizuki conversaba con Rei con una taza de té humeante entre sus manos.

—Oh, Kiro, justo hablábamos de ti —dijo Rei, sin rodeos, al verlo entrar.

Kiro levantó una ceja, con una mezcla de desconfianza y curiosidad.

—¿Sí? ¿Y… qué estaban diciendo?

—Bueno… —Rei se cruzó de brazos, sonriendo con malicia—. Que no sabíamos que podías hacer cosas tan interesantes. Esa energía que mostraste en el duelo fue… impresionante.

—Te viste muy épico en la batalla —añadió Shizuki con una sonrisa tranquila, como si ya supiera lo que Rei iba a decir después.

Rei asintió, apoyando una pierna sobre la otra.

—Sí, hasta a mí me sorprendiste. Energía de luz y oscuridad al mismo tiempo… y sobre todo, usar energía negativa. No sabía que eras capaz de eso. Para ser honesta, pensé que eras un debilucho cualquiera —dijo con un tono burlón, pero no cruel.

Cada palabra de Rei se sintió como una pequeña cuchilla emocional que se clavaba en el pecho de Kiro.

—Ah… —forzó una sonrisa algo amarga—. Bueno… al menos ganamos, ¿no?

Kiro se sacudió ligeramente la incomodidad y se volvió hacia Shizuki.

—Oye Shizuki ¿tienes algo que hacer hoy?

Shizuki se llevó un dedo al mentón, pensativa.

—Hmm… no lo creo. Iba a organizar algunas cosas de los espíritus y… eso es todo, supongo.

—¡Perfecto! —dijo Kiro con una sonrisa que le volvió al rostro—. Entonces, estaba pensando si—

—Kiro ¿Puedes mirar hacia la ventana, por favor? —lo interrumpió Rei, con una expresión seria repentina.

—¿Eh?

—Hay alguien allí que te está buscando.

Kiro ladeó la cabeza, confundido.

—¿Y cómo sabes que me busca a mí?

Rei apuntó con el pulgar hacia la ventana.

—Está haciéndote señas. Bastante exageradas. Y creo que intenta deletrear tu nombre… K… i… Ro —dijo mientras movía los brazos con gracia irónica, imitando los gestos torpes que hacía la figura afuera.

Shizuki soltó una pequeña risa.

Kiro giró la cabeza… y ahí estaba ella.

Kaede Minatsuki, en el otro lado de la ventana, movía los brazos de manera intensa, intentando formar letras con los dedos, con una expresión completamente concentrada y… tierna, a su modo.

Mientras intentaba deletrear el nombre de Kiro, tenía la lengua fuera, como si el esfuerzo de comunicarse desde la distancia requiriera toda su energía vital.

Kiro se llevó una mano a la frente, aguantando una risa.

—…Sí. Definitivamente, eso es para mí.

Rei suspiró.

Kiro salió al exterior, cruzando el portón de la sede con pasos tranquilos. Allí, Kaede lo esperaba con las manos entrelazadas al frente y una mirada preocupada.

—¡Kiro! —lo llamó apenas lo vio salir.

—Hola, Kaede —levantó una mano para saludar—. ¿Todo bien? ¿Qué pasa?

Kaede dio un par de pasos hacia él, bajando un poco la voz.

—Tenemos que hablar. Es importante.

Kiro ladeó la cabeza, curioso.

“¿Tan seria se ve? ¿Habrá pasado algo en la academia? ¿O tal vez… algo con Stella?”

—¿De qué se trata? —preguntó, intentando sonar relajado.

Kaede lo miró directamente a los ojos, su expresión tranquila pero tensa.

—El director está buscándote. En cuanto me entere vine voluntaria para ir a decirte, quería que lo supieras cuanto antes.

—¿El director…? —repitió Kiro, sorprendido—. ¿Quiere verme? ¿Acaso notó que soy increíblemente fuerte y piensa ascenderme a… no sé, héroe nacional?

Kaede hizo una mueca, dudando.

—Me gustaría decir que es por eso… —bajó la mirada—. Pero no tiene pinta de ser algo bueno.

Kiro se quedó en silencio.

Kaede levantó la vista otra vez.

—Es muy probable que tenga que ver con lo que mostraste en el duelo… la energía oscura. Lo de… Dravenel.

El nombre lo golpeó como un balde de agua helada.

Su sonrisa desapareció por un momento, y su expresión se tensó. Su rostro palideció.

—Oh… —susurró.

Kaede dio un paso más, colocándose frente a él. Sus ojos grises, siempre tan en calma, se clavaron en los de Kiro.

—Pero no estás solo. Yo confío en ti, Kiro. Sé que no eres malo, y lo que sea que tengas dentro… también puede ser controlado. Si te juzgan… hablaré por ti.

Kiro la miró fijamente.

Un leve viento agitó el cabello de ambos.

Kiro sintió que algo lo calmaba. Esa determinación serena en los ojos de Kaede, ese gesto silencioso de apoyo incondicional.

Sonrió, algo más sincero esta vez.

—Gracias, Kaede. No sabría ni qué decir.

—No te preocupes, pero será mejor que vayamos pronto —dijo Kaede con tono sereno, aunque en su voz se percibía una urgencia suave pero firme—. Sígueme.

Kiro asintió, acomodándose la chaqueta mientras caminaba junto a ella. Ambos se dirigieron por uno de los corredores laterales de la Academia, los mismos que solían estar llenos de estudiantes y energía… pero ahora estaban casi completamente vacíos.

Los pasos de ambos resonaban con eco en los pasillos silenciosos.

—Está demasiado tranquilo… —murmuró Kiro, notando cómo cada salón parecía deshabitado, las ventanas abiertas dejando pasar la brisa, y la luz del sol cruzando los corredores como si todo estuviera suspendido en un momento fuera del tiempo.

Kaede asintió suavemente.

—Durante las vacaciones de verano, la Academia queda prácticamente vacía. La mayoría de los estudiantes no están asignados a emblemas ni a cargos mayores, así que no tienen razones para quedarse. Algunos vuelven a sus hogares… otros simplemente prefieren disfrutar del descanso lejos de aquí.

—Tiene sentido —dijo Kiro pensativo—. Aunque… es raro ver esto tan vacío. Se siente como si el tiempo se hubiera detenido…

Kaede sonrió levemente, con los ojos entrecerrados.

—Los que pertenecemos a emblemas tenemos hospedaje libre todo el año. Aun así, varios igual aprovechan para ir a ver a sus familias. Supongo que este lugar no es hogar para todos…

Kiro desvió la mirada hacia una de las ventanas, donde una hoja de árbol flotaba lentamente en el aire.

“Ojala ver a Hunk y a Airi pronto…” —pensó, pero no lo dijo en voz alta.

Siguieron avanzando hasta que el camino los llevó frente a una gran puerta de doble, de un color negro opaco con molduras doradas. Sobre el marco, una placa tallada decía:

“Gran Salón de Conferencias – Acceso Restringido”

Kiro frunció el ceño.

—¿Aquí? ¿En este lugar tan… enorme? ¿Por qué?

Iba a hacer otra pregunta, pero entonces notó algo que lo detuvo: una gota de sudor deslizándose lentamente por la frente de Kaede.

Sus ojos se abrieron un poco.

“¿Kaede está… nerviosa? ¿Ella?”

Una sensación punzante le atravesó el pecho.

“¿Qué está pasando…? No me digas que esto es más serio de lo que parece…” —pensó, sintiendo su respiración volverse más pesada.

“Por favor… que no sea una expulsión. ¡Ni una purga! ¡No me pueden encerrar o borrar por esto, ¿cierto?! ¡¿CIERTO?!”

Instintivamente, tragó saliva con dificultad. Su cuerpo reaccionaba por sí solo obligando a tener los hombros tensos, la piel erizada y su energía vibrando débilmente desde el núcleo.

Kaede, aún sin decir nada, levantó una mano y tocó la puerta.

—Permiso para entrar —dijo con firmeza.

Una voz grave y poderosa, inconfundible, respondió desde el otro lado:

—Concedido.

La puerta se abrió suavemente con un chasquido mecánico.

Filas de estatuas de antiguos fundadores decoraban las paredes, cada una con inscripciones grabadas en piedra que hablaban de honor, deber y sacrificio.

Y al fondo… el estrado central, elevado, donde se encontraba el director Leonardo Capella.

Sentado con autoridad, su figura emanaba el peso de la responsabilidad. Su mirada era tranquila pero afilada como una hoja antigua. A sus lados, como una especie de consejo de guerra, se hallaban varias figuras imponentes.

Kiro contuvo el aliento.

Andrew Zimmerman, el firme y respetado maestro de Paladins, estaba de pie con las manos cruzadas detrás de la espalda.

Yungy Conton, maestra de Flame of Disaster, permanecía sentada con una expresión burlona, jugueteando con un mechón rojo mientras sus ojos centelleaban con fuego contenido.

Ivan Taskea, el maestro de Espectros, tenía los brazos cruzados y el rostro completamente serio y duro. Un aura extraña parecía rodearlo como un susurro perpetuo.

Nia Svarth, la figura solemne de Kinrir, mantenía los ojos cerrados, como si meditara, aunque todos sabían que no se perdía un solo detalle.

La maestra Lyra, sin embargo… no estaba.

Kiro sintió un hueco repentino en el estómago.

“¿Por qué ella no vino…?”

Y como si eso no fuera suficiente, otra figura más estaba allí. De pie, recargado con una actitud relajada pero peligrosa, estaba un hombre alto, fornido, vestido con ropa de cuero resistente y un sombrero de ala ancha, como un explorador del viejo mundo. Su presencia era salvaje. Indómita.

No necesitaban ocultar su energía. Ninguno lo hacía. El salón entero vibraba con un poder tan inmenso que Kiro sintió la necesidad de arrodillarse… no por respeto, sino por pura presión.

“¿Quién…? ¿Son todos ellos…? ¿Qué estoy haciendo aquí…?”

Kaede dio un paso al frente, con su rostro de nuevo tranquilo, y saludó con una leve reverencia.

—Lo he traído. Tal como pidieron.

Capella asintió una sola vez.

—Gracias, Kaede. Has hecho bien. Ahora podemos proceder.

Kiro sintió un escalofrío. Su voz… sonaba diferente.

El director se levantó de su asiento, como si se alzara un juicio sagrado.

Y entonces habló, con una voz que retumbó en todo el salón como un trueno controlado.

—Kiro, del Emblema Stella. Estás aquí porque pesamos sobre ti una grave acusación, bienvenido al juicio.

—¿Acusación…? —murmuró Kiro, y sin pensarlo levantó la voz—. ¿¡Juicio!?

El eco resonó por todo el salón.

Capella lo miró con seriedad, sin cambiar el tono.

—Así es.

Avanzó un paso hacia él, como si cada pisada cargara un siglo de historia.

—Estás acusado de conspirar contra la vida y nuestra sociedad. Estás marcado con la fuerza… y el hedor del abismo.

El silencio que siguió a las palabras del director Capella fue sepulcral. Como si la sala entera se hubiese sumido en un abismo sin fondo. Las antorchas en las paredes crepitaban sutilmente, pero incluso ese sonido parecía lejano, ajeno al peso que acababa de caer sobre los hombros de Kiro.

Capella, desde su estrado, alzó su mano y lo señaló.

—Solo quienes han combatido contra el abismo pueden reconocerlo… sentir ese hedor que traspasa la carne y la energía, una marca oscura que corrompe incluso el aire —declaró con voz firme—. Y tú, muchacho, lo llevas impregnado en tu cuerpo. No hay duda.

Las miradas de los presentes se clavaron en Kiro. Pesadas, inquisitivas, como si cada uno intentara desentrañar si ante ellos había un estudiante… o una amenaza.

—Ese poder que mostraste durante el duelo de emblemas fue una advertencia. No para tus enemigos… sino para nosotros —continuó Capella—. Una energía oscura que no debería pertenecer a ningún estudiante, mucho menos a uno sin procedencia conocida. Porque esa es otra verdad.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, con los ojos brillando con seriedad.

—Eres un sin apellido. No hay registros de tu linaje, tu procedencia, ni herencia familiar. No formas parte de ningún clan, casa noble o linaje con historial confiable. No hay guardianes que respondan por ti, ni antecedentes claros. Y lo digo con pesar, Kiro, no con desprecio. Pero en estos tiempos, cuando el abismo respira entre nosotros… la ignorancia es un lujo que no podemos permitirnos.

Kiro tragó saliva. Cada palabra era una estaca directa a su corazón. Sabía que no venía de odio… pero dolía igual.

—Debemos ser precavidos. Y si el mal ha echado raíces en nuestra propia academia, no podemos dudar en cortarlo —añadió Capella.

De pronto, su mirada se agudizó.

—Ahora dinos, Kiro… ¿Quiénes son tus aliados? ¿Qué planeas hacer con ese poder? ¿Por qué mostrarlo ahora? ¿Fue un descuido o una señal?

El joven se quedó sin palabras. Los músculos de su rostro se tensaron. Apretó los dientes, llevándose un puño al pecho, conteniendo la rabia, la humillación… y el miedo. No tenía respuesta. No tenía plan. Solo sabía una cosa de lo que estaba seguro: no había hecho nada malo.

—¡Sus aliados somos nosotros! —exclamó de pronto Kaede, dando un paso al frente.

Su voz resonó en toda la sala. Firme. Decidida.

—Yo confío en Kiro. Me opongo completamente a que se le juzgue sin antes comprender lo que ocurre. Hace tiempo que lo vigilo… por orden de mi misión —declaró, mirando a los líderes con respeto, pero sin ceder terreno—. Y no ha causado ningún incidente. Mucho menos ha contactado con el Culto del Abismo. ¡Antes que condenarlo, deberíamos explicarle lo que ocurre!

Hubo un murmullo sutil entre algunos presentes. Las palabras de Kaede habían creado grietas en el juicio inmediato… pero también generaron suspicacia.

Capella entrecerró los ojos. Su tono cambió de neutro a inquisitivo.

—Es cierto que aún no hemos iniciado el juicio formal, y tu testimonio pesa, Kaede. Pero dime… —hizo una pausa, cargada de intenciones—. ¿A qué te refieres con que lo vigilas hace tiempo?

Kaede bajó apenas la mirada, como reconociendo un error. Un leve temblor de vergüenza cruzó su rostro.

—…Me encargué de seguirlo desde que se detectaron fluctuaciones extrañas en la energía. Antes de enviar el informe quería estar completamente segura… de la situación.

—¿Y nunca nos dijiste lo que viste? —intervino de pronto Andrew Zimmerman, el maestro de Paladins—. Eso es información clasificada y ultra importante. Si detectaste una anomalía real debiste reportarlo al consejo inmediatamente.

—¡Quería asegurarme antes de emitir un juicio erróneo! —respondió Kaede, levantando un poco la voz—. Pero lo vi con mis propios ojos… y lo sé. Él no está aliado al abismo.

Yungy Conton rió suavemente desde su lugar, como si todo le pareciera una obra de teatro fascinante.

Capella frunció el ceño.

—Kaede Minatsuki… tú misma fuiste entrenada y asignada para identificar y eliminar cualquier amenaza proveniente del abismo. Esa es tu función. ¿Por qué cooperarías con alguien que claramente porta esa energía?

El silencio volvió a pesar.

Kaede cerró los ojos un segundo. Luego los abrió con determinación.

—Porque no es la misma energía. Es parecida, sí… pero hay una diferencia que no puedo explicar del todo. El culto del abismo lo busca… lo acecha. No lo llaman, no lo guían. Lo cazan.

Sus palabras dejaron a varios pensativos. La atmósfera se volvió aún más tensa.

—Si Kiro fuera uno de ellos… ¿por qué lo querrían eliminar?

Hubo un silencio breve. El único sonido era el leve crujir del cuero del sillón de Ivan Taskea al moverse.

—Yo misma pensaba encargarme de él —añadió Kaede con una voz más baja—. Pero… cuando vi cómo luchaba. Cómo protegía a sus amigos… cómo miraba a sus enemigos con decisión y temor al mismo tiempo… me di cuenta de que este muchacho no es como los demás. No es el enemigo y confío en él.

Kiro miró a Kaede con ojos grandes. En su interior, algo cálido se abrió paso entre la confusión, el miedo y la tensión. Las palabras de ella… el modo en que hablaba de él… no como una amenaza, sino como una persona.

“Confía en mí…” —pensó con asombro.

Los altos mandos aún no habían bajado la guardia.

El director Capella observó el rostro de Kaede por unos segundos. Luego volvió la mirada a Kiro, sus ojos dorados brillaban.

—Esto no se trata de confianza, Kaede —dijo finalmente con un tono firme, casi seco—. La verdad no se alcanza con fe ciega, ni con palabras nobles. La realidad es clara… y cruel. El Abismo no hace excepciones. Y tampoco nosotros podemos darlas.

Se giró levemente, encarando al resto del consejo.

—El culto del abismo, su doctrina maldita, sus seguidores fanáticos, sus emisarios… Todos ellos han causado estragos irreparables en nuestras tierras. Han desatado plagas, han corrompido pueblos, han resucitado muertos. Y lo peor… lo han hecho en silencio, en las sombras, sin dejar huella.

Los líderes de los emblemas asintieron con gravedad. El aire mismo en la sala parecía vibrar con tensión.

—Nuestra misión como guardianes de este país —continuó Capella— es evitar que su oscuridad eche raíces de nuevo. Es por eso que nos unimos, todos: Exorcistas, aventureros, clanes guerreros, guardias reales. No podemos darnos el lujo de fallar. Y si alguien, cualquiera, ha tenido contacto con ese mal… y sobrevive… significa que entonces es nuestro enemigo.

Kiro sintió que su pecho se apretaba como si una mano invisible lo oprimiera. La sentencia era muy poderosa.

De pronto, un golpe seco de tacones contra el suelo hizo eco en la sala.

—Tiene razón —dijo Yungy Conton, poniéndose de pie con un aura de fuego danzando a su alrededor. Sus ojos dorados se clavaron en Kiro como cuchillas calientes—. El hedor a la corrupción es inconfundible. Yo, como exorcista de rango S, tengo la misión directa de cazar al culto del abismo. Y en ti… hay algo demasiado similar. No es casualidad. No es un error.

Avanzó un paso, sus llamas interiores intensificándose apenas.

—Diste un combate brillante, Kiro. Admirable, incluso. Pero el poder que usaste… no pertenece a ningún sistema energético legítimo. No es de Alfhaim, ni de Toki, ni de Yiatus, ni una bendición de algún dios. Es… otra cosa.

Guardó silencio por un segundo, luego concluyó con una voz helada, desprovista de emoción.

—Hasta aquí llegó tu farsa.

Un murmullo cargado de tensión se extendió como una corriente invisible entre los presentes.

Entonces, el hombre del sombrero se puso de pie.

Su sola acción hizo que el ambiente cambiara. Aunque no alzó la voz, todos lo escucharon con claridad.

—Ya basta —dijo con un tono grave—. No podemos quedarnos de brazos cruzados.

Su acento era áspero, como si el viento y la arena lo hubiesen esculpido. Sus botas pesadas crujieron al avanzar. Su chaqueta de cuero parecía recién salida de una cacería.

—Mira chico… Soy Gael Rhox, miembro del Gremio de Aventureros, delegado especial en asuntos relacionados con entidades anómalas. He rastreado estas señales desde hace años. Y te aseguro, chico… esa peste del abismo está en ti. No necesito herramientas. Puedo olerla desde aquí.

Sus ojos, oscuros como el carbón sin pulir, se fijaron en Kiro con una mezcla de pesar y resolución.

—Te exterminaremos. Pero antes…

Se cruzó de brazos.

—Tendrás que responder algunas preguntas…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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