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Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 Capítulo 26 Un encuentro Imprevisto
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26: Capítulo 26: Un encuentro Imprevisto 26: Capítulo 26: Un encuentro Imprevisto La mañana en Omori era tranquila.

El sol se filtraba por las ventanas de la casa de la anciana, iluminando los pasillos de madera con una calidez acogedora.

Hunk se despertó sintiendo el cansancio acumulado en sus músculos.

—Ugh… qué noche.

Se estiró y se dirigió al comedor, donde la anciana ya estaba preparando el desayuno.

El aroma del té caliente y el pan recién horneado flotaba en el aire.

La anciana levantó la vista al verlo y le sonrió con amabilidad.

—Buenos días, joven.

Hunk se dejó caer en una silla y suspiró pesadamente.

—Buenos días, anciana.

Se frotó el rostro con las manos antes de hablar.

—Ya logré restaurar una de las tablillas anoche.

La anciana asintió con calma.

—Lo imaginé.

Se sintió una calma inusual en el ambiente esta mañana.

Hunk se sirvió una taza de té y tomó un sorbo.

—Pero todavía quedan tres más.

Levantó la mirada con seriedad.

—Voy a restaurar otra esta noche.

Necesito que te asegures de que nadie salga después del anochecer.

No quiero que haya problemas si los Noxs aparecen de nuevo.

La anciana asintió con una expresión serena.

—No te preocupes, me encargaré de que nadie de la casa ponga un pie fuera.

—Bien.

El silencio se instaló entre ellos por unos segundos.

Hunk miró por la ventana, observando el bosque a lo lejos.

—Anoche fueron demasiados Noxs… algo los está atrayendo.

La anciana cerró los ojos pensativa.

—Quizás la protección de las tablillas ha estado debilitándose desde hace más tiempo del que pensábamos.

Hunk se frotó la barba, reflexionando.

—Puede ser… pero tengo un mal presentimiento.

La anciana le ofreció un poco más de té.

—Ten cuidado esta noche, exorcista.

Hunk soltó una risa ligera.

—No es necesario, unos cuantos Noxs no serán problema.

Mientras tanto, en otra parte de la casa, Kiro terminaba de prepararse para salir.

Se puso una chaqueta amarilla ligera y ajustó el vendaje en su brazo derecho.

Airi lo esperaba en la puerta, impaciente.

—¡Vamos, Kiro!

Quiero ver más del pueblo antes de que sea tarde.

Kiro sonrió y se frotó la cabeza.

—Sí, sí, ya voy.

Salieron juntos de la casa de la anciana y comenzaron a caminar por el pueblo.

Omori se veía más animado que el día anterior.

Las tiendas estaban abiertas, los puestos callejeros vendían frutas y dulces, y la plaza principal estaba llena de niños jugando y ancianos conversando.

Kiro observó el paisaje con tranquilidad.

—Es un buen lugar.

Airi sonrió mientras miraba las flores en un puesto cercano.

—Sí… me gusta este pueblo.

De pronto, Kiro frunció el ceño.

Un olor extraño llegó a su nariz.

Era fuerte y desagradable.

Se detuvo y giró la cabeza, tratando de seguir el rastro.

Airi notó su cambio de actitud.

—¿Kiro?

¿Qué pasa?

Kiro no respondió y simplemente siguió caminando, enfocándose en aquel olor.

—Solo… dame un segundo.

El olor lo guió hasta un callejón estrecho entre dos edificios.

Airi lo siguió, confundida.

—¿Qué es lo que…?

Kiro se detuvo de golpe.

Frente a él, en el fondo del callejón, había dos personas.

Un hombre robusto y una mujer de vestida con un elegante kimono negro con bordados plateados… aparentemente besándose.

Kiro se quedó paralizado.

El olor que había seguido pronto dejó de ser prioridad.

Su cara se puso roja de inmediato.

—¡L-Lo siento!

¡Me equivoqué de lugar!

Se giró rápidamente y salió corriendo.

Airi, que se había quedado unos pasos atrás, lo miró confundida.

—¿Qué pasó?

Kiro se pasó una mano por la cara, avergonzado.

—Nada.

Absolutamente nada.

—¿Seguuuro?

—¡Sí, vámonos a otro lado!

Airi suspiró y lo siguió, aún con curiosidad.

Después de caminar un rato más, se dirigieron a la plaza central.

Se sentaron cerca de la gran fuente de agua, observando el pueblo ajetreado.

Airi tomó un respiro profundo.

—Es un día tranquilo.

Kiro asintió, relajándose.

—Sí… por una vez.

Pero entonces… Un sonido fuerte rompió la calma.

¡Crash!

Algo salió disparado de una ventana de un edificio cercano.

Un cuerpo.

La persona cayó violentamente al suelo, rodando hasta detenerse en medio de la calle.

Kiro se puso de pie de inmediato, alerta.

Airi dio un pequeño grito y se cubrió la boca.

—¡Kiro…!

De la ventana rota, salieron tres hombres.

Eran altos y de aspecto descuidado.

Ropas sucias, cicatrices en los brazos, expresiones de pura hostilidad.

Uno de ellos bajó lentamente las escaleras del edificio, acercándose al hombre en el suelo.

El hombre tirado se retorcía de dolor, respirando con dificultad.

El bandido se agachó y le habló con burla.

—Te lo advertimos, bastardo.

El hombre en el suelo apenas podía hablar.

—P-Por favor… Otro de los bandidos cruzó los brazos y escupió al suelo.

—Esto pasa por meterse con los “Hond”.

Kiro sintió un escalofrío.

—¿Hond…?

Uno de los bandidos sacó una pistola de su abrigo.

Kiro abrió los ojos con sorpresa.

No iba a hacer lo que pensaba, ¿verdad?

El bandido apuntó directamente a la cabeza del hombre en el suelo.

—Buenas noches.

¡BANG!

El disparo resonó por toda la plaza.

El pueblo entero quedó en shock.

Los comerciantes dejaron caer sus productos.

Los transeúntes corrieron a esconderse.

Un anciano, que pasaba por la plaza, gritó con desesperación.

—¡Chicos, aléjense de ahí!

Kiro y Airi estaban demasiado cerca de la escena.

Los tres bandidos ahora giraron la cabeza hacia ellos.

Uno de ellos sonrió con malicia.

—Vaya, vaya… ¿Qué tenemos aquí?

Kiro apretó los puños.

Sabía que esto estaba a punto de ponerse muy feo.

El aire de la plaza se volvió denso.

Kiro sentía su corazón latiendo con fuerza en su pecho, pero no por miedo… sino por la ira creciente dentro de él.

Uno de los bandidos, con una sonrisa retorcida, miró a Airi de pies a cabeza.

—Vaya, vaya… —dijo con tono burlón—.

Pero qué chica más linda.

Airi se tensó al instante, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.

Otro de los bandidos se rió con malicia.

—¿Qué tal si nos la llevamos?

Los tres intercambiaron miradas y asintieron.

—Sí… nos la llevamos.

—Ven aquí, linda.

—dijo el primero, acercándose lentamente.

Airi se quedó paralizada.

No podía moverse.

El miedo la atrapaba.

Su cuerpo temblaba, y sus labios se separaron, pero ninguna palabra salió.

El bandido extendió su mano hacia ella.

—No tengas miedo, pequeña… te vamos a tratar bien.

Pero no llegó a tocarla.

Porque en ese instante… ¡CRACK!

Un fuerte sonido de hueso rompiéndose resonó por la plaza.

—¡AAGH!

El bandido cayó al suelo de rodillas, sujetándose el brazo completamente destrozado.

—¡¿Qué carajos?!

Kiro bajó su puño lentamente.

Su rostro estaba cubierto por una sombra de ira.

—No.

—dijo con voz baja y temblorosa—.

No vas a tocar a mi hermana.

Los otros bandidos lo miraron con furia.

—¡Mocoso de mierda!

—¡Vas a conocer lo que pasa si te metes con los Hond!

Uno de ellos sacó una pistola y la apuntó directamente a Kiro.

Pero Kiro ya estaba en movimiento.

Con rapidez, creó una esfera de energía en su mano y la lanzó hacia el bandido.

La explosión de luz lo cegó por un instante.

Suficiente tiempo.

Kiro se movió hacia un lado, esquivando el primer disparo, aunque la bala le rozó el brazo, abriéndole un corte.

Ignorando el dolor, se lanzó contra el bandido.

Golpeó su muñeca con fuerza, desarmándolo.

La pistola salió volando y cayó al suelo con un ruido seco.

Antes de que el bandido pudiera reaccionar… ¡PUM!

Un puñetazo directo en la cara lo lanzó varios metros hacia atrás.

El tercer bandido, el único que quedaba en pie, observó la escena con los ojos abiertos de par en par.

Su compañero seguía en el suelo, con la nariz rota y sangre escurriendo de su boca.

El otro, aún gritando, intentaba sostener su brazo destrozado.

Kiro respiraba pesadamente, con sus puños aún envueltos en energía.

El bandido tragó saliva y dio un paso atrás.

—Este niño puede usar energía… Su expresión cambió al instante.

Ya no estaba confiado.

Miró a sus compañeros y decidió que no valía la pena seguir peleando.

—Tch… —chistó con desprecio—.

Nos veremos después, mocoso.

Tomó al herido del brazo y comenzó a alejarse rápidamente.

El otro bandido, aún inconsciente, fue dejado atrás.

Kiro suspiró profundamente y dejó que la energía de sus manos se disipara poco a poco.

Se giró hacia Airi, quien aún tenía el rostro pálido y los ojos llenos de miedo.

Le sonrió con calma.

—Todo está bien ahora.

Airi se lanzó a abrazarlo con fuerza.

—¡Hermano…!

Su voz temblaba.

Kiro le pasó la mano por el cabello, tratando de tranquilizarla.

—Tranquila, Airi.

Ya todo terminó.

Pero ella lo miró con preocupación.

—¡No, Kiro… tu brazo!

Kiro parpadeó y bajó la mirada.

Solo entonces notó que la bala le había rozado.

Su manga estaba rasgada y la sangre fluía lentamente desde el corte.

—Oh… sí, eso duele un poco.

Airi infló las mejillas con enojo.

—¡¿Cómo que “un poco”?!

¡Tenemos que curarte!

Kiro sonrió con torpeza.

—Vale, vale… volvamos a la casa.

Pero antes de que pudieran moverse… Las personas del pueblo comenzaron a salir de sus escondites.

—¡Ese chico los enfrentó!

—¡Se deshizo de esos bandidos!

Poco a poco, los murmullos se convirtieron en aplausos.

—¡Bien hecho, muchacho!

—¡Eres un héroe!

Kiro se sintió algo incómodo.

No estaba acostumbrado a los elogios… pero se sintió bien ver a la gente feliz.

De repente, una mujer con uniforme de enfermera salió corriendo de una clínica cercana.

—¡Muchacho, ven aquí!

Kiro la miró sorprendido.

—¿Eh?

La enfermera se acercó y tomó su brazo con cuidado.

—Esa herida necesita ser atendida.

Airi asintió con fuerza.

—¡Sí!

¡Dígale que se deje curar!

Kiro se rió y levantó las manos en señal de rendición.

—Está bien, está bien.

Lo llevaron a la clínica, donde la enfermera limpió su herida con precisión.

Mientras tanto, algunos aldeanos se acercaban para agradecerle.

—¡Nos has salvado!

—Esos malditos Hond han estado causando problemas desde hace semanas… —Pero ahora vendrán más.

Kiro levantó la mirada.

—¿Vendrán más?

Un anciano asintió con gravedad.

—Los Hond son una pandilla peligrosa.

Si supieran lo que hiciste… regresarán con refuerzos.

El ambiente cambió.

Lo que antes era alivio… ahora se convirtió en preocupación.

La enfermera terminó de vendar su brazo y le dio una palmadita en el hombro.

—Estás listo, muchacho.

Pero escúchame bien… Lo miró con seriedad.

—Tienes que salir del pueblo antes de que regresen.

Kiro frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque si se enteran de que alguien los derrotó… no solo vendrán más de ellos, sino que alguien mucho peor vendrá por tí.

Kiro apretó los puños.

No le gustaba la idea de huir.

Pero también sabía que Airi estaba en peligro si se quedaban.

Miró a su hermana.

Su seguridad era lo más importante.

Suspiró.

—Bien.

Lo pensaré.

La enfermera asintió con preocupación.

—Más vale que tomes una decisión rápido, chico… —Porque los Hond no dejan que las cosas se queden así.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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