Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 67
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- Capítulo 67 - 67 Capítulo 67 Las Clases de Farhaim 33
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67: Capítulo 67: Las Clases de Farhaim 3/3 67: Capítulo 67: Las Clases de Farhaim 3/3 El olor a metal caliente y carbón impregnaba el aire.
El grupo de estudiantes avanzaba con pasos cautelosos entre las máquinas y herramientas chispeantes.
La forja de la Academia Farhaim era inmensa, con techos altos, canales de ventilación, un sistema de poleas que sostenía espadas flotantes y trabajadores con delantales de cuero que pulían y reparaban todo tipo de armas.
Cuando Yungy Conton entró al lugar, todos los encargados se alinearon con rapidez, colocándose firmes como si la gran jefa hubiera llegado.
Hicieron una reverencia en conjunto.
—¡Relájense!
—exclamó Yungy con una sonrisa amplia—.
Solo vengo a dar una clase, no a hacerles una inspección sorpresa.
Aunque…
tal vez debería.
Los trabajadores soltaron una risa nerviosa.
—Vamos, muchachos.
Síganme.
El grupo la siguió hasta una enorme vitrina con cristales gruesos.
Dentro, se encontraban decenas de armas.
Algunas parecían comunes, otras tenían inscripciones brillantes, y unas pocas tenían piedras incrustadas que chispeaban con energía.
—Estas, mis adoradas, son armas encantadas —dijo Yungy, apoyando una mano con orgullo en el vidrio—.
Cada una contiene un tipo de energía distinto.
Fuego, viento, electricidad, agua…
incluso oscuridad.
Pero no se emocionen.
Todavía no podrán tocarlas.
Un coro de quejas suaves surgió entre los estudiantes.
—Primero, deben demostrar que pueden canalizar su energía de forma estable.
Y para eso…
Sacó una pequeña esfera metálica del bolsillo.
La sostuvo en alto como si fuera un trofeo…
o una bomba.
Kiro, al verla, palideció.
—N-no… No otra vez —susurró mientras comenzaba a retroceder.
Recordaba muy bien lo que esa esfera le había hecho cuando la usaron como castigo: descargas constantes por perder la concentración.
Su primer trauma en la Academia.
—¡Tu, el de amarillo!
—llamó Yungy, lanzándole la esfera sin aviso—.
¡Atrápala!
—¡¿Por qué la atrape?!
—gritó mientras la atrapaba con reflejos rápidos.
Todos lo miraron.
Kiro tragó saliva.
La esfera vibró levemente en su palma.
—Bien, ahora quiero que le transmitas energía con calma.
Controladamente.
—¿Y si me da una descarga?
—No te preocupes, esta versión está calibrada para entrenamiento.
Solo vibra y cambia de color si fallas.
No duele…o eso creo—sonrió con picardía.
Kiro se tensó, cerró los ojos y comenzó a concentrarse.
Al principio, la esfera se mantuvo estable.
Pero tras unos segundos, parpadeó de rojo y vibró fuertemente.
—¡Aaah!
—Kiro casi la dejó caer—.
¡¿Eso es seguro?!
¡Casi me explota en la cara!
—Relájate, novato —rió Yungy—.
A todos les pasa.
—¡A mí no me pasaría!
—dijo un alumno del fondo orgulloso.
Kiro resopló, tomó aire y volvió a intentarlo.
Esta vez duró un poco más.
Los demás se sentaron sobre colchonetas en el suelo, cada uno con una esfera, canalizando su energía.
Las horas pasaron en silencio.
Solo se escuchaba el leve zumbido de las esferas vibrando o cambiando de color.
Finalmente, Yungy comenzó a anotar los tiempos de todos.
—Veamos…
En último lugar…
¡Kiro!
¡Dos minutos y dieciséis segundos!
—¡Lo sabía…!
—dijo mientras se desplomaba en la colchoneta—.
¡Maldito sea este orbe del demonio!
—¡No está mal para ser la primera vez!
—respondió Ryu para animarlo.
—¿Y tú cuánto hiciste?
—preguntó Kiro.
—Seis minutos…
—respondió, aún sorprendido.
—¡¿Seis?!
¡¿Cómo lo lograste?!
—¡Tranquilo, aún puedes mejorar más y superar eso!
—añadió Ryu con una sonrisa sincera.
—La próxima te ganaré, lo juro sobre mi orgullo.
Más tarde, ya de vuelta en el aula, los estudiantes esperaban la última clase del día.
Kiro apoyaba la cabeza en su pupitre, agotado.
—Espero que esta clase no me humille más—suspiró.
Pero entonces… las puertas se abrieron con un estruendo.
Una figura entró.
Cabello dorado claro, armadura impecable, capa ondeando como si el viento soplara solo para él.
Andrew Zimmerman.
El líder del emblema Paladins.
Su sola presencia llenó la sala de una energía casi solemne.
Todos se pusieron rectos en sus asientos.
Kiro, por su parte, reaccionó como si acabara de ver a su superhéroe favorito.
—¡Es él…!
¡Es el legendario Andrew!
¡El caballero del resplandor!
¡El puño de la justicia!
¡El caballero gris!
Ryu parpadeó.
—¿Desde cuándo tiene tantos títulos?
—¡Desde ahora!
Andrew levantó la mano y todos guardaron silencio.
—Saludos jóvenes.
Soy Andrew Zimmerman, lider del emblema Paladins y su profesor en la clase de “Dominio del poder”.
Hoy empezaremos a entender qué significa controlarse a uno mismo…
y cómo proyectar esa fuerza en combate.
Kiro ya no podía más de la emoción.
Estaba listo para aprender lo que fuera.
—¡Por favor, Andrew, conviérteme en el mejor exorcista!
—¿Dijiste algo?
—preguntó Andrew sin voltear.
—Nada… La clase de “Dominio del poder” había comenzado y los estudiantes se encontraban sentados sobre el pasto, en completo silencio, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados.
Un susurro suave del viento rozaba sus rostros, y el canto de los pájaros era apenas audible en la distancia.
Kiro se encontraba entre ellos, con los dedos entrelazados frente al pecho, su respiración acompasada y su mente intentando vaciarse.
Una débil luz temblorosa emergía de su cuerpo, pero era inestable, frágil como la llama de una vela en una tormenta.
“Concéntrate, Kiro…
sólo concéntrate.” Pero no podía.
En su mente se formaban las imágenes de sus compañeros, canalizando su energía con fuerza, con gracia.
Algunos tenían un aura tan intensa que iluminaban parte del césped a su alrededor.
Abrió un ojo ligeramente y miró a su alrededor.
Todos parecían fluir con la energía del entorno.
“¿Vaya…de verdad soy tan débil?” “Así que esta es la diferencia.” “¿Podré igualar o superar esas luces?” Se sintió ansioso.
Su concentración se perdía.
—¡Kiro!
—la voz firme de Andrew resonó por el campo—.
Concéntrate.
Vuelve a tu centro.
El joven apretó los labios y corrigió su postura, enderezando la espalda y cerrando los ojos con fuerza.
Ahora estaba al 100%.
Intentó calmar su mente.
Escuchar su respiración.
Sentir el calor del sol.
El latido de su corazón.
Poco a poco comenzó a dejarse llevar… su cuerpo se sentía liviano, como si flotara.
“Así está mejor… esto sí… esto…” Pero entonces… Un vacío helado.
Una sombra intangible lo atrapó por dentro.
Un miedo irracional, seco y abrumador se apoderó de su pecho.
El recuerdo vago de una noche, fuego, gritos… sangre.
Todo se volvió borroso.
Su respiración se descontroló.
Empezó a sudar frío.
Quiso hablar, pero no salía nada.
El pánico lo engullía.
Y en un suspiro, perdió el equilibrio.
Kiro cayó de lado contra el pasto, jadeando, como si hubiera salido de una pesadilla.
Se quedó mirando su brazo derecho…
donde aún llevaba el vendaje.
El mismo que ocultaba la cicatriz.
La misma que cargaba desde aquella noche.
Andrew lo observó desde la distancia.
Sus pasos se dirigieron hacia él sin vacilar.
—¿Estás bien, Kiro?
—preguntó con tono serio, aunque no carente de preocupación.
Kiro se levantó a medias, secándose el sudor de la frente.
—Sí…
sí…
estoy bien.
Solo me mareé un poco —dijo con una sonrisa cansada.
Luego agregó—.
Pero no me rendiré.
¡Aún puedo seguir!
Andrew asintió.
—Bien.
No se trata de ser perfecto…
se trata de continuar, esa determinación es un buen valor.
Recuerda que no solo tienes tu energía… también tienes tu espíritu.
Conéctate con él.
Escucha lo que tiene que decirte.
Esas palabras encendieron algo en Kiro.
Volvió a sentarse.
Respiró hondo.
Y esta vez, con gran esfuerzo, evocó una leve silueta a su alrededor.
Su espíritu.
Una sensación cálida, lo rodeó como un abrazo.
La clase finalizó con una campanada suave que resonó por los jardines.
Los estudiantes se levantaron poco a poco y comenzaron a marcharse.
Kiro se reunió con Ryu cerca del portón del campo.
—Hoy fue mejor —dijo Kiro con una sonrisa—.
Esta parte de la semana no tiene al Duvalier, así que es casi como un regalo.
Ryu asintió.
—Y además, con estas clases aprenderemos de todo un poco.
Técnicas, control… hasta respiración.
No está mal.
Kiro se estiró con orgullo, sacando el pecho.
—¡Entonces tenemos que entrenar más!
Seremos los mejores de nuestros emblemas, ¡lo juro!
Ryu sonrió y le dio una palmada amistosa en el hombro.
—No descansaré hasta superar mis límites.
—¡Esa es la actitud!
Pero antes de que se marcharan, Ryu se giró hacia él con una expresión algo seria.
—Pero no te olvides de estudiar los conceptos.
Si el examen es teórico, podríamos estar en problemas… Kiro parpadeó.
Lo miró… y se quedó congelado.
—¿Espera, dijiste…examen?
—Sí.
Me contaron que para poder salir a misiones, necesitas buenas notas, o no te darán permiso, incluso puede que te expulsen del colegio si te va muy mal.
Además de que puedes ganar más beneficios si sacas buenas notas.
La sonrisa de Kiro se derrumbó como una torre de arena.
Todo su rostro se llenó de pánico.
—¡¿No…
no me digas que… incluso aquí…
hay exámenes…!?
—Sí.
Y evaluaciones mensuales también.
—¡NOOOOOOOOOOO!
¡¿Nunca podré librarme de ellos?!
¡¿Por qué nadie me advirtió que Farhaim también tenía pruebas escritas!?
Ryu se rió bajito.
—Pensé que era obvio.
Es una escuela, después de todo.
—¡Pero es una escuela de energía!
¡Debería tratarse solo de explosiones, técnicas y combates épicos!
—También necesitas cabeza para ser un buen exorcista.
Kiro se llevó ambas manos a la cabeza, caminando en círculos con el rostro en blanco.
—Voy a morir… los exámenes serán mi final… Ryu le dio una palmada en la espalda.
—Bueno, si te preocupa tanto puedo ayudarte a estudiar, aunque confío de que seguro te va a ir bien.
Kiro resopló.
—Tienes razón… ¡Kiro no se rendirá jamás!
¡Hasta en los exámenes seré un campeón!
Entre risas y protestas, ambos siguieron su camino por los jardines de Farhaim, bajo el cálido sol de la tarde, sin saber aún los desafíos que les esperaban en el camino del poder y la verdad.
Y así fue como los días comenzaron a deslizarse con la rapidez de las hojas arrastradas por el viento y desde que las clases comenzaron formalmente, la rutina en la vida de Kiro se había vuelto una mezcla de energía, frustración, polvo y…
¡más polvo!
Cada tarde, al terminar su última clase, Kiro regresaba a la sede del emblema Stella, donde lo esperaba su “segunda batalla del día”: la limpieza.
Allí estaba siempre Rei, con su cabello atado, un trapo en la mano y una expresión de resignación que se repetía a diario.
—¡Kiro!
Hoy el comedor está peor que nunca.
¿Quién dejó arroz en el techo…?
—¿¡En el techo!?
—Kiro tragó saliva y tomó la escoba como si fuera una espada—.
¡No importa!
¡No me rendiré ante el arroz volador!
Rei suspiró.
—Tú y tus frases…
Bueno, ¡pongámonos a barrer antes de que esta sede se convierta en un nido de ratas!
Justo en ese momento Kiro vio pasar una pequeña silueta cerca de la cocina y se quedó algo asqueado observando aquella zona.
A pesar del cansancio, Kiro limpiaba con una sonrisa en el rostro y energía desbordante, aunque a veces se desplomaba por completo sobre el sofá luego de pasar horas frotando el mismo rincón.
—¿Por qué esta esquina nunca queda limpia…?
—murmuraba entre quejidos.
Pero cuando la limpieza terminaba, su día no.
Kiro se encerraba en su habitación, se quitaba la chaqueta, se acomodaba en el suelo y comenzaba su verdadero entrenamiento: flexiones, abdominales, sentadillas, repeticiones interminables, todo hasta que la luna se alzaba alta en el cielo.
—Para ser el mejor…
siempre debo estar listo…
aunque no pueda sentir los brazos…¡No me rendiré!
—decía, jadeando, mientras caía de cara a su colchón.
Los días de clase seguían con su peculiar ritmo, y entre todos los cursos, había uno en especial que estaba siendo un verdadero tormento para él.
“Tácticas de Batalla y Estrategia de Campo”, dictado por la famosa maestra Nia Svarth.
O como Kiro la había apodado en secreto: “La hipnotizadora de voces”.
La primera vez que entró a su clase, se sintió bien.
El ambiente estaba tranquilo, la maestra tenía una presencia elegante, sus palabras fluían como si recitara un poema…
pero a los cinco minutos…
—El campo de batalla…
es como una sinfonía…
que se toca…
paso a paso…
—decía Nia con voz suave, arrastrando cada sílaba.
Kiro apenas logró mantener los ojos abiertos.
—No puedo…
es como si su voz fuera una canción de cuna…
—susurró mientras sus párpados luchaban por resistirse al destino.
Y no era el único.
Varios alumnos dormían con los ojos abiertos, y uno incluso babeaba sobre el escritorio.
Solo Ryu parecía soportar estoicamente.
—¡Kiro!
¡Despierta!
¡No te duermas aún!
—le decía cada vez que lo veía inclinar la cabeza.
Kiro murmuraba entre sueños cosas como: —El enemigo…
me ataca con somnolencia…
necesito…cerrar los ojos un momento… A pesar de todo, y aunque la información entraba por un oído y salía por el otro, Kiro hacía lo posible por recordar lo que Ryu le enseñaba en sus repasos por la tarde.
Ryu tenía el talento de explicarlo todo con calma y con ejemplos tan simples que hasta Kiro podía entenderlos.
—Si el enemigo va por el flanco izquierdo…
¿qué haces?
—preguntaba Ryu con un cuaderno en mano.
—¡Contraatacar con una patada por la derecha!
—No… no exactamente, pero no está mal.
Así pasaron los días, entre polvo, entrenamientos, clases dormidas y las risas con Ryu.
Hasta que llegó la semana más temida por Kiro: la semana de pruebas.
—El momento llegó…
—dijo Kiro dramáticamente, parado frente al espejo de su habitación—.
Esta es… mi prueba final…
¡no!
¡Mi destino como exorcista me lo reclama!
A decir verdad, no había estudiado tanto como debía.
Su preparación se limitó a miradas intensas a los cuadernos, frases motivacionales en voz alta y la repetición constante de lo que Ryu le había explicado.
Pero aun así, su espíritu estaba listo.
El primer día de pruebas, al tener el examen en sus manos, sus ojos brillaron.
—¡Vamos, Kiro, tú puedes!
—se animó mentalmente.
Abrió el cuadernillo y la primera pregunta lo recibió como una bofetada: “Explique el principio de la formación de energía en un entorno de alta presión espiritual, comparando tres tipos distintos de energía y su reacción a la distorsión natural.” Kiro parpadeó.
—¿Qué…?
Miró a Ryu.
Su amigo ya estaba escribiendo sin pausa.
—¡Maldita sea!
—gruñó por dentro—.
¡Vamos cerebro!
¡No me falles ahora!
—murmuró mientras escribía lo que recordaba que Ryu le había dicho, con sus propias palabras, bastante… resumidas.
“La energía se pone rara cuando hay presión espiritual y cambia según el tipo que tengas.
Algunas se controlan más fácil y otras se alocan.
Fin.” Le pareció una respuesta bastante resumida a decir verdad, pero era lo único que recordaba.
Así continuaron las pruebas durante toda la semana.
Algunas respuestas fueron heroicas, otras trágicas.
Algunas incluso tenían dibujos explicativos con espadas, monstruos y gráficos de “estrategia”.
Pasaron los días.
La tensión era insoportable.
Hasta que por fin, el viernes por la noche, una luz verde parpadeó en el brazalete de Kiro.
Había llegado.
Su ficha académica.
La abrió temblando y la miró con ojos bien abiertos.
Puntaje: 66/100.
Estado: APROBADO.
Observación: Puede mejorar.
—¡AAAAAHHHH!
—gritó, lanzándose a la cama—.
¡LO LOGRÉ!
¡SOY UN GENIO!
Se revolcó entre las sábanas, girando como un croissant animado.
—¡¿Quién dijo que Kiro no podía aprobar!?
¡¿EH!?
¡Tomen eso, exámenes!
¡Tomen eso, voces hipnóticas!
¡Tomen eso, Shepard Duvalier!
Abrió la ventana de su habitación, asomó la cabeza y gritó a los cielos: —¡¡HE APROBADO!!
Desde el piso de arriba, se escuchó a Rei gritar: —¡DEJA DE HACER ESCÁNDALO Y DUÉRMETE!
Pero nada podía arruinarle la alegría.
Esa noche, Kiro durmió como nunca.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com