Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 68
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- Capítulo 68 - 68 Capítulo 68 La situación de Ryu
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68: Capítulo 68: La situación de Ryu 68: Capítulo 68: La situación de Ryu Mientras Kiro seguía sumido en sus entrenamientos y deberes académicos, Ryu vivía su propio proceso dentro del emblema Paladins.
Aunque tenía amigos como Kiro, el ambiente en su sede era completamente distinto: más formal, lleno de normas y figuras de autoridad.
Y sobre todo, muchas miradas curiosas.
Esa tarde, tras salir de clases, Ryu llegó a la entrada de la sede.
Al cruzar el gran portón de piedra, se encontró con varios miembros de segundo y tercer año conversando en los pasillos, muchos con sus armaduras brillando al sol.
Algunos lo saludaban con una leve inclinación de cabeza, otros simplemente lo ignoraban.
Ryu, fiel a su naturaleza tímida, solo bajó la mirada y siguió su camino directo a su habitación.
—Solo dejaré mis cosas y me encerraré a estudiar… —murmuró.
Pero no alcanzó a dar tres pasos más, cuando escuchó una voz clara y familiar.
—¡Ryu!
¡Ryu!
¡Te estaba buscando!
Al girarse, se topó con Nayeli, su sonrisa cálida brillando con la misma intensidad que sus ojos turquesa.
Llevaba una pala colgando en su espalda y algunas hojas enredadas en el cabello.
—Ah… h-hola… —saludó él, despegando la vista lentamente del suelo—.
¿Qué ocurre?
—Recuerdas que prometiste ayudarme con el jardín, ¿no?
—dijo ella con emoción—.
¡Pues hoy comenzamos!
Ya están casi todos en el gran patio trasero de la sede.
Ryu parpadeó.
En su mente recordaba que lo había dicho, aunque no esperaba que tendría que hacerlo de verdad.
—Ah… sí, claro.
Solo… iré a dejar mis cosas primero.
—Perfecto, te esperamos allí —respondió Nayeli mientras le guiñaba un ojo y giraba sobre sus talones para volver al jardín.
Ryu asintió en silencio y se dirigió a su cuarto.
Dejó su mochila en la cama y suspiró.
—Parece que me toca ayudar un poco.
Minutos después, llegó al gran patio trasero.
Era un terreno amplio y descuidado, cubierto por maleza, piedras, ramas secas y tierra dura.
Varios compañeros de primer año ya trabajaban allí, arrancando raíces, limpiando el lugar y preparando herramientas.
—¡Ryu!
—lo saludó Ethan, que sostenía una pala más grande que él—.
¡Por fin apareces!
Me alegra verte por aquí.
Hace días quería hablar contigo, pero no te vi por ningún lado.
—Oh, lo siento… yo… no sabía que comenzaban hoy —respondió Ryu mientras saludaba con una pequeña inclinación de cabeza.
—No te preocupes.
¿Vamos trabajando mientras charlamos?
—sugirió Ethan.
—Claro… Mientras se agachaban para arrancar unos arbustos que crecían al pie de un muro, Ryu observó a las chicas no muy lejos.
Nayeli organizaba una caja con semillas, hojas y abonos, mientras Lielle, con su sudadera azul y cabello rubio trenzado, escuchaba con atención y asentía con timidez.
—Vamos a necesitar un invernadero —decía Nayeli con entusiasmo—.
Y un sistema de riego.
¡Y un pozo, un huerto, un área para flores de todos los colores y tamaños, y también una zona de descanso con bancos, una fuente estaria bien pequeña y…!
—Ya entendimos… —le respondió Lielle con una sonrisa dulce, algo divertida por el entusiasmo.
—Si que te gustan las plantas… —murmuró Ryu en voz baja.
—Definitivamente le gustan.
—Ethan rió y, tras un momento, bajó el tono—.
Oye… ¿puedo preguntarte algo?
Ryu lo miró, curioso.
—¿Tienes apellido?
La pregunta lo tomó por sorpresa.
Sus manos se detuvieron y una gota de sudor frío recorrió su nuca.
Con un hilo de voz, respondió: —…No.
Ethan bajó un poco la cabeza, como si ya hubiera esperado esa respuesta.
—Lo sospechaba.
Ya se rumorea que tú y ese chico rubio que siempre está contigo…
tampoco tienen.
Ryu lo miró con desconfianza.
Su expresión endurecida por un segundo.
—¿Y qué planeas hacer con eso?
¿Vas a decírselo a todos…?
¿A tener más cuidado conmigo?
Ethan negó rápidamente con la cabeza.
—No, no, ¡para nada!
—dijo con una sonrisa cálida y sincera—.
No pienso hacer nada malo.
Es solo… que me pareció injusto que los miren diferente por eso.
Ryu lo observó un momento, sus músculos todavía tensos.
Pero algo en la voz de Ethan lo tranquilizó.
—No es tu culpa haber nacido sin apellido.
Y sé que debe ser difícil sentirse excluido.
En mi familia… aunque sí tengo apellido, sé lo que es ver a alguien ser alejado por los suyos.
A veces no importa cuánto los quieras, no te aceptan.
He oído como en el pasado también exiliaron a gente de mi familia y les quitaron su apellido, me imagino que debe ser muy terrible.
—…Sí.
No siempre se puede arreglar todo —respondió Ryu en voz baja, clavando la vista en el suelo.
Hubo un momento de silencio.
Solo se oía el viento moviendo las ramas y el sonido metálico de las herramientas.
—Pero aún así —continuó Ethan—, no te tengo miedo.
Y si quieres… podemos ser amigos.
Ryu levantó la vista con sorpresa.
—No tengas miedo de no tener apellido.
Si trabajas duro, si demuestras tu valor…
al final, todos olvidan ese pequeño detalle.
Una vez escuché a alguien decir algo increible…
—¿Sí?
—“Las almas brillan más que los nombres.” Ryu sintió algo cálido en el pecho, como si esas palabras hubieran encajado en un hueco que llevaba tiempo vacío.
—Gracias, Ethan… me alegra que hayas hablado conmigo.
—Y yo me alegro de haberte encontrado aquí —sonrió el chico de ojos morados mientras tomaba la pala nuevamente—.
¡Vamos!
¡A limpiar más raíces!
Ryu se unió al trabajo, esta vez con una sonrisa.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que su mundo se abría un poco más, quizás si hay más gente en el mundo que los acepta.
—¿Cómo se llama el chico rubio que siempre está a tu lado?
—preguntó de pronto Ethan, mientras removía con su pala unas raíces gruesas en medio del jardín.
Ryu levantó la vista, algo distraído.
El sol caía con suavidad sobre las hojas, y el aroma de tierra mojada impregnaba el aire.
—¿Eh?
¿Kiro?
Se llama Kiro.
Está en el emblema Stella.
—¿En serio?
¡Vaya, qué genial!
—exclamó Ethan, sonriendo—.
Me gustaría conocerlo algún día.
¿Crees que puedas presentármelo?
Ryu asintió sin pensarlo mucho.
—Claro… aunque este fin de semana parece estar ocupado.
Quizá el lunes.
—No hay problema, puedo esperar lo que haga falta —dijo Ethan con una sonrisa tranquila.
Ryu lo miró de reojo y, por un momento, pensó que Ethan y Kiro compartían cierto parecido.
No solo físicamente, con sus cabellos claros y ojos vivos… había algo en la forma en que sonreían.
Un tipo de luz cálida que calmaba el alma.
Pero aquel momento se quebró con la aparición de alguien más.
Una voz autoritaria resonó desde el otro lado del jardín.
—¿Tienen permiso de Andrew para estar aquí?
Ryu y Ethan se giraron al unísono.
Ryu lo reconoció de inmediato.
Era el mismo chico con el que se había topado días atrás en los pasillos: alto, fuerte, cabello oscuro, con una mirada que atravesaba como cuchillas.
Ivar Leonhardt, de 3° año.
El aire pareció ponerse tenso de inmediato.
Ivar se acercó, caminando con paso firme hasta llegar frente a Nayeli, quien permanecía serena.
—Claro que sí.
Andrew está al tanto.
Vamos a convertir este espacio en un jardín —respondió Nayeli, con voz firme pero amable.
Ivar la miró con severidad.
—¿Estás segura de continuar?
Este tipo de cosas… solo entorpecen su progreso.
No llevan ni un mes aquí y ya están haciendo estas cosas.
—Nos comprometemos a esforzarnos también en clase.
No bajaremos nuestras calificaciones —intervino Lielle desde su rincón, levantando levemente la voz.
Ivar asintió con lentitud.
—Bien… por ahora lo dejaré pasar.
Pero si bajan sus notas, seré el primero en venir a cortar este jardín con mis propias manos.
Estaba a punto de irse, cuando su mirada se desvió… y se posó directamente sobre Ryu.
—¿Y ese engendro qué hace aquí?
El silencio se apoderó del jardín.
—¿Qué…?
—murmuró Lielle, sorprendida.
—¿Por qué dices eso?
—preguntó Ethan, frunciendo el ceño.
Ryu se quedó quieto, paralizado, los recuerdos de su encuentro anterior con Ivar volvieron con fuerza a su pecho.
—¿Le hiciste algo?
—Le susurro a Ryu.
—No entiendo por qué se molesta… —susurró, sin atreverse a levantar la voz—.
No le he hecho nada… Ivar dio un paso adelante, su aura se volvió opresiva, asfixiante.
La tierra crujía con cada pisada suya.
—Aún no lo entienden.
Este lugar es un emblema de honor, de fuerza.
Y ustedes… todos los aquí presentes, son débiles.
Pero por estar comenzando no me importara, aunque hay algo que no tolero por nada en el mundo.
Algo que me enferma… Se detuvo frente a Ryu.
Sus ojos cafés oscuros ardían con desprecio.
—La escoria sin apellido.
Las palabras fueron cuchillas.
Nayeli y Lielle lo miraron, impactadas.
—¿Qué… qué estás diciendo?
—preguntó Nayeli con indignación.
—¿Saben por qué alguien no tiene apellido?
Porque fue expulsado de su propia familia.
Porque es una vergüenza, una amenaza, un error.
Los sin apellido son inestables, peligrosos.
Son los restos podridos de lo que alguna vez fue un linaje.
Y por eso… no tienen derecho a convivir con nosotros.
Ryu retrocedió medio paso.
Temblaba, apenas podía mirar a Ivar a los ojos.
Su pecho dolía.
No por los insultos, sino por la verdad que llevaban consigo.
Por ese miedo.
Por esa historia que jamás eligió.
—Tus ojos… —dijo Ivar con una sonrisa torcida—.
Están llenos de miedo.
Eres muy débil.
Y yo no soporto a los débiles como tú.
—¡Ya basta!
—intervino Ethan, adelantándose—.
¿Quién te crees para decir esas cosas?
¡Estás cruzando la línea, no olvides que somos compañeros!
Ivar no respondió de inmediato.
Se giró ligeramente hacia Ethan, aún con esa expresión de arrogancia absoluta.
—Soy Ivar Leonhardt, y no permitiré que este emblema se llene de parásitos.
Entonces, sin más advertencia, Ivar alzó su pierna y descargó una patada cargada con energía de fuego directamente en el estómago de Ryu.
El golpe fue brutal.
El cuerpo de Ryu salió disparado, estrellándose contra la tierra.
Una nube de polvo se alzó mientras hojas secas y ramas caían sobre él.
—¡Ryu!
—gritó Lielle, llevándose las manos a la boca.
—¡Eso fue innecesario!
—vociferó Nayeli, intentando correr hacia él, pero Ivar le bloqueó el paso.
Ryu, desde el suelo, con la cara sucia y dolor recorriendo cada músculo, se incorporó lentamente.
Se llevó una mano al pecho, jadeando.
Aun así… levantó sus puños.
—¿De verdad quieres pelear?
—se burló Ivar—.
Esto será rápido.
Y lo fue.
Como una tormenta, Ivar se lanzó sobre Ryu, descargando una lluvia de golpes con sus puños, ni siquiera se dignó en usar una pizca de su energía.
Golpe tras golpe brutal de fuerza pura, el cuerpo de Ryu retrocedía, no por su voluntad, sino por la fuerza de cada impacto.
Uno en el estómago.
Otro en la mandíbula.
Un rodillazo.
Un gancho de derecha.
Todo pasó tan rápido que Ryu apenas pudo levantar los brazos.
Sus sentidos se apagaban uno a uno.
Hasta que el último puñetazo le dio directamente en la cara.
Cayó.
—Lamentable… —escupió Ivar mientras se apartaba con desprecio.
Todos los presentes estaban en silencio.
Nadie se atrevía a hablar.
Nadie sabía qué hacer.
Nadie salvo Ethan, que corrió hacia Ryu y se arrodilló a su lado.
—¡Ryu!
¡¿Estás bien?!
¡Responde!
Ryu, con la mejilla roja e hinchada, el labio partido y la vista borrosa, apenas asintió.
No podía hablar.
Pero una lágrima se deslizó por su rostro.
El calor del sol ya se había desvanecido cuando Ryu abrió los ojos lentamente, recostado sobre un gran sillón acolchado en el salón principal de la sede Paladins.
Sus músculos le dolían levemente, y sentía un leve ardor en la cara.
Intentó incorporarse, pero una punzada lo obligó a moverse con lentitud.
—¿Qué pasó…?
—murmuró, aún aturdido.
—¡Ah, ya despertaste!
—dijo Lielle, aliviada, mientras cerraba con cuidado un libro que tenía entre manos.
—Cuidado, no te muevas mucho —añadió Ethan, sentado en el suelo con una manta sobre los hombros.
Ryu se quedó en silencio por unos segundos, notando los parches que cubrían partes de su rostro.
Estaba vendado del labio y una parte de la ceja.
—¿Qué hacen aquí…?
—preguntó, sin entender del todo.
—Estamos aquí para acompañarte mientras te recuperas —dijo Ethan con naturalidad.
—¿Acompañarme?
—Obvio —intervino Nayeli, con una sonrisa suave—.
Somos del mismo emblema, ¿recuerdas?
Y en lo personal, me da igual que no tengas apellido.
Eso no significa que seas malo.
De hecho, estoy bastante segura de que eres una buena persona.
—Yo también —agregó Lielle con un gesto tímido, pero sincero—.
No creo que eso defina quién eres.
Y confío en ti, Ryu.
Ryu se quedó sin palabras.
En sus ojos brillaba un ligero temblor, una mezcla de confusión, alivio y agradecimiento.
—…Gracias —logró decir, bajando la mirada.
En ese momento, la puerta del salón se abrió suavemente, dejando entrar a una figura familiar: Kaede Minatsuki.
—Me alegra ver que ya estás despierto —dijo, acercándose con paso tranquilo—.
Vine a ver cómo estabas.
Quería disculparme… en nombre de Leonhardt.
—¿Disculparte…?
¿Fuiste tú quien me curó?
Kaede asintió con una sonrisa apacible.
—Usé parte de mi energía para sanar tus heridas.
Ya pasó lo peor, aunque no quita que lo que hizo Leonhardt no tiene perdón.
—Gracias —dijo Ryu, aún sorprendido—.
Pero… creí que alguien como tú tendría una energía más intensa… quiero decir, eres la número uno, ¿no?
Kaede rio con dulzura.
—¿Lo notaste?
En realidad estoy suprimiéndola.
Mantengo mi energía perfectamente controlada casi todo el tiempo.
Es algo necesario y es parte de mi entrenamiento personal, deberías aprender y mejorarás muchísimo.
Nayeli, aún cerca, asintió.
—Y no es fácil.
Para hacer eso… debes tener un dominio absoluto del flujo energético.
Es como tener una corriente de río y ser capaz de detenerla o dirigirla con un solo dedo.
—Vaya… —Ryu murmuró, admirado.
—Pero por hoy, ya tuviste bastante —añadió Nayeli, poniéndose de pie—.
Descansa.
Mañana espero verte en el jardín desde temprano.
Ryu asintió lentamente y, tras despedirse de todos, se dirigió a su habitación.
Sin embargo, mientras caminaba por el pasillo silencioso, una sensación desagradable le recorrió la espalda.
Una presencia hostil se acercaba.
El aire se volvió denso.
Y entonces, lo vio.
Ivar Leonhardt cambiaba a paso firme hacia Ryu.
—Así que aquí se escondía la rata —espetó, con una mueca de disgusto—.
¿Sabes en el lío en el que me metiste con Kaede?
Esto no quedará así.
Es hora de que aprendas tu lección.
—¡No hice nada!
—replicó Ryu, retrocediendo—.
Podemos arreglar esto sin…
Pero Ivar ya lo había sujetado por el cuello de su camisa, levantándolo con una sola mano.
Ryu sintió cómo la tela se tensaba y la presión aumentaba.
—No hay escapatoria ahora.
Ivar alzó su mano libre.
—Cambio de realidad.
Todo cambió.
De un parpadeo, el pasillo desapareció y fueron transportados a un lugar completamente diferente: un mundo blanco.
Las paredes brillaban con una luz artificial, sin ventanas, sin techo visible.
Un espacio cerrado, rectangular, donde todo era blanco, salvo el suelo, un tono más oscuro, apenas perceptible.
El lugar era una cámara de entrenamiento avanzada.
Aislada.
Sellada.
—¿Qué es este lugar…?
—susurró Ryu, cayendo de pie cuando Ivar lo soltó bruscamente.
—Mi mundo personal —respondió Ivar, mientras caminaba lentamente en círculo—.
Aquí nadie puede oírte.
Nadie vendrá a salvarte.
Y lo que pasa aquí… queda aquí.
Con un chasquido de dedos, invocó dos lanzas.
Una se quedó en su mano.
La otra, la lanzó a los pies de Ryu.
—Tómala.
Vamos a tener un duelo.
No puedes negarte.
Ryu lo miró, jadeando.
Sabía que no era rival para Ivar… pero no podía huir.
Se agachó y tomó la lanza, sus manos temblaban.
Era pesada.
Más de lo que pensaba.
—Esto está mal… —murmuró—.
No es un duelo… esto es una cacería.
—¡Entonces corre!
—gritó Ivar, con una sonrisa que ardía como sus ojos encendidos—.
Corre y sobrevive si puedes, escoria.
La lanza de Ivar brilló con un tono rojo, demostrando su poder.
Y el combate comenzó.
—¡Prepárate!
—rugió Ivar, lanzándose con velocidad explosiva hacia Ryu.
No hubo respiro.
Ryu apenas logró levantar la lanza cuando el primer impacto lo sacudió por completo.
El sonido de las armas de práctica chocando resonaba con fuerza en la cámara blanca.
Ivar atacaba como una tormenta, cada golpe exacto, cada movimiento cargado de agresividad y control.
Ryu intentaba bloquear como podía, retrocediendo con cada impacto, sus brazos temblaban por la fuerza de cada estocada.
—¡Vamos, escoria!
—gritó Ivar—.
¿Esto es todo lo que tienes?
Ryu resbaló hacia un costado, intentó girar la lanza para contraatacar, pero fue un error.
Ivar aprovechó la apertura con una precisión aterradora.
Un solo paso, un giro de su lanza y… —¡Hah!
—estocó directo al abdomen de Ryu.
El impacto fue brutal.
El chico salió volando, chocando contra el suelo, rodando por varios metros hasta quedar boca abajo.
Respiraba con dificultad.
Al mirar hacia abajo, notó cómo un pequeño corte en su abdomen comenzaba a sangrar lentamente, manchando la tela de su camisa.
Se levantó con dificultad, jadeando.
—¿Por qué…?
—dijo entre dientes, su voz quebrada—.
¿Por qué me haces esto?
Yo no te he hecho nada… déjame en paz… Ivar dio un paso adelante, su silueta bañada por la luz blanca del entorno cerrado.
—Porque es la única forma de que entiendas —declaró con desdén—.
No perteneces a este lugar.
Aquí no hay espacio para gente como tú.
La Academia no es una caridad.
Ryu apretó los puños.
—¿Entonces qué quieres que haga…?
—gritó con desesperación—.
¡Dime!
¿¡Qué tengo que hacer para que me dejes en paz!?
Ivar sonrió.
Fue una sonrisa torcida, soberbia, fría.
—Muy simple.
Vénceme.
El silencio invadió la sala.
—¿Q-qué…?
—Ryu parpadeó.
—Si logras vencerme en un duelo, aquí y ahora… te dejaré en paz.
No volveré a dirigirte la palabra.
Pero si no lo haces… entonces me aseguraré de que cada día aquí sea un infierno para ti.
¿Trato hecho, insecto?
Ryu bajó la mirada por un segundo.
Todo su cuerpo dolía.
Su lanza temblaba en su mano.
Pero entonces, pensó en Nayeli.
En Ethan.
En Lielle.
En Kaede.
En Kiro sonriendo como siempre.
En su promesa de volverse fuerte.
En todo lo que había perdido por tener miedo.
Cerró los ojos y gritó con fuerza.
—¡TOMA ESTO!
Su lanza brilló con un resplandor verde esmeralda.
La energía de Ryu, tenue pero pura, comenzó a rodearlo.
Era una luz de viento, aún no controlada, aún sin forma definida… pero era suya.
—¡Te derrotaré, Ivar!
—gritó Ryu mientras se lanzaba al frente con todas sus fuerzas.
—Patético —musitó Ivar.
Las lanzas chocaron.
Esta vez Ryu no retrocedió tan rápido.
Dio dos estocadas rápidas, bajó su centro de gravedad, giró con agilidad.
Pero Ivar era más rápido, más fuerte, más experimentado.
Cada movimiento de Ryu era contestado con dureza, con fuerza bruta.
—¡Eres débil!
—exclamó Ivar, desarmando a Ryu con un barrido limpio.
La lanza de Ryu cayó lejos, rebotando contra la pared.
Ivar no dudó.
Un puñetazo en el pecho.
Un rodillazo en el costado.
Un golpe con el mango de la lanza en el hombro.
—¡No mereces nada!
—gritó, mientras seguía golpeando.
Ryu intentó cubrirse, pero era inútil.
La paliza fue silenciosa y cruel.
No una lección… un castigo.
El último golpe lo recibió en la mandíbula, lo suficiente para dejarlo sin sentido.
Ryu cayó al suelo.
Inconsciente.
Cubierto de moretones.
Su respiración era débil.
Ivar lo miró desde arriba con una mueca de desprecio.
—Escoria como tú… nunca debería haber nacido.
Y con eso, deshizo el cambio de realidad.
Ryu volvió a aparecer en su cama, en la sede Paladins.
Nadie supo cómo llegó allí.
Nadie supo lo que había pasado.
Solo los golpes hablaban.
Sus labios estaban agrietados.
Sus brazos, amoratados.
Sus ropas, rasgadas.
Pero aún así… …respiraba.
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