Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 70
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- Capítulo 70 - 70 Capítulo 70 Las Ruinas
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70: Capítulo 70: Las Ruinas 70: Capítulo 70: Las Ruinas … La noche era cerrada y sin estrellas.
Solo había una luna pálida, como el ojo de una bestia dormida, colgaba sobre el cielo, iluminando tenuemente un extenso bosque que se alzaba como una fortaleza.
Los árboles se curvaban con formas retorcidas, sus ramas largas como garras parecían querer arañar el firmamento.
En medio de ese paisaje siniestro, se alzaban unas ruinas antiguas, cubiertas de musgo, grietas y secretos.
Sus piedras estaban marcadas por el tiempo y la intemperie, y el aire alrededor vibraba con una energía extraña, como si las paredes mismas susurraran en lenguas olvidadas.
Las ruinas no eran nuevas.
Sus muros habían visto siglos pasar, guerras extinguirse, reinos caer y sombras despertarse.
Entre los pasadizos agrietados y columnas caídas, tres figuras corrían con desesperación.
El primero, un hombre de mediana edad, vestía ropas de cuero gastadas por el uso y sostenía una antorcha temblorosa que proyectaba sombras danzantes a su alrededor.
—¡¡Apuren el paso!!
—gritó sin mirar atrás—.
¡Si esa cosa nos alcanza, estamos muertos!
Detrás de él corría un joven con varios rasguños en el rostro y sangre manchando su camisa.
Jadeaba con esfuerzo, cargando en su espalda a una chica inconsciente con una herida espantosa en la pierna derecha.
Su pantalón estaba rasgado y teñido de rojo.
—¡No corras tan rápido!
¡Nos perderemos si te adelantas!
—protestó el joven, apretando los dientes—.
¡Ella no puede más… y yo tampoco!
El de la antorcha se detuvo brevemente, girando la cabeza apenas para hablar.
—¡Entonces apura el ritmo!
¡Este lugar ya no es seguro!
¡No es una ruina común…
es una maldita trampa!
El suelo crujía bajo sus pies mientras los ecos de sus pasos se desvanecían en los pasillos que parecían moverse con vida propia.
Las paredes angostas les hacían sentir como si estuvieran siendo tragados por la piedra misma.
De repente, el trío llegó a un callejón sin salida.
Un muro de piedra bloqueaba el paso, agrietado, sí, pero infranqueable.
El hombre de la antorcha alzó la luz con desesperación, mirando en todas direcciones.
—¡Mierda…!
¡Este no es el camino!
¡Retrocedan, retrocedan!
Pero justo entonces, una corriente de aire gélido barrió el pasillo.
No fue natural.
No venía de ningún lugar visible.
Fue como si el mismísimo aire se estremeciera con miedo… y luego, la antorcha se apagó.
Un ¡shh!
seco y todo quedó en penumbras.
El silencio se hizo pesado.
Y esa presencia… esa maldita presencia… volvió a hacerse notar.
Como un susurro en la piel, como un escalofrío que no quería irse.
—N-no fue el viento… —susurró el joven—.
Está aquí…
La oscuridad empezó a deslizarse por las paredes como humo líquido, como si la sombra tuviera voluntad propia.
La única luz que quedaba era la de la luna, colándose por los huecos del techo derrumbado.
—¡No podemos quedarnos aquí!
¡Muévete!
—gritó el joven, pero su voz se quebró cuando notó algo en lo alto.
Encima del muro, en lo alto, una figura apareció como salida de una pesadilla.
Un caballero gigantesco, de armadura oscura que absorbía la luz.
Su silueta era imponente, casi demoníaca.
A su alrededor, una neblina negra ondeaba como un manto viviente.
La luna iluminaba justo lo suficiente para revelar su casco con cuernos y sus ojos… dos faros escarlata encendidos con destrucción y muerte.
En sus manos, descansaba un mandoble inmenso, que goteaba oscuridad como si fuera tinta viva.
—Ya no tienen a dónde huir… —dijo con voz profunda, gutural, cargada de una gravedad que rompía la esperanza—.
La cacería… ha terminado.
El hombre que llevaba la antorcha cayó de rodillas, sus manos temblaban.
—¡P-por favor!
¡No vinimos a hacer daño!
¡Nos iremos!
¡Lo juro!
¡N-no volveremos a poner un pie aquí!
¡Perdónanos!
—¡Solo queríamos encontrar algo de valor!
¡Un mapa, unos créditos…!
¡Nada más!
—rogó el joven, con la voz hecha un nudo.
La chica en su espalda intentaba aguantar, apenas consciente.
El caballero bajó lentamente del muro, sus pasos resonaban como martillos en el suelo.
—¿Creen que pueden irrumpir en mi santuario, profanar lo sagrado… y simplemente escapar?
—dijo, alzando su espada con una sola mano—.
Sois ladrones.
Ratas arrastrándose entre las piedras, codiciosos y ciegos.
Si los dejo ir, volverán con refuerzos.
Y yo… no permitiré eso.
La oscuridad se espiraló a su alrededor.
Las paredes temblaron.
La energía del lugar parecía responderle, como si fuera su dominio.
—¡Solo somos personas!
¡¡Por favor… hay una vida inocente aquí!!
—gritó el joven, abrazando más fuerte a la chica herida.
El caballero los observó.
Por un instante, el silencio volvió.
—Y por eso… me aseguraré de que mueran rápido.
Con un rugido que heló la sangre, se lanzó hacia ellos.
La oscuridad estalló como una ola, cubriéndolo todo.
El sonido del acero cortando el aire fue lo último que se oyó… seguido de gritos.
Y luego, el silencio.
Solo la luna quedó como testigo de lo que ocurrió esa noche.
Las ruinas volvieron a su aparente quietud.
Pero algo había despertado.
Algo que no terminará jamás.
La mismísima muerte.
… —¡Ya volví!
—exclamó Kiro al abrir la puerta de la sede del emblema Stella, dejando que su voz resonara por los pasillos con eco juvenil.
El edificio estaba tranquilo, el sol se colaba por las ventanas altas y teñía las paredes de un dorado cálido.
En el salón principal, una figura familiar se movía entre platos sucios y cojines desordenados.
Rei Velmoria, como siempre, era la primera que se hacía aparecer… y la última en irse.
—¡Ah, Kiro!
—dijo ella con una sonrisa al verlo entrar—.
Justo a tiempo.
Deja tu mochila y vuelve, que vas a ayudarme a limpiar este desastre.
Kiro alzó una ceja mientras se quitaba la chaqueta con gesto cansado.
—¿Cómo pueden ensuciar tanto?
¡Ayer dejamos esto impecable!
—Culpa de los sucios de este emblema seguro —resopló Rei, colocando una pila de libros sobre la repisa—.
Conozco un holgazán que vive tirado en el sillón, come como si el mundo se fuera a acabar y jamás recoge un solo tenedor.
Kiro soltó una pequeña risa.
—Me encantaría conocerlo.
—No traigas malas vibras —bufó Rei, señalando con el dedo la puerta—.
¡Vamos, deja la mochila y ven a ayudarme!
Kiro desapareció por el pasillo, rumbo a su habitación.
La dejó caer sobre su cama, se quitó los zapatos y se estiró un segundo antes de volver al salón, rodando los ojos mientras agarraba un trapo.
Durante casi una hora, ambos se dedicaron a limpiar con bastante eficiencia.
Acomodaron libros fuera de lugar, barrieron el piso, sacudieron los cojines y pusieron los sillones en su sitio.
Rei se encargaba de la cocina mientras Kiro maldecía internamente al limpiar el baño.
—¡Esto debería ser ilegal…!
—murmuró mientras frotaba con rabia una mancha del lavabo—.
¿Qué hacen aquí?
Terrible… Ya de regreso, cuando estaba terminando de barrer el suelo del salón, la puerta principal se abrió.
Shizuki entró sin decir una palabra, su paso era silencioso y su expresión más apagada de lo normal.
Llevaba su mochila colgada de un hombro y un libro abrazado al pecho.
Sus ojos verdes evitaron mirar a nadie y subió directamente las escaleras hacia su habitación.
Kiro la observó con el ceño fruncido.
—Se ve… triste —pensó—.
Aunque siempre parece estar en otro mundo.
Mientras limpiaba una esquina del salón, Kiro se acercó a Rei y le preguntó en voz baja: —Oye… ¿le pasa algo a Shizuki?
Rei, que estaba fregando una bandeja, se giró hacia él con una sonrisa ladina, llevándose la mano a la boca como si acabara de escuchar un chisme sabroso.
—¿Oh?
¿Y por qué quieres saber eso?
¿Te interesa mi hermanita?
Kiro casi se atraganta con su propia saliva.
—¡¿Qué?!
¡Claro que no!
¿Qué cosas dices?
Además, ¿tú acaso tienes a alguien así?
Rei chasqueó los dientes con fuerza, fingiendo fastidio.
—Tch.
No, y mejor así.
Es una pérdida de tiempo buscar amoríos en esta Academia.
Todos los hombres aquí son un fastidio… egocéntricos, gritones o idiotas.
O todo junto.
—Solo preguntaba porque… la veo siempre sola.
Me pareció que estaba más apagada que de costumbre —murmuró Kiro, retomando la limpieza.
Rei se quedó en silencio por unos segundos, su expresión se suavizó.
Se apoyó contra la mesa con los brazos cruzados.
—Siempre ha sido así, Kiro.
Desde pequeña.
No importa cuánto lo intente, simplemente no logra mantener amigos… o siquiera hacerlos.
Yo… he intentado de todo como su hermana mayor para ayudarla, pero nada parece funcionar.
Kiro bajó la mirada.
Esa sensación… no le era ajena.
Recordó su tiempo en la escuela anterior.
Antes de ser “conocido”, antes de demostrar su fuerza, antes de que su actitud extrovertida se volviera contagiosa… era solo el chico sin apellido.
Un “nadie”.
A veces, hasta los profesores lo evitaban.
Pero él sonreía.
Siempre sonreía, como un escudo.
—“Yo también estuve solo una vez…” —pensó—.
“Aunque ahora que estoy aquí, aún siento esas miradas… como si no perteneciera del todo.” Rei lo miró de reojo mientras él se quedaba callado frente a una mancha en el suelo.
—¿Y tú qué piensas tanto, eh?
—preguntó con una ceja levantada—.
¡Esa mancha no se va a borrar sola!
Kiro pestañeó, sacudiendo sus pensamientos, y frotó con más fuerza.
—Rei… ¿a ti te molesta que no tenga apellido?
La chica lo miró con sorpresa, deteniéndose por completo.
Parpadeó una vez, como procesando lo que había escuchado.
—Espera ¿De verdad… no tienes?
Kiro negó con la cabeza, sin mirarla directamente.
—No tengo uno.
Nunca lo tuve.
Por un momento, Rei pareció perdida en sus propios pensamientos.
Luego, su voz volvió, calmada y sincera.
—Bueno… en lo personal, no tengo problema con eso.
La verdad… ni lo esperaba.
Pero, oye —se acercó y le dio un golpecito en el hombro con el trapo húmedo—, a pesar de eso… eres más útil que la mayoría aquí.
Eres confiable, rápido, y aunque a veces eres un cabeza hueca, sabes cuándo ponerte serio.
Kiro sonrió, bajando la mirada.
—Gracias, Rei.
—No lo digas muy alto, que luego te lo crees —dijo ella con una carcajada.
El ambiente se relajó, pero esa pequeña conversación dejó algo marcado en el aire.
Una especie de comprensión silenciosa.
Las manchas del suelo desaparecerían con suficiente esfuerzo.
Pero algunas, las del corazón… tardaban un poco más.
El sol de la tarde brillaba con fuerza mientras las clases finalizaban en la Academia Farhaim.
Los estudiantes comenzaban a dispersarse por los senderos, relajándose tras una jornada intensa de entrenamiento energético, tácticas de batalla y discusiones filosóficas demasiado elevadas para algunos.
Como de costumbre, Kiro caminaba junto a su mejor amigo, Ryu, por el sendero que conectaba el pabellón de las aulas con la salida hacia los emblemas.
—Nos vemos mañana, ¿sí?
—dijo Kiro, alzando una mano para despedirse.
Pero Ryu parecía algo indeciso.
Caminaba más lento de lo habitual y fruncía ligeramente el ceño.
—Oye, Kiro…
espera.
Hay algo que quiero mostrarte.
Es importante —dijo en voz baja, como si temiera ser escuchado.
Kiro se detuvo un momento, pero rápidamente negó con la cabeza.
—¿Puede ser otro día?
Hoy tengo… eh… algo que hacer.
—¿Algo que hacer?
—repitió Ryu, sospechando—.
¿Qué tan importante puede ser como para— —¡Lo hablamos luego!
¡¡Te lo juro!!
—gritó Kiro mientras salía corriendo entre los arbustos, sin dar espacio a réplicas.
Ryu se quedó atrás, confundido y un poco herido.
—…Ni siquiera me dijo a dónde iba.
Kiro, por su parte, corría a toda velocidad por los senderos empedrados del campus, con el viento moviendo su chaqueta bicolor y su vendaje ondeando al ritmo de sus pasos.
Tenía un objetivo: Shizuki.
Después de escanear la zona durante unos minutos, finalmente la encontró en un pequeño parque rodeado de árboles de hojas doradas, con bancos de madera y una fuente apagada en el centro.
Allí, sentada sola en un banco, estaba ella.
Shizuki Velmoria.
Cabello negro con reflejos morados, ojos verdes perdidos en el horizonte, y una rebanada de pan en la mano como única compañía.
Kiro se escondió detrás de un árbol, observándola con curiosidad.
—¿En serio come sola…?
¿No tiene ningún amigo?
Esperó un rato, pensando que tal vez alguien más vendría a acompañarla, pero nadie apareció.
Nadie salvo un pequeño pájaro atrevido, que aterrizó en el respaldo del banco y ladeó la cabeza hacia el pan de Shizuki.
Lo siguiente fue una guerra silenciosa.
El ave intentó lanzarse sobre el pan.
Shizuki lo esquivó.
El ave volvió a insistir.
Shizuki frunció el ceño, protegiendo su comida con ambas manos.
—¡Ni lo pienses, demonio de alas!
—murmuró ella, con expresión dramática.
El ave chilló, y en un rápido picoteo logró arrancar un pedazo… pero Shizuki venció.
Con una sonrisa triunfal, levantó lo que quedaba del pan.
—¡Victoria!
Kiro no pudo evitar reír por lo bajo.
—Vaya… entonces sí tiene energía para pelear cuando quiere.
Pero después de un rato, el silencio volvió.
Kiro empezaba a aburrirse y el sol descendía lentamente.
Entonces, alguien apareció.
Un joven alto, de rostro armonioso, cabellos dorados perfectamente peinados, y una túnica de diseño refinado.
Su aura era tan…
pulcra, que casi brillaba.
—¿Quién es ese…
príncipe de portada?
—murmuró Kiro con recelo.
El chico se sentó al lado de Shizuki y comenzaron a hablar.
Ella, repentinamente, cambió de actitud.
Empezó a hacer pequeñas poses dramáticas, a mover las manos como si estuviera en una obra de teatro, y el chico reía encantado.
—Así que…
también actúa con él —suspiró Kiro, aliviado—.
Bueno, al menos no parece estar sola.
Fiu…ya pensaba que tendría que ir a hacerle compañía yo.
Con una sonrisa tranquila, Kiro dio media vuelta y emprendió el regreso a la sede del emblema Stella.
Pero apenas puso un pie dentro, notó algo extraño.
El aire estaba cargado.
Había una energía diferente a lo usual.
—¿Qué es esta energía…?
Antes de que pudiera reaccionar, ¡una explosión sacudió el pasillo!
De entre una nube de humo apareció una figura cayendo al suelo, cubierta de quemaduras leves, con chispas de electricidad morada saliendo de su cuerpo y el cabello despeinado en todas direcciones.
—¡¿Eh?!
—Kiro se acercó hacia ella—.
¡Oye!
¿¡Estás bien!?
La chica levantó la vista.
Tenía los ojos rojizos llenos de emoción, y la sonrisa más brillante que había visto en mucho tiempo.
—¡Estoy perfecta!
Solo…
un poco mareada—dijo con una risa ronca.
En ese momento, una presencia imponente apareció en escena.
Rei Velmoria, con el ceño fruncido, caminó hacia ellos irradiando energía como una tormenta andante.
—¡¡XIA!!
—gritó señalando a la chica—.
¡¿Cuántas veces tengo que decirte que NO TE ROBES MIS COSAS?!
Kiro dio un paso atrás.
—¿”Xia”…?
La chica en el suelo —ahora identificada como Xia Wave— se incorporó con una risita traviesa.
—¡Vamos, Rei!
Era la única forma de tener un duelo contigo.
¿O acaso tienes miedo?
—¡Lo que tengo es rabia!
—gruñó Rei—.
¡Devuélveme la caja!
Xia mostró la pequeña caja de madera oscura en su mano y la alzó con picardía.
—¿Quieres esta linda cajita?
Hmm… veamos qué hay dentro… —¡¡NO TE ATREVAS!!
—Rei estalló en una descarga de energía morada, desapareciendo y reapareciendo frente a Xia para golpearla levemente en la cabeza.
—¡Ay!
—se quejó Xia, dejando caer la caja, que rodó hasta los pies de Kiro.
La caja se abrió al tocar el suelo y de su interior salieron unas pequeñas imágenes brillantes.
Kiro, movido por la curiosidad, tomó una entre sus dedos.
—¿Una foto…?
—alzó las cejas—.
¿Eh…?
¿¡Es Rei?!
¡¿Sin dientes?!
En la imagen, una versión infantil de Rei sonreía feliz… pero sin sus dos dientes frontales.
—¡¿Q-qué…?!
¡¿Qué es esto?!
—exclamó Kiro, tratando de contener la risa.
Xia estalló en carcajadas al fondo.
—¡Sabía que valía la pena el robo!
Rei temblaba.
Sus ojos ardían con vergüenza.
En un parpadeo apareció frente a Kiro, le arrebató la imagen de las manos, recogió las demás del suelo y las metió en la cajita.
—¡Los mataré a los dos!
—¡Espera, espera!
¡Yo no vi nada más!
¡¡Lo juro!!
—dijo Kiro, levantando las manos.
Xia, aún riendo, añadió con aire burlón: —Ni aunque quieras romperlas podrás.
Esas imágenes tienen un sello especial… son indestructibles ¿no?
¡Están hechas para sobrevivir hasta la eternidad!
Rei soltó un rugido frustrado y se dio media vuelta, caminando como un volcán a punto de hacer erupción.
—¡No importa dónde las escondas esta vez, Rei!
¡Volveré a encontrarlas!
—gritó Xia desde atrás.
Kiro miró a ambas, desconcertado.
—…¿Qué clase de gente hay en este emblema?
Y sin poder evitarlo, se echó a reír también.
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