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Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 72

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72: Capítulo 72: El Amigo de Shizuki 2/2 72: Capítulo 72: El Amigo de Shizuki 2/2 El cielo comenzaba a teñirse de un azul profundo mientras el sol desaparecía tras las torres de la Academia Farhaim.

Desde la cima de un edificio, Kiro y Rei observaban en completo silencio.

El silencio solo era interrumpido por el canto lejano de algunas aves nocturnas y el sonido relajante del viento entre los árboles.

Kiro, por su parte, ya no sentía el mismo viento… sentía puro cansancio.

—Ugh… mis piernas, mis brazos… mi alma —susurró mientras apoyaba la cabeza contra su brazo—.

Entrenar con Xia debería contar como castigo oficial.

Estaba a punto de quedarse dormido, balanceándose suavemente al borde de la cornisa como si fuera una almohada improvisada, cuando la voz de Rei lo sacó bruscamente de su somnolencia: —¡Kiro!

Mira eso.

Kiro parpadeó y levantó la cabeza.

—¿Qué pasa?

Frente a ellos, al pie del edificio, Shizuki caminaba junto al chico elegante que ya comenzaban a conocer demasiado bien.

Él iba al frente, guiándola con paso seguro, mientras Shizuki lo seguía con una expresión claramente tensa.

—¿Eso… acaso está nerviosa?

—murmuró Kiro, frunciendo el ceño.

—No lo sé, pero no me gusta —dijo Rei—.

Vamos a seguirlos.

Antes de que Kiro pudiera decir algo, sintió la mano de Rei sobre su hombro y, en un abrir y cerrar de ojos, el mundo a su alrededor se convirtió en un borrón.

Un viento repentino lo envolvió, su estómago dio un vuelco y, de pronto, se encontró de pie en otro tejado, al menos a dos edificios de donde estaban antes.

—¡¿Qué… qué fue eso?!

—exclamó, tambaleándose un poco.

—Nos movimos a gran velocidad, nada más —respondió Rei, con total naturalidad, como si fuera lo más común del mundo.

Kiro miró a su superior, incrédulo.

—…¿”Nada más”?

¿¡Qué tan rápida eres!?

Rei se encogió de hombros con una sonrisa misteriosa.

—Digamos que estaría en el top 5 de la Academia… si compitiera oficialmente.

Kiro abrió la boca para preguntar más, pero ella lo silenció levantando un dedo.

—Shhh.

Mira.

Justo al frente, entre las sombras del pasillo adoquinado, Shizuki seguía al chico de túnica refinada.

El muchacho caminaba con porte impecable, y cada paso parecía estar perfectamente calculado.

Cruzaron una esquina… y salieron del campo de visión.

—Los perdimos —dijo Rei, ya preparándose para usar su técnica nuevamente—.

Un segundo… Se concentró, su energía comenzó a moverse, pero de pronto… algo no funcionó.

Un chisporroteo extraño interrumpió el flujo.

—¿Eh…?

—Rei frunció el ceño—.

Mi energía fue bloqueada.

Hay algo… interfiriendo.

Kiro la miró, sorprendido.

—¿Cómo que bloqueada?

—Es como si hubiese una niebla energética…

Es sutil, pero corta los saltos de velocidad.

Esto no es normal.

—¿Qué hacemos?

Rei se enderezó con decisión.

—Tú sigue a Shizuki.

Yo buscaré la fuente de esta interferencia.

Nos vemos luego.

Antes de que pudiera preguntar cómo exactamente pensaba hacer eso, Rei desapareció en un destello violáceo, como un relámpago silencioso.

Kiro cayó al suelo con fuerza y se quedó un segundo recuperando el equilibrio.

—¡Ugh!

¿¡Otra vez me dejas así!?

—murmuró—.

Por lo menos ayúdame a bajar.

Suspiró, se sacudió la ropa y activó su percepción energética.

Era una zona más densa, pero al expandir su conciencia, notó algo muy claro: no había tantas presencias cercanas como sería costumbre en la Academia.

Era como si ese sector estuviera apagado o “interferido”.

—Raro… —pensó—.

Mejor suprimo mi energía por si acaso.

Aunque como no tengo mucha, no es tan necesario.

Se desplazó con sigilo por entre los callejones de la zona.

Los muros eran altos, algunos con enredaderas, otros con grietas que contaban historias olvidadas.

A su alrededor, solo el sonido de sus propios pasos resonaba, suave y alerta.

Kiro se detuvo en una esquina.

El lugar era como un laberinto: angosto, oscuro, húmedo.

Las farolas cercanas parpadeaban, como si algo les impidiera mantenerse encendidas.

Y, por un instante, sintió un leve escalofrío.

No de frío, sino de presencia.

—¿Dónde están…?

Avanzó más, giró por otro pasillo, subió unos escalones de piedra agrietada… nada.

Y entonces… —¡Ahhh!

Un pequeño grito, apenas audible, rasgó el aire desde más adelante.

Kiro se tensó al instante, su corazón dio un vuelco.

No esperó.

Su cuerpo reaccionó solo.

—¡Shizuki!

Salió corriendo, esquivando obstáculos, saltando sobre los bordes de madera, siguiendo el sonido.

Cada paso que daba lo alejaba más de la seguridad, pero no le importaba.

Lo único que pensaba era: —¡Que no sea tarde…!

Y las sombras del callejón parecían cerrarse más y más mientras corría hacia el grito.

Minutos antes… —¿Entonces… tienes muchos amigos?

—preguntó Shizuki, con voz bajita, mientras jugueteaba con los mechones morados de su cabello.

Estaba sentada en un banco, en uno de los jardines laterales de la Academia, acompañada por aquel chico elegante de cabellos dorados, sonrisa perfecta y mirada envolvente.

El aire empezaba a enfriarse con el atardecer, y los primeros tonos anaranjados se filtraban entre las hojas.

Shizuki se sentía nerviosa.

Muy nerviosa.

“No estoy segura de qué decir… ¿Estoy diciendo cosas raras?

¿Se estará aburriendo?” Su pie derecho se movía inquieto, como si quisiera levantarse y huir, pero su corazón le decía que no podía perder esta oportunidad.

Era raro que alguien se acercara a ella, y menos aún alguien tan… sociable.

—Muchísimos —respondió el chico con una sonrisa encantadora—.

Podría presentarte a todos si quieres.

Son como yo.

De la nobleza.

—¿De la… grandeza?

—preguntó Shizuki, ladeando la cabeza, genuinamente confundida.

El chico soltó una risa suave.

—Qué graciosa eres.

No, no grandeza.

Nobleza.

Aunque… también poseo ambas, claro.

Shizuki se quedó mirando al frente.

No entendía muy bien por qué había sido graciosa, pero no quería parecer torpe, así que sonrió un poco.

“Supongo que estoy haciendo bien esto de socializar…si, si, soy muy buena en esto.” Durante un rato más conversaron, él hablaba mucho sobre sí mismo, de cómo la gente lo respetaba, de las conexiones de su familia, de las fiestas a las que asistía y del dinero que movía.

Shizuki asentía de vez en cuando, intentando mantenerse atenta.

—¿Y ese colgante?

—preguntó él de pronto, señalando el amuleto morado que Shizuki llevaba al cuello.

Ella lo sujetó de inmediato, con delicadeza, como si fuera lo más precioso del mundo.

—Este… es muy importante para mí.

Con esto puedo comunicarme con los demonios del inframundo.

Es un objeto especial.

Tiene un espíritu dentro… pero no le gusta hablar con cualquiera.

Harris alzó una ceja, intrigado.

—¿De verdad?

Se ve increíble.

Tiene un aura única… muy especial ¿no?.

Shizuki asintió con entusiasmo, por primera vez sintiéndose un poco más cómoda.

—Sí… es único.

Igual que yo.

Él miró el cielo, ahora teñido de violeta.

—Está oscureciendo.

¿Qué te parece si ahora te presento a mis demás amigos?

Los ojos de Shizuki se abrieron de par en par, brillando con emoción.

—¿D-de verdad?

¿Me los vas a presentar?

—Claro —dijo el chico con una sonrisa algo forzada—.

Estoy seguro de que les caerás bien.

Vamos… hay que apurarnos antes de que anochezca del todo, así podrás conocerlos cuanto antes.

Se levantaron juntos.

Shizuki apenas podía contener su emoción.

Su cabeza era un torbellino de pensamientos esperanzadores.

“¡Amigos!

¡Más de uno!

¡Por fin podré tener un grupo!

Ya no estaré sola… podré hacer planes, reír con ellos, contarles sobre mi mundo…

hasta puedo compartirles mis ideas para una novela mágica con demonios y gatos parlantes.” Mientras lo seguía por los caminos de piedra de la Academia, se abrazaba a sí misma, tratando de calmar su euforia interna.

El paisaje comenzó a cambiar.

Dejaron los sectores iluminados y llenos de vida y se adentraron en una zona menos transitada: los callejones antiguos, una parte de la Academia que había sido construida décadas atrás y que ahora estaba casi en desuso.

—Qué lugar tan… fantasmal —murmuró Shizuki, mirando a su alrededor.

Las paredes estaban cubiertas de musgo, y algunas lámparas colgantes apenas parpadeaban.

Todo tenía un toque melancólico… que a ella no le molestaba del todo.

—Este lugar tiene un aire… interesante.

El toque sombrío lo hace especial.

¿Aquí hay espíritus malignos?

—¿Espíritus?

—repitió Harris.

—Sí.

Si hay, no te preocupes.

Puedo controlarlos.

Tengo el amuleto y además soy descendiente espiritual de la conexión helada —dijo con tono místico, agitando su chaqueta dramáticamente.

Harris asintió sin mirarla mucho.

—Claro… suelen aparecer bastantes por la noche.

Muchísimos.

Shizuki sonrió.

—¡Genial!

Avanzaron hasta que llegaron a un pequeño callejón sin salida, en forma de L, rodeado de muros altos.

El suelo estaba cubierto de piedras irregulares y había una farola apagada en una esquina.

Shizuki se detuvo.

—¿Seguro este es el lugar?

No veo a nadie…

—Al 100%, es el lugar perfecto —dijo Harris, girándose lentamente hacia ella con una sonrisa más grande de lo habitual.

En ese momento, dos siluetas aparecieron detrás de Shizuki.

Ella se volteó bruscamente, sorprendida.

—¡Ah!

Hola… —dijo con una sonrisa nerviosa, entrecerrando los ojos para ver mejor.

Uno de ellos era un chico corpulento, de rostro redondo y mejillas sonrosadas, vestido con ropa de lujo que apenas le cerraba.

Tenía una voz nasal y una mirada altiva.

El otro era delgado, de lentes gruesos, con una expresión seria pero algo nerviosa.

También vestía como noble, aunque con menos ostentación.

—¿Ellos son…?

—murmuró Shizuki, dando un paso atrás sin querer.

El chico corpulento rió con desdén.

—Hiciste bien esta vez, Harris.

Se nota que no es cualquiera.

Vamos a poder aprovechar esto de varias formas.

Shizuki sintió que algo no estaba bien.

Muy no bien.

Y aunque intentó sonreír, algo en su pecho empezó a tensarse, como si su instinto gritara en silencio.

—¿A-aprovechar… qué?

—preguntó, pero su voz sonó mucho más pequeña de lo que deseaba.

—No hagas nada tonto, Shizuki —dijo Harris, con una sonrisa ya sin disfraz—.

Entreganos el amuleto… y cualquier otra joya que tengas encima.

Shizuki lo miró, confundida.

El aire a su alrededor ya no se sentía cálido ni confiable.

—¿Qué…?

¿Por qué dices eso…?

Harris rio, una risa seca, vacía de encanto.

—¿Aún no te das cuenta?

¿Acaso eres tonta?

—¿Darme cuenta de qué?

—De que todo fue un juego —respondió el chico, dando un paso más hacia ella—.

Se acabó la actuación.

Entrega todo lo que tengas.

Ya.

El miedo comenzó a entumecerle los dedos.

Apretó el amuleto contra su pecho.

—N-no… Esto es muy importante para mí.

No se los puedo dar… no así.

Harris chasqueó los dientes, impaciente.

—Dale.

Hazlo de una vez —ordenó al chico corpulento, sin siquiera mirarla más.

El noble gordo asintió, sacando de su túnica un extraño amuleto dorado en forma de espiral giratoria.

Lo agitó frente al rostro de Shizuki como si estuviera hipnotizando a una muñeca.

—Mira aquí, chica… —murmuró con voz grasosa.

Los ojos de Shizuki comenzaron a perder su brillo.

Su expresión se vació.

El color de su voz se fue.

Entró en un trance profundo, quieta como una estatua.

Los tres comenzaron a reír, sin disimulo.

—Vaya, eso funcionó mejor de lo esperado —dijo el delgado con una risa nerviosa.

—Bien hecho, Harris.

Esta vez trajiste algo de valor —dijo el corpulento mientras comenzaba a quitarle la chaqueta a Shizuki con manos expertas—.

Mira esto… un anillo encantado, un broche protector… y por supuesto… —alzó el amuleto morado—.

El trofeo mayor.

Harris lo examinó y asintió con satisfacción.

—Perfecto.

Con esto bastará.

Le borraré los recuerdos y que alguien del emblema Stella venga por ella.

No habrá rastros.

—Un momento… —dijo el corpulento, deteniéndose—.

Mira bien a esta chica.

Es hermosa, ¿no crees?

—¿Qué estás diciendo…?

—Digo que podríamos aprovechar la ocasión.

Solo un poco más.

Nadie se enterará y le borraremos los recuerdos.

El delgado asintió con expresión apagada.

Harris, por un segundo, vaciló… pero no dijo nada.

El corpulento se acercó a Shizuki, que seguía quieta como una marioneta colgando de hilos invisibles.

Le acarició la mejilla con dedos sucios, repletos de deseo oculto bajo joyas nobles.

—Qué piel tan suave… —susurró, bajando la mano poco a poco hacia el cuello de su blusa.

Pero entonces… una gota helada de agua cayó sobre la mano de Shizuki.

Algo cambió.

Sus ojos parpadearon.

Una chispa, una mínima sacudida interior.

Y de pronto, su cuerpo se estremeció.

—¡A-ah…!

—soltó un leve grito, retrocediendo varios pasos, fuera de alcance.

Los tres chicos la miraron, sorprendidos.

—¿Qué…?

¿Se salió del trance?

—No importa —bufó el corpulento—.

No puede hacer nada.

Mírala.

Y tenía razón.

Shizuki estaba paralizada por el miedo.

No podía gritar, no podía correr.

Las piernas le temblaban.

Sus brazos apenas se sostenían.

Solo pudo ver cómo el chico corpulento avanzaba de nuevo hacia ella… con una sonrisa depravada en el rostro.

Hasta que… ¡CRACK!

Un puñetazo explosivo impactó directamente en la redonda cara del chico gordo.

Su cuerpo giró como una rueda de feria y cayó al suelo con un temblor sordo.

La tierra tembló con él.

Los otros dos se quedaron boquiabiertos.

Frente a ellos, Kiro.

Su pecho subía y bajaba con fuerza, su puño goteando unas gotas de sangre que no eran suyas.

Sus ojos dorados, usualmente brillantes con alegría, ahora ardían con un fuego denso de puro desprecio.

—Ustedes ¿Qué estaban intentando hacer…?

Su voz era seca.

Cargada.

Tan tensa que parecía contener un rayo.

El chico delgado dio un paso atrás, en pánico.

—¡L-levántate!

¿Qué haces en el suelo?!

¡Reacciona!

Pero el gordo apenas podía mover la mandíbula rota.

Shizuki levantó la mirada.

Frente a ella, entre la oscuridad y el peligro, Kiro se alzaba como una barrera luminosa.

Sus piernas, antes débiles, se afirmaron un poco más.

“¿Él… vino por mí…?” Era como si una figura heroica hubiera surgido de entre los callejones, justo cuando todo parecía perdido.

—Haré que se arrepientan de lo que hicieron —dijo Kiro al chico delgado.

—¡No tenías que meterte…!

¡Esto no tiene nada que ver contigo!

—gritó Harris, que ya estaba cargando contra él, furioso.

Pero Kiro no se movió.

Con un leve giro, hizo que Harris tropezara, cayendo de frente contra las piedras del suelo.

—¡No se los perdonare!

Sin darle tiempo a levantarse, Kiro descargó un puñetazo brutal contra el rostro de Harris, que cayó inconsciente en el acto.

—¡H-Harris!

—chilló el delgado, dándose media vuelta para huir.

Kiro alzó una mano, agarró una piedra plana del suelo, la cargó con su energía y la lanzó como una bala.

¡PAM!

La piedra impactó directamente en la nuca del muchacho, que cayó como un saco, sin sentido.

Solo quedó el sonido del viento.

Kiro bajó lentamente el brazo, con el rostro aún endurecido.

Luego miró a Shizuki, que lo observaba con ojos abiertos, lágrimas contenidas y una mezcla de miedo y alivio.

—¿Estás bien…?

Ella asintió lentamente, sin poder articular palabra.

Kiro se acercó, quitándose su chaqueta y cubriéndola con cuidado.

—Tranquila… ya está.

Y mientras el último rayo del atardecer tocaba sus rostros, Shizuki sintió por primera vez en mucho tiempo… que alguien más se había preocupado por ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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