Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 82
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- Capítulo 82 - 82 Capítulo 82 Susurros de la Oscuridad
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82: Capítulo 82: Susurros de la Oscuridad 82: Capítulo 82: Susurros de la Oscuridad El grupo atravesó el majestuoso salón de cristal, sus pasos resonaban entre los vitrales rotos y los ecos de antiguos ecos que parecían aún flotar en el aire.
Las luces de las antorchas se mezclaban con los reflejos de los vidrios esparcidos por el suelo, creando destellos fugaces como luciérnagas atrapadas en el tiempo.
Cada paso hacia el pasillo posterior era un paso más profundo hacia lo desconocido, pero también hacia el centro de esa dimensión misteriosa.
Kiro se detuvo un momento y observó a sus compañeros.
Noell caminaba con el ceño fruncido, apretando su mochila contra el pecho, mientras Xia iba al frente con el puño cerrado, lista para actuar ante cualquier situación.
Su actitud era firme, pero su mirada aún reflejaba un cansancio oculto.
—Oye, Xia —preguntó Noell de pronto, rompiendo el silencio del grupo—, ¿qué fue exactamente lo que te pasó cuando desapareciste?
Xia no respondió de inmediato.
Su mirada se perdió unos segundos entre las grietas del techo.
Luego, suspiró y habló con voz baja.
—No lo sé con certeza.
Sentí una energía oscura… muy intensa.
Me rodeó, me atrapó.
Recuerdo intentar resistir, pero fue como si el tiempo dejara de avanzar, o tal vez solo yo dejé de sentirlo.
Lo siguiente que supe fue que estaba sola en este lugar, con una sombra observándome desde lejos.
Y después todo se oscureció, hasta que apareció Kiro.
Kiro le dio una palmada en el hombro.
—Sea lo que sea, lo importante es que estás de vuelta.
—Sonrió—.
No volveremos a dejar que algo así pase.
—Gracias, amigo—respondió ella con una leve sonrisa, aunque aún con seriedad en su voz.
Noell se adelantó unos pasos, observando cómo el camino parecía cada vez más dirigido hacia esa gran plataforma central suspendida en medio del abismo.
—Tengo una teoría —empezó a decir con tono reflexivo—.
Todo este lugar… todas estas plataformas.
No llevan a ningún sitio realmente… excepto a ese centro.
Lo mires por donde lo mires, da igual si caes, subes o te desplazas lateralmente… todo te lleva al mismo punto.
Xia frunció el ceño, interesada.
—¿Y eso qué significa?
—Que ese centro…
podría ser la salida —dijo Noell, aunque con una expresión incierta—.
O al menos, espero que lo sea.
—Pues no tenemos muchas más opciones —intervino Kiro—.
Vamos a ese lugar, entonces.
De seguro hay cosas interesantes allí.
Llegaron a una atalaya de piedra, al entrar notaron que estaba decorada con detalles dorados y cuero gastado.
Era una estructura más intacta que otras que habían atravesado.
Los estandartes viejos colgaban aún con orgullo en las paredes.
Mesas de madera sólida, estantes llenos de libros viejos, y una pequeña estufa de hierro al fondo daban una sensación acogedora, parecía un pequeño refugio.
—Parece que por ahora no hay enemigos —comentó Xia, entrando con cautela.
—Al fin algo de suerte —suspiró Kiro, dejando caer su mochila al suelo.
Xia miró alrededor y luego asintió.
—Será mejor que descansemos un rato.
Si seguimos avanzando así de agotados, terminaremos siendo huesos más para esa colección de esqueletos.
Todos acordaron.
Reforzaron la entrada principal con una estantería, corrieron unas cortinas gastadas por el tiempo para ocultar la luz de su fogata improvisada, y comenzaron a preparar su comida.
Xia encendió un pequeño fuego en la estufa mientras Kiro abría las latas y Noell ordenaba los utensilios con meticulosidad.
—No puedo creer que aún funcione esta estufa… —murmuró Kiro mientras frotaba sus manos cerca del calor.
—Todo aquí parece estar suspendido en el tiempo —dijo Noell mientras comía lentamente—.
Como si algo o alguien se encargara de que todo siguiera…
preservado.
—¿Alguien dijo “alguien”?
—Kiro tragó su bocado y arqueó las cejas—.
¿No era mejor decir “algo”?
Esto me da más miedo cuanto más hablas.
—Y yo que pensaba que ibas a dejar los chistes malos con el estómago lleno —bufó Xia.
Kiro rio.
Luego se miró la chaqueta rota y suspiró.
—Mi chaqueta… otra vez.
Ya no queda ni una parte sin rasgaduras.
¿Por qué siempre termina así?
—Tal vez sea una señal de que debes cambiar tu estilo —dijo Noell con una sonrisa ligera.
—¡Jamás!
Esta chaqueta es parte de mí.
—Sí, una parte desgarrada y sucia —comentó Xia con sarcasmo.
Mientras reían suavemente, Noell dejó su comida a un lado y miro a Kiro algo preocupado.
—Kiro, ¿estás seguro que te encuentras bien?.
Vi que te hicieron muchas heridas en el combate.
—No te preocupes Noell, tengo un spirit de curación, así que estoy bien ahora.
—respondió Kiro con una sonrisa.
Noell se puso de pie y sonrió a sus compañeros.
—Voy a revisar los libros de esa estantería, puede que encontremos algo útil.
Este lugar parece una biblioteca antigua.
—Sí —dijo Kiro, recordando algo—.
En el salón de los tesoros que vi, había palabras grabadas… una era “muerte”, otra era…no lo entendí, era un idioma extraño y no me acuerdo aunque tal vez estén relacionadas con este sitio.
—Buscaré cualquier cosa relacionada con esa palabra entonces.
—Noell se acercó con una linterna y comenzó a leer los lomos polvorientos de los libros.
Xia observó en silencio mientras atizaba el fuego con una varilla metálica.
Su mirada parecía distante.
—¿Creen que todos los que estuvieron aquí antes de nosotros… estén muertos?
Kiro la miró en silencio un momento, pero luego negó con la cabeza.
—No lo sé, pero si ellos no lograron salir, nosotros lo haremos.
Sobreviviremos por los caídos.
—Entonces debemos ser los primeros en lograrlo —dijo Noell sin despegar la mirada del libro que hojeaba—.
Quizás…
si realmente esta dimensión está basada en la energía de muerte… tal vez sea una barrera espiritual.
Algo así como un limbo entre mundos.
—¿Cómo sabes todo eso?
—preguntó Kiro, intrigado.
—He leído mucho sobre estructuras espirituales y planos alternativos.
Algunos templos antiguos eran diseñados para retener almas, eran como santuarios.
Si esto es algo parecido… —¿Estás diciendo que podríamos estar atrapados en un lugar entre la vida y la muerte?
—Xia lo interrumpió con una mezcla de escepticismo y fastidio—.
Porque si es así, me niego rotundamente a morir aquí.
No sin haber cumplido mi sueño primero.
Kiro rió.
—Yo también, me niego a morir sin antes hacer realidad mi sueño.
La conversación se fue apagando poco a poco mientras el fuego de la estufa los envolvía en un cálido respiro.
Por un momento, el grupo pudo olvidar la presión del lugar.
Solo por un rato, el peligro del exterior era solo un eco lejano, como una pesadilla que pronto volvería… pero no ahora.
Mientras tanto, en una región lejana de donde se encontraban Kiro, Xia y Noell, al extremo opuesto de aquella dimensión flotante, Shizuki deambulaba por un ancho sendero de piedra que atravesaba un paisaje etéreo.
El suelo estaba compuesto de losas agrietadas que flotaban sutilmente como si no estuvieran completamente fijas a la realidad, y alrededor de ella solo había cielo, estructuras invertidas, y una bruma espesa que dificultaba distinguir lo que estaba más allá de unos cuantos metros.
Shizuki arrastraba los pies.
Su chaqueta oscura estaba cubierta de polvo, su falda tenía rasgaduras por todos lados, y su cabello, siempre tan prolijamente atado, se soltaba poco a poco.
Jadeaba de agotamiento, y su andar era irregular.
—No puedo más… —murmuró con voz ronca.
Tropezó con un fragmento de piedra y cayó de rodillas al suelo.
Apoyó las manos frente a ella, su respiración se agitaba y la sensación de debilidad la invadía.
Abrió las palmas con lentitud, observando sus dedos temblorosos y manchados de sangre seca y tierra.
—He usado demasiada energía… mi espíritu se está… —hizo una pausa para respirar— se está vaciando.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Sentía el peso invisible de la dimensión misma, como si cada paso que daba consumiera parte de su alma.
Lenta y temblorosamente, se quitó la mochila del hombro y la abrió.
Sacó una barra de cereal rota, aplastada, y la devoró como si fuera un festín.
—Vamos, cuerpo demoníaco, no me decepciones ahora… aún no he conquistado este mundo alterno.
Con pasos pesados, se puso de pie.
Sus ojos verdes se abrieron con asombro al observar los palacios flotantes, las columnas ornamentadas y las cúpulas de oro desgastado que colgaban al revés en la distancia.
—Es tan… bello.
Este lugar parece hecho para mí.
Casi como un reino del abismo.
Sí… me lo quedaré.
Sonrió, aunque con dificultad, e inició su marcha.
Pero no había avanzado mucho cuando un sonido de huesos secos rompiendo el silencio la obligó a detenerse.
Al alzar la vista, notó un grupo de esqueletos armados que emergían entre la bruma, avanzando en su dirección.
Su cuerpo tembló.
Tenía miedo y sabía que no podría dar más pelea… pero entonces, como si una chispa volviera a encenderse en su pecho, su rostro cambió.
Se enderezó con teatralidad y extendió su brazo hacia adelante.
—¡He oído vuestro llamado, criaturas del inframundo!
¡Soy Shizuki Velmoria, la elegida del abismo y los demonios, y no me arrodillaré ante un grupo de huesos ambulantes!
Juntó los dedos índice y medio frente a su rostro.
Un círculo de energía azulada apareció bajo los esqueletos, dibujado con líneas góticas y símbolos antiguos que parpadeaban como estrellas moribundas.
El suelo se agrietó ligeramente y una ráfaga de hielo emanó del círculo.
—¡Pacto Vital: Robo de Almas!
—gritó, y su voz retumbó como una campana fúnebre.
Los esqueletos se detuvieron abruptamente.
Sus ojos rojos se apagaron uno tras otro como velas apagadas por el viento.
Cayeron al suelo con un estrépito de huesos, su energía drenada por completo.
—Hah… ja… —Shizuki rió levemente, aún de pie con los brazos extendidos, como una diosa del hielo—.
Esto es… esto es grandioso… he ganado.
Pero justo cuando iba a celebrarlo más, un estremecimiento recorrió su cuerpo.
Sintió una corriente helada en su columna vertebral que le quitó el aliento.
Las piernas le fallaron y cayó de rodillas, luego lentamente comenzó a ir hacia un costado.
—¿Q-qué…?
¿Qué me pasa…?
El círculo de energía desapareció.
Un zumbido grave le retumbaba en la cabeza, como si su propio espíritu le gritara que había ido demasiado lejos.
—Mi… energía espiritual… ¿se agotó?
—preguntó en voz baja, casi sin poder articular las palabras—.
No… no puede ser.
¿Acaso este… es el fin… de los demonios?
Sus párpados comenzaron a cerrarse y su visión se oscureció.
Su cuerpo se desplomaba poco a poco hacia el suelo sin poder evitarlo.
Pero justo antes de que su cabeza tocara el suelo, una gran mano metálica la sostuvo con cuidado.
Shizuki no quedó inconsciente.
Su energía no regresó de inmediato, pero algo —una presencia— comenzó a regular su espíritu.
—¿Q-qué… fue eso?
Sus ojos se entreabrieron y vio una figura gigantesca de pie ante ella.
Era un caballero con armadura negra, cuernos saliendo de su casco, y un manto de oscuridad desgarrada que flotaba como una sombra en su espalda.
Sus ojos no se veían.
Su rostro estaba completamente cubierto.
Aun así, su sola presencia provocaba un respeto ancestral… y un miedo primitivo.
—¿Estás mejor?
—preguntó la figura con una voz que parecía surgir de las profundidades de una caverna, reverberando con un eco casi antinatural.
Shizuki jadeó.
Se apartó como pudo, retrocediendo de rodillas por el suelo mientras lo observaba con el corazón latiéndole con fuerza.
—¿Q-q-quién eres…?
¿Qué… qué quieres…?
El caballero no respondió.
En cambio, su casco se inclinó apenas, y su mirada —o la sombra de esta— se dirigió al anillo oscuro en la mano de Shizuki.
—Ese anillo… ¿de dónde lo obtuviste?
Ella se miró la mano y tartamudeó: —Y-yo… lo encontré… en una de las ruinas… no sabía lo que era.
Un silencio denso cayó entre ambos.
Luego, el caballero pronunció una palabra que no había escuchado jamás: —Varnry.
Shizuki parpadeó, confundida.
—¿Q-qué es eso…?
¿Quién… es Varnry?
El caballero no respondió de inmediato.
Susurró algo en un idioma ininteligible… y su cuerpo comenzó a disolverse en una nube de humo oscuro, como si jamás hubiera estado allí.
Antes de desaparecer por completo, sus palabras se colaron entre el viento.
—Nos volveremos a ver, portadora del “Hailf…” Y entonces desapareció.
Shizuki quedó sola.
Un sudor frío recorrió su espalda mientras abrazaba sus rodillas.
—¿Qué fue… eso…?
El nombre seguía resonando en su mente.
Varnry.
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