Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 88
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- Capítulo 88 - 88 Capítulo 88 “La Eminencia de la Muerte”
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88: Capítulo 88: “La Eminencia de la Muerte” 88: Capítulo 88: “La Eminencia de la Muerte” El silencio pesaba como una losa de piedra.
Ninguno se atrevía a respirar fuerte, mucho menos a hablar o moverse.
El aire era espeso, cargado de un miedo tan profundo que parecía calar hasta el alma.
El imponente caballero, inmóvil en el trono, alzó lentamente su cabeza, y su voz surgió como un eco tembloroso, pero firme, que se expandía por toda la sala como si las paredes hablaran a través de él.
—Este lugar es mi santuario —dijo, con voz grave y solemne, cada palabra cargada de una autoridad que helaba la sangre—.
Y ustedes…
lo han mancillado.
Un escalofrío recorrió la espalda de todos.
La voz del caballero no era humana.
No sólo hablaba, resonaba dentro de sus cuerpos, en sus huesos, en sus pensamientos.
Xia, aún temblando por la presencia de ese ser, desvió su mirada un momento del caballero, intentando recuperar la concentración.
Fue entonces cuando, al costado del trono, distinguió algo: Una mochila de cuero, parcialmente cubierta por ceniza.
Entrecerró los ojos, enfocando mejor.
Había otra más cerca, con una hebilla rota.
Luego una tercera, y una cuarta…
hasta que, horrorizada, comprendió que había decenas.
—No lo creo…
—susurró, dando un paso atrás.
Mochilas, armas rotas, cantimploras vacías, joyas cubiertas de polvo, huesos dispersos entre los escombros…
lo que al principio parecían restos de antiguas batallas, ahora eran los testimonios mudos de los que vinieron antes.
No eran sólo los aventureros desaparecidos hace unos días.
Había al menos cien pertenencias allí.
“¿Cuántos han muerto aquí…?
¿Cuántos intentaron enfrentarlo…
y murieron como si fueran nada?” —pensó Xia, paralizada.
Por primera vez en su vida, sintió que las ganas de pelear se evaporaban lentamente de su ser.
—¿Esto es lo que llaman coraje…?
—murmuró para sí—.
¿O es arrogancia?
¿De verdad creímos que podíamos hacerle frente?
El caballero se levantó finalmente.
Su figura imponente proyectaba una sombra viva, como si la oscuridad misma temiera separarse de él.
—Permítanme decirles unas palabras—anunció con solemnidad— Mi nombre es Dravenel.
Soy la Eminencia de la Muerte.
Y ustedes…
son solo hojas en un campo arrasado por el invierno.
Sus ojos rojos brillaron, atravesando sus almas.
—Sé lo que sienten.
Lo conozco bien.
Ese miedo que les aprieta el pecho, esa desesperación que les carcome los pensamientos…
Es el temor más antiguo, más profundo y más verdadero.
El miedo a mí.
Porque yo soy el final.
El final de los sueños, de la lucha, del amor…
de todo lo que conocen.
Yo soy muerte.
El silencio se mantuvo mientras Dravenel descendía con paso firme del trono, cada movimiento acompañado por la niebla oscura que arrastraba consigo.
—Y la muerte…
es inevitable.
No importa cuánto corran, cuánto se oculten, cuánto crean que aún tienen tiempo.
Llegaré.
Porque la muerte no necesita permiso.
Solo llega.
Sus palabras se clavaban como cuchillas en los corazones de los presentes.
—Pero soy justo.
Les daré una oportunidad.
Pueden huir.
Si escapan con vida de mis ruinas…
han ganado.
En ese momento, las runas del portal comenzaron a brillar intensamente, señal de que estaban listas para ser activadas.
La tensión se disparó en el grupo.
Xia aún miraba al suelo, con la respiración agitada, sus puños apretados.
—Corran…
—murmuró, apenas audible.
Nadie reaccionó.
—¡CORRAN!
—gritó de pronto, con fuerza, levantando la cabeza.
Su cabello danzaba en llamas, su energía al máximo, sus ojos ardiendo como brasas—.
¡Yo lo detendré!
Sin dar tiempo a réplicas, se lanzó como un meteoro de fuego hacia Dravenel, su puño envuelto en llamas.
El caballero simplemente alzó su mandoble oscuro y desvió el golpe sin inmutarse, como si hubiese detenido una ráfaga de viento.
—Es Inútil…
—susurró.
Noell tomó a Shizuki del brazo y corrió hacia las runas.
—¡Vamos, rápido!
—exclamó con desesperación—.
¡Actívalas!
Shizuki ya estaba canalizando energía cuando se giró hacia Kiro.
—¡Kiro!
¡Ven ya, vamos!
Pero Kiro no se movía.
Sus ojos estaban clavados en Xia, que se acababa de estrellar contra una pared con fuerza brutal y cayó al suelo, inmóvil por unos segundos.
El miedo aún lo sujetaba…
pero su determinación comenzaba a ganar.
—Xia…
—susurró.
Shizuki también gritó: —¡¡Kirooo!!
¡Vamos, o moriremos todos!
Pero entonces Kiro cerró los ojos.
Su mente era un caos, pero una única idea prevalecía: No puedo dejarla sola.
Apretó los dientes con fuerza hasta que sintió el sabor metálico de su propia sangre.
Imbuyó sus puños en energía de luz, que vibraba, temblorosa al principio…
pero luego se encendió con furia.
Se giró hacia los dos.
—¡Vayan ustedes!
¡Yo me quedo!
—¡¿Estás loco?!
—exclamó Noell.
—¡Kiro, no seas idiota!
—añadió Shizuki con la voz quebrada—.
¡No vas a poder hacer nada!
Kiro les sonrió con serenidad.
—Tal vez no…
pero si me quedo aquí, podré ganar al menos unos segundos más.
Para ustedes.
—¡KIROOO!
—gritó Noell, estirando la mano mientras el portal ya absorbía su cuerpo.
—Cuídense…
—susurró Kiro, justo antes de que el portal se cerrara, llevándose a sus amigos.
La sala volvió a quedar en silencio.
Solo quedaban él…
y Xia, que intentaba levantarse, apoyándose en un brazo tembloroso.
Kiro corrió hacia ella, ayudándola a ponerse en pie.
—¿Qué…
qué haces aquí?
—preguntó Xia, escupiendo un poco de sangre, con una mezcla de rabia y desesperación en la mirada.
—No te dejaré sola —dijo él, firme, mirándola a los ojos—.
Si estamos juntos, podemos al menos hacer algo…
aunque solo sea resistir un poco más.
Conseguiré unos segundos extras.
Xia cerró los ojos y apretó los puños.
En su interior, una llama nueva comenzaba a prender.
—Maldito seas, Kiro…
Pero sonrió.
Aunque era una sonrisa cansada, había algo de fuego en ella.
Se puso de pie con la ayuda de él y levantó su brazo envuelto en llamas.
—Vamos a hacer que lo recuerde.
Al menos…
que recuerde nuestros nombres.
Kiro asintió.
Ambos se giraron hacia Dravenel, que observaba con curiosidad, aún sin moverse.
—Entonces…
han elegido resistirse.
El caballero alzó su mandoble…
y la verdadera batalla contra la muerte comenzó.
Las ruinas eran ahora un lugar oscuro y desolado.
La tenue luz de la luna atravesaba los huecos del techo derrumbado, bañando la estatua central con un fulgor melancólico.
Noell y Shizuki aparecieron justo en frente de ella, desorientados y jadeantes.
El aire olía a polvo y humedad.
El silencio, salvo por el lejano crujir de piedras, era abrumador.
Shizuki miró a su alrededor rápidamente, como buscando a alguien.
—¡Kiro!
—exclamó con desesperación.
Su respiración era entrecortada.
—No está…
—murmuró Noell, aunque él también se aferraba a una mínima esperanza.
Shizuki apretó los puños, su cuerpo temblaba, no de miedo, sino de rabia.
Dio un paso adelante y comenzó a hacer un sello con las manos.
—¡Voy a regresar!
¡Lo sacaré de allí, cueste lo que cueste!
Pero entonces, Noell se adelantó, sujetándola con fuerza por el brazo.
—¡Shizuki, basta!
¡No tienes energía suficiente para eso!
¡Mírate!
Ella tropezó y cayó de rodillas.
Su cuerpo temblaba de dolor.
La herida que tenía en el costado ardía como fuego, y su vista comenzaba a nublarse.
—Tú no entiendes…
¡no voy a dejarlo morir!
—dijo, con lágrimas luchando por salir de sus ojos.
Noell se agachó a su lado, tomándola de los hombros.
—¡Y yo tampoco quiero que mueran!
Pero si volvemos ahora…
si tú mueres también, todo habrá sido en vano.
¡Tienes que vivir para contarlo, para que volvamos con ayuda!
Shizuki cerró los ojos con fuerza.
—No me importa morir si con eso los salvo… —¡Pues a mí sí me importa!
—gritó Noell—.
¡A Kiro también le importaría!
¡Si él se quedó fue para darte tiempo a ti y a mí… para que al menos alguien escapara!
¡Así que no lo desperdiciemos!
Las palabras de Noell resonaron en ella con fuerza.
El dolor físico era intenso, pero el emocional era aún más devastador.
Él la ayudó a ponerse de pie, pasando su brazo por detrás de su espalda para sostenerla.
—Vamos, Shizuki…
salgamos de aquí.
Todavía podemos hacer algo…
aún no ha terminado.
En el santuario, la atmósfera estaba cargada de muerte.
Dravenel los observaba desde lo alto de las escaleras del trono.
Su armadura negra, tallada con relieves macabros y símbolos que parecían antiguos como el tiempo mismo, brillaba con la luz anaranjada del fuego dejado por Xia que aún titilaba alrededor.
La espada en su mano parecía un fragmento de oscuridad pura.
Xia fue la primera en moverse.
—¡No me importa quién seas, maldito monstruo!
—gritó, mientras sus puños se envolvían en llamas incandescentes—.
¡No permitiré que los sigas!
Se lanzó a gran velocidad, su fuego dejaba estelas en el aire.
Cada golpe era violento, desesperado.
Impactaba como una tormenta ardiente, lanzando proyectiles de fuego y puños que quemaban el aire mismo.
Pero Dravenel no se movía más de lo necesario.
Su mandoble se alzaba con una gracia impensable para su tamaño.
Cada ataque era desviado, bloqueado o repelido sin esfuerzo.
Como si Xia fuera una hoja chocando contra un muro de hierro.
Kiro apretó los dientes desde atrás.
—¡Voy!
—gritó, mientras su cuerpo comenzaba a brillar.
La energía de luz se condensó en sus puños.
Con velocidad explosiva, Kiro apareció detrás de Dravenel y lanzó un golpe a su espalda.
¡Pum!
El impacto era directo, pero el caballero apenas se giró y bloqueó el golpe con el codo de su armadura, contraatacando al instante.
Xia también lanzó otro ataque en ese momento, pero Dravenel giró y desvió ambos al mismo tiempo con un movimiento fluido de su espada, arrojándolos varios metros hacia atrás.
Kiro se estrelló contra una columna que se resquebrajó por el impacto.
Tosió sangre y apenas pudo ponerse en pie.
—Tch… todavía… todavía no termino —dijo, tambaleándose.
Sus ojos, sin embargo, ardían con determinación.
Xia se había reincorporado, jadeante, y lo miró de reojo.
—Aguanta un poco, Kiro.
Estoy preparando algo grande… Ella cerró los ojos un instante y su cuerpo estalló en llamas.
Todo su cuerpo comenzó a brillar como nunca antes.
El calor era abrasador, incluso para Kiro.
El aire crepitaba.
Piedras cercanas comenzaron a resquebrajarse.
En su mano derecha, Xia comenzó a condensar toda su energía de fuego en una esfera que crepitaba, vibraba, viva como un sol en miniatura.
—¡No voy a fallar esta vez!
—gritó con todas sus fuerzas.
Mientras Xia concentraba todo en su ataque final, Kiro se lanzó de nuevo contra Dravenel.
Su objetivo no era herirlo, sino distraerlo.
Golpe tras golpe, esquiva tras esquiva.
—¡Mírame a mí, monstruo!
—rugió, mientras sus puños se movían como relámpagos de luz.
Dravenel lo toleraba, paciente.
Su espada se movía con una cadencia casi artística.
Cada defensa suya parecía más un juego que un combate.
Finalmente, Xia rugió: —¡Ahora muereeeeeeee!
Y se lanzó como una estrella fugaz envuelta en fuego.
La esfera estalló al impactar directamente en la armadura del caballero.
El fuego rugió, devoró, consumió.
El santuario se tiñó de rojo, naranja y dorado.
Una explosión de calor barrió la sala entera.
El humo llenó el aire.
Y entonces… Pasos.
Lentos.
Firmes.
Dravenel salió de entre el fuego, su figura oscura aún envuelta en llamas, que no lograban apagarse ni dañar su cuerpo.
—¿Cómo…?
¿Cómo puedes seguir…?
—murmuró Xia, retrocediendo, temblando—.
¡Ese fuego podría incinerar hasta un dragón!
¡Muere ya!
¡Muere!
Lanzó más fuego, le disparó una y otra vez como si intentara matar con cada célula de su cuerpo.
Lágrimas caían de sus ojos sin que lo notara.
—¡¿Por qué no mueres?!
¡¿Qué eres…?!
Dravenel avanzó sin detenerse.
Y cuando estuvo frente a ella, alzó su brazo y la tomó de la cabeza como si fuera una muñeca de trapo.
—La muerte… esta oscuridad no se extingue con fuego.
—Su voz fue un susurro que heló el alma.
Y sin más, la estrelló brutalmente contra el suelo.
El fuego se apagó al instante.
Xia quedó inmóvil, inconsciente, su cuerpo humeante.
El mandoble de Dravenel se alzó.
—Que descanse la llama… Pero antes de que la espada descendiera, una ráfaga de luz cruzó el aire.
—¡Xiaaaa!
—rugió Kiro, apareciendo justo a tiempo.
La tomó en brazos y la teletransportó a otra parte del salón usando su técnica de intercambio.
Ambos aparecieron detrás de un altar semiderruido.
Kiro estaba jadeando, con los ojos abiertos como platos, y Xia seguía inconsciente, aferrada a la vida.
—Xia… —murmuró él, mientras apretaba los dientes—.
¿Por qué tiene que pasar esto?
Dravenel giró lentamente hacia él.
Kiro alzó la mirada, sus ojos dorados brillaban en la oscuridad como brasas.
—Ahora, joven guerrero…¿Seguirás resistiéndote a la muerte?
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