Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 89
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- Capítulo 89 - 89 Capítulo 89 La Voluntad de la Esperanza
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89: Capítulo 89: La Voluntad de la Esperanza 89: Capítulo 89: La Voluntad de la Esperanza La penumbra del santuario se sacudía con cada paso, cada destello de energía que chocaba contra los muros antiguos.
El aire se sentía denso, como si la oscuridad misma respirara dentro del salón.
En el centro, el Caballero Oscuro Dravenel permanecía impasible, con su imponente armadura humeando por el fuego reciente.
Kiro, jadeante, se alzaba con determinación.
Sus ojos dorados relucían como antorchas en la negrura.
—No puedo fallar… no ahora.
—pensó, cerrando los puños.
Dravenel giró lentamente hacia él, su espada dejando un eco metálico en el aire al arrastrarse contra el suelo de piedra.
Sin advertencia, Kiro comenzó a correr a gran velocidad alrededor suyo, dejando un rastro dorado tras de sí como un cometa en movimiento.
Desde todos los ángulos, lanzaba esferas Senko, pequeñas bombas de luz que estallaban con destellos cegadores, obligando a Dravenel a entrecerrar sus ojos rojos tras el yelmo.
—¿Acaso crees que esos trucos funcionarán conmigo?
—dijo Dravenel, girando su mandoble con brutal velocidad.
El caballero lanzó un tajo vertical que parecía partir el aire.
Kiro desapareció justo antes del impacto, cambiando de lugar con un antiguo brasero caído mediante su sello de intercambio.
Volvió a aparecer al otro extremo del salón, ya preparando la siguiente ofensiva.
—¡Vamos, vamos, piensa!
¡Debo mantenerlo ocupado!
—se decía a sí mismo, lanzando otra ráfaga de esferas que explotaron con fuerza, levantando polvo y escombros.
Dravenel emergió de la humareda sin un rasguño.
—”Maldición, esto no funciona, no puedo herirlo…” —Kiro apretó los dientes.
En un descuido, tardó una fracción de segundo en reaccionar.
Fue suficiente.
Dravenel desapareció de su lugar y apareció frente a él, su espada ya en movimiento.
—Descansa, niño.
—dijo con voz grave y final.
El mandoble descendió como una guillotina.
El cuerpo de Kiro fue partido en dos.
Pero no hubo sangre.
Su figura parpadeó, como si fuera un reflejo, una ilusión.
Un simple holograma de energía que se deshizo en motas doradas.
—¿Qué…?
—alcanzó a decir Dravenel, confundido.
Detrás suyo, una voz resonó con fuerza.
—¡Estoy aquí!
Kiro apareció justo a su lado.
Sus ojos ardían con una intensidad que parecía rivalizar con la mismísima luz del sol.
Su brazo derecho comenzaba a resplandecer con una fuerza jamás vista antes.
”Este es el momento.
No hay vuelta atrás.
Xia… Noell… Shizuki… todos ustedes confiaron en mí.
No puedo fallarles.
¡No lo haré!” —gritaba en su mente, mientras sus pies se impulsaban con energía pura hacia adelante.
La luz que rodeaba su puño era intensa, pero no solo era dorada.
Una segunda energía, azul, comenzaba a envolver su mano.
Las dos fuerzas giraban como remolinos opuestos: la energía de la luz y la energía espiritual.
”La combinación de estas dos… es peligrosa.
Mi cuerpo no puede resistir mucho.
Pero no importa.
¡No importa si me destruyo por dentro!” El brazo entero de Kiro se volvió un torbellino de poder, la energía dorada chispeando con rayos, mientras la azul pulsaba con una calma inhumana.
“Nunca logré controlar esto antes.
¡Pero ahora lo haré!
¡Porque tengo que hacerlo!” Dravenel alzó su espada, sin prisa.
—Todo esto es inútil.
No entiendes el abismo que nos separa, niño.
—¡Esta vez… GANAREMOS!
—gritó Kiro con toda su alma.
El joven exorcista alzó su puño envuelto en energía caótica y pura.
Una luz enceguecedora emergió de él, bañando el salón en un resplandor que hizo que las sombras retrocedieran momentáneamente.
El suelo temblaba, y la presión espiritual crecía tanto que incluso las ruinas crujieron por la sobrecarga.
“Esta técnica… nunca la entrené, nunca la perfeccioné.
Pero nació en mí, ahora mismo, en este momento… como obra de mi destino.
Porque quiero protegerlos.
Porque un héroe… un héroe siempre sonríe, incluso frente al miedo.
¡Incluso frente a la muerte!” —pensó, mientras una sonrisa decidida se formaba en su rostro.
—¡LUZ Y ESPÍRITU… EN UNO!
—gritó.
El puño se estrelló contra el casco de Dravenel.
Una explosión sónica reverberó por todo el santuario.
El impacto fue tan devastador que el suelo se resquebrajó en un radio de varios metros.
Las columnas temblaron, trozos del techo comenzaron a desprenderse.
Un vórtice de luz y viento se alzó como una llamarada celestial en medio del templo, expulsando las sombras por primera vez desde que llegaron.
Dravenel no se movió al instante.
La armadura de su casco crujió bajo la presión.
El silencio reinó un instante, antes de que una segunda onda expansiva barriera por completo el salón.
Kiro, aún con el puño en alto, gritó con el alma: —¡Por todos ellos… no perderé!
El rugido de la onda expansiva sacudió todo el salón subterráneo.
Piedras cayeron del techo, las columnas temblaron, y el eco del impacto se propagó como una explosión divina.
Kiro salió despedido por la fuerza de su propio golpe, su cuerpo giró varias veces en el aire hasta estrellarse contra el suelo.
El impacto final lo dejó tendido boca arriba, jadeando, con el pecho agitado por el esfuerzo.
La luz aún chispeaba débilmente alrededor de su cuerpo, pero su brazo derecho…
era otra historia.
—Ahh…
—soltó con un gemido de dolor al intentar mover su brazo derecho, solo para descubrir que no respondía—.
No…
puede ser…
Giró su cabeza lentamente y allí lo vio: su brazo colgaba torcido en un ángulo imposible.
Hinchado, con moretones ya visibles.
El hueso estaba roto, tal vez más de uno.
El dolor era punzante, pero lo que más dolía era saber que no podría volver a usarlo en esta pelea.
“Ese golpe…
era todo lo que tenía.
Todo lo que pude reunir…
¿Este es el precio…?” Sus pensamientos se cortaron de golpe cuando una carcajada siniestra retumbó en la distancia, distorsionada como una pesadilla que se rehúsa a terminar.
—Nada mal —dijo una voz áspera, el caballero.
Kiro giró su rostro hacia el centro del salón…
y su corazón se detuvo por un segundo.
Allí estaba él.
Dravenel, de pie entre el polvo y los escombros, ileso.
Su armadura ennegrecida brillaba por el destello de la energía reciente, y en su rostro, oculto tras el casco, podía sentirse la burla venenosa.
—Debo admitirlo —continuó el caballero oscuro con un tono perversamente satisfecho—.
Fue una espléndida demostración de valor.
Digna de una balada.
Pero es hora…
de reanudar la cacería.
Kiro apretó los dientes, impotente, con el sudor mezclado con sangre escurriéndole por la frente.
“¿Cómo está aún de pie…?
¿Ni siquiera una grieta en su armadura?
No puede ser…
no puede ser…
Shizuki…
Noell…
Xia…
No…
¡No!” Dravenel caminó lentamente hacia la runa central del santuario, un círculo antiguo tallado en piedra, brillando con un tenue resplandor púrpura.
Si cruzaba ese portal…
—¡No…!
—gritó Kiro, y trató de moverse.
Su cuerpo protestaba, cada músculo ardía como si se desgarrara, pero aún así…
se arrastró.
Con cada jadeo, con cada espasmo, su determinación se volvía más clara, más fuerte.
“¡Tengo que detenerlo!
No puedo…
no puedo dejar que ellos mueran.
No me importa si mi cuerpo se rompe, si muero aquí mismo…
No me rendiré.
¡Muévete!” Con un grito que partió el silencio, Kiro logró ponerse de pie.
Su cuerpo temblaba.
La pierna derecha flaqueaba.
El brazo izquierdo sangraba.
Y sin embargo, lo hizo.
—¡Dravenel!
—rugió con furia mientras la energía dorada se encendía una vez más en su pierna—.
¡No irás hacia ellos!
Saltó.
Su patada llevaba el último rastro de energía que le quedaba.
Pero Dravenel, sin siquiera moverse demasiado, la atrapó como si fuera un muñeco de trapo.
El caballero lo sujetó de la pierna y lo estrelló brutalmente contra el suelo.
Una fisura se abrió en la piedra por el impacto.
—Te dije que esto ya terminó —murmuró Dravenel con frialdad.
Kiro tosió sangre.
Apenas podía respirar.
Pero sus ojos…
sus ojos aún brillaban con furia.
—Aún…
nada…
se ha terminado…
—gimió, levantándose de nuevo.
Se lanzó, esta vez con el puño izquierdo.
Golpeó una y otra vez, descargando su desesperación, su rabia, su aprecio hacia sus amigos.
Cada impacto contra la espada de Dravenel hacía temblar su ya agotado cuerpo.
El caballero oscuro, con cada bloqueo, parecía aburrirse más.
—Basta de falsas esperanzas, chico.
—Le apartó con un empujón del mango de su espada—.
Aquí…
acaba todo.
Extendió su mano derecha.
De su dedo índice comenzó a emanar una energía negra, densa como alquitrán, mortal.
—Como Eminencia de la Muerte, lo mínimo que puedo hacer es darte una muerte…
rápida y sin dolor.
Kiro no pudo reaccionar.
El dedo oscuro atravesó su pecho, justo sobre el corazón.
Un sonido seco.
Luego, silencio.
El cuerpo de Kiro cayó al suelo.
Dravenel bajó la mano, sacudiendo los restos de energía.
—Descansa, joven guerrero.
Giró sobre sus talones y caminó hacia la runa.
La energía del portal comenzaba a vibrar con más intensidad.
Todo parecía acabado…
Hasta que algo lo detuvo.
—¿…?
Sintió una presión en su pie.
Miró hacia abajo.
Allí, sujetando su pierna con una fuerza que no debía existir…
estaba Kiro.
El joven temblaba.
Lleno de heridas.
Con lágrimas cayendo de sus ojos entrecerrados.
—No…
no irás…
por ellos…
Dravenel dio un paso atrás.
Por primera vez en siglos, sintió una punzada de desconcierto.
—¿Cómo…?
¿Cómo puedes seguir…
vivo?
Entonces lo vio.
Bajo la chaqueta de Kiro, una tenue luz metálica.
Una placa, tal vez parte de un brazalete reforzado, había desviado el golpe mortal por milímetros.
Había sido suerte…
Dravenel soltó una risita, detrás de su máscara.
—Hmph…
así que tenías un as bajo la manga…
Un truco digno de los antiguos.
Eres más terco de lo que pensé.
Pero no avanzó.
Por un instante, se quedó allí, mirando al chico que no se rendía.
Kiro, con la vista borrosa, solo pudo pensar en una cosa: “No me rendiré.
No mientras aún pueda respirar.
No mientras ellos me necesiten.
Porque yo… ¡Siempre me levantaré!” La mano enguantada de Dravenel se posó con una lentitud ceremoniosa sobre la cabeza de Kiro, quien jadeaba en el suelo, cubierto de sangre y polvo.
La presión era fuerte, pero no violenta.
Era como si el caballero oscuro quisiera sentir el latido de su voluntad a través del cráneo, como si buscara algo más allá del cuerpo: El espíritu.
Los ojos dorados de Kiro, aunque apagados por el dolor, no titubeaban.
Dravenel, tras unos segundos, retiró la mano, y Kiro se dio cuenta de algo insólito: El cansancio que lo oprimía como una cadena invisible comenzó a desvanecerse ligeramente.
No del todo, pero sí lo suficiente como para mover sus piernas, para incorporarse con dificultad.
—¿Qué… qué fue eso?
—pensó Kiro, sujetándose el brazo derecho, aún inutilizable, con su izquierda.
Frente a él, Dravenel lo contemplaba con interés.
Su capa de oscuridad ondeaba con lentitud, y su máscara seguía inmutable, pero sus ojos… esos ojos detrás del metal brillaban con una intensidad casi nostálgica.
—Tienes fuego en tus ojos, chico —dijo Dravenel con voz grave—.
Aunque estés roto, aún quieres levantarte.
¿No tienes miedo de estar frente a la muerte?
—No… importa si estás frente a mí —jadeó Kiro, arrastrando las palabras por el dolor—.
Si se trata de proteger a mis amigos… ¡Te detendré… una y otra vez!
El silencio reinó por un segundo.
Entonces Dravenel bajó ligeramente la cabeza.
—Dime tu nombre.
Kiro lo miró, aún con desconfianza, pero su respuesta fue firme.
—Soy Kiro…solo Kiro.
—Así que Kiro, ¿eh?
Bien —Dravenel asintió—.
Te haré una oferta.
El aire se congeló.
Incluso el eco pareció detenerse ante esa frase.
—Te prometo que detendré la cacería.
Que tú y tus amigos saldrán de aquí con vida —dijo el caballero, caminando lentamente en círculos alrededor de Kiro—.
Pero a cambio… quiero uno de tus ojos.
Kiro abrió mucho los suyos, impactado.
“¿Uno de mis ojos?
¿A qué se refería?
¿Era una metáfora, o realmente…” —¿Para qué… quieres eso?
—preguntó Kiro, apenas audible.
Dravenel se detuvo frente a él y elevó un dedo cubierto por su guante negro.
—No te arrancaré el ojo, no te preocupes.
A partir de ahora… viviré dentro de tu ojo izquierdo.
Tu visión será la mía, y tu camino… el mío.
Busco a mis antiguos compañeros, y tú… serás mi llave.
Kiro tragó saliva.
Su respiración era pesada.
Miró hacia el portal en el centro del salón, aún activo.
Miró sus heridas.
Pensó en Ryu, en Airi, en Hunk.
Cerró los ojos y asintió con decisión.
—Acepto… si realmente los dejarás vivir.
—Hecho —respondió Dravenel con solemnidad—.
Por este juramento, como Muerte, no levantaré más mi espada contra los tuyos.
Con un movimiento lento, Dravenel envainó su arma en la espalda.
Luego extendió un dedo hacia el rostro de Kiro.
Una chispa oscura saltó desde su yema y tocó el ojo izquierdo del muchacho.
Kiro gritó.
Una niebla negra comenzó a emanar del cuerpo de Dravenel, espesa, con destellos carmesí como brasas moribundas.
La oscuridad se arremolinó y, como si fuera una corriente viva, entró en el ojo de Kiro, que cayó al suelo, revolcándose y apretando los dientes.
—¡Ahh… AAAAAAHHH!
—sus uñas rasgaban el suelo, mientras la oscuridad seguía entrando en su cuerpo como una maldición líquida.
Sus venas se marcaron, el dorado de sus ojos brillaba más intenso, y su ojo izquierdo se volvió momentáneamente oscuro, como si una sombra lo hubiera tatuado desde dentro.
Entonces… todo se detuvo.
El humo desapareció.
Kiro quedó tendido, jadeando, temblando.
Tocó su ojo izquierdo, ahora completamente normal a simple vista.
—¿Qué… qué pasó?
—susurró.
Una voz, suave pero helada, resonó dentro de su cabeza.
—La fusión se ha completado.
Kiro se levantó de golpe, alarmado.
—¿D-Dravenel?
¿Dónde estás?
—Dentro de ti.
Tal como acordamos.
En tu ojo izquierdo —respondió la voz con calma—.
Puedo ver lo que tú ves.
Sentir lo que tú sientes.
Y, si lo deseas… también puedo hablarte aquí, nadie más excepto tú me escuchara.
Kiro se llevó una mano a la frente, confundido, asustado.
Pero respiró profundo.
Había hecho un pacto, y lo cumpliría.
—¿Y ahora qué?
—Ahora cumplo con mi parte —dijo Dravenel.
En ese instante, el lugar entero comenzó a temblar.
El portal chispeó, y la sala se tornó gris.
El color fue succionado de las paredes, del suelo, del aire mismo.
—¿Qué es esto?
—preguntó Kiro, tambaleándose.
—Estoy usando mi autoridad —respondió Dravenel desde su mente—.
Como eminencia de la Muerte, puedo sellar este lugar con mi poder.
Los esqueletos… eran extensiones de mi voluntad.
Sin mí, ya no tienen razón de actuar.
Una grieta negra se abrió bajo el círculo rúnico.
El mundo pareció inclinarse hacia un punto central, como si la sala estuviera siendo absorbida por un agujero negro.
Todo se movía hacia el vacío.
El ruido se volvió un zumbido lejano.
La gravedad se curvaba, distorsionando la realidad.
Kiro apenas podía mantenerse en pie.
—¡¿Vamos a morir?!
—gritó.
—No —respondió Dravenel—.
Vamos… a regresar.
Un estallido de oscuridad los envolvió por completo.
Kiro gritó, sintiendo su cuerpo ser llevado, desintegrado y reconstruido en un mar de sombras.
Todo se desvaneció.
Y entonces… Silencio.
Oscuridad total.
Hasta que un rayo de luz atravesó el abismo.
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