History academy arco 6: El fin del mundo. - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Episodio 12 En búsqueda de las bolitas
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12: Episodio 12: En búsqueda de las bolitas 12: Episodio 12: En búsqueda de las bolitas La mañana llegó con un rayo de sol que atravesó las cortinas del cuarto, iluminando el rostro de Joel.
Abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de todo lo ocurrido.
A su lado, Gaby despertó casi al mismo tiempo, su mirada preocupada buscando algún signo de alivio en el rostro de su esposo.
Aunque él había recuperado parte de lo que perdió, la sombra de frustración seguía latente en su mente.
Sin embargo, Gaby lo abrazó, con una sonrisa tierna y un susurro alentador: —No importa lo que nos haya pasado, Joel.
Lo enfrentaremos juntos.
Mientras tanto, en otra parte de la casa, Victor estaba sentado en la cocina, tomando una taza de café oscuro.
Luci, una de sus esposas y la que quizás más entendía sus conflictos internos, se sentó frente a él.
Su presencia siempre era serena, como un refugio de paz en medio de la tormenta que era la vida de Victor.
—Te ves cansado, querido —dijo Luci, con una nota de preocupación en su voz mientras lo observaba con sus ojos llenos de compasión.
Victor soltó un suspiro profundo, dejando la taza en la mesa con un golpe sutil.
—Es que lo estoy, Luci.
Estoy cansado de todo esto.
No sé cuánto más puedo aguantar…
Anoche Joel…
ese chico…
perdió algo más que su humanidad, y todo porque fui yo quien lo dejó acercarse a ese abismo.
No es solo el desgaste físico, es el peso de todo lo que llevo cargando.
Luci lo miró con comprensión, tomando su mano entre las suyas.
—No tienes que cargar con todo tú solo.
Has hecho lo mejor que puedes, y ellos lo saben.
Hasta Joel, aunque esté lleno de ira ahora, entiende lo que has sacrificado por él, por todos nosotros.
Victor la miró, sus ojos reflejando la lucha interna que había estado librando en silencio.
El deseo de simplemente rendirse y dejar que otro tomara su lugar lo consumía.
Pero la realidad era que él no sabía cómo soltar esa responsabilidad.
—A veces desearía poder ser solo…
normal —admitió con un tono cansado—.
No el héroe, no el villano, solo…
un hombre común que cuida de su familia.
Luci le sonrió con calidez, apretando su mano con más fuerza.
—Entonces, sé eso.
Nadie te obliga a seguir peleando, Victor.
Al menos, no aquí.
Victor desvió la mirada hacia la ventana, observando el mundo que parecía tan tranquilo desde ese punto de vista, pero que él sabía que estaba lleno de caos y amenazas.
—Ojalá fuera tan fácil, Luci…
Ojalá pudiera ignorar ese sentido de responsabilidad que me sigue atormentando.
Luci simplemente se levantó, rodeando la mesa para abrazarlo desde atrás, dejando que su calidez lo envolviera.
—Tómate un respiro.
Deja que, por una vez, alguien más se encargue del peso del mundo.
Victor asintió lentamente, pero en el fondo sabía que el mundo no era tan indulgente.
La paz nunca duraba mucho para él, ni para quienes estaban a su lado.
Afuera, podía escuchar a Joel y Gaby hablando en voz baja, preparándose para enfrentar lo que sea que les aguardara en ese nuevo día.
Pero por ahora, al menos, podían disfrutar de un momento de calma, antes de que la tormenta volviera a encontrarlos.
Luci, con una sonrisa pícara y un brillo travieso en sus ojos, decidió que su esposo merecía un descanso más placentero.
Sin decir una palabra, se inclinó hacia Victor y, con una suavidad que solo ella sabía manejar, lo tomó en sus brazos.
Aunque él era un guerrero legendario, en ese momento, dejó que su esposa lo guiara, confiando plenamente en su toque.
—Vamos, querido, necesitas relajarte…
y yo también —susurró Luci en su oído, provocando una sonrisa cansada pero intrigada en Victor.
Con una gracia sorprendente, lo cargó hasta su habitación, sus pasos silenciosos resonando por la casa.
Cerró la puerta detrás de ellos con un movimiento fluido y lo dejó caer suavemente sobre la cama, sus ojos nunca apartándose de los de él.
—Hoy, no hay responsabilidades, no hay héroes ni villanos…
solo tú y yo.
Victor, por primera vez en mucho tiempo, permitió que sus preocupaciones se desvanecieran.
Se dejó llevar por el momento, olvidando por completo las batallas, los sacrificios, y las cargas del pasado.
Luci, por su parte, se aseguró de que esa noche fuera un escape, un momento donde el tiempo se detuviera y solo existieran ellos dos, perdidos en su propio mundo.
Mientras la noche avanzaba, los murmullos y risas suaves llenaron la habitación, marcando el inicio de un momento íntimo y liberador, una pausa en la tormenta constante que era la vida de ambos.
Era su forma de reconectar, de recordar que, a pesar de todo lo que habían enfrentado, aún tenían uno al otro.
Gaby, pensando que sus padres estarían durmiendo o simplemente descansando, abrió la puerta del cuarto sin tocar.
Al entrar, sus ojos se agrandaron de inmediato al ver la escena frente a ella: Luci y Victor en un momento muy íntimo, ambos sumidos en un juego apasionado.
El color se esfumó del rostro de Gaby, y sus ojos parecían incapaces de apartarse del espectáculo perturbador que nunca habría querido presenciar.
Se quedó paralizada, completamente inmóvil en el umbral, el shock de la escena la dejó sin palabras.
—¡Por el amor de Dios!
—gritó al fin, llevándose ambas manos a la cara para cubrirse los ojos—.
¡¿Por qué no cierran la puerta?!
Luci, sorprendida, dejó escapar un pequeño grito y rápidamente se cubrió con una sábana, mientras Victor soltó un suspiro pesado y rodó los ojos.
—Gaby, ¿alguna vez has escuchado de tocar antes de entrar?
—replicó Victor con un tono mezclado entre irritación y vergüenza.
Gaby, aún con las manos sobre su rostro, dio media vuelta torpemente y salió corriendo del cuarto, murmurando un “¡Nunca podré desver esto!” mientras cerraba la puerta con un portazo.
Victor y Luci intercambiaron miradas incómodas antes de empezar a reírse a carcajadas, sabiendo que esta sería una anécdota que no se olvidaría fácilmente en la familia.
Después de la incómoda interrupción, Victor y Luci se miraron por un momento, intercambiando una sonrisa cómplice.
Decidieron dejar atrás el pequeño incidente y continuar con su momento íntimo, cerrando ahora sí con seguro la puerta para asegurarse de no tener más sorpresas.
Mientras tanto, Gaby, aún ruborizada y con la imagen que no podía quitarse de la cabeza, bajó rápidamente las escaleras.
Encontró a Joel en la sala, quien estaba terminando su desayuno.
—No me preguntes nada, ¿ok?
—dijo Gaby, con una mezcla de frustración y vergüenza, dejándose caer en el sofá a su lado.
Joel, al verla tan agitada y sin comprender del todo lo que había pasado, solo arqueó una ceja y se limitó a asentir.
Pero no pudo evitar soltar una pequeña risa burlona.
—¿Qué pasó ahora?
¿Tus padres peleando otra vez?
—preguntó Joel, intentando aligerar el ambiente.
Gaby lo miró con seriedad y negó rápidamente con la cabeza.
—Ojalá hubiera sido eso…
—suspiró, llevándose una mano a la frente—.
Me topé con algo que definitivamente no quería ver.
Joel la miró curioso, pero respetó su petición de no profundizar en el tema.
En cambio, la abrazó por los hombros y le dio un beso en la frente.
—Vamos, Gaby.
¿Por qué no salimos a despejarnos un poco?
Te prometo que lo que sea que viste, lo olvidarás en un par de horas.
Gaby asintió, agradecida por la propuesta.
Ambos se levantaron y, dejando atrás la extraña mañana, decidieron salir a caminar por el parque para dejar el incidente atrás.
Victor y Luci salieron de su habitación envueltos en toallas, riendo entre ellos mientras bajaban las escaleras.
Luci llevaba una toalla apenas cubriéndole el torso, y Victor solo tenía una atada a la cintura.
Ambos parecían despreocupados y relajados después de su tiempo juntos.
Azrakil, que estaba sentado en el salón con un libro en las manos, levantó la vista al notar su presencia.
Frunció el ceño con evidente disgusto y asco.
—¿Podrían, por el amor de cualquier cosa decente en este mundo, ponerse algo de ropa?
—gruñó Azrakil, apartando la mirada como si la escena le hubiera ofendido profundamente—.
No todos aquí queremos ver sus exhibiciones de afecto…
especialmente a esta hora de la mañana.
Victor soltó una carcajada, disfrutando de la reacción de Azrakil, y le dio un ligero golpe en el hombro con su mano.
—Vamos, Azrakil, no seas tan amargado.
Deberías probar relajarte de vez en cuando.
—Victor le guiñó un ojo.
Luci se cubrió un poco más con la toalla, pero no pudo evitar una sonrisa traviesa al ver el desagrado en el rostro de Azrakil.
—Oh, vamos, querido, tú también necesitas un descanso de tanto odio.
Te hará bien —dijo Luci con una risa ligera.
Azrakil bufó, cerrando el libro de golpe y poniéndose de pie.
—Lo único que necesito es que no sigan mancillando esta casa con sus indecencias —respondió con un tono mordaz antes de salir de la habitación con pasos firmes, dejando a la pareja entre risas.
Victor y Luci intercambiaron una mirada cómplice antes de irse a cambiar.
—Nunca se cansa de ser un aguafiestas, ¿verdad?
—comentó Luci mientras se dirigían a vestirse.
—No te preocupes por él, amor.
Él se lo pierde —contestó Victor con un encogimiento de hombros antes de cerrar la puerta de su habitación.
Azrakil se alejó de la habitación, su mente sumida en un torbellino de pensamientos y emociones encontradas.
Se detuvo en un pasillo, apoyando una mano en la pared, mientras su rostro se torcía en una mueca de disgusto.
No era solo la escena que acababa de presenciar lo que le molestaba; había algo más profundo, más enraizado en su ser.
El desprecio que sentía hacia los mortales no era solo un asunto de arrogancia.
Azrakil, en su largo y eterno existir, había sido testigo de la fragilidad humana en todas sus formas: sus deseos, sus debilidades, su obsesión con los placeres efímeros.
Recordó, con un toque de amargura, el tiempo en que él mismo había compartido esos momentos íntimos con alguien a quien alguna vez amó.
Aunque había sido una experiencia que le acercaba a la humanidad, esa parte de él había quedado atrás, sepultada bajo capas de orgullo e inmortalidad.
“Qué patético,” pensó, apretando los dientes.
“Cómo pueden los mortales disfrutar de su efímera existencia con tanta ligereza, sabiendo lo insignificantes que son en el vasto esquema del universo.” Sin embargo, no podía ignorar un leve eco de nostalgia que resonaba en su interior.
Azrakil había conocido el calor del afecto, había compartido momentos de vulnerabilidad.
Había amado, pero ahora estaba condenado a ver el amor como una debilidad, algo propio de seres inferiores que no comprendían la verdadera naturaleza de la existencia.
—Tontos mortales…
—murmuró para sí mismo, tratando de convencerse de que su disgusto era puro desprecio y no un reflejo de sus propios anhelos y arrepentimientos.
Pero en el fondo, sabía que había una parte de él que aún anhelaba lo que había perdido: la conexión, el calor, la sensación de ser parte de algo más allá de sí mismo.
Algo que, por orgullo o dolor, se había negado a permitirse de nuevo.
Con un suspiro frustrado, Azrakil sacudió la cabeza, rechazando esos pensamientos.
No podía permitirse ser débil, no ahora, no después de todo lo que había visto y perdido.
Y menos aún por unos simples mortales que, en su opinión, no eran más que un suspiro en el eterno flujo del tiempo.
Decidido a apartar esos sentimientos, retomó su andar por la casa, buscando en la soledad y el conocimiento de sus libros una forma de silenciar las voces del pasado que se negaban a desaparecer.
Gaby y Joel continuaban su búsqueda con una mezcla de frustración y determinación.
Habían pasado horas recorriendo las calles, bosques cercanos, e incluso los rincones más oscuros de la ciudad, pero aún no daban con las “bolitas” que Joel había perdido.
Cada pista parecía llevarlos a un callejón sin salida, aumentando la tensión entre ambos.
—¡Esto es ridículo!
—exclamó Joel, pasando una mano por su cabello en un gesto de pura desesperación—.
¿Cómo es posible que algo tan importante simplemente desaparezca?
Gaby trató de mantenerse positiva, aunque no podía evitar sentir la carga del agotamiento.
Sabía lo humillante que era para Joel lidiar con todo esto, especialmente después de haber sido despojado de una parte tan íntima de sí mismo.
Pero también entendía que había más en juego que simplemente encontrar lo perdido; la paz de Joel y su confianza estaban en la línea.
—Tranquilo, amor —dijo Gaby con voz suave, tomando la mano de Joel para darle consuelo—.
Encontraremos tus…
cosas.
Solo necesitamos un poco más de paciencia.
Joel soltó un suspiro profundo, mirando al cielo como si esperara alguna señal divina que les guiara en la dirección correcta.
Pero en lugar de respuestas, solo recibía el eco de su propia frustración.
—No es solo eso, Gaby.
Es…
es como si todo esto fuera una maldita broma del universo.
¿Por qué a mí?
—dijo, su voz quebrándose ligeramente.
Antes de que Gaby pudiera responder, Azrakil, que los había seguido por pura curiosidad y aburrimiento, apareció flotando a su lado con una sonrisa burlona.
—Oh, pobres mortales, buscando sus…
¿cómo las llamabas?
“Bolitas”.
Qué espectáculo tan patético —comentó con una risa sarcástica—.
¿No les enseñaron que una vez que el destino te despoja de algo, rara vez lo recuperas?
—¡Cállate, Azrakil!
—gritó Joel, con los ojos llenos de ira, pero también con una chispa de esperanza—.
Si sabes algo, ¡dilo ahora mismo!
Azrakil se encogió de hombros, disfrutando del tormento de Joel.
No tenía ninguna razón real para ayudarlos, pero ver el sufrimiento humano siempre le había proporcionado una especie de entretenimiento.
—Bueno, bueno…
—dijo Azrakil con una sonrisa perversa—.
Tal vez vi algo en un lugar al otro lado del bosque…
Pero, claro, necesitaría algo a cambio.
—¡Dilo ya o te encierro en otro maldito peluche!
—amenazó Joel, con un brillo peligroso en sus ojos.
Azrakil rió ante la amenaza, pero levantó una mano como señal de tregua.
—Está bien, está bien…
Sigamos caminando.
Tal vez, solo tal vez, recuerde el camino hacia tus preciadas…
“partes perdidas”.
Gaby y Joel intercambiaron miradas, sabiendo que no tenían otra opción más que seguir la guía del caprichoso espíritu.
Mientras tanto, la búsqueda continuaba, una mezcla de lo absurdo y lo trágico, con la esperanza de que al final encontrarían lo que Joel tanto anhelaba recuperar.
Fin.
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