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History academy arco 6: El fin del mundo. - Capítulo 35

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Capítulo 35: Episodio 35: Necesario?

Victor, visiblemente molesto, se pasó una mano por el rostro antes de mirar a Abigail con una expresión de frustración.

Victor: “¿Ahora qué le diré a mi esposa, Abigail? ¿Qué le voy a contar? ¿Que, ‘oh, amor, sí, me chantajeó y me usó como un conejillo de indias para tener un hijo’? ¿Eso quieres que le diga? ¿Eso va a hacer que todo esto tenga sentido?”

Abigail lo miró fijamente, sin inmutarse, como si sus palabras no tuvieran peso en ella. Su expresión seguía siendo fría y calculadora.

Abigail: “Eso es entre tú y tu esposa, Victor. No me importa lo que digas, porque esto no es sobre ella, es sobre lo que hicimos tú y yo. No estás viendo el panorama completo.”

Victor suspiró pesadamente, su frustración creciendo.

Victor: “¡El panorama completo! ¿Y qué es lo que debo ver? Porque todo esto me parece una locura. Tú sigues buscando alguna forma de venganza, y yo… yo ya estoy harto de que el pasado siga pesando sobre mí. No me pidas que haga esto, Abigail. Ya no puedo seguir con esto.”

La tensión entre ambos creció, pero Abigail no parecía dispuesta a ceder, mientras que Victor se encontraba atrapado entre la ira y la desesperación por una situación que él nunca quiso que llegara a este punto.

Abigail, con una mirada desafiante, tocó su vientre y miró a Victor, como si lo estuviera retando a aceptar las consecuencias de sus acciones.

Abigail: “Igual ya lo hiciste, no te quejes ahora. Además…” tocó su vientre con una sonrisa tenue, “de aquí saldrá otro hijo tuyo.”

Victor se quedó en silencio por un momento, procesando sus palabras. La realidad de la situación lo golpeó, pero su expresión seguía siendo una mezcla de frustración y cansancio. La idea de lo que Abigail había hecho y las implicaciones de ello lo perturbaban profundamente.

Victor: “Esto… esto no es lo que esperaba. No puedo simplemente… aceptarlo así. No quiero estar en este ciclo, Abigail. No quiero más de lo que pasó.”

Abigail lo miró fijamente, sin mostrar señales de arrepentimiento.

Abigail: “Ya no tienes opción, Victor. Es tarde para arrepentimientos. Y créeme, lo que pasó, pasó por una razón. Este hijo… será la pieza que cierre el círculo. Ya lo verás.”

Victor cerró los ojos por un momento, sintiendo el peso de la situación sobre él. Sabía que, aunque quisiera cambiar las cosas, ya no había marcha atrás.

Victor, con la mirada perdida, sintió una oleada de angustia y tristeza. Las lágrimas comenzaron a caer lentamente, mientras su voz se quebraba al hablar.

Victor: “Mi esposa… se enojará conmigo. ¿Qué le diré? ¿Cómo le explico esto? Yo… la amo a ella, Abigail. Y ahora… ahora todo está destruido.”

Abigail observó a Victor, su expresión un tanto más neutral, como si sus palabras no causaran el impacto que él esperaba. Sabía que había sido cruel con él, pero no mostraba ninguna señal de arrepentimiento.

Abigail: “Lo que pasó no tiene marcha atrás, Victor. No te preocupes por ella. Lo que importa ahora es lo que tú vas a hacer con esta situación.”

Victor se dejó caer en una silla cercana, con la cabeza entre sus manos, luchando contra el dolor interno que sentía. La culpa lo consumía, sabiendo que había traicionado a Luci de la manera más dolorosa. La incertidumbre sobre cómo enfrentarla lo paralizaba.

Victor: “No sé qué hacer. Me siento atrapado… entre lo que hice y lo que siento por ella. No quiero perderla. Pero… esto… ¿cómo le voy a decir?”

Abigail no respondió de inmediato, pero su presencia se mantenía firme. Victor sabía que lo que estaba viviendo era el resultado de sus propias decisiones, pero eso no aliviaba el tormento que sentía por el amor que todavía sentía por Luci y las consecuencias de sus actos.

Abigail, al ver que Victor continuaba con su sufrimiento, soltó un suspiro molesto. Su tono se volvió más cortante, como si ya no tuviera paciencia con su lamento.

Abigail: “Bien, le diré que te utilicé como juguete sexual, si se puede decir así… Solo deja de llorar, pareces una niña. ¿No ves que esto ya no tiene remedio? Ya está hecho.”

Victor, aún sumido en sus pensamientos, levantó la mirada hacia ella, sintiendo el peso de sus palabras. Aunque su enojo y falta de empatía lo golpearon con fuerza, también comprendió que, en parte, todo lo que sucedía era producto de sus propios errores.

Victor: “No necesitas restregarme esto, Abigail. Yo ya sé lo que hice, pero no quiero que todo esto destruya lo que tengo con ella… No quiero perderla.”

Abigail lo observó en silencio, como si estuviera evaluando cada palabra que él decía. Sus sentimientos hacia él eran ambiguos, y mientras tanto, la situación seguía avanzando sin solución clara.

Abigail: “Eso ya depende de ti, Victor. No de mí. Pero te advierto, ya no hay vuelta atrás.”

Victor llegó a la habitación con una sensación de angustia, sabiendo que lo que iba a suceder no sería fácil. Luci, sentada en una silla, levantó la mirada al verlo entrar, pero antes de que pudiera hablar, Abigail se adelantó.

Abigail, con tono calmado pero mordaz, comenzó a explicar la situación sin titubeos:

Abigail: “Luci, déjame ser clara. Utilicé a tu esposo como un juguete sexual durante ocho horas. Por eso no había regresado antes. No me arrepiento, y él tampoco parece tan afectado por ello, ¿verdad?”

Luci quedó en silencio por un momento, procesando las palabras de Abigail. Su rostro mostró una mezcla de incredulidad y frustración. No podía creer lo que acababa de escuchar.

Luci, con voz firme, le respondió a Abigail antes de mirar a Victor:

Luci: “¿Así que esto fue lo que sucedió? ¿Por ocho horas? ¿Y no me dijiste nada? ¿De verdad creías que no me daría cuenta de lo que pasaba entre ustedes dos?”

Victor, intentando articular una respuesta, se acercó a Luci, pero la mirada furiosa de ella lo hizo detenerse. Sabía que las palabras no bastarían para reparar lo que había hecho.

Luci, ignorando a Victor por un momento, se dirigió directamente a Abigail.

Luci: “No sé qué esperabas lograr con esto, Abigail. Pero si pensabas que podía aceptar esto de manera tan fácil, te equivocas. No soy tonta, y esto no va a quedar sin consecuencias.”

Victor, con la cabeza agachada, susurró:

Victor: “Luci, yo… lo siento. No sé qué decir, no hay excusa para lo que hice. Te lo prometo, no lo planeé. No sé ni cómo llegamos a esto.”

Abigail observó la escena con una mirada fría, como si disfrutara de la tensión que había creado. Sabía que Luci estaba furiosa, pero también entendía que Victor debía enfrentar las consecuencias de sus acciones.

Luci miró fijamente a Victor, respirando hondo antes de hablar, esta vez con una calma peligrosa:

Luci: “No sé si puedas redimirte de esto, Victor. Lo que más me molesta es que no me dijiste la verdad desde el principio.”

Abigail, viendo la situación, se cruzó de brazos, con una ligera sonrisa en su rostro.

Abigail: “Ya es demasiado tarde para arrepentimientos, Luci. La verdad está sobre la mesa. Lo que hagan con ella ahora depende de ustedes.”

La atmósfera en la habitación se cargó de tensión. Luci, visiblemente molesta, solo observó a Victor, esperando que él diera alguna explicación más convincente.

Después de lo ocurrido, Abigail, sin decir mucho más, hizo un gesto frío hacia Victor y Luci, antes de tomar a Adrien y Ezequiel, y marcharse. No hubo despedidas, solo una acción rápida y decidida. La familia de Abigail se fue a vivir con Joel, dejando atrás el caos que había dejado en la vida de Victor y Luci.

Victor, por su parte, se quedó en la cama, agotado tanto física como emocionalmente. Había pasado por una serie de eventos que lo habían dejado destrozado, y ahora, con la partida de Abigail y sus hijos, se sentía más solo que nunca. La profunda tristeza y desesperación lo envolvían. Sabía que había fallado en todo: en su familia, en sus decisiones y, sobre todo, en la relación que había tratado de mantener con Luci.

Luci, aunque no había querido mostrarse completamente vulnerable, había quedado herida. Su enojo hacia Victor era palpable, y ahora, más que nunca, sentía la distancia entre ellos. Aunque no lo dijera en voz alta, la confianza rota no podía repararse con simples palabras.

Mientras Victor permanecía en la cama, no podía dejar de pensar en todo lo que había sucedido, lo que había perdido y lo que posiblemente nunca podría recuperar. El peso de sus errores lo abrumaba. En su mente, la culpa lo mantenía cautivo, mientras que la soledad lo aplastaba más cada minuto que pasaba. No había forma de escapar de su propio sufrimiento.

Pero no todo estaba perdido. Victor sabía que debía encontrar alguna forma de arreglar las cosas, aunque no sabía por dónde empezar. Solo sabía que, de alguna manera, tendría que enfrentarse a las consecuencias de sus actos y encontrar una forma de sanar, si aún quedaba alguna esperanza para él y su familia.

Luci, con los ojos llenos de rabia, llegó a la cama y se acercó rápidamente a Victor. Lo agarró del cuello con fuerza, y su voz temblaba entre la ira y la tristeza. “¿Por qué, Victor? ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué con ella?”, gritó, apretando más su agarre.

Victor, luchando por respirar, sintió una oleada de angustia. Las lágrimas caían sin poder detenerlas, mezclándose con su dolor físico y emocional. Cada palabra que Luci pronunciaba lo golpeaba más fuerte que cualquier cosa que pudiera haber hecho en la vida. Se sentía culpable, incapaz de explicarse, de hacer que Luci entendiera el porqué de sus acciones.

Intentó hablar, pero solo le salió un suspiro ahogado entrecortado. La ansiedad y el temor lo invadieron. No solo había destruido su relación con Luci, sino también con él mismo. “Lo… lo siento…”, dijo entre sollozos, intentando levantar una mano, pero su cuerpo estaba paralizado por el miedo y la culpa. No podía respirar correctamente, y cada vez se sentía más débil, atrapado en su propio sufrimiento.

Luci, al ver que Victor no podía defenderse, lo soltó, pero su rostro seguía reflejando una mezcla de enojo y desconcierto. Las palabras se le atoraban en la garganta, sin saber cómo expresar todo lo que sentía. A pesar de la furia que lo invadía, algo dentro de ella también lloraba, aunque se negaba a mostrarlo. Se dio media vuelta, incapaz de soportar más la visión de su esposo destruido y quebrado frente a ella.

Victor, aún con la sensación de no poder escapar de su dolor, no sabía cómo reparar lo irremediable. Las lágrimas continuaron corriendo por su rostro, pero ahora sentía que todo lo que había hecho, todo lo que había perdido, estaba más allá de cualquier posible redención.

Después de un largo silencio en el que Luci se calmó, sus ojos ya no reflejaban tanto enojo, sino una mezcla de tristeza y agotamiento. Se acercó lentamente a Victor, quien todavía estaba acostado, con el rostro lleno de lágrimas. Al principio, ella no sabía qué decir, cómo hacer para que él entendiera lo que ella había sentido, y también lo que ella había pasado. Finalmente, con una voz suave, casi quebrada, Luci susurró: “Te perdono, Victor. Pero no es tan fácil para mí… ni para ti.”

Victor, aún con el miedo y la angustia pesando sobre su pecho, levantó la mirada hacia ella. Aunque las palabras de Luci eran tranquilizadoras, algo dentro de él seguía retumbando con una sensación de desconfianza. El agarre que había sentido en su cuello, la furia en sus ojos, la violencia con la que la había atacado… eso lo había marcado de una forma que no podía simplemente borrar.

“No lo entiendo”, dijo Victor con un tono cansado, pero sincero. “No sé cómo… cómo te atreves a perdonarme después de lo que hice… y lo que hiciste tú.” El recuerdo de su propia vulnerabilidad frente a ella, de esa furia que había experimentado, lo hacía dudar.

Luci suspiró, sentándose al borde de la cama. “Lo que hice, lo hice por mi dolor. Estaba tan furiosa, Victor, porque sentí que me habías traicionado de una manera que ni siquiera yo comprendía en ese momento. Pero el enojo se apaga, aunque las cicatrices queden.”

Victor miró sus manos temblorosas, incapaz de entender del todo el peso de las palabras de Luci. No había podido anticipar cómo sus acciones la habrían afectado tan profundamente. “Pero… ¿y tú?”, preguntó con dolor. “¿Me perdonas porque de verdad lo sientes, o solo lo haces porque sientes que debes hacerlo? Porque yo… no sé si puedo olvidarlo.”

Luci se quedó en silencio por un momento. “Lo que hicimos juntos… eso es algo que ninguno de los dos puede deshacer. Pero lo que está aquí”, señaló su corazón, “no tiene que definirse por un solo error. Si seguimos adelante, no será porque lo de ayer haya desaparecido, sino porque decidimos, juntos, dejarlo ir. Pero si no confías en mí, si sientes que todo esto es una mentira, no puedo hacer nada para que lo cambies. Solo tú puedes hacerlo.”

Victor asintió lentamente, aún desconfiado, con el alma dividida. “Lo que hicimos… lo que me hiciste… me dejó marcado, Luci”, dijo con sinceridad. “Y aunque me duela, no sé si podré volver a ver las cosas de la misma manera. Pero… lo intentaré. No prometo que sea fácil, ni que lo olvide, pero lo intentaré.”

Luci lo miró, no con rabia, sino con una aceptación triste. “Eso es todo lo que puedo pedir, Victor. Vamos a ver si podemos reconstruir algo… pero va a llevar tiempo. Y si alguna vez sientes que no puedes hacerlo, dímelo. No quiero que sigas sintiendo lo que sientes ahora. No lo mereces.”

Victor cerró los ojos, sintiendo el peso de las palabras de Luci. Sabía que la batalla aún no había terminado. El camino hacia la reconciliación, si es que existía, sería largo. Pero por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía haber una luz al final del túnel, aunque débil y distante.

La situación se tornó tensa y dolorosa en la habitación. Cuando Luci intentó acercarse a Victor, con la esperanza de recuperar algo de la conexión que habían perdido, no anticipó lo que sucedería. Victor, atrapado en un torbellino de recuerdos traumáticos y miedo, reaccionó con un instinto de defensa que no podía controlar. En un segundo, cuando sus ojos se abrieron y vio a Luci acercándose a él en la oscuridad, su mente se nubló con el temor de estar de nuevo atrapado en una situación que no quería revivir.

“¡No!”, gritó Victor, su cuerpo temblando mientras empujaba a Luci hacia atrás, con más fuerza de la que había querido usar. El miedo era palpable en su rostro; su respiración se volvía cada vez más errática. “¡No, no quiero hacer esto! No… no contigo… no después de todo…” La sensación de inseguridad y vulnerabilidad lo había dejado paralizado, como si estuviera enfrentando nuevamente sus demonios.

Luci, sorprendida por la reacción violenta, cayó hacia atrás en la cama, sin comprender completamente qué había sucedido. Cuando Victor se encogió en posición fetal, apartándose de ella, se dio cuenta de que algo mucho más profundo había ocurrido. No era solo un malentendido, era una manifestación de todo el dolor que él había acumulado.

Victor, aún temblando, levantó su mirada hacia ella, pidiendo disculpas con la mirada, aunque las palabras se le atragantaban. “Lo siento, Luci… no es lo que pensaste… me… me asusté”, dijo entre sollozos, tratando de controlar su respiración. “Es solo que… cada vez que… cada vez que pienso que lo que pasó podría repetirse, no puedo… no sé cómo…”.

Luci, aunque atónita y lastimada por el golpe involuntario, se dio cuenta de que lo que había sucedido no era culpa de Victor. Su mente estaba claramente bloqueada por los traumas y miedos que todavía lo acechaban. Con el corazón pesado, Luci se acercó lentamente, dejando que él viera su rostro, sin intentar tocarlo de inmediato.

“Victor, respira”, dijo suavemente, su voz llena de comprensión. “Yo… no soy ella. No soy Abigail. Pero sé que lo que pasó te marcó, y lo que más quiero es que te sientas seguro conmigo.”

Victor, todavía con el miedo en los ojos, asintió ligeramente, sin saber cómo procesar lo que había sucedido. “No sé si pueda… ya no sé si pueda confiar en mí mismo, Luci. No sé si pueda…”.

Luci se sentó cerca de él, sin tocarlo aún, pero con la intención de ser un apoyo. “No tienes que confiar en ti mismo en este momento. Solo tienes que sentir que no estás solo. Vamos a hacer esto juntos, paso a paso. Y si algún día te sientes así de asustado, dime. No tienes que enfrentarlo todo solo.”

El silencio llenó la habitación, cargado de emociones no expresadas. Victor aún no podía dejar de sentirse vulnerable, pero las palabras de Luci comenzaban a calmar su agitación. Aunque no era fácil, sabía que ambos debían encontrar una forma de sanar.

Luci, al ver la reacción de Victor, no dudó ni un segundo. Con una suavidad que contrastaba con la intensidad de la situación, lo abrazó con fuerza, rodeándolo con sus brazos de una forma protectora. Quería transmitirle que estaba allí, que no tenía nada que temer de ella. Pero Victor, atrapado por su propio miedo, se tensó en un principio, como si el abrazo fuera otra amenaza, un recordatorio de las experiencias dolorosas que aún lo perseguían.

“¡No… no!” Victor murmuró entre sollozos, tratando de apartarse, el miedo palpable en su voz. “No me toques, por favor, no…”. Su cuerpo temblaba, las manos presionando contra el pecho de Luci, como si tratara de alejarse de algo que no podía entender ni controlar.

Luci, sin soltarlo, lo sostuvo más fuerte, reconociendo el dolor que Victor no podía verbalizar, pero que era tan evidente en su comportamiento. “Victor, por favor… está bien. No tienes que temer,” le susurró, su voz suave pero firme, dejando claro que no se iba a rendir en ese momento. “Soy yo, Luci… tu esposa. No voy a hacerte daño.”

Fue en ese momento, con esas palabras, que algo en Victor rompió. No pudo seguir luchando. Su cuerpo, agotado de tanto temer y sufrir, se relajó lentamente, y en lugar de apartarse de Luci, finalmente cedió al abrazo. Se dejó envolver, apretándola con todas sus fuerzas, como si aferrarse a ella fuera la única forma de mantenerse a flote.

Lloró desconsolado, sin pudor ni reservas. Todo lo que había reprimido, todo el sufrimiento acumulado a lo largo de su vida, salió de golpe. Lágrimas calientes mojaron el hombro de Luci mientras él se aferraba a ella, buscando consuelo, buscando un refugio. “Lo siento… Lo siento tanto…” susurró entre sollozos, las palabras llenas de arrepentimiento y dolor. “No sé qué me pasa, no sé cómo…”

Luci no dijo nada al principio. Simplemente lo sostuvo, acariciando su espalda con suavidad, dejando que él se desahogara, que liberara todo lo que había estado guardando. Sabía que no había palabras que pudieran sanar su herida de inmediato, pero al menos, en ese momento, podía estar allí, ser su apoyo. Podía ofrecerle algo que no había tenido en mucho tiempo: paz y aceptación.

El abrazo duró largo rato, ambos en silencio, envueltos en la necesidad de sentirse conectados, de sanar juntos, paso a paso. Aunque la situación seguía siendo complicada y llena de dolor, en ese momento, ambos sabían que la única forma de superar lo que había sucedido era enfrentarlo juntos.

Victor, agotado tanto física como emocionalmente, finalmente cedió al peso del cansancio. Su respiración, entrecortada al principio, poco a poco se volvió más tranquila, aunque aún quedaban leves lágrimas en sus ojos, reflejo del dolor que aún habitaba en su interior. Con el rostro apoyado en el hombro de Luci, sus músculos tensos finalmente se relajaron, entregándose al sueño.

Luci lo observó en silencio, acariciando suavemente su cabello mientras mantenía el abrazo. Sabía que, aunque el descanso era necesario, el camino hacia la recuperación sería largo. Pero en ese momento, lo único que importaba era que Victor, al menos por unas horas, pudiera encontrar un poco de paz.

Con un suspiro profundo, Luci también cerró los ojos, prometiéndose a sí misma que estaría a su lado, pase lo que pase.

Victor, aún adormecido y con el cuerpo pesado por el agotamiento, caminó hacia la puerta al escuchar el timbre. Al abrir, encontró una caja pequeña y, al examinarla, descubrió una nota junto a una prueba de embarazo con resultado positivo. El nombre de Abigail estaba claramente escrito en el papel, junto a unas palabras breves: “Cumpliste tu parte.”

El impacto fue inmediato. Victor sintió un nudo en el estómago y el impulso de deshacerse de la prueba alzó su mano izquierda, cargando energía lista para destruirla. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, Luci apareció detrás de él y sujetó suavemente su brazo.

—Victor, no lo hagas —dijo con voz calmada pero firme, sus ojos llenos de comprensión y tristeza—. Sé que esto te duele… pero no es tu culpa.

Victor bajó lentamente la mano, su respiración temblorosa. Miró a Luci, buscando alguna señal de odio o rencor, pero solo encontró compasión. Aun así, el peso de la culpa seguía aplastándolo.

—No fue mi decisión, Luci. Yo… no quería esto.

Luci lo abrazó, apoyando su cabeza en su pecho.

—Lo sé, amor. Lo sé. Pero ahora estamos juntos en esto. No estás solo.

Victor cerró los ojos, dejando caer algunas lágrimas silenciosas mientras trataba de encontrar consuelo en sus palabras, aunque la batalla interna seguía ardiendo dentro de él.

Victor, después de un largo suspiro, tomó la decisión de dejar el lugar donde estaban pasando sus vacaciones. Se sentía demasiado abrumado y necesitaba regresar a un entorno familiar donde pudiera pensar con claridad.

—Luci, volvamos a casa —dijo con voz suave pero firme, evitando mirar la prueba nuevamente.

Luci asintió, entendiendo que Victor necesitaba tranquilidad. Empacaron sus cosas en silencio, y pocas horas después, ya estaban en camino. El viaje de regreso fue silencioso, con Victor sumido en sus pensamientos, mientras Luci lo observaba preocupada pero respetando su espacio.

Al llegar a casa, Victor dejó caer las maletas en la entrada y se desplomó en el sofá, con la mirada perdida en el techo.

—Aquí estaremos bien, amor —murmuró Luci mientras se sentaba a su lado, tomando su mano entre las suyas—. Tómate tu tiempo.

Victor asintió, apretando suavemente su mano. Aunque el dolor seguía presente, al menos estaba en casa, junto a la persona que lo comprendía y apoyaba.

Rigor llegó a la puerta de la casa de Victor y, al ver la expresión tensa de Luci, supo que algo no estaba bien. Golpeó suavemente la puerta antes de entrar.

—¿Dónde está Victor? —preguntó con preocupación.

Luci lo miró, cruzando los brazos, su rostro reflejando una mezcla de enojo y tristeza. Después de un largo silencio, habló en voz baja, como si las palabras le pesaran demasiado:

—Está en la sala… No está bien, Rigor. Alguien… abusó de él. —La última parte salió casi como un susurro, como si el aire se le escapara al decirlo.

Rigor quedó en shock, sus ojos se llenaron de furia y preocupación.

—¿Qué? ¿Cómo pasó eso? ¿Quién fue?

Luci negó con la cabeza, indicando que no quería entrar en detalles.

—Lo importante ahora es que necesita apoyo. Está muy afectado.

Rigor asintió, apretando los puños antes de dirigirse a la sala donde encontró a Victor, sentado en el sofá, con la mirada perdida. Se acercó lentamente y se sentó a su lado, sin decir nada al principio, solo estando allí para su amigo.

—Estoy aquí, hermano. Lo que necesites —dijo finalmente, su voz firme pero llena de empatía.

Victor no respondió de inmediato, pero el simple hecho de tener a Rigor allí parecía darle un pequeño consuelo en medio del caos.

Rigor, después de días de investigación silenciosa, siguió las pistas que lo llevaron a descubrir que Abigail, la madre de Joel, era la responsable del sufrimiento de Victor. Sin embargo, algo no cuadraba: todos los registros oficiales indicaban que Abigail estaba muerta desde hacía años. Esto solo aumentó su sospecha y lo llevó a buscar respuestas directamente con Joel.

Una tarde, decidió visitar la casa de Joel. Tocó la puerta y, al abrirse, notó algo inquietante. Quien estaba allí no era Joel ni Gaby. Era una mujer con una presencia familiar y perturbadora: Abigail.

Rigor mantuvo la calma, aunque su mente se llenó de preguntas. Abigail, quien supuestamente estaba muerta, lo miraba con una sonrisa tranquila.

—¿Joel está en casa? —preguntó Rigor, midiendo sus palabras cuidadosamente.

Abigail inclinó la cabeza, como si disfrutara del juego.

—No, pero puedes esperar adentro si quieres. —Su tono era casual, pero había una tensión palpable en el aire.

Rigor entró, su mirada recorriendo el lugar en busca de pistas. Mientras tanto, su mente analizaba cada detalle. Estaba claro que algo extraño estaba ocurriendo, y ahora tenía la confirmación de que Abigail estaba viva. Sabía que tenía que proceder con cautela para proteger a Victor y descubrir toda la verdad.

Rigor se sentó en el sofá, cruzando las manos sobre su regazo mientras observaba a Abigail con una mirada fría y calculadora. El silencio en la habitación se volvió denso. Abigail, aparentemente relajada, se recostó en una silla frente a él, con una sonrisa ligera que no alcanzaba sus ojos.

—Voy a ser directo —dijo Rigor, su voz firme, pero tranquila—. ¿Fuiste tú quien abusó de Victor? Mi amigo. Mi estudiante.

La sonrisa de Abigail se desvaneció, y su expresión se volvió seria. Cruzó las piernas y sostuvo la mirada de Rigor.

—¿Y si lo fui? —respondió con un tono desafiante, sin rastro de arrepentimiento.

Rigor apretó los puños, pero mantuvo el control. No iba a dejarse llevar por la ira. Sabía que necesitaba respuestas, no confrontación.

—Quiero entender por qué. ¿Qué esperabas conseguir con eso? Sabes lo que él ha pasado, lo que ha sufrido. ¿Esto es venganza? ¿Un juego? —Sus ojos mostraban una mezcla de decepción y preocupación.

Abigail suspiró, apoyándose en el respaldo.

—Él destruyó mi vida. Mató a mi hijo… o eso creí durante años. Necesitaba algo a cambio. Un equilibrio.

Rigor negó con la cabeza lentamente.

—Ese no es equilibrio. Eso es crueldad. Victor no es el hombre que piensas. Ha cargado con más dolor del que imaginas.

El silencio volvió a instalarse, pero esta vez era diferente. Una tensión palpable, un enfrentamiento de voluntades. Rigor sabía que, aunque había obtenido una confesión, esto apenas era el comienzo de una verdad mucho más compleja.

Abigail cruzó los brazos, mirando a Rigor con una mezcla de enojo y altivez.

—No creo que haya sufrido tanto como yo. —Su voz sonaba fría, casi burlona—. ¿Perdió a alguien? ¿Lo traicionaron? ¿Le arrebataron todo?

Rigor la observó en silencio durante unos segundos, dejando que sus palabras se asentaran en el aire. Su expresión era grave, pero sus ojos reflejaban una paciencia agotada.

—¿Eso crees? —preguntó, en voz baja pero firme—. ¿Que el dolor de Victor es menor porque no lo viste?

Abigail alzó una ceja, como si estuviera a punto de responder, pero Rigor levantó una mano, deteniéndola. Con un gesto lento, pero decidido, abrió un portal a su lado, una ráfaga de energía luminosa llenando la habitación. Desde dentro, sacó un pergamino antiguo, envuelto en símbolos que parecían latir con vida propia.

—Este pergamino muestra verdades. No excusas. No comparaciones mezquinas. Solo la realidad.

Abigail lo miró con escepticismo, pero había algo en la solemnidad de Rigor que le impidió hablar.

—Voy a enseñarte lo que Victor ha vivido. Cada pérdida, cada sacrificio, cada noche sin descanso. —Desplegó el pergamino, dejando que las runas comenzaran a brillar intensamente—. Si quieres comparar sufrimientos, hazlo con conocimiento. Pero te advierto, Abigail… una vez que veas esto, no habrá vuelta atrás.

El portal comenzó a mostrar fragmentos de recuerdos, flashes de momentos llenos de dolor y sacrificio. Abigail, aunque reticente, no apartó la mirada. Algo en su interior le decía que estaba a punto de descubrir una verdad que nunca imaginó.

Rigor se mantuvo firme mientras las imágenes se desplegaban frente a Abigail, cada momento revelado como un golpe silencioso. Abigail observaba con creciente incomodidad, sin poder apartar la vista del pergamino que revelaba la desgarradora vida de Victor.

La escena inicial mostraba a un joven Victor, atrapado y vulnerable, sometido a abusos físicos, sexuales y psicológicos en su mundo natal. Abigail frunció el ceño, pero no dijo nada. Luego vinieron las discusiones con María, su mejor amiga, antes de que desapareciera, marcando el inicio de una cadena de tragedias.

La traición de su mejor amigo, la destrucción de su planeta, y el peso de liderar conquistas en busca de justicia o venganza, se sucedieron. Abigail apretó los labios al ver la devastación que Victor soportaba.

Entonces, la batalla contra Karla’k apareció, con escenas donde Victor veía morir a sus amigos uno por uno. Abigail retrocedió un paso, asustada por la magnitud del sufrimiento. Luego, el momento más devastador: María, revivida pero controlada por Evil Victor, luchando contra él. Victor la venció, pero no sin costo emocional.

Las imágenes avanzaron rápidamente a los enfrentamientos con Xal’Azar, donde Victor casi perdió un ojo y un brazo, y luego la aterradora lucha contra Xar’khal, la fusión de cuerpos y conceptos. Abigail sintió un nudo en el estómago al ver cómo Victor sobrevivía por pura fuerza de voluntad.

Finalmente, las escenas llegaron al abuso reciente, el momento en que Abigail lo sometió. Rigor la miró de reojo, notando cómo sus ojos se llenaban de una mezcla de culpa y confusión.

—Esto es lo que ha vivido Victor —dijo Rigor, con voz solemne—. No hay comparación posible. Lo que tú le hiciste fue el punto final de un ciclo de dolor que nunca pidió.

Abigail se quedó en silencio, sin palabras, mientras el portal se cerraba lentamente.

Rigor, con una mirada fría y calculada, dio un paso adelante, manteniendo su dedo firme apuntando a la garganta de Abigail. Ella intentó abrir la boca para justificar o minimizar lo que había hecho, pero la intensidad en los ojos de Rigor la detuvo.

—Tu error, Abigail —dijo con voz grave y cargada de desprecio—, fue quitarle lo único que le quedaba: la paz. Eso es algo que nunca debiste tocar.

Abigail tragó saliva, sintiendo el peso de esas palabras. Su orgullo quería responder, pero el aura imponente de Rigor la mantuvo en silencio.

—Podría acabar contigo ahora mismo —continuó, su voz como un susurro mortal—. Pero no lo haré. No porque no lo merezcas, sino porque quiero que vivas. Quiero que cada día, cada noche, recuerdes lo que hiciste. Que ese pensamiento te carcoma. Esa será tu verdadera condena.

Abigail bajó la mirada, sintiendo por primera vez el verdadero alcance de sus acciones. Rigor retrocedió lentamente, sin apartar la vista de ella, asegurándose de que entendiera que ya no había más excusas.

Abigail, sintiendo que su ego había sido completamente destrozado, se quedó paralizada por un momento. Las palabras de Rigor resonaban en su mente, aplastando cualquier intento de justificar sus acciones.

Rigor, con una calma inquietante, tomó el pergamino con una expresión implacable. La tensión en el aire era palpable. Cuando Abigail, con los ojos llenos de ira y vulnerabilidad, intentó hablar, su voz tembló ligeramente.

—Rigor… yo… —empezó, pero sus palabras quedaron atrapadas en su garganta.

Rigor la miró fijamente, sin mostrar ningún atisbo de compasión. Su mirada era fría, calculadora.

—¿Disculpas? —repitió con una voz grave, como si estuviera considerando la idea—. No. No las quiero de mí. Ve y pídele disculpas a quien realmente las necesita.

Abigail intentó articular algo, pero la furia en su interior solo aumentaba al sentir la humillación en cada palabra de Rigor. Él sabía exactamente cómo herirla, cómo devolverle todo el daño que había causado, no con violencia, sino con palabras que dejaban cicatrices más profundas que cualquier golpe.

—A Victor —continuó Rigor con tono severo—, él es el que debería recibir tus disculpas, y no a mí. No tienes nada que decirme a mí. Solo él, Abigail. Así que, si tienes algo de dignidad, ve y enfréntalo. Y si no lo haces, serás solo otra persona más que se ha despojado de todo lo que alguna vez fue su humanidad.

Abigail apretó los dientes, su orgullo resquebrajado por completo. Pero no pudo evitar la sensación de que Rigor tenía razón, y el vacío en su interior comenzó a convertirse en una vergüenza aplastante.

Abigail, furiosa y llena de frustración, salió del hotel con el rostro tenso, sus manos temblando por la rabia acumulada. Sus pensamientos giraban incesantemente mientras se dirigía a la salida, buscando algo en el aire que pudiera aliviar la presión en su pecho. Sabía que necesitaba pedir disculpas, pero las palabras se le atoraban, y la idea de enfrentar a Victor la hacía sentir más vulnerable que nunca.

Los empleados del hotel le dijeron que Victor ya se había marchado y que había regresado a su casa. Esto la dejó aún más desconcertada y, en su interior, su enojo creció al no poder siquiera encontrarlo. El hotel, como todas las demás puertas cerradas en su vida, había sido una trampa que no pudo superar.

—¿Dónde está su casa? —preguntó, apretando los dientes, a punto de explotar.

Los empleados la miraron con cautela, sin atreverse a dar una respuesta concreta. No sabían, ni querían involucrarse más de lo necesario.

Abigail apretó los puños. ¿Dónde diablos se había ido? La rabia la invadía, pero sabía que no podía simplemente quedarse sin hacer nada, sin entender qué hacer a continuación. No podía dejar que Victor siguiera alejándose de ella, ni mucho menos dejar que todo lo que había hecho quedara sin consecuencias.

Por más que lo intentara, algo dentro de ella no quería admitir que quizás, en el fondo, aún quedaba algo de arrepentimiento. Pero la rabia seguía siendo más fuerte que cualquier sentimiento de culpa.

Entonces, sin más opciones, se dio la vuelta y comenzó a caminar por la calle, buscando cualquier pista que la guiara hasta la casa de Victor, con la esperanza de que aún pudiera llegar a tiempo, aunque su corazón le decía que la distancia entre ellos se estaba haciendo cada vez más insalvable.

Después de una semana de búsquedas intensas, interrogatorios a personas que ni siquiera conocía, y noches sin dormir, Abigail finalmente logró encontrar la casa de Victor. El cansancio físico y emocional la había desgastado, pero el deseo de confrontar a Victor y pedirle disculpas la mantenía en pie. Sabía que había cruzado muchas líneas, pero aún no podía aceptar el peso de sus actos sin al menos intentar enmendarlos, aunque su orgullo luchara contra su necesidad de redención.

Cuando llegó, el lugar no era lo que esperaba. No era una mansión lujosa ni un refugio lleno de secretos oscuros, sino una casa modesta en un vecindario tranquilo. La calma del lugar, la simpleza de la estructura, le hizo sentir una punzada de incertidumbre. En su mente, había creído que Victor viviría en algún sitio grandioso, que todo en su vida sería más grande y complicado de lo que parecía.

Abigail se detuvo frente a la puerta, mirando la casa. Su respiración era profunda y agitada, mientras se preguntaba si realmente estaba lista para enfrentar las consecuencias de sus actos. ¿Qué le diría? ¿Cómo se disculparía? Sabía que no podía arreglar todo de una vez, pero tenía que intentarlo. Por lo menos, debía reconocer su error.

Con una mano temblorosa, tocó el timbre. La espera, aunque breve, le pareció eterna. Cuando la puerta se abrió, el rostro de Victor apareció, sorprendido y algo cauteloso al verla frente a él.

—Victor… —dijo Abigail con voz baja, sin poder mirarlo directamente. Su actitud era un tanto humilde, algo que rara vez mostraba, pero el peso de lo que había hecho la estaba aplastando.

Victor la observó en silencio, su rostro no mostraba odio ni amor, solo una especie de indiferencia que le dolió aún más que cualquier otra reacción.

—¿Qué quieres, Abigail? —preguntó con calma, sin mostrar emoción alguna.

Abigail respiró hondo y, con una leve vacilación, dio un paso hacia él. Sabía que las palabras no serían suficientes para redimir lo que había hecho, pero era lo único que podía ofrecer en ese momento.

—Quiero… quiero disculparme, Victor. Sé que lo que hice fue terrible, y… y lo lamento. —Dijo, las palabras se le escaparon con dificultad, como si le costara cada una de ellas.

Victor permaneció en silencio, observándola con intensidad, como si estuviera evaluando cada palabra, cada gesto. La tensión en el aire era palpable. Abigail esperó su respuesta, sabiendo que no tenía derecho a exigir nada de él.

Finalmente, Victor habló, su voz grave y serena.

—Lo que hiciste no se arregla con palabras, Abigail. No sé qué esperas lograr aquí, pero lo que ocurrió no se olvida tan fácilmente. —Su tono era firme, pero no cargado de odio. Más bien, era un tono de alguien que había aceptado que algunas heridas no sanan con rapidez, si es que alguna vez lo hacen.

Abigail sintió un nudo en el estómago, la vergüenza la envolvía. A pesar de sus esfuerzos, sabía que no podía borrar lo que había hecho, ni las huellas que había dejado en él. Sin embargo, decidió mantenerse firme en su arrepentimiento.

—Lo sé. No espero que me perdones… solo quería que supieras que lo siento, de verdad. —dijo, con una pequeña pausa antes de agregar—. Quiero hacer las cosas bien, si es posible.

Victor la miró fijamente, y por un momento, Abigail pensó que quizás algo de compasión podría haber emergido en él. Sin embargo, lo que vio fue una mirada distante, como si aún estuviera procesando todo lo que había sucedido.

—Lo único que puedes hacer por mí ahora es quedarte fuera de mi vida. No quiero volver a verte. —dijo finalmente, con una calma que parecía aún más dolorosa que el gritarle.

Abigail sintió como si una parte de ella se rompiera al escuchar esas palabras. Sin decir nada más, dio un paso atrás, sabiendo que no había más nada que hacer. La puerta se cerró suavemente frente a ella, y con ese sonido, una página más en su vida se cerraba de manera definitiva.

Se dio vuelta y, sin mirar atrás, se alejó de la casa de Victor, con el corazón pesado y el alma llena de arrepentimiento.

Abigail, llena de sentimientos contradictorios, no pudo soportar la distancia que se había formado entre ella y Victor. Con una impulsividad que no había sentido en mucho tiempo, se acercó y lo abrazó con fuerza, tratando de transmitir algo más que palabras: su arrepentimiento, su dolor, tal vez incluso una última oportunidad para que las cosas pudieran ser diferentes.

Sin embargo, al instante, Victor reaccionó con una sensación de repulsión, como si el abrazo de Abigail fuera más una carga que un consuelo. Un escalofrío recorrió su cuerpo mientras el odio y el deseo de venganza se acumulaban dentro de él. La presión sobre su pecho se intensificaba, la ira creciendo a un punto en el que sentía que podía hacerle daño. Pero antes de que pudiera reaccionar de manera violenta, un fuerte abrazo lo rodeó. Luci, al ver la escena, apareció de la nada y lo abrazó con fuerza, protegiéndolo de cualquier impulso que pudiera tener.

El abrazo de Luci era cálido, protector. Su presencia le dio a Victor algo de calma, pero su mirada, la que dirigió a Abigail, era la de alguien que no podía perdonar. En sus ojos había un odio profundo hacia Abigail, una furia acumulada por todo lo que había sucedido, por todo lo que ella le había hecho a su esposo.

Luci miró a Abigail sin palabras, pero su expresión lo decía todo: el daño que Abigail había causado no solo había afectado a Victor, sino también a ella. El dolor en sus ojos era una mezcla de protección y rabia, como si no pudiera entender cómo alguien pudiera hacerle tanto daño a una persona tan importante para ella.

—Déjalo ir, Abigail. —Dijo Luci con voz baja, pero llena de autoridad, mientras sostenía a Victor con más firmeza. Sabía que Victor necesitaba ese momento de consuelo, y aunque Abigail intentara acercarse, no dejaría que ella causara más dolor.

Abigail, al ver la fuerza con la que Luci abrazaba a Victor y la mirada llena de odio que le dedicaba, sintió un peso aún mayor en su corazón. La humillación y el arrepentimiento la hicieron flaquear, pero también comprendió que no podía hacer nada para cambiar lo que había hecho. Solo quedó en silencio, observando la escena, sintiendo cómo la puerta de cualquier posibilidad de redención se cerraba para ella.

Victor, con el peso de todo lo que había vivido, no pudo evitar que las lágrimas cayeran, sintiendo una mezcla de dolor, desesperación y frustración que lo consumía. Al sentir las manos de Abigail en su camisa y el beso en sus labios, se apartó rápidamente, como si el contacto lo quemara. Su rostro, marcado por el sufrimiento, se llenó de desconfianza y desagrado. Ese gesto de Abigail solo avivaba los recuerdos de su abuso, de todo lo que había vivido a manos de ella, y le parecía aún más violento que cualquier golpe físico.

Luci, al ver esa acción, no pudo contener su rabia. La expresión en su rostro se volvió aún más dura, su odio hacia Abigail creció exponencialmente. Luci no solo veía a Abigail como la mujer que había destruido parte de la vida de su esposo, sino también como una amenaza directa a su felicidad y bienestar. En ese instante, Luci no tenía palabras, solo miraba a Abigail con una furia palpable, como si estuviera dispuesta a defender a Victor con todo lo que tuviera.

—No te atrevas a tocarlo —dijo Luci, con la voz firme y cargada de veneno, mientras sus ojos no dejaban de observar a Abigail. Aunque la calma parecía estar fuera de su alcance, Luci se mantenía serena, controlando sus emociones mientras se mantenía al lado de Victor. Sabía que él necesitaba estar a salvo, lejos de Abigail, y que ella no iba a permitir que el daño continuara.

Abigail, al sentir la furia de Luci y ver la repulsión en los ojos de Victor, se sintió aún más perdida. En su mente, el gesto había sido un intento desesperado por redimir lo que había hecho, pero lo único que había logrado era alejar aún más a las personas que intentaba alcanzar. La desesperación la invadió, pero también la conciencia de que ya nada de lo que hiciera podría cambiar lo que había causado.

Abigail, con la mirada ardiente de enojo, se adelantó hacia Luci y, a pesar de la incomodidad y el rechazo palpable de Victor, comenzó a hablar con un tono desafiante.

—¡¿Sabes qué?! —dijo Abigail, su voz impregnada de rabia y frustración—. He cometido tantos errores, pero ahora… siento algo por Victor. No es odio. No es rencor. Es algo más, algo que ni siquiera yo entiendo. ¡Lo amo! ¡Lo amo, Luci!

La declaración quedó flotando en el aire como una bomba que explotó en la habitación, dejando a Victor y Luci completamente en shock. Ninguno de los dos podía procesar lo que acababan de escuchar. Para Luci, que había estado al lado de Victor durante todo este tiempo, lo que Abigail decía sonaba completamente absurda, e incluso cruel. La mujer que había destruido la paz de su esposo, que lo había humillado y abusado de él, ahora intentaba hacerse pasar por una persona con sentimientos legítimos.

Victor, por otro lado, sintió una mezcla de incredulidad y asco. Había sufrido tanto por la manipulación y el abuso de Abigail, y ahora ella venía a decir que lo amaba. Todo lo que había hecho, todas las cicatrices, las noches de terror, la pérdida de su dignidad, ¿todo eso iba a ser borrado por unas palabras? ¿Por una declaración tan vacía y egocéntrica?

—No tienes ni idea de lo que estás diciendo —dijo Luci, al borde de la incredulidad, mientras su voz se volvía más firme y su mirada más tajante—. Eso no es amor. Eso es manipulación. Es egoísmo. Y no tienes derecho a llamarlo amor después de todo lo que le has hecho.

Victor, visiblemente afectado por las palabras de Abigail, se apartó un poco, como si quisiera alejarse de la conversación, de la situación, de todo lo que había ocurrido. Su mente estaba tan abrumada que no podía pensar con claridad, solo sentía una rabia contenida y un dolor profundo que no podía procesar en su totalidad.

—Déjala ir, Luci. No vale la pena —dijo Victor, con la voz rota, mientras se tomaba la cabeza entre las manos, como si la presión de la situación fuera a destruirlo—. Ya no… no sé qué pensar.

Abigail se quedó en silencio por un momento, mirando a Victor, observando la expresión de cansancio y desesperación en su rostro. Su intento por reclamar algo que, en su mente, era amor, parecía desvanecerse al darse cuenta de que nada de lo que dijera cambiaría lo que ya había hecho.

Luci, sin mirar a Abigail, se acercó a Victor y lo tomó de la mano, intentando darle consuelo, aunque sabía que las palabras no bastaban. Ella estaba dispuesta a pelear por él, pero ahora todo se sentía aún más roto de lo que había estado antes.

Luci apretó los dientes, sin poder creer lo que Abigail acababa de decir. Estaba claro que la mujer no entendía la magnitud de lo que había hecho, ni el daño irreversible que había causado.

Victor, aún con el rostro enrojecido por el dolor y las lágrimas no derramadas, levantó la vista y miró a Abigail con una mezcla de repulsión y agotamiento.

—No lo entiendes, ¿verdad? —dijo con voz rasposa, casi sin fuerzas—. No es que no quiera, es que… después de todo lo que me hiciste, no puedo… no puedo sentir nada por ti. No puedo aceptar lo que me hiciste, ni tu “amor”.

Abigail, sin embargo, no parecía dispuesta a rendirse. Su mirada se mantenía fija en Victor, como si su presencia allí, su insistencia, fuera la única forma en la que las cosas pudieran “arreglarse”.

—No lo entiendes, Victor. —su tono se suavizó, pero aún seguía cargado de esa terquedad que la caracterizaba—. Yo sé que te hice daño, pero lo que siento ahora es real. Estoy dispuesta a hacer lo que sea para que me perdones. Voy a quedarme aquí hasta que aceptes lo que siento por ti.

Luci, incapaz de contener más su furia, dio un paso adelante, su voz seria y cortante.

—¡Eres una egoísta! —exclamó—. No entiendes que no se trata de lo que tú sientas, sino de lo que le hiciste a Victor. Él ya pasó por demasiado. Ya sufrió más que suficiente. Si crees que lo que hiciste puede ser reparado con palabras y promesas vacías, te equivocas.

Victor, aún abatido, se levantó lentamente, miró a Luci y luego a Abigail. Sentía una presión en su pecho, como si la sala estuviera cada vez más pequeña, pero no podía seguir callando.

—Vete, Abigail. No quiero verte más. No tengo nada que ver contigo. —dijo con firmeza, aunque su voz temblaba por la frustración.

Abigail, al escuchar esas palabras, se quedó quieta, como si la gravedad de lo que había sucedido finalmente comenzara a hacerle efecto. Pero en su rostro no había arrepentimiento, solo una mezcla de enojo y confusión, como si la negación de Victor fuera un golpe directo a su ego.

—No me iré… hasta que me aceptes… —respondió, pero su tono ya sonaba más débil, como si comenzara a darse cuenta de que no iba a obtener lo que quería.

Luci, al ver la obstinación de Abigail, miró a Victor, luego a la mujer que estaba frente a ellos, y en un suspiro profundo, se acercó a Abigail con una mirada fulminante.

—Tú no eres bienvenida aquí —dijo Luci, dejando que el silencio entre ellas fuera la última palabra.

Victor, al escuchar las palabras de Luci, sintió que por primera vez en mucho tiempo había un atisbo de paz. Aún no sanaba, pero al menos no estaba solo en esa lucha.

Abigail, al ver que Victor se alejaba, se quedó quieta, como si un peso la hubiera dejado sin fuerzas. Aunque su fachada de mujer fuerte y decidida seguía ahí, sus ojos mostraban una vulnerabilidad inesperada. Era cierto que había causado daño, pero en ese momento, algo en su corazón le pedía más: no solo quería la aceptación de Victor, sino también su amor, aunque no fuera el que merecía.

Luci observó a Abigail, no con compasión, sino con una mezcla de lástima y desconfianza. Sabía que el corazón de Abigail no estaba tan resuelto como quería aparentar. Pero, al mismo tiempo, sentía que la mujer se estaba engañando a sí misma, buscando algo que no podría obtener.

—No te hagas ilusiones —dijo Luci, su voz serena pero firme—. No es un “dulce” lo que buscas. Lo que hiciste no tiene una solución fácil.

Abigail, sin embargo, no respondió. Su mirada estaba fija en la puerta por donde Victor había desaparecido, como si esperara que regresara, que cambiara de opinión. Pero en su interior, sabía que no lo haría. La relación que había destruido estaba más allá de lo que sus palabras o sus deseos pudieran reparar.

Mientras tanto, en su habitación, Victor se recostó en la cama, buscando escapar de la tormenta emocional que lo envolvía. Cerrar los ojos no le traía paz, pero al menos era un respiro del caos que le rodeaba. El peso de todo lo que había vivido, las heridas, los recuerdos, todo parecía ser un gran nudo en su mente, pero ahí, en la oscuridad de su habitación, al menos estaba solo.

Respiró hondo y cerró los ojos, queriendo por un momento desconectar. Sabía que las cosas no serían fáciles. Que la reconciliación con Luci, si llegaba, tomaría tiempo. Pero también sabía que, por primera vez en mucho tiempo, podía tomar las riendas de su vida, sin depender de las manipulaciones de Abigail.

El silencio en la casa era pesado, pero al menos, por ahora, estaba en calma.

Después de que Abigail dio a luz a la niña, la atmósfera en la casa de Victor y Luci fue… un tanto incómoda. Abigail, con una sonrisa exagerada, cargaba a la niña como si fuera su más preciado trofeo.

“¡Mira lo que creé! ¡Un pedacito de amor… y algo más!” Abigail decía, luciendo más orgullosa que nunca.

Victor, completamente desconcertado, la miraba con los ojos medio abiertos. “¿Qué? ¡¿Un pedacito de amor?! Abigail, no sé si es lo que parece… o… un error biológico!”

Luci, que observaba toda la escena con una mirada entre sorprendida y desconcertada, no pudo evitar soltar una risa nerviosa. “Bueno, al menos ya no tienes que preocuparte por tu legado. Abigail se encargó de eso, ¿verdad?”

Victor, cansado de la situación, se dejó caer en el sillón. “¿Sabes qué? Después de todo esto, creo que mi vida fue mejor cuando simplemente luchaba contra monstruos. Al menos no tenías a nadie metiéndome en estos líos.”

La niña, que no parecía entender nada de lo que estaba pasando, soltó una risa inocente y miró a todos con sus ojitos brillando. La situación se volvió aún más absurda.

Abigail, viendo a Luci y Victor como si fuera una especie de show, dijo: “¿Qué? No me miren así, ¡todos tienen que aceptar que ahora somos una familia… por alguna razón extraña!”

Victor soltó un suspiro derrotado. “Bueno, supongo que soy el padre. ¡Genial! Aunque no tengo ni idea de cómo llegamos aquí, ¡pero al menos la niña se ve simpática!”

Luci, aún sin saber si reír o llorar, se cruzó de brazos. “No te preocupes, Victor. Nos tendremos que hacer cargo de esto… juntos… por… ‘algún extraño milagro’.”

La pequeña, en su inocencia, comenzó a jugar con un juguete mientras todos los adultos seguían discutiendo en el caos más cómico imaginable. Nadie sabía exactamente qué hacer con la situación, pero al menos la niña estaba feliz, y eso parecía ser lo único que importaba.

Victor, frotándose la frente con una mano mientras miraba a Abigail y Luci, soltó una risa nerviosa: “No sé si me quieren abrir la herida del ‘Ab-…'”

Tosió un poco, como si intentara disimular la incomodidad que sentía al hablar del tema. “Ya saben, todo esto… toda esta situación… ¡Es como si de repente me hubieran metido en una telenovela de esas que nunca sabes si el guion va a terminar en una comedia o en un drama total!”

Abigail, al escuchar el tono de Victor, se cruzó de brazos con una sonrisa divertida. “Ay, vamos, Victor, ¡deja de hacerte el víctima! Ya es lo que hay, y te aseguro que no podemos retroceder en el tiempo. Solo mira a la niña. ¡Ella es como un recordatorio de que la vida siempre puede sorprenderte!”

Luci, por su parte, se sentó cerca de Victor con una expresión que intentaba ser seria, pero no pudo evitar soltar una risa. “¡A veces siento que esto es una película de comedia de enredos! Tal vez debería comprar unos palomitas… y esperar el siguiente giro.”

Victor miró a Luci y Abigail, y suspiró: “¿Sabes qué? ¡Lo peor de todo esto es que ahora soy parte de este lío! ¡No firmé contrato para ser parte de un drama familiar… pero bueno, supongo que no tengo muchas opciones ahora!”

Victor se quedó mirando a la niña, quien dormía tranquilamente en su cuna. El ambiente estaba pesado, pero sus ojos se suavizaron al observar su rostro inocente. Un suspiro largo escapó de sus labios mientras se acercaba con cautela.

“Ella no tiene culpa de nada,” murmuró Victor para sí mismo, su voz cargada de un dolor profundo.

Abigail lo observó, notando el cambio en su actitud. Sabía que, por más que hubiera sido el producto de todo lo que había pasado, la niña no había pedido ser parte de este torbellino de sufrimiento. Era solo una niña, que ya llevaba en sus pequeños ojos una historia que ni siquiera podía comprender.

Victor se agachó frente a la cuna, mirando a la niña que aún dormía. “No importa cómo haya llegado al mundo, ella merece algo mejor… algo diferente.” Sus palabras eran lentas, pero firmes, como si estuviera luchando consigo mismo para aceptar la realidad.

Luci, que estaba detrás de él, también lo observaba en silencio. Ella entendía lo que Victor sentía. “Tienes razón… ella no pidió estar aquí. Pero ahora, está bajo tu cuidado también.”

Victor asintió lentamente, sus ojos fijos en la niña. Por un momento, todo el enojo y la frustración que sentía hacia Abigail se desvanecieron, reemplazados por un sentimiento de compasión que nunca pensó que podría sentir. Esta pequeña niña no era su enemiga; ella solo era una víctima de las decisiones que se tomaron mucho antes de su llegada.

“Haré lo que pueda por ella,” dijo finalmente, sin mirar a Abigail ni a Luci. “Aunque… no sé si lo haré bien. Solo sé que no puedo seguir odiando a un ser tan indefenso, no después de ver su cara.”

Fin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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