History academy arco 6: El fin del mundo. - Capítulo 75
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Capítulo 75: Episodio 75: Una vida miserable
Jeshia, una joven de 18 años, había crecido en un hogar donde el amor nunca tuvo lugar. Su madre, una mujer consumida por el alcohol y la amargura, la trató con violencia desde que tenía memoria. Cada noche, cuando el olor a licor impregnaba la casa, llegaban los gritos, los golpes, las recriminaciones.
—Por tu culpa él se fue… ¡Por tu culpa mi vida es una mierda! —su madre solía gritarle, con los ojos inyectados en rabia y el cuerpo tambaleante.
Jeshia no recordaba un solo día en el que su madre la hubiese abrazado. Desde niña, aprendió a sobrevivir a los golpes y a las palabras hirientes. Su padre se marchó cuando ella era pequeña, dejándola sola con un monstruo al que debía llamar “mamá”.
La casa donde vivían era pequeña y descuidada, con paredes llenas de grietas y un techo que goteaba cuando llovía. Pero lo peor no era el lugar, sino el infierno que se vivía dentro.
Jeshia creció con miedo, pero también con una ira profunda enterrada en su pecho. Había noches en las que deseaba desaparecer, en las que se preguntaba qué había hecho para merecer ese destino. Pero también había momentos en los que fantaseaba con vengarse, con hacerle pagar a su madre cada uno de sus sufrimientos.
Sabía que no podía seguir así para siempre. Algo dentro de ella estaba a punto de romperse. Y cuando eso pasara… no habría vuelta atrás.
El tiempo pasó, y con cada golpe, con cada insulto, con cada noche de terror, Jeshia dejó de ser la niña asustada que temblaba en los rincones. Algo dentro de ella se endureció, se volvió frío, como si el dolor ya no pudiera alcanzarla.
Su cuerpo tenía cicatrices, pero su alma estaba aún más marcada. Hasta que un día, cuando su madre, tambaleante y ebria como siempre, levantó la mano para golpearla una vez más… Jeshia la detuvo.
La mirada de la joven no era la misma. Había oscuridad en sus ojos, una sombra de rencor acumulado durante años.
—No más.
Y entonces, Jeshia devolvió los golpes.
Por primera vez en su vida, fue ella quien tuvo el control. Su madre cayó al suelo, atónita, sin entender cómo aquella niña sumisa se había convertido en un monstruo. Un monstruo que ella misma había creado.
—Así se siente, ¿verdad? —dijo Jeshia con frialdad, mirándola desde arriba. —Así se siente ser débil.
Pero no se detuvo ahí. El odio la consumía. Cada golpe que daba no era solo por el dolor físico, sino por todas las noches de hambre, por todas las veces que lloró en silencio, por cada cicatriz que le dejó.
Cuando finalmente se detuvo, su madre no pudo moverse. Jeshia respiraba con dificultad, con los puños ensangrentados y el corazón latiendo como un tambor de guerra.
En ese momento, lo entendió.
Se había convertido en aquello que más odiaba. El ciclo de violencia no se había roto… solo había cambiado de manos.
Jeshia sintió algo nuevo aquella noche. Algo más fuerte que la culpa, más intenso que el miedo. Poder.
El temblor en sus manos no era de arrepentimiento. Era de adrenalina. Cada golpe, cada grito de su madre, le había dado una sensación de superioridad, de control absoluto. Por primera vez en su vida, no era ella la que temía.
Le gustó.
Le encantó.
La sangre en sus nudillos era un trofeo. El miedo en los ojos de su madre, la que siempre la había dominado, era una droga que se le metió en las venas. Era embriagador.
—Así que esto se siente… ser fuerte.
Una risa escapó de sus labios, primero baja, luego más fuerte. No era la risa de una víctima… sino la de un depredador que había encontrado su presa.
El dolor, el sufrimiento, la desesperación de los demás… eso la hacía sentir viva.
Jeshia sonrió. Nunca más sería la débil. Nunca más permitiría que nadie la humillara. Ahora, ella era la que tenía el control.
Y no pensaba soltarlo jamás.
Mientras tanto, Mahin observaba a sus dos hijos adoptivos, Lía y Lucas, jugar en el jardín. La risa de los niños llenaba el aire, una melodía dulce y despreocupada. Mahin sonrió, sintiendo paz. Después de tanto caos en su vida, este momento de tranquilidad era un regalo.
Pero no todos compartían ese sentimiento.
Kity los miraba desde la sombra de un árbol. Sus manos estaban apretadas en puños, las uñas clavándose en su piel. Los celos hervían en su interior.
¿Por qué ellos sí?
¿Por qué Mahin les daba tanto amor y a ella no?
Cada sonrisa, cada mirada cariñosa, cada palabra de afecto que Mahin les daba… era como un cuchillo en su corazón. No podía soportarlo. No quería soportarlo.
Al principio, solo fue una punzada de envidia. Pequeña, casi insignificante. Pero creció.
Cada día, esa sensación se hacía más grande. Se enredaba en su mente, susurrándole cosas que no podía ignorar.
¿Y si Lía y Lucas desaparecieran?
Kity sacudió la cabeza. No, no podía pensar en eso. Pero el pensamiento seguía ahí. Se aferraba a su alma, oscureciendo todo.
Quizás la envidia no se quedaría solo en celos. Quizás, con el tiempo, se convertiría en odio.
Y cuando el odio florece… puede crear una villana.
En dos partes distintas de la ciudad, dos encuentros estaban a punto de cambiar el destino de todos.
Kity caminaba sin rumbo, con la mente llena de pensamientos oscuros. La envidia la estaba consumiendo, y cada paso que daba sentía que algo dentro de ella cambiaba. Entonces la vio.
Jeshia estaba sentada en un callejón oscuro, con una sonrisa torcida en el rostro. Había sangre en sus nudillos, pero no parecía importarle. Sus ojos reflejaban algo que Kity reconoció de inmediato: ira, resentimiento… poder.
—¿Qué miras? —preguntó Jeshia, entrecerrando los ojos.
Kity, en lugar de responder con miedo, sonrió.
—Creo que nos parecemos más de lo que crees.
Jeshia se quedó en silencio un momento… luego sonrió de vuelta. Dos almas rotas se habían encontrado.
En otra parte de la ciudad, Mahin caminaba por un parque tranquilo. El sol se filtraba entre los árboles, pero una sensación extraña flotaba en el aire.
—No esperaba encontrarte aquí.
Mahin se giró rápidamente. Frente a ella, con una mirada calculadora, estaba Nana Yoroza.
—Tampoco yo —respondió Mahin, entrecerrando los ojos.
Ambas sabían que no era coincidencia. Algo mayor las estaba llevando a este encuentro. Quizás el destino, quizás algo más grande.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Jeshia y Kity sellaban su alianza con una sonrisa maliciosa.
Dos caminos. Dos lados distintos de una misma historia.
Y cuando finalmente se crucen… nada volverá a ser igual.
Law estaba solo en aquella casa apartada, en completo silencio.
Desde la muerte de Jennifer, ese vacío nunca desapareció. No importaba cuánto tiempo pasara, cuánto intentara distraerse… ella seguía ahí, en su mente.
Aracely, su hija, estaba en su habitación, perdida en sus propias cosas. Tal vez dibujando, tal vez leyendo… pero él sabía que también sentía la ausencia.
Law suspiró y miró la foto que aún conservaba en su escritorio. Jennifer sonreía en la imagen, como si todavía estuviera ahí, como si nada hubiera cambiado.
—¿Cómo lo hacías? —susurró, sin esperar respuesta.
Desde que la perdió, todo le parecía más difícil. Criar a Aracely solo, enfrentarse a la vida sin su compañera… era una carga que pesaba cada día más.
Pero debía seguir adelante. Por Aracely, por él mismo… y quizás, en el fondo, por Jennifer.
Aunque el dolor nunca desapareciera por completo.
Azrael, el ángel de la muerte, se contactó con Law.
La presencia del ser celestial se sintió como un escalofrío recorriendo la habitación, como si el aire mismo se volviera más pesado. Law, que estaba sentado en su sofá, levantó la vista de inmediato.
—Necesito que guíes a dos almas injustas hacia su muerte —dijo Azrael con su voz grave y solemne.
Law no respondió de inmediato. Sabía que un trato con el ángel de la muerte no era algo que se tomara a la ligera.
—¿Y qué obtengo a cambio? —preguntó, con la voz más firme de lo que realmente se sentía.
Azrael lo miró, y en sus ojos se reflejó un destino sellado.
—Te devolveré a Jennifer. Volverá a este mundo, con seguridad.
El corazón de Law se detuvo por un segundo.
Jennifer. El amor de su vida, a quien perdió en circunstancias que aún lo atormentaban cada noche.
Law bajó la mirada, sintiendo un torbellino de emociones. Pero cuando la levantó de nuevo, sus ojos estaban llenos de decisión.
—Dalo por hecho.
Azrael asintió levemente.
—En tres horas, el combate será dado.
Mientras tanto, en otro lugar del mundo, Nagi Rōzumarī, un joven de 18 años, caminaba con una chica a su lado.
Leonor, de cabellos oscuros y mirada determinada, lo acompañaba con una expresión serena, pero sus ojos analizaban todo a su alrededor. Poseía un poder único: podía invocar cadenas espectrales capaces de atrapar y anular cualquier ser hostil que su mente percibiera.
—¿Tienes claro lo que vamos a hacer? —preguntó Nagi, con un tono tranquilo pero serio.
Leonor asintió.
—Sí. Si algo o alguien intenta atacarnos, mis cadenas lo detendrán en seco.
Ambos continuaron avanzando por las calles de la ciudad, sin saber que su destino estaba por cruzarse con fuerzas más grandes de lo que imaginaban.
Duki, una chica de cabello corto y actitud despreocupada, caminaba junto a Daburu V Pointo por una calle concurrida. Ambos conversaban sobre asuntos sin mucha importancia hasta que, sin darse cuenta, chocaron de frente con Nagi y Leonor.
El impacto fue leve, pero suficiente para que los cuatro se detuvieran en seco.
—¡Hey, mira por dónde vas! —exclamó Duki, frunciendo el ceño mientras se sacudía la ropa.
Leonor la miró con frialdad, sin responder de inmediato. Nagi, por su parte, suspiró y levantó una mano en señal de calma.
—No fue intencional —dijo con voz tranquila—. Sigamos nuestro camino y asunto resuelto.
Daburu V Pointo cruzó los brazos, observando la situación con interés. El ambiente se tensó por un instante, como si algo estuviera a punto de ocurrir.
Las emociones de Kity y Jeshia se desbordaron en un instante, consumidas por el odio y el resentimiento acumulado a lo largo de sus vidas. Sus miradas ardían con furia y determinación, y al unísono, ambas pronunciaron las palabras que sellarían el destino de la ciudad:
—¡Tienen que pagar por las consecuencias que me hicieron!
De repente, el caos se desató. Edificios comenzaron a colapsar, explosiones resonaron en las calles y el cielo se tiñó de un tono carmesí con el resplandor de los incendios. La destrucción se propagaba como un virus, imparable. Kity y Jeshia, envueltas en su sed de venganza, liberaban todo su poder sin remordimiento.
A lo lejos, Nana Yoroza y Mahin se encontraron con la mirada. Sus expresiones se endurecieron al ver la ciudad sumida en el desastre. Un escalofrío recorrió sus cuerpos cuando comprendieron que algo terrible estaba ocurriendo.
—¿Lo sientes, Mahin? —susurró Nana con el ceño fruncido.
Mahin asintió, su mirada fija en el horizonte de caos.
—Sí… esto no es normal. Algo ha despertado en ellas, algo peligroso.
Sin perder tiempo, ambas se prepararon para intervenir. Si no detenían a Kity y Jeshia ahora, la ciudad entera podría desaparecer bajo su furia.
Daburu V Pointo, Nagi Rōzumarī, Leonor y Duki se quedaron en silencio por un instante, observando el desastre que se extendía frente a ellos. El caos era absoluto. Los gritos de las personas atrapadas entre los escombros, el fuego devorando los edificios y la energía descontrolada de Kity y Jeshia dejaban claro que esto no era una simple revuelta.
—No podemos quedarnos de brazos cruzados, tenemos que ayudar. —dijo Nagi, con el ceño fruncido.
Leonor asintió y materializó sus cadenas, lista para inmovilizar cualquier amenaza. Duki ajustó sus guantes, preparada para la batalla, mientras Daburu respiraba hondo, preparándose para lo que vendría. No importaba contra quién tuvieran que pelear, su prioridad era salvar a los inocentes.
Al mismo tiempo, Maikel Radfjik avanzaba a paso firme entre los escombros, su flecha firmemente sujeta en su espalda. Cada paso que daba, su determinación crecía. El hecho de que la ciudad estuviera siendo destruida era inaceptable. Su mente solo tenía un objetivo: detener la masacre antes de que fuera demasiado tarde.
Con cada segundo que pasaba, el destino de la ciudad pendía de un hilo.
Daburu V Pointo, Nagi Rōzumarī, Leonor y Duki corrían a toda velocidad, sus corazones latiendo con fuerza mientras se acercaban a la fuente del caos. El estruendo de las explosiones sacudía el suelo bajo sus pies, el humo oscurecía el cielo y los gritos de los civiles resonaban en la distancia.
Al mismo tiempo, Mahin y Nana Yoroza avanzaban como ráfagas de viento, saltando entre los edificios destruidos, con los sentidos agudizados para detectar cualquier peligro. Ambos sabían que algo realmente malo estaba sucediendo y no podían permitirse perder más tiempo.
Mientras tanto, Maikel Radfjik llegó a la entrada de la ciudad y se detuvo un momento. Desde ahí, podía ver a lo lejos las columnas de humo y el brillo de las llamas que devoraban todo a su paso. Los rugidos de la destrucción eran ensordecedores.
—No hay tiempo para dudar. —murmuró para sí mismo, apretando la mandíbula.
Ajustó su arco y comenzó a correr con todas sus fuerzas. Cada segundo era crucial. Si no llegaban a tiempo, muchos inocentes perderían la vida.
Kity y Jeshia continuaban su destrucción implacable, sin mostrar señales de detenerse. La ciudad temblaba bajo el impacto de sus ataques, los escombros volaban en todas direcciones y los gritos de los inocentes llenaban el aire. Sin embargo, su masacre fue interrumpida abruptamente.
Desde lo alto de los edificios, tres figuras descendieron a gran velocidad. Eran Emi, Leonel y Josué, los tres alumnos de Víctor, quienes entraron en combate sin dudar.
—¡No vamos a dejar que sigan destruyendo todo! —gritó Emi, concentrando energía en sus puños antes de lanzar un fuerte golpe hacia Kity, enviándola volando contra un vehículo destrozado.
Leonel, con su agilidad sobrehumana, apareció frente a Jeshia y le lanzó una patada giratoria en el abdomen, obligándola a retroceder varios metros.
Josué, por su parte, utilizó su velocidad para posicionarse estratégicamente y cortar cualquier ruta de escape. Ambas villanas habían sido separadas, ahora estaban acorraladas.
Fue en ese momento que Mahin y Nana Yoroza llegaron al campo de batalla. Mahin sintió su corazón detenerse al ver a su amiga Kity en medio de la destrucción.
—No puede ser… —susurró, sus ojos reflejando sorpresa y tristeza—. Kity… ¿Por qué estás haciendo esto?
Por otro lado, Nana Yoroza centró su mirada en Jeshia. No la conocía lo suficiente, pero era evidente que su furia y su resentimiento la habían consumido por completo.
Una bullying y una chica con un vacío de amor.
Jeshia siempre había fallado en sus relaciones, sus parejas solo duraban días o meses antes de abandonarla. Cada rechazo, cada despedida, la hundía más en el odio. Y ahora, había decidido devolverle al mundo el mismo dolor que ella había sentido.
Mientras tanto, Daburu V Pointo, Nagi Rōzumarī, Leonor y Duki seguían corriendo a máxima velocidad, rescatando a los civiles atrapados en el desastre. Cada persona salvada era un pequeño triunfo en medio del caos.
De repente, un crujido aterrador retumbó en el aire. Un enorme edificio comenzó a inclinarse hacia ellos, listo para aplastarlos.
—¡Cuidado! —gritó Leonor, preparándose para actuar.
Pero antes de que pudieran hacer algo, una flecha surcó el cielo a toda velocidad.
¡BOOM!
El impacto de la flecha hizo que el edificio explotara en pedazos antes de que pudiera caer sobre ellos.
Cuando el polvo se disipó, todos voltearon a ver de dónde había venido el disparo. De pie, a lo lejos, con su arco en alto y su mirada afilada, estaba Maikel Radfjik.
—No dejaré que mueran más inocentes.
El combate estaba lejos de terminar, pero con cada guerrero que se unía a la batalla, aumentaban las esperanzas de salvar la ciudad.
Mahin no dudó ni un segundo. Se lanzó hacia Kity con una velocidad impresionante, cerrando la distancia en un instante.
—¡Despierta, Kity! —gritó con rabia, impulsando su puño con toda su fuerza.
El impacto resonó en el aire. El rostro de Kity se torció por el golpe, pero su mirada seguía llena de ira.
Sin perder el ritmo, Mahin ejecutó un “Yokogeri Keague”, una patada lateral directa a la mandíbula. El golpe sacudió el cuerpo de Kity, pero ella no cayó, su voluntad seguía en pie.
Mahin sabía que tenía que acabar con esto antes de que la destrucción continuara.
Con un rápido movimiento, bajó su centro de gravedad y lanzó un golpe descendente directamente a la cabeza de Kity.
¡BOOM!
El impacto fue tan brutal que Kity se estrelló contra el suelo, generando una explosión similar a una granada. El suelo se rompió bajo ella, dejando un cráter humeante.
Mahin respiró agitada, pero no perdió el tiempo.
Giró la cabeza y observó el otro enfrentamiento.
Nana Yoroza y Jeshia estaban enfrascadas en una feroz batalla.
Ambas se movían con una velocidad impresionante, intercambiando golpes brutales que hacían temblar el aire. Nana Yoroza bloqueaba y contraatacaba con precisión, pero Jeshia atacaba con una fuerza salvaje, sin contenerse.
Era un choque de voluntad y resentimiento.
Mahin apretó los puños. Sabía que esta pelea estaba lejos de terminar.
Kity se levantó lentamente del cráter, tosiendo polvo y sangre.
Su mirada estaba llena de furia. El dolor la hacía temblar, pero no de miedo, sino de rabia.
—Tú… tú me hiciste esto… —susurró, apretando los dientes.
Un aura oscura comenzó a rodearla. Sus músculos se tensaron, y el suelo debajo de ella se resquebrajó por la presión de su energía.
—¡Voy a destruirte, Mahin! —rugió.
Su poder explotó con una onda de choque.
En un instante, Kity apareció frente a Mahin. Su puño se hundió en su estómago con una fuerza brutal.
¡BOOM!
Mahin escupió saliva y sintió que todo su cuerpo se estremecía. El golpe lo lanzó varios metros hacia atrás, deslizándose sobre el asfalto destruido.
Se detuvo de golpe, clavando los pies en el suelo. Jadeó, sintiendo el ardor en su abdomen.
—Maldita sea… —susurró, limpiándose el labio con el dorso de la mano.
Le dolía, pero sonrió.
Porque ahora sabía que Kity estaba peleando en serio.
Mahin apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento cuando Emi, Leonel y Josué entraron en acción.
Los tres se movieron en perfecta sincronía, como si hubieran entrenado juntos toda su vida.
—¡No la dejen respirar! —gritó Leonel.
Kity vio venir el ataque, pero antes de reaccionar, Emi fue la primera en golpear.
Su pierna cortó el aire con precisión, impactando el costado de Kity con una patada giratoria.
—¡Manji-Geri! —gritó Emi.
Kity apenas pudo bloquear el golpe con su brazo antes de que Josué apareciera en su punto ciego.
Con un giro perfecto, su pierna se estrelló en la espalda de Kity, empujándola hacia adelante.
—¡Toma esto! —exclamó Josué.
Kity gruñó de dolor, pero antes de que pudiera estabilizarse, Leonel cerró la combinación.
Su patada fue devastadora.
Con toda su fuerza, impactó la mandíbula de Kity, levantándola del suelo y enviándola volando varios metros hacia atrás.
¡BOOM!
Kity atravesó un edificio abandonado, rompiendo los muros antes de estrellarse contra el suelo.
El polvo y los escombros llenaron el aire.
—¡Mahin, ahora! —gritó Emi, retrocediendo.
Mahin saltó hacia el lugar donde Kity había caído, preparándose para el siguiente ataque.
Mahin no perdió ni un segundo.
Aprovechó la oportunidad y se lanzó como un rayo hacia Kity, quien aún se recuperaba del impacto contra el edificio.
Con un giro veloz, su pierna se dirigió directo al estómago de Kity.
¡BAM!
El golpe fue tan potente que se escuchó el impacto como un trueno.
Los ojos de Kity se abrieron de golpe.
El aire escapó de sus pulmones en un jadeo desesperado.
Su cuerpo se dobló por el dolor, y por un instante, quedó completamente vulnerable.
—¡Ahora es el momento! —gritó Josué, viendo la oportunidad de continuar el ataque.
Mahin no perdió tiempo.
Su puño derecho comenzó a brillar intensamente, una energía radiante cubriéndolo por completo.
—¡Destello Nuclear! —rugió con determinación.
El golpe impactó directamente en el torso de Kity.
¡BOOM!
El estruendo sacudió la zona. El aire volvió a escaparse de los pulmones de Kity, dejándola completamente indefensa.
El impacto fue tan devastador que el edificio donde estaban comenzó a resquebrajarse.
Grietas enormes se extendieron como telarañas por las paredes.
En un instante, Kity salió despedida como un proyectil, su cuerpo atravesando varios edificios a gran velocidad, dejando tras de sí un rastro de destrucción.
Los escombros caían por todas partes, el polvo llenaba el aire y el sonido del colapso de las estructuras resonaba en toda la ciudad.
Mahin respiró agitado, con los nudillos aún brillando.
—No dejaré que sigas destruyendo este lugar… —murmuró, preparándose para continuar la pelea.
Mientras tanto Pao corría desesperada entre las calles destruidas.
El caos estaba por todas partes: edificios derrumbándose, autos volcados y el suelo partido en varios lugares por los impactos de la batalla. Nunca creyó en héroes, pero esta vez no pudo ignorarlo.
Justo frente a ella, dos figuras se movían a una velocidad inhumana, lanzándose golpes que no solo hacían temblar el aire, sino que cortaban el suelo con la pura presión de sus ataques.
Era Nana Yoroza y Jeshia, enfrentándose con una ferocidad brutal.
¡BOOM!
Un puñetazo de Jeshia chocó contra la palma de Nana Yoroza, y la onda de choque partió la calle en dos.
Los escombros volaron hacia Pao, quien apenas logró cubrirse detrás de un automóvil destruido.
—¿Qué demonios…? —susurró, sintiendo su corazón latir con fuerza.
Nunca antes había visto algo así. No en persona. La televisión podía mostrar peleas, pero estar en medio de una era diferente.
Los ojos de Pao se abrieron cuando vio a Nana Yoroza girar en el aire, esquivando un golpe de Jeshia y aterrizando con una patada devastadora que la envió a estrellarse contra un edificio.
La estructura tembló y luego se vino abajo.
Pao tragó saliva. Por primera vez en su vida, sintió que su visión del mundo podría estar equivocada.
Nana Yoroza y Jeshia seguían peleando sin tregua.
Sus golpes eran tan intensos que cada impacto generaba explosiones de energía, arrasando con lo que quedaba de las calles destruidas. Jeshia sonreía con arrogancia, disfrutando el caos, mientras Nana Yoroza se mantenía enfocada, con el único objetivo de detenerla.
Pero entonces, Mahin apareció de repente en medio del combate.
¡CRACK!
Un puñetazo brutal de Kity impactó directamente contra Mahin, lanzándolo a toda velocidad contra Nana Yoroza.
¡BOOM!
Ambos chocaron violentamente en el aire y fueron lanzados en espiral hacia el suelo. La mala suerte hizo que su trayectoria terminara justo donde Pao estaba escondida.
—¡¿Qué demonios?! —gritó Pao cuando el impacto destrozó el automóvil en el que se resguardaba.
El metal del vehículo explotó en mil pedazos, y el suelo tembló con la fuerza del impacto.
Nana Yoroza y Mahin quedaron tendidos entre los escombros, aturdidos por el choque inesperado.
Pao, todavía en shock, los miró con terror y asombro. Nunca en su vida había visto una batalla como esta… y ahora estaba en el centro de ella.
Pao sintió el peligro en su piel.
Los ojos fríos de Jeshia la miraban fijamente, como un depredador acechando a su presa. Su sonrisa se ensanchó con una mezcla de diversión y sadismo.
—No corras, pequeña… Solo quiero hablar. —Jeshia dijo en tono burlón mientras caminaba con calma, como si disfrutara alargar el momento.
Pero Pao no se detuvo.
Sus piernas se movían por puro instinto, corriendo entre los escombros, zigzagueando entre los restos de edificios derrumbados. Su respiración era agitada, su corazón latía con fuerza.
—¡Maldición! —murmuró mientras intentaba alejarse lo más posible.
Sin embargo, Jeshia no tenía prisa.
Cada paso suyo dejaba grietas en el suelo, y aunque avanzaba lentamente, la distancia entre ellas se reducía con rapidez aterradora.
El sonido de escombros cayendo y las explosiones a lo lejos solo hacían que Pao sintiera más desesperación.
Hasta que vio un edificio en ruinas frente a ella.
—Tal vez ahí… —pensó, dirigiéndose hacia él, esperando que le diera suficiente tiempo para esconderse o encontrar una salida.
Pero Jeshia sonrió aún más.
—Corre todo lo que quieras… te atraparé de todos modos.
Jeshia saldría disparada hacia Pao con una velocidad aterradora. La atrapó de la cabeza con una sola mano, levantándola del suelo con facilidad.
Pao pateó y arañó, luchando por liberarse, pero la fuerza de Jeshia era inhumana. Su respiración se volvió errática.
A lo lejos, un grupo de personas inocentes se refugiaba en un callejón, escondiéndose del caos. Entre ellos, estaban los héroes Daburu V Pointo, Nagi Rōzumarī, Leonor, Duki y Maikel Radfjik, ayudando a poner a salvo a los sobrevivientes.
Jeshia levantó la vista y los vio.
—Qué molestia…
Sin pensarlo dos veces, arrojó a Pao con fuerza, haciendo que la chica saliera disparada hacia los escombros. Su cuerpo chocó contra el suelo rodando varias veces, golpeándose en el proceso.
Antes de que los héroes pudieran reaccionar, Jeshia extendió su brazo hacia los inocentes…
Y con un solo movimiento limpio de su mano, la tragedia ocurrió.
Un destello fugaz, un instante de horror.
Casi trece personas fueron segadas al instante.
Dos niños, dos niñas, varios adultos… incluso sus propios padres.
Los cuerpos se partieron en dos, cayendo al suelo sin vida.
La sangre empapó la calle.
El sonido de la carne desgarrada, los huesos rompiéndose y los últimos gritos de agonía llenaron el aire.
Todo se detuvo.
Los héroes quedaron en shock, sin poder procesar lo que acababa de pasar.
Incluso Pao, aún con dolor por el impacto, logró ver la masacre. No era una heroína, pero tampoco había muerto.
Su respiración se volvió temblorosa. El miedo la paralizó.
Law apareció en un instante, corriendo a toda velocidad hacia Jeshia. Sus ojos reflejaban pura furia.
—¡Monstruo…! —gruñó entre dientes.
Sin dudarlo, lanzó un puñetazo directo al rostro de Jeshia.
El impacto resonó como un trueno.
Jeshia salió disparada hacia atrás, su cuerpo girando en el aire. Pero antes de que pudiera reaccionar, Law ya estaba sobre ella.
Con otro movimiento rápido y brutal, golpeó su abdomen con una fuerza descomunal.
El suelo tembló.
Jeshia se estrelló contra el pavimento con una explosión de escombros.
El impacto levantó polvo y grietas se extendieron por el asfalto.
El silencio reinó por un segundo.
Los héroes y Pao observaron la escena con asombro.
Law frunció el ceño cuando sintió el ardor en su mejilla. Pasó la mano por la herida y vio la sangre goteando lentamente.
—Tsk… así que fuiste tú, Kity.
Levantó la mirada.
Del otro lado, Kity lo observaba con una sonrisa burlona, su energía todavía en aumento.
Pero Law no pensaba dejar que tomara la ventaja.
Sin perder un segundo, se lanzó hacia el edificio más cercano, rompiéndolo con su velocidad.
Pasó a través de los escombros, atravesó una pared y terminó dentro de un supermercado abandonado.
Su mirada se posó en un cuchillo metálico de filo brillante.
Lo agarró sin dudar.
—Esto servirá…
Con un movimiento explosivo, Law salió disparado de entre los estantes, rompiendo vidrios y estructuras a su paso.
Kity apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Law ya estaba frente a ella.
Con un movimiento limpio y preciso, clavó el cuchillo en su pecho.
La hoja perforó la carne, atravesándola con facilidad.
—¡AGH…! —gritó Kity, sorprendida por la velocidad del ataque.
Law no se detuvo.
Sacó el cuchillo de un tirón violento, haciendo que la sangre salpicara al suelo.
Y antes de que Kity pudiera responder, Law le propinó una patada brutal en el estómago, enviándola a volar contra una fila de autos abandonados.
El impacto fue tan fuerte que varios vehículos se aplastaron bajo su peso.
Law giró el cuchillo entre sus dedos, con la mirada afilada.
—No te creas especial. Voy a acabar con todos los que destruyen esta ciudad.
El cielo temblaba.
Kity levantó una mano, su energía retorciéndose en una esfera oscura y vibrante, tan grande que podría borrar un continente entero.
Jeshia se puso de pie al mismo tiempo, su cuerpo rodeado de llamas y energía pura, preparando un ataque que podría arrasar con todo a su paso.
Pero Law no iba a permitirlo.
Apretó los dientes y concentró su energía a presión en sus manos, listo para liberarla en un solo disparo mortal.
—No lo permitiré.
Justo en ese momento, tres figuras se alinearon a su lado.
Emi, Leonel y Josué —los alumnos de Victor— se prepararon.
—¡Blaster Solar! —gritaron al unísono, canalizando la técnica aprendida de su maestro.
La luz de su ataque iluminó el campo de batalla, generando una ráfaga de poder ardiente.
A unos metros de distancia, Daburu V Pointo, Nagi Rōzumarī, Leonor y Duki, aunque inexpertos en la manipulación de energía, lograron reunir suficiente poder para aportar a la ofensiva.
Sus ataques brillaron con destellos inestables, pero fueron directos y certeros.
Mientras tanto, Maikel Radfjik se movió con precisión.
Se colocó detrás de Kity y Jeshia, levantó su arco con calma absoluta y soltó dos flechas de energía imbuidas con su propia esencia de combate.
Las flechas silbaron en el aire.
En el último instante impactaron en la espalda de ambas villanas, haciéndolas perder la concentración.
En ese instante crucial…
Mahin y Nana Yoroza, con el cuerpo herido pero la determinación intacta, caminaron juntos.
—Esto termina aquí —susurró Mahin.
Fusionaron sus energías.
El ataque atómico de Mahin y la energía natural de Nana Yoroza se mezclaron en un torbellino de luz imparable.
Todos lanzaron sus ataques al mismo tiempo.
El poder combinado avanzó con furia descontrolada.
Engulló los ataques de Kity y Jeshia.
Las dos chicas fueron arrastradas por la tormenta de energía, incapaces de resistir la embestida.
Sus cuerpos atravesaron montañas enteras, rompiéndolas en pedazos.
Subieron más y más alto, impulsadas por la fuerza brutal del ataque.
Hasta que…
El espacio las recibió.
Y entonces… la explosión final.
El estallido fue tan grande que iluminó la Tierra como un segundo sol.
Kity y Jeshia dejaron de existir.
El silencio reinó en el campo de batalla.
El viento sopló, levantando el polvo.
Habían ganado.
El grupo se quedó en silencio por unos momentos, observando los restos de la batalla. El aire aún estaba cargado de energía residual, y las cicatrices del combate eran evidentes en la ciudad destruida.
Law suspiró, limpiando la sangre de su rostro.
—Ya está hecho.
Daburu V Pointo, Nagi Rōzumarī, Leonor y Duki asintieron, aún procesando lo que acababa de suceder.
Maikel Radfjik guardó su arco.
—No hay tiempo para quedarnos aquí —dijo con voz firme.
Mahin y Nana Yoroza se miraron entre ellos, exhaustos, pero satisfechos de haber logrado acabar con la amenaza.
Emi, Josué y Leonel, aunque cansados, sentían el orgullo de haber contribuido en la batalla.
Sin más que decir, todos se retiraron del campo de batalla.
La ciudad había sufrido grandes daños, pero la reconstrucción no tardaría en comenzar.
Y para eso, Rigor se encargaría.
Como siempre, él aportaría los fondos necesarios para restaurar todo, asegurándose de que la gente pudiera regresar a sus hogares y seguir adelante.
Porque después de la guerra, siempre llega la reconstrucción.
Law llegó a su casa con el cuerpo cansado, sintiendo aún el eco del combate en cada fibra de su ser. La ciudad había sido destruida, pero gracias a Rigor y sus recursos, pronto sería reconstruida. Sin embargo, para él, nada de eso importaba en este momento.
Sobre la mesa de la sala, un papel blanco destacaba en la penumbra. Su corazón dio un vuelco cuando vio el nombre en la parte superior.
“Law.”
Sus manos temblaron ligeramente cuando lo tomó y lo desdobló. La caligrafía era perfecta, firme, casi solemne.
“Tu esposa Jennifer está en tu cuarto, muchacho. Lograste tu objetivo, y tu recompensa es tu esposa viva.”
Azrael había cumplido su promesa.
La respiración de Law se volvió entrecortada.
No habían pasado años, pero los meses sin Jennifer se habían sentido como una eternidad. Cada día sin ella era una batalla contra el vacío, contra la desesperación. Pero ahora… ahora ella estaba aquí.
Su mente le gritaba que se calmara, que no podía confiar tan rápido, pero su corazón lo empujaba a moverse.
Cada paso hacia la habitación parecía más pesado que el anterior. No sabía qué esperar. ¿Estaría realmente ahí? ¿Sería ella, o solo una ilusión?
Finalmente, con el aliento contenido, empujó la puerta.
Y la vio.
Jennifer.
De pie, con la mirada perdida en la ventana, iluminada por la tenue luz del atardecer.
El tiempo pareció detenerse.
Jennifer giró hacia él, y cuando sus ojos se encontraron, Law sintió que todo el dolor, todo el esfuerzo, todo lo que había hecho… había valido la pena.
—Law… —susurró ella, su voz llena de emoción.
Él no respondió. Solo corrió hacia ella, envolviéndola en sus brazos, sosteniéndola con fuerza, como si temiera que desapareciera.
Jennifer tembló contra su pecho, devolviéndole el abrazo con igual intensidad.
—Pensé que… que nunca más te volvería a ver… —su voz se quebró, sujeta a meses de angustia.
Law cerró los ojos, respirando su aroma, sintiendo su calidez.
—Yo también…
No había necesidad de más palabras.
Ella estaba ahí. Viva. Con él.
Law aún no había soltado a Jennifer cuando ella, con una sonrisa tierna y llena de emoción, sacó otro papel doblado y lo colocó suavemente en su mano.
—Te gustará la sorpresa —susurró ella, con los ojos brillando de felicidad.
Él la miró, confundido por un momento, pero luego sintió su pulso acelerarse. Bajó la vista y notó que Jennifer acariciaba su vientre con delicadeza.
El aire pareció volverse denso. Law tragó saliva, su mente corriendo a toda velocidad mientras desdoblaba el papel.
La caligrafía era la misma que en el otro mensaje. Era de Azrael.
“También me encargué de revivir a su hijo/a. No diré su género, pero espero que te guste cuidar a tu bebé, Law.”
El tiempo se detuvo.
Law sintió un torbellino de emociones estallando en su pecho. No solo había recuperado a Jennifer… sino que también tenía de vuelta a su hijo.
Sus manos temblaban al sostener el papel, pero en cuanto levantó la mirada y vio la ternura en los ojos de Jennifer, todo su mundo se alineó. El dolor de su pérdida, los sacrificios, las batallas… todo había valido la pena.
Sin poder contenerse, se arrodilló lentamente frente a Jennifer y apoyó su frente contra su vientre. Cerró los ojos, dejando escapar un suspiro tembloroso.
—Gracias… —murmuró, sin saber si se lo decía a Jennifer, a Azrael, al universo, o a sí mismo.
Jennifer pasó sus dedos entre su cabello, enredando sus manos con cariño.
—Volvimos a estar juntos… los tres.
Law sonrió, sus labios rozando suavemente el vientre de su esposa. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que su lucha había terminado.
Había ganado lo más importante.
Mahin llegó a su casa con el cuerpo adolorido pero con el corazón ligero. La batalla había terminado, y aunque la ciudad había sufrido, la paz volvía poco a poco.
Cuando abrió la puerta de su hogar, no tuvo tiempo ni de dar un paso dentro antes de que dos figuras pequeñas corrieran hacia él.
—¡Papá! —gritaron al unísono Lía y Lucas, sus hijos adoptivos.
Mahin apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que ambos se aferraran a él con un abrazo fuerte. El cansancio de la batalla desapareció en ese instante.
Lía, la mayor, lo miró con el ceño fruncido.
—¡Tardaste demasiado!
—Estábamos preocupados —añadió Lucas, abrazándolo aún más fuerte.
Mahin soltó una leve risa, sintiendo un calor indescriptible en su pecho. Después de tanto caos, este momento era todo lo que necesitaba.
Se arrodilló para estar a su altura y los rodeó con los brazos.
—Lo siento… Pero ya estoy en casa.
Lía lo miró con ojos brillantes.
—¿Te lastimaron mucho?
Mahin negó con la cabeza.
—Solo un poco. Pero nada que no pueda soportar.
Lucas lo miró con admiración.
—¡Eres el más fuerte, papá!
Mahin sonrió, pero luego su expresión se suavizó. Ser fuerte no solo significaba pelear. Significaba regresar a casa. Significaba proteger lo que más importaba.
—Solo porque tengo algo por lo que luchar.
Lía tomó su mano y tiró de él.
—¡Entonces ven! Te prepararemos algo de comer.
Mahin dejó que sus hijos lo guiaran dentro de casa, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que había encontrado su verdadero propósito. La batalla podía seguir allá afuera, pero aquí, en este pequeño hogar, todo estaba bien.
Dentro del Cubo Divino, un espacio fuera del tiempo y la realidad, Victor, el ser más fuerte, permanecía inmóvil. No había cielo, no había suelo, solo un vacío sin forma.
No podía ver nada, no podía oír nada. Pero tampoco necesitaba hacerlo.
Sabía que cualquier emoción dentro de este lugar podía volverse en su contra. Podría desmoronarlo. Pero Victor no era alguien que sucumbiera tan fácilmente.
Respiró hondo, sintiendo la quietud absoluta.
—Parece que llevo unos segundos en este lugar —murmuró, aunque su percepción del tiempo estaba distorsionada. Afuera, habían pasado meses.
Su mente seguía intacta. No era un prisionero común.
Entonces, sonrió.
Era una sonrisa de orgullo y soberbia, una que irradiaba una confianza inquebrantable.
—Espero que mis enemigos me den la mejor batalla.
No estaba preocupado por escapar. Eso era inevitable. Lo único que realmente importaba… era qué tan entretenida sería la pelea cuando volviera a pisar el campo de batalla.
Fin.
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