History academy arco 6: El fin del mundo. - Capítulo 77
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Capítulo 77: Episodio 77: Miedo.
Joel respiró hondo, sintiendo la tensión del momento. Observó a Jonathan, quien mantenía su mirada fija en Victor Zombie, ese ser aterrador que una vez fue alguien conocido.
—Esto será más complicado de lo que imaginaba… —susurró Joel, sin apartar la vista del enemigo.
Jonathan asintió, con el ceño fruncido.
—Sí… pero ver a ese Victor es aterrador. Y más aún, pelear contra él… especialmente tú, Joel. Es tu suegro.
Joel apretó los dientes. Ese pensamiento lo incomodaba, pero en su interior ya sabía la verdad: ese no era Victor. No el Victor que él conoció. No el que tenía familia y la protegía. Lo que estaba delante de ellos era un monstruo, una sombra corrompida de lo que alguna vez fue un héroe.
A su lado, Erick Hatake Kurayami permanecía en silencio. Sus ojos rojos observaban con intensidad al enemigo, su expresión era fría, pero dentro de él ardía un fuego que llevaba encendido desde su infancia.
Erick había sufrido más de lo que cualquiera podría imaginar.
Desde niño, había perdido a sus padres, siendo forzado a sobrevivir en un mundo cruel. Con el tiempo, construyó una nueva familia, encontró amor y esperanza… pero esa también le fue arrebatada. Su pareja y sus hijos fueron asesinados, dejando solo a un joven de 23 años con un dolor imposible de describir.
Y ahora, ante él, estaba el responsable de todas sus tragedias.
El Victor original de esta línea de tiempo… el que había abusado de su madre, cometido crímenes imperdonables y destruido todo lo que Erick amaba.
Erick cerró los ojos un segundo, conteniendo la rabia. No se trataba solo de este combate… se trataba de venganza.
Mientras tanto, Victor Zombie reía.
No una risa común. No una risa humana. Era una carcajada oscura, fría, retumbante, como si ya supiera que el resultado estaba decidido.
Joel volvió a enfocarse en lo que realmente importaba. Debían sacar a los demás de ahí antes de que fuera demasiado tarde.
Volteó hacia el grupo de héroes destrozados por la batalla:
Daburu V Pointo, Nagi Rōzumarī, Leonor, Duki, Maikel Radfjik, Ēru, Henrī, Itama Furutta, Aruku, Dotto, Ari Shāpusu, Sanjūni Hoshi, Riri, Furēmuro, Morutekitto, Dante Megami, Girasol, Mateo, Amanda, Nana Yoroza, Samueru, Helena, Profax, Tsuu, Momo Fogosa, Shadix, Amai Kuchibiru, Yulisa Zero, Yarizel, Kyatto, Lila Kamatose, Ces, Sutāba Bumūn, Katski y Katherine.
Muchos de ellos apenas podían mantenerse en pie, sus cuerpos quemados, sangrando, con huesos rotos. A pesar de ello, no querían retirarse, querían seguir luchando.
Pero Joel sabía que no podían seguir así.
—¡Salgan de aquí, ahora mismo! —gritó, con autoridad— ¡Ya no es seguro que peleen! ¡Si se quedan, van a morir!
Algunos dudaron, pero sabían que Joel tenía razón. Enfrentar a Victor Zombie era algo más allá de sus fuerzas actuales.
Joel extendió su mano y creó un portal con su energía.
Uno por uno, los héroes malheridos atravesaron el portal, sabiendo que, aunque no podían pelear ahora, los apoyarían desde sus respectivas academias.
Cuando el último de ellos cruzó, el portal se cerró.
Ahora, solo quedaban Joel, Jonathan y Erick Hatake Kurayami… frente a Victor Zombie.
La verdadera batalla acababa de comenzar.
Victor Zombie sonrió con malicia mientras aplaudía lentamente. Sus ojos inyectados en sangre brillaban con un resplandor espectral, analizando a los cinco nuevos oponentes que acababan de caer entre los escombros. Sentía el poder emanando de cada uno de ellos, una energía que le resultaba intrigante y emocionante.
—Vaya, vaya… ¿y qué tenemos aquí? —dijo con voz burlona—. Cinco presencias interesantes… una de ellas incluso podría entretenerme.
A su alrededor, el viento se distorsionó, afectado por la inmensa presión de las energías que ahora compartían el campo de batalla.
Rain fue el primero en incorporarse. Un ser primordial, su mera existencia desafiaba las reglas del cosmos. No era un simple ser poderoso, era la manifestación de una fuerza mucho más grande, algo que quizás incluso superaba a Victor Zombie… o al menos, eso se podría pensar.
Junto a él, Yuuki Rito se levantó lentamente. Su cabello castaño-rojizo ondeaba mientras su ojo camersi rojo y el otro dorado brillaban con intensidad. Dentro de él, una entidad oscura y absoluta rugía en su interior, un poder más allá de la comprensión humana. Él controlaba la oscuridad en su estado más puro.
Kageno Kai permanecía en calma. Una divinidad con control absoluto sobre el concepto de fricción, capaz de manipular la posesión conceptual y detectar cualquier presencia en toda la existencia. Fue esta habilidad la que lo atrajo al combate, una batalla que ahora lo enfrentaba a una aberración de la realidad.
Y finalmente, Regulus, un humano que hace tres años despertó su verdadero poder en un torneo de proporciones cósmicas. Su dominio sobre las leyes de la física cuántica y la velocidad de la luz lo convertía en una anomalía, un ser capaz de hacer lo imposible realidad.
Victor Zombie los miró a todos, su sonrisa ensanchándose aún más.
—Héroes, dioses, monstruos… No importa qué sean. Al final, todos caen ante mí.
La ciudad tembló con cada una de sus palabras.
La batalla estaba por comenzar.
Victor Zombie sonrió de forma enfermiza, disfrutando de la reacción de Yuuki Rito. El virus colmena en su interior había hecho su trabajo, conectándolo con otros Victors infectados en el omniverso, extrayendo recuerdos de una versión que había combatido directamente contra Yuuki en otra realidad.
—Yuuki Rito… ya sé quién eres. —Su voz resonó con burla y desprecio—. Tu madre… qué delicia, cómo disfrutó en la cama conmigo.
El rostro de Yuuki Rito se contorsionó de furia absoluta. Su energía oscura empezó a desbordarse, cubriendo su cuerpo con una negrura tan intensa que parecía absorber la luz a su alrededor. Ese era su mayor punto débil: su ira. Y Victor Zombie lo sabía.
—¡Cállate! —rugió Yuuki, sus ojos brillando con un resplandor asesino.
Sin pensarlo, se lanzó con una velocidad descomunal, su puño envuelto en energía de oscuridad absoluta. Pero eso era lo que Victor Zombie quería.
Aprovechando la apertura, Victor movió su mano con rapidez, concentrando energía en su palma.
—¡Destello Solar!
Una explosión de luz cegadora y calor abrasador golpeó directamente el estómago de Yuuki, enviándolo disparado hacia atrás con una fuerza brutal. Su cuerpo atravesó tres edificios antes de chocar violentamente contra una estructura de acero, dejando una hendidura profunda en el metal.
Victor Zombie rió a carcajadas, su postura altiva, como si fuera un dios jugando con simples mortales.
—¿Eso es todo, Yuuki? ¿Dónde está ese poder que se supone que tienes?
Yuuki se tambaleó al levantarse, su cuerpo humeando. Pero sus ojos… sus ojos ya no mostraban enojo, sino un deseo de aniquilación pura.
Yuuki Rito respiraba con dificultad, aún sintiendo el ardor en su estómago tras el impacto del Destello Solar. Justo cuando intentaba ponerse de pie, una mano firme lo sostuvo del brazo y lo ayudó a levantarse.
—¿Estás bien? —preguntó una voz calmada pero con un trasfondo de determinación.
Yuuki alzó la vista y se encontró con un chico de cabello castaño y ojos esmeralda, cuyo brillo parecía reflejar una voluntad inquebrantable. Su expresión era serena, pero su presencia imponía respeto.
—¿Quién eres? —preguntó Yuuki, aún con la respiración agitada.
El chico le dedicó una leve sonrisa antes de responder:
—Kyōkō.
Yuuki parpadeó, tratando de recordar si había escuchado ese nombre antes, pero no tuvo tiempo de pensar demasiado. Victor Zombie los observaba desde la distancia, su sonrisa maliciosa aún en su rostro podrido.
Sin decir más, Yuuki y Kyōkō comenzaron a caminar juntos hacia donde estaba Victor Zombie, cada paso cargado de una tensión palpable. La batalla aún no había terminado.
Joel y Jonathan se miraron a los ojos.
No necesitaban palabras. Ambos sabían lo que debían hacer. Victor Zombie los observaba, con su sonrisa torcida y la mirada de un depredador que ya había marcado a sus presas.
Pero para él, esto no era una simple pelea. Era un juicio.
Él ya no era un ser vivo. Había trascendido. Su humanidad, o mejor dicho, su “yadaratmanidad”, se había desvanecido. Lo único que quedaba era un ente de destrucción, la muerte reencarnada en su forma más fuerte y pura.
El juicio ya había comenzado.
Sin previo aviso, Victor Zombie se movió.
Fue rápido, demasiado rápido. Se lanzó primero contra Joel, su puño envuelto en energía oscura golpeando directamente su pecho. El impacto fue brutal, enviándolo volando contra los escombros de un edificio.
Jonathan intentó reaccionar, pero fue tarde.
Victor Zombie giró sobre su propio eje y con una patada ascendente, lo golpeó en la mandíbula. Jonathan salió disparado en la dirección opuesta, atravesando varios restos de estructuras antes de caer pesadamente.
Ambos estaban heridos. Pero la pelea apenas había comenzado.
Victor Zombie se incorporó lentamente, con la misma expresión de superioridad. El virus dentro de él vibraba de emoción.
Este no solo le daba una regeneración absoluta, sino que también explotaba el verdadero poder de su especie: su ira pura en su máxima expresión.
El miedo se hizo presente.
Victor Zombie lo sintió en el aire.
Levantó la cabeza, cerró los ojos y olfateó.
Una sonrisa siniestra se dibujó en su rostro mientras su mirada se clavaba en Yuuki Rito.
—Puedo olerlo…
Yuuki Rito sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Era una sensación extraña. No era miedo a la muerte. Era la sensación de estar enfrentando algo que no debería existir.
Victor Zombie rió con burla.
—Aún puedes sentir miedo… algo tan humano. Qué decepción.
Yuuki apretó los puños. No podía dudar. No contra un monstruo que no debía existir.
Victor Zombie no esperó ni un segundo más. Su silueta se difuminó en un borrón y, en un instante, estaba frente a Yuuki Rito.
—¡Demasiado lento! —rugió con una sonrisa torcida antes de estrellar su puño contra el rostro del joven.
El impacto resonó como un trueno.
Yuuki fue lanzado hacia atrás, su cuerpo apenas reaccionando ante la fuerza del golpe. Pero Victor Zombie no se detuvo.
Con una precisión despiadada, disparó dos destellos solares, no con energía externa, sino a través de sus propios puños.
—¡JAJAJA! ¡Recibe esto como el insecto que eres!
Cada golpe estalló como una bomba en el cuerpo de Yuuki, quemando su piel y forzando sus músculos al límite. La velocidad y brutalidad de los ataques lo dejaron indefenso.
El último golpe fue un gancho ascendente que lo lanzó como un muñeco de trapo.
Yuuki salió despedido por el aire hasta chocar violentamente contra Kyōkō, quien apenas tuvo tiempo de girarse antes de que ambos se estrellaran contra un muro de concreto, partiéndolo en pedazos.
El polvo se elevó en el aire, dejando un silencio momentáneo.
Victor Zombie se quedó de pie, observando la destrucción con satisfacción.
—¿Eso es todo? —murmuró, inclinando la cabeza con burla—. Vaya decepción.
Regulus, Kageno Kai y Rain se preparaban para la batalla, sus energías chocaban contra el viento, causando presión en el ambiente. La tensión era casi palpable.
Sin embargo, antes de que alguno pudiera moverse, una luz brillante descendió del cielo.
Todos levantaron la vista.
Desde lo alto, una figura femenina cayó con gracia, su cabello negro flotando con el viento. Sus ojos grises, aunque carentes de visión, transmitían una calma inquebrantable.
—Lucy… —murmuró Rain, reconociéndola.
Apenas sus pies tocaron el suelo, otra presencia se materializó a su lado. Era su hija, Exo.
Dos guerreras, dos presencias imponentes, dos fuerzas imparables.
La madre e hija se miraron entre sí, un gesto silencioso de respeto. No necesitaban palabras.
Victor Zombie observó la escena con una sonrisa amplia y burlona.
Lentamente, comenzó a aplaudir.
—Vaya, vaya… —dijo con sarcasmo—. Se reproducen como las cucarachas.
Su risa retumbó en el aire. Para él, no importaba cuántos más se unieran.
Porque él… era la muerte encarnada.
Kageno Kai sintió un impulso incontrolable. Debía acabar con esa cosa de inmediato.
Sin titubear, levantó su pistola.
No era un arma común. Sus balas no obedecían las reglas del espacio ni del tiempo. Ignoraban toda defensa, toda barrera, toda lógica.
Apuntó al brazo de Victor Zombie.
Disparó.
El proyectil surcó el aire sin resistencia. Un disparo imposible de esquivar, imposible de bloquear.
Perforó la carne putrefacta al instante.
Un brillo cubrió el área.
Y luego, la explosión.
El brazo de Victor Zombie fue arrancado por completo, desintegrado en un destello violento.
Un instante de silencio.
Victor observó la herida.
No hubo reacción inmediata. Solo un análisis frío.
Luego, una sonrisa. Lenta. Sutil. Inquietante.
Su mirada se clavó en Kageno Kai.
—Interesante.
Su voz era profunda, carente de cualquier atisbo de humanidad.
El juicio apenas comenzaba.
Kageno Kai tomó el control absoluto del concepto de fricción. Cada variable, cada mínimo detalle estaba bajo su dominio.
Primero, extendió su influencia a sus aliados. Ya no estarían sujetos a las limitaciones del entorno. Luego, activó su estrategia.
Sin previo aviso, se lanzó contra Victor Zombie.
Victor Zombie reaccionó al instante, preparándose para el impacto. Pero algo estaba mal.
El espacio y el tiempo se alteraron.
La fricción generada detuvo la interacción entre el objetivo y la creación misma.
Pasiva: Fricción Base.
Radio: 50 metros.
Nivel 1 (20 metros): Cualquier objeto que se moviera a menos de la velocidad de la luz sería detenido o desviado.
Nivel 2 (25 metros): Cualquier objeto superando masivamente la velocidad de la luz sería detenido o incinerado por la inmensa fricción con el aire.
Nivel 3 (5 metros): Cualquier objeto con velocidad infinita sería detenido en seco y desintegrado. Nada físico o abstracto podría moverse dentro de este rango.
Victor Zombie fue arrastrado por la fuerza del nivel 1. Su cuerpo desviado violentamente antes de poder reaccionar.
Kageno Kai no perdió tiempo.
Aprovechó la apertura y redujo la fricción sobre sí mismo, aumentando su velocidad al máximo posible.
Para Victor Zombie, era como verlo moverse en cámara lenta.
Antes de que pudiera intentar algo, Kageno Kai disparó.
El proyectil trascendió el espacio-tiempo.
Impactó el pecho de Victor Zombie.
Una nueva explosión.
Victor Zombie retrocedió, sintiendo cómo su cuerpo luchaba por regenerarse. Esta vez, costó más.
Se quedó en silencio.
Su expresión cambió.
Ya no había burla. Solo seriedad.
Por primera vez, comprendió que estaba frente a enemigos que realmente podían vencerlo.
Victor Zombie elevó su Blaster Solar Azul, y con un simple giro de muñeca doblegó la estructura de un edificio colapsado, arrancándolo de sus cimientos. Sin esfuerzo, como si moviera un simple peón en un tablero de ajedrez, lo lanzó a una velocidad imposible. No era solo un golpe devastador, sino una táctica bien pensada: ver quién se adelantaba, quién reaccionaba con temor, quién cometía el más mínimo error.
El aire se desgarró con el silbido ensordecedor del concreto y el acero cortando el espacio.
Pero Exo se movió antes de que el impacto siquiera fuera una posibilidad. Un instante fue suficiente para que sus músculos se tensaran y su energía recorriera cada fibra de su cuerpo. Sin dudarlo, sin un ápice de miedo, su brazo se alzó, y con un solo golpe convirtió toneladas de escombros en polvo.
Victor Zombie observó sin cambiar su expresión.
No era sorpresa lo que sentía. Era irritación.
El cálculo había fallado. No hubo vacilación, no hubo debilidad. Había esperado al menos un resquicio de flaqueza, un margen donde la presión emocional debilitara su respuesta. Pero nada.
Respiró hondo, exhalando con calma forzada.
Entonces, sin cambiar su postura, levantó las manos y dejó que la energía de Yekun lo envolviera.
Detrás de su nuca, en un espacio que no pertenecía ni a este mundo ni a otro, una rueda de energía comenzó a girar. No un simple símbolo, no un adorno etéreo. Era una máquina de adaptación absoluta.
Cada rotación extraía datos invisibles al ojo humano, analizaba no solo el entorno, sino la estructura misma de la existencia dentro de la batalla. Las partículas en el aire, el nivel de energía de cada combatiente, la fricción entre los átomos, las fluctuaciones temporales.
Nada escapaba a su influencia.
Los datos eran absorbidos, procesados, y en menos de un parpadeo su cuerpo cambió.
Sus movimientos se ajustaron, su postura se volvió más precisa, su energía se moldeó de acuerdo a la amenaza.
El Blaster Solar Azul brilló con un nuevo matiz, más profundo, más afilado.
Ahora lo entendía.
Estos no eran rivales comunes.
Si quería acabar con ellos, tendría que superarse a sí mismo una vez más.
Yuuki Rito avanzó sin titubeos. Para él, Victor Zombie no era más que una aberración a erradicar, un obstáculo sin mayor relevancia. Un muerto viviente no merecía más consideración que un resquicio de desprecio. Y sin embargo, esa confianza desbordante pronto se tornaría en su propia caída.
Sus ataques cortaban el aire, pero en cada intento, Victor Zombie se deslizaba fuera de su alcance, burlándose de su ineficacia con movimientos mínimos, con una precisión que no necesitaba esfuerzo. Era como si el tiempo mismo no tuviera dominio sobre él.
Entonces, Victor decidió terminar el juego.
Sin previo aviso, su Blaster Solar se tiñó de rojo carmesí. No era un simple cambio de color, sino un presagio de aniquilación.
La energía se acumuló en su palma, un pequeño sol encarnado, rugiendo con furia incontrolable. Y sin dudarlo, lo lanzó contra la ciudad con la intención de reducirla a cenizas.
Pero Yuuki Rito no vaciló.
Con una velocidad que desafiaba lo tangible, rasgó el espacio con un gesto y creó un portal ante sí, absorbiendo el ataque antes de que pudiera tocar el suelo.
Por un momento, creyó haber ganado terreno.
Hasta que escuchó el chasquido de los dedos de Victor Zombie.
El aire se comprimió.
Desde dentro del portal, el Blaster Solar explotó.
Una onda expansiva rompió la estructura misma de la dimensión en la que Yuuki Rito se había refugiado. El espacio se fragmentó como un espejo hecho añicos, y en el epicentro de la destrucción, su cuerpo se arqueó en un espasmo incontrolable.
Los gritos nunca escaparon de su garganta.
El dolor no era físico, sino algo mucho peor.
Su esencia misma se desmoronaba, como si la realidad estuviera arrancándole la vida a pedazos.
Sus ojos perdieron el color.
Un púrpura profundo se filtró en su mirada vacía, una tonalidad que no pertenecía a este mundo, sino a algo más antiguo, más oscuro.
Su cabello, antes impregnado de vitalidad, comenzó a desvanecerse en un tono plateado, casi etéreo.
No había sido solo derrotado.
Algo dentro de él se había quebrado.
Algo que nunca debió despertar.
La bestia oculta en su interior había escapado.
Y mientras su cuerpo yacía inerte, atrapado en ese estado de coma forzado, esa entidad indescriptible comenzaba a reclamar su derecho sobre la carne que le pertenecía.
Mientras tanto, en el campo de batalla, el caos se rehacía en forma de desafío.
Joel y Jonathan se incorporaron, tambaleantes, pero con la voluntad intacta. Kyōkō, aún con la respiración entrecortada, apretó los puños.
La presencia de Victor Zombie seguía allí, inquebrantable.
Pero lo que ahora se alzaba no era solo una sombra de muerte.
Era un presagio de algo peor.
Yuuki rito sintió cómo su cuerpo se convertía en una prisión.
Los músculos se paralizaron, la sangre se volvió plomo y el aire dejó de entrar en sus pulmones. No era dolor, ni siquiera agotamiento. Era algo más profundo, más primitivo. Como si su propia existencia estuviera siendo sofocada.
Fue en ese instante cuando lo supo.
Kuro había despertado.
Esa entidad que habitaba en las sombras de su alma, esa cosa sin forma ni moral, esa aberración conceptual de la oscuridad había tomado el control.
Pero había un pacto.
Un contrato que le impedía hundirse completamente en la locura.
Cuatro horas.
Ese era el tiempo que Kuro podía existir en su cuerpo antes de que la simbiosis se volviera un parásito, antes de que su humanidad fuera absorbida por completo.
Cuando Kuro emergió, el mundo pareció temblar.
Un portal se abrió, rasgando el espacio como si la realidad fuera papel mojado. De él salió una figura que no era completamente Kyōkō, pero tampoco era enteramente Kuro. Era algo en medio, una entidad amalgamada de voluntad y caos.
Y Victor Zombie sintió, por primera vez en toda la batalla, una sensación cercana a la incomodidad.
No miedo. No duda. Pero algo que lo obligaba a tomarse esto en serio.
Si sus enemigos habían llegado hasta este punto, entonces debía responder con el mismo nivel de intensidad.
Rain, Regulus, Lucy y Kageno se movieron al mismo tiempo.
Pero no fue un ataque, ni una carga directa.
Lucy no necesitó moverse. Rain tampoco.
Con una calma absoluta, Rain ejecutó el Mudra Absoluto.
Los símbolos místicos se extendieron desde sus dedos, danzando en patrones incomprensibles para el ojo mortal.
Victor Zombie respondió con el Mudra Marici.
Una técnica incompleta, aún en desarrollo, ejecutada con la postura Tampak Samping.
Pero antes de que la energía se manifestara en su totalidad, Lucy habló.
—Cero Absoluto.
Y la realidad se detuvo.
No como un simple estancamiento del tiempo.
No como una pausa momentánea.
Sino como la aniquilación total del concepto mismo de movimiento.
Todo cayó en un silencio absoluto.
La única que podía moverse era Lucy.
Su velocidad no era simplemente infinita.
Era algo más allá del infinito. Un borrón indescriptible, una presencia que trascendía la lógica de la percepción.
Pero Rain no se quedó atrás.
—Cárcel Omniversal Absoluta Eterna.
El dominio se abrió.
La realidad fue moldeada por su voluntad, las leyes de la física fueron abolidas.
Aquí, Rain era omnipotente.
Aquí, Rain era omnisciente.
El tiempo se volvió obsoleto.
El enemigo quedó sin posibilidad de moverse.
Sin embargo…
Victor Zombie simplemente sonrió.
—Neourucaos Eterno.
Su dominio, en un principio cerrado y limitado, se transformó en un dominio abierto en cuestión de instantes.
El cerebro de sus oponentes fue neutralizado.
El tiempo fue sellado, perfeccionado en su forma absoluta.
Y con los fragmentos de Evil Victor latiendo dentro de su ser, su técnica adquirió un nuevo matiz.
Los cortes se manifestaron.
Invisibles. Indetectables.
Filamentos de aniquilación pura que rasgaban todo lo que tocaban.
El enfrentamiento de dominios colapsó sobre sí mismo.
Los efectos de Cero Absoluto y la Cárcel Omniversal fueron neutralizados.
Y sin embargo, no fue una victoria absoluta.
Porque aunque el tiempo había sido restaurado, aunque la inmovilidad había sido anulada, los héroes ahora poseían un poder sin límites.
El caos no había sido erradicado.
Solo redefinido.
Victor Zombie parpadeó.
Un hilo de sangre verde resbaló por su nariz.
¿Acaso había alcanzado su límite?
Se limpió con la mano, observó la mancha viscosa con curiosidad… y sonrió.
Regeneró su cerebro en un instante.
—Bien… —murmuró, con una voz cargada de emoción contenida—. Esto sí que será interesante.
El aire vibró cuando Exo, la hija de Lucy, se lanzó sin titubeos hacia Victor Zombie. No había estrategia ni plan, solo la urgente necesidad de vencer al enemigo más poderoso y traer la paz. Su determinación ardía con intensidad pura, una voluntad inquebrantable que la impulsaba a desafiarlo cara a cara.
Los puños de ambos chocaron con una fuerza brutal, desatando una estela de energía que hizo temblar el espacio a su alrededor. Victor Zombie, con una frialdad calculadora, torció su muñeca y lanzó un golpe demoledor hacia la sien de Exo, pero ella reaccionó al instante, esquivando por centímetros y respondiendo con un gancho ascendente directo a la barbilla del no-muerto.
Victor Zombie, sintiendo la presión de la lucha, invocó su Blaster Solar Azul, creando un lazo de energía que jaló a Exo hacia él. Pero en lugar de evitar el impacto, la guerrera lo aceptó de lleno, dirigiendo su propio golpe al plexo solar de su enemigo. Ambos retrocedieron, respirando pesadamente, con la mirada fija en el otro.
Mientras tanto, la batalla no daba tregua. Joel comenzó a transformarse, su cuerpo expandiéndose ligeramente mientras sus ojos se tornaban de un amarillo incandescente. Su cabello se volvió blanco como la luz de las estrellas, y tatuajes negros y rojos cubrieron su piel con símbolos ancestrales. A su lado, Jonathan se colocó su máscara, ahora fusionada en una entidad dual: un lado angelical, puro y divino, el otro demoníaco, oscuro e implacable. De su espalda surgieron alas celestiales, y su cabello negro ondeó con una energía amenazante.
Sin perder un segundo, Jonathan y Joel atacaron juntos. La velocidad de sus movimientos era abrumadora. Victor Zombie esquivó los primeros golpes con precisión quirúrgica, contrarrestando con sus propios ataques, pero no pudo evitar algunos impactos que le hicieron tambalear. La intensidad aumentó. De repente, su cuerpo comenzó a brillar con un fulgor cegador, acelerando sus golpes hasta que cada impacto resonaba como un trueno en la batalla.
Y entonces, apareció Kuro.
Desde las sombras, la entidad oscura emergió con una presencia aplastante. Con un simple movimiento, atrapó la sombra de Victor Zombie y la lanzó al aire. El resultado fue inmediato: el cuerpo del no-muerto fue arrastrado junto con ella, disparado a gran velocidad por los cielos.
Victor Zombie se reincorporó, pero Joel ya estaba sobre él, agarrándolo del rostro con una fuerza titánica. Sus manos brillaban con energía explosiva mientras lo estrellaba brutalmente contra el suelo. La tierra tembló. Sin darle respiro, Victor utilizó su Blaster Solar Azul, disparando un rayo devastador que mandó a Joel volando por los aires.
Antes de que pudiera reaccionar, Jonathan apareció con su katana envuelta en un aura oscura y pura a la vez. Sin dudarlo, perforó el pecho de Victor Zombie. Una sensación diferente recorrió su cuerpo: su regeneración… se había detenido.
Cinco minutos.
Cinco minutos en los que su inmortalidad estaba sellada.
La sonrisa de Victor Zombie se torció con una mezcla de furia y admiración. “Interesante…” murmuró antes de dar un salto atrás. Si querían que se tomara esto en serio, así sería.
Concentrando todo su poder, se transformó en Omni-Yadaratman. Pero justo en el instante en que su transformación se completó, Kyōkō apareció de la nada y le asestó un golpe demoledor que lo lanzó por los aires.
Victor Zombie rugió, liberando toda su energía. De sus manos emergieron dos esferas de poder puro: un Blaster Solar Rojo Maximizado y un Blaster Solar Azul Maximizado. Sin pensarlo, lanzó ambos ataques al cielo, la combinación de fuerzas desatando un resplandor cósmico.
Regulus, con una velocidad imposible, se lanzó hacia los ataques, atrapándolos con sus propias manos. Por un instante, la energía ardió a su alrededor, amenazando con destruirlo… pero con un grito feroz, fusionó ambos ataques y los devolvió hacia Victor Zombie con un poder descomunal.
El no-muerto entrecerró los ojos. “Bien jugado…”
En el último momento, en lugar de esquivarlo, golpeó la energía contra el dominio mezclado. La explosión resultante fue tan colosal que sacudió el universo mismo. Un cataclismo de luz y sombra se expandió en todas direcciones.
Cuando la luz se disipó, todos seguían en pie, apenas con rasguños…
Excepto Kyōkō.
Su cuerpo estaba parcialmente quemado.
Victor Zombie lo miró con una sonrisa torcida, limpiándose un hilo de sangre verde de la nariz.
“Interesante…” murmuró de nuevo.
La batalla apenas comenzaba.
Kageno Kai observó la oportunidad y, con un simple pensamiento, formó su dominio “Balas Eternas”. De inmediato, miles de proyectiles aparecieron en el aire, multiplicándose sin cesar. Algunas eran de francotirador pesado, otras de pistolas, pero todas apuntaban a una sola cosa: Victor Zombie. Rain y Lucy destruyeron varias con solo pensar en ello, mientras el zombie esquivaba con velocidad irrelevante. Sin embargo, una bala logró impactar su brazo izquierdo, explotando y arrancándolo.
Kageno Kai no se detuvo. Inmediatamente formó otro dominio: “Rozamiento Absoluto Eterno”. El aire se volvió denso, la fricción se incrementó a niveles inhumanos, haciendo que todo se sintiera como arena rugosa. Victor Zombie, atrapado en el efecto del dominio, se movía en cámara lenta. Kageno sacó su pistola plateada y, con precisión milimétrica, disparó una bala con el concepto de espacio, que al impactar el corazón del zombie lo hizo explotar.
Sin embargo, Victor Zombie logró recuperarse en el último instante y fue lanzado contra Erick. Este lo tomó del cabello y lo golpeó brutalmente en el estómago. Sus ojos rojos brillaban con intensidad mientras giraba con agilidad para propinarle una patada devastadora en el pecho, mandándolo a volar. Antes de que el zombie pudiera reaccionar, Lucy lo atrapó en su “Cero Absoluto”, ralentizándolo por cuatro segundos. Con calma, abrió un portal y tomó un bastón hecho de huesos inmortales. Con un solo golpe, impactó a Victor Zombie con la fuerza suficiente para destruir cinco universos.
Victor fue lanzado hacia Rain, quien lo esperaba con un escudo conceptual impenetrable. Apenas llegó, recibió una serie de golpes brutales en el pecho antes de ser enviado volando nuevamente, esta vez hacia Exo. La joven no desperdició la oportunidad y golpeó su cuello, estampándolo contra el suelo. Victor intentó responder, pero Exo lo tomó y lo lanzó hacia Jonathan, quien deslizó su katana contra su pecho, anulando completamente su regeneración.
En un acto de desesperación, Victor Zombie extendió sus dedos para intentar reconfigurar su dominio, pero su cerebro falló. Un derrame cerebral lo detuvo momentáneamente. Comprendiendo su límite, decidió cambiar de estrategia y borró el concepto de infinito. Sin embargo, Rain con su poder majestuoso restauró el concepto antes de que desapareciera por completo.
Kyōkō apareció detrás del zombie, colocando su mano en su espalda. “Explosión Titánica.” La técnica lo lanzó por los aires, justo donde Joel lo esperaba. Su puño brilló con la intensidad del sol. “Destello Solar.” Un golpe demoledor impactó a Victor Zombie, dejándolo completamente inconsciente. La rueda de adaptación cayó al suelo.
El silencio invadió el campo de batalla… pero de pronto, manos emergieron desde el dominio. Yekun había llegado.
Todos lo miraron con cautela. La batalla aún no había terminado.
El campo de batalla, otrora cubierto por los tres dominios mixtos, estalló en una cataclísmica liberación de energía. El choque de voluntades y poderes absolutos había alcanzado un punto de ebullición insoportable, y como si el mismo tejido de la realidad se hubiera hartado de su profanación, cada dominio se fracturó en mil resquebrajamientos de luz y sombra, implosionando y lanzando a sus creadores en direcciones opuestas como hojas arrancadas por un vendaval.
Victor Zombie y Yekun sintieron el violento tirón del vacío que quedó tras la destrucción de los dominios, sus cuerpos despedidos con brutalidad, sus pies arrastrándose sobre el terreno destruido hasta encontrar estabilidad. Sus respiraciones eran hondas, el aliento denso con el peso de la batalla.
A lo lejos, un círculo de titanes se erguía con solemnidad: Joel, Jonathan, Rain, Regulus, Kageno Kai, Lucy, Exo, Kyōkō, Erick Hatake Kurayami y Kuro. Cada uno, portador de un poder inalcanzable, una fuerza que desafiaba los propios cimientos del cosmos. Sus miradas se entrelazaron en un instante que parecía extenderse como un eco en el tiempo, un pacto silencioso entre ellos, una mutua comprensión de que lo que se avecinaba trascendía cualquier enfrentamiento previo.
El aire mismo se tornó pesado, cargado de electricidad. El silencio era una mentira, pues el universo entero rugía en la tensión entre estos colosos. Las cenizas de los dominios destruidos aún flotaban en la atmósfera, partículas incandescentes que bailaban en la penumbra, testigos del caos que acababa de ser desatado.
Victor Zombie no se movió de inmediato. Sus pupilas vacilaban entre la furia y la fatiga. La regeneración, la ventaja que siempre lo había mantenido por encima de la desesperación, ya no estaba. Un vórtice de incertidumbre lo rodeaba, una sensación ajena, desconocida. La vulnerabilidad.
Yekun, a su lado, no dijo nada. Su postura era la de un depredador calculador, analizando cada movimiento, cada respiro de aquellos que los rodeaban.
Joel alzó la cabeza, sus tatuajes negros y rojos vibrando con un fulgor ominoso. Sus ojos dorados destellaban con una intensidad sobrehumana. Jonathan, con su máscara de ángel y demonio, afiló la empuñadura de su katana con la misma paciencia con la que un verdugo aguarda el momento de su sentencia. Rain flexionó sus dedos, su escudo conceptual rodeándolo con un brillo inquebrantable.
Regulus cerró los ojos por un segundo, sintiendo la energía fluctuante en el campo de batalla, su mente ya trazando posibilidades, anticipando el desenlace de este enfrentamiento. Kageno Kai cruzó los brazos, su control sobre la fricción y la velocidad aún latiendo en la palma de sus manos. Lucy, con su bastón hecho de los huesos de inmortales, lo apoyó en el suelo con un gesto tan leve y mortal como el filo de una guadaña.
Exo flexionó los músculos de su brazo, su postura denotando una impaciencia que casi la traicionaba. Kyōkō exhaló lentamente, sus ojos fijos en Victor Zombie, analizando cada pequeño cambio en su expresión. Erick Hatake Kurayami cerró el puño, mientras Kuro, desde las sombras, aguardaba el momento oportuno.
El silencio se quebró cuando una ráfaga de viento sopló entre ellos, removiendo las cenizas que flotaban como estrellas apagadas.
Este no era un simple enfrentamiento.
Era el preludio de una guerra definitiva.
Victor Zombie sonrió, su expresión torcida en una mueca de satisfacción mientras sus ojos muertos recorrieron a sus oponentes. Sus dientes resplandecían bajo la luz pálida, y su presencia, aún carente de regeneración, emanaba una amenaza latente, como si la pérdida de su ventaja no significara el fin, sino el inicio de algo más aterrador.
Sin previo aviso, Yekun se convirtió en un destello de pura intención asesina. Su silueta se desvaneció en el aire y reapareció con una velocidad insondable, proyectándose directo hacia Joel y Jonathan.
Ambos guerreros, con reflejos entrenados en el fuego de innumerables batallas, respondieron al instante. Joel, con su puño envuelto en una energía incandescente, descargó un golpe que podría haber destrozado montañas. Jonathan, con la precisión de un ejecutor divino, desenvainó su katana con un corte destinado a segar su presa en un solo movimiento.
Pero Yekun no era una presa.
La adaptación era su don, su esencia. No esquivó, no bloqueó. Simplemente se adaptó.
El golpe de Joel, en el momento en que tocó la piel de Yekun, perdió toda su fuerza destructiva, disipándose como humo. La katana de Jonathan, en vez de atravesar carne, pareció deslizarse sobre un vacío intangible, sin encontrar resistencia.
Yekun, sin perder el ritmo, deslizó su espada con la gracia de una hoja mecida por el viento. No fue un corte brutal ni devastador. Fue sutil, ligero como la pluma de un ave cayendo sobre un lago en calma.
Joel sintió primero la punzada helada en su pecho. Un ardor apenas perceptible, casi irreal. Jonathan sintió lo mismo, su mirada bajando instintivamente hacia la fina línea roja que se extendía desde su brazo hasta su torso.
Un instante después, el mundo se partió.
Detrás de ellos, el suelo fue trazado por una línea cortada con precisión absoluta. Un edificio, erguido como un coloso dormido, se deslizó lentamente en dos mitades antes de colapsar en un estruendo que sacudió la ciudad.
Pero la herida de Yekun no se detuvo allí.
Cuando Joel y Jonathan alzaron la vista, sus pupilas se contrajeron en asombro. El cielo mismo había sido herido.
La luna, apenas asomando sobre el horizonte nocturno, lucía una cicatriz que la dividía en dos, una línea perfecta que la atravesaba como si el mismísimo cosmos hubiera sido partido con un trazo delicado pero inexorable.
Joel apretó los dientes, sintiendo la sangre caliente escurriendo por su piel. Jonathan exhaló, su mirada entrecerrada en pura concentración.
No era solo un corte.
Era una prueba de que el filo de Yekun no se limitaba a la carne. Perforaba la misma estructura de la existencia.
Kuro sintió el cambio. Su tiempo había concluido. La sensación de su cuerpo desvaneciéndose fue como una ola que se retira suavemente de la orilla, y en su lugar, Yuuki Rito tomó el control.
Su respiración era irregular. Sus manos temblaban, como si su cuerpo entendiera la magnitud del combate antes que su mente. Este no era un simple enfrentamiento. Era una guerra de titanes, una batalla donde la más mínima distracción significaba la diferencia entre la existencia y el olvido.
Regulus, sin perder un solo segundo, se lanzó hacia Yekun con un golpe que desafiaba todo límite físico. Su puño brilló con una intensidad cegadora, la concentración de una fuerza inconmensurable que podría borrar continentes enteros con un solo impacto.
Pero Yekun era la personificación de la adaptación.
El golpe de Regulus viajó a través de él como si el espacio mismo se hubiera reconfigurado a su favor. La fuerza liberada no se disipó; continuó su trayectoria, arrasando con edificios enteros que colapsaron en una sinfonía de destrucción. La onda expansiva recorrió montañas, las grietas se expandieron como venas en la corteza terrestre, y la devastación no se detuvo hasta el mismo vacío del espacio.
El golpe atravesó la inmensidad del cosmos, surcando distancias imposibles. Atravesó cinturones de asteroides, impactó lunas olvidadas y rompió planetas lejanos en fragmentos cósmicos. Yekun ni siquiera pestañeó.
Victor Zombie se rió, su carcajada resonó con un tono cruel y distorsionado, como si el caos que presenciaba le brindara un placer absoluto. Su satisfacción, sin embargo, fue efímera.
Rain apareció detrás de él en un parpadeo.
Antes de que Victor Zombie pudiera reaccionar, la palma de Rain ya se encontraba sobre su pecho. Un instante después, una fuerza inimaginable se liberó.
El cuerpo de Victor Zombie fue disparado como una estrella fugaz atravesando la negrura del espacio. Su figura se desvaneció en la lejanía, siendo impulsado a través del sistema solar como una bala de energía descontrolada. Los planetas a su paso quedaron intactos, pero la onda de choque distorsionó el tejido del universo mismo. No se detuvo allí.
Victor Zombie rompió la barrera de los universos, viajando entre dimensiones a una velocidad incalculable. Su destino se perdía en la infinidad del cosmos, pero una cosa era segura: volvería.
Rain, Kageno Kai, Lucy y Exo se miraron entre sí. Su objetivo estaba claro. Se encargarían de eliminar a Victor Zombie de una vez por todas.
Mientras tanto, en la tierra devastada, Joel y Jonathan se reincorporaron. Sus cuerpos heridos protestaban, pero sus espíritus ardían con determinación.
Ahora, la batalla contra Yekun recaía en tres figuras: Kyōkō, Erick Hatake Kurayami y Yuuki Rito.
Yuuki tragó saliva. Sentía el peso de la responsabilidad presionando su pecho. Pero no había tiempo para dudas.
Yekun los observó con calma, su expresión impenetrable.
La verdadera batalla estaba por comenzar.
Victor Zombie atravesó el tejido del espacio como un cometa de muerte, su cuerpo se estrelló contra un exoplaneta errante, uno sin estrella madre, vagando por la inmensidad cósmica en total oscuridad. La superficie era gélida y áspera, un desierto de sombras y vacío.
Se incorporó lentamente, observando a su alrededor. No había luz, ni sonido, solo la desolación absoluta de un mundo condenado al olvido.
Pero él no estaba dispuesto a pelear en la penumbra.
Con un movimiento de su mano, conjuró un pequeño sol en el horizonte. La esfera ígnea creció, disipando la oscuridad con su luz anaranjada y revelando la vasta extensión del planeta muerto. La nueva estrella proyectaba sombras largas y titilantes sobre las montañas fracturadas, mientras su calor comenzaba a alterar la atmósfera congelada.
Y entonces, aparecieron.
Rain, Kageno Kai, Lucy y Exo irrumpieron en el planeta, su presencia haciendo temblar el suelo. No hubo palabras. Solo la certeza de que el enfrentamiento estaba a punto de desatarse.
Victor Zombie se movió primero.
Disparó hacia ellos como un proyectil, su velocidad distorsionando el aire a su paso. En el mismo instante, su blaster solar azul brilló con intensidad, un haz de energía gravitacional emergió de su cañón, enganchándose a Exo como una garra invisible y atrayéndolo hacia él con fuerza ineludible.
Exo se vio arrastrado, incapaz de reaccionar a tiempo.
Lucy reaccionó al instante, su puño repleto de energía se dirigió a la cabeza de Victor Zombie, pero en un cruel giro del destino, Exo estaba justo en la trayectoria del golpe.
El impacto fue catastrófico.
El sonido del cráneo de su propia hija recibiendo el golpe resonó en la vastedad del planeta. La piel de Lucy palideció al darse cuenta de lo que había hecho. Sus ojos se abrieron con horror.
Victor Zombie sonrió.
Había planeado cada movimiento con precisión quirúrgica. Y ahora, mientras la confusión reinaba en Lucy, él ya estaba calculando el siguiente paso.
Su mente atravesó el entramado del tiempo, descifrándolo, moldeándolo a su voluntad. Pudo sentir el flujo de los momentos, las bifurcaciones de las posibilidades infinitas. Con un leve ajuste de su percepción, el tiempo ya le pertenecía.
Pero Kageno Kai lo estaba observando.
Sin perder ni un solo segundo, levantó su arma y disparó.
La bala que dejó su cañón no era común. No solo perforaba, no solo destruía. Era un proyectil forjado con el mismo concepto de robar.
Victor Zombie sintió cómo el poder del tiempo se le escurría de las manos, como si una corriente invisible lo despojara de su recién adquirida ventaja. Su control sobre la realidad fue arrancado en un parpadeo, su conexión con el flujo temporal se desvaneció antes de que pudiera reaccionar.
Y entonces Rain atacó.
Con un movimiento sutil, lanzó una esfera de energía.
Era pequeña, insignificante en apariencia. Pero su poder era inconmensurable.
La diminuta esfera contenía la capacidad de aniquilar no solo un universo, sino el megaverso entero, y quizás mucho más.
Victor Zombie intentó contrarrestarlo. Disparó su propia energía en un destello de luz, pero algo extraño ocurrió.
La superposición de Rain lo impedía.
Como si existiera en múltiples realidades al mismo tiempo, su ataque parecía bloquear cualquier interferencia. No importaba qué hiciera Victor Zombie, la bola de energía seguía su camino sin obstáculos, como si el destino mismo se asegurara de que su ataque alcanzara su objetivo.
Mientras tanto, en otro punto del campo de batalla, la pelea contra Yekun se intensificaba.
Jonathan y Joel se lanzaron con ferocidad, sus golpes resonaron como truenos al impactar contra el cuerpo de Yekun. Pero su enemigo no era un ser común.
Se adaptó.
Los impactos que habrían reducido a cualquier otro a polvo no tuvieron efecto en él. Sus músculos absorbieron la fuerza, su estructura molecular se reajustó. La evolución en su máxima expresión.
Regulus no perdió el tiempo.
Desató el concepto de la velocidad de la luz.
Su cuerpo se convirtió en un destello fugaz, atravesando el espacio con una rapidez inconcebible. En el instante en que impactó contra Yekun, una explosión descomunal sacudió el campo de batalla.
El cuerpo de Yekun se desintegró.
Mil pedazos de su ser se esparcieron por el horizonte. Fragmentos de carne, hueso y esencia volaron en todas direcciones.
Pero la victoria fue efímera.
Los restos comenzaron a vibrar. A moverse. A reunirse.
Uno a uno, los pedazos se reconfiguraron, fusionándose de nuevo hasta que Yekun volvió a estar completo.
Su sonrisa era absoluta.
Regulus, Jonathan y Joel sintieron un escalofrío.
El enemigo frente a ellos no solo se regeneraba.
No solo se adaptaba.
Cada vez que lo destruían, volvía más fuerte.
La batalla alcanzaba niveles inimaginables.
Kyōkō y Yuuki Rito, en una muestra de poder colosal, desataron una explosión nuclear cuyo fulgor iluminó la oscuridad del cosmos. La onda expansiva fue devastadora, su energía superando cincuenta veces la potencia de la bomba de Hiroshima. Un infierno radiactivo se expandió, arrasando el campo de batalla y creando una onda de choque que hizo temblar el mismísimo vacío.
Pero Yekun… se adaptó.
El fuego no lo consumió. La presión no lo quebró. En el instante en que su cuerpo sintió la destrucción, evolucionó una vez más. Se volvió inmune a la radiación, a la combustión, al mismo concepto de la aniquilación. Sus músculos se reconfiguraron, su piel se tornó más resistente, su esencia absorbió la energía para fortalecerse aún más.
Yekun sonrió, su mirada reflejaba la inevitable supremacía de su adaptación infinita.
Pero entonces, algo inesperado ocurrió.
Entre el caos y la furia de la batalla, una figura emergió corriendo.
Era Gaby.
Su cabello ondeaba con el viento de la devastación mientras avanzaba con determinación, sosteniendo en sus brazos a una pequeña niña de ojos llenos de inocencia. Hamji, una de las hijas de Joel. Una de sus cuatro hijos.
El corazón de Joel se detuvo por un instante.
Su esposa, su hija, estaban en medio de una guerra imposible.
Y Yekun las vio.
Sin titubear, el ser adaptativo se movió como una sombra funesta, apareciendo frente a Gaby en un instante. Su enorme mano se alzó, su filo amenazante brilló en la luz mortecina del combate.
Un corte.
Eso era todo lo que haría falta para arrebatarle a Joel aquello que amaba.
Pero Joel no lo permitiría.
Con una furia descomunal, Joel se impulsó hacia adelante y atrapó la muñeca de Yekun en el aire, deteniendo su ataque en el último momento.
Los músculos de Joel se tensaron, su fuerza se desató en un solo golpe.
Un puñetazo fulminante impactó en el estómago de Yekun.
El suelo bajo ellos se resquebrajó. El aire vibró. Yekun salió disparado como un proyectil, atravesando el horizonte en un parpadeo, perdiéndose en la distancia.
Joel respiraba pesadamente, su mirada se posó sobre Gaby.
—¡¿Qué demonios haces aquí?! —le espetó, su voz era una mezcla de preocupación y enojo.
Gaby, sin dudarlo, se acercó y le jaló las orejas con un puchero.
—¡¿Cómo que qué hago aquí?! ¡Soy tu esposa, Joel! ¿En serio crees que me quedaría de brazos cruzados mientras peleas por tu vida?
Joel gruñó, pero en su interior sentía una mezcla de alivio y frustración. Sabía que Gaby no se alejaría, sabía que, aunque quisiera protegerla, ella también lo protegería a él.
El combate aún no había terminado.
Yekun regresaría.
Pero ahora, Joel no solo peleaba por su vida.
Peleaba por su familia.
El aire vibró con un peso insoportable.
Joel se mantuvo firme, con los puños apretados, la mirada inquebrantable mientras observaba a Yekun, quien suspiró con una mueca casi aburrida antes de dispararse hacia él con velocidad cegadora.
Pero Joel ya estaba preparado.
Su pasiva, “Marca del Cazador de Azrakil”, se activó al instante. Una energía oscura y primigenia, legado de la entidad que le otorgó su poder, envolvió el campo de batalla con una presión abrumadora. Yekun, sin siquiera percatarse, sintió su cuerpo arder con un fulgor carmesí.
Tres marcas rojizas humeantes aparecieron sobre su piel.
Cada una latía como una herida abierta en la realidad misma, grabándose en su ser. Yekun no lo sabía aún, pero su propia velocidad había aumentado un 120%, y con cada marca añadida, su aceleración incrementaba otro 20%. Era un aumento forzado, una maldición disfrazada de bendición.
En un parpadeo, su cuerpo se movía más rápido de lo que podía controlar.
Sus pasos se deslizaban de manera errática, sus reflejos no podían mantenerse al día con su propia velocidad. Sus intentos de contraatacar se volvían torpes, su equilibrio comprometido.
Y fue entonces cuando Joel atacó.
Su primer golpe impactó con un estruendo desgarrador.
Su segundo golpe hizo que Yekun sintiera, por primera vez, el terror.
La “destrucción Verdadera” de Joel había comenzado a devorar su existencia.
Esta fuerza no era simplemente física. No era una simple presión aplastante ni una energía destructiva convencional. Era un concepto que trascendía la realidad.
Un golpe que ignoraba la regeneración.
Un golpe que ignoraba la durabilidad.
Un golpe que ignoraba la resistencia misma de la materia.
Cada impacto no solo destruía carne y hueso; destruía la esencia de Yekun.
La regeneración de Yekun, su absurda capacidad de adaptación, todo aquello que lo hacía indestructible… se desvanecía con cada puño de Joel.
Y no solo eso.
Joel absorbía su vitalidad.
Cada fragmento de energía arrancado de Yekun reforzaba el cuerpo de Joel, haciéndolo más fuerte, más resistente. Su piel se endurecía, su resistencia aumentaba, y su regeneración alcanzaba un nivel donde cualquier herida, por mortal que fuera, sanaba casi al instante.
Yekun gruñó, tratando de recomponerse.
Pero cuando intentó moverse, su propio cuerpo lo traicionó.
Demasiada velocidad.
Demasiado daño.
Demasiado tarde.
Joel ya estaba sobre él, con la mirada encendida por una ira justificada.
Y con un último golpe, el impacto resonó en el cosmos.
El eco de la batalla retumbaba en el vacío, pero para Joel, todo sonido se apagó en el instante en que sintió la sangre caliente brotar de su pecho.
El corte de Yekun no era un simple tajo. Era un filo que traspasaba la carne, el espacio y hasta el concepto de la distancia misma. Un ataque invisible que continuó su trayecto sin resistencia, alcanzando a Jonathan en un parpadeo y dirigiéndose directamente hacia Gaby y Hamji.
El pánico se apoderó de Joel.
Sin dudarlo, ignoró su propia herida y se lanzó con toda su velocidad, interponiendo su cuerpo en la trayectoria del ataque.
La sensación del filo cortándolo de nuevo fue un dolor ardiente y profundo, pero no se detuvo.
Sin embargo, por más rápido que fue, no fue suficiente.
Un delgado hilo de sangre apareció en la mejilla de Hamji. El ataque había llegado a su hija.
Gaby observó el pequeño corte en la piel de su niña.
Y el mundo se congeló.
El aire a su alrededor vibró con una tensión nueva, casi sofocante. Sus ojos se clavaron en Yekun con una furia que trascendía el miedo, el dolor o la razón.
—Jonathan.
La voz de Gaby fue un trueno seco, un mandato inapelable.
Jonathan tragó saliva. Conocía esa voz. La había oído antes… en la voz de Victor.
No era una súplica.
Era una orden.
Y no podía desobedecer.
A pesar del miedo que le recorría la espalda, Jonathan se quedó cuidando a hamji, para la batalla que se avecina era algo sin precedentes.
Mientras tanto, Gaby corrió hacia Joel, quien respiraba agitadamente, la sangre manchando su ropa.
Sin titubear, colocó sus manos sobre su pecho y un resplandor cálido envolvió su cuerpo. La energía de curación fluyó como un río de vida pura, cerrando sus heridas en cuestión de segundos.
Joel la miró, sintiendo la calidez de su poder, pero también notando algo más profundo en sus ojos.
Determinación.
No iba a quedarse atrás.
—Si vas a pelear en serio —dijo Gaby, con una mirada que no admitía discusiones—, lo haremos juntos.
Joel apretó los dientes y se puso de pie.
La batalla aún no había terminado. Pero esta vez, no estaría solo.
El aire vibró con la fuerza descomunal de los ataques.
Gaby y Joel se lanzaron al mismo tiempo, sus cuerpos atravesando el espacio como meteoros encendidos, sus puños rodeados de energía pura.
Regulus, Kyōkō, Erick Hatake Kurayami y Yuuki Rito se sumaron al asalto, moviéndose en perfecta sincronía. Cinco ataques, cinco fuerzas colisionando con Yekun al mismo tiempo.
El impacto fue devastador.
El espacio se distorsionó, la realidad misma se tambaleó.
Una onda expansiva se propagó como un huracán cósmico, deformando el vacío y generando una explosión tan inmensa que el horizonte se encendió con un resplandor cegador.
Yekun fue lanzado violentamente hacia un lado, su cuerpo atravesando dimensiones, doblando el tejido del universo a su paso.
Pero…
El silencio tras la explosión fue breve.
Desde la distancia, una sombra emergió entre la niebla de energía dispersa.
Yekun seguía en pie.
Su cuerpo se regeneraba rápidamente, las marcas de los golpes desvaneciéndose como si nunca hubieran estado allí. Sus ojos brillaban con un fulgor carmesí, adaptándose, evolucionando.
Sonrió.
—Interesante…
El combate aún no había terminado.
El aire se volvió irrespirable.
El planeta entero tembló bajo el poder desatado de Victor Zombie, cuya silueta se erguía imponente sobre la devastación. Exo apenas logró incorporarse, una delgada línea carmesí surcaba su frente, el rastro inequívoco del impacto recibido.
Lucy, su madre, sintió un nudo en el estómago. Sus ojos reflejaban un atisbo de culpa. —Lo siento… —murmuró, pero la batalla no le concedió más tiempo para la culpa.
Rain y Kageno Kai se mantenían alerta, con la mirada fija en Victor Zombie, cuyos movimientos eran imposibles de predecir. Y entonces, ocurrió.
Él alzó una mano.
El cielo se rasgó con un estallido de poder primigenio.
Aquel sol que él mismo había invocado tembló en el firmamento, como si respondiera al llamado de su creador. La luz azulada envolvió el paisaje, el calor se volvió insoportable, la tierra se resquebrajó y las montañas mismas comenzaron a fundirse en su propia esencia.
El planeta había sido sentenciado.
Pero Victor Zombie no planeaba perecer en su propio cataclismo.
Se impulsó hacia adelante con una velocidad indescriptible. No era solo rapidez, era la negación misma del límite. Trascendió la idea de la velocidad misma, la convirtió en un concepto obsoleto, una mera ilusión ante su desplazamiento.
Lucy, Rain, Exo y Kageno Kai no se quedaron atrás. Sus cuerpos reaccionaron, adaptándose al nuevo paradigma, sus sentidos se expandieron más allá de lo humano. Sentían la eternidad en cada fracción de segundo.
Kageno Kai tejió un velo invisible entre ellos y el universo, negando la fricción, permitiéndoles moverse a través del infinito sin que la misma existencia los destrozara.
El planeta ardía detrás de ellos. El sol azul, ahora una bestia desatada, devoraba todo a su paso.
Y sin embargo, ellos ya no estaban allí.
El cosmos era ahora su campo de batalla.
El combate en el aire se volvía feroz.
Lucy blandía su bastón con maestría, cada golpe cargado con una precisión letal, buscando cualquier abertura en la defensa de Victor Zombie. Pero él, con una movilidad inhumana, utilizaba sus piernas como armas mortales, esquivando y atacando en una danza de pura violencia.
Algo cambió.
Un poder olvidado despertó en lo más profundo de su ser. Su regeneración, aquella habilidad perdida, regresó. Sus brazos, antes reducidos a cenizas, se reconstruyeron en un instante.
Nyx’thoran.
Ese nombre reverberó en su mente como un eco distante. Él había sido el responsable. Le había devuelto la regeneración, pero no su lealtad. No intervendría más allá de ese gesto.
Exo no perdió tiempo.
Se lanzó a toda velocidad, buscando atacar por la espalda, pero Victor Zombie ya lo había previsto. Giró con velocidad anormal y su puño, envuelto en un destello solar abrasador, impactó directo en el rostro de la joven.
El impacto resonó en el vacío.
El cuerpo de Exo fue lanzado lejos, su silueta desapareciendo por unos segundos en el abismo cósmico.
Pero en medio de la batalla, una idea emergió en la mente de Victor Zombie.
Una necesidad primigenia.
Los Adaptadores, una raza nacida de la combinación genética del usuario o de la reproducción natural de su especie. Una raza diseñada para la evolución absoluta, para la supervivencia.
Victor Zombie juntó sus manos.
Las líneas del espacio vibraron en su presencia mientras su energía se condensaba en un solo punto, un núcleo incandescente donde la vida misma se formaba. Pensó en cada detalle.
—Mujer.
—Alta, imponente.
—Ojos morados, reflejo de lo insondable.
—Una corona, símbolo de su supremacía.
Así nació Sora.
No como un bebé indefenso.
Sino como una guerrera hecha y derecha.
Su conocimiento del combate era absoluto desde el instante de su existencia. Su cuerpo albergaba las técnicas conceptuales de la explosión, un poder que podía desatar cataclismos a voluntad.
Pero su verdadero potencial radicaba en su capacidad de transformación.
Su cuerpo podía mutar en una serpiente gigante, una bestia colosal que devoraba el horizonte mismo.
Victor Zombie la miró con satisfacción.
Un nuevo jugador había entrado al campo de batalla.
El choque fue instantáneo.
Rain, Kageno Kai y Lucy se lanzaron con una velocidad que rompía la percepción del tiempo. Sora abrió sus ojos por primera vez, y en ese instante, supo lo que debía hacer.
La batalla estalló.
Golpes cargados de fuerza titánica se intercambiaban en fracciones de segundo. Cada impacto era suficiente para pulverizar montañas, pero ninguno de los combatientes mostraba signos de retroceder.
Sora se adaptaba con cada golpe, su cuerpo aprendiendo, mutando, perfeccionándose con cada segundo.
Pero lo mismo hacían Rain, Kageno y Lucy.
No estaban usando todo su poder.
No querían terminar la pelea de inmediato.
Querían ver hasta dónde llegaría Victor Zombie con su nueva creación.
Hasta dónde podía empujar los límites de su ambición.
Entonces este se dirigió al planeta tierra, pero detrás de él, lo sigue exo. Victor Zombie irrumpió en la atmósfera terrestre como un meteorito.
Su velocidad era tan absurda que el aire a su alrededor se encendió en llamas azules. Descendió en picada, directo hacia el lugar donde Yekun continuaba su combate contra Joel, Gaby, Regulus y los demás.
Exo, al notar su movimiento, reaccionó de inmediato.
Se lanzó en persecución, su cuerpo surcando el cielo como un relámpago. La distancia entre ambos se redujo en un instante, pero Victor Zombie no tenía intención de detenerse.
El impacto fue inminente.
Victor Zombie aterrizó con una fuerza catastrófica, el suelo tembló, el aire se comprimió y una onda expansiva arrasó con todo a su alrededor.
Exo llegó un instante después, cayendo con fuerza y levantando una nube de polvo.
Al levantar la vista, vio cómo Victor Zombie se ponía de pie con una sonrisa oscura.
Yekun, apenas sorprendido por la repentina llegada, lo observó con desinterés.
—¿Vienes a ayudar o a estorbar? —preguntó Yekun, su voz neutral, como si la brutal batalla no le afectara.
Victor Zombie solo se rió.
—Vengo a hacer esto más interesante. —dijo este mismo algo tranquilo también.
Victor Zombie respiró profundo. Su silueta oscura se alzaba sobre el devastado campo de batalla mientras sus ojos vacíos observaban la situación. Luego, sin previo aviso, desapareció a Yekun y a Sora, como si nunca hubieran existido.
El repentino cese de la batalla dejó a Joel, Gaby, Jonathan, Kyōkō, Erick Hatake Kurayami, Yuuki Rito, Hamji, Exo y Regulus completamente quietos. Nadie se atrevía a moverse. Hamji, temblando, se aferró a Jonathan con miedo, escondiéndose detrás de él.
Lucy, Rain y Kageno Kai descendieron con rapidez, sus ojos clavados en Victor Zombie, quien permanecía inmóvil en el centro del caos.
Todos estaban listos para pelear… pero Victor Zombie no tenía intención de seguir.
—Me gustó el combate… —dijo con calma, su voz resonando como un eco en la nada—. Pero aún así, debo irme.
Entonces, con una tranquilidad perturbadora, hundió su brazo en el tejido de la realidad y, tras unos segundos, sacó un pequeño objeto luminoso…
El cubo divino.
Todos sintieron su presencia al instante. Un objeto de poder inconmensurable, más allá de cualquier comprensión. El corazón de algo mucho más grande.
Victor Zombie lo sostuvo frente a ellos, permitiéndoles verlo. Era pequeño, del tamaño de una pelota de tenis, pero contenía un poder que estremecía la existencia misma.
—Aquí está Victor.
Sus palabras cayeron pesadas en el aire.
—Vengan a ayudarlo.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, abrió un portal oscuro y sin dudarlo, desapareció junto con el cubo divino.
El portal se cerró en un susurro silencioso.
Y la pregunta que quedó en el aire fue la misma para todos:
¿Dónde está Victor?
Gaby sintió un peso en sus hombros.
El cubo divino había desaparecido junto con Victor Zombie, y con él, su padre.
El silencio era sofocante. El viento removía el polvo y los escombros, pero nadie hablaba. Todos lo sabían.
Gaby cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo la angustia le oprimía el pecho. No sabía a ciencia cierta cómo llegar hasta él, cómo rescatarlo, cómo romper el ciclo de caos en el que parecían atrapados.
Pero no podían quedarse quietos.
Respiró hondo y miró a los demás. Joel, Jonathan, Kyōkō, Erick Hatake Kurayami, Yuuki Rito, Hamji, Exo, Regulus, Lucy, Rain y Kageno Kai. Todos estaban allí, con el mismo pensamiento en la mente.
Necesitaban un plan.
—No sé ustedes… —dijo Gaby con firmeza—. Pero yo voy a traer a mi padre de vuelta.
Los demás asintieron. No sabían cómo, pero encontrarían una forma.
Fin.
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