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History academy arco 6: El fin del mundo. - Capítulo 78

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  4. Capítulo 78 - 78 Episodio 78 Encerrado
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78: Episodio 78: Encerrado 78: Episodio 78: Encerrado Victor estaba dentro del cubo divino.

El tiempo no tenía sentido allí.

No había luz, ni sombras, ni un solo sonido que le indicara el paso de los segundos.

Era un vacío, una prisión perfecta.

Sentía su respiración, el latido de su corazón, la sangre corriendo por sus venas.

Eso le decía que seguía vivo.

Pero al mismo tiempo, era como si estuviera atrapado en un instante eterno.

Un año… O eso creía.

Quizás solo habían pasado minutos.

Tal vez solo segundos.

O tal vez había estado ahí por siglos.

Le asqueaba.

Golpeó las paredes invisibles del cubo con furia, con desesperación.

Pero nada cambiaba.

Nada respondía.

Gruñó, frustrado.

No podía permitirse estar encerrado ahí para siempre.

Tenía que salir.

Victor sintió cómo el cubo se hacía más pequeño con cada explosión de su furia.

Era como si la prisión reaccionara a sus emociones.

Si se dejaba consumir por la ira, quizás terminaría aplastado en un punto microscópico.

Respiró hondo.

Se obligó a calmarse.

Este lugar podía quebrar su mente si no mantenía el control.

Aun así, su voluntad no flaqueó.

No iba a ser derrotado por un maldito cubo.

Cerró los ojos y expandió su conciencia.

Su telepatía atravesó las barreras del cubo, cruzó dimensiones, alcanzó cada rincón del omniverso.

—Escuchen todos.

Su voz resonó en la mente de incontables seres, héroes, dioses y villanos por igual.

—Esperen un año.

Prepárense.

Porque algo viene… y tendrán que superarlo.

En algún lugar, Nyx’thoran escuchó esas palabras y sonrió con diversión.

—Vaya, vaya… —musitó, dejando que su propia telepatía alcanzara a Victor dentro del cubo—.

¿Así que ahora das discursos desde tu celda?

Qué patético.

Su burla resonó con un eco cargado de malicia.

Victor no respondió.

No porque no tuviera palabras para decir, sino porque no pensaba darle el gusto de una respuesta.

Él esperaría.

Se fortalecería.

Y cuando saliera de esa prisión… nada lo detendría.

Dentro del cubo, la voz burlona de Nyx’thoran resonaba con eco, pero Victor no titubeó.

—Aún sigo siendo más fuerte.

Sus palabras no fueron un grito ni una amenaza, sino una afirmación absoluta, cargada de convicción.

No importaba cuánto tiempo estuviera atrapado, ni cuántos juegos mentales intentara Nyx’thoran.

Él seguía siendo Victor.

Y eso significaba que no podía ser derrotado.

Nyx’thoran se quedó en silencio por un instante, luego soltó una carcajada.

—Ja… ja, ja… ¡Vaya!

Me encanta que aún creas eso.

Pero dime, Victor… ¿cuánto tiempo más podrás aguantar ahí dentro sin romperte?

Victor no respondió de inmediato.

Solo cerró los ojos y esperó.

Sabía que la verdadera batalla aún no había comenzado.

Victor sonrió, encontrando un retorcido placer en aquella conversación.

No importaba cuánto tiempo pasara dentro del cubo divino, su voluntad no se rompería.

Su voz resonó en la mente de todos aquellos que escuchaban su telepatía.

—Acaso el dios que me encerró aquí no puede ganarme con la fuerza tan débil.

Nyx’thoran frunció el ceño ante la provocación.

Aunque su tono seguía siendo imponente, había un leve matiz de irritación en su respuesta.

—Mataré a tus esposas e hijos.

Victor soltó una carcajada seca y burlona.

—¿En serio?

Jajajaja… ¿Esa es tu gran amenaza?

Mis alumnos y todos los que han aprendido de mí te vencerán, y si no pueden, yo lo haré.

La furia de Nyx’thoran se hizo palpable, su presencia divina vibró en el omniverso, pero Victor no se detuvo.

—Dentro de un año, cuando llegue el 31 de diciembre, veremos si en verdad tienes ese orgullo.

El dios sintió una punzada de rabia.

Victor lo sabía.

Sabía que, a pesar de su poder absoluto, Nyx’thoran no soportaba la idea de ser humillado.

—Te quitaré ese orgullo con mis propias manos.

Victor, aun encerrado, alzó la voz con una determinación inquebrantable: —Déjame demostrar el poder de un Yadaratman.

Cerró los ojos, concentrando su energía.

Una vibración trascendental recorrió el omniverso cuando su poder comenzó a elevarse.

Toda la existencia tembló.

Planetas, estrellas y dimensiones enteras sintieron la presencia de un ser que no estaba dispuesto a ser contenido.

Nyx’thoran respondió de inmediato, elevando su propio poder.

Aunque uno estaba sellado en el cubo divino y el otro era libre, el choque de sus energías hizo que los cimientos de la realidad se sacudieran.

Era como si el universo mismo sufriera al presenciar el despliegue de dos colosos.

En otro lugar, Rigor sintió aquella energía descomunal.

Su expresión no fue de miedo ni asombro, sino una simple sonrisa.

Evil Victor y su esposa Victoria alzaron la mirada.

El cielo se rasgaba, las nubes se apartaban, como si temieran la presencia de algo que iba más allá de su comprensión.

—¿Qué es eso?

—preguntó Mar, su hija, con una mezcla de curiosidad y miedo.

Evil Victor cruzó los brazos, su mirada fija en el firmamento.

—Mi recipiente está dando todo.

Daiki Talloran y Darkness se encontraban en su reino cuando sintieron el impacto.

La mesa en la que estaban vibró, y las montañas a su alrededor colapsaron como castillos de arena.

Darkness salió de inmediato, observando el caos en el horizonte.

Su voz se llenó de incertidumbre.

—¿Qué tanto planeas, Victor?

A su lado, Lilith y James, los hijos de Darkness y Daiki, también sintieron el peso de aquella batalla invisible.

En otra parte del omniverso, Jehová estaba inmerso en sus propias misiones junto a Nagatchi.

Al percibir la energía de Victor y Nyx’thoran, hizo una breve pausa, su mirada se endureció.

—Solo faltó poco… —murmuró.

Respiró hondo y luego miró hacia el cielo.

—Necesito cuidar de los ángeles y de mi hijo… y del discípulo que dejé disciplinar.

Su pensamiento se desvió hacia Nagatchi, como si el destino estuviera a punto de cruzar sus caminos una vez más.

Zoe e Issac, aunque su hermano era conocido como Bladimir, estaban inmersos en su entrenamiento, perfeccionando cada movimiento con disciplina.

Golpes certeros, esquivas rápidas, todo bajo un riguroso régimen de mejora constante.

De repente, sus cuerpos se congelaron.

Una voz resonó en sus mentes, profunda y llena de autoridad.

—Esperen un año y prepárense… porque viene algo que tendrán que superar.

Ambos sintieron un escalofrío recorrer sus espinas dorsales.

Sus músculos, acostumbrados a la tensión del combate, temblaron por razones desconocidas.

No era miedo… era una sensación de abrumadora magnitud.

Entonces, lo entendieron.

Ese poder, esa presencia, era de alguien que superaba toda lógica.

—¿Esa voz…?

—susurró Zoe, sintiendo su respiración entrecortada.

Bladimir tragó saliva, sus puños se cerraron con fuerza.

Su maestro Rigor les había hablado de él.

Victor.

Aquel ser desaparecido, cuyo paradero había sido un misterio, ahora se hacía presente.

Pero no de la forma que imaginaban.

Su energía sacudía el universo.

Zoe e Issac compartieron una mirada.

Esto no era un simple mensaje.

Era una advertencia.

Victor cerró los ojos por un instante, sintiendo cómo su energía fluía en cada rincón del cubo divino.

—Débil.

Su voz resonó con un peso inquebrantable.

Su poder se disparó una vez más, trascendiendo los límites que incluso esa prisión cósmica intentaba imponerle.

La existencia misma vibró a su alrededor.

Entonces, sucedió.

Una pequeña fractura, diminuta, microscópica, apenas perceptible a simple vista, apareció en la superficie del cubo.

Un quiebre insignificante… pero un indicio de lo inevitable.

Nyx’thoran observó aquello en silencio.

Su expresión, por primera vez en siglos, no era de burla ni de indiferencia.

Era de sorpresa.

Pero luego, sonrió.

—La batalla entre nosotros definirá el destino del planeta Tierra.

La grieta no era nada… aún.

Pero Nyx’thoran lo entendió al instante.

Era el principio del fin.

Mientras todo esto sucedía, en un rincón apartado de la Academia Omega, Lux Shingōki se encontraba en medio de su ceremonia de graduación.

La emoción y el orgullo por haber llegado tan lejos la llenaban… hasta que algo la estremeció por completo.

Un escalofrío recorrió su espalda.

Una sensación opresiva, desconocida, invadió su mente.

A su lado, Ian, su mejor amigo, estaba sentado, distraído, cuando ambos comenzaron a escuchar unas voces, no humanas, no terrenales.

Eran imponentes, titánicas, con una intensidad abrumadora.

Lux, con su don de comunicarse a través de la mente, pudo captar con claridad la conversación entre dos entidades colosales.

Victor.

Nyx’thoran.

El aire a su alrededor se sintió pesado, cargado de un poder que jamás había experimentado.

Un segundo después, el suelo comenzó a temblar.

—¿¡Un terremoto!?

—exclamó Ian, poniéndose de pie de un salto, con el rostro pálido.

Pero Lux supo al instante que no lo era.

Era algo mucho peor.

Mientras las voces retumbaban en las mentes de incontables seres a lo largo de la existencia, un repentino cambio en la energía se hizo evidente.

Victor, aún dentro del Cubo Divino, detuvo su ascenso de poder por un momento.

Su voz resonó en todas partes, trascendiendo dimensiones y realidades.

—Hey, tengan cuidado con una maldición.

Su advertencia dejó a muchos en silencio.

¿A qué se refería?

Nyx’thoran, quien hasta ese momento había disfrutado de la intensidad del choque de poderes, también cesó su aumento de energía.

Por primera vez en mucho tiempo, la existencia dejó de temblar.

La calma repentina no fue alivio, sino inquietud.

Rigor sintió el cambio.

Desde su posición, donde observaba el enfrentamiento en la distancia, notó cómo la presión del poder se reducía.

Algo le dijo que no era un respiro de alivio, sino el inicio de algo más grande.

Evil Victor y su esposa Victoria también lo percibieron.

Junto a ellos, su hija Mar levantó la vista hacia el cielo, confundida.

—¿Qué está pasando?

—preguntó con inocencia.

Evil Victor solo observó el firmamento en silencio.

Él sabía que cuando su contraparte hablaba con tanta seriedad, era porque algo de gran magnitud estaba por venir.

En su reino, Daiki Talloran y Darkness presenciaron el temblor que había sacudido su mesa, los ecos de una fuerza que trascendía todo lo conocido.

Ambos salieron a ver cómo las montañas comenzaban a desmoronarse, las nubes se separaban y la tierra parecía contener un aliento largo y pesado.

—Victor… —susurró Daiki, con el ceño fruncido.

Lilith y James, los hijos de Darkness y Daiki, se quedaron en silencio.

Podían sentirlo, aunque no lo comprendieran del todo.

Algo en su esencia les decía que el universo estaba al borde de un cambio.

La maldición ha despertado.

Kira, el ser primordial del concepto de los sentimientos, se alzó desde la esencia misma de la existencia.

No nació, ni fue creado, simplemente era.

Un ente cuyo mandato era claro, inquebrantable: destruir a los hijos de Victor.

Su forma no era tangible ni intangible, era ambas cosas y ninguna al mismo tiempo.

Fluctuaba entre lo real y lo conceptual, entre lo que puede ser sentido y lo que no.

Era la manifestación de la paradoja misma: la existencia de los sentimientos y su negación absoluta.

Pero Kira no solo era una maldición ordinaria.

En su núcleo, en lo más profundo de su esencia, corría el poder del Gran Nihil, el dios de las maldiciones.

Y Nihil… Ahora era Evil Victor.

Aunque el otrora temido ser había decidido retirarse hace mucho, su sombra seguía dejando huellas en el cosmos.

Cada maldición llevaba su legado.

Kira era prueba de ello.

La existencia tembló con su despertar.

No porque emitiera energía destructiva, sino porque su presencia distorsionaba las emociones mismas.

Los mundos sintieron amor que se convertía en odio, tristeza que se disolvía en un vacío inexplicable, felicidad que se transformaba en una angustia irreal.

Los hijos de Victor… estaban en peligro.

No porque Kira los persiguiera con furia, sino porque su existencia borraba el significado mismo de sus emociones.

No podían confiar en lo que sentían.

No podían estar seguros de si querían huir… o si querían morir.

El ente de la maldición, apenas consciente de su propósito, fue lanzado a través del vacío del tiempo y el espacio, dirigido por su propia esencia hacia una única presencia: Evil Victor.

El viaje fue instantáneo.

Su destino: un majestuoso palacio sumido en una oscuridad elegante y silenciosa.

Sin dudarlo, Kira aterrizó con fuerza, el suelo bajo sus pies se resquebrajó ligeramente.

Sus ojos carentes de emoción se fijaron en la gran puerta del palacio.

Golpearla sería un gesto innecesario.

En su naturaleza, la paciencia no existía.

Alzó su mano y empujó con violencia.

La gigantesca puerta se estremeció, pero antes de que pudiera abrirla por completo, una figura menuda apareció de la nada: un guardia pequeño, con una armadura que parecía hecha de sombras solidificadas.

—¿Quién eres y qué buscas aquí?

—preguntó con voz firme, sin mostrar temor.

Kira no respondió.

Su mirada fría e inhumana se clavó en el guardia por una fracción de segundo antes de que, con un simple movimiento de su mano, lo lanzara volando contra las paredes del palacio.

El eco del impacto resonó por los pasillos oscuros.

Fue en ese instante cuando Evil Victor apareció.

El sonido del agua goteando indicaba que había salido del baño hacía apenas unos momentos.

Caminaba por el pasillo sin camisa, secándose el cabello con una toalla, despreocupado, hasta que notó la presencia de Kira.

Su expresión pasó de indiferencia a leve sorpresa.

—¿Eh?

—murmuró, sus ojos carmesíes fijándose en la figura que acababa de irrumpir en su dominio.

Kira no dijo nada.

Evil Victor la observó más de cerca y, tras unos segundos, su boca se curvó en una sonrisa.

—Espera… ¿Eres tú, Kira?

El eco de su voz se extendió por el palacio.

Kira, la maldición encarnada, se arrodilló sin titubear frente a Evil Victor.

Su gesto era solemne, carente de duda, una señal de respeto absoluto hacia aquel que alguna vez fue el dios supremo de las maldiciones.

—Su majestad… —susurró con reverencia.

Sin embargo, Evil Victor solo sonrió con diversión, su postura relajada contrastando con la solemnidad de la escena.

Los tiempos habían cambiado.

—Levántate, Kira.

—Dijo con tono despreocupado—.

Ya no soy el dios de las maldiciones que fui antes.

Sus ojos brillaban con una mezcla de nostalgia y burla.

—Pero dime, ¿qué deseas de mí?

—preguntó, cruzándose de brazos—.

Te advierto que si es algo problemático, mi esposa me va a pegar.

Apenas terminó de hablar, sintió una presencia a su espalda.

Su cuerpo se tensó por reflejo cuando Victoria, su esposa, se acercó silenciosamente y colocó su mano en su hombro.

—Ten cuidado con lo que haces, querido.

—susurró con una sonrisa dulce, pero su tono tenía un peso que Evil Victor no podía ignorar.

El aire se volvió denso por un momento.

Evil Victor sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Su actitud confiada se tambaleó por un segundo.

En un reflejo instintivo, sintió que la toalla alrededor de su cintura casi resbalaba.

Con rapidez, la sujetó a tiempo, recuperando la compostura antes de que ocurriera una situación más vergonzosa.

Con una risa nerviosa, miró de reojo a Victoria y luego volvió a centrar su atención en Kira.

—Bien, Kira… —dijo con una sonrisa tensa—.

Antes de que mi esposa decida castigarme, explícame qué es lo que quieres.

Evil Victor entrecerró los ojos al escuchar las palabras de Kira.

Su expresión, antes juguetona, se volvió afilada y peligrosa.

—Su majestad, necesito matar a los hijos de Victor.

La voz de Kira era firme, sin titubeos, cargada con una determinación que no permitía dudas.

El silencio que siguió fue casi sofocante.

Evil Victor inclinó ligeramente la cabeza, sus ojos brillando con un destello de curiosidad y amenaza al mismo tiempo.

—Interesante… —murmuró—.

¿Y cómo sabes sobre Victor?

Su tono no era agresivo, pero tenía un filo cortante, como si midiera las intenciones de Kira con cada palabra que pronunciaba.

Victoria, aún con la mano sobre su hombro, frunció el ceño.

—¿Qué tipo de problema nos estás trayendo ahora, Kira?

—preguntó en un tono que era tanto inquisitivo como vigilante.

Kira mantuvo su postura de respeto, pero no mostró miedo.

Era una maldición, después de todo, un ser que existía más allá del temor humano.

—Su existencia me llamó.

—Explicó—.

Su energía es demasiado poderosa… un faro imposible de ignorar.

Y mi deber es claro.

Sus ojos resplandecieron con una luz oscura mientras añadía con un tono seco: —Los hijos de Victor deben morir.

Victoria tomó firmemente a Evil Victor del brazo, jalándolo con una mezcla de autoridad y travesura.

—Bueno, adiós, Kira.

—Dijo con voz avergonzada, sin mirarla demasiado, mientras empujaba a su esposo hacia su habitación.

Evil Victor parpadeó, sorprendido, pero no opuso resistencia.

—Espera, ¿esto es un castigo o una recompensa?

—murmuró con una sonrisa torcida.

—Depende de cuánto grites esta noche.

—Susurró Victoria en su oído antes de cerrar la puerta de golpe.

Kira suspiró, notando cómo el aura de la habitación se sellaba con energía insondable.

—Bueno… eso fue inesperado.

No tenía tiempo para las trivialidades de los antiguos dioses.

Su misión estaba clara.

Sin perder más tiempo, se elevó en el aire y atravesó el velo del universo, dirigiéndose al planeta Tierra.

Su velocidad era absurda, suficiente para cruzar dimensiones en segundos, pero… —A veces se necesita suspenso.

—murmuró para sí mismo, dejando que el viaje se alargara lo suficiente para que todos sintieran que algo terrible estaba por llegar.

Mientras tanto, Lux Shingōki e Ian caminaban en silencio por las calles iluminadas tenuemente por las farolas.

Aún podían sentir un leve temblor en el aire, un eco de lo que había ocurrido hace unos momentos.

Las voces de aquellos seres todavía resonaban en sus mentes, aunque difusas, como un mal sueño difícil de olvidar.

—¿Tú… también lo sentiste, verdad?

—preguntó Lux, con las manos en los bolsillos y la mirada al suelo.

—Sí.

Y no tengo idea de qué demonios fue eso.

—respondió Ian, frotándose la nuca.

A pesar de la confusión, no podían hacer nada más que seguir adelante.

La graduación ya había terminado.

Lo lograron.

A partir de ahora, el mundo estaba abierto para ellos.

Pero en el fondo, ambos sentían que algo grande estaba por ocurrir.

Continuará…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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