Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

History academy arco 6: El fin del mundo. - Capítulo 81

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. History academy arco 6: El fin del mundo.
  4. Capítulo 81 - Capítulo 81: Episodio 81: Que hay más allá de todo
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 81: Episodio 81: Que hay más allá de todo

Una semana después de la devastadora batalla, el ambiente en la base del equipo se había calmado un poco. Vane, Saúl, Joge, Félix, Rori, Allner y Zeus Navara estaban reunidos en el comedor, disfrutando de una comida tranquila después de días de recuperación y planificación. Sin embargo, la conversación entre ellos giraba en torno a los eventos recientes y el futuro incierto.

Mientras hablaban, un mensaje llegó a la base: se les informaba que dos nuevos integrantes se unirían al equipo. Sus nombres eran Rokade y Komori Yakito. Ambos tenían habilidades únicas y un historial impresionante, aunque su presencia despertaba curiosidad en el grupo.

—¿Rokade y Komori Yakito? —preguntó Félix, dejando su plato a un lado—. No he oído mucho de ellos.

—Dicen que han peleado contra seres de otras dimensiones —agregó Rori, apoyando los codos en la mesa—. Si es cierto, tal vez sepan algo más sobre las maldiciones y otros tipos de razas que existen afuera de este mundo.

—Ese es el problema —intervino Zeus Navara, cruzando los brazos—. Peleamos contra cosas que apenas comprendemos. Maldiciones, dioses, entidades que se adaptan… Y ahora, ¿qué más hay afuera?

El grupo se quedó en silencio unos momentos, reflexionando sobre la magnitud del universo y las amenazas desconocidas que aún podrían aparecer. ¿Había algo más allá de lo que conocían? ¿Criaturas aún más poderosas esperando en las sombras?

La llegada de Rokade y Komori Yakito podría ser la clave para descubrir esas respuestas.

Todos se dirigieron al área de recepción, donde las luces de la plataforma de aterrizaje titilaban bajo el cielo nocturno.

Una aeronave oscura descendió lentamente, su silueta recortándose contra la luna. Cuando la compuerta se abrió, dos figuras emergieron entre el humo disipado por los motores.

Rokade era un hombre alto y fornido, de cabello blanco con mechones negros y ojos dorados que parecían brillar en la oscuridad. Vestía un abrigo largo y oscuro, con runas grabadas en sus guantes. Su presencia emanaba autoridad y peligro, como si cada uno de sus movimientos estuviera calculado para la batalla.

A su lado, Komori Yakito contrastaba por completo. De estatura media y complexión ágil, sus ojos rasgados y oscuros transmitían un aire enigmático. Su ropa era liviana, diseñada para el sigilo, y llevaba consigo una katana de aspecto antiguo, con inscripciones en un idioma desconocido.

El equipo los observó en silencio hasta que Vane dio un paso adelante.

—Bienvenidos —dijo, con un tono neutral, evaluándolos—. Parece que ya saben quiénes somos, pero nosotros no sabemos mucho sobre ustedes.

Rokade intercambió una mirada con Komori antes de responder con voz grave:

—Somos sobrevivientes de batallas que muchos no vivirían para contar. Y hemos venido porque el enemigo al que enfrentan… es solo el comienzo de algo mucho peor.

El aire pareció volverse más denso con esas palabras. Un escalofrío recorrió la espalda de algunos miembros del equipo.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Saúl con el ceño fruncido.

Komori suspiró y dio un paso adelante.

—Las maldiciones, los dioses, las entidades… No son lo peor que hay allá afuera. Lo que viene es algo que ni siquiera ellos pueden controlar.

El silencio reinó en la base. Nadie dijo nada, pero todos supieron en ese instante que la guerra que creían haber ganado… era solo el principio.

Rigor, el director de la History Academy, se encontraba de pie en el balcón de su oficina, observando la ciudad mientras el viento agitaba su cabello, una mezcla de negro y café. Su barba, algo crecida, le daba un aire de hombre ocupado, alguien que no tenía tiempo para preocuparse por detalles triviales como afeitarse.

Con los brazos cruzados, exhaló un suspiro pesado. Llevaba días lidiando con reuniones, investigaciones y el manejo de la academia. Sin embargo, su momento de reflexión fue interrumpido por la vibración de su celular en el bolsillo.

Sacó el dispositivo y entrecerró los ojos al ver la notificación en la pantalla. Era un recordatorio de una cita médica programada desde hacía semanas.

“Consulta médica – 17:00 hrs. No olvidar.”

Chasqueó la lengua, molesto consigo mismo. Con todo el trabajo que tenía, casi lo había olvidado. Se pasó una mano por el rostro, sintiendo la aspereza de su barba.

—Genial… otra cosa más en la agenda —murmuró para sí mismo.

Miró la hora en el reloj de la pared. Aún tenía un par de reuniones antes de poder salir. Con un último vistazo a la ciudad, volvió al interior de su oficina, preparándose para seguir con su día.

Mientras Rigor se dirigía a su cita médica, en algún lugar remoto del universo, más allá de la comprensión humana, una figura solitaria trabajaba en su oscura creación.

Muzki, una mujer envuelta en túnicas carmesíes, con ojos que parecían reflejar un abismo infinito, se encontraba en el centro de un santuario antiguo. Los símbolos grabados en las paredes resplandecían con una energía antinatural mientras ella murmuraba un lenguaje perdido en el tiempo. Sus manos, cubiertas de sangre y sombras vivas, moldeaban algo que ningún ser debería haber concebido.

Un vórtice de energía oscura giraba a su alrededor, absorbiendo el poder de incontables dimensiones prohibidas. Poco a poco, una silueta comenzó a formarse dentro del círculo ritual.

Primero, emergieron los contornos de un cuerpo esbelto y alargado, pero su piel no tenía color definido, sino que parecía absorber la luz misma. Luego, unos ojos sin pupilas se abrieron, reflejando solo el vacío. De su espalda brotaron extremidades irregulares, como si su propia forma estuviera en constante mutación.

Cuando Muzki pronunció las últimas palabras del ritual, la criatura abrió la boca… y un vórtice oscuro se formó en su interior.

Era más que un simple ser malvado. Chikurosoburū tenía la capacidad de absorber físicamente a cualquier ser, despojándolo de su existencia y haciéndolo parte de sí mismo.

De repente, el santuario tembló. La energía contenida en su cuerpo era demasiada para permanecer en ese plano por mucho tiempo. Con un rugido ensordecedor, Chikurosoburū ascendió, atravesando las barreras del infierno mismo y elevándose hacia los cielos.

Muzki sonrió, observando cómo su creación alcanzaba su verdadero propósito.

—Ve, mi obra maestra… y devora todo lo que se cruce en tu camino.

En la Tierra, Rigor aún no lo sabía… pero el destino del universo acababa de cambiar para siempre.

Apenas ascendió a los cielos, Chikurosoburū sintió un hambre insaciable. Su propia existencia exigía más… más poder, más esencia. Su primer instinto lo llevó a mirar hacia abajo, donde su creadora, Muzki, aún sonreía con satisfacción.

Un pensamiento consciente atravesó su mente por primera vez.

“Si ella me creó… entonces ella es mi fuente.”

Antes de que Muzki pudiera reaccionar, un vórtice oscuro se abrió alrededor de Chikurosoburū. Una fuerza invisible la arrastró sin remedio, su cuerpo siendo consumido en una espiral de sombras y energía. Sus gritos se ahogaron en el abismo mientras su esencia, su magia y su propio ser se fundían con la criatura que había traído al mundo.

Entonces, algo cambió.

El cuerpo informe de Chikurosoburū comenzó a redefinirse, adaptándose al conocimiento y a la identidad de su creadora. Su silueta se estilizó, tomando forma humana. Su piel, antes carente de definición, se volvió pálida, marcada por una cicatriz en la mejilla izquierda, una secuela de la absorción imperfecta.

Su cabello se acortó, negro como la noche, y sus ojos brillaron con la misma intensidad que los de Muzki, pero con una conciencia renovada. Ya no era solo una criatura sin propósito; ahora tenía mente, voluntad… y el poder absoluto de su creadora.

Se miró las manos, sintiendo el flujo de magia oscura recorriendo su nuevo cuerpo. Cada fibra de su ser exudaba destrucción.

—Ahora lo entiendo… —susurró con voz firme, la misma de Muzki, pero con un eco distorsionado—. No solo fui creado para devorar… Fui creado para reinar.

Con un solo gesto, el santuario a su alrededor se desmoronó en polvo. Chikurosoburū sonrió con una frialdad inhumana.

Desde ese momento, ya no era solo una criatura.

Era un ser con identidad propia. Y el universo entero estaba a punto de conocer su verdadero propósito.

Atravesando las barreras del espacio-tiempo, Chikurosoburū descendió con rapidez, su nueva forma femenina envuelta en un aura oscura que distorsionaba el aire a su alrededor. Su llegada no pasó desapercibida: un portal de sombras se abrió en el cielo nocturno, expandiéndose como un eclipse voraz.

Cuando sus pies tocaron el suelo, la tierra tembló. Estaba en la Tierra.

Cerró los ojos por un momento, permitiendo que su nueva consciencia explorara el entorno. Entonces lo sintió… presencias abismales. Poderes colosales. Algo en este mundo resonaba con su existencia, como si hubiera seres que, de alguna forma, podían rivalizar con su naturaleza.

Interesante.

—Este planeta… tiene potencial —murmuró con una sonrisa torcida, pasando los dedos por su cicatriz en la mejilla—. No es solo un mundo más en el universo… Aquí hay fuerzas que podrían desafiarme.

Su hambre de destrucción no había disminuido, pero ahora estaba acompañada de algo más: curiosidad.

Alzó la mirada hacia la ciudad que se extendía en el horizonte, luces parpadeantes y estructuras imponentes. Humanos, insignificantes y débiles en comparación con su poder… pero entre ellos, algo diferente se escondía.

—Voy a descubrirlo —susurró, dando su primer paso hacia el caos que estaba por desatarse.

En otra parte de la ciudad, sin saberlo, Rigor terminaba su consulta médica. Pero su destino, y el del mundo entero, estaba a punto de cambiar para siempre.

Mientras caminaba entre las sombras de la ciudad, Chikurosoburū sintió algo que la hizo detenerse. Un poder latente. No era común, no era como el de los humanos ordinarios… era algo heredado.

Su mirada se dirigió hacia un punto específico, donde un joven con expresión serena observaba la luna. José, el hijo de Víctor.

Por un instante, Chikurosoburū inclinó la cabeza, analizando su energía. Era fuerte… pero estaba distraído.

“Demasiado fácil.”

En un parpadeo, su cuerpo se desvaneció en un torbellino de sombras, reapareciendo justo frente a José. Sus ojos se abrieron de par en par, pero antes de que pudiera reaccionar, un vórtice oscuro se desplegó frente a él.

—¿Qué…?

El poder de absorción de Chikurosoburū se activó sin piedad. José sintió su cuerpo descomponerse, su esencia siendo arrancada de la realidad. Intentó moverse, intentó invocar su energía… pero fue inútil.

En cuestión de segundos, su existencia fue tragada por completo.

Silencio.

Chikurosoburū parpadeó, sintiendo cómo su forma se ajustaba, absorbiendo la fuerza de su víctima. Una corriente de energía recorrió su cuerpo, haciéndola aún más poderosa.

Sonrió.

—Qué decepcionante… —murmuró, tocando su propia piel, ahora más cálida por la absorción.

Pero en el fondo de su mente, algo nuevo surgió. Recuerdos. Imágenes, sensaciones… fragmentos de la vida de José se filtraban en su consciencia. Su conexión con su padre, sus batallas pasadas… y lo más interesante: los otros poderes que existían en este mundo.

Su sonrisa se amplió.

—Víctor… —susurró con diversión—. Supongo que pronto nos conoceremos.

Y con una última mirada al cielo nocturno, desapareció en las sombras, buscando su próximo objetivo.

Mientras la esencia de José se fusionaba con su ser, Chikurosoburū sintió algo inesperado. Su cuerpo comenzó a cambiar, una sensación ardiente recorrió cada célula de su existencia, reconfigurándolo desde dentro.

Su silueta femenina se expandió, sus músculos se tensaron y se fortalecieron, esculpiendo un físico imponente, de proporciones perfectas, como si hubiera sido moldeado por los dioses mismos. Su piel adquirió una textura más robusta pero aún perfecta, irradiando un leve resplandor.

Pasó una mano por su rostro… sus facciones habían cambiado. Ahora, su mandíbula era más marcada, su nariz más recta, sus labios conservaban un aire de misterio, y sus ojos…

Sus ojos brillaban con un blanco puro, casi celestial, como si en ellos se reflejara la nieve o el sol mismo.

Pero lo más impactante fue su cabello. Creció, transformándose en una cascada de hebras resplandecientes, oscilando entre el blanco de la nieve y el resplandor del sol naciente. Cada mechón parecía contener un fragmento de energía divina y maldita al mismo tiempo.

Chikurosoburū observó sus propias manos, flexionando los dedos, sintiendo el calor que ahora emanaba de su cuerpo, como si hubiera adquirido una calidez humana… pero sin perder su esencia destructiva.

—Interesante… —su voz resonó más profunda, más firme, cargada de una presencia imposible de ignorar.

Se llevó una mano a la cicatriz en su mejilla, la única marca que permanecía inalterada, un recordatorio de su origen.

Entonces, sonrió.

—Parece que cada absorción me moldea… y me hace aún más perfecto.

Miró hacia la ciudad una vez más. Ahora, con un nuevo poder en su interior, su próxima jugada se volvía aún más intrigante.

El mundo aún no tenía idea de lo que estaba por enfrentarse.

El cielo rugió cuando Chikurosoburū levantó otra vez su mano, canalizando una energía oscura que se acumulaba en su palma como un agujero negro. Su mirada serena contrastaba con la destrucción a su alrededor. El equipo apenas tuvo tiempo de recomponerse antes de que otro ataque fuera lanzado.

La explosión oscura se desató como una ola de pura aniquilación. Vane y Saúl saltaron a un edificio cercano, mientras Félix y Rori rodaron hacia un lado, apenas evitando ser alcanzados por la energía. Joge y Zeus Navara activaron sus defensas, desviando parte del impacto, pero aun así, la onda expansiva los arrastró varios metros. Rokade y Komori Yakito bloquearon el golpe con una barrera de energía, resistiendo con dificultad.

El humo se dispersó, y Chikurosoburū bajó lentamente su brazo, examinándolos con curiosidad.

—Al menos saben moverse.

Aún sin tiempo para un contraataque, una nueva presencia se hizo sentir en el campo de batalla. Un destello surcó el cielo, descendiendo con velocidad abrumadora. En cuestión de segundos, una figura aterrizó entre el equipo y Chikurosoburū, creando una onda de impacto que disipó el polvo y la energía remanente.

Zora Meinu había llegado.

Su presencia impuso silencio por un instante. Su energía vibraba de manera única, distinta a la de los demás. Su cabello plateado se movía con la brisa, y sus ojos resplandecían con un fulgor desafiante.

Chikurosoburū ladeó la cabeza, observándola con un interés renovado. Algo en ella le resultaba extraño… como si, de alguna forma, no le fuera completamente ajena.

—Tú… —susurró, entrecerrando los ojos.

Zora no perdió el tiempo con palabras innecesarias. Su mano se elevó con rapidez, y en un parpadeo, lanzó un ataque directo hacia Chikurosoburū. La energía que emanaba de ella no era normal. Era algo diferente, algo que hizo que el ser sintiera por primera vez en su corta existencia… una ligera incomodidad.

El combate acababa de empezar.

Zora Meinu se impulsó con una velocidad impresionante, su puño envuelto en energía pura mientras se lanzaba directo hacia Chikurosoburū. El impacto parecía inevitable, pero su enemigo no se movió.

Justo en el último instante, Chikurosoburū inclinó levemente la cabeza y, con una precisión brutal, golpeó de lleno la frente de Zora. El sonido del impacto resonó como un trueno. La fuerza del golpe aturdió a la guerrera por una fracción de segundo, y eso fue suficiente para que Chikurosoburū aprovechara.

Con un movimiento calculado, giró en el aire y golpeó con fuerza la nuca de Zora, enviándola en picada a una velocidad abrumadora. El suelo se rompió en mil pedazos al recibir su cuerpo, creando un cráter profundo y levantando una nube de polvo y escombros.

Antes de que pudiera terminar su ataque, Vane y Saúl entraron en acción. Sin perder tiempo, los dos se movieron en sincronía, atacando a Chikurosoburū con una combinación de golpes y patadas perfectamente coordinadas. Ambos sonrieron mientras lo golpeaban, confiados en su trabajo en equipo.

Pero la sonrisa de Chikurosoburū fue aún más grande.

Sin esfuerzo, desvió un golpe de Vane y en un movimiento veloz, golpeó su cuello con la punta de sus dedos, causando un estremecimiento en su cuerpo. Antes de que pudiera reaccionar, colocó su mano en su pecho y un corte limpio se materializó en su ropa, desgarrándola en pedazos y dejando su piel al descubierto mientras el aire frío la golpeaba.

Saúl, viendo la situación, intentó atacar de inmediato, pero fue demasiado tarde. Chikurosoburū lo tomó con una sola mano y lo lanzó violentamente contra Vane, haciendo que sus cuerpos chocaran con brutalidad y cayeran juntos al suelo.

Observando a ambos enredados en el suelo, Chikurosoburū rió con diversión, inclinando la cabeza mientras los miraba.

—Tan confiados… y tan frágiles.

El combate estaba lejos de terminar.

El campo de batalla estaba envuelto en caos mientras los héroes se lanzaban contra Chikurosoburū con toda su fuerza. Joge fue el primero en atacar, pero su enemigo ya lo había analizado. En un instante, Chikurosoburū lo golpeó con una velocidad brutal, enviándolo contra el suelo con tal impacto que el pavimento se quebró bajo su cuerpo.

Sin perder tiempo, se desplazó hacia Félix y lo embistió con un golpe directo que lo lanzó contra el asfalto. Chikurosoburū colocó su mano en un edificio cercano y utilizó su técnica de corte seccional, dividiendo la base de la estructura con precisión quirúrgica. La parte más baja del edificio colapsó de inmediato, cayendo como una trampa sobre Félix, enterrándolo bajo toneladas de escombros.

Rori y Allner aprovecharon la distracción y atacaron en conjunto. Sus golpes lograron impactar a Chikurosoburū, empujándolo unos pasos atrás. Sin embargo, su sonrisa nunca desapareció. Con un simple movimiento de su dedo, hizo un corte en la mejilla de Rori, provocándole un leve ardor. Antes de que pudiera reaccionar, colocó su mano en su cuerpo y, con un corte preciso, destruyó completamente su ropa, dejándola desnuda ante todos.

Rori intentó cubrirse, pero fue en vano. Chikurosoburū la tomó del brazo y la estrelló contra el suelo con una fuerza abrumadora. La guerrera jadeó por el impacto, sintiendo el frío de la tierra contra su piel.

Allner, al ver lo ocurrido, se lanzó con furia, pero Chikurosoburū ya lo esperaba. Esquivó su ataque y, con un golpe devastador, lo envió volando contra varios edificios. Antes de que pudiera recuperarse, una explosión de energía lo impactó, haciendo que el concreto y el metal explotaran a su alrededor.

El enemigo se giró con calma hacia los demás, su sonrisa llena de diversión.

Zeus Navara fue el siguiente en atacarlo, con una velocidad que pocos podían seguir. Chikurosoburū intentó derribarlo de inmediato, pero Zeus reaccionó a tiempo y logró conectar un golpe en su rostro. Aunque solo dejó un leve raspón, fue suficiente para que la sonrisa del enemigo se torciera con un brillo de desafío en los ojos.

Rokade y Komori Yakito lo atacaron en sincronía, pero su enemigo anticipó sus movimientos. Esquivó sus golpes con elegancia y, en un movimiento repentino, destruyó la ropa de Komori Yakito con un solo toque.

Aprovechando su desconcierto, le dio una nalgada con tal fuerza que la lanzó contra varios edificios. Su cuerpo atravesó los muros de concreto antes de finalmente caer entre los escombros, aturdida por la brutalidad del golpe.

Rokade apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Chikurosoburū apareció frente a él y, con un solo golpe, lo estampó contra el suelo, hundiéndolo en el pavimento.

El enemigo observó la escena con satisfacción. Los héroes yacían en el suelo, heridos, humillados y debilitados.

—¿Es esto lo mejor que tiene este mundo? —susurró, con su voz llena de burla y superioridad.

La batalla aún no había terminado… pero la diferencia de poder era abrumadora.

Rigor caminaba con pasos pesados hacia el campo de batalla, su expresión mostraba una mezcla de desinterés y fastidio. Observó el desastre frente a él: edificios derrumbados, calles agrietadas y cuerpos de héroes esparcidos, algunos apenas moviéndose después de la paliza que habían recibido.

Chikurosoburū permanecía de pie en medio del caos, con una sonrisa de satisfacción, admirando su propio trabajo. Rigor suspiró al ver a los jóvenes héroes en el suelo, algunos humillados, otros luchando por ponerse de pie.

—Tantos alumnos de distintas academias… y parece que ninguno ha aprendido la lección —murmuró para sí mismo, pasando una mano por su barba mientras avanzaba con calma.

El sonido de sus botas resonó en el silencio momentáneo del campo de batalla. No tenía prisa, pero tampoco estaba dispuesto a ver cómo seguían perdiendo contra un enemigo que, aunque poderoso, claramente se estaba divirtiendo demasiado con ellos en lugar de acabar la pelea de una vez.

Chikurosoburū giró la cabeza en su dirección, notando su presencia por primera vez.

—¿Y tú quién eres? Otro héroe que viene a ser aplastado… ¿o alguien con más cerebro que los demás?

Rigor no respondió de inmediato. En su rostro solo había una expresión de fastidio.

—Solo alguien harto de ver a mocosos peleando como si estuvieran en un torneo —respondió finalmente.

Los demás, apenas recuperándose, miraron con sorpresa la llegada de Rigor. No esperaban verlo allí… pero quizá su presencia significaba un cambio en la batalla.

El aire pareció congelarse de repente.

Rigor, con una expresión inmutable, activó su habilidad. El tiempo descendió a casi cero, un estado de tiempo nulo en el que solo él podía moverse libremente.

Con un solo paso, desapareció de su posición y apareció frente a Chikurosoburū en una fracción de segundo. Su puño, envuelto en una energía descomunal, impactó de lleno en el pecho de su enemigo con una fuerza titánica.

A pesar de que el tiempo estaba prácticamente detenido, el choque generó una onda expansiva comprimida, lista para liberarse en cuanto todo volviera a la normalidad.

Sin perder el ritmo, Rigor volvió a su posición original con la misma velocidad con la que había atacado. Y en ese instante, el tiempo regresó a la normalidad.

Chikurosoburū apenas pudo procesar lo que había sucedido antes de que el golpe lo alcanzara. Su cuerpo se sacudió con una fuerza descomunal, enviándolo varios metros hacia atrás. Por primera vez desde que comenzó la batalla, retrocedió por el impacto.

Un silencio se extendió por el campo de batalla. Los héroes aún en pie miraban con asombro. Nadie hasta ahora había logrado hacer que Chikurosoburū se moviera involuntariamente.

El enemigo se estabilizó en el aire, su mano sobre su pecho donde Rigor lo había golpeado. Por primera vez, su sonrisa se desvaneció ligeramente.

—Interesante… —murmuró, observando a Rigor con un brillo diferente en los ojos. Ya no era diversión… era curiosidad.

Rigor chasqueó la lengua con molestia, como si ni siquiera estuviera impresionado por su propio ataque.

—Si eso te sorprendió, entonces esto será más fácil de lo que pensaba.

Rigor no perdió el tiempo. Disparó su cuerpo hacia Chikurosoburū con una velocidad tan absurda que el suelo bajo sus pies se partió en pedazos.

En un abrir y cerrar de ojos, su puño ya estaba incrustado en el abdomen de su enemigo. Pero no se detuvo ahí.

Uno. Su puño izquierdo impactó en la mandíbula de Chikurosoburū, haciéndole levantar la cabeza bruscamente.

Dos. Un rodillazo brutal lo hizo inclinarse hacia adelante, dejando su torso expuesto.

Tres, cuatro, cinco… Cada golpe retumbaba como una explosión, enviando ondas de choque a través del aire. Era un asalto despiadado, sin espacio para la defensa, sin respiro, sin misericordia.

Chikurosoburū intentó reaccionar, pero Rigor no le dio oportunidad. Cada intento de contraataque era interrumpido por otro golpe, aún más rápido y destructivo que el anterior.

El cuerpo del enemigo se zarandeaba de un lado a otro, como si fuera un muñeco sin control. La velocidad de los impactos aumentaba, superando incluso lo que el ojo humano podía percibir.

Los héroes, aún en recuperación, apenas podían seguir el combate.

—¿Está… dominándolo? —susurró Zeus Navara, incapaz de creer lo que veía.

Vane, aún adolorida, forzó una sonrisa.

—No… lo está aplastando.

Rigor golpeó con tal fuerza que Chikurosoburū fue lanzado como un proyectil a través de varios edificios, destruyendo todo a su paso. El estruendo de los impactos sacudió la ciudad entera.

Pero Rigor no había terminado. Antes de que su enemigo pudiera estabilizarse, ya estaba detrás de él.

—Te lo dije. Esto será más fácil de lo que pensaba.

Y con un último golpe devastador, lo envió directo contra el suelo con la fuerza de un meteorito.

Chikurosoburū se levantó de entre los escombros con una expresión completamente diferente. Su sonrisa burlona había desaparecido, y en su lugar, una mirada fría y llena de furia se apoderó de su rostro.

—Bien… acabemos con esto.

Su voz resonó con un tono grave y decidido. Sin perder un segundo, se impulsó con una velocidad abrumadora y lanzó un golpe directo al rostro de Rigor.

Pero Rigor ya lo esperaba.

Con un simple movimiento, esquivó el ataque con la mínima inclinación de su cabeza. El puño de Chikurosoburū cortó el aire, fallando por centímetros.

Los ojos de su enemigo se abrieron con leve sorpresa, pero su cuerpo no se detuvo. Desató una serie de golpes rápidos y precisos, buscando cualquier punto de contacto en el cuerpo de Rigor.

Sin embargo, cada golpe fue esquivado con precisión quirúrgica. Rigor se movía entre los ataques como si pudiera verlos antes de que fueran lanzados.

Esquiva a la izquierda.

Retrocede medio paso.

Inclina el torso justo lo necesario para que el puño de Chikurosoburū pase rozando su camisa.

Era como si el tiempo mismo jugara a su favor.

Los demás héroes observaban con incredulidad. No era solo que Rigor fuera más fuerte… era como si estuviera en una liga completamente diferente.

Chikurosoburū, frustrado, apretó los dientes.

—¡Deja de moverte y pelea en serio!

Pero Rigor solo sonrió levemente.

—Si sigues lanzando golpes tan obvios, esto se pondrá aburrido muy rápido.

Los héroes, recuperando algo de energía y viendo una oportunidad, se lanzaron al ataque simultáneamente.

Vane, Saúl, Joge, Félix, Rori, Allner, Zeus Navara, Rokade, Komori Yakito y Zora Meinu salieron disparados hacia Chikurosoburū con toda la intención de acabar con él de una vez por todas.

Pero en el último segundo… desapareció.

El aire se quedó en silencio por una fracción de segundo. Los puños y ataques de todos los héroes iban a impactar con toda su fuerza, pero su enemigo ya no estaba allí.

Su objetivo había desaparecido… y su nueva trayectoria iba directo hacia Rigor.

¡Boom!

El choque fue inminente.

Pero en lugar de recibir el impacto, Rigor detuvo cada golpe con una facilidad insultante.

—¿En serio? —suspiró, su expresión completamente neutral.

Con una sola mano, bloqueó el puñetazo de Zeus Navara. Con la otra, detuvo el ataque de Vane. Sus piernas se movieron sutilmente, desviando las patadas de Rokade y Komori Yakito.

Cada golpe, cada intento de ataque, fue detenido con precisión absoluta.

Cuando el polvo se disipó, todos los héroes estaban rodeándolo, con sus ataques completamente bloqueados.

Chikurosoburū apareció unos metros más allá, con una sonrisa burlona.

—Vaya, vaya… parece que no solo juegas con el tiempo, también puedes con toda esta basura.

Rigor chasqueó la lengua, sin soltar a ninguno de los que intentaron golpearlo.

—A diferencia de ti, yo no pierdo el tiempo con juegos innecesarios.

Y en un solo movimiento, impulsó a todos hacia atrás con una onda de energía, haciendo que recuperaran su equilibrio, lejos de él.

—Si van a interferir, al menos háganlo bien —dijo, sin siquiera mirarlos.

Su mirada seguía fija en Chikurosoburū. Esta vez, él era quien iba a atacar.

Rigor permanecía en su posición, su expresión aún inmutable, pero en su interior, dos cosas lo mantenían así.

La primera, Víctor. Aquel alumno brillante, que ahora era un profesor… pero también un prisionero en algún lugar desconocido.

No haber estado ahí cuando lo necesitaban. No haber levantado un dedo para ayudar, cuando tal vez podría haber cambiado el resultado de ese día.

Ese pensamiento le pesaba como una carga en su espalda. Era su error. Y aunque nunca lo admitiría en voz alta, sabía que parte de la responsabilidad era suya.

La segunda razón…

Este combate le resultaba frustrante.

Chikurosoburū no era un enemigo cualquiera. Era fuerte, sí. Arrogante, también. Pero no lo suficiente como para hacerle sentir que estaba en peligro real.

Y eso lo fastidiaba.

Los demás héroes luchaban con todas sus fuerzas, pero para él… esto apenas era un calentamiento.

Miró de reojo a los jóvenes que lo rodeaban. Eran fuertes. Tenían potencial. Pero estaban desperdiciándolo.

Y todo esto, toda esta situación… se sentía como una repetición de lo que pasó con Víctor.

Un error que no estaba dispuesto a repetir.

Chikurosoburū notó la mirada de Rigor y sonrió.

—Vaya, ¿te pusiste sentimental? No me digas que te afecta lo que pasó con ese tal Víctor.

Rigor desapareció en un instante.

Antes de que Chikurosoburū pudiera reaccionar, ya tenía el puño de Rigor incrustado en su rostro.

—Cállate.

El golpe fue devastador. La tierra tembló, y el cuerpo de Chikurosoburū salió disparado con una velocidad que rompió la barrera del sonido. El impacto fue tan fuerte que atravesó cinco edificios antes de estrellarse contra una montaña en las afueras de la ciudad.

Rigor bajó su puño lentamente. Ya no tenía paciencia para jugar.

Rigor suspiró, sacudiendo la cabeza con molestia.

—Bien… terminaré contigo.

Se preparó para lanzar otro golpe, esta vez con la intención de acabar con esto de una vez por todas.

Pero entonces, Chikurosoburū sonrió, incluso con el rostro aún marcado por el impacto anterior.

—Oh… ¿tan rápido te cansas? Qué decepción. Pensé que te importaría más saber que el hijo de ese tal Víctor… está dentro de mí.

El aire pareció volverse pesado.

Los ojos de Rigor se afilaron en cuanto escuchó esas palabras. Una sombra de ira cruzó su mirada.

No le gustó.

No le gustó en absoluto.

—¿Qué dijiste? —su voz sonaba más baja, más peligrosa.

Chikurosoburū soltó una risa burlona.

—Lo que oíste. Ese niño ahora es parte de mí. Lo absorbí. Su conciencia, su poder, todo lo que era… me pertenece.

Algo en Rigor cambió en ese instante.

No hubo advertencia. No hubo palabras.

Solo el sonido de un golpe brutal perforando el aire.

El puño de Rigor se hundió en el abdomen de Chikurosoburū con una fuerza monstruosa.

Pero no fue un solo golpe.

Uno. Su otro puño impactó en las costillas del enemigo, haciendo que su cuerpo se doblara por la presión.

Dos. Un rodillazo a la mandíbula lo hizo levantar la cabeza de golpe.

Tres. Cuatro. Cinco.

Cada golpe era preciso. Frío. Sin piedad.

Chikurosoburū intentó moverse, pero Rigor simplemente lo golpeó otra vez.

—Cállate.

Puñetazo en el estómago.

—Dámelo de vuelta.

Codo directo a la cara.

—Ahora.

Una patada lo lanzó por los aires, pero antes de que pudiera alejarse, Rigor ya estaba detrás de él.

Agarrándolo del cuello, lo estrelló contra el suelo con una fuerza titánica.

El impacto creó un cráter en el asfalto, mientras el polvo y los escombros volaban en todas direcciones.

Rigor no estaba peleando para ganar.

Estaba peleando para recuperar a su alumno.

Esta vez, todos los héroes se lanzaron al ataque al mismo tiempo.

Vane, Saúl, Joge, Félix, Rori, Allner, Zeus Navara, Rokade, Komori Yakito y Zora Meinu rodearon a Chikurosoburū, coordinando sus movimientos con precisión absoluta.

¡Boom!

Cada golpe impactó con éxito.

Un puñetazo de Zeus Navara envió una onda de choque que lo hizo tambalearse. Allner y Rori aprovecharon la apertura, golpeándolo por ambos lados. Félix y Joge se coordinaron para lanzar una combinación de ataques veloces, evitando que Chikurosoburū pudiera contraatacar.

Vane usó su velocidad para aparecer justo detrás de él, lanzando una patada directa a su espalda, mientras Saúl reforzaba el ataque con un puñetazo en el estómago.

Komori Yakito y Rokade no se quedaron atrás. Aprovecharon la confusión para cortar el flujo de energía de su enemigo, debilitándolo momentáneamente.

Finalmente, Zora Meinu se elevó en el aire y, con un grito de batalla, lanzó una ráfaga de energía que impactó de lleno en el cuerpo de Chikurosoburū, haciendo que se estrellara contra el suelo.

Por primera vez, lograron hacerle daño real.

Rigor, que había observado todo, sonrió levemente.

—Así es como se hace.

Apretó los puños y, sin perder el tiempo, se giró hacia todos.

—¡No lo dejen respirar! ¡Sigan atacando hasta que suelte al chico!

Rigor apretó los dientes, su expresión endurecida por la ira contenida.

Sin dudarlo, formó un Vitarka Mudra con sus manos y pronunció con una voz firme y resonante:

—Tiempo y Eterno.

El espacio alrededor de ellos se distorsionó instantáneamente.

El mundo cambió.

El tiempo se detuvo.

Todo quedó en completo silencio.

La ciudad desapareció, reemplazada por un vacío infinito de color blanco, iluminado por múltiples soles flotantes. Cada estrella ardía con un calor suave pero inmensamente poderoso, como si el propio tiempo estuviera manifestándose físicamente.

Los héroes miraban a su alrededor con asombro, sin poder procesar de inmediato lo que estaba ocurriendo.

Incluso Chikurosoburū se quedó en shock.

—¿Qué… es esto? —murmuró, sintiendo una presión inmensa sobre su cuerpo.

Pero Rigor no respondió.

Simplemente empezó a caminar.

Cada paso que daba retumbaba como un eco en la nada.

El suelo inexistente parecía doblarse bajo su peso, y aunque el tiempo estaba detenido, su sola presencia hacía que todo se sintiera más pesado, más real.

Todos los ojos estaban sobre él. Incluso Chikurosoburū sintió por primera vez una pizca de… miedo.

Este no era el mismo Rigor de antes.

El verdadero combate…

apenas estaba por comenzar.

Sin decir una palabra, Rigor levantó su mano y la colocó sobre el pecho de Chikurosoburū.

Por un instante, el enemigo sintió una energía abrumadora recorriendo su cuerpo, como si estuviera atrapado en un tiempo eterno e infinito.

Y entonces, el golpe cayó.

¡BOOM!

El puñetazo de Rigor impactó directamente en el plexo solar de Chikurosoburū.

La fuerza del golpe dobló el cuerpo del enemigo por la mitad. Sus músculos temblaron, sus costillas crujieron y su aliento se detuvo.

No tuvo tiempo de reaccionar.

En un abrir y cerrar de ojos, Rigor lo sujetó del cuello y, con un movimiento brutal, lo estrelló contra el suelo con una fuerza devastadora.

El dominio terminó.

En un instante, todo volvió a la realidad.

El cielo, los edificios, las calles destruidas… todos los héroes sintieron cómo el mundo volvía a moverse.

Chikurosoburū yacía en el suelo, magullado y sin aire, intentando comprender qué había pasado.

Rigor lo miró desde arriba, su expresión aún cargada de furia.

—Te lo advertí —dijo con voz fría—. Dame al chico… o te borraré de la existencia.

Rigor no perdió el tiempo.

Con una velocidad brutal, golpeó con toda su fuerza el estómago de Chikurosoburū.

¡CRACK!

El impacto fue tan devastador que la carne del enemigo se rasgó, y de su cuerpo salió expulsado un pedazo de tejido oscuro y palpitante.

Pero ese trozo de carne no era común.

Comenzó a crecer, regenerando células a una velocidad inhumana.

Y ahí, entre el tejido en formación… apareció José.

Estaba vivo. Respirando. Magullado, pero sin heridas fatales.

Rigor lo miró con un suspiro de alivio.

Pero cuando alzó la vista, Chikurosoburū ya no era el mismo.

Su cuerpo cambió.

Ahora tenía una forma femenina, una silueta peligrosa y seductora, pero sus ojos seguían mostrando la misma arrogancia.

—¿Te gusta más así? —dijo con una sonrisa burlona.

Rigor no respondió.

En su lugar, simplemente la golpeó con toda su fuerza.

¡BOOM!

La cabeza de Chikurosoburū se estrelló contra el suelo con una violencia inhumana.

Antes de que pudiera reaccionar, Rigor la tomó del brazo y la arrojó como un proyectil contra un edificio.

El impacto destruyó la estructura, dejando un cráter en el concreto.

Sin esperar más, Rigor tomó a José y desapareció del lugar.

Pero la batalla aún no terminaba.

Vane, Saúl, Joge, Félix, Rori, Allner, Zeus Navara, Rokade, Komori Yakito y Zora Meinu aprovecharon la oportunidad.

Con sincronización absoluta, todos atacaron a Chikurosoburū al mismo tiempo.

¡BOOM! ¡CRASH! ¡BANG!

Golpe tras golpe, el enemigo fue destrozado por la furia combinada de los héroes.

Chikurosoburū intentó regenerarse, pero no tuvo oportunidad.

Todos comenzaron a cargar sus técnicas elementales.

Fuego.

Electricidad.

Hielo.

Luz.

Oscuridad.

Viento.

Energía pura.

Cada uno reunió su máximo poder.

Y entonces… lo lanzaron al mismo tiempo.

El impacto fue letal.

La explosión no solo destruyó su cuerpo, sino que desintegró su alma por completo.

No quedó nada de Chikurosoburū.

Solo polvo en el viento.

El silencio reinó por unos segundos.

La batalla había terminado.

Vane, Rori y Komori Yakito apenas tuvieron tiempo de reaccionar cuando notaron su estado.

Sus ropas habían sido destruidas durante la batalla.

Los chicos, por supuesto, no pudieron evitar sonreír con cierta picardía.

Pero esa fue su perdición.

¡BOOM! ¡CRACK! ¡THUD!

Las tres chicas, con los puños envueltos en furia, golpearon a cada uno de ellos sin piedad.

Saúl, Joge, Félix, Allner, Zeus Navara, Rokade y hasta Rigor habrían preferido recibir otro ataque de Chikurosoburū antes que enfrentar esa ira desatada.

—¡Idiotas! —gruñó Vane, ajustándose lo que quedaba de su ropa.

—¡Depravados! —espetó Rori, dándoles la espalda con los brazos cruzados.

—¡No nos miren, babosos! —añadió Komori Yakito, lanzando un último golpe en la cabeza de Zeus Navara por si acaso.

Con una dignidad inquebrantable, las tres se largaron del lugar, dejando a los chicos retorciéndose en el suelo.

El campo de batalla estaba en ruinas.

Pero la verdadera lección del día no fue la pelea…

Sino que nunca debían subestimar la furia de una mujer.

Fin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo