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History academy arco 6: El fin del mundo. - Capítulo 82

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Capítulo 82: Episodio 82: el último tormento.

Desde las sombras, una presencia oscura observaba todo con atención.

Nyx’thoran, un ser envuelto en un aura de misterio y poder antiguo, contemplaba a los héroes con una expresión fría e indiferente.

Su mirada no reflejaba ira ni venganza… solo cálculo.

—Es momento de actuar. —Su voz resonó en la oscuridad.

A su lado, una figura emergió.

Un hombre envuelto en sombras, su silueta apenas visible en la penumbra.

Dark Victor.

Su presencia emanaba una energía densa, corrupta, diferente a la del Victor que todos conocían. Este no era un héroe.

Este era un verdugo.

Nyx’thoran le dirigió una mirada severa y, con un solo gesto, le dio una orden.

—Mata a dos de ellos.

Dark Victor no respondió.

Simplemente asintió con una ligera sonrisa torcida.

Y luego, desapareció en las sombras, moviéndose como un depredador en busca de su presa.

El cielo retumbó con estruendos ensordecedores.

Un portal oscuro se abrió en el firmamento, y de su interior, destellos de rayos púrpura cayeron como si el propio universo se estremeciera ante la llegada de algo maligno.

Desde las sombras del portal, una figura emergió.

Dark Victor.

Su presencia desprendía una energía densa y sofocante, como si el mismo espacio a su alrededor estuviera siendo devorado por su existencia.

Sus ojos brillaban con un fulgor carmesí.

Su expresión era fría. Inhumana.

Mientras tanto, en otro lugar, lejos del caos…

José del futuro despertó de golpe.

Sus ojos se abrieron con pesadez, su respiración era errática. Había estado inconsciente por demasiado tiempo.

Frente a él, sentado con los brazos cruzados y una expresión impenetrable, Rigor lo observaba en silencio.

A su lado, Melisa permanecía firme.

Su rostro serio y sin emociones, pero su mirada… estaba llena de preocupación contenida.

José sintió la tensión en el aire. Algo estaba mal.

—¿Qué… pasó? —murmuró, llevándose una mano a la cabeza.

Rigor suspiró y se puso de pie.

—Es mejor que te prepares —dijo con voz firme—. El verdadero problema apenas ha comenzado.

Dark Victor descendió a toda velocidad, dejando tras de sí una estela oscura y chisporroteante.

Su sonrisa era cruel.

Cada fibra de su ser emanaba un poder sofocante, distorsionando el aire a su alrededor.

Se dirigía directamente a la Academia Historia.

Mientras tanto, José del futuro sintió el impacto de su presencia incluso antes de verlo.

Ese poder…

Era inconfundible. Era su padre.

O al menos, su cuerpo.

Pero lo que habitaba en su interior no era el Victor que recordaba.

No había rastro de su voluntad.

Solo un ser oscuro con una sed de sangre inquebrantable.

José apretó los puños.

No le importaba que ese cuerpo fuera el de su padre.

Dark Victor tenía cuentas pendientes con él…

Y estaba listo para cobrarlas.

José y Melisa del futuro no perdieron tiempo.

Ambos salieron disparados, dejando una onda de choque tras de sí.

Dark Victor avanzaba sin prisa, como si supiera que el destino lo llevaría a su encuentro.

Cuando sus caminos finalmente se cruzaron, los tres quedaron suspendidos en el aire, flotando sobre un extenso país conocido por su exportación de alcohol.

Bodegas interminables, campos de cultivo y destilerías decoraban el paisaje debajo de ellos.

Pero nadie en tierra podía imaginar el caos que estaba a punto de desatarse sobre sus cielos.

José fijó su mirada en su enemigo.

—No me importa qué eres ahora —espetó con rabia—. Tienes el cuerpo de mi padre, pero para mí… sigues siendo un enemigo.

Dark Victor sonrió.

—¿Y qué harás al respecto, niño?

Melisa interrumpió antes de que José respondiera.

—Deja de hablar. —Su tono era firme, letal—. Si viniste aquí, es porque quieres pelear.

Dark Victor rió bajo.

—Muy bien. Como quieran.

En ese instante, el aire explotó.

Los tres se lanzaron al combate, y el cielo sobre el país del alcohol se convirtió en un campo de batalla legendario.

José del futuro sintió cómo su cuerpo se precipitaba a toda velocidad.

El impacto contra los cultivos fue brutal, levantando una nube de tierra y hojas en el aire.

Pero no tuvo tiempo para recuperarse.

Dark Victor ya estaba combatiendo contra Melisa del futuro.

Ella atacó con rapidez, descargando un golpe directo contra su enemigo.

Pero no fue suficiente.

Dark Victor ni siquiera se inmutó.

Sonrió con superioridad.

—¿Eso es todo? —murmuró con burla.

Sin previo aviso, extendió su mano abierta.

De la nada, una espada de energía concentrada tomó forma en su palma.

El filo vibraba con una intensidad letal, un arma de pura destrucción.

Melisa apenas pudo reaccionar.

Con un movimiento certero, Dark Victor realizó un corte limpio y veloz.

La hoja de energía pasó rozando su rostro.

Un ardor punzante recorrió su piel.

Un corte directo. Preciso.

Una delgada línea roja apareció en su mejilla.

Dark Victor no dejó de sonreír.

—No te preocupes —susurró con frialdad—. La próxima vez, el corte será más profundo.

Dark Victor soltó una carcajada sádica.

El sonido retumbó en el aire, una mezcla de burla y pura malicia.

José del futuro emergió de entre los escombros del cultivo, su cuerpo cubierto de tierra y hojas. Su mirada era pura furia.

Melisa del futuro no retrocedió ni un centímetro. Buscaba una apertura.

Esquivaba, contraatacaba, pero Dark Victor parecía jugar con ella.

Cada golpe que lanzaba era bloqueado con facilidad.

Cada movimiento, leído antes de ejecutarse.

—¿Eso es todo lo que tienen? —se burló Dark Victor, desviando un puñetazo con un simple movimiento de muñeca.

Su velocidad era absurda.

José se reincorporó y vio la escena.

Melisa estaba en problemas.

Y él no pensaba quedarse de brazos cruzados.

—¡MELISA, APÁRTATE! —gritó con fiereza.

Sin dudarlo, se impulsó con toda su fuerza, rompiendo el suelo bajo sus pies.

Una nueva ronda del combate estaba a punto de comenzar.

José del futuro avanzó como un proyectil.

Su velocidad era abrumadora, rompiendo la barrera del sonido con su impulso.

Pero Dark Victor ni siquiera pestañeó.

En el último segundo, movió su cuerpo con precisión quirúrgica, esquivando el ataque con una facilidad insultante.

Antes de que José pudiera reaccionar, sintió un impacto brutal en su espalda.

El golpe de Dark Victor fue como el choque de un meteoro.

El aire abandonó sus pulmones.

Su cuerpo salió despedido sin control, cruzando el cielo como un muñeco de trapo.

Abajo, trabajadores del cultivo de frutos vieron la escena con horror.

Un instante después, José impactó contra el suelo, arrasando con plantas y árboles, dejando un surco de destrucción a su paso.

Los trabajadores retrocedieron aterrados.

El polvo se elevó en el aire. El silencio era sepulcral.

En el cielo, Dark Victor se cruzó de brazos y sonrió con diversión.

—¿De verdad este es el futuro que quieren proteger? —preguntó con burla—. Patético.

Dark Victor sonrió con malicia.

—Te voy a pegar tal follada, que te voy a dejar temblando.

Su voz resonó con burla y sadismo.

Sin perder tiempo, se lanzó en dirección a Melisa del futuro.

Ella intentó reaccionar, pero su enemigo ya estaba sobre ella.

Dark Victor saltó por encima de su posición con un movimiento fluido y letal.

Y antes de que José pudiera siquiera defenderse…

La espada de energía de Dark Victor descendió.

El filo cortó el aire con un silbido mortal.

Y en un instante, el brazo de José del futuro fue arrancado de su cuerpo.

Un chorro de sangre se esparció en el aire.

José gritó de dolor, cayendo de rodillas mientras su brazo cercenado caía al suelo.

Dark Victor se detuvo, disfrutando el momento.

—Ahora sí que te dejé temblando. —Rió con crueldad, observando a su enemigo retorcerse.

Dark Victor giró la cabeza con una expresión de puro desprecio.

En un instante, su puño se estrelló contra el rostro de Melisa del futuro.

El impacto fue devastador.

Su cuerpo salió disparado hacia el suelo como un cometa, rompiendo la tierra con un estruendo.

Antes de que pudiera reaccionar, Dark Victor cerró su puño, y su espada de energía desapareció en el aire.

En su lugar, una esfera de energía oscura y ardiente comenzó a formarse en su palma.

Un Blaster Solar Oscuro.

El poder en su mano rugía como un sol corrupto, vibrando con una intensidad aterradora.

—Desaparece. —susurró con una sonrisa cruel.

Lanzó el ataque.

La esfera descendió en picada y colisionó directamente contra el cuerpo de Melisa.

El mundo tembló.

Una explosión de energía oscura y fuego envolvió la zona, arrasando todo a su paso.

El terreno quedó devastado.

Y cuando el humo comenzó a disiparse…

Melisa del futuro yacía en el suelo, su cuerpo gravemente dañado.

Dark Victor se quedó flotando en el aire, observando su obra con satisfacción.

José del futuro jadeaba, su mente nublada por el dolor y la rabia.

No podía permitirse caer aquí.

Rasgó lo que quedaba de su camisa y la ató con fuerza alrededor de su hombro, formando un torniquete improvisado.

La adrenalina explotó en su cuerpo.

Sus pupilas se contrajeron. Sus músculos se tensaron.

Y sin dudarlo, salió disparado hacia Dark Victor.

El villano apenas tuvo tiempo de reaccionar.

El primer puñetazo de José impactó directamente en su rostro.

Dark Victor sintió el crujir de su mandíbula al recibir el golpe.

Pero José no se detuvo.

Giró en el aire y descargó una serie de patadas brutales, cada una más rápida y letal que la anterior.

Cada impacto resonaba como truenos en el cielo.

Dark Victor intentó defenderse, pero José estaba desatado.

Con su único brazo restante, golpeaba con una fiereza inhumana.

Con sus piernas, azotaba el cuerpo de Dark Victor con fuerza devastadora.

La batalla ahora era diferente.

José del futuro no solo peleaba con rabia.

Peleaba con todo lo que tenía… y más.

Dark Victor, aún sonriendo con sadismo, se movió con una velocidad aterradora.

Antes de que José pudiera reaccionar, sintió una presión abrumadora en su cuello.

Dark Victor lo había atrapado.

Su agarre era como el hierro, sofocante, absoluto.

—Tienes agallas… pero eso no basta. —susurró con burla.

El cielo se oscureció de repente.

Desde las nubes, una lluvia de lanzas de energía afiladas y perforantes comenzó a caer.

Cada una brillaba con un resplandor oscuro, llenando el aire con un zumbido letal.

El suelo tembló cuando impactaron, destruyendo todo a su paso.

El diámetro de una montaña entera fue envuelto en una destrucción sin igual.

Pero Dark Victor aún no había terminado.

Con un simple movimiento de sus dedos, una onda de energía cortante se expandió.

La montaña se partió en dos.

La roca colosal se derrumbó, como si fuera papel ante su poder.

Dark Victor volvió la vista a José, aún atrapado en su agarre.

—Espero que esto te ayude a entender… —sonrió con arrogancia— … que no tienes ninguna oportunidad.

La tensión en el aire era insoportable.

Dark Victor sostuvo el Blaster Solar Oscuro entre sus manos, su energía rugiendo con una intensidad apocalíptica.

José del futuro, a pesar de sus heridas, levantó su única mano y formó su propio Blaster Solar, el mismo que su padre había usado en el pasado.

Los dos ataques colisionaron en el aire.

La luz y la oscuridad chocaron con un estruendo que sacudió el planeta.

El suelo se resquebrajó. El cielo se partió.

Pero poco a poco, la energía oscura de Dark Victor comenzó a dominar.

José del futuro sentía su poder flaquear.

Su ataque era empujado hacia atrás, acercándose más y más a él.

Su brazo temblaba.

El calor abrasador del Blaster Solar Oscuro ya rozaba su piel, perforándolo, quemándolo.

Aún así, no se rindió.

Activó la Ira Dansandankai, intentando aumentar su poder.

Pero el tiempo no estaba de su lado.

Dark Victor sonrió con crueldad.

—Al fin morirás como la hormiga que eres.

Y entonces, el Blaster Solar Oscuro lo consumió.

Una explosión colosal estalló en el continente.

El impacto destruyó todo a su paso.

Pero el poder era tan abrumador que no se detuvo ahí.

La energía se proyectó hacia el espacio.

Atraviesó galaxias.

Desintegró estrellas.

Y destruyó varios universos enteros, algunos con vida, otros sin ella.

La destrucción no tenía precedentes.

Y en medio de ese caos cósmico… el destino de José del futuro quedó incierto.

Dark Victor avanzaba con calma, caminando entre las ruinas y el caos como si fuera un paseo.

Había cumplido su misión.

Todo estaba en cenizas.

Pero entonces, un sonido interrumpió el silencio abrumador.

Un sollozo.

A lo lejos, una figura se levantó.

Era Melisa del futuro.

Su cuerpo estaba cubierto de heridas, su ropa hecha jirones, su energía casi agotada.

Pero sus ojos…

Sus ojos reflejaban un dolor indescriptible.

Lágrimas caían por sus mejillas.

Dark Victor sonrió con desprecio.

—No llores. —dijo con burla— No te impactes tanto…

—Después de todo, tu amado ha muerto.

Su voz resonó como un eco cruel en medio de la devastación.

José del futuro yacía en el suelo, inmóvil, su vida apagada por la destrucción de su ser.

Melisa del futuro miró la escena, el dolor de perder a su amado la atravesó con una intensidad brutal.

Pero en ese momento, algo cambió dentro de ella.

Una ola de poder puro se desató, su energía se desbordó.

Su furia y dolor despertaron una fuerza abrumadora.

Con un grito de rabia, salió disparada hacia Dark Victor, su velocidad rompiendo la atmósfera.

El golpe que lanzó fue tan poderoso que hizo temblar el planeta.

Dark Victor, sin embargo, no flinchó. Su rostro no mostró ni una pizca de dolor.

Su risa se escuchó en el caos, mientras absorbía el golpe sin inmutarse, como si fuera nada.

En un abrir y cerrar de ojos, Dark Victor contraatacó.

Con una rapidez que desbordaba la imaginación, golpeó a Melisa con tal fuerza que la envió volando a través del océano.

Melisa cruzó el aire, golpeando el continente americano y destrozando montañas y océanos en su camino, hasta estrellarse contra la zona costera de los Estados Unidos.

La tierra tembló, el aire se comprimió con la fuerza del impacto.

Dark Victor no perdió tiempo.

Usó toda su velocidad, disparándose hacia ella, una fuerza imparable.

Al llegar a su destino, golpeó a Melisa directamente en el estómago.

El impacto fue tan brutal que Melisa atravesó la costa, rompiendo tierra y rocas, hasta quedar hundida en un cráter masivo.

La explosión resultante levantó polvo y escombros, mientras el mar se agrietaba por la fuerza del golpe.

Dark Victor se quedó observando, su mirada fría, disfrutando de la destrucción que había causado.

Melisa, exhausta, herida, pero llena de furia, intentaba recuperarse.

Sin embargo, las probabilidades estaban en su contra.

El aire estaba impregnado con el pesado sonido de la destrucción.

Melisa, debilitada, apenas se levantaba de los escombros, su respiración dificultosa y su cuerpo gravemente herido.

Antes de que pudiera reaccionar, Dark Victor apareció frente a ella en un abrir y cerrar de ojos.

Sin piedad, con una velocidad aterradora, extendió su mano y la perforó directamente en el pecho de Melisa.

La presión sobre su pulmón fue tan brutal que la sangre brotó de su boca, mientras sus ojos se llenaban de desesperación.

Con un movimiento frío y calculado, Dark Victor retiró su mano, observando cómo Melisa caía de rodillas, su respiración cada vez más entrecortada.

Pero no terminó ahí.

Con una expresión de desdén, Dark Victor no desperdició tiempo.

Con un gesto, creó un portal frente a él.

Sin más palabras, simplemente dio la vuelta y se adentró en él, desapareciendo de la escena.

La devastación quedaba atrás, mientras Melisa, luchando por mantenerse consciente, caía al suelo, rodeada por el caos y la oscuridad.

La batalla había dejado cicatrices irreparables, y el destino de la humanidad parecía aún más sombrío.

El aire en la ciudad vibraba con un murmullo constante de vida. Las luces de los rascacielos parpadeaban con el ritmo de la noche, mientras las calles de Nueva York se llenaban de sonidos: el claxon de los taxis, la risa de los turistas, el bullicio de los vendedores ambulantes.

Para Slash, Han, Kon, Cake, Nagi Tsohoto, Colle, Ruru y Autumn, aquella noche debía ser como cualquier otra. Un descanso merecido después de semanas de entrenamiento, de largas sesiones de combate, de aprender bajo la sombra de los más grandes. Ellos no eran héroes aún, no oficialmente, pero en sus corazones latía la chispa de quienes querían serlo.

Sin embargo, la calma fue quebrada.

Un estruendo, como un trueno lejano, sacudió el ambiente.

Las pantallas gigantes de Times Square cambiaron bruscamente de imagen. Las transmisiones comerciales fueron interrumpidas por una alerta roja. Un país entero, devastado. La imagen de la tierra carbonizada, de los restos de ciudades que alguna vez estuvieron llenas de vida, llenó las pantallas.

Y entonces la vieron.

Una silueta frágil en medio de la multitud.

Al principio, parecía solo una mujer más perdida en la inmensidad de la ciudad, pero cuando la luz de los anuncios brilló sobre ella, vieron la verdad.

Su piel estaba pálida, su ropa hecha jirones, sus heridas aún abiertas, goteando sangre sobre el asfalto.

Sus piernas tambaleaban, y sus ojos, aunque llenos de una voluntad inquebrantable, estaban nublados por el dolor.

Melisa.

Pero ellos no sabían su nombre.

No sabían su historia.

No sabían que había estado de pie ante la furia de un ser capaz de acabar con mundos enteros.

Lo único que sabían era que no podían ignorarla.

Slash fue el primero en moverse.

Sin preguntar, sin dudar, la sostuvo antes de que su cuerpo colapsara por completo.

—¡Necesitamos ayuda! —gritó, su voz firme pero cargada de urgencia.

Han y Nagi Tsohoto no tardaron en reaccionar. Juntos, la sostuvieron con cuidado, asegurándose de que su cabeza se mantuviera erguida.

Colle marcó al 911 mientras Cake y Ruru intentaban calmar a la gente alrededor, alejando a los curiosos.

El sonido de una ambulancia rompió la tensión en cuestión de minutos.

Cuando los paramédicos llegaron, sus rostros se tornaron serios.

—Está en estado crítico. Hay que movernos rápido.

Los jóvenes vieron cómo la subían a la camilla, cómo la conectaban a los aparatos que monitoreaban su estado.

Y sin importar que no supieran quién era, sin importar el peligro, sabían que habían hecho lo correcto.

Porque no se necesita una licencia para ser un héroe.

Solo se necesita la voluntad de actuar cuando otros no lo harían.

En la nada absoluta, donde no existía ni luz ni sombra, solo un vacío eterno, Nyx’thoran se mantenía como una figura intangible, etérea, observando con una sonrisa que solo podría describirse como malevolente.

El espacio a su alrededor no tenía fin, era la esencia misma de la quietud, el lugar donde los conceptos de tiempo y espacio se desvanecen. Sin embargo, para él, cada movimiento, cada susurro, era claro, incluso allí, donde nada existía más que él mismo.

Con una risa sibilante, Nyx’thoran observaba desde su infinita esfera la conclusión del trabajo de su agente, Dark Victor. La destrucción, el caos, las almas que caían en el abismo sin retorno. Todo estaba sucediendo tal como él lo había planeado.

El dolor y la desesperación que seguían a la muerte de José del futuro no eran más que piezas de un rompecabezas más grande, una obra en la que él había orquestado cada movimiento, cada acción, cada sacrificio.

Dark Victor había cumplido su papel a la perfección.

—Todo ha salido como se esperaba… —musitó Nyx’thoran, su voz resonando en la nada misma, como si se entrelazara con el vacío. La satisfacción de saber que los eventos se desarrollaban justo como había anticipado se reflejaba en la expresión de su rostro, aunque esta era solo un reflejo de su voluntad.

El trabajo de Dark Victor no solo había destruido al futuro de la humanidad, sino que había despojado de esperanza a las almas que sobrevivían en ese tormento.

Y mientras el eco de la destrucción reverberaba por todo el universo, Nyx’thoran disfrutaba de la ironía, de la absoluta certeza de que todo se desmoronaría ante sus ojos.

En ese lugar donde nada había, donde todo era eternamente silencioso, su sonrisa, sin embargo, no conocía el vacío. Era la sonrisa de quien ha ganado, quien ha sembrado el caos desde el principio, quien ha guiado la tormenta en las sombras, esperando que su obra culmine.

—El último grano de esperanza se ha desvanecido… —dijo con frialdad, mientras se preparaba para observar la siguiente fase, sabiendo que cada acción, cada dolor, lo acercaba más a su propósito final.

El sol brillaba suavemente sobre la ciudad, mientras Slash, Han, Kon, Cake, Nagi Tsohoto, Colle, Ruru, y Autumn se acercaban al hospital. Cada uno de ellos llevaba en sus rostros una mezcla de curiosidad y determinación, sin saber realmente qué esperar. No eran héroes oficiales, pero todos tenían un profundo sentido de justicia y un deseo de ayudar a aquellos en necesidad. Nadie les había dado un título, pero eso nunca los detuvo.

Habían oído sobre la chica herida, aquella que había sido encontrada sin conocimiento en las cercanías del desastre, un ser con heridas tan graves que parecía haber sido arrancada de una pesadilla misma. Decidieron que no podían simplemente ignorar la situación, sabían que sus habilidades podrían ser útiles, pero también se sentían impotentes ante lo desconocido.

Al llegar al hospital, el aire estaba cargado de la ansiedad de los médicos y los pacientes, mientras los monitores y luces parpadeaban en las paredes. La habitación donde se encontraba la joven herida estaba casi en penumbra, a excepción de la luz fría de los dispositivos que la rodeaban.

Melisa, aunque todavía inconsciente, parecía estar lejos de la vida que alguna vez conoció. Su rostro, marcado por las cicatrices del caos, reflejaba el sufrimiento de un alma rota. A su lado, las máquinas mantenían su respiración y signos vitales, pero algo en ella parecía no estar de este mundo. El peso de su cuerpo herido y la agitación de su pecho eran un recordatorio palpable de la brutalidad de los últimos momentos que vivió.

Han, con sus habilidades de curación instintiva, fue el primero en acercarse. Su rostro reflejaba una ligera preocupación, pero su mirada también revelaba un profundo respeto hacia la herida.

—No parece ser solo una herida física. Algo más está ocurriendo con ella… —dijo en voz baja, mientras observaba las cicatrices, aquellas que no podían explicarse por simples heridas externas.

Ruru, que había pasado por situaciones similares en el pasado, se acercó también, percibiendo una tensión en el aire. Algo no encajaba. ¿Por qué esta chica, aparentemente tan común, parecía tan vinculada a un destino mucho más grande? ¿Qué había sucedido realmente?

Nagi Tsohoto miró a su alrededor, siempre calculando, siempre observando. Algo en la atmósfera del lugar lo inquietaba.

—¿Han sentido eso? —preguntó en voz baja, mientras sus ojos se deslizaban hacia la ventana, como si el mismo hospital estuviera siendo observado por algo, o alguien.

Colle, más pragmática, cruzó los brazos.

—Dejemos de teorizar. Necesitamos respuestas y ella puede dárnoslas. Pero primero, tenemos que asegurarnos de que se recupere. —dijo, con la frialdad de alguien que sabía que las palabras no solucionaban las cosas, pero la acción sí.

Mientras tanto, Cake y Autumn se mantenían al margen, atentos, pero sin interferir. Sabían que cada uno de ellos aportaba algo único a la situación.

Finalmente, después de un largo rato de silencio, Melisa abrió los ojos. Sus pupilas se dilataron, como si hubiera despertado de una pesadilla de la que nunca podría escapar. Miró a su alrededor, y vio a los ocho jóvenes observándola. Sus ojos brillaban con desesperación, pero también con una intensidad que parecía más allá de su control.

—¿Dónde…? ¿Qué ha pasado? —susurró, su voz temblorosa, como si aún no pudiera comprender la magnitud de su dolor ni la locura del mundo en el que se encontraba.

El ambiente en la habitación se volvió denso. ¿Cómo podían ayudarla? ¿Qué secretos ocultaba? Pero en esos momentos, lo único que importaba era que Melisa del futuro estaba allí, y con ella, la promesa de un nuevo conflicto, uno que no parecía haber terminado.

El silencio en la habitación se hizo más denso cuando Melisa abrió los ojos por completo. Su respiración era irregular, y un leve temblor recorría sus brazos mientras trataba de incorporarse. Sus pupilas, dilatadas por la confusión y el trauma, se deslizaron lentamente por cada uno de los rostros desconocidos que la rodeaban.

Primero, su mirada se fijó en Slash, un joven de expresión seria y ojos afilados que parecían analizar cada uno de sus movimientos. Luego, observó a Han, cuyo semblante reflejaba una extraña mezcla de preocupación y calma, como si pudiera entender su dolor sin necesidad de palabras.

A su lado, Kon mantenía una postura relajada, pero sus ojos delataban que estaba atento a cualquier reacción de ella. Cake, con una leve inclinación de cabeza, parecía evaluar la situación, quizás decidiendo si era necesario intervenir o no.

Los siguientes en su línea de visión fueron Nagi Tsohoto y Colle. Nagi, con los brazos cruzados, la observaba con cierto recelo, como si intentara descifrar si era una amenaza o alguien en quien confiar. Colle, en cambio, se limitaba a sostener la mirada de Melisa con frialdad, sin mostrar ninguna emoción evidente.

Finalmente, sus ojos se posaron en Ruru y Autumn. Ruru tenía una leve sonrisa de apoyo, como si quisiera transmitirle tranquilidad sin necesidad de hablar. Autumn, sin embargo, parecía estar en alerta, como si esperara que algo más sucediera en cualquier momento.

Melisa sintió cómo su cuerpo reaccionaba ante la presencia de todos ellos. Su instinto de combate, forjado a través de incontables batallas, le gritaba que se preparara, que no bajara la guardia. Pero al mismo tiempo, una parte de ella—una parte rota, agotada—quería creer que no estaban allí para hacerle daño.

—¿Dónde estoy? —preguntó con voz rasposa, su garganta seca por la falta de uso.

El grupo intercambió miradas antes de que Han diera un paso adelante.

—En un hospital. Te encontramos herida y decidimos traerte aquí.

Melisa frunció el ceño. Hospital… ¿de qué serviría? Su cuerpo había sido destrozado, su enemigo había escapado, José…

Un escalofrío recorrió su espalda cuando el recuerdo del rostro de José del futuro, bañado en sangre, regresó como una cuchilla afilada a su mente.

—José… —murmuró con voz entrecortada, apretando los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en su piel.

El grupo la observó con atención. Era evidente que ese nombre significaba algo importante para ella.

Slash entrecerró los ojos.

—¿Quién es José?

Melisa tardó un momento en responder. Su corazón latía con furia, una mezcla de desesperación, culpa y un deseo de venganza quemaba dentro de ella. No podía permitirse el lujo de colapsar.

Finalmente, respiró hondo, tratando de recuperar algo de control sobre sí misma, y levantó la mirada con determinación.

—Alguien que no debería haber muerto.

El peso de la realidad cayó sobre Melisa como una losa imposible de mover. Si ella seguía con vida, alguien tendría que dar la noticia.

El aire en la habitación del hospital se sentía más denso, casi sofocante. Los rostros de Slash, Han, Kon, Cake, Nagi Tsohoto, Colle, Ruru y Autumn reflejaban una mezcla de confusión y preocupación. No entendían exactamente lo que pasaba por su mente, pero todos parecían estar de acuerdo en una sola cosa: querían que ella siguiera con vida.

Ruru, con su tono más calmado, intentó ofrecer palabras de consuelo.

—No sabemos quién es José, pero si era importante para ti… debes seguir adelante.

Han asintió.

—Es lo que él querría, ¿no? Que no te rindas.

Melisa sintió un nudo en la garganta. Ellos no entendían la magnitud de lo que había ocurrido. No solo José había muerto, Dark Víctor seguía ahí afuera, caminando como si nada hubiera pasado, como si su existencia misma no hubiera significado la destrucción de incontables vidas.

Pero había algo aún más doloroso. La noticia.

Si ella vivía, si tenía el privilegio de seguir respirando, eso significaba que recaería sobre ella la responsabilidad de llevar la peor noticia de todas.

Los familiares de José, sus amigos, su padre…

Su corazón se encogió al pensar en él. Víctor, el verdadero Víctor.

¿Cómo se le decía a un padre que su hijo había muerto?

Cómo se le decía que había sido su propio reflejo oscuro quien lo había asesinado.

Melisa cerró los ojos por un momento, su mente atormentada por el peso de la realidad. No podía quedarse aquí.

No tenía tiempo para descansar. Había algo que debía hacer.

Respiró hondo y, con la voz aún quebrada pero firme, respondió:

—Tienen razón. Pero antes de seguir adelante… tengo una última promesa que cumplir.

El silencio pesó en la habitación por unos segundos. Melisa bajó la mirada, como si estuviera reuniendo fuerzas para responder. Sus puños se cerraron con fuerza sobre las sábanas de la camilla del hospital.

Slash fue el primero en romper el silencio.

—¿De qué promesa hablas?

Los demás lo miraron con la misma duda reflejada en sus rostros. Han cruzó los brazos, Kon ladeó la cabeza, Cake frunció el ceño. Todos esperaban una respuesta.

Melisa respiró hondo. Su voz salió firme, pero con un dolor latente en cada palabra.

—Prometí que… si yo sobrevivía, sería yo quien le diera la noticia a su familia.

Hubo un instante de quietud. El peso de sus palabras cayó sobre todos.

Nagi Tsohoto fue quien reaccionó primero.

—¿Qué noticia?

Melisa apretó los labios, tragando el nudo en su garganta. Sus ojos reflejaban una tristeza insondable.

—José está muerto.

La habitación quedó en completo silencio.

Colle parpadeó, procesando la información.

—¿José…? ¿Era alguien importante para ti?

Melisa asintió con lentitud. Pero no solo para ella.

—Era… el hijo de un hombre que fue un gran maestro, un guerrero… alguien que no merece recibir esta noticia de boca de cualquiera.

Ruru frunció el ceño.

—¿Cómo murió?

Melisa cerró los ojos por un momento, reviviendo la escena en su mente como un castigo inevitable.

—Lo mató Dark Víctor.

Las expresiones de todos cambiaron. Algunos mostraron sorpresa, otros confusión… y otros, como Autumn, sintieron una punzada de ira.

—¿Estás diciendo que… el que lo mató… es una versión de Víctor? —preguntó Kon, casi sin creerlo.

Melisa asintió.

—Sí. Dark Víctor lo asesinó y destruyó un continente entero con su poder. Y yo… yo no pude hacer nada.

Su voz tembló al final.

Pero no había tiempo para quebrarse. No ahora.

Melisa miró a todos con seriedad.

—Voy a cumplir mi promesa. Voy a encontrar a su familia y decirles lo que pasó.

Hubo un momento de duda entre el grupo. No todos conocían a José, pero sabían que lo que Melisa estaba a punto de hacer no sería fácil.

Finalmente, Slash fue el primero en hablar.

—Entonces, iremos contigo.

Melisa lo miró con sorpresa.

—¿Qué…?

—No puedes hacer esto sola —intervino Han, con los brazos cruzados—. Es demasiado para una sola persona.

—Además —añadió Cake—, si Dark Víctor sigue ahí afuera, puede que necesites ayuda.

Melisa abrió la boca para protestar, pero sus palabras murieron en su garganta.

Porque, en el fondo, sabía que tenían razón.

Suspiró con cansancio, pero también con alivio.

—Está bien. Pero esto no es solo mi promesa… es mi responsabilidad.

Y así, con un nuevo propósito en mente, el grupo se preparó para acompañarla en su misión.

Cuatro días habían pasado. Cuatro días de recuperación, de descanso forzado, de noches en vela con la imagen de José del Futuro grabada en su mente.

Pero al fin, estaba lista.

Melisa salió del hospital con una nueva vestimenta. No era casualidad que fuera la misma que solía usar en sus entrenamientos con José. En esta época—que era el pasado para ella—ese tipo de ropa aún se fabricaba. Un ajuste cómodo, flexible, ideal para el combate. Era más que una prenda; era un recordatorio.

El viento sopló con fuerza, haciendo ondear su ropa. Apretó los puños.

Slash, Han, Kon, Cake, Nagi Tsohoto, Colle, Ruru y Autumn la esperaban afuera.

—Se nota que te sientes mejor —comentó Kon, notando el fuego en su mirada.

—No hay tiempo para quedarse atrás —respondió ella con firmeza. No más.

Ruru sonrió levemente. Había algo distinto en Melisa.

—Entonces, ¿cuál es el plan? —preguntó Slash.

Melisa miró al horizonte.

—Vamos a cumplir la promesa. Vamos a encontrar a la familia de José.

Los demás asintieron. Era momento de avanzar.

El aire vibró con energía pura cuando Melisa extendió su mano. Una corriente de poder surgió de sus dedos, trazando en el espacio un círculo resplandeciente que se expandió con un brillo etéreo. El portal comenzó a formarse.

Los demás observaron en silencio. Slash, Han, Kon, Cake, Nagi Tsohoto, Colle, Ruru y Autumn sabían que este no era un viaje cualquiera. Era un paso que cambiaría el destino de alguien.

Melisa inhaló profundamente. La casa de Víctor. El hogar de José.

Atravesaron el portal en fila, uno tras otro, sin titubeos.

El cambio de escenario fue inmediato. El aire cálido y familiar del hogar los envolvió. Frente a ellos, una puerta de madera se alzaba, sencilla pero firme, con una pequeña ventana en la parte superior. Un reflejo de estabilidad en medio del caos del mundo exterior.

Melisa tragó saliva. El peso de las palabras que estaba a punto de decir le quemaba la garganta.

Los demás la miraron, sin presionarla, pero listos para sostenerla si flaqueaba.

—Es ahora o nunca —murmuró Ruru en voz baja.

Melisa asintió. Levantó la mano.

Y tocó la puerta.

La puerta se abrió lentamente, revelando un rostro marcado por la espera y la incertidumbre. Luci, la madre de José, quedó enmarcada en el umbral, con el ceño fruncido al reconocer a Melisa.

Detrás de ella, María, Karen y Bianca se acercaron con cautela. Las esposas de Víctor, mujeres de fuerte carácter y corazones llenos de historias, intercambiaron miradas entre ellas.

El aire en la entrada de la casa se volvió espeso, cargado de preguntas sin pronunciar.

—Melisa… —Luci fue la primera en romper el silencio. Su tono no era frío, pero sí expectante.

Melisa desvió la mirada por un instante antes de obligarse a mantenerla fija en la mujer que tenía enfrente. Su corazón golpeaba con furia contra su pecho.

—Necesito hablar con ustedes —su voz sonó más firme de lo que esperaba.

Las cuatro mujeres notaron la tensión en su postura, el leve temblor en sus dedos, la sombra en sus ojos.

Algo andaba mal.

María, la de semblante sereno pero mirada aguda, fue la siguiente en dar un paso adelante.

—Entra —dijo simplemente.

Melisa tragó saliva y cruzó el umbral. A su lado, Slash, Han, Kon, Cake, Nagi Tsohoto, Colle, Ruru y Autumn la siguieron en silencio, como una sombra de apoyo, testigos de un momento que estaba a punto de volverse irreversible.

Al otro lado de esa puerta, las palabras que Melisa estaba por pronunciar cambiarían todo para siempre.

El sonido sordo de la puerta al cerrarse resonó en la sala, como un eco que sellaba el destino de aquel encuentro. Melisa avanzó con pasos pesados, como si cada uno la acercara a un abismo invisible.

Sin pronunciar palabra, se dejó caer en una silla. Su cuerpo, aunque fortalecido por la batalla, se sentía más frágil que nunca.

Las cuatro mujeres permanecieron de pie, rodeándola con miradas expectantes, algunas de incertidumbre, otras de temor. Luci cruzó los brazos, su rostro serio, buscando en el de Melisa respuestas antes de que siquiera hablara.

A su alrededor, Slash, Han, Kon, Cake, Nagi Tsohoto, Colle, Ruru y Autumn se mantuvieron en silencio, sabiendo que no les correspondía intervenir. Solo estaban ahí para sostener a Melisa si se derrumbaba.

El tiempo parecía estirarse en aquella sala, como si el universo mismo contuviera la respiración.

Hasta que Melisa, finalmente, exhaló.

—Tengo algo que decirles… pero no sé cómo hacerlo.

El peso de su confesión ya se sentía en la atmósfera, aún sin haber sido pronunciada.

Karen, con su mirada intensa, observó a Melisa, percibiendo la profundidad del dolor que ella cargaba. Aunque era la tercera esposa de Victor, su presencia tenía la serenidad que solo la experiencia podía otorgar. Había atravesado tormentas en su vida, y en ese momento, su instinto de protección y comprensión la hacía más fuerte que nunca.

Sin prisas, se acercó a Melisa, y con una voz suave, pero firme, preguntó:

— Melisa, sé que esto es más grande de lo que cualquiera podría imaginar. Si puedes… si necesitas compartirlo, estamos aquí para escucharte.

El aire se sentía denso entre las palabras de Karen, cargado de la tensión de lo que aún no se había dicho. Bianca, María y Luci observaban con atención, pero ninguna de ellas interrumpió, sabiendo que el momento era de Melisa.

La mano de Karen se posó sobre el hombro de Melisa, con una suavidad que solo alguien que ha experimentado tanto sufrimiento como cariño podría tener.

— No tienes que hacer esto sola.

Melisa cerró los ojos por un momento, respirando profundo. El apoyo de Karen parecía ser la única estabilidad en ese mar de incertidumbre. La voz de Melisa salió baja, pero clara:

— José… José del futuro… está muerto.

Luci, la madre de José, quedó paralizada por un instante, como si el aire le hubiera sido arrancado de los pulmones. Sus ojos se abrieron con incredulidad, y su cuerpo tembló levemente. No podía procesar las palabras de Melisa, como si el tiempo se hubiera detenido en ese mismo instante.

Su mente comenzó a recorrer los momentos previos, buscando una explicación que no llegaba. El peso de la realidad la aplastó, y un nudo se formó en su garganta. La imagen de su hijo, José, el niño que había criado con tanto amor, ahora desaparecido de forma irreversible, la devastaba.

Su voz tembló cuando finalmente logró hablar:

— No… No puede ser… No mi hijo…

El dolor en sus palabras era palpable, como una grieta que se formaba en su corazón. Ella se llevó la mano al rostro, cubriéndose los ojos, tratando de frenar las lágrimas que amenazaban con desbordarse. La imagen de su hijo, tan joven, tan lleno de vida… parecía un eco lejano que se desvanecía en la distancia.

Las otras esposas de Victor, María, Karen y Bianca, intercambiaron miradas, sabiendo lo que este momento significaba para Luci, y para ellos, por extensión. Nadie había preparado su corazón para recibir un golpe como ese.

Karen, reconociendo la necesidad de un poco de espacio, se acercó a Luci, poniendo una mano en su espalda, mientras Bianca y María se mantenían a un lado, permitiendo que la madre de José tuviera su momento de dolor, aunque sabían que los siguientes pasos serían aún más difíciles.

El silencio llenó la habitación, mientras Luci lloraba en silencio, enfrentando el hecho de que su hijo ya no estaba allí.

Melisa permaneció en silencio, mirando al suelo, su cuerpo tenso y su corazón pesado. El dolor se filtraba a través de ella, pero no era solo el sufrimiento por la pérdida de José. Había una ira interna, una rabia hacia sí misma por no haber podido hacer más, por no haber sido lo suficientemente fuerte o rápida para salvarlo.

Cada palabra de Luci, cada gesto de angustia de la madre de José, la hería aún más. El peso de su promesa se convirtió en una carga insoportable. No solo le había fallado a José, sino también a su madre. Y en su mente, las preguntas comenzaban a retumbar con fuerza: ¿había hecho todo lo que podía? ¿Realmente había intentado salvarlo?

Las lágrimas amenazaban con escapar de sus ojos, pero se mantenía firme, luchando por contenerlas. El resentimiento hacia sí misma la quemaba por dentro, y la rabia que sentía por no haber podido proteger a la única persona que realmente había amado, era tan fuerte que se le hacía difícil respirar.

El silencio en la sala era denso y pesado, y aunque la compasión de las otras mujeres era palpable, Melisa no podía aceptar nada en ese momento. Era incapaz de recibir consuelo, porque sentía que no se lo merecía. Ella había fallado. José ya no estaba, y en sus ojos, ese era su fracaso.

La pregunta que más la atormentaba ahora no era si había hecho lo suficiente, sino si había tenido el derecho de seguir adelante. ¿Cómo podía seguir viviendo con la culpa de no haber sido más fuerte para salvarlo?

Melisa apretó los puños, tratando de disipar los pensamientos y enfocarse en lo que debía hacer a continuación. Pero por dentro, su corazón se rompía poco a poco.

Continuará…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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