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History academy arco 6: El fin del mundo. - Capítulo 83

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Capítulo 83: Episodio 83: Revelación.

Las llamas consumían la ciudad mientras el cielo ennegrecido era testigo de la tragedia en desarrollo. El suelo temblaba con cada paso de las tres entidades que emergieron del portal, su presencia eclipsando cualquier esperanza que quedara en los corazones de los supervivientes.

Victor Zombie avanzaba con movimientos pesados, su cuerpo marchito desprendiendo un hedor a muerte y podredumbre. Sus ojos, dos pozos de luz espectral, carecían de emoción, pero dentro de su ser latía un poder latente, una furia silenciosa que amenazaba con desatarse en cualquier momento.

A su lado, Dark Rigor mantenía la postura firme de un guerrero curtido, pero su esencia misma había cambiado. Su armadura, ennegrecida y agrietada, parecía pulsar con una energía malsana, y el arma en su mano resonaba con un sonido casi imperceptible, como un susurro de almas perdidas atrapadas en su filo.

Dark Dariel flotaba levemente sobre el suelo, su figura envuelta en sombras líquidas que se retorcían como si tuvieran voluntad propia. Su risa, distorsionada y múltiple, hacía eco en el aire como si mil voces hablaran al mismo tiempo.

En las calles, los gritos de los civiles eran opacados por el estruendo de los edificios derrumbándose. Slash, Han, Kon, Cake, Nagi Tsohoto, Colle, Ruru y Autumn habían llegado al lugar, observando el caos con rostros tensos. Sabían que no estaban listos para enfrentarse a amenazas de tal magnitud, pero tampoco podían retroceder.

Nagi Tsohoto sintió un escalofrío recorrerle la espalda. “Estos no son enemigos normales… son algo peor.”

Han apretó los dientes, tratando de formular un plan en su mente. “No podemos enfrentarlos a todos a la vez. Si lo hacemos, moriremos.”

Kon miró a su alrededor, viendo la ciudad consumiéndose en llamas y a la gente corriendo en busca de un refugio que no existía. “Esto ya no es solo una batalla. Es un exterminio.”

Desde lo alto de un edificio en ruinas, Nihil observaba la escena con una sonrisa burlona. Sus cuatro ojos brillaban con un fulgor carmesí mientras sostenía su lanza con una mano y con las otras trazaba símbolos en el aire, dejando escapar una carcajada gutural.

“Qué hermosa desesperación… el miedo los hace aún más deliciosos.”

Los tres recién llegados continuaron su avance sin prisa, como si ya supieran el resultado de la confrontación. La noche caía sobre la ciudad, pero en los corazones de los héroes, la oscuridad ya se había instalado mucho antes.

La Hora del Juicio

El aire se cargó de una tensión indescriptible cuando la realidad misma se rasgó con el eco de un portal que se abrió abruptamente en el corazón de la zona de combate. Desde su interior emergió Aiko, una entidad que compartía el cuerpo con Dariel, pero con un alma propia teñida de caos. Su cabello negro flotaba suavemente con cada brisa maldita que se desataba en el campo de batalla, y sus ojos rosados, vibrantes como dos lunas carmesíes, reflejaban una emoción que oscilaba entre la diversión y la crueldad más pura. Su sonrisa, curva y juguetona, ocultaba la intención de arrastrar a todos los presentes a un destino donde solo el sufrimiento reinaba.

No hubo tiempo para procesar su aparición cuando el cielo se oscureció abruptamente, como si el mismo firmamento hubiese sido testigo del horror que estaba por desatarse. Un estruendo rompió la quietud momentánea. Rayos purpúreos y negros descendieron en una danza violenta, golpeando el suelo con la fuerza de una deidad colérica. Entre las descargas, una silueta se materializó, cayendo con una presencia abrumadora. Dark Victor había llegado.

Cada uno de sus pasos resonaba con la pesadez de un juicio final. Su figura imponente proyectaba una sombra que se extendía como un presagio de destrucción, y sus ojos, pozos de oscuridad pura, se posaron en los héroes que habían venido a proteger el lugar. Con una sonrisa cínica y despreciativa, contempló el enorme grupo de guerreros reunidos frente a él.

Luna, Mahin, Marcos, Tino, Maira, Colin Franklin, Rigor, Zahid, Karla, Akaba, Necross, Ushibaa, Javier, Palitogood, Trapecio, Amsel, Lixy, Normado, Elisa, Lulu, Assath, Alpaca, Shyki, Fran, Asagi, Sungonkun, Chomosukez, Luci, Mariwiwi, María, Karen, Bianca, Lointo, Kazela, Katter, Shiro, Vicente, Rob, Tomi Martin, Sam, Blankito, Spajit y su hermana Beasty, junto con las gemelas portando los legendarios guanteletes y espada de Leviathan, todos listos con el peso de incontables batallas en sus hombros.

Necross, Ushibaa, Javier y Sami se encontraban con los músculos tensos y las frentes perladas de sudor tras un brutal entrenamiento que los había empujado más allá de sus límites. Kim y Sangwoo, hijos de Michelle y Ushibaa, junto a Brayden, Aracely, Murasaki y Law, hicieron su entrada en la zona de combate, sus miradas firmes con la determinación de quienes han heredado un legado inquebrantable.

Jennifer, manteniéndose prudente en la distancia, observaba el inminente enfrentamiento con el corazón encogido, asegurándose de proteger a los suyos, a sus pequeños, mientras la batalla alcanzaba un punto sin retorno.

El choque era inevitable. Katsu Nanamin y Sato, con la energía latiendo en sus venas, se unieron a la contienda. A su lado, Ēru, Henrī, Itama Furutta, Aruku, Dotto, Ari Shāpusu, Sanjūni Hoshi, Riri, Furēmuro, Morutekitto, Dante Megami, Girasol, Mateo, Amanda, Nana Yoroza, Samueru, Helena, Profax, Tsuu, Momo Fogosa, Shadix, Amai Kuchibiru, todos listos para empuñar sus habilidades sin reservas.

Y aún más se unieron: Yulisa Zero, Yarizel, Kyatto, Lila Kamatose, Ces, Sutāba Bumūn, Katski, Vane, Saúl, Joge, Félix, Rori, Allner, Zeus Navara, Rokade, Komori Yakito, Zora Meinu, Katherine, Yukina, Enimen, Yumiku, Leth y Rose.

Ellos eran la última barrera entre la devastación absoluta y la posibilidad de esperanza.

Pero cuando Slash, Han, Kon, Cake, Nagi Tsohoto, Colle, Ruru y Autumn llegaron a la escena, quedaron momentáneamente sin palabras. Nunca habían presenciado una reunión de tal magnitud, una congregación de poder tan monumental que parecía desafiar la lógica misma. Sus corazones palpitaban con una mezcla de miedo y adrenalina mientras intercambiaban miradas nerviosas entre ellos.

—Esto… esto no es una pelea. Es una guerra —susurró Han, tragando saliva mientras sus manos temblaban por la anticipación.

—No… —interrumpió Cake con una sonrisa tensa—. Esto es algo mucho más grande.

Las chispas de poder comenzaban a resonar en el aire. El suelo bajo ellos vibraba con el peso de la inminente batalla. El destino de más de un mundo pendía de un hilo.

Dark Victor exhaló lentamente y, con una sonrisa cargada de desprecio, susurró:

—Vengan… Muéstrenme si realmente valen algo.

El campo de batalla estaba listo.

La historia aún no había escrito su final.

El impacto de su llegada resonó como un trueno, haciendo temblar la tierra bajo sus pies. Dariel se materializó en el campo de batalla, su silueta firme y resuelta, con su largo cabello ondeando con la brisa cargada de energía. Sus ojos se encontraron de inmediato con Rigor, quien, aunque imperturbable en su postura, sintió el peso del momento.

No era solo una batalla más. Era el destino mismo el que se definía en este instante.

Dariel, con su porte majestuoso, se posicionó junto a su esposo. Su presencia no era un simple refuerzo: era una declaración de guerra. No permitiría que Rigor enfrentara esta amenaza solo.

Dark Victor, Aiko y los demás enemigos que emergían de los portales podían sentirlo: el peso de la historia, la furia de los guerreros que se habían forjado en innumerables conflictos.

—No dejaré que enfrentes esto sin mí —declaró Dariel con una voz firme, su energía envolviéndola en un aura resplandeciente.

Rigor no respondió de inmediato. En su interior, comprendía lo que esto significaba. No había marcha atrás. Asintió levemente, sin apartar la mirada de los enemigos que tenían frente a ellos.

El campo de batalla ardía con tensiones invisibles.

Los héroes se reunían.

Los villanos se preparaban.

Y el primer golpe estaba a punto de caer.

La tensión en el aire era sofocante. El campo de batalla, un escenario donde el destino de héroes y villanos se entrelazaba, vibraba con energía pura, con la inminencia del choque definitivo.

José del presente y Melisa del presente irrumpieron en el lugar, sus miradas recorriendo el vasto campo plagado de aliados y enemigos. No sabían si saldrían victoriosos, pero la determinación ardía en sus corazones. No había otra opción que pelear.

Y entonces, Melisa del futuro apareció.

Su entrada no fue sigilosa ni gloriosa. No fue un estallido de poder ni un despliegue de habilidades. Fue simplemente la llegada de alguien que había visto demasiado, que había sufrido más de lo que cualquiera de los presentes podría imaginar.

Sus ojos recorrieron la escena y lo primero que notó fue que las esposas de Víctor ya estaban allí. María, Karen, Bianca y Luci, cada una con una presencia inquebrantable, listas para la batalla.

Un suspiro pesado escapó de sus labios, su mente procesando lo obvio. Llegó tarde.

—Me tardé demasiado en llegar —murmuró para sí misma, con una mezcla de frustración y resignación.

Pero no había tiempo para lamentaciones.

El enemigo estaba frente a ellos. Dark Victor, Aiko, Dark Rigor, Dark Dariel, Victor Zombie y Nihil, el dios de las maldiciones. Un conjunto de amenazas lo suficientemente temibles como para haber aniquilado civilizaciones enteras.

Pero frente a ellos estaba el mayor despliegue de héroes que el mundo había visto.

Las antiguas leyendas y los nuevos campeones. Guerreros de todas las eras.

Las sombras y la luz estaban por colisionar en un enfrentamiento que marcaría la historia.

Y esta vez, no habría marcha atrás.

El firmamento tembló. No fue una simple sacudida del cielo, sino una distorsión absoluta de la realidad misma. Como si la existencia se retorciera bajo el peso de una entidad que jamás debió ser traída de vuelta.

Nyx’thoran, con su poder insondable, forzó la unión de dos entidades divinas que jamás debieron coexistir. Karla’k, el dios del caos, cuya esencia misma era la disrupción y la anarquía, fue arrancado de su propia individualidad. Xal’Azar, el dios de la soledad, una entidad que representaba el vacío absoluto, la ausencia de toda conexión, fue igualmente forzado a un destino impensable.

El resultado no fue una simple fusión.

Fue el nacimiento de algo prohibido.

Xar’khal emergió.

Su existencia no era la de un ser tangible. Su cuerpo era un fragmento de la nada absoluta, una extensión de un concepto imposible de describir con palabras mortales. Parecía una página en blanco, pero cada línea de su silueta era una grieta en la realidad. El espacio a su alrededor se volvía oscuro y voluble, como si todo cuanto le rodeaba estuviera perdiendo su significado, siendo devorado por su presencia.

Y entonces descendió al campo de batalla.

El suelo no crujió bajo sus pies. No hubo explosión de poder, ni manifestación de furia. Simplemente estaba ahí, como si siempre hubiese sido parte del paisaje, como si su llegada hubiera reescrito la historia misma.

Los héroes sintieron un escalofrío recorrer sus cuerpos. Incluso los más poderosos, aquellos que habían enfrentado a dioses y demonios, supieron al instante que esto era diferente. Xar’khal no era un enemigo que pudieran simplemente golpear hasta la derrota. Era un concepto hecho carne, una amalgama de caos y soledad cuya mera presencia distorsionaba la esencia de la realidad.

Dark Victor observó a la entidad con una sonrisa torcida, mientras Aiko inclinaba la cabeza, como si intentara comprender la magnitud de lo que tenían frente a ellos.

Y los héroes…

Los héroes supieron que la guerra acababa de escalar más allá de su comprensión.

El aire vibró con una frecuencia imposible de percibir por los oídos humanos, pero que resonaba en el alma de todos los presentes. El cielo se fragmentó en patrones incomprensibles, como si el mismo tejido del universo estuviera siendo escrito y reescrito en tiempo real.

Entonces, de entre las fisuras en la realidad, surgieron ellos.

Joel, Jonathan, Rain, Regulus, Kageno Kai, Kyōkō, Erick Hatake Kurayami y Yuuki Rito.

No atravesaron un portal convencional. No descendieron de los cielos ni emergieron de la tierra. Su llegada fue un cálculo preciso, una ecuación compleja plasmada en el espacio mismo. Geometrías imposibles se desplegaron a su alrededor: pentagramas flotantes, números matemáticos fluctuantes y símbolos arcanos que se descomponían y recomponían al instante.

Eran mucho más que meros guerreros. Eran la encarnación del conocimiento, de la estrategia y de la precisión absoluta.

Cuando sus pies tocaron el suelo, la presión en el ambiente cambió. No fue un estallido de energía bruta como el de los titanes que ya se encontraban en la batalla, sino algo más inquietante. Como si el universo mismo reconociera su presencia y ajustara sus reglas en consecuencia.

Xar’khal giró su atención hacia ellos.

No con la curiosidad de un guerrero analizando a sus oponentes. No con la furia de un dios que se siente desafiado.

Sino con algo aún peor.

Con reconocimiento.

Como si en algún punto de la existencia ya los hubiera encontrado antes.

Dark Victor sonrió al verlos llegar, como si su sed de batalla hubiera encontrado nuevos oponentes dignos de su ira.

Aiko lamió sus labios con emoción.

Y los héroes en la retaguardia sintieron una chispa de esperanza.

Porque si había alguien capaz de descifrar el caos encarnado en Xar’khal…

Eran ellos.

El universo contuvo el aliento.

Cuando Xar’khal y Kageno Kai se elevaron, no fue solo un ascenso físico. La realidad misma pareció apartarse de su camino, incapaz de contener a dos entidades que desafiaban su estructura. El concepto de fricción fue aniquilado en sus cuerpos, permitiéndoles romper la atmósfera sin resistencia.

El cielo se desgarró con su velocidad.

Kageno Kai movió su mano con precisión quirúrgica.

Sacó una bala del cartucho.

Pero no era una bala normal. Era roja. No por pintura ni por material, sino porque contenía la destrucción de la realidad misma encapsulada en su núcleo.

Cuando apretó el gatillo, el sonido se fracturó en mil ecos de existencias alternas.

Xar’khal levantó la mano.

El impacto fue mínimo, pero su sonrisa se torció. La bala, aunque contenida, le había hecho sentir algo que no experimentaba desde su nacimiento: dolor.

Y en ese instante, el mundo se partió.

La explosión cristalina rompió la narrativa, generando un agujero en la historia misma. No era un portal, no era un vórtice. Era un concepto reescribiendo otro concepto.

Ambos fueron arrastrados a un vacío insondable.

Negro. Silencioso. Infinito.

Un lugar donde no existía nada.

Ni tiempo. Ni materia. Ni reglas.

Xar’khal sonrió. Ahora sí, pelearía en serio.

El silencio era absoluto.

Kageno Kai observaba el vacío absoluto que los rodeaba, una dimensión sin reglas, sin principios. El suelo, si se le podía llamar así, no existía. No había cielo, ni horizonte, ni puntos de referencia. Era como si todo lo que conocía hubiera sido borrado y reescrito de alguna forma que su mente no podía comprender.

Pero en ese momento, algo profundo caló en él, una comprensión que solo se revela cuando uno se enfrenta a la naturaleza misma del cosmos. Kageno Kai había entrado en un plano superior, uno que no estaba destinado a los seres normales. Un plano donde las leyes de la narrativa y el destino son maleables, casi inexistentes.

Él se detuvo, sintiendo la presión de la realidad colapsada a su alrededor, una fragilidad en la que ni siquiera los conceptos básicos como el tiempo o la existencia podían sostenerse. Algo había sucedido, algo que no podía entender por completo. La fusión de Xar’khal, nacido de Karla’k y Xal’Azar, había desintegrado las fronteras, rompiendo las bases de la misma estructura narrativa que daba coherencia al universo.

Pero Kageno Kai no estaba solo en esta ruina existencial. Xar’khal, de pie frente a él, representaba la otra mitad de esa ruptura, su poder derivado de una existencia que superaba lo comprensible.

Sin embargo, había algo que Kageno Kai había entendido en ese momento. No era solo la fusión lo que los había traído a este lugar. Era la acción misma de forzar esa fusión de dos conceptos tan distantes como el caos y la soledad.

Un pensamiento recorrió su mente, como un destello:

“Esto no es solo una anomalía. Esto es el resultado de dos fuerzas intentando superar lo que estaba destinado a ser.”

El concepto de Xar’khal se había logrado por una violación de lo que era natural. Solo seres de una capacidad inimaginable, como Jehová o Karla’k, podían superar las reglas que limitaban el universo. Ellos, en su trascendencia divina, podrían llegar a estos planos sin sufrir daño. No era solo poder, sino comprensión.

Pero Xar’khal, como una amalgama de esos conceptos, era algo más.

En este plano, las reglas de la narrativa se disolvieron. Y Kageno Kai se dio cuenta de algo más: Xar’khal no era solo un producto de la fusión de dos entidades poderosas, sino un escritor. Uno que, al igual que los verdaderos creadores del destino—aquellos que son capaces de reescribir la narrativa misma—era una entidad que no solo existía en el flujo de los eventos, sino que podía alterarlos a voluntad.

Kageno Kai, aunque aún en shock por la magnitud de lo que estaba sucediendo, entendió que la única forma de salir de este plano y enfrentarse a Xar’khal era aceptar lo que él representaba: un escritor que controlaba no solo los eventos, sino la misma realidad en la que existían.

Y mientras Xar’khal sostenía la bala, sonriendo con una malicia infinita, Kageno Kai se preparó para lo que sería la batalla más trascendental de sus vidas. No sería solo un enfrentamiento de fuerzas físicas, sino una lucha para redefinir las reglas de todo lo que conocían.

La atmósfera vibraba con un poder indescriptible. Kageno Kai y Xar’khal se enfrentaban en el vacío de la realidad, donde los conceptos y las leyes del universo ya no importaban. Los ataques que intercambiaban no solo destrozaban el espacio, sino también la propia estructura de la narrativa, esa que había mantenido todo en equilibrio. La fricción de sus poderes era tal que cada choque provocaba alteraciones en las reglas mismas de la existencia.

El aire se llenó de una mezcla de caos y soledad, sus habilidades se entrelazaban creando una bala de destrucción de la realidad, una manifestación de pura energía y desorden, disparada hacia el vacío donde antes existía el plano en el que luchaban. Kageno Kai, con su mirada fija, observó la bala de destrucción del tiempo, esa que tenía el poder de fracturar las leyes temporales. La bala amarilla brillaba intensamente, como si no fuera solo una esfera de poder, sino también una representación de la ruina que se avecinaba.

Un cambio radical en el espacio tiempo comenzó a suceder. Los signos antiguos emergieron del éter, sus formas místicas y criptográficas dibujándose en el aire, reconfigurando la realidad misma. La narrativa que había mantenido todo organizado comenzó a doblarse, a deshilacharse. El colapso del tiempo y del espacio era inminente. Y ahí, en el centro del caos, Kageno Kai apretó el gatillo de su arma con una calma mortal.

El disparo alcanzó la bala de destrucción del tiempo con una precisión perfecta, y lo que sucedió a continuación fue absoluto. Una explosión cristalina se desató, iluminando el vacío con una explosión tan intensa que parecía consumir toda la existencia. La onda expansiva generó una onda de choque que fracturó el tejido mismo del universo narrativo, desbordando todos los límites conocidos.

Signos antiguos y códigos cósmicos comenzaron a aparecer por doquier, los cuales parecían ser los fragmentos de una historia antigua, escrita antes de que el mundo existiera. Con cada símbolo que emergía, las reglas que una vez gobernaron la creación se desmoronaban. El espacio-tiempo se retorcía, y los dos combatientes continuaban, sin cesar, su incansable lucha.

Pero algo diferente ocurrió. De la explosión surgió una nueva existencia. Un árbol gigante, de proporciones inimaginables, comenzó a emergir del vacío. Sus raíces se extendían por el espacio mientras sus ramas se entrelazaban en un misterioso patrón cósmico. Soles se alinearon en sus ramas, brillando como lámparas cósmicas, iluminando el nuevo mundo que nacía de la colisión de esos dos poderes.

El árbol de la existencia era la manifestación de una nueva narrativa, una donde la lógica y la vida tomaban una forma distinta. Un nuevo principio. Un nuevo ciclo. El aire era fresco, y por primera vez en todo el caos, parecía haber un equilibrio. Aunque esto solo existía por un breve instante.

Kageno Kai y Xar’khal, tras ser arrastrados por la fricción cósmica, se acercaron al cristal que representaba esa nueva existencia. Pero este no era su lugar. Kageno Kai, un ser de narrativa ajena a este mundo, comprendió que no pertenecía ahí. La realidad de Xar’khal, nacida de la fusión de dos conceptos absolutos, era su hogar, no el de Kageno. El caos y la soledad que representaba Xar’khal lo mantenían atado a este nuevo universo, pero Kageno, un ser con una historia propia, debía regresar a su narrativa.

De repente, los dos se dispararon, más rápido que la misma luz, con la fricción alcanzando niveles incomprensibles. Rompieron una vez más el concepto de existencia, destruyendo lo que quedaba de esta nueva dimensión. La energía de ambos, tan intensa y potente, hizo que la realidad misma se doblara en sus rutas, creando quiebres por donde pasaban, destruyendo las construcciones y los restos del nuevo universo.

Con un poder abrumador, viajaron hacia el espacio exterior, sin detenerse. Entre ellos, el combate continuaba. Los planetas, las estrellas y hasta las galaxias parecían quedarse atrás mientras la lucha por la supremacía en esta nueva existencia continuaba. Un combate sin fin, una historia que escribían ellos mismos, mientras todo a su alrededor comenzaba a desmoronarse una vez más.

El vacío cósmico no era solo un espacio físico, sino una manifestación de lo que ocurría más allá de la comprensión, donde Kageno Kai y Xar’khal jugaban con las reglas de la narrativa. Cada golpe, cada movimiento, era una reescritura de lo que debería haber sido. Las viejas leyes ya no existían. Solo quedaba el caos y la soledad que ellos mismos habían traído al mundo.

El impacto entre Regulus y Victor Zombie fue tan absoluto, tan trascendental, que no solo sacudió el espacio y el tiempo, sino que rompió las barreras entre multiversos enteros. Como si las mismas leyes de la física fueran apenas una ilusión ante el choque de sus poderes, el destello de energía que surgió al colisionar sus puños se extendió hacia incontables realidades. Multiversos complejos, llenos de líneas de tiempo entrelazadas y realidades divergentes, se desintegraron bajo la intensidad de su poder.

Ambos, lanzados a través del vacío cósmico hacia destinos distintos, parecían moverse con una precisión casi sobrenatural. A medida que viajaban, los universos se estrellaban a su paso, fragmentándose, mientras cada fragmento de espacio-tiempo se desplomaba a su alrededor como piezas de un rompecabezas rotas. La existencia misma se deshacía bajo la furia de sus ataques.

En ese momento, cuando el reloj marcó las 12 del mediodía en un multiverso ajeno, Regulus y Victor Zombie se enfrentaron una vez más. El choque de sus puños resonó en las estructuras mismas de la realidad, con tal fuerza que las leyes de causalidad y lógica se volvieron irrelevantes. Explosiones de energía pura arrancaron fragmentos de tiempo y espacio, creando grietas en el tejido de la existencia, mientras las líneas temporales se distorsionaban ante el impacto.

Victor Zombie, con una mirada de absoluta malicia, extendió sus manos, y de sus palmas surgieron esporas del “Virus de Dios Nos Abandonó”, un virus ancestral, letal, cuyo caos no solo destruía cuerpos, sino que alteraba la misma esencia de los seres vivos. Estas esporas, tan pequeñas y letales, comenzaron a extenderse por los rincones de los multiversos rotos, infectando a millones, luego billones de seres a través de las dimensiones.

El virus del caos era una plaga que no solo convertía a sus víctimas en zombies, sino que desordenaba su existencia misma. Aquellos que caían eran consumidos por la desesperación y la decadencia, perdiendo su voluntad y siendo reemplazados por la oscuridad de la transformación. En su lugar, nacían nuevos zombies, más fuertes y más letales que antes, sumidos en una maldición eterna, una existencia vacía que solo se alimentaba de la destrucción de lo que quedaba de su mundo.

El número de infectados rápidamente se disparó: más de 43 billones de seres caían bajo la oscuridad del virus, transformándose en hordas que avanzaban a través de los multiversos, arrasando con todo a su paso. La plaga del caos se expandió con una velocidad que ni el más mínimo atisbo de resistencia podía detener.

A medida que los zombies nacían, el campo de batalla de Regulus y Victor Zombie se convirtió en un lugar de ruinas. Pero ambos guerreros sabían que su lucha no terminaba ahí. El caos y la destrucción que habían desatado seguían su curso, y aunque los multiversos caían a su alrededor, la batalla entre regeneración y decadencia se mantenía viva, pues ambos combatían no solo contra sus oponentes, sino contra la misma existencia que se resquebrajaba bajo su fuerza.

Este choque entre la luz y la oscuridad, entre el orden y el caos, sería recordado como una guerra no solo entre hombres, sino contra la misma estructura de la realidad misma. Sin saberlo, Regulus y Victor Zombie habían dejado una marca indeleble en el cosmos, algo más allá de la comprensión, pero que continuaría afectando la evolución de los universos.

Dante Megami, un chico cuyo origen parecía humano, pero cuyo poder trascendía lo comprensible para muchos, se encontraba en el mismo epicentro del caos desatado por la batalla entre Regulus y Victor Zombie. Frente a él, una marea interminable de zombies, nacidos de la maldad del virus, avanzaba con una precisión aterradora. Las criaturas eran legiones, una plaga de sombras que consumían todo a su paso. Pero Dante no era un hombre común. Su fuerza no provenía de su carne ni de su voluntad, sino de algo mucho más antiguo, algo que desbordaba la misma realidad.

Con un movimiento fluido y sin expresión en su rostro, Dante se arrancó su propio corazón, ese órgano vital, como si fuera una simple pieza de carne. El sonido de su sangre brotando de su pecho resonó en el aire, pero a pesar de lo que parecía una acción fatal, su cuerpo no se desintegró. Al contrario, fue en ese momento cuando todo alrededor de él cambió.

De las profundidades de su ser, el sonido de unas tragamonedas retumbó en el aire, un sonido que se amplificaba hasta hacerse presente en cada rincón de ese mundo desmoronándose. La combinación de los números 7, 7, 7 resonó como una melodía mística, como una promesa de fuerza incontenible. En ese instante, un aura verde brilló a su alrededor, iluminando la oscuridad que envolvía el campo de batalla. La energía que emana de Dante es casi palpable, como si todo lo que tocara se destruyera y se regenerara al mismo tiempo.

Al mismo tiempo, su inmortalidad tomó una forma aún más formidable. Destruyó el tiempo dentro de su propio cuerpo, como si estuviera desafiando las leyes de la naturaleza. Cada segundo que pasaba, su cuerpo sanaba, se reconstruía a una velocidad imposible. Cada herida que sufría, cada golpe, desaparecía antes de que pudiera sentir el dolor. Y lo más perturbador para los enemigos cercanos, los zombies en este caso, era que Dante no solo regeneraba su cuerpo, sino que desintegraba a sus atacantes. Con cada explosión de energía verde, algunos de los zombies caían, desintegrándose en polvo ante su poder, como si fueran nada más que obstáculos frágiles ante la voracidad de su habilidad.

Mientras tanto, los zombies que se acercaban a él comenzaban a caer, y sus cuerpos no solo morían, sino que se dissolvían en la nada. La energía que emanaba de Dante era como un fuego eterno, capaz de destruir y regenerar a la vez. A cada respiración que tomaba, el aura verde de la regeneración lo rodeaba, haciendo que su ser fuera una entidad fuera de tiempo y espacio, una existencia que desbordaba la lógica.

Los zombies avanzaban, pero sus ataques no tenían sentido contra un ser que había destruido el tiempo en su cuerpo. Dante Megami se había convertido en algo más allá de la muerte, un ser que no solo se encontraba fuera de las leyes naturales, sino que las rompía a su voluntad. Sin miedo, sin compasión, su propósito estaba claro: destruir el caos y acabar con el mal.

Con un solo movimiento de su mano, los zombies que aún quedaban frente a él fueron desintegrados en un resplandor verde brillante, y Dante comenzó a avanzar sin ningún obstáculo. Él sabía que, mientras tuviera la voluntad, su inmortalidad podría durar tanto como quisiera. El campo de batalla era suyo, y con su poder, podría cambiar el curso de la guerra. Y aunque los enemigos como Victor Zombie y Xar’khal seguían siendo una amenaza, Dante se mantenía firme, siendo la luz verde en medio de la oscuridad.

Nihil, el dios de las maldiciones, se aproximaba lentamente hacia los héroes con una sonrisa malévola pintada en su rostro. Su presencia emanaba una energía densa y oscura, la misma que parecía arrastrar la luz a su alrededor, deformando la realidad misma. En sus manos, se podía ver el Relicario maldito eterno, un artefacto oscuro de poder inimaginable. Sus dedos se entrelazaron de manera precisa, ejecutando el tampak samping, una postura que resonaba con la mudra de marici, símbolo del caos y la oscuridad primordial.

La atmósfera misma tembló cuando, al final de ese gesto, una criatura maldita emergió del suelo. Su cuerpo era una amalgama de sombras y garras, deformado por la maldad de Nihil. Sus ojos brillaban con un rojo intenso, y su aliento, viciado por las energías oscuras, emanaba una niebla espesa y fría. La criatura, al igual que Nihil, parecía estar hecha de pura oscuridad, su existencia misma como una extensión del mal ancestral.

Con un rugido sordo, las garras de la criatura se alzaron, sosteniendo a Nihil con una fuerza brutal y antinatural, como si fuera un titán sobre el que descansaba la oscuridad misma. La criatura parecía ser parte de Nihil, una extensión de su voluntad y poder, una manifestación física de su dominio sobre el caos.

Nihil, ahora liberado por su bestia, alzó sus manos y, en un parpadeo, cortes infinitos invisibles comenzaron a llover sobre los héroes que estaban cerca. Cada uno de estos cortes no eran visibles para el ojo humano, pero su efecto era claro. Los cortes rasgaban la existencia misma, fragmentando la realidad, destruyendo la esencia misma de todo lo que tocaban. No eran simples ataques; eran cortes de la misma estructura del espacio-tiempo, capaces de alterar cualquier forma de vida y existencia a su paso.

Las criaturas que acompañaban a Nihil no se limitaban a la lucha física. No, ellos eran portadores de caos, al igual que él. Cada uno de los cortes invisibles llevaba consigo la maldición del caos, un poder que torcía la realidad misma, haciendo que lo que una vez fue sólido se desintegrara en partículas de nada. Nihil, al ver que sus cortes comenzaban a hacer efecto, soltó una risa siniestra, observando cómo la realidad misma comenzaba a desmoronarse ante su poder.

“Este es solo el comienzo”, dijo Nihil, sus palabras cargadas de una amenaza palpable. El aire se volvía denso con la oscuridad y la desesperación, como si la luz misma no pudiera sobrevivir a su presencia. La destrucción total estaba al alcance de su mano, y los héroes que se encontraban frente a él, aunque poderosos, sentían la presión aplastante de estar frente a algo que no podían comprender.

A medida que los cortes invisibles seguían cayendo, los héroes sabían que cada movimiento era una lucha contra lo inevitable. Nihil no solo destruía cuerpos, sino conceptos mismos. La lucha se había vuelto una carrera contra el tiempo, y la única forma de detener al dios de las maldiciones era confrontar directamente su esencia misma. Pero, ¿serían capaces de hacerlo antes de que la oscuridad consumiera todo lo que conocían?

José del presente, con su mente clara y una determinación inquebrantable, miró a Rigor a los ojos, sabiendo que el Eterno Simple era la clave para contrarrestar la marea de caos que Nihil desataba a su alrededor. El Eterno Simple era una técnica antigua, conocida solo por unos pocos, que utilizaba la energía natural del universo para crear una barrera protectora. Era una defensa que no solo bloqueaba los ataques físicos, sino que también estabilizaba los planos alterados por la maldad y el caos.

Rigor, igualmente experimentado y consciente de lo que estaba en juego, asintió con firmeza. Los dos héroes, aunque heridos por los cortes invisibles que rasgaban su existencia, sabían que no podían permitirse dudar ni un segundo. José tomó la iniciativa y, con rapidez, comenzaron el ritual.

Los dos se arrodillaron con precisión, alineando sus cuerpos y mentes en perfecta sincronía. Sus brazos se estiraron hacia atrás, como si invocaran una fuerza ancestral, mientras una barrera de energía circular se formaba a sus pies. Esta barrera era la manifestación de la energía natural, una fuerza vital que conectaba el universo con la estructura misma de la existencia.

La barrera brilló con un resplandor dorado, pulsando con un poder antiguo, mientras la energía natural que fluía a través de ellos creaba una capa de protección que comenzó a bloquear los cortes de Nihil. Pero no fue sencillo. Los cortes invisibles seguían afectando sus cuerpos, desgarrando su energía, y obligándolos a curarse a través del poder de la energía natural. El proceso no era instantáneo; era como si cada pedazo de su ser tuviera que reconstituirse, regenerarse para mantenerse en pie.

El Eterno Simple era una técnica de gran sacrificio, y aunque el poder de la barrera se expandía lentamente, la energía vital de ambos héroes se agotaba gradualmente. Sin embargo, no había vuelta atrás. A medida que la barrera se formaba, la presión de los cortes invisibles disminuía, pero no desaparecía. La lucha era ardua, y el tiempo era esencial.

Mientras tanto, Nihil, observando cómo su ataque no tenía el mismo efecto devastador sobre ellos, frunció el ceño. La barrera había demostrado ser un obstáculo considerable para su poder, pero no se detendría. Con una risa cruel, levantó sus manos para preparar otro ataque, pero ahora sabía que los héroes no serían derrotados tan fácilmente.

José y Rigor, con sus cuerpos al límite, intercambiaron miradas. Habían logrado protegerse momentáneamente, pero sabían que la batalla no estaba ganada. La oscuridad de Nihil seguía acechando, esperando el momento adecuado para destrozarlos. Aun así, no podían darse por vencidos. El Eterno Simple les había dado una oportunidad, y ahora, con la fuerza de la energía natural, tenían que luchar por todo lo que representaban.

La batalla continuaba, el campo de batalla aún envuelto en caos, pero en ese momento, una nueva chispa de esperanza había surgido. José del presente y Rigor, aunque debilitados, ahora podían desafiar la marea de destrucción que Nihil había traído, por un tiempo más.

Beasty, con su cuerpo celestial y su aguda percepción, podía ver los cortes invisibles que Nihil había desatado en el aire, como si el espacio mismo estuviera siendo desgarrado por la maldad y el caos. La claridad de su visión le permitió moverse con una agilidad sobrenatural, esquivando los ataques invisibles que amenazaban con desintegrar su cuerpo.

Con su espada Leviathan en mano, una hoja que resonaba con un poder ancestral, Beasty aprovechó la abertura que Nihil había dejado, confiando en su capacidad para percibir y adaptarse al flujo de la batalla. En un abrir y cerrar de ojos, Beasty apareció detrás de Nihil, quien no esperaba un ataque tan preciso. Con un movimiento fluido y letal, Beasty perforó el pecho de Nihil con la espada, la cual atravesó su cuerpo con una fuerza abrumadora. La espada, forjada con energías celestiales, había impactado en el corazón de Nihil, un lugar crucial donde se encontraba la esencia misma del caos que él representaba.

Nihil emitió un gruñido de dolor, su rostro contorsionándose por la sorpresa y la furia. Pero Beasty no se detuvo. Con una rápida sacudida de su espada, lanzó a Nihil hacia un edificio cercano, destrozando el entorno a su paso. El impacto resonó como un trueno, las estructuras del edificio cediendo bajo el peso del golpe.

A pesar del dolor, Nihil se levantó lentamente, sus ojos brillando con un resplandor sombrío. El caos que representaba en su ser comenzaba a regenerarse, pero en ese momento, su orgullo y su furia habían sido golpeados de manera significativa. Beasty permaneció en su lugar, observando con calma. Sabía que el combate estaba lejos de terminar, pero el golpe que había dado era crucial. Nihil ya no podía seguir avanzando con la misma confianza.

“Esto no ha terminado, Nihil,” murmuró Beasty, con su espada Leviathan brillando intensamente. Estaba listo para seguir enfrentando a la oscuridad, sin titubear.

La atmósfera se cargó de tensión cuando Dariel y Spajit se cruzaron miradas y, con una sincronización perfecta, se lanzaron hacia Aiko. La velocidad de sus movimientos era abrumadora, desintegrando el aire a su alrededor con el simple impulso de sus cuerpos, mientras sus ataques se alineaban como si de un solo ser se tratara. El suelo tembló bajo sus pies mientras avanzaban con un propósito inquebrantable: aniquilar a la figura frente a ellos.

Aiko, observando la aproximación de sus atacantes con una calma inquietante, levantó un brazo y se cruzó rápidamente, envolviendo su cuerpo en un movimiento casi ritualístico. Justo antes de que las dos figuras pudieran alcanzarla, Aiko mordió su lengua con fuerza, un gesto que, en apariencia, podría parecer una acción impulsiva, pero en realidad era el inicio de algo mucho más mortal. La sangre brotó de su boca, y con rapidez, la manipuló, transformándola en un armamento sin igual.

La armadura de sangre surgió, cubriendo su cuerpo en una capa carmesí que parecía pulular con vida propia. Un brillo oscuro y malicioso emanaba de cada hebra de sangre, una defensa preparada no solo para resistir, sino para contraatacar. La carne del suelo a su alrededor parecía temblar bajo la vibración de la magia siniestra que tejía su armadura, un vestido de muerte que la transformaba en una figura aún más imponente.

Con su nueva forma, Aiko lanzó su cuerpo hacia adelante con una velocidad descomunal, cruzando el aire en un destello carmesí. El impacto fue inminente. Dariel y Spajit, aunque rápidas, no lograron anticipar la violencia de la ofensiva. Los golpes en el pecho de ambas heroínas fueron brutales, una colisión tan devastadora que parecía cortar el espacio mismo, un choque de energía que resonó en todo el campo de batalla.

Dariel fue lanzada hacia atrás, su respiración entrecortada, mientras su armadura se agrietaba ante el impacto. Spajit, por su parte, luchó por mantenerse en pie, sintiendo cómo la fuerza de Aiko la había dejado tambaleante, pero su voluntad no se quebró. Aunque la armadura de sangre había tenido un efecto devastador, el combate no había terminado, y ambas luchadoras sabían que el verdadero desafío apenas comenzaba.

Aiko, al observar a sus oponentes, sonrió con una mezcla de satisfacción y desprecio. La sangre en su cuerpo se movía como si tuviera vida propia, y su poder había alcanzado nuevas alturas. “Es un placer jugar con ustedes,” murmuró Aiko, como si las heroínas fueran simples piezas en un tablero de ajedrez. Pero Dariel y Spajit, a pesar de los daños sufridos, no se rendirían tan fácilmente.

Aiko, confiada en su poder recién adquirido, avanzó con una sonrisa fría y desafiante. No obstante, Dariel y Spajit, dos rivales aparentemente incompatibles, compartían un pensamiento común: la necesidad de superar a Aiko. Había algo más en juego esta vez, algo que las unía más allá de sus diferencias.

Ambas, sin palabras, se miraron una última vez, como si reconocieran la importancia de este momento. Su rivalidad había sido siempre un obstáculo, pero ahora, frente a la magnitud de la batalla, entendieron que solo fusionando sus fuerzas tendrían una oportunidad real de ganar. Era una jugada arriesgada, sí, pero tal vez la única que las salvaría.

Aiko, al ver la determinación en sus ojos, no dudó ni por un segundo. Sin embargo, antes de que pudiera atacar de nuevo, Dariel y Spajit sacaron aretes especiales, artesanales, con un símbolo místico en el centro, ambos colgando de sus oídos. Estos objetos mágicos, que parecían inofensivos a simple vista, tenían una función crucial: permitir la fusión de sus poderes. En el momento en que los activaron, un resplandor intenso cubrió sus cuerpos, y una energía desconocida comenzó a elevar su poder.

El aire alrededor de ellas comenzó a distorsionarse. Un brillo dorado y plata, casi etéreo, emergió de sus cuerpos mientras su poder aumentaba exponencialmente. Como si fueran dos piezas de un rompecabezas, sus cuerpos empezaron a unirse, cada movimiento sincronizado, cada energía entrelazada. Un destello cegador iluminó la escena, y lo que antes eran dos figuras ahora se convirtió en una sola.

Dajit, el nombre que nació de la fusión de Dariel y Spajit, surgió de las sombras brillantes. Era una figura imponente, con una presencia que desbordaba poder. Sus ojos, antes de colores distintos, ahora eran uno solo, reflejando la unión de ambas guerreras. Su cuerpo, ahora fusionado, parecía ser la perfecta amalgama de lo mejor de ambas, con armaduras y energías brillando en tonos oscuros y plateados, la combinación perfecta entre agresividad y astucia.

Dajit, con su nuevo poder y fuerza combinada, se lanzó hacia Aiko, que observaba la transformación con cautela. Los golpes anteriores no fueron nada comparados con lo que Dajit podía hacer ahora. La velocidad y la fuerza con la que se movía eran indescriptibles, desafiando incluso las leyes de la física. Cada paso que daba, el suelo temblaba bajo sus pies, y cuando sus puños se encontraron con el aire, el choque generó ondas de energía capaces de desintegrar la realidad misma.

Aiko, al ver la potencia de la fusión, adoptó una postura defensiva, pero no se dejó intimidar. Su cuerpo de armadura de sangre pulsaba con un poder aún mayor, y un destello de energía oscura comenzó a rodearla. La batalla se transformó en un torbellino de ataques imposibles, con las tres figuras saltando, esquivando y golpeando en un sinfín de movimientos devastadores.

Pero ahora, la balanza de la batalla había cambiado. Dajit era más fuerte, más rápida, y su unidad perfecta de fuerzas rivalizaba con cualquier cosa que Aiko pudiera ofrecer. El campo de batalla se transformaba a su alrededor, convirtiéndose en un escenario donde la lucha no solo dependía de fuerza bruta, sino también de voluntad y estrategia.

La guerra no se había ganado aún, pero Dajit había demostrado que la fusión de dos guerreras podía ser la clave para derrotar a un enemigo tan formidable como Aiko. Y, aunque el combate estaba lejos de terminar, la presencia de Dajit había marcado un giro definitivo en la contienda.

Dark Rigor no perdió el tiempo. Su postura permanecía firme, su mirada inquebrantable, su presencia, un abismo insondable de poder y precisión. Antes de que Girasol y Mateo pudieran siquiera comprender la situación, Dark Rigor ya estaba en movimiento.

Ambos héroes llegaron con determinación, sus corazones latiendo con la urgencia de la batalla, sus mentes enfocadas en salvar a sus aliados caídos. Pero la compasión y la estrategia no tenían cabida en los ojos de Dark Rigor.

Con un solo paso, su figura se desdibujó. No hubo advertencia, solo impacto.

El primer golpe fue un desplazamiento de aire brutal, como si el espacio mismo cediera ante la inercia de su ataque. Girasol sintió la presión en su pecho antes de que su mente pudiera procesar lo que ocurría. El impacto fue preciso, directo a su plexo solar. Sus pulmones se comprimieron en un instante, robándole todo el oxígeno, forzándolo a un estado de asfixia momentánea mientras su cuerpo era lanzado hacia atrás como un muñeco de trapo.

Mateo intentó reaccionar, pero Dark Rigor ya estaba sobre él.

Un segundo golpe, sutil, limpio, golpeó justo debajo de su clavícula, donde se cruzaban varios nervios. Una descarga de dolor recorrió su brazo derecho, volviendo sus músculos inútiles por un instante. Pero un instante era todo lo que Dark Rigor necesitaba.

El tercer golpe llegó sin resistencia. Un golpe ascendente al diafragma, ejecutado con tal precisión que Mateo sintió que su propio cuerpo lo traicionaba. Su visión se nubló, su garganta se cerró, su capacidad de moverse se redujo a nada más que un reflejo instintivo de dolor.

Ambos héroes fueron arrojados al suelo, desprovistos de aire, movilidad y oportunidad. No era solo la fuerza del impacto. Era la maestría de un combatiente que comprendía la fragilidad del cuerpo humano y la explotaba con una frialdad aterradora.

Dark Rigor se mantuvo firme, observando sus cuerpos retorcerse en el suelo, sin un atisbo de emoción en su rostro.

—No se puede ayudar a quienes no pueden ayudarse a sí mismos.

Era un mensaje, una sentencia. Un recordatorio de que en el campo de batalla, la debilidad solo conducía al fracaso.

El cielo se partió en un rugido de poder.

Desde las alturas, una figura descendió envuelta en un aura vibrante de energía pura. Dante Megami había llegado. Sus ojos brillaban con determinación, su cuerpo todavía portaba las marcas de la feroz batalla contra los zombies, pero eso no le impidió lanzarse con todo su poder sobre Dark Rigor.

El impacto fue descomunal.

La colisión entre su puño y el cuerpo de Dark Rigor creó una onda de choque devastadora, fracturando el suelo y despedazando el aire con un estallido ensordecedor. El cuerpo de Dark Rigor fue arrojado como un proyectil sin control, atravesando montañas como si fueran meros obstáculos de papel. Cada una explotó en una nube de escombros y polvo mientras su trayectoria seguía imparable, como si un meteorito hubiera caído sobre la tierra.

Dante aterrizó con un estruendo, su respiración pesada pero su espíritu intacto. Observó a su alrededor: sus compañeros aún estaban en el suelo, algunos recuperándose, otros luchando por respirar después del despiadado ataque de Dark Rigor.

—Llegué a tiempo. —Su voz sonó firme, con la seguridad de quien no teme al combate.

Ajustó su postura, su inmortalidad ardiendo en cada célula de su cuerpo, lista para llevarlo hasta el límite. Sabía que ese golpe no era suficiente para acabar con Dark Rigor. Un guerrero de ese calibre no caería tan fácilmente.

Y lo supo en el instante en que el polvo comenzó a disiparse.

Desde las ruinas de las montañas demolidas, una presencia emergió.

Dark Rigor se puso de pie. Su cuerpo estaba cubierto de polvo y fragmentos de roca, su armadura tenía grietas, pero sus ojos… sus ojos no reflejaban ni dolor ni sorpresa, solo evaluación.

Él alzó la vista hacia Dante Megami, el hombre que había logrado hacerle retroceder. Sus nudillos crujieron mientras su cuerpo volvía a adoptar una postura de combate perfecta.

—Interesante.

El suelo tembló. El aire se volvió denso. La verdadera batalla apenas comenzaba.

Dante Megami apenas tuvo tiempo de reaccionar. Su mirada aún estaba fija en Momo Fogosa, en sus ojos debilitados por el dolor, cuando, en un parpadeo, Dark Rigor desapareció.

El mundo se detuvo por una fracción de segundo.

Un salto temporal.

De repente, una fuerza invisible golpeó su cuerpo en cuatro puntos vitales: tráquea, cabeza, corazón y estómago. Los impactos no fueron explosivos, pero su precisión absoluta los hizo demoledores. Fue como si cada golpe resonara a nivel molecular, afectando su sistema de manera imperceptible pero letal.

Dante sintió el aire escaparse de sus pulmones. Su garganta ardió como si se cerrara por completo, su corazón latió de manera errática, su cerebro sufrió un colapso instantáneo y su estómago sintió un vacío abrumador.

Dark Rigor ya había regresado a su posición original.

Para cualquiera que lo observara, parecería que nada había sucedido. Pero Dante lo sintió todo.

Un escalofrío recorrió su columna. Su visión se volvió borrosa. Un zumbido insoportable invadió sus oídos mientras tambaleaba, sus piernas fallaron por un instante y cayó de rodillas.

Su mente luchaba por mantenerse consciente.

No era solo dolor. Era una desorientación absoluta, como si su cuerpo hubiera sido reiniciado y ahora estuviera intentando recordar cómo funcionar.

Pero Dante Megami no caería tan fácil.

Con un gruñido de esfuerzo, apretó los puños contra el suelo, su inmortalidad activándose en un intento desesperado por contrarrestar los efectos.

La regeneración le devolvía la estabilidad poco a poco, pero Dark Rigor ya sabía que ese ataque no lo mataría.

Solo era el aviso de que la verdadera pesadilla apenas comenzaba.

Dante Megami apenas había recuperado el equilibrio cuando sintió el impacto.

Dark Rigor no perdió tiempo. Su pierna se elevó con una velocidad aterradora, impactando con fuerza el torso de Dante. El sonido del golpe resonó como un trueno seco.

Dante salió disparado, su cuerpo chocando contra el suelo y arrastrándose varios metros antes de detenerse.

Pero Dark Rigor ya estaba en su siguiente movimiento.

Con una expresión de diversión oscura, se giró hacia Momo Fogosa. Su sonrisa se ensanchó cuando la observó aún aturdida por el ataque anterior. Con un movimiento felino, la sujetó del pellejo, levantándola con facilidad, como si fuera un simple animal.

Los ojos de la chica se abrieron con pánico.

Intentó reaccionar, pero el agarre de Dark Rigor se volvió más fuerte. Sus dedos se cerraron alrededor de su cuello con una presión exacta, suficiente para inmovilizarla sin ahogarla por completo.

—Siempre quise saber qué se sentía hacer esto. —susurró, su voz teñida de una malicia calculada.

Antes de que pudiera siquiera procesarlo, Dark Rigor inclinó la cabeza y presionó sus labios contra los de ella.

No fue un beso romántico. No fue un gesto de amor ni deseo.

Fue un acto de poder.

Un acto de dominación absoluta.

Momo Fogosa intentó resistirse, pero el control de Dark Rigor sobre su cuerpo era total. Un escalofrío recorrió su piel mientras la energía de su captor se filtraba en ella, un aura oscura que la paralizaba, debilitándola de adentro hacia afuera.

Dark Rigor sonrió contra sus labios.

La batalla no era solo de fuerza. Era de voluntad. Y él estaba disfrutando cada segundo de la desesperación que provocaba.

El cuerpo de Dante Megami se encendió en un resplandor verde intenso, su inmortalidad resonando con furia en cada fibra de su ser.

Su visión se despejó en un instante.

Su rabia explotó.

En un parpadeo, su figura desapareció, dejando solo un rastro de aire comprimido tras de sí.

Dark Rigor no tuvo tiempo de reaccionar.

El puño de Dante lo golpeó con una fuerza colosal, más allá de cualquier cálculo físico o ley de la naturaleza. El impacto fue tan brutal que el espacio mismo se fracturó en una onda de choque expansiva.

Dark Rigor salió despedido como un cometa infernal.

Atravesó el cielo a una velocidad imposible, rompiendo la atmósfera en un instante. Su cuerpo surcó el vacío del cosmos como una estrella caída, atravesando nebulosas y galaxias en un abrir y cerrar de ojos hasta que su trayectoria se detuvo abruptamente…

En el mismísimo centro del universo.

La inmensidad del cosmos lo rodeaba. Un vacío absoluto. Un lugar donde incluso la luz luchaba por existir.

Mientras tanto, en la Tierra, Dante recuperó el aliento y giró la mirada.

Momo Fogosa temblaba, aún sintiendo la oscura energía de Dark Rigor en su piel. Sus labios todavía estaban fríos, su cuerpo reaccionando con espasmos involuntarios.

Dante no dudó.

Se acercó y la envolvió en un abrazo firme.

—Estoy aquí. —susurró, apretándola contra su pecho.

El calor de su energía la rodeó como un escudo, disipando cualquier rastro de aquella presencia indeseada. Su poder no solo era inmortalidad. Era protección.

Y nadie, absolutamente nadie, volvería a tocarla sin pagar el precio.

El cosmos había sido testigo del impacto titánico, pero Dark Rigor estaba de vuelta.

Indemne.

Su figura emergió del horizonte como una sombra imponente. Su postura, firme. Ni una sola herida. Ni un solo rasguño.

Dante Megami entrecerró los ojos.

—Imposible… —susurró.

Dark Rigor simplemente sonrió.

—¿Pensaste que podías deshacerte de mí tan fácilmente? —Su voz resonó, profunda y burlona. Su presencia sacudió el aire, deformando la realidad misma.

El campo de batalla cayó en un silencio abrumador.

Los héroes, que habían presenciado la colisión que sacudió los cimientos del universo, ahora veían a Dark Rigor de pie, como si nunca hubiera sucedido.

Como si nada en este mundo pudiera tocarlo.

Dante apretó los dientes, su puño temblando. No solo por la ira.

Sino por la certeza de que estaba enfrentando algo que desafiaba toda lógica.

El combate había dejado de ser solo una batalla.

Cada impacto entre Dante Megami y Dark Rigor rompía las barreras de la física, despedazando no solo la ciudad, sino también las capas mismas de la realidad.

BOOM.

Un golpe seco. El suelo se partió en miles de fragmentos. Dante fue lanzado hacia abajo, atravesando capas de roca y magma como si fueran meras hojas de papel.

Dark Rigor no le dio respiro.

Con una velocidad abrumadora, lo alcanzó en el aire, sus movimientos calculados con la precisión de un depredador supremo. No estaba peleando al azar.

Estaba cazando.

—Caída terminal. —susurró Dark Rigor.

Con un solo golpe, perforó la corteza terrestre.

CRACK.

El planeta se estremeció.

El choque de su puño generó una explosión sísmica, creando fisuras incandescentes que se extendieron como relámpagos carmesíes. El magma escapó por cada grieta, tiñendo el campo de batalla con su resplandor infernal.

Dante Megami gritó, su cuerpo siendo empujado aún más abajo. La presión aumentaba. El calor se volvía insoportable.

Estaban descendiendo.

Al mismísimo corazón del planeta.

Momo Fogosa se levantó, su cuerpo temblando por la presión del calor que se desbordaba por el agujero recién formado. El aire era denso, espeso, cargado con la energía de la tierra misma, mientras la temperatura subía cada vez más. La angustia la invadió al ver que Dante Megami descendía rápidamente, como una flecha disparada hacia el núcleo del planeta.

Sin pensarlo más, dio un paso al frente, su espíritu decidido brillando con furia y valentía. Su corazón palpitaba con fuerza al pensar que la vida de Dante estaba en juego, y con un grito de batalla que resonó en el aire, se lanzó hacia el vacío.

El campo de fuerza se formó a su alrededor, un escudo impenetrable que la aislaba del calor infernal y las fuerzas destructivas de la caída. Los rayos del magma trataban de atravesar su defensa, pero la energía contenida en su escudo resistía con cada paso que daba en el aire descendente. Su rostro estaba fijo, determinado, sin mirar atrás.

En el fondo del abismo, Dark Rigor ya había alcanzado la capa del manto inferior terrestre, donde la densidad de la tierra aplastaba cualquier forma de resistencia. Dante Megami, débil por los golpes recibidos, luchaba por mantenerse consciente mientras sentía el peso de las profundidades apoderándose de su ser. Estaba cerca, tan cerca de la destrucción total.

Sin embargo, Momo Fogosa lo alcanzó, con su campo de fuerza brillante como un faro en la oscuridad abismal. Con rapidez y destreza, esquivó fragmentos de tierra y fuego, acercándose con una intensidad inquebrantable.

“¡Dante!” gritó ella, extendiendo su mano hacia él, dispuesta a evitar que el destino de su amado fuera sellado en el mismo lugar donde todo podría destruirse.

Dante Megami sentía el ardor de las profundidades de la tierra, su cuerpo al límite, pero al sentir el agarre de Momo Fogosa, un impulso vital brotó dentro de él, sus ojos brillando con la fuerza del amor y la determinación. El aire denso y caliente lo envolvía, pero Momo Fogosa no lo dejaba ir, su presencia era el ancla que mantenía su razón y su fuerza.

Con un giro de 80° grados, Momo lo atrajo hacia ella, su abrazo firme que representaba tanto fuerza como compasión. El vínculo entre ellos se sentía más sólido que nunca, y con un movimiento preciso, Momo colocó su mano en la espalda de Dark Rigor, sentir la magnitud de su poder y la atmósfera aplastante de calor no la hacía titubear, su fuerza aumentó con cada centella de su energía desatada.

Con una intensa concentración, Momo gritó, “¡Alas nucleares!”, y de su espalda emergieron alas de energía nuclear, una explosión devastadora, el aire se cargó de una presión incalculable. Las alas de energía nuclear despedían una onda de destrucción que atravesó la tierra, levantando una tormenta de magma y lava. La explosión fue tan potente que causó una presión inmensa, golpeando con fuerza a Dark Rigor y enviándolo hacia las profundidades de la tierra, más y más abajo, perdiendo su posición estratégica.

El magma y la lava brotaron con una furia renovada, saltando hacia arriba, como si la propia tierra estuviera en guerra contra sí misma, liberando la furia de su interior.

Pero Dark Rigor, con su inmenso poder, no se quedaría derrotado tan fácilmente. Con una sonrisa fría, él lanzó un contraataque, disparando un rayo de energía pura hacia la dirección contraria, una explosión que fragmentaba la tierra, rebotando hacia la superficie con una fuerza tan brutal que la atmósfera tembló, empujándolo hacia fuera del agujero donde se habían enfrentado.

El desgaste del combate ya estaba marcando su huella en ambos, pero el sacrificio, la determinación y el amor entre Momo y Dante eran más poderosos que cualquier obstáculo que Dark Rigor pudiera crear.

Momo Fogosa, con la fuerza del amor que la impulsaba, salió disparada del centro de la tierra, dante megami en sus brazos, ambos atravesando la superficie del planeta a una velocidad sobrehumana. El magma y la lava explotaron detrás de ellos, dejando un rastro de destrucción en su camino mientras se dirigían hacia una zona de la ciudad algo alejada. La tierra temblaba bajo sus pies, pero ellos ya no podían detenerse. Cada segundo era crucial.

Con un último esfuerzo titánico, Momo Fogosa aterrizó en un edificio en ruinas, dejando a Dante Megami sobre un suelo sólido, en una zona menos afectada por el caos. Momo, respirando entrecortadamente, lo dejó allí, asegurándose de que estuviera lo más seguro posible, aunque su preocupación por su estado físico era evidente.

La ciudad a su alrededor estaba destruida, con escombros por todas partes, pero la calma temporal que había logrado llevar a su amado a un lugar relativamente más seguro le permitió unos momentos de respiro. La presión de todo lo que habían enfrentado caía sobre ella, pero no podía rendirse.

Se arrodilló junto a Dante, cuidando de él y revisando sus heridas. Las llamas de la destrucción aún iluminaban el cielo, pero el lugar estaba alejado, al menos por un tiempo, de la furia de Dark Rigor y los desastres que venían. Momo tenía en mente más que nunca proteger a su amado, sin importar lo que le costara.

Dark Rigor emergió del calor infernal del centro de la Tierra, saliendo del caos con su fuerza intacta, aunque algo desgarrado y agotado por la intensidad del combate. En un parpadeo, cayó con un sonido sordo en una piscina cercana, sus ropas empapadas y cubiertas de escombros. El agua fría fue un alivio momentáneo, aunque el estrés y la furia seguían ardiendo en su interior. Su mente no dejaba de darle vueltas a los recientes enfrentamientos, pero el lugar, por un instante, le otorgó un respiro.

Fue entonces cuando, desde las sombras, Dark Dariel apareció, observando a su amado con una sonrisa torcida en su rostro. Se acercó a él, levantándolo con facilidad, su poder imponente como siempre. La mirada de Dariel no dejaba lugar a dudas: ella siempre veía todo a través de su propio prisma de caos, y el hecho de que Dark Rigor se hubiera encontrado tan exhausto le daba algo de satisfacción.

— Vaya, que te da muchos problemas, amor… — murmuró Dark Dariel mientras le pasaba una mano por el cabello mojado de Dark Rigor, acariciando su rostro con una mezcla de ternura y malicia. — ¿Creías que te deshacerías de tus rivales tan fácilmente?

Dark Rigor, respirando entrecortadamente, simplemente sonrió de forma sombría, recuperando algo de su compostura, y alzó la vista hacia Dariel, el calor de la batalla aún en sus venas.

— No… pero siempre es entretenido ver hasta dónde llega el límite de mis enemigos. — Rigor apretó sus puños, su mirada volviendo a ser tan afilada como el filo de una espada. — Ahora, ¿qué vas a hacer? ¿Seguir siendo un obstáculo, o ayudarnos a acabar con ellos?

Dark Dariel soltó una risa suave, su sonrisa más siniestra. Estaba claro que no había duda en su mente sobre cuál era su próximo paso: ella siempre había sido la aliada perfecta para Rigor, pero a su manera, ambos compartían una visión destructiva y más que cualquier otra cosa, la diversión de acabar con los héroes.

— Te ayudaré… pero con una condición. — Dariel levantó una ceja, en su mirada había un brillo travieso. — Vamos a hacerlos sufrir un poco más, ¿no te parece?

Ambos se miraron fijamente, una alianza de oscuridad y caos, listos para volver al campo de batalla y llevar la destrucción al siguiente nivel.

Dark Rigor suspiró, dejando que el aire caliente abandonara su pecho mientras cerraba los ojos por un instante. La tensión del combate anterior aún residía en su cuerpo, pero con la regeneración natural de su poder, los daños se desvanecían rápidamente. Su rostro, marcado por el sudor y el esfuerzo, se suavizó, y cuando Dark Dariel se acercó, no dudó en tomarla por la cintura con una sonrisa cargada de complicidad.

Sin pensarlo, Dark Rigor la besó con una intensidad que reflejaba tanto su cansancio como la feroz devoción que sentía por ella. Fue un beso profundo, como si todo lo que había sucedido hasta ese momento, la batalla, la tensión, el sufrimiento; se disolviera en ese único momento. En ese beso, había reconocimiento mutuo, de su fuerza, de su poder, de su alianza en la oscuridad.

Después de romper el contacto, Dark Rigor se apartó ligeramente, su mirada fija en Dariel, y una nueva sensación de energía lo invadió. Los efectos de la regeneración se mostraban en su piel, curando cualquier herida con rapidez. El agotamiento se disipaba al igual que los restos de la fatiga física. Estaba listo, y su voluntad de destruir a sus enemigos se renovaba con cada segundo que pasaba.

— Tienes razón… — murmuró, su tono de voz bajo y cargado de intensidad. — Es hora de llevar esto al siguiente nivel. Ya hemos jugado lo suficiente.

Dark Dariel sonrió satisfecha, disfrutando de la fuerza con la que su compañero se regeneraba, mientras un brillo peligroso se encendía en sus ojos. Ambos sabían que el campo de batalla no iba a ser lo mismo con ellos juntos, y que sus enemigos tendrían pocos segundos antes de ser arrasados por su furia combinada.

La batalla apenas comenzaba, pero esta vez, no habría piedad.

Nihil se levantó lentamente entre los escombros, su cuerpo envuelto en una energía oscura y peligrosa que parecía distorsionar el aire a su alrededor. Su sonrisa macabra iluminó su rostro mientras sus ojos brillaban con la luz de una maldad insondable. Sin previo aviso, una ráfaga cortante de energía se lanzó hacia el grupo de héroes, cortando el aire con tal rapidez que apenas pudieron percibirlo antes de que se desintegrara todo a su paso.

Law, con su percepción aguda, no tardó en gritar, alertando a sus compañeros:

— ¡Cuidado! ¡Es un corte mortal!

Los héroes, a pesar de la rapidez del ataque, reaccionaron con habilidad. Vane saltó hacia un lado, Saúl y Rori se desplazaron a gran velocidad para esquivar el impacto, mientras que Zeus Navara levantó una barrera de energía que paró la mayor parte del corte. Rokade usó su habilidad para crear una explosión controlada en el aire, disipando parte de la onda cortante antes de que pudiera alcanzarlos.

Komori Yakito y Zora Meinu también esquivaron con agilidad, con Zora creando un campo de protección alrededor de sus compañeros. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos, algunos quedaron con ligeros rasguños de los cortes que se materializaron en el aire. La presencia de Nihil era abrumadora, y aunque había fallado en su primer intento, su sonrisa seguía siendo una amenaza palpable.

Félix y Allner se prepararon para atacar, pero sabían que el enemigo era mucho más peligroso de lo que parecía. Nihil no era solo un ser que destruía con su poder; su naturaleza misma parecía desafiar las leyes de la realidad.

— ¿Creían que eso los salvaría? — Nihil rió de forma perturbadora, mirando con desdén a cada uno de los héroes que lo enfrentaban. — Solo he comenzado. Esto va a ser… divertido.

El aire se cargaba de una tensión palpable, y la batalla estaba lejos de terminar. Nihil se preparó para otro ataque, esta vez, más directo y devastador, mientras los héroes se alineaban, sabiendo que su única opción era luchar hasta el final.

La escena se llenó de una tensión abrumadora mientras Nihil se movía a una velocidad impresionante, como si el tiempo mismo se doblara a su favor. Su lanza divina, un artefacto tan cargado de poder que rompía las leyes del espacio-tiempo, perforó el pecho de Allner con precisión, directamente al corazón. La sangre brotó en una explosión efímera mientras Allner caía al suelo, su cuerpo ya en la oscuridad de la muerte.

Rori, al ver esto, sintió un ardor en su pecho. Sabía que el siguiente golpe podría ser el suyo, pero sus compañeros no estaban dispuestos a rendirse. Nihil, con su sonrisa cruel, levantó su tercer brazo y ejecutó el mudra Marici, una técnica que distorsionaba la realidad a su alrededor. Inmediatamente, como un eco distorsionado del caos, cortes infinitos se abrieron en un radio de 5 kilómetros, atravesando el aire y las defensas. Era un ataque imparable, diseñado para destruir cualquier forma de resistencia.

Allner, a pesar de sus esfuerzos, fue lanzado con brutalidad junto a Rori, ambos cayendo con fuerza al suelo, aunque las defensas de los héroes se activaron para mitigar el daño, logrando que su caída fuera menos letal, pero aún devastadora. Con Rori apenas consciente y Allner gravemente herido, la situación se volvía más sombría con cada segundo.

Pero, en ese instante, los héroes no vacilaron. Sabían que la única forma de sobrevivir a este dominio absoluto era unir sus fuerzas.

Vane, Zeus, Komori, Zora, Rokade, y los demás heridos pero determinados, alinearon sus cuerpos y, con una sincronización casi perfecta, realizaron el Eterno Simple, el único contrapeso contra la habilidad destructiva de Nihil.

Con los brazos extendidos hacia el cielo, la barrera energética se activó con una explosión de luz radiante, creando un escudo impenetrable a su alrededor. La energía de la naturaleza pura, la voluntad de los héroes y la fuerza colectiva de su amistad y sacrificio comenzaron a interferir con el dominio de Nihil.

La distorsión de la realidad misma comenzó a retroceder, aunque no sin dificultades. Los cortes infinitos de Nihil aún intentaban atravesar la defensa, pero los hermanos de armas no cedieron. La energía del Eterno Simple estaba equilibrando las fuerzas, debilitando poco a poco la influencia de Nihil, aunque el precio era alto. La resistencia de los héroes estaba a punto de ser llevada al límite.

Nihil, viendo el poder de su dominación vacilando por primera vez, frunció el ceño, sin perder su sonrisa. Sabía que, si no aumentaba su poder, no podría romper la barrera. Con fuerza maldita, amplió su mudra y aumentó la energía en la lanza divina. La batalla aún no había terminado, pero una luz nueva se alzaba sobre el horizonte: la resistencia de los héroes, su unión inquebrantable.

El choque de fuerzas era inminente, y la carrera por la supervivencia continuaba.

Nihil, con una sonrisa macabra, empezó a canalizar su poder en las dos manos, formando una flecha de fuego tan intensa que la atmósfera a su alrededor parecía cambiar por el calor abrasador. Las llamas que salían de su mágica creación se retorcían en espiral, como serpientes de fuego buscando a sus presas.

Con un movimiento fluido, las flechas de fuego caían al suelo, trazando caminos ardientes a su alrededor. Mientras las llamas se extendían por el suelo, Nihil no perdió tiempo, con las manos en perfecta sincronización, tomó la flecha de fuego entre sus dedos y la apuntó hacia sus objetivos: los héroes que se atrevían a desafiarle.

Con una sonrisa fría, la flecha fue disparada a una velocidad vertiginosa. El aire a su alrededor se calentó inmediatamente, y la flecha parecía cortar la realidad misma mientras se dirigía a su objetivo.

En el aire, la flecha de fuego brillaba como un faro de destrucción, lista para hacer contacto con el campo de batalla y arrasar con todo a su paso. La explosión de calor y llamas que dejaría al impactar era casi impredecible.

Los héroes, ya al límite de sus fuerzas por las anteriores batallas, sentían el peligro inminente. Cada uno de ellos, con su poder al máximo, se preparaba para el impacto, sabiendo que el tiempo y la resistencia eran sus únicas opciones para sobrevivir.

En un esfuerzo común, los héroes levantaron sus defensas más poderosas, creando un escudo de energía que podría resistir el impacto de las llamas. La barrera de energía de la alianza, producto de sus corazones entrelazados por la batalla y el sacrificio, brilló con luz cegadora.

Nihil observó la reacción de sus enemigos con una mezcla de maldad y satisfacción, sabiendo que aunque ellos intentaran resistir, las leyes de la naturaleza podían ser quebrantadas si su voluntad lo exigía. Y esa voluntad, en este momento, era destruir todo lo que se interpusiera en su camino.

El impacto de la flecha de fuego de Nihil fue devastador. Un estallido de calor extremo envolvió a todos los héroes en el campo de batalla. Vane, Saúl, Joge, Félix, Rori, Allner, Zeus Navara, Rokade, Komori Yakito y Zora Meinu fueron lanzados por los aires, quemados y cubiertos por la ola de fuego, sus cuerpos fueron arrojados como si fueran juguetes rotos, algunos de ellos gritaron por el dolor mientras intentaban protegerse con lo que les quedaba de poder.

El aire estaba cargado de humo y el suelo seguía ardiendo. La escena era un campo de destrucción y sufrimiento, con las llamas elevándose hacia el cielo, transformando el paisaje en un infierno.

Vane, Saúl y los demás héroes se levantaron lentamente, turbados por la gravedad del impacto, con quemaduras profundas en su piel y el magma de la tierra fundida extendiéndose por el terreno. Rori, Allner y Zeus Navara tosían fuertemente, la garganta ardiente por las quemaduras internas, mientras Zora Meinu y Komori Yakito trataban de hacer que sus cuerpos, todavía heridos, respondieran a sus órdenes.

Con dificultad, comenzaron a levantarse, algunos temblorosos, pero todos compartían una misma expresión: la de determinación. Aunque el dolor era insoportable, la fuerza interior de cada uno les daba el coraje para seguir luchando. Rokade, aún con una pierna medio rota, activó su energía de recuperación, intentando curar lo que podía de las quemaduras en su piel, mientras que Zeus Navara generaba un campo eléctrico de defensa, a pesar de lo debilitado que estaba.

Entre las llamas y el humo, el grupo de héroes trató de reagruparse. Los escombros caían a su alrededor, mientras los ojos de Nihil seguían fijándose en ellos. Él sabía que sus enemigos estaban heridos y, quizás, al borde de la derrota, pero no daría un paso atrás. La batalla era aún suya para ganar.

Vane miró a sus compañeros, respirando con dificultad pero con el espíritu intacto, y dijo con voz rasposa:

— No vamos a caer aquí.

Con esas palabras, cada uno de ellos, desgarrado por el sufrimiento, se preparó para el siguiente acto, ya sea la victoria o la destrucción. Pero, de una manera u otra, sabían que no se rendirían sin pelear hasta el último aliento.

Nihil sonrió con una expresión llena de maldad, observando a los héroes mientras el portal detrás de él se abría lentamente. La presencia que salió de ese portal era aún más perturbadora. Kira, la maldición conceptual de la maldad humana y las emociones, apareció ante ellos. Su forma era una mezcla de sombras distorsionadas y luces rojas brillantes, como si la misma angustia y oscuridad humana se materializara en su ser.

Kira observó con diversión a los héroes, sus ojos brillando con una maldad ancestral, mientras sus sólo existencia parecía provocar que el aire alrededor de ellos se volviera pesado y opresivo. El ambiente se tornaba aún más sombrío con su presencia.

— Nihil, es un placer encontrarnos en este momento de caos. — dijo Kira con una sonrisa cruel, sus palabras resonando como un eco de todas las malas intenciones humanas que se habían acumulado a lo largo de las eras. La emoción era su arma, y la forma en que se alimentaba de ella, hacía que la misma atmósfera pareciera cargada de desesperación.

Nihil, con calma y una ligera mueca, se volvió hacia los héroes:

— Si muestran siquiera una pequeña chispa de emoción… — dijo, su voz como un susurro de horror inminente — sus almas serán destrozadas. El prestigio de sus emociones les pertenece ahora a Kira. Cada sentimiento de odio, miedo, rabia o tristeza que sientan será explotado, hasta que sus existencias sean simples cenizas.

La promesa de Nihil colgó en el aire, acerada y fría, mientras las sombras de Kira se alzaban, rodeando a los héroes como si quisieran penetrar en su alma misma. Los cortes invisibles de Nihil, el aura de Kira y su habilidad para manipular las emociones humanas, se combinaron, creando una fuerza imparable.

Vane, Zeus Navara, Komori Yakito y los demás comenzaron a sentir una presión interna, como si algo estuviera roto dentro de ellos. La sensación de desesperación se apoderó de sus corazones, mientras las emociones reprimidas de cada uno comenzaban a salir a la superficie, tal como Nihil había anticipado. La batalla no solo era física, sino también emocional.

La oscuridad que los rodeaba era más que un simple campo de batalla. Ahora, luchaban contra algo más profundo, contra su propia humanidad, sus propios temores y deseos.

Rori y los demás sentían como si sus almas fueran atacadas, las emociones se multiplicaban dentro de ellos como sombras de dudas y miedos. Si se dejaban llevar, sus corazones serían devorados por la maldad.

Pero algo en su interior, la fuerza de su voluntad, comenzó a luchar contra esa opresión. Tal vez no pudieran derrotar a Nihil y Kira con fuerza bruta, pero su determinación podía ser su última esperanza. Con un esfuerzo sobrehumano, intentaron concentrarse, a pesar de la presión creciente sobre ellos. Sabían que si caían en el juego de Kira, la batalla estaría perdida.

Zeus Navara apretó los dientes, sintiendo como su alma era desgarrada por la presencia de Kira, pero no podía dejar que su miedo lo dominara. Vane también lo sentía, pero una llama de determinación se encendió en su pecho.

En sus corazones, aún ardía un fuego, una voluntad férrea de no dejarse consumir por la oscuridad.

— No importa lo que nos hagas, no caeremos. — dijo Vane, con una voz rasposa, pero llena de fuerza.

Nihil, viendo esto, sonrió. La batalla, ahora, no era solo una prueba de fuerza física. Se estaba convirtiendo en una batalla por las almas.

Un destello de luz brillante atravesó el campo de batalla, iluminando la oscuridad que envolvía a todos. De esa luz, surgieron tres figuras imponentes que llegaron con un propósito claro y un aire de determinación que contrastaba con la opresiva atmósfera creada por Nihil y Kira.

Evil Victor fue el primero en aparecer, su presencia era imponente y atemorizante, una versión más oscura y letal del Victor original, con ojos que reflejaban el caos mismo y una aura tan intensa que parecía absorber la luz a su alrededor. Su mirada fija sobre Nihil y Kira expresaba una furia contenida y un deseo de destrucción. Con su espada en mano, no había duda de que él había venido a terminar lo que había comenzado.

A su lado, apareció Daiki Talloran, su cabello blanco como la nieve, brillando con la fricción del aire como si fuera una capa de cristales. Sus ojos, de un verde esmeralda profundo, resplandecían con una sabiduría ancestral, como si cada movimiento que hiciera estuviera calculado con precisión perfecta. Con su katana en mano, Daiki se veía listo para desatar una tormenta de golpes imparable, su energía era palpable, una fuerza tanto de precisión como de destrucción controlada.

Finalmente, a su lado estaba Nine Sharon, el mejor amigo de Victor. Su presencia era igualmente poderosa, y aunque sus habilidades no eran tan visibles de inmediato, el vínculo entre él y Victor era inquebrantable. Nine Sharon era rápido y astuto, con una fuerza interna que lo impulsaba a pelear, siempre con la intención de proteger a sus seres queridos y detener el caos. A pesar de que no contaba con la misma aura destructiva que Victor o Daiki, su destreza y su inteligencia estratégica lo hacían un aliado más que valioso en ese momento crítico.

Evil Victor, con su espada en alto, se adelantó, su voz resonó con una fuerza sombría:

— Nihil, Kira, prepárense. No dejaremos que su juego termine con nosotros. Este es el final para ustedes.

La presencia de Victor era el primer resquicio de esperanza para los héroes que luchaban por su vida, mientras Daiki y Nine Sharon se movían con rapidez a sus lados, completando la tríada de poder.

Nihil, al ver a los nuevos combatientes, sonrió maliciosamente. Sabía que su victoria aún no estaba asegurada. Kira, por otro lado, sintió un leve estremecimiento al ver las figuras imponentes que se aproximaban.

— Vaya, parece que la resistencia ha llegado. — Kira murmuró, observando a los tres con una mirada penetrante. — Pero no importa cuántos lleguen, nadie puede escapar de la maldad de las emociones humanas.

La batalla se intensificó aún más, y el campo de combate se llenó de una tensión palpable. Ahora, la lucha se dividía entre dos fuerzas titánicas. De un lado, Nihil y Kira, maestros de la maldad conceptual y las emociones humanas, y del otro, los héroes que con determinación y fuerza de voluntad estaban dispuestos a enfrentar su destino.

La luz de los héroes, representada por Victor, Daiki y Nine, era lo único que podía desafiar la oscuridad de los dos enemigos. ¿Pero hasta dónde llegarían? El futuro de todo lo que conocían pendía de un hilo, y cada golpe, cada decisión, podría cambiar el curso de la batalla y del universo mismo.

Evil Victor observó a Nihil y Kira, su rostro torcido en una mueca de desdén, mientras ajustaba su empuñadura en la espada. El aire a su alrededor parecía vibrar con una energía oscura que emanaba de él, una intensidad que solo los más fuertes podían comprender.

— Como una copia barata de mí me ganará… —dijo Evil Victor, su tono impregnado de arrogancia y desprecio, mientras sus ojos destellaban con una malicia inconfundible. — ¿Crees que tus triquiñuelas emocionales o tus juegos mentales van a frenarme? No entiendes nada, Nihil.

Daiki Talloran observó la escena con calma. Su postura relajada, casi distante, contrastaba con la furia de Victor, pero había una seguridad inquebrantable en su mirada. Nine Sharon, aunque más serio, también se mantenía alerta, reconociendo que cada movimiento de Evil Victor debía ser ejecutado con precisión.

El aire se cargó con una energía palpable a medida que Evil Victor avanzaba hacia Nihil y Kira, su espada brillando como un destello oscuro, mientras las vibraciones del poder en el campo de batalla se intensificaban.

— ¡Yo soy lo que tú nunca serás, Nihil! —continuó Evil Victor, su voz ahora más grave, resonando con el peso de sus palabras. — Tú juegas con las emociones humanas, pero yo soy la oscura perfección de lo que representan.

Con un movimiento rápido y certero, Evil Victor cargó hacia Nihil, su espada brillando a medida que trazaba un rastro oscuro en el aire. En cuanto lo hizo, Daiki y Nine Sharon tomaron posiciones a su lado, cubriéndolo y preparándose para cualquier ataque de Kira.

Nihil, con su calma usual, sonrió ante las provocaciones de Evil Victor.

— Te equivocas, Victor. — Nihil respondió sin inmutarse, con una calma inquietante. — El mal es más grande de lo que tu arrogancia permite ver. Y como siempre, te subestimas a ti mismo.

Kira, por su parte, observaba todo con una sonrisa malévola. Sabía que las palabras de Evil Victor no eran solo arrogancia vacía, sino una promesa de destrucción. Ambos, como entidades del caos y la oscuridad, se preparaban para enfrentar lo que seguramente sería una batalla épica.

El choque estaba a punto de comenzar, y el destino de todos en ese campo de batalla pendía de un hilo. Pero algo era claro: la lucha entre ellos no solo era por poder, sino por definir el futuro de la existencia misma.

Evil Victor suspiró con aire cansado, como si ya estuviera por encima de las tensiones del combate, mirando a Kira con desdén. Su voz, al igual que su presencia, era una mezcla de indiferencia y absoluta superioridad.

— ¿Por qué ayudas a mi otra versión, Kira? —preguntó con una calma inquietante, como si no le importara lo más mínimo la respuesta. — Si es un buen para nada, un simple reflejo del propósito de mi existencia, ¿por qué perder tu tiempo con alguien tan patético como él?

La maldición conceptual de la maldad humana, Kira, lo observó en silencio, su mirada calculadora y distante, mientras una leve sonrisa se dibujaba en su rostro.

— Porque, Victor, aunque lo niegues, tú y él compartís la misma esencia. —Kira respondió suavemente, como si sus palabras estuvieran cargadas de una verdad profunda. — Lo que tú llamas “bueno para nada” es solo un reflejo de lo que podrías haber sido si tus decisiones no hubieran sido arrastradas por tu ego y tu arrogancia.

Evil Victor, con una ligera mueca de fastidio, dejó que sus palabras se disolvieran en el aire, como si no valieran la pena siquiera replicarlas.

Daiki Talloran y Nine Sharon intercambiaron miradas, con el primero manteniendo su postura calmada, y el segundo en alerta, preparado para cualquier movimiento que Evil Victor pudiera hacer.

— No necesitamos tus sermones, Kira. —dijo Evil Victor con frialdad, tomando un paso adelante, su espada alzándose, aún con esa energía desbordante que parecía desafiar todo a su alrededor. — Pero es cierto que no somos tan diferentes. Y eso, precisamente, es lo que me hace más fuerte. No hay ni bondad ni salvación en mí. Soy lo que soy por lo que elegí ser.

Con un rápido movimiento, Evil Victor apuntó a Kira, desatando un rayo de oscuridad en su dirección, su poder chocando contra la barrera de energía de Kira, mientras la risa de ella resonaba en el aire.

— Entonces, prepárate, Kira. Este es tu último error.

La batalla continuaba, el campo de combate ahora era un escenario de oscuridad y caos, y la confrontación entre las versiones de Victor, tanto el bueno como el malvado, parecía una lucha por la supremacía de todo lo que representa la existencia.

Evil Victor se acercó a Kira con un paso decidido y sin emoción en su rostro, su presencia llena de una calma perturbadora. Con un simple movimiento de su dedo, un corte limpio atravesó la yugular de Kira, quien, aunque parecía sorprendida por la rapidez y precisión de su ataque, se regeneró casi al instante. La sangre se desvaneció rápidamente en el aire mientras ella se reincorporaba.

Sin embargo, Evil Victor no le dio oportunidad de reaccionar. En un rápido y preciso movimiento, la tiró al suelo, y sin más palabras, se posicionó sobre ella, una mirada de indiferencia en su rostro.

— Vaya, chica mala que resultas ser, Kira. —murmuró, su tono de voz profundo y carente de emoción. — Por eso tengo una familia, una hija, una esposa… —siguió, como si hablar de sus seres queridos le trajera una cierta satisfacción. — Ellos me dan propósito. Mientras tú… eres solo una herramienta rota, una pieza olvidada que solo busca caos.

Kira lo miró, su rostro marcado por la rabia y la frustración, pero no podía evitar la verdad en las palabras de Evil Victor. La idea de familia y propósito eran ajenas a su propio ser, una noción que le era distante, casi inexistente.

Evil Victor no la dejó hablar. Con una sonrisa torcida, señaló a Nihil, que observaba la escena desde la distancia.

— Y mira a mi otra versión. —su voz se volvió más baja, cargada de desdén. — ¿Crees que me importaría terminar así? Yo, por lo menos, estoy bien con mis elecciones. Mientras tú, al igual que Nihil, sigues atrapada en un ciclo sin fin, buscando destruir lo que no entiendes.

A esas palabras, Kira apretó los dientes, pero no podía más que aceptar que en el fondo, Evil Victor tenía razón. Su existencia siempre había estado marcada por el caos, el vació de un propósito que, en su fuero interno, sabía que jamás alcanzaría.

Nihil, con sus manos descansando en su lanza, observaba la escena, aparentemente sin prisa por intervenir. Su mirada penetrante, llena de maldad conceptual, parecía disfrutar de la lucha de poder entre Evil Victor y Kira.

La batalla continuaba, y cada momento de la confrontación entre estos seres de poder inmenso desataba más caos, más destrucción. La diferencia entre ellos, sin embargo, era clara: Evil Victor ya había tomado decisiones. Kira y Nihil, por otro lado, seguían atrapados en un ciclo sin fin de conflicto.

Evil Victor observó a José del presente con una mirada fría pero aprobatoria. No hubo emoción en su rostro, solo una comprensión pragmática del momento que se estaba desarrollando.

— Es ahora o nunca, José. —dijo, su tono impasible pero firme. — Si fallas, todo se desmorona.

Mientras tanto, Nihil, que había estado observando la escena con una calma inquietante, giró en dirección a José del presente en el preciso momento en que este último lanzó su ataque. José del presente concentró toda su energía cósmica y natural en un solo puñetazo. El aire a su alrededor se distorsionó por la potencia del golpe. “¡Destello solar!” resonó como un trueno cuando su puño alcanzó a Nihil.

La energía contenida en el puñetazo, una combinación de energía cósmica y natural, explotó con tal fuerza que Nihil fue lanzado violentamente hacia una montaña cercana. El impacto de su cuerpo contra la roca y la energía que lo rodeaba causaron una sacudida que resonó a través del terreno.

José, sin mostrar la más mínima emoción, observó cómo Nihil caía. En su rostro no había orgullo ni satisfacción, solo la concentración de alguien que había completado una tarea difícil. “Lo logré…” murmuró en voz baja, casi como si estuviera hablando consigo mismo.

Evil Victor, viendo que el golpe había sido efectivo, asintió con la cabeza, un gesto escaso de emoción, pero cargado de aprobación.

— Lo hiciste. Ahora, el siguiente paso. —dijo, sin apartar la mirada de José del presente. No parecía impresionado, pero en sus ojos había una vaga mirada de respeto por el movimiento calculado de su compañero.

Kira, quien observaba todo desde un costado, no dijo nada, pero su presencia no pasaba desapercibida. Sabía que las piezas se estaban moviendo, pero aún quedaba mucho por resolver en este juego que ni ella ni nadie parecía poder controlar del todo.

Mientras la batalla seguía en su punto álgido, Evil Victor, con una sonrisa burlona, miró a Kira, quien estaba recuperándose de su último golpe. Con un movimiento exagerado, levantó la mano, pero en lugar de un ataque peligroso, simplemente le dio una palmada en el trasero de forma cómica.

“¡Eso fue por traicionar a tu propio jefe!”, exclamó con tono juguetón. Kira, quien estaba más confundida que furiosa, levantó una ceja y le lanzó una mirada fulminante.

“¡¿Eso fue en serio?!”, se quejó, mientras se levantaba de forma exagerada, poniéndose las manos en las caderas. “No me hagas reír, ni siquiera estoy segura de qué acabas de hacer”.

Mientras tanto, Nihil, que observaba la escena desde un lado, se cruzó de brazos y resopló, claramente no impresionado. “¿Esto es lo que pasa cuando el poder se va al ego? Un castigo tan… poco dramático”, murmuró con sarcasmo.

Pero Evil Victor, sin inmutarse, continuó con su actitud de “villano clásico” y miró a Kira de nuevo. “No hay nada como una pequeña lección, ¿verdad? ¿Quién sabe? Tal vez te ayude a mejorar la próxima vez.”

Kira, sin perder la compostura, simplemente sacudió la cabeza, rodando los ojos. “¿Realmente lo harás? Porque si sigues así, ni siquiera voy a tener ganas de luchar contra ti.”

Evil Victor suspiró profundamente, mirando a Kira con una expresión imperturbable, casi como si estuviera evaluando una pieza en un juego de ajedrez. Su tono era bajo, calculador, pero también cargado de una amenaza implícita.

— Kira, —comenzó, con voz suave pero firme—, ¿vas a retractarte de tu traición? O… ¿vas a seguir este camino que ya has elegido?

Sus ojos brillaron con una intensidad fría, como si estuviera esperando una respuesta definitiva. Evil Victor sabía que Kira era peligrosa, pero también comprendía que la lealtad y las decisiones de cada ser tenían un precio, especialmente cuando estaban en juego fuerzas mucho mayores que ellos mismos.

Kira, en silencio, observó a Evil Victor por un momento largo, evaluando sus palabras y las opciones que se le presentaban. No había miedo en su rostro, pero sí una intriga profunda. La lucha interna de Kira parecía ser un desafío más grande que cualquier enemigo físico que pudiera enfrentar.

— ¿Retractarme? —respondió finalmente Kira, su tono cargado de desdén y desafío—. ¿Por qué debería hacerlo? ¿Para complacer tu concepto de lealtad? La traición es solo una palabra vacía cuando todo está en juego.

Evil Victor sonrió, casi como si hubiera esperado esa respuesta. La sonrisa no era de satisfacción, sino de reconocimiento.

— Interesante… —dijo en voz baja, mientras sus ojos se entrecerraban ligeramente. — Entonces, te quedarás con tu decisión. No hay vuelta atrás, Kira. Ya no hay espacio para arrepentimientos.

El aire a su alrededor parecía volverse más denso, como si la confrontación entre ellos estuviera a punto de alcanzar su punto más crítico. Kira se mantenía firme en su posición, no se movía ni un ápice, consciente de que su futuro ahora estaba entrelazado con el de Evil Victor y las fuerzas en juego. La batalla se extendía más allá de lo físico, tocando los planos de lealtad, poder y las decisiones irrevocables de un destino que ninguno de ellos podía controlar por completo.

Continuará…

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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