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History academy arco 6: El fin del mundo. - Capítulo 84

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Capítulo 84: Episodio 84: insuperable.

Evil Victor exhaló lentamente, como si ya hubiera anticipado cada movimiento antes de ejecutarlo. Sin dudarlo, canalizó su energía en un solo golpe y, con un destello cegador, envió a Kira volando contra una montaña lejana. El impacto retumbó en el horizonte, sacudiendo la tierra mientras una nube de polvo y escombros se elevaba en el aire.

— No tengo tiempo para distracciones, —murmuró, observando el punto donde Kira había caído. No la subestimaba, pero tampoco iba a permitir que su presencia complicara más la batalla.

Justo en ese instante, José del presente sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Nihil, el dios de las maldiciones, estaba cerca, su silueta apenas visible entre la distorsión del aire y los cortes invisibles que emanaban de su presencia. Su sonrisa, llena de malicia, parecía desafiar las leyes mismas de la realidad.

José del presente no dudó. Su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera procesarlo. Se lanzó hacia adelante, disparado como un cometa de energía pura, con el puño bañado en luz cósmica y natural. Cada paso que daba deshacía las maldiciones en el aire, rompiendo el influjo corrupto de Nihil.

— ¡No dejaré que sigas con esto! —exclamó José, su energía brillando con intensidad.

Nihil, por su parte, solo rió, extendiendo sus cuatro brazos y conjurando una lanza de sombras vivas en cada mano.

— ¿De verdad crees que puedes desafiarme, humano? —susurró, su voz resonando como un eco entre dimensiones.

Sin más preámbulos, ambos chocaron en un estallido de poder puro. El choque de su energía desató una onda expansiva que destruyó los escombros a su alrededor, mientras la batalla entre José del presente y Nihil daba inicio, marcando un nuevo punto crítico en el combate.

El aire se volvió denso, cargado con una energía oscura y asfixiante. Dark Victor, envuelto en su fuego negro y con la Ira Dansandankai Oscura activada, sentía sus músculos tensarse, absorbiendo el daño de cada golpe como si fuera combustible para su poder.

Luci sintió la vibración del impacto recorrer su brazo cuando su puño ascendió directo al cráneo de Dark Victor, pero en lugar de derribarlo, una sonrisa enfermiza se dibujó en su rostro. Karen y Bianca atacaron en sincronía, sus golpes resonando contra el pecho del guerrero oscuro, pero el dolor solo parecía fortalecerlo.

— Qué bien se sintió haber matado a José del futuro, —dijo con una voz cargada de burla y veneno, sus ojos centelleando con una oscura satisfacción—. Tu hijo… un simple mortal.

La sangre de Luci hirvió. Su expresión se endureció y, con una furia contenida, María atacó de inmediato, su puño estrellándose con precisión en la sien de Dark Victor, buscando desestabilizarlo. Luci, sintiendo la oportunidad, preparó su golpe definitivo, pero entonces…

Algo cambió.

Una extraña aureola en forma de rueda apareció en la nuca de Dark Victor. Un aura desconocida se manifestó a su alrededor, distorsionando la realidad. Sus manos formaron un mudra desconocido, y su voz resonó con un eco antinatural:

— Yo te invoco, Sora.

De la nada, la realidad se desgarró y un ser emergió de la sombra de Dark Victor. Sora apareció: una figura alta, su presencia misma parecía desafiar la coherencia del mundo. Sus manos eran cuchillas afiladas, listas para destrozar cualquier cosa a su alcance. Sus ojos, vendados, ocultaban el poder de la adaptación absoluta.

Sora se situó instantáneamente detrás de Dark Victor, protegiéndolo. Las esposas de Victor dieron un paso atrás, evaluando a la nueva amenaza. La batalla había cambiado de rumbo, y ahora, el enfrentamiento estaba lejos de terminar.

Sora se movió con una velocidad inhumana, sus cuchillas cortando el aire con un silbido agudo. Bianca y Luci intentaron bloquear, pero en cuanto hicieron contacto con el primer golpe de Sora, algo cambió.

La adaptación absoluta.

El siguiente ataque llegó con el doble de fuerza, golpeando a Luci en el abdomen y enviándola hacia atrás, rompiendo el suelo con su impacto. Bianca, con reflejos rápidos, intentó esquivar, pero Sora ya había ajustado su velocidad a la de ella. Su cuchilla se estrelló contra el hombro de Bianca, lanzándola contra un edificio cercano.

Dark Victor observó con una sonrisa de satisfacción.

— Sora no puede ser derrotada tan fácilmente. Entre más la enfrenten, más invencible se vuelve.

Karen y María apretaron los puños, listas para intervenir, pero sabían que si atacaban sin pensar, Sora se adaptaría a ellas también.

— Maldita sea… tenemos que encontrar una manera antes de que sea demasiado tarde. —gruñó Luci, levantándose con dificultad.

Mientras tanto, Sora flexionó sus cuchillas, lista para continuar con su masacre.

El campo de batalla era un caos absoluto. José del Presente se plantó firme, su mirada ardía con la intensidad de una estrella que se niega a colapsar. Frente a él, Nihil, el dios de las maldiciones, irradiaba una presencia que distorsionaba la realidad misma. Su mera existencia era un concepto en sí mismo, una idea corrosiva que se filtraba en el tejido de la historia como una enfermedad sin cura.

El suelo tembló cuando Nihil avanzó. No corrió ni voló, simplemente estuvo ahí, reduciendo la distancia entre ambos sin necesidad de moverse. José lo entendió al instante: era la negación del trayecto, del esfuerzo, del proceso. Nihil simplemente existía donde deseaba estar.

Sin perder un instante, José se adelantó, su puño envuelto en una radiación dorada, el eco del poder cósmico resonando en sus nudillos. Descargó un golpe directo al pecho de Nihil, una fuerza devastadora que habría desintegrado montañas enteras.

Pero Nihil no se movió.

Su cuerpo absorbió el impacto como si fuera un vacío en la existencia misma, un abismo que devoraba toda acción en su contra. Entonces, sin previo aviso, su tercer brazo surgió de su espalda como una sombra retorcida y perforó el costado de José con la frialdad de un verdugo sin emoción.

El dolor fue inmediato, profundo, casi conceptual. No era solo una herida física; era una fractura en su ser, una fisura en su historia.

José retrocedió, apretando los dientes mientras un torrente de energía natural y cósmica se condensaba en su palma. No podía permitir que esto continuara. No podía dejar que Nihil dictara el flujo de la batalla.

Fue entonces cuando sus aliados llegaron.

Vane, Saúl, Joge, Félix, Rori, Allner, Zeus Navara, Rokade, Komori Yakito y Zora Meinu irrumpieron en la escena como una tempestad desatada, cada uno canalizando sus fuerzas en una ofensiva sincronizada. Sus ataques convergieron sobre Nihil en un asalto demoledor, obligándolo a detenerse por un instante.

Y en ese instante, Eliz emergió de entre las sombras.

Su hoja cortó el aire con precisión absoluta, perforando el pecho de Nihil desde la espalda. Un golpe perfecto. Un ataque que debería haber sido letal.

Pero Nihil no era un ser regido por la lógica de la vida y la muerte.

Con una calma escalofriante, giró su rostro hacia Eliz, su expresión completamente inmutable. Como si la herida no existiera, su tercer brazo se movió con la velocidad de un relámpago, golpeándola con tal fuerza que la estrelló contra el suelo.

El impacto dejó un cráter humeante, pero Nihil ya estaba en movimiento nuevamente.

Su mano se alzó con un gesto meticuloso. Sus dedos se posicionaron con la precisión de un cirujano, formando el “Mudra Marici”, activando el “Tampak Samping”.

“Relicario Maldito.”

José supo lo que vendría. No podía permitir que Nihil tomara el control absoluto del campo de batalla.

Actuó sin dudar.

Imitó el mismo gesto, forzando sus dedos en la posición exacta del Mudra Marici, invocando el Tampak Samping.

Y con una voz que vibraba con la intensidad del tiempo mismo, pronunció las palabras:

“Tiempo Inconmensurable Eterno.”

El mundo colapsó sobre sí mismo.

La luz se fragmentó en destellos desordenados, y de un instante a otro, todos los presentes fueron arrastrados hacia el dominio absoluto de José.

El entorno era un laberinto imposible. Ciudades infinitas se extendían en todas direcciones, torres que se retorcían sobre sí mismas en un juego eterno de construcción y destrucción. Las calles flotaban en el vacío, cada una llevándolos a ninguna parte y a todas partes al mismo tiempo.

Pero lo más aterrador no era el paisaje.

Eran los cortes.

Cortes invisibles, filamentos de filo puro que se desplazaban como un vendaval sin patrón predecible. Estaban en el aire, en las estructuras, en el suelo… dentro de sus propios cuerpos. No eran ataques dirigidos, eran una ley universal dentro de este espacio. El dominio mismo estaba diseñado para cortar todo lo que existiera en él.

Nihil sonrió.

Aquí, en este reino sin leyes, donde la realidad misma estaba en un punto de quiebre, su poder y el de José estaban en equilibrio.

Era una batalla no solo de fuerza, sino de control absoluto sobre la narrativa de la existencia.

José sintió el peso de su propia creación. Sabía que estaba llegando al límite. Si Nihil lograba dominar este espacio, todo estaría perdido.

Los edificios colapsaban uno tras otro, reducidos a polvo y cenizas bajo el poder devastador de Evil Aracely y Dark Murasaki. El cielo, teñido de un rojo espectral, ardía con las llamas del caos que se extendían sin control. Las calles, otrora llenas de vida, eran ahora un cementerio de ruinas, donde la desesperación se manifestaba en el eco de los escombros cayendo.

Evil Aracely avanzaba con una sonrisa cruel. Sus ojos destellaban con un brillo insano mientras alzaba sus manos, dejando escapar ráfagas de energía destructiva que desgarraban todo a su paso. A su lado, Dark Murasaki caminaba con una calma inquietante, su mera presencia distorsionando la gravedad a su alrededor. Su poder era sofocante, como una sombra que se cernía sobre el mundo, absorbiendo toda esperanza.

Pero entonces, el aire cambió.

Un estruendo resonó en el horizonte, no producto de la destrucción, sino de algo más. Algo desafiante. Algo inquebrantable.

Desde el borde de la devastación, dos figuras emergieron entre el polvo y la ceniza.

Law, el esposo de Jeniffer, avanzó con paso firme, su mirada afilada como el filo de una espada. A su lado, Aracely se tronó los nudillos, su sonrisa reflejando una determinación feroz. No había miedo en sus ojos, solo el deseo ardiente de ajustar cuentas.

Evil Aracely detuvo su avance, su expresión torciéndose en una mezcla de sorpresa y diversión.

—Vaya, vaya… miren quiénes vinieron a morir.

Dark Murasaki no dijo nada. No necesitaba hacerlo. Su energía se intensificó, la presión de su presencia aumentando como una ola gigantesca a punto de estrellarse.

Law dio un paso adelante, el viento soplando a su alrededor, cargado con la energía de un guerrero que no conocía la derrota. Su voz resonó con un tono firme, implacable.

—Por la atrocidad de hace meses… ustedes van a pagar.

Aracely chasqueó la lengua, su cuerpo relajado, pero listo para atacar.

—Espero que estén listos… porque esto apenas comienza.

El aire se partió con el estruendo de los golpes cuando Aracely se lanzó como un relámpago contra su contraparte maligna. Sus puños se movían con una velocidad y precisión letal, impactando repetidamente el cuerpo de Evil Aracely en un aluvión de golpes. Cada choque de sus puños resonaba como truenos en la devastada ciudad, sacudiendo el suelo con cada impacto.

Evil Aracely, aunque sorprendida por la ferocidad del ataque, no se dejó amedrentar. Bloqueó y desvió algunos golpes, pero la intensidad de Aracely era abrumadora. Su contraataque apenas tuvo oportunidad de materializarse cuando un puñetazo directo al rostro la hizo retroceder varios metros, quebrando el pavimento bajo sus pies.

Mientras tanto, Law no perdió tiempo. En un solo movimiento fluido, desplegó un látigo de energía que se materializó desde su mano como un torrente de luz concentrada. Con precisión quirúrgica, la energía serpenteó a través del aire y se enroscó alrededor de Dark Murasaki antes de que esta pudiera reaccionar.

—No vas a ir a ninguna parte —dijo Law con una sonrisa fría mientras tiraba del látigo con fuerza.

El cuerpo de Dark Murasaki fue arrastrado violentamente hacia él, y antes de que pudiera liberarse, Law ya había adoptado su postura de combate. Con un giro de cadera y un perfecto control del peso, lanzó una combinación brutal de golpes. Sus puños se estrellaron contra el torso y el rostro de Dark Murasaki con la fuerza de un martillo neumático.

Cada golpe tenía el peso de la experiencia, el poder de años de perfección técnica. Izquierda al hígado, derecha a la mandíbula, un uppercut que levantó el cuerpo de Dark Murasaki del suelo y la catapultó hacia un edificio en ruinas.

El impacto fue brutal. El concreto se astilló como vidrio y la estructura entera tembló antes de desplomarse parcialmente sobre Dark Murasaki.

Law respiró hondo, sin perder de vista la nube de escombros donde su enemiga había caído.

—Vamos… levántate. Esto apenas comienza.

La furia de la batalla se desató cuando Murasaki, la diosa de los rayos y las prisiones, irrumpió en el campo de batalla. Su cuerpo brillaba con la energía de su dominio, los rayos se retorcían alrededor de ella, resplandeciendo como serpientes eléctricas. Su mirada, llena de determinación y furia, se posó sobre Dark Murasaki, la versión oscura de sí misma, que acababa de llegar al campo.

Sin una palabra, Murasaki se lanzó hacia ella con una velocidad impresionante, sus puños rodeados por la electricidad de su poder. Los golpes llovieron uno tras otro, como una tormenta incontrolable, buscando romper la defensa de su doppelganger. El sonido de los impactos era ensordecedor, resonando en todo el campo de batalla, mientras el suelo temblaba con cada golpe que caía sobre la malvada Murasaki.

Law, sin perder ni un segundo, continuó su ataque imparable, sincronizándose con los golpes de Murasaki mientras esta lanzaba rayos y ataques precisos. La furia de ambos era palpable, como si cada golpe tuviera el peso de un universo entero. Con un movimiento fluido, Law agarró a Dark Murasaki por el cuello, levantándola del suelo, y con un brutal movimiento de muñeca la arrojó de nuevo contra el suelo con tal fuerza que se escuchó un estruendo metálico.

—Esto es por mi esposa —dijo Law, su voz baja pero llena de veneno y rabia, mientras la figura de Dark Murasaki se estrellaba contra el concreto, dejando un rastro de grietas en el suelo.

No tuvo tiempo de detenerse, porque en el mismo instante, Murasaki se adelantó con un movimiento relámpago. Usó su poder divino para concentrar toda la electricidad en un único y letal golpe directo al plexo solar de Dark Murasaki. El impacto fue tan preciso que la oscuridad en la versión maligna de sí misma tembló momentáneamente. La diosa de los rayos se acercó aún más, su mirada llena de ira.

—Esto es por mi gato —murmuró Murasaki con furia, su voz suave pero cargada de emoción. La energía que liberó fue tan intensa que los rayos en su cuerpo parecían casi materializarse, como si el aire mismo vibrara ante su poder.

La electricidad recorrió la malvada Murasaki de pies a cabeza, la energía surgiendo de su cuerpo de forma incontrolable. Casi como si el tiempo se detuviera por un segundo, la maldad en su ser pareció disiparse por un instante bajo la feroz tormenta de rayos y energía. Sin embargo, la lucha no había terminado; Dark Murasaki, aunque debilitada, seguía de pie, dispuesta a pelear hasta el último aliento.

Pero Law y Murasaki sabían que este era solo el principio de un enfrentamiento aún más devastador.

El polvo aún flotaba en el aire, denso y pesado, como si el campo de batalla mismo contuviera la respiración ante lo que estaba por ocurrir. Las llamas ardían a lo lejos, devorando los restos de edificios desplomados, proyectando sombras danzantes sobre el suelo resquebrajado. Bajo ese cielo teñido de un rojo ominoso, Dante Megami apoyó una mano en su rodilla y exhaló con dificultad. Su cuerpo, cubierto de heridas y cenizas, era testamento de la brutalidad del enfrentamiento que acababa de soportar. Pero sus ojos, brillantes como brasas, no mostraban cansancio.

A su lado, Momo Fogosa emergió de entre los escombros con una gracia feroz, su cabello ondulante como llamas vivas, su piel marcada por el fulgor de su propia energía. No necesitó decir nada; bastó con que su mirada se encontrara con la de Dante para que ambos supieran que la batalla aún no había terminado. Sus pasos resonaron en el suelo resquebrajado cuando avanzaron, como si cada uno de ellos marcara una nueva sentencia en la historia que se escribía con sangre y fuego.

A la distancia, dos figuras emergieron de las sombras que se proyectaban sobre el campo en ruinas. Dark Dariel caminaba con una calma inquietante, su porte emanaba una autoridad oscura, un dominio absoluto sobre la voluntad de quienes osaban desafiarlo. Sus ojos reflejaban una malevolencia helada, la certeza de alguien que ha trascendido la necesidad de la compasión.

A su lado, Dark Rigor se movía con precisión meticulosa, su postura perfecta, su presencia tan inmensa que el mismo aire a su alrededor parecía doblarse bajo su peso. No había rastro de duda en él, solo la absoluta convicción de que la victoria le pertenecía.

Cuando los cuatro quedaron a la par, el mundo pareció detenerse por un instante. No hubo palabras, solo el eco de sus pasos deteniéndose al unísono. Dante y Dark Rigor se observaron como reflejos distorsionados de una misma voluntad inquebrantable. Momo y Dark Dariel hicieron lo mismo, como si intentaran descifrar en los ojos del otro cuál de los dos sería el último en quedar en pie.

El viento sopló, removiendo el polvo a su alrededor, y en ese silencio cargado de tensión, fue como si la misma realidad esperara con ansias el choque inevitable. El siguiente movimiento no sería solo un golpe, sería el punto de quiebre de una batalla que definiría mucho más que el destino de los combatientes.

El campo de batalla era un crisol de caos y desesperación. Entre los escombros de la ciudad, donde las estructuras una vez firmes ahora yacían retorcidas como cadáveres de concreto, la guerra seguía su curso.

Aracely, envuelta en un resplandor de furia contenida, embestía sin tregua a Evil Aracely. Sus puños, reforzados por la convicción de erradicar aquella aberración, chocaban contra el cuerpo de su contraparte con la fuerza de una tormenta. Cada golpe desataba un eco metálico, un destello de poder en el aire, una grieta en la realidad misma. Evil Aracely respondía con la misma intensidad, con la misma rabia. Dos versiones de un mismo ser colisionaban en un enfrentamiento que no dejaba espacio para dudas.

A kilómetros de distancia, entre el polvo y la incertidumbre, Mateo y Joge caminaban con la misma tensión que guerreros que han visto demasiado. Sus cuerpos llevaban las cicatrices de la batalla, pero en ese momento, la verdadera guerra estaba en las palabras.

—Me besé con otra chica —soltó Joge sin rodeos.

El aire alrededor de Mateo se tornó pesado. No por el humo, ni por la sangre derramada, sino por la incomodidad inmediata que lo embargó. Su expresión se endureció. Su mandíbula se tensó.

—¿Qué dijiste? —su voz era un hilo afilado, conteniendo algo que amenazaba con romperse.

Joge no desvió la mirada. No había excusas, no había justificaciones, solo un hecho arrojado sin anestesia. Mateo sintió una punzada de asco. No era solo la traición en sí, sino la forma en que se lo decía, con una frialdad que lo descolocaba.

Antes de que pudiera responder, un sonido viscoso los interrumpió. Un sonido húmedo, como carne moviéndose por sí sola. Mateo giró la cabeza y lo vio: un pedazo de carne retorcida en el suelo, una aberración palpitante que comenzaba a crecer.

La sangre de ambos se heló cuando esa masa deforme empezó a tomar forma humana. Ojos muertos se abrieron en las sombras. Mandíbulas desencajadas emitieron un gemido gutural. Una figura, luego otra, luego miles más emergieron de la carne.

No eran simples zombis. Eran Victor Zombie.

Uno tras otro, brotaban del suelo como una plaga sin fin. No cientos. No millones. Billones.

El paisaje cambió en un instante. Lo que antes era un campo de batalla devastado ahora era un océano de muerte en movimiento. Los clones avanzaban sin piedad, sin emoción, como una fuerza imparable que borraba la realidad misma.

Mateo sintió su estómago revolverse. Joge apretó los puños. La revelación, la traición, el asco… todo se desvaneció ante la abrumadora certeza de que ahora tenían algo mucho más grande de qué preocuparse.

Mateo sintió su corazón golpear contra su pecho como un tambor de guerra. No solo por la marea de carne pútrida que los rodeaba, sino por lo que aún no había dicho.

Joge estaba allí, con la misma actitud de siempre: frío, seco, distante. Un muro impenetrable que nunca había dejado entrar a Aracely. Nunca le hablaba realmente, nunca la buscaba, nunca la hacía sentir parte de algo. Y Mateo… Mateo había estado allí cuando ella más lo necesitaba.

Pero ahora no era momento de hablar.

Las copias de Victor Zombie emergían desde todos los ángulos, formando un anillo imposible de atravesar. Sus cuerpos desgarrados se retorcían con cada movimiento, su presencia oscurecía la luz del cielo. Ojos muertos, bocas llenas de dientes deformes, un murmullo gutural que se expandía como un eco en la inmensidad del campo de batalla.

Aracely, quien apenas un instante atrás luchaba con la furia de una tormenta contra su contraparte maligna, sintió cómo su cuerpo se tensaba al ver el horror que se alzaba frente a ellos. Sus puños se cerraron, su respiración se volvió más profunda. Sabía que no podían retroceder.

—No hay escapatoria —susurró Joge, su tono aún inexpresivo, como si no estuvieran a punto de ser devorados por una legión infinita de muertos vivientes.

Mateo lo miró de reojo, su mandíbula tensa.

—Tienes razón —respondió—. Pero siempre hay una forma de abrir camino.

Y con esas palabras, el primer Victor Zombie se lanzó hacia ellos.

Mateo apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando el destello azul del Blaster Solar iluminó la escena. En un instante, Joge fue arrastrado hacia la multitud hambrienta de Victor Zombies, desapareciendo entre una masa de carne retorcida y manos putrefactas.

El sonido de la carne desgarrándose llenó el aire, mezclado con los gritos de Joge, pero no eran gritos de súplica ni arrepentimiento.

—¡No me arrepiento de nada! —bramó Joge con una sonrisa torcida, incluso cuando los dientes de los no-muertos perforaban su piel.

El virus maldito “Dios nos abandonó” recorrió sus venas, corrompiendo cada célula de su cuerpo en cuestión de segundos. Su piel comenzó a oscurecerse, sus ojos se volvieron vidriosos. Pero entonces, algo inesperado sucedió.

Uno de los Victor Zombies originales se acercó, con una presencia distinta, como si tuviera un propósito mayor. Extendió una mano cadavérica sobre Joge y, en un acto incomprensible, neutralizó el virus dentro de él.

Joge jadeó, sintiendo cómo su cuerpo volvía a la normalidad. Por un instante, creyó haber escapado del destino que le esperaba. Pero los Victor Zombies no perdonan.

Aquellos que lo habían infectado ahora se abalanzaban sobre él, pero esta vez con una intención diferente. Sus manos no mordían; arrancaban. Despacio, meticulosamente, como si estuvieran desarmando un juguete roto.

El primer brazo se desprendió de su hombro con un sonido viscoso. Luego la otra mano, arrancada con una precisión brutal. Sus piernas fueron lo siguiente.

Joge gritó, pero ya no era un grito desafiante. Ahora era desesperación pura.

Mateo, observando desde la distancia, sintió un escalofrío recorrer su espalda. No había mayor castigo que ser devorado sin poder moverse.

Y mientras los Victor Zombies seguían con su trabajo, la batalla a su alrededor continuaba, implacable.

Mateo sintió cómo la energía recorría su cuerpo, elevándose desde su núcleo como un torrente de fuego y cosmos desatado. Sus manos resplandecieron, una mezcla entre la furia de las estrellas y la pureza de la naturaleza misma.

—¡Muerte Subida Cósmica! —rugió, su voz resonando como un trueno en medio del caos.

Las tres energías —cósmica, nuclear y natural— se fusionaron en su interior, creando un poder que no pertenecía a una sola dimensión. Era la fuerza del colapso y la creación, del fin y del renacimiento.

Un torrente de ráfagas emergió de sus palmas, surcando el aire como lanzas de destrucción pura. Los impactos fueron inmediatos.

Cada Victor Zombie alcanzado por la explosión se desintegraba en un destello de luz y ceniza, su carne consumida antes siquiera de poder reaccionar. La energía cósmica desgarraba la materia a nivel molecular, la nuclear carbonizaba sus huesos hasta volverlos polvo, y la natural absorbía los restos en un ciclo de purificación devastador.

El suelo tembló con cada detonación, enviando ondas de choque a través de la ciudad. Edificios colapsaron bajo la presión del ataque, el cielo se iluminó con destellos cegadores, y por un momento, la misma gravedad pareció doblarse ante el poder de Mateo.

Pero a pesar de la devastación, los Victor Zombies restantes no se detenían. Algunos habían sido reducidos a cenizas, pero otros… otros simplemente avanzaban, regenerando su carne con una rapidez inhumana.

Mateo apretó los dientes. No era suficiente.

Sabía que había reducido sus números, pero mientras la esencia de Victor Zombie existiera, seguirían multiplicándose sin descanso.

Tenía que pensar en algo más. Algo que asegurara que esta amenaza no volviera jamás.

Mateo sintió la presión en su cuerpo aumentar, su energía ardiendo como un sol en su interior. No había espacio para el agotamiento, no había margen para el error. Era ahora o nunca.

Con un grito que resonó por toda la ciudad, canalizó aún más poder en sus manos, sintiendo cómo su esencia misma se desgarraba bajo la magnitud de la energía contenida. No importaba.

—¡Muerte Subida Cósmica, versión total! —rugió, desatando una tormenta de destrucción pura.

Las ráfagas de energía se volvieron más rápidas, más densas, más letales. Cada proyectil era un torbellino de aniquilación absoluta, combinando el colapso cósmico con la radiación nuclear y la restauración natural en un único ataque imposible de resistir.

Uno a uno, los Victor Zombies fueron cayendo.

Sus cuerpos eran atravesados, desintegrados antes de que pudieran regenerarse. Ya no quedaban rastros de ellos. La energía cósmica cortó sus lazos con la realidad misma, borrándolos de la existencia.

El suelo se fracturó bajo la magnitud del ataque. La ciudad entera tembló mientras Mateo avanzaba, sus ojos brillando con el resplandor de las estrellas en su furia final.

Cuando la última ráfaga impactó, el silencio se hizo presente.

El aire aún estaba cargado de calor, de radiación, de polvo y ceniza. Pero los clones habían sido completamente erradicados.

Mateo respiró hondo, sintiendo su cuerpo al borde del colapso. Había ganado.

Pero sabía que esta batalla no era el final.

El combate entre Murasaki y Dark Murasaki había llegado a su punto máximo, una batalla donde las emociones ardían tanto como el poder que colisionaba en el aire. Los golpes entre ambas sacudían el espacio mismo, haciendo temblar la tierra bajo sus pies y fracturando la atmósfera con cada choque. Pero Murasaki no titubeaba.

Con cada impacto que daba, su determinación se fortalecía. Cada golpe que aterrizaba sobre Dark Murasaki no solo era físico, sino también una sentencia. Sus nudillos, desgarrados por la presión de sus propios ataques, apenas le importaban. El dolor era efímero. La venganza, eterna.

—Voy a vengar todo lo que hiciste. —Murasaki escupió las palabras como si fueran relámpagos, su voz cargada con la furia de las tormentas. Sus ojos brillaban con el resplandor del rayo contenido en su ser.

Sin dudarlo, tomó los bordes de su propia camisa y la desgarró en un solo movimiento. Su piel chisporroteaba con electricidad pura mientras extendía sus brazos hacia atrás, acumulando la energía de su dominio.

—Flexibilidad Ilimitada Divina.

El mundo alrededor de Murasaki se deformó. El aire tembló como si estuviera al borde del colapso, la luz misma se partió en fragmentos espectrales y los rayos que emergían de su cuerpo rasgaban las barreras naturales de la realidad.

El cielo se llenó de tormentas imposibles. Los relámpagos, más densos que el mismo tiempo, empezaron a descender con una intensidad nunca vista. Cada uno de ellos no solo partía el suelo, sino que se abría paso entre dimensiones y conceptos, quebrando el tejido de lo existente.

Murasaki aplaudió.

El sonido de su aplauso no fue solo un estruendo, fue una verdad cósmica.

En ese instante, su dominio tomó forma. Un campo infinito de tormentas eléctricas y destellos cósmicos, un espacio donde la luz era maleable y el tiempo mismo parecía desvanecerse en los relámpagos danzantes.

Pero lo que siguió fue aún más aterrador.

Murasaki bailó.

Su cuerpo se movió con una precisión divina, un ritmo que combinaba el arte de la danza con el poder absoluto. Cada giro, cada movimiento de sus piernas y brazos desataba ondas de energía que despedazaban todo a su alrededor.

—Rayo Divino Flexible.

Y entonces golpeó.

Un solo puñetazo, pero no hacia Dark Murasaki directamente. No.

Golpeó un punto del espacio-tiempo.

El impacto rompió la realidad. El sonido del colapso se extendió por todos los planos, las estrellas titilaron y un vacío oscuro empezó a formarse. Un agujero negro nació en el centro del combate, arrastrando consigo la misma esencia de la existencia.

Murasaki se movió más rápido que la luz.

Su cuerpo se convirtió en un destello, una ráfaga eléctrica que atravesó el vacío y se plantó justo frente a Dark Murasaki antes de que pudiera reaccionar.

Y allí, con un solo golpe dirigido con la fuerza de mil tormentas, perforó su pecho.

El impacto no solo destruyó la carne y los huesos. Fue un golpe que atravesó el alma misma.

Dark Murasaki no gritó. No pudo. El dolor era demasiado grande, demasiado absoluto.

Su cuerpo salió disparado a través del agujero negro, siendo arrastrado más allá de las barreras conceptuales.

El dominio colapsó.

El mundo real volvió a imponerse, como si todo lo ocurrido hubiera sido un sueño fugaz, una pesadilla eléctrica de la que solo Murasaki había despertado.

De pie sobre el suelo quebrado, con su piel aún chisporroteando con restos de energía divina, sonrió.

La venganza se había cumplido.

El choque entre Dante Megami y Dark Rigor sacudía la tierra misma. Cada golpe entre ambos no solo rompía el sonido, sino que destrozaba continentes enteros, reduciendo montañas a polvo y haciendo temblar los océanos. El cielo ardía con la furia de su batalla.

Mientras tanto, Momo Fogosa y Dark Dariel se trenzaban en su propio combate, un baile de destrucción donde el fuego y la oscuridad se entrelazaban como serpientes hambrientas. Las llamaradas de Momo cortaban el firmamento, mientras que las sombras de Dark Dariel devoraban la luz.

Pero en el centro de la tormenta, Dante y Dark Rigor eran el verdadero cataclismo.

El primero en moverse fue Dark Rigor, quien con una velocidad imposible de rastrear, apareció detrás de Dante y lanzó un golpe directo al corazón. Pero Dante, con reflejos sobrehumanos, giró sobre su propio eje y bloqueó el impacto con su antebrazo.

La onda de choque resultante partió la superficie terrestre.

Un continente entero se fracturó y se hundió en el océano.

Sin perder un segundo, ambos salieron disparados hacia el mar. Su velocidad era tal que el aire se comprimía y los seguía como un huracán de energía pura. Cuando impactaron contra el agua, no hubo salpicadura.

El océano entero se abrió en dos.

Por un momento, la imagen parecía bíblica: una grieta oceánica que descendía hasta lo más profundo del abismo. Pero solo duró un instante antes de que las aguas, en un frenesí caótico, colapsaran con una fuerza apocalíptica.

Dentro del mar, Dante y Dark Rigor no se detenían.

Los golpes eran más feroces que nunca, cada impacto generaba burbujas de vacío que explotaban con la intensidad de bombas termonucleares. Las criaturas marinas, los corales, las antiguas ruinas sumergidas… todo era pulverizado en cuestión de segundos.

Dante, con su poder divino brillando en su piel, concentró su fuerza en un solo golpe.

—¡Ascensión Divina del Guerrero Inmortal!

El puñetazo cargó una luz que perforó las profundidades y ascendió hasta el cielo, atravesando nubes y llegando hasta la estratósfera.

Dark Rigor bloqueó el ataque con ambas manos, pero la presión fue tal que el agua a su alrededor fue vaporizada en un instante. La energía del impacto creó un cráter marino tan profundo que tocó la corteza terrestre.

Pero Dark Rigor sonrió.

Porque la pelea apenas comenzaba.

El fragor del combate continuaba, la batalla entre Momo Fogosa y Dark Dariel se volvía cada vez más brutal, un choque de pura voluntad y poder desatado.

La montaña en la que impactaron no resistió su furia. Se quebró como si fuese de papel, una nube de polvo y escombros cubrió el cielo durante segundos enteros. Pero ni el caos del paisaje en ruinas los detuvo.

Momo Fogosa, con la gracia de una bailarina de la guerra, dio un giro en el aire. Sus puños envueltos en llamas ardían con la temperatura del sol mismo. Descendió en un golpe demoledor dirigido al rostro de su oponente.

Dark Dariel reaccionó en el último instante.

Levantó un brazo y bloqueó el impacto, pero aun así, la fuerza del ataque hizo que su cuerpo se hundiera más en los restos pulverizados de la montaña. Los músculos de su brazo temblaron por la presión, pero sus ojos mostraban una malicia desbordante.

Aprovechando la cercanía, Dark Dariel contraatacó con un golpe seco al pecho de Momo.

El impacto la hizo retroceder, sintiendo el golpe vibrar en sus huesos, pero antes de que pudiera tomar distancia, el suelo bajo ellos comenzó a cambiar.

De repente, una presencia oscura emergió.

Un charco de sangre se extendió a lo largo de 30 kilómetros.

Era un líquido espeso, oscuro, y casi vivo. Se arrastraba por la tierra como un veneno expandiéndose, engullendo el campo de batalla con una amenaza latente.

Momo Fogosa sintió un escalofrío en su piel al notar la naturaleza de esa sangre. No era sangre normal. Era algo más profundo, más maligno.

Dark Dariel sonrió.

Con un movimiento fluido, se dejó sumergir en la sangre oscura.

El charco lo devoró como si fuera una extensión de su propio ser, desapareciendo por completo dentro de la marea carmesí.

Momo Fogosa se puso en guardia. No sabía desde dónde atacaría.

Y entonces, Dark Dariel emergió de golpe.

De la sangre misma, como un depredador surgiendo de las sombras, apareció con las manos ya en posición. En un solo instante, canalizó la energía de aquel fluido maldito y disparó un torrente de sangre a presión directamente al pecho de Momo.

El ataque fue devastador.

El líquido perforó su piel en un instante, un dolor ardiente se extendió por su torso mientras la sangre corrupta se impregnaba en su carne. El golpe no solo la hirió físicamente, sino que un extraño entumecimiento empezó a recorrer su cuerpo.

Momo apretó los dientes.

No podía permitir que la sangre de Dark Dariel la afectara.

Pero la pregunta era… ¿Qué clase de truco más tenía ese ser escondido en aquella oscuridad viviente?

La tensión estaba en el aire, palpable como un rayo a punto de caer. La batalla contra Dark Victor no era solo una cuestión de poder, sino de supervivencia, de honor y de lucha por lo que quedaba de humanidad.

Luna, Mahin, Marcos, Tino, Maira, Colin, Franklin y Rigor estaban todos alineados, unidos por un solo propósito. En sus corazones ardía el deseo de proteger a las esposas de Victor, quienes ya se encontraban gravemente heridas en las sombras del combate, pero su dolor no los detuvo. Esta batalla era por ellas, y por el futuro que aún podían salvar.

Dark Victor los observaba con una sonrisa fría y peligrosa. A pesar de sus heridas, él estaba lejos de ser derrotado. Su aura era intensa, oscura, casi como si absorbiera toda la luz a su alrededor. La ira, la desdicha, y un poder que parecía ir más allá de lo humano resonaban en su ser. No era solo un enemigo; era la culminación de lo que él mismo había perdido, lo que había dejado atrás en su búsqueda por más poder.

Luna fue la primera en moverse, su velocidad incomparable como un destello en la oscuridad. El aire se quebró a su paso, y antes de que Dark Victor pudiera reaccionar, ella se lanzó hacia él con la furia de una tormenta. Su espada brilló con una luz cegadora.

Dark Victor levantó su brazo en defensa, pero la furia de Luna lo empujó hacia atrás. Su rostro se retorció por un segundo, un destello de sorpresa antes de que su propio poder comenzara a envolver su cuerpo. El combate había comenzado, y él no iba a rendirse fácilmente.

Mahin y Marcos lo siguieron inmediatamente, el primero cargando su lanza de energía, y el segundo desatando una serie de golpes rápidos y devastadores. Ambos se movían como una unidad bien sincronizada, un equipo mortal con el propósito de desgastar a Dark Victor. El suelo tembló con cada impacto. Sin embargo, cada ataque parecía absorberse y desintegrarse en la oscuridad que emanaba de él, como si el propio terreno se alimentara de su poder.

Tino, con sus habilidades especiales, creó un campo de energía alrededor de ellos, protegiendo a sus compañeros mientras les daba tiempo para reagrupare. De su espalda surgió un resplandor dorado, un símbolo de su determinación. Los ataques de Dark Victor eran feroces, pero el campo de energía los protegía parcialmente, permitiendo que pudieran seguir adelante.

Maira y Colin se coordinaban perfectamente; Maira, usando su habilidad con la magia, lanzaba esferas de energía arcana, que estallaban a la orden de su voluntad, mientras Colin usaba su increíble agilidad para atacar desde ángulos inesperados, golpeando con una destreza casi perfecta a las debilidades visibles de Dark Victor.

Franklin, por su parte, utilizó su poder físico sobrehumano, corriendo a través de los escombros con una rapidez fulgurante, golpeando y destruyendo todo a su paso. Su presencia era como una fuerza de la naturaleza, un huracán encarnado, que desbordaba la energía misma. Cada golpe que lanzaba a Dark Victor parecía sacudir los mismos cimientos del mundo.

Pero a pesar de todos sus esfuerzos, Dark Victor no se detenía. Él estaba construido a partir de pura ira, un dios oscuro al borde de la locura. Cuando todos pensaban que había caído, él simplemente se levanta, recibiendo los ataques con su risa sarcástica, burlándose de cada golpe que no lo derribaba por completo. Su energía, oscura y aplastante, emanaba como un pozo sin fondo.

Finalmente, Rigor, con su mirada fría e inquebrantable, se preparó para el golpe final. Sabía que este enfrentamiento no sería fácil. En la academia, había entrenado no solo para ser un líder, sino para ser el protector de aquellos que lo necesitaban. No iba a permitir que Dark Victor destruyera lo que amaba.

Con un grito de guerra, Rigor canalizó todo su poder en un solo movimiento. La energía que emanó de él era pura, precisa, llena de la intención de salvar a las personas que le importaban. Este golpe debía ser decisivo. La batalla contra Dark Victor estaba llegando a su punto álgido, y el destino de todos dependía de si ellos podían romper la oscuridad de ese ser tan retorcido.

En ese mismo momento, el suelo tembló bajo sus pies, y el cielo sobre ellos pareció volverse aún más oscuro. La batalla continuaría, pero esta vez, cada uno sabía que, sin importar lo que ocurriera, su unidad era la única fuerza que podía detener a Dark Victor.

El aire se cargó de tensión y de una energía abrumadora que parecía desafiar las leyes mismas de la naturaleza. Los guerreros a su alrededor sintieron el cambio inmediato: la atmósfera se volvió densa, como si el mismo espacio estuviera siendo moldeado por una fuerza desconocida. Dark Victor, ahora con su nueva forma, resplandecía en un aura rosada, oscura y temblorosa, como si una versión retorcida y corrompida del poder de Victor estuviera tomando forma en él.

Rigor lo observó, sus ojos se abrieron en shock y desconcierto. La incredulidad era palpable en su rostro mientras su mente intentaba comprender lo que estaba sucediendo. ¿Era posible? ¿Realmente Dark Victor había logrado asimilar la esencia misma de Victor, esa poderosa transformación que había elevado a su enemigo a nuevas alturas, algo que había estado reservado para la raza de los yadaratman, transformado ahora en algo aún más oscuro?

El poder que emanaba de Dark Victor era sobrecogedor. La energía de su aura rosada parecía arrastrar la luz misma a su alrededor. Su cabello, ahora teñido de un rosado oscuro, flotaba alrededor de su cabeza como si estuviera atrapado en un torbellino de poder. Sus ojos, ahora completamente cambiados a ese color, emitían una luz fantasmagórica que parecía penetrar en las almas de aquellos que se atrevían a mirarlo fijamente.

“Omni-Yadaratman Rose Dark…” dijo Dark Victor, su voz resonando como un eco profundo y sombrío, “Es increíble, ¿verdad? La fusión perfecta de mis propios deseos con la esencia de Victor. Un poder que ni siquiera él podría imaginar. Con esta forma, soy más que un simple mortal. Soy el pináculo de la evolución de mi raza, pero también una manifestación de su caída.”

Un estremecimiento recorrió el grupo. Rigor se quedó en silencio, sin poder procesar completamente lo que acababa de escuchar. Lo que estaba ante él no era solo una monstruosidad física, sino la evolución de algo que se había gestado en la oscuridad misma. Dark Victor había cruzado una línea. Había trascendido las limitaciones de la raza yadaratman y tomado lo mejor de ambos mundos: la fuerza, la agilidad y la increíble resistencia de Victor, fusionadas con su propia desesperación y coraje.

“¡Eso no es posible!” gritó Luna, alzando su espada con furia. “No puedes simplemente tomar lo que es de él y convertirlo en tu propia abominación.”

Mahin, Tino, y los demás, se agruparon, formando una muralla frente a Dark Victor. Ellos no se dejarían amedrentar. Sin embargo, la presión de su poder recién adquirido los hacía retroceder ligeramente, como si la gravedad misma estuviera siendo distorsionada por su sola presencia.

“Lo que soy ahora, no es una copia. No es una maldición. Es la perfección. Soy la esencia de lo que Victor podría haber sido, si su corazón no hubiera estado atado a una causa. Ahora soy libre, el verdadero potencial de mi raza.” Dark Victor levantó sus manos hacia el cielo, su energía expandiéndose hacia el horizonte. “Y no hay nadie que pueda detenerme, ni siquiera tú, Rigor.”

Rigor apretó los dientes. La sensación de impotencia lo recorrió por un momento, pero su determinación se mantuvo firme. No importaba lo que Dark Victor hubiera logrado. Este no era el final.

“Si eso es lo que crees,” dijo Rigor, su voz dura como el acero, “entonces prepárate para descubrir lo que realmente significa ser un verdadero ser de poder.” Su cuerpo comenzó a emitir un resplandor que rivalizaba con el de Dark Victor, una energía pura que no estaba corrompida por la oscuridad.

El aire crujió entre ellos, y el choque de sus energías comenzó a formar ondas de choque que arrasaban con todo a su paso. La batalla de dimensiones había comenzado.

La escena se tornó aún más dramática. El suelo se sacudió con cada impacto, la realidad misma parecía estar siendo desgarrada a su alrededor por las colisiones entre Dark Victor y Rigor. Los dos combatientes estaban más allá de las capacidades físicas de cualquier ser humano, moviéndose a velocidades inconmensurables y desatando ondas de energía que desintegraban la materia a su alrededor. La ciudad estaba casi irreconocible, con partes enteras de la realidad misma siendo atravesadas por las fuerzas de su lucha.

Rigor, sin embargo, no vaciló. La intensidad de sus golpes, aunque precisos y medidos, parecía no ser suficiente. Dark Victor, alimentado por su nueva forma corrupta y fusionada, estaba en otro nivel, su poder ahora una mezcla de la esencia de Victor y su propia ambición desbordante. A cada golpe, la realidad crujía y se fragmentaba, pero la fuerza de la naturaleza parecía restaurarse al instante, como si el mismo espacio no pudiera soportar tanto poder, pero se regeneraba con el mismo vigor que ellos peleaban.

“Eres más fuerte de lo que pensaba,” dijo Dark Victor, su voz llena de confianza y desdén, mientras lo observaba con su mirada rojiza. “Pero no importa lo que hagas, te supera el hecho de que no sabes cómo manejar tu propio potencial.”

Rigor apenas contestó, su rostro esbozando una ligera sonrisa, aunque sus ojos reflejaban el cansancio de tantas batallas pasadas. “Las razas que pierden son las que no aprenden. Pero nosotros, los templarios, siempre nos superamos a nosotros mismos,” respondió, su voz llena de determinación. “La habilidad para detener el tiempo y saltar entre las grietas del mismo… es lo que nos hace superiores. Y te lo demostraré.”

Con un sutil pero potente movimiento, Rigor levantó una mano hacia el cielo, y un brillo en sus ojos reveló una rabia contenida durante demasiado tiempo. El aire a su alrededor empezó a distorsionarse, como si el tiempo mismo estuviera cediendo ante su voluntad. La energía acumulada dentro de él comenzó a expandirse y su poder se tornó palpable. La ira de todo lo que había perdido, de todas las batallas que había librado y que había dejado cicatrices, se transformó en pura fuerza.

De repente, su cuerpo cambió. Su cabello pasó de su tono habitual a un blanco brillante, casi cegador, y sus ojos se tornaron de un rojizo profundo, llenos de una intensidad oscura que no dejaba lugar a dudas: la transformación de un templario estaba en marcha. Su aura oscura se desbordó, envolviendo la zona con una presión palpable, como si el mismo espacio estuviera siendo arrasado por su poder. El suelo tembló, y los escombros volaron a su alrededor, la luz misma parecía diluirse en su presencia.

“Así que este es tu verdadero poder…” Dark Victor rió con desdén, confiado en su victoria. “Pero te voy a enseñar que nada de lo que hagas podrá detenerme. Ya he absorbido lo mejor de Victor, no hay nada que me quede por aprender de ti.”

“Entonces,” Rigor respondió con calma, “sigue mirando.”

La batalla se intensificó. El aire se volvió electrificado, las corrientes de energía entre ambos combatientes desgarraban el espacio alrededor de ellos, creando fracturas temporales y dimensionales. Rigor, ahora en su forma transformada, se movió como nunca antes, dejando atrás estelas de oscuridad y destellos de luz. Cada golpe que daba era como si el propio tiempo se detuviera momentáneamente, un reflejo de su habilidad para manipular la realidad misma.

Con una explosión de energía, Rigor chocó contra Dark Victor, su puño imbuido con la potencia de su nueva forma. La vibración de su golpe rompió más que el aire; la realidad misma crujió ante su fuerza. Dark Victor fue enviado hacia atrás, su rostro, por un momento, lleno de incredulidad. “Esto no… ¡No es posible!” gritó.

“Este es el poder que los templarios dominamos,” dijo Rigor con frialdad, su voz ahora resonando como un eco de la eternidad. “El poder de transformar la realidad, el tiempo, y la percepción… y destruirla cuando es necesario.”

“Así que,” Rigor continuó, limpiando su traje con un movimiento despreocupado, “¿seguimos con el espectáculo?”

En ese momento, el espacio alrededor de ellos se distorsionó aún más, y la batalla alcanzó su punto álgido. Ambos combatientes, impulsados por poderes colosales, continuaron luchando en un choque titánico, donde la realidad misma podría colapsar bajo el peso de su enfrentamiento.

La batalla entre Rigor y Dark Victor era tan intensa que el mismo espacio parecía sucumbir a su poder. Cada golpe que intercambiaban generaba una onda de choque tan fuerte que los cimientos de la tierra temblaban bajo sus pies. Los cielos se oscurecían, las estrellas parecían desvanecerse momentáneamente, y el aire se volvía denso y pesado con la energía de su lucha.

Rigor, ahora en su forma transformada, se movía con una gracia mortal, sus ojos rojizos brillando con furia controlada. Cada uno de sus golpes era preciso y devastador, pero al mismo tiempo, sentía la presión de la batalla de una manera que nunca antes había experimentado. El poder que emanaba de él, tanto físico como mental, era abrumador. Era más que un simple guerrero; era la manifestación misma de la ira contenida de generaciones de templarios.

“Tienes poder, pero aún no es suficiente para derrotarme,” dijo Dark Victor, su voz llena de desafío mientras bloqueaba uno de los poderosos golpes de Rigor. “Crees que al tener este poder puedes cambiar el curso de la batalla, pero no puedes. Yo soy la perfección de Victor. Yo soy lo que él nunca pudo ser.”

Rigor, sin embargo, no respondía con palabras. Su mente no estaba preocupada por la arrogancia de Dark Victor, ni por la amenaza que representaba. Estaba más enfocado en algo profundo, algo que había estado rondando en su cabeza desde que había accedido a esta transformación. ¿Cómo podía describir este poder? ¿Cómo podría entender la magnitud de lo que había alcanzado sin un nombre para ello? El poder que fluía a través de él era más que una simple mejora; era como si las fronteras de su ser, de su raza, se hubieran desvanecido.

Entonces, mientras el combate continuaba, una idea surgió en la mente de Rigor. Él sabía que, aunque este poder lo hacía más fuerte, también lo hacía más… cercano a la oscuridad misma. Esta transformación no era solo una muestra de su fuerza física y mental, sino de su capacidad para trascender los límites de su propio ser, para fusionar la voluntad con la realidad misma. Él no solo estaba peleando contra Dark Victor; estaba desafiando las reglas del universo.

“Lo llamaré…,” murmuró Rigor para sí mismo, “Dios de las Fracturas.”

En ese momento, el aire a su alrededor parecía vibrar con una energía aún más intensa. El espacio mismo se dobló bajo su presencia, como si la realidad reconociera su poder. “Dios de las Fracturas,” repitió en voz alta, y al hacerlo, una explosión de poder salió de su cuerpo, un pulso de energía cósmica que atravesó el suelo, las montañas, y el cielo mismo. Era como si la propia naturaleza de la realidad estuviera temblando ante él.

Dark Victor, al sentir el aumento de poder de Rigor, se detuvo por un instante. Un brillo de sorpresa cruzó su rostro mientras observaba a su oponente. “Así que has elegido un nombre, ¿eh?” dijo Dark Victor con una sonrisa torcida, “Pero eso no cambiará el resultado final. Eres solo un intento de imitar a lo que soy.”

Rigor, sin embargo, ya no estaba escuchando. Ya no le importaba lo que Dark Victor pudiera decir. Lo que él había alcanzado trascendía cualquier palabra, cualquier nombre. Era más que un título; era una declaración de su poder absoluto.

Con un último movimiento, Rigor se lanzó hacia Dark Victor, su cuerpo cubierto por una aura oscura, deformando el espacio a su alrededor mientras lanzaba un golpe devastador, que atravesó las defensas de su enemigo. El impacto fue tan fuerte que la tierra misma tembló bajo ellos, y el aire se llenó de un rugido ensordecedor.

“Esto es solo el principio,” murmuró Rigor mientras observaba el resultado de su golpe. “Dios de las Fracturas… el principio del fin para ti.”

La batalla continuaba, pero ahora, Rigor no solo luchaba por vencer a Dark Victor. Estaba luchando por afirmar su lugar en el universo, por demostrar que no importaba cuán fuerte fuera su enemigo: él sería el que quebrara las fronteras mismas de la existencia.

La batalla entre Rigor y Dark Victor alcanzaba niveles inimaginables de destrucción. Los dos combatientes se encontraban a un nivel donde cada movimiento, cada golpe, era capaz de desintegrar la misma tela del universo, haciendo que el espacio a su alrededor se retorciera y se colapsara como si fuera una burbuja a punto de estallar.

Rigor, en su forma de “Dios de las Fracturas”, golpeaba con tal fuerza que el impacto de sus puños liberaba ondas de choque que causaban explosiones de energía tan poderosas que parecía que la misma estructura del tiempo y el espacio se rasgaba. Cada golpe que lanzaba destrozaba más y más la realidad. El daño era universal: mundos se desvanecían y estrellas morían al paso de su poder.

Por otro lado, Dark Victor, aprovechando su increíble adaptación y fuerza derivada de la perfección de Victor, reaccionaba con la misma brutalidad. Su aura rosada se expandía, y cada vez que sus puños chocaban contra los de Rigor, el choque de energías desataba explosiones capaces de romper no solo el espacio físico, sino también los hilos mismos del destino. Dark Victor, con su inmenso poder, comenzaba a reducir el espacio alrededor de él, haciendo que las dimensiones se comprimieran y distorsionaran, creando agujeros de vacío donde nada podía existir.

Ambos combatientes no solo eran máquinas de destrucción, sino que estaban llevando la batalla a un plano superior: escalaban el daño, evolucionando hacia un nivel multiversal. La energía que emanaba de sus golpes no solo afectaba el espacio alrededor, sino que comenzaba a agrietar los propios cimientos del multiverso, haciendo que las dimensiones colapsaran unas sobre otras. Cada vez que sus puños chocaban, el daño no solo desintegraba el área inmediata, sino que se expandía, afectando a los mundos y las realidades más allá de lo visible.

Los cielos se rasgaban, los océanos se evaporaban, y el suelo se hundía en grietas interminables. Era un combate sin precedentes, donde ni el tiempo ni el espacio podían sostenerse bajo la presión de su poder. Lo que antes era una batalla entre dos seres extraordinarios, ahora se había convertido en un choque cósmico que alteraba las leyes mismas del multiverso.

“¡Esto es solo el comienzo, Dark Victor!” gritó Rigor, mientras su cuerpo brillaba con la intensidad de su poder. “No te das cuenta de lo que has desatado. ¡El universo entero está a punto de ser reducido a nada!”

Dark Victor, con una sonrisa torcida, replicó: “Te equivocas, Rigor. Yo soy el fin de todo. Y cuando termine contigo, todo lo que quede seré yo, el único, el perfecto.”

Con un rugido, ambos comenzaron a escalar el poder aún más, llevando sus golpes más allá de la comprensión humana. El impacto de sus ataques ya no solo causaba destrucción, sino que alteraba el flujo de la realidad misma. Las líneas temporales se estiraban y doblaban, el espacio se contraía hasta el punto de ruptura, y lo que quedaba de sus cuerpos se fusionaba con la energía misma del multiverso.

Y aún, en medio de esa devastación, Rigor y Dark Victor no se detenían. Su lucha trascendía todo lo conocido, convirtiéndose en una guerra no solo por la supremacía, sino por la propia existencia del multiverso, donde solo uno de ellos podría prevalecer.

En medio de la devastación, las batallas se libraban sin descanso. Mientras Rigor y Dark Victor seguían su enfrentamiento cósmico, una nueva presencia emergió en el campo de batalla: Darkness y Victoria, dos mujeres poderosas, adornadas con armaduras resplandecientes que brillaban con la intensidad de sus energías. Ambas observaban a sus esposos pelear, con miradas intensas pero llenas de determinación. La atmósfera alrededor de ellas parecía agitarse a medida que se acercaban al combate, conscientes de la magnitud de lo que se estaba desatando.

Evil Victor, envuelto en su aura oscura y cósmica, combatía contra Kira, quien representaba la maldición y el concepto mismo de las emociones. Kira, con su poder destructivo y su dominio de la tristeza, ira y desesperación, lanzaba ataques devastadores. Pero Victoria, en su forma gloriosa y brillante, no podía dejar que su esposo se quedara solo en esa batalla. Con un grito que resonó como una explosión de energía, se disparó hacia Evil Victor, rompiendo la barrera del sonido y con velocidad sobrehumana.

Antes de que Kira pudiera reaccionar, Victoria la golpeó con una fuerza tan monumental que la maldición conceptual de la maldad humana se tambaleó, retrocediendo varios metros. El impacto del golpe reverberó por toda la dimensión, y la energía contenida en su armadura dorada brilló con la furia de una tormenta divina. Victoria, llena de furia y amor por su esposo, se acercó rápidamente a Evil Victor, quien se vio sorprendido por el cambio de rumbo de la batalla. Con un gruñido, Evil Victor se giró hacia ella, pero Victoria, con el rostro encendido en ira, no le permitió ni un momento de ventaja.

“¡A la próxima que quieras lucirte como héroe, te juro que te golpeo con un sartén de la casa!”, gritó Victoria enojada, el tono lleno de una mezcla de desespero y cariño. Sus palabras resonaron por encima del caos y la destrucción que ocurría a su alrededor, haciendo que incluso los mismos cimientos del universo parecieran detenerse por un instante.

Evil Victor, aunque sorprendido por la intensidad de su esposa, no pudo evitar sonreír, sintiendo la fuerza de la energía que emanaba de ella. “Te adoro, Victoria,” respondió con una mueca, y aunque sus palabras estaban teñidas de sarcasmo, un leve brillo en sus ojos revelaba la admiración que sentía por la determinación de su esposa.

Mientras tanto, Kira, recobrando algo de equilibrio, observaba a Victoria con cautela, sabiendo que el campo de batalla estaba cambiando y que el poder de la emoción y la determinación de esas mujeres podría alterar el curso de la guerra. El brillo de las armaduras de Victoria y Darkness estaba comenzando a iluminar la oscuridad de la batalla, desafiando las fuerzas que parecía que dominarían todo.

El universo mismo estaba en vilo, y la lucha por la supremacía no solo era una batalla de fuerzas físicas, sino también un choque de deseos, pasiones y emociones que definían quién prevalecería al final.

El caos seguía envolviendo el campo de batalla mientras nuevas fuerzas entraban en juego.

Darkness, con su armadura imponente y su determinación inquebrantable, canalizó su poder en su mano extendida. Una espada de oscuridad se materializó, vibrando con energía sombría, devorando la luz misma a su alrededor. Sin titubear, Darkness se lanzó al combate, su silueta una sombra cortante entre las ráfagas de destrucción.

Pero en ese mismo instante, Yuuki Rito sintió algo extraño dentro de su ser. Su cuerpo comenzó a debilitarse, como si una fuerza oculta que lo habitaba desde siempre finalmente decidiera abandonarlo. Un escalofrío recorrió su columna cuando una presencia se manifestó dentro de él. Las sombras de su interior comenzaron a retorcerse y, en un instante desgarrador, una entidad emergió de su cuerpo.

Kuro, el concepto mismo de la oscuridad, nació en medio del caos.

Su forma era etérea y tangible al mismo tiempo, su esencia parecía devorar la realidad a su alrededor. Con una sonrisa cruel y carente de compasión, Kuro contempló el mundo con ojos llenos de una malicia insondable. Sin perder un instante, se giró hacia Yuuki Rito, su antiguo recipiente, y con un solo movimiento brutal, le propinó un golpe devastador que lo lanzó por los aires, estrellándolo contra los escombros de la ciudad en ruinas.

Daiki Talloran y Nine Sharon, testigos de aquella manifestación infernal, sintieron un escalofrío recorrer sus cuerpos. El poder de Kuro era algo distinto a todo lo que habían enfrentado antes. Pero no había tiempo para el miedo. Sabían que si no actuaban ahora, no habría oportunidad alguna de derrotarlo.

Sin dudarlo, ambos se lanzaron al ataque, siguiendo una estrategia precisa. Daiki atacó desde el este, Nine desde el oeste, ambos buscando golpear los puntos cardinales del ser de oscuridad, una técnica diseñada para encerrar entidades como él dentro de un vórtice sin escape. Sus golpes fueron exactos, cada impacto dirigido con maestría.

Pero Kuro, sin siquiera inmutarse, alzó una mano y dejó que las sombras de su propio ser se extendieran como garras vivientes.

Las tinieblas cobraron forma, serpenteando como raíces malévolas. Antes de que Daiki y Nine pudieran reaccionar, las sombras los envolvieron con una presión indescriptible, jalándolos hacia adelante con una fuerza abrumadora. Como si fueran meros muñecos atrapados en un océano de oscuridad, sintieron cómo la realidad misma se retorcía a su alrededor.

Kuro los miró con diversión.

—”No hay luz que pueda escapar de mí.”

La batalla apenas comenzaba, pero ya la desesperación empezaba a teñir el aire.

El campo de batalla se sacudió cuando cinco nuevas figuras entraron en acción.

Joel, Kyōkō, Erick Hatake Kurayami, Jonathan y Rain, guerreros curtidos por la guerra y el destino, irrumpieron con fuerza sobre Kuro, sus ataques coordinados como un solo golpe de justicia contra la entidad oscura.

Cada uno de ellos atacó con una técnica única, canalizando su poder en golpes certeros.

Joel, con su velocidad sobrehumana, fue el primero en moverse, su puño imbuido en energía lumínica golpeó el costado de Kuro, haciendo que el ser de oscuridad retrocediera por primera vez.

Kyōkō no perdió tiempo y, aprovechando la apertura, giró en el aire, descargando una patada descendente que resonó como un trueno en el cuerpo sombrío de Kuro.

Erick Hatake Kurayami, con su destreza en el combate táctico, canalizó su energía maldita en un golpe de palma que se hundió en el pecho de Kuro, dispersando una onda de choque que sacudió los alrededores.

Jonathan, con la fuerza de un guerrero curtido en mil batallas, descargó su brazo blindado contra el rostro de Kuro, su impacto sonando como un rugido de hierro contra la noche.

Rain, con una danza de espadas, cortó a través del aire, su acero rasgando la forma etérea de Kuro, dejando una línea de humo oscuro donde antes había estado su carne sombría.

Por primera vez, Kuro sintió algo parecido a un retroceso.

Y entonces, Darkness llegó.

En un solo movimiento, con su espada de oscuridad en mano, avanzó entre los escombros con una gracia letal.

Su filo descendió en un tajo preciso, rasgando la piel oscura de Kuro. Una línea fina y profunda apareció en su cuerpo, y de ella brotó una sombra más densa, como si la espada de Darkness hubiera herido algo más allá de lo físico.

Kuro sonrió.

—”Interesante. Muy interesante.”

El aire se volvió más pesado. La noche más oscura. El verdadero combate apenas comenzaba.

Continuará…

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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