History academy arco 6: El fin del mundo. - Capítulo 85
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Capítulo 85: Episodio 85: Patrullero temporal
En la cima de un árbol tan antiguo como el concepto de la historia misma, cuyas raíces serpenteaban a través del tejido del tiempo y cuyas ramas sostenían los eventos que dieron forma a la existencia, Raketo, el eterno guardián de las eras, contemplaba los hilos de la narrativa universal. Sus ojos, más allá de lo físico, recorrían miles de eventos simultáneos, divisando las vibraciones más sutiles de los desequilibrios en el tiempo.
Cada rama de aquel árbol sagrado era una línea temporal, cada hoja un instante vivido, y el viento que susurraba entre sus hojas no era otro que la respiración del cosmos mismo.
Y entonces, en medio del vaivén de la eternidad, lo sintió.
Un latido distinto. Un eco que no provenía del tiempo tal como lo conocía, sino de una presencia que alteraba su ritmo. Bajó la mirada, entre los pliegues de la historia, y allí estaba.
Un joven de figura firme se materializaba en uno de los caminos distorsionados del tiempo. Su atuendo era sencillo pero particular: una camisa roja con un centro negro, pantalón oscuro ajustado por un cinturón azul, zapatos del mismo tono. Su cabello marrón caía con ligereza sobre sus cejas, y sus ojos, también castaños, se abrían con una mezcla de cautela y determinación.
Raketo susurró el nombre, apenas audible, como si el mismo árbol se lo recordara:
—”Él…”
La palabra no era un llamado, sino un reconocimiento. Un yadaratman. De la misma raza de Víctor. Pero este no era Víctor.
Sin emitir más sonido, Raketo descendió entre las ramas de la historia hasta quedar frente a él. No había necesidad de presentaciones, ambos sabían que su encuentro no era coincidencia. El protector extendió una mano y conjuró un portal ovalado, pulsante con la energía de los relatos fragmentados.
—”Se están generando anomalías,” explicó Raketo con la solemnidad de quien ha visto demasiadas veces caer civilizaciones. “Los límites entre los tiempos se difuminan. Los puntos de quiebre están demasiado cerca.”
El yadaratman asintió sin decir palabra, comprendiendo la urgencia sin necesidad de más explicaciones. Dio un paso al frente, y sin voltear, murmuró con tono pensativo:
—”Debe ser el año 2060… o quizás 2057. O más allá. No lo sé. El tiempo aquí se siente… quebrado.”
Al atravesar el portal, se encontró en un mundo ya consumido por el conflicto. El choque entre héroes y villanos se sentía como un temblor continuo. El cielo parecía partirse, los suelos desgarrarse, y las almas brillar o extinguirse en cuestión de segundos. El aire olía a historia retorcida y destino suspendido.
El patrullero temporal suspiró. No venía de una línea destinada a los combates ni a los actos heroicos. Pero si algo había aprendido, era que los silenciosos también pueden cambiar el rumbo del universo.
—”Supongo que debo ayudar…”
Y con ese pensamiento, se lanzó a través del campo de batalla, dejando atrás el árbol del tiempo, mientras la historia misma contenía el aliento para observar qué nuevo capítulo nacería de su intervención.
Las arenas de la realidad crujieron bajo los pasos del patrullero temporal mientras cruzaba el umbral hacia el epicentro del caos. Su sola presencia causó una pausa momentánea en el fragor de la batalla: un silencio breve, tenso, como si el universo reconociera que algo nuevo —y muy antiguo— acababa de intervenir.
Kuro, el concepto mismo de la oscuridad, danzaba entre sombras maleables, lanzando embestidas llenas de peso existencial. Sus ojos sin fondo brillaban como abismos vivos. Pero fue entonces, sin aviso alguno, que una fuerza lo interceptó.
Un puño certero, alimentado no solo por energía, sino por el peso invisible del tiempo bien vivido, impacto de lleno en su pecho. El golpe resonó como si el cosmos hubiera chocado contra sí mismo. Kuro fue lanzado hacia atrás, desgarrando el aire con un rugido antinatural. Las sombras que lo envolvían chispearon y parpadearon, desconcertadas por la inesperada intervención.
Desde un costado del campo, Joel se giró al sentir esa energía inconfundible. El nuevo muchacho que había aparecido, a simple vista no parecía más que otro combatiente… pero había algo en su postura, en el modo en que el tiempo parecía evitar tocarlo directamente, como si se deslizara alrededor suyo.
Joel entrecerró los ojos, su voz apenas audible al principio, pero luego más clara, como una certeza enterrada que finalmente salía a la superficie:
—”Él… es Víctor.”
Las palabras resonaron entre los presentes. Pero algo no encajaba. No era el Víctor que todos conocían, ni el Víctor que enfrentaba dioses o lideraba a los justos. Este era distinto. Más frío, más preciso, como si llevara siglos observando sin intervenir. Pero el nombre era el mismo… y su golpe había sido la prueba.
Kuro, tambaleante, soltó un gruñido. No por el daño, sino por la sorpresa.
Aquel que lo había tocado sin ser consumido… no debía estar allí.
Y sin embargo, lo estaba.
El patrullero levantó la vista, su expresión calma, pero sus ojos intensos como las tormentas que preceden a los cataclismos.
—”No soy el Víctor que recuerdan…”
—”Pero soy el que necesitan ahora.”
Y con eso, el combate contra la oscuridad misma continuó, pero ahora… con la historia misma de su lado.
El suelo tembló, no por una explosión o una técnica descomunal, sino por la quietud misma que lo precedía. Un aura distinta impregnó el campo de batalla. No era divina, ni demoníaca, ni conceptual. Era algo más puro, más preciso. Algo nacido del sacrificio, del deber cumplido, del dolor que se convirtió en propósito.
Desde el cielo abierto entre fracturas temporales, una figura descendió lentamente, sin necesidad de grandilocuencia. Su silueta era reconocible: porte firme, mirada determinada, cabello movido por un viento que no existía en esa dimensión. Pero en sus ojos no había confusión ni rastro de un pasado roto, como el Víctor que todos conocían. Este… ya había vivido aquello. Y lo había superado.
—”Víctor Xeno…” susurró Raketo, aún observando desde la distancia entre ramificaciones de la historia.
El susurro se volvió eco en todos los que sabían, en todos los que estaban conectados con la historia verdadera.
Este no era un Víctor atrapado en su destino. Era el que lo había quebrado.
El que había protegido Yadaratman hasta el último aliento y había sobrevivido a ese desenlace. El que, tras salvar su mundo, se volvió un guardián del tiempo, caminando junto a los patrulleros temporales, limpiando las líneas donde los errores de la historia ponían en riesgo toda existencia.
Víctor Xeno aterrizó suavemente en medio del caos. Sus pasos no generaban estruendo, pero cada uno parecía reescribir el espacio que pisaba. A su alrededor, los campos distorsionados por conceptos y maldiciones se estabilizaban, como si incluso la realidad reconociera su autoridad.
Frente a él, Kuro se tensó. Podía sentirlo. Aquel no era un oponente común. Era alguien que había vencido mundos, realidades y líneas temporales sin quebrarse. Que había perdido más de lo que cualquiera en ese campo podría comprender… y aún así estaba allí, con la determinación de seguir protegiendo.
—”Llegaste tarde…” murmuró Joel, aunque en el fondo sabía que no.
—”No,” dijo Víctor Xeno con tono grave. “Llegué cuando debí hacerlo.”
Y en ese instante, la batalla dejó de ser sólo entre caos y orden.
Ahora, era también un ajuste de cuentas entre lo que fue…
y lo que jamás debería repetirse.
Los golpes eran tan precisos que parecían notas en una sinfonía de batalla: cada impacto de Víctor Xeno sobre Kuro no era violencia desmedida, sino una estrategia perfeccionada por años de experiencia temporal. Sus puños no solo golpeaban carne y sombra, golpeaban la esencia misma del concepto de oscuridad que representaba Kuro.
Kuro intentaba reaccionar, deformando el entorno a su antojo, usando la sombra como extensión de sí mismo, proyectando zarcillos, cuchillas negras, espectros deformes… pero ninguno tocaba a Víctor Xeno. Este se deslizaba entre los ataques con una fluidez casi antinatural, como si hubiera vivido ese momento cientos de veces antes.
—”No eres solo oscuridad… eres el eco de un error que no debió existir,” murmuró Víctor Xeno, susurrando casi para sí mismo.
Con un leve giro de muñeca, creó un bastón de energía temporal comprimida. No era común, ni siquiera visible del todo a los ojos normales. Parecía doblar el espacio a su alrededor, y cuando lo tomó, los espectadores, Joel, Jonathan, Kyōkō, Rain, Erick Hatake Kurayami, y Yuuki Rito, contuvieron el aliento.
El bastón brilló un segundo y luego se convirtió en un torbellino de movimiento: Víctor lo usó como una extensión de su propio cuerpo, golpeando las articulaciones y zonas nerviosas del enemigo con una puntería quirúrgica. No buscaba derrotar por brutalidad… buscaba desarmar la esencia de Kuro, hacerlo inestable.
Los demás no podían intervenir. No por miedo, sino por respeto. Lo que veían era más que una pelea. Era una danza entre el equilibrio y la aberración. Y Víctor Xeno, el que había superado su pasado, el que ya no buscaba redención, sino preservación, estaba allí… luchando por toda la historia.
Kuro, retrocediendo, lanzó un rugido conceptual, su forma distorsionándose. Pero antes de que pudiera liberar su oscuridad total, Víctor Xeno giró sobre sí mismo y, con el bastón, golpeó el centro de masa del ser con tal precisión que su sombra pareció disiparse un segundo, como si se dividiera en mil fragmentos de duda.
La batalla apenas comenzaba, pero una cosa ya estaba clara:
Kuro no era invencible.
No frente a alguien que había vencido incluso al destino.
Víctor Xeno inhaló profundamente, sintiendo la densidad del espacio-temporal temblar entre sus dedos. El bastón en su mano pulsaba, como si cada segundo fuera un tambor que marcaba la cadencia de lo inevitable. Kuro, aquella entidad nacida del abismo de las emociones reprimidas, se alzaba ante él, distorsionado, amenazante, rodeado por una niebla de conceptos corrompidos que no pertenecían a este plano.
Pero Xeno no parpadeó.
Se impulsó con una velocidad que no podía medirse, como si el tiempo mismo lo hubiese empujado hacia adelante. En un solo movimiento, canalizó la energía de infinitas líneas temporales por el bastón, creando una onda de choque que arrasó con la oscuridad alrededor. El golpe no fue simple. No fue físico. Fue histórico.
Impactó justo en el núcleo de Kuro.
Un sonido gutural, primitivo, surgió de la grieta conceptual en el pecho de Kuro. Y en ese instante, la realidad se estremeció. El golpe lo envolvió en una esfera de energía tan pura que el universo observable se volvió silente por un segundo… y luego, el ser fue lanzado.
Atravesó sistemas solares. Cruzó nebulosas. Pasó los límites de la materia, más allá del último fotón, donde el vacío aún no ha sido definido por las leyes de la creación.
Y allí, perdido entre la nada más antigua, Kuro quedó flotando, sin referencias, sin espacio, sin historia que lo contenga.
Víctor Xeno bajó el bastón, aún firme, con una mirada tranquila, apenas cansada. Los demás lo observaban en absoluto silencio. No por sorpresa, sino por reverencia.
Porque no cualquiera lanza a una entidad conceptual más allá del universo visible.
Y menos aún… con una sola decisión.
En cuanto la figura de Kuro desapareció en el vacío insondable más allá del horizonte universal, una brisa atemporal recorrió el campo de batalla. Victor Xeno permaneció inmóvil por un breve instante, como si escuchara un eco que no provenía de este plano, sino de otro más profundo, más antiguo. Su mirada se suavizó, no por alivio, sino porque algo o alguien lo llamaba.
Sus ojos café reflejaron un destello dorado, y entonces su cuerpo comenzó a desvanecerse, no en partículas, sino en filamentos de luz entretejidos con hilos del tiempo. No hubo sonido, ni despedida. Solo un brillo que se recogió como un susurro en la vastedad.
Joel dio un paso hacia adelante, entrecerrando los ojos.
—¿Se fue…? —murmuró.
Nadie respondió.
Porque no fue un adiós.
Fue un retorno.
A una época incierta. A un momento sin coordenadas exactas. Tal vez un rincón en el corazón del tiempo, o un santuario oculto en los bordes de la historia. Solo Raketo sabría, quizás, dónde residía aquel patrullero. O tal vez ni él lo sabía del todo.
Victor Xeno simplemente… volvió a donde pertenecía.
Donde aún quedaban batallas que no podían ser vistas, pero que sostenían todo lo que es.
Los cielos se desgarraban con el eco de sus golpes, la presión del combate entre Rigor y Dark Victor hacía vibrar los estratos del aire como si el mundo mismo temiera romperse ante tal fuerza. Ambos ascendieron poco a poco, no como mortales que desafían la gravedad, sino como entidades que la ignoraban por completo. Sus cuerpos estaban cubiertos de sangre, polvo de realidad fracturada y energía pura chispeando desde sus poros. A cada paso suspendido en el aire, el espacio temblaba.
Las nubes, antes blancas y serenas, se tornaron oscuras, bañadas por el aura de ambos combatientes. Torbellinos de tiempo maltratado y energía templaria giraban alrededor, mientras en el firmamento la tensión crecía.
Rigor, su cabello blanco ondeando como una bandera de guerra, tenía una sonrisa templada por años de disciplina y dolor. Su mirada no reflejaba odio, sino una voluntad férrea, casi ancestral.
—Eres fuerte —dijo, con voz firme pero serena—. Pero no el más fuerte.
Dark Victor, con su aura rosada oscura rodeándolo como un manto infernal, sonrió también. Su sonrisa era distinta: afilada, orgullosa, como quien ya ha saboreado el triunfo más de una vez.
—Lo sé —respondió—. Porque todavía no te he matado.
Y en ese instante, los dos desaparecieron del cielo con una explosión de fuerza brutal que quebró los vientos. Sus puños se encontraron una vez más, creando un rugido que se sintió en todas las líneas del tiempo al mismo tiempo.
El verdadero clímax del duelo apenas comenzaba.
Las miradas entre Dajit y Aiko eran un cruce de filos invisibles, cargadas de intenciones que solo los verdaderos combatientes pueden entender. El eco de sus movimientos resonaba en el aire como música de una guerra inminente. El suelo se partía levemente bajo la presión de sus auras, y en un instante, sin aviso, se lanzaron el uno contra el otro.
Fueron segundos de destellos, bloqueos, fintas y contragolpes. Pero entonces, Dajit, con la precisión de alguien que había leído mil combates antes de este, notó un movimiento sutil en Aiko. Una mínima apertura. Un instante. Una grieta.
Y ahí lo hizo. Su puño no fue solo fuerza; fue cálculo. Impactó directo en el pecho de Aiko, justo donde la armadura relucía con orgullo. El golpe fue tan exacto que, por más resistente que fuera, la protección cedió. No se rompió… pero se fisuró. Aiko lo notó. Su mirada bajó instintivamente. Vio aquella línea fracturada, delgada pero humillante. Algo dentro de ella se quebró más que la armadura.
—¡Maldito! —rugió—. ¡Te haré pagar!
El aura de Aiko se tornó salvaje, violenta, y su deseo de destrucción se convirtió en una marea imposible de contener. Alzó los brazos y empezó a invocar su Dominio Eterno, la máxima expresión de su furia, su control absoluto sobre el tiempo, el entorno y el alma de sus oponentes.
Pero justo cuando el espacio comenzaba a doblarse, una figura etérea emergió tras ella: Sam, en su forma espiritual, un remanente de conciencia atrapada entre mundos. Su energía espectral atravesó el aire y su golpe silencioso se incrustó en la espalda de Aiko como una lanza sagrada.
Aiko salió disparada, dejando un vórtice de energía inconclusa en el aire.
Dajit respiró hondo, observando la escena con ojos de quien entiende que la batalla está lejos de terminar. Sam, aún incorpóreo, flotó a su lado.
—Necesito mi cuerpo —dijo Sam con una voz que resonaba en múltiples planos—. Esta forma ya no me contiene.
Dajit, sin pensarlo dos veces, bajó la mirada a su propia sombra, que palpitaba como si algo en su interior quisiera nacer.
—Yo te invoco… Sam.
Desde la oscuridad debajo de él, surgió una figura: el cuerpo original de Sam, oscuro como el vacío entre galaxias, cubierto por una piel etérea y una corona de tentáculos afilados que se extendían desde su espalda como alas malditas.
El alma de Sam descendió como una chispa de luz en un abismo y se fusionó con su carne olvidada.
Y en ese instante, Sam volvió a estar vivo. No solo más fuerte, sino con un nuevo propósito. Ya no era solo un espíritu. Era poder encarnado.
Y el campo de batalla… tembló.
Los cielos parecían no contener la densidad del combate. Un vacío absoluto se cernía sobre el campo donde la mismísima maldición del universo, Nihil, manifestaba su voluntad. Sus manos danzaban como si guiara una sinfonía de la aniquilación, cada movimiento invisible a los ojos comunes, pero letal. No había acero, no había filo tangible… solo cortes sin forma, líneas delgadas que desgarraban la materia misma.
Y frente a él, un grupo de almas resplandecientes, heterogéneas, pero firmes: Trapecio, con su cuerpo forjado en geometría viva, bloqueaba los cortes invisibles con ángulos de energía pura. Palitogood, girando como una hélice divina, emitía ondas sonoras que distorsionaban el aire y hacían vibrar los filos de Nihil antes de impactar. Amsel, con su aura cristalina, desviaba los ataques creando espejos de luz que devolvían parte del daño. Alpaca, con una dulzura engañosa, liberaba ráfagas de energía almacenada en su lana cósmica, como si cada hilo tejiera escudos de resistencia.
Shyki, con movimientos suaves como agua, se deslizaba entre los cortes sin ser alcanzado, como si ya hubiese estado allí mil veces. Fran, invocando cadenas de memoria ancestral, ataba la energía cortante antes de que se expandiera. Asagi, brillante como un sol tímido, invocaba barreras translúcidas que absorbían daño conceptual. Sungonkun, siempre en movimiento, era un torbellino de fuerza y esperanza, golpeando con bastones que absorbían el nihilismo puro. Chomosukez reía en medio del caos, alterando la realidad con trucos absurdos que volvían los cortes de Nihil en confeti destructivo. Mariwiwi, la última en línea, tejía en el aire hilos de destino que conectaban a todos sus compañeros, haciendo que compartieran resistencia y sincronía.
Nihil alzó una mano.
Una línea invisible cruzó el aire.
En un suspiro, diez cortes explotaron en la nada.
Pero el grupo no cayó.
Se movían como una sola voluntad.
—No somos tan fáciles de borrar —dijo Trapecio, con un fulgor extraño en sus ojos—. Incluso la nada… tiembla ante lo que no puede entender.
Y Nihil, aunque sin rostro, pareció retroceder levemente.
El combate solo había comenzado…
Beasty, el nombre retumbó entre las capas del plano existencial, una vibración cargada de furia contenida y promesas sin redención. Hermana de Spajit, moldeada en la misma fragua de caos primigenio, tejida con hebras de guerra ancestral, y marcada por el deseo inquebrantable de cerrar las heridas que la historia aún mantenía abiertas.
Su cuerpo, envuelto en un fulgor escarlata, irrumpió como un relámpago que desafiaba la lógica del tiempo. El aire se fracturó a su paso, dejando estelas etéreas que ondeaban como lenguas de un fuego invisible. Su objetivo era preciso, desesperadamente enfocado: perforar el núcleo de la maldición viviente, Nihil, por tercera vez. Tres, como los actos de una tragedia cósmica; como los pasos antes del abismo.
Sus dedos se tensaron, el brazo fue lanzado hacia delante con tal fuerza que la atmósfera tembló. Pero entonces, sin que el cuerpo de Nihil se moviese siquiera, sus dedos crujieron con un leve gesto, tan sutil como la muerte cuando decide tocar por última vez.
Y fue suficiente.
El universo pareció callar.
Un trazo invisible cortó el espacio entre ellos, una línea sin color, sin sombra, sin origen ni destino. Un filo que no se veía, pero que se sentía… una cuchilla que rozaba la consciencia misma. Beasty, por mero instinto nacido del dolor y la batalla, giró su torso en el momento exacto, esquivando una fracción de segundo antes de ser dividida como memoria olvidada.
Nihil retrocedió.
Sus ojos, si los hubiera, contemplaban con el peso de una eternidad consumida. Alzó una mano con gracia trágica, como si ofreciera una plegaria al vacío. Las palabras que brotaron de su boca no fueron dichas… fueron pronunciadas en el tejido mismo de la existencia:
—Dividir.
Divino descuartizar.
Mutilar.
División… que parte el Outverso.
El eco de esas frases no resonó en el aire, sino en la esencia de todo lo que estaba presente. Un corte —no uno cualquiera, sino uno que no pedía permiso a las leyes del todo— se formó. Una línea conceptual, más antigua que el tiempo, se expandió como una onda en un estanque que jamás existió.
Esta línea no era visible.
No era tangible.
Pero era.
Se movió con la autoridad de un juicio final, atravesando todo en su camino: Trapecio, palitogood, Amsel, Alpaca, Shyki y Fran, Asagi, Sungonkun, Chomosukez, Mariwiwi… y Beasty. La trayectoria no era recta, ni curva, ni compleja. Era perfecta en su neutralidad, en su violencia callada.
Cada uno de ellos sintió un susurro helado recorrer sus cuerpos, no por fuera, sino desde adentro: el instante antes de ser partido no en dos, sino en conceptos separados. Ser y no ser. Cuerpo y voluntad. Presencia y recuerdo.
Aun así, el combate no se detuvo.
Porque incluso la división total no siempre es suficiente para detener lo que ha sido forjado con propósito.
Evil Victor, aún envuelto en el resplandor distorsionado de una batalla más allá de la comprensión lineal, alzó la mirada. Sus ojos —una amalgama de tinieblas y luz oscura comprimida— captaron el trazo que no debía existir: el corte absoluto, el filo que rebanaba desde la lógica de la historia hasta los hilos del alma.
La técnica de Nihil, compuesta de conceptos y fracturas del Outverso, se expandía como un juicio sin árbitro, como una sentencia sin apelación. Incluso las entidades más antiguas habrían huido ante su presencia… pero no él.
Victor lo miró.
Y lo entendió.
No con palabras, no con pensamiento, sino con una intuición tan antigua como el primer rugido del caos. Su voz no se elevó como un grito, ni descendió como un decreto, simplemente… fue pronunciada.
—Anulador.
Una palabra única. Precisa. Como si al decirla, su sola existencia reescribiera las reglas de ese momento.
Y así ocurrió.
La técnica de Nihil, tejida con la crudeza de lo irreversible, empezó a descomponerse. No se detuvo. No fue bloqueada. Fue… negada. Como si jamás hubiese sido invocada. Como si el universo, obedeciendo la autoridad conceptual de Evil Victor, hubiese decidido rechazar su propia fisura.
Porque aquel “Evil Victor” ya no era solo un reflejo torcido de su otro yo. Era la anomalía autoconsciente, una fuerza que entendía cómo subvertir las leyes más absolutas simplemente reconociéndolas… y luego ignorándolas.
No era magia.
No era técnica.
Era convicción.
Era el derecho divino de alguien que, al ver el todo, eligió no aceptarlo.
El corte de Nihil, tan letal como las páginas finales de una historia eterna, fue borrado en ese instante como si un escritor invisible hubiese pasado su pluma tachando una línea que no merecía ser leída.
Y el campo de batalla volvió a respirar. Aunque, en el fondo, todos sabían que lo que había hecho Victor… no era algo que cualquier otro pudiera repetir.
Kira, símbolo fluctuante de las emociones, encarnación de un caos necesario, arremetió con fiereza contra Evil Victor. Sus golpes eran como latidos desbocados, impulsos primarios queriendo romper la razón y la autoridad. Su puño impactó contra su pecho, pero él —inquebrantable, más allá del orgullo y del dolor— no se inmutó. En su mirada no había ira, solo una resolución insondable.
Su mano, envuelta en una energía tan antigua como el juicio, no se alzó con violencia, sino con decreto. La colocó suavemente sobre el torso de Kira, no como acto físico, sino como símbolo de dominio, de control absoluto sobre aquello que una vez osó revelarse.
—Te mostraré por qué no debes desobedecer a tu dios —susurró con la calma que precede al cataclismo.
Y luego, con voz que vibró a través de las líneas de la existencia, pronunció una sola palabra:
—Dividir.
No fue una orden física.
Fue un juicio conceptual.
En ese instante, la estructura misma de Kira comenzó a fracturarse. No solo su cuerpo —carne, hueso, energía, tejido— sino su misma idea. Su naturaleza emocional, aquello que representaba, fue separada en capas como un códice arrancado página por página.
Lo que era su lado derecho, su esencia impulsiva, su parte más visceral… se desgarró, no en sangre, sino en existencia. Ropa, piel, símbolo y concepto fueron partidos de forma quirúrgica, abstracta, como si la realidad misma hubiese decidido retirarle su condición entera desde un costado.
Evil Victor no se movió.
Solo observó.
Como un dios ante su altar, reclamando lo que le pertenece por ley no escrita.
Kira cayó de rodillas, no por dolor físico, sino por la abrumadora noción de haber sido vencida… en el nivel más profundo del ser.
Y por primera vez, comprendió el significado de desobedecer a alguien que ya no opera dentro de los límites del tiempo o la moral.
Del borde de lo incomprensible, donde la realidad susurra plegarias a los dioses olvidados, emergió la voluntad de Nyx’thoran. No necesitó anunciar su llegada. El espacio mismo se rasgó con un estremecimiento que recordaba el eco de mundos muertos, y de aquel portal negro como la culpa, vasto como el fin, se extendió una mano colosal, compuesta de sombras líquidas y galaxias invertidas.
Con un gesto sereno pero inexorable, la palma cruzó el velo entre lo tangible y lo eterno, descendiendo como un juez ante la ruina. Aquella mano no traía castigo, sino rescate. Sus dedos —más antiguos que el tiempo y más suaves que la compasión— se cerraron en torno al cuerpo fragmentado de Kira, todavía desorientada por el juicio de Evil Victor, y la envolvieron en un manto de restauración pura.
Luz oscura brotó entre los huecos de la garra, cicatrizando no solo su carne, sino también las ideas rotas, los vínculos perdidos, los símbolos truncados que componían su ser. Kira no gritó, no luchó. Solo cerró los ojos, como quien se entrega al olvido o al renacer.
Nyx’thoran no dijo una palabra.
Aquel gesto bastó para declarar que su peón, aunque herido, no sería dejado atrás.
Y sin más aviso, el portal se cerró como una herida en el firmamento, llevándola a la Nada Absoluta, ese lugar donde ni la memoria sobrevive, donde todo puede volver a empezar… o ser finalmente olvidado.
El campo de batalla quedó en un silencio breve, como si el universo necesitara un suspiro para aceptar lo que acababa de ocurrir.
El aire estaba cargado de tensión, como si el mismo universo temiera lo que estaba por suceder. Dante Megami y Momo Fogosa, a pesar de la oscuridad que los rodeaba, compartían un momento de conexión profunda en medio de la batalla. Sus ojos se encontraron, no solo como combatientes, sino como almas entrelazadas en la misma lucha por la supervivencia, mientras las sombras de sus enemigos, Dark Rigor y Dark Dariel, se alzaban sobre ellos con una fuerza arrolladora.
El campo de batalla estaba saturado de violencia, cada golpe resonaba como un estruendo en los cimientos de la realidad. Dark Rigor, una sombra aún más potente de aquel que alguna vez fue, atacaba con una furia inhumana. Sus puños parecían desatar cataclismos, cada impacto era un recordatorio de lo que las tinieblas podían hacer cuando se nutrían de la desesperación.
Un golpe certero impactó el costado de Dante Megami, el sonido de la carne desgarrada llenó el aire. La perforación de su piel fue brutal, un recordatorio de que, aunque inmortal, el dolor seguía siendo parte de su existencia. La sangre manó, pero la regeneración de Dante fue casi inmediata, su cuerpo recibiendo el daño solo para sanar en segundos, como si el ciclo de la vida y la muerte se reescribiera a su voluntad.
Pero el verdadero desafío no estaba en su inmortalidad. Era el poder abrumador de Dark Rigor y Dark Dariel, seres que no solo desafiaban la lógica, sino que jugaban con las mismas leyes de la existencia, alterando la realidad misma. Momo Fogosa, a su lado, luchaba con todo su poder, su furia divina chocando contra la oscuridad de sus enemigos. Cada golpe que daba generaba ondas de energía, pero incluso ella comenzaba a sentir el peso de las sombras.
Dante, respirando con pesadez, miró a Momo, sus ojos reflejando una determinación inquebrantable. “No nos detendremos aquí,” susurró, más para sí mismo que para ella. “Puedo sentirlo… estamos cerca.”
Sin embargo, la velocidad de los ataques aumentaba. Dark Dariel, con su propia oscuridad materializada en poder destructivo, atacaba desde ángulos imposibles, y cada golpe de su cuerpo transcendía dimensiones, parecía cortar a través del espacio-tiempo mismo.
Pero Dante Megami no retrocedió. A pesar de la perforación en su carne, sus movimientos se volvieron más rápidos, más calculados, como si el mismo tiempo no pudiera detenerle. El poder del sacrificio, ese profundo lazo con Momo, parecía infundirle una fuerza renovada. “Esto… no termina aquí,” murmuró mientras esquivaba el siguiente golpe, su cuerpo desvaneciéndose momentáneamente antes de reaparecer detrás de Dark Rigor, asestando un golpe directo al núcleo de su oponente.
Pero Dark Rigor no se dejó sorprender. La lucha seguía, sin que nadie cediera. Cada movimiento era un juego mortal de estrategia y poder, donde la vida misma pendía de un hilo.
La batalla estaba en su punto álgido, un enfrentamiento que cruzaba los límites de la lógica y el tiempo mismo. Zahid, Karla, Akaba, Necross, Ushibaa, Javier, Lulu, Lixy, Normado, Elisa, Lointo, Kazela, Katter, Shiro, Vicente, Rob, Tomi, Martin, Blankito, Necross, Ushibaa, Javier, Sami, Kim, y Sangwoo, los hijos de Michelle y Ushibaa, junto a Brayden, Ēru, Henrī, Itama Furutta, Aruku, Dotto, Ari Shāpusu, Sanjūni Hoshi, Riri, Furēmuro, Morutekitto, Girasol, Mateo, Yulisa Zero, Yarizel, Kyatto, Lila Kamatose, Ces, Sutāba Bumūn, Katski, Katherine, Vane, Saúl, Félix, Rori, Allner, Zeus Navara, Rokade, Komori Yakito, Zora Meinu, Helena, Profax, Tsuu, Shadix, Amai Kuchibiru, Maikel Radfjik, Daburu V Pointo, Nagi Rōzumarī, Leonor, Duki, Amanda, Nana Yoroza, Samueru, Slash, Han, Kon, Cake, Nagi Tsohoto, Colle, Ruru, y Autumn formaban la coalición de héroes. Unidos en un solo propósito, ellos se lanzaron sin dudar hacia Nihil, el concepto de la nada misma, cuyo poder desbordaba cualquier comprensión.
El aire estaba lleno de tensión mientras los guerreros luchaban, cada uno utilizando sus habilidades con destreza y valentía. Nihil observó su avance con una calma perturbadora, esperando el momento adecuado para contraatacar. Como un maestro del caos, movió sus manos y, con un solo gesto, el espacio comenzó a rasgarse, el aire a cortarse como si fuera papel. Cortes invisibles viajaban a través de dimensiones, cortando la realidad misma, y con ello destrozando cualquier cosa que se interpusiera en su camino.
E incluso con tan formidable ataque, Evil Aracely, una de las fuerzas más destructivas del lado oscuro, aprovechó la oportunidad para lanzar su propio ataque de energía. Nihil, con frialdad y habilidad, absorbió la energía de su golpe, expandiéndola y convirtiéndola en una lanza oscura de poder inimaginable. Con esta nueva arma, cortó a través de 20 dimensiones, atacando a todos los héroes con una precisión devastadora.
Aunque los guerreros fueron rápidos y lograron esquivar los cortes dimensionales, la amenaza aún persistía. Nihil no se detuvo. Con una voz profunda y ominosa, pronunció: “Relicario maldito eterno.” Entonces, realizó el marici mudra, colocando sus dedos en el tampak samping. La energía oscura de la nada comenzó a fluir, y varios cortes invisibles comenzaron a llover sobre ellos.
Melisa del presente, una de las luchadoras más valientes, intentó atravesar la lluvia de cortes, pero fue atrapada en el corazón de la tormenta. Nihil, con una frialdad sobrehumana, perforó su corazón sin ningún esfuerzo. La sensación de la muerte de Melisa fue una llamada de atención para todos los héroes, especialmente para José del presente, quien observó con horror cómo la vida de su amada se desvanecía.
Impulsado por el dolor y la furia, José del presente caminó hacia Nihil, ignorando los cortes que comenzaban a aparecer sobre su cuerpo. La adrenalina surcaba su cuerpo como una corriente eléctrica, y su rabia no tenía límites. Un corte le rasgó la mejilla, cerca del ojo, y otro le cortó el brazo derecho, pero no se detuvo. El poder que surgió de su interior alcanzó su máximo potencial.
Con su puño brillando con una intensidad cegadora, José del presente gritó con todas sus fuerzas: “¡Destello solar!” La energía liberada fue tan potente que todo el campo de batalla se iluminó como si un sol hubiera estallado en el lugar. Nihil no se defendió, subestimando a José y su capacidad para infligir daño. La explosión que siguió empujó a Nihil al suelo, haciendo que el impacto provocara una onda expansiva que rasgó el terreno.
Pero mientras todo eso sucedía, Melisa del presente fue lanzada por la onda de choque, volando lejos. José del presente, con el corazón en un torbellino de emociones, vio cómo el cuerpo de Melisa volaba por los aires, aterrizando de forma brutal. Al ver la caída de su amada, la desesperación se apoderó de él. José del futuro, que observaba todo, rápidamente corrió hacia Melisa, y aunque solo tenía un brazo disponible debido a las heridas, la abrazó con una fuerza desesperada, mirando su rostro, buscando signos de vida.
José del futuro murmuró, su voz quebrada por la angustia: “No… no puede ser…”. Pero la verdad era que, con la frialdad de la situación, los cortes y el poder de Nihil, la muerte de Melisa podría ser irreversible. Sin embargo, el brillo del Destello Solar aún iluminaba la esperanza, pues aunque la batalla estaba lejos de terminar, los héroes, ahora más que nunca, se encontraban decididos a derrotar a Nihil y todo lo que representaba la oscuridad.
La batalla entre Regulus y Victor Zombie alcanzaba un nivel de caos indescriptible, donde el espacio y el tiempo se retorcían a su alrededor, distorsionándose con cada golpe que ambos intercambiaban. Mientras la lucha se desarrollaba, ambos combatientes mostraban una fuerza pura, que desbordaba la lógica misma, pues no se trataba solo de habilidades conocidas, sino de un poder que se manifestaba a través de su voluntad destructiva y su capacidad para alterar la realidad.
En un momento crítico, Regulus observó una apertura en el ataque de Victor Zombie, quien, con su naturaleza no-muerta, parecía tener una habilidad para recuperar fuerzas constantemente. Fue en ese momento cuando Regulus concentró todo su poder y, con una explosión de fuerza pura, golpeó el cuerpo de Victor Zombie con tal intensidad que la realidad misma se fragmentó bajo la presión de su ataque. El impacto no solo sacudió el espacio, sino que rompió los límites de la física y de las leyes del universo. Las ondas de choque causaron fisuras en el tejido mismo de la realidad.
Sin embargo, Victor Zombie, con su poder oscuro y corrupto, no se detuvo. Utilizando sus habilidades de teletransportación, se lanzó rápidamente hacia Regulus, y con un movimiento similar, Victor Zombie contrarrestó el golpe con un ataque de igual magnitud. Al hacerlo, fragmentó aún más la realidad, creando un abismo dimensional que comenzó a consumir todo a su alrededor. Los dos combatientes no solo chocaban entre sí, sino que su pelea estaba alterando los planos mismos de existencia.
Lo que ocurrió a continuación fue una manifestación de poder que trascendió las leyes universales. Con cada golpe, una dimensión superior comenzó a formarse, una nueva realidad que no estaba sujeta a las reglas del mundo que conocían. Este nuevo plano fue transportado a un lugar desconocido, un espacio más allá del tiempo y el espacio convencional, donde la existencia misma estaba distorsionada por la lucha de estos dos titanes.
A pesar de que ni Regulus ni Victor Zombie poseían un poder que pudiera compararse con el de entidades como Jehová o los escritores del universo, su batalla revelaba el increíble poder de su voluntad y determinación. Lo que más los diferenciaba era la fuerza bruta con la que desafiaban las leyes de la existencia, rompiendo las dimensiones y creando nuevas realidades con cada enfrentamiento.
Con una explosión final de energía, Regulus y Victor Zombie fueron impulsados hacia el planeta Tierra, sus cuerpos volando a través del aire, como meteoros cargados de poder absoluto. El cielo temblaba bajo el peso de su conflicto, y las consecuencias de su lucha se dejaban sentir en todo el planeta. La tierra misma temblaba mientras los dos combatientes seguían intercambiando golpes en el aire, dejando cicatrices en el cosmos.
La batalla, que parecía no tener fin, ahora trascendía más allá de la simple confrontación física. Se había convertido en una lucha cósmica por el control de la realidad misma, con Regulus y Victor Zombie siendo los únicos testigos de lo que ocurriría al final de este enfrentamiento. ¿Quién prevalecería en esta guerra de titanes? Solo el tiempo lo diría, pero lo que era seguro era que su batalla dejaría cicatrices permanentes en la realidad misma.
En un espacio oscuro, donde las leyes del tiempo y la realidad se entrelazaban, Nyx’thoran, una figura de poder antiguo y desconocido, avanzaba con determinación. Con un movimiento de su mano gigante, Nyx’thoran arrancó a Kuro, el concepto de la oscuridad, de su lugar en la existencia, y lo absorbió en su propio ser. La entidad oscura, temida por muchos, no pudo resistir el poder de Nyx’thoran, quien lo absorbió sin esfuerzo, llevándose con él la esencia misma de la oscuridad.
No satisfecho con eso, Nyx’thoran se dirigió rápidamente hacia Dark Murasaki, quien, aunque ya había caído en combate y estaba muerta, todavía mantenía una conexión profunda con la fuerza vital y el poder de la oscuridad. En ese mismo instante, Nyx’thoran recogió su cuerpo, decidido a utilizarlo como una fuente de poder para sus propios fines. La figura de Murasaki, aunque inerte, representaba una parte importante de la batalla, una pieza que aún podía ser útil en la guerra que estaba librando.
El siguiente paso fue aún más trascendental: Nihil, el dios de las maldiciones, cuya naturaleza oscura y destructiva había sido temida a lo largo de las eras, también cayó bajo el control de Nyx’thoran. Con un movimiento preciso, la figura de Nihil fue arrastrada hacia el vacío, absorbida por las sombras, su poder maldito ahora bajo el mando de Nyx’thoran. Nihil, un dios que había traído caos y destrucción, no podía más que sucumbir ante la magnitud de su oponente.
En ese momento, la atmósfera cambió por completo. Nyx’thoran, habiendo reunido a estas poderosas entidades en su dominio, miró hacia el frente con una sonrisa malévola. El poder de las sombras, la oscuridad, y las maldiciones ahora corrían por sus venas, fortalecido por los cuerpos y esencias de las entidades que había recogido.
Sin embargo, mientras Nyx’thoran se preparaba para usar su recién adquirido poder para desatar el caos, quedaban todavía aquellos que se mantenían en pie en el campo de batalla: Dark Rigor, Dark Dariel, Dark Victor, Evil Aracely y Xar’khal. Ellos eran los últimos vestigios de una fuerza oscura que todavía rondaba la tierra, aún poderosos, aún dispuestos a enfrentarse a lo que quedara de la resistencia.
La batalla entre las fuerzas del caos y las del orden estaba lejos de terminar. Nyx’thoran, ahora más fuerte que nunca, se preparaba para enfrentar a estos poderosos adversarios restantes, quienes también portaban fuerzas antiguas, oscuras y destructivas. El conflicto que estaba por desatarse marcaría el destino del mundo, y solo aquellos con el poder absoluto tendrían la última palabra.
El futuro estaba por escribirse en sangre y oscuridad.
La escena en el campo de batalla era devastadora. Rigor, con su cuerpo exhausto y los puños sangrientos por la violencia de la pelea, levantó su brazo una vez más, concentrando toda la rabia y energía acumulada durante la lucha. El aire parecía cargado de tensión y desesperación, mientras los ecos de las explosiones y los choques entre ambos contendientes retumbaban en los cielos.
Dark Victor, quien parecía invulnerable, estaba igualmente marcado por el combate. Su presencia era ominosa, pero incluso él debía reconocer la dureza y determinación de su oponente. Con un último esfuerzo, Rigor lanzó su golpe, un impacto brutal cargado con toda la furia que sentía al ver todo lo que había perdido, las pérdidas que ya no podía ignorar.
El golpe de Rigor alcanzó a Dark Victor con tal intensidad que el sonido del impacto resonó como un trueno en la distancia. El cuerpo de Dark Victor fue lanzado con fuerza contra una montaña, atravesando el aire con velocidad. La montaña misma tembló, sus rocas resquebrajándose al recibir el peso de Dark Victor y el poder de aquel golpe. El impacto creó una onda expansiva, enviando escombros a todas direcciones, cubriendo todo a su alrededor con polvo y fragmentos.
Rigor, de pie, respiraba con dificultad. Su rostro estaba cubierto de sudor y su cuerpo temblaba, no solo por el daño recibido, sino también por el agotamiento de haber dado todo lo que tenía. Dark Victor, a pesar de ser lanzado a través del aire y destrozado parcialmente por la fuerza del golpe, se levantó lentamente. Sus ojos brillaban con una furia inhumana mientras se recompuso de la destrucción.
Rigor, aunque en un estado físico deplorable, no podía permitir que esta pelea terminara sin más. Sabía que esa no era la forma en que debía rendirse, pero su mente era una mezcla de rabia, tristeza y dolor, de una lucha que no sabía cómo terminaría.
La guerra contra Dark Victor había alcanzado un punto de no retorno, y ambos combatientes, aunque destrozados, seguían de pie. Sin embargo, el siguiente movimiento sería decisivo, pues el desgaste ya había tocado sus límites.
Rigor, con la mirada fija y el corazón palpitante, se preparó para lo que fuera que vendría después.
Nyx’thoran, al observar el caos y la destrucción a su alrededor, tomó una decisión calculada, como si todo estuviera parte de un plan mayor. En el vasto vacío de la nada absoluta, donde ni el tiempo ni el espacio parecían existir, Nyx’thoran se detuvo un momento. Su mirada fija en Nihil, quien a pesar de estar gravemente herido, mantenía una esencia oscura y poderosa, la única que quedaba viva. Dark Murasaki, curando su cuerpo con una energía inmensa y descomunal, también estaba allí, pero Nyx’thoran tenía planes distintos para ella.
Al decidir quién viviría y quién no, Nyx’thoran optó por Nihil por una simple razón: el concepto de la oscuridad que representaba, la misma que había demostrado su resiliencia y poder en el combate. No se trataba de piedad ni de una estrategia emotiva, sino de una jugada que involucraba el futuro. Al dejarlo con vida, Nyx’thoran creía que sería un oponente más formidable para el futuro, uno que, tras un largo período de recuperación, podría ser entrenado para enfrentar amenazas mucho mayores.
La decisión estaba tomada: Dark Murasaki, aunque debilitada, sería útil en la futura guerra que se desarrollaría en este vacío. Mientras tanto, Nihil tendría la oportunidad de rehabilitarse, fortalecerse, y cuando todos los demás regresaran, sería un reto más complicado. El entrenamiento no solo fortalecería sus cuerpos, sino que sus conceptos, ya profundamente arraigados, se volverían aún más peligrosos, especialmente cuando regresaran a un plano donde las batallas no serían solo por la supervivencia, sino también por el control absoluto.
La nada absoluta era un campo sin límites, un vacío perfecto para el renacimiento. Sin la interferencia de los demás combatientes y con la presencia de Nyx’thoran, que observaba pacientemente cómo todo se desarrollaba, todo estaba en calma… por ahora.
Nihil, observando la escena desde su posición, contemplaba cómo Kira, aún herida, era cuidadosamente curada por Nyx’thoran, quien con una sonrisa apenas perceptible, extendía su poder curativo sobre la chica. La energía de Nyx’thoran no solo sanaba su cuerpo, sino que también ayudaba a restablecer la estabilidad de su energía interna, preparando a Kira para futuros enfrentamientos. La escena parecía contradictoria, como si en medio del caos absoluto, el cuidado y la destrucción pudieran coexistir.
Mientras tanto, en otro rincón del campo de batalla, Dajit y Aiko se enfrentaban con toda su fuerza. Los golpes resonaban con una fuerza devastadora, sus cuerpos chocaban, creando ondas de energía que distorsionaban la realidad a su alrededor. El cabello de Aiko, antes oscuro como la noche, comenzaba a cambiar. El tinte negro de su melena se transformaba en un vibrante rojo, mientras que la sangre que se acumulaba a sus pies teñía el suelo. Pero justo cuando parecía que se desmoronaría bajo la presión, una gota de su sangre caía al suelo y, de manera misteriosa, su cabello se tornó de un rosado profundo, una señal de su creciente poder y de la transformación que estaba atravesando.
Dajit, siempre observador, notó el cambio en su oponente. Aunque Aiko parecía tener el control, la sangre derramada y el cambio en su apariencia indicaban que no estaba en su mejor momento. El enfrentamiento continuaba de una manera feroz, ambos se daban golpes con una velocidad que desafiaba la comprensión, un torbellino de energía que apenas podía ser seguido por los observadores cercanos.
Al mismo tiempo, Sam, quien había dejado atrás su humanidad para convertirse en una raza de adaptadores, luchaba junto a Dajit. Con una rapidez sobrenatural, Sam aprovechó su nueva forma para atacar a Aiko, golpeando con fuerza y agilidad. Sam, que ya no era limitado por las leyes de la humanidad, ahora poseía una resistencia y adaptabilidad que lo hacían casi imparable, un ser que podía superar cualquier obstáculo físico y psicológico.
En cada intercambio de golpes, las invocaciones que los villanos habían traído al combate desaparecían, como si la destrucción y el caos los estuvieran consumiendo. Dajit y Sam eran ahora los pilares de la ofensiva, luchando con todo lo que tenían para superar a Aiko y su resistencia.
El enfrentamiento entre ellos se convertía en una danza mortal, un juego de poder y destreza, mientras el mundo a su alrededor se desmoronaba. Aunque Aiko resistía, era evidente que las fuerzas estaban en su contra, y su lucha parecía más desesperada con cada segundo que pasaba.
A medida que Aiko se encontraba bajo la presión de la batalla, el sudor resbalando por su rostro y su cuerpo marcado por las huellas de los intensos golpes que había recibido, tomó una decisión crucial. De manera decidida, comenzó a quitarse la pesada armadura y las ropas de combate que, aunque diseñadas para resistir, la hacían sentir incómoda y ralentizaban sus movimientos. Sabía que, para enfrentarse a Dajit y Sam, necesitaba liberarse de todo lo que la limitara.
Al quitarse la armadura y las capas de ropa pesada, su cuerpo quedó al descubierto, dejando que el aire fluyera libremente sobre su piel. Aiko no solo se liberaba de las restricciones físicas, sino también de las cargas mentales que esas prendas representaban para ella, pues siempre le habían resultado una barrera que la frenaba, a pesar de que muchos creían que la protección era esencial.
Ahora sin esas restricciones, se sentía más ligera, más rápida. Aiko sabía que este cambio, aunque arriesgado, era necesario si quería tener alguna posibilidad de igualar a sus oponentes. Mientras sus ropas caían al suelo, sus ojos brillaron con una determinación renovada. Se sentía más libre que nunca, como si esta despojada de su propia armadura pudiera conectar mejor con sus habilidades más profundas.
Con sus movimientos más ágiles y fluidos, Aiko se preparó para enfrentarse a Dajit y Sam con una fuerza renovada. Sin la pesadez de las ropas que la limitaban, su agilidad y destreza en combate aumentaban exponencialmente, y ya no tenía nada que la ralentizara. Su cuerpo, aunque marcado por la sangre y el cansancio, estaba listo para el siguiente intercambio.
El aire alrededor de Aiko se cargó de furia, su cuerpo brillando con un resplandor de enojo mientras las palabras salían de su boca con un tono desafiante. “Si Rigor no me amara, tampoco ustedes lo harán,” dijo con rabia, su voz resonando en el aire como una amenaza. Sus ojos brillaban con un furor imparable mientras se lanzaba hacia Dajit, buscando desahogar su frustración en cada golpe.
Sin embargo, cuando sus puños se estrellaban contra Dajit, algo más estaba ocurriendo. Sam, quien estaba a su lado, parecía anticipar cada uno de los movimientos de Aiko, bloqueando y desviando sus ataques con una facilidad impresionante. Con cada golpe de Aiko, Sam no solo lo recibía, sino que también se adaptaba con rapidez, absorbiendo la fuerza de los ataques de la joven guerrera.
Antes de que Aiko pudiera dar un segundo golpe, Sam se movió como una sombra, logrando cortar la piel de Aiko con una precisión quirúrgica, dejando una marca roja en su torso. El corte, aunque no mortal, era un recordatorio de lo que sucedería si continuaba siendo impulsiva. Aiko, por un momento, sintió el dolor, pero la ira la cegaba tanto que no le dio importancia al corte.
Dajit, observando la escena con calma, no decía palabra alguna, pero su presencia era tan palpable que cada movimiento de Aiko se sentía más pesado y difícil. En ese instante, se hizo evidente que Sam no solo estaba combatiendo con Aiko, sino que también la estaba moldeando, adaptándose a su estilo de lucha y encontrando las debilidades de su oponente. Y mientras Aiko continuaba golpeando con furia, Sam no dejaba de adaptarse, haciendo cada ataque de Aiko más inútil que el anterior.
Dajit se movió con agilidad, sus puños llameando de energía mientras golpeaba a Aiko con rapidez, cada golpe cargado con la fuerza de su determinación. La ligera humedad de su ropa no lo frenaba; su agilidad y destreza eran lo que le daban la ventaja, moviéndose con precisión, esquivando y golpeando en rápida sucesión.
Pero, en un giro de la batalla, Aiko reaccionó con una rapidez sorprendente. Con furia en sus ojos, esquivó algunos de los golpes de Dajit y, al mismo tiempo, lanzó un golpe directo hacia el rostro de Dajit, el cual impactó con una fuerza imparable. El sonido del choque resonó como un trueno, el aire mismo temblando con el poder de ambos golpes combinados.
El impacto fue tan devastador que ambos combatientes fueron lanzados hacia atrás, el terreno alrededor de ellos se desintegró debido a la colisión. La fuerza de los golpes creó un enorme agujero en el suelo, de 50 km de profundidad, como si la tierra misma hubiera sido rasgada por el poder desbordante de su enfrentamiento.
Dajit, al caer hacia el fondo del cráter, se levantó rápidamente, sacudiendo la tierra de su cuerpo, una sonrisa de desafío en sus labios. Aiko, aunque claramente afectada por el golpe, también se levantó, su respiración pesada pero su furia intacta.
Ambos sabían que este enfrentamiento no iba a terminar hasta que uno de ellos cayera, y la batalla estaba lejos de llegar a su fin. El agujero que habían creado en la tierra era solo una pequeña muestra de la magnitud de su combate. La tierra a su alrededor se agrietaba, el aire se volvía denso con la tensión, y ambos luchadores se preparaban para lo que sería el siguiente asalto.
Rigor se lanzó hacia Dark Victor con la velocidad de un relámpago, sus ojos fijos en el objetivo. Con un movimiento preciso, aplicó su ataque, presionando dos puntos vitales en el cuerpo de Dark Victor, el plexo solar y el corazón, forzando al enemigo a desmayarse momentáneamente. La sensación de éxito se reflejó en el rostro de Rigor, que sabía que su golpe había sido efectivo. El Dark Victor colapsó, su cuerpo perdiendo fuerza y cayendo hacia el suelo.
Pero justo antes de perder el control por completo, Dark Victor lanzó un ataque desesperado. Con un último esfuerzo, sus manos se movieron con rapidez, perforando el pulmón derecho de Rigor con una fuerza brutal. El dolor fue instantáneo, atravesando el cuerpo del templario, quien se sintió desgarrado por el golpe.
Rigor cayó de rodillas, la sangre comenzando a brotar de su herida, pero su voluntad seguía intacta. Aunque el daño era grave, su resistencia y capacidad de recuperación eran notoriamente superiores a las de un humano común. A pesar de su estado, Rigor no permitió que su caída fuera el final de la batalla.
Tomando una respiración profunda, y con su piel palideciendo por el dolor, Rigor se incorporó con dificultad, su rostro lleno de determinación. Este enfrentamiento aún no había terminado.
Nyx’thoran, con su presencia imponente, abrió un portal oscuro frente a él, que parecía consumir todo a su alrededor. Con un gesto preciso, extendió su mano hacia Dark Victor, quien todavía se tambaleaba por la brutalidad de la batalla. Sin esfuerzo, Nyx’thoran lo absorbió a través del portal, llevándoselo a la nada absoluta, un espacio donde el tiempo y la realidad no existían, y todo se disolvía en la oscuridad infinita.
Antes de cerrar el portal, Nyx’thoran dirigió su mirada hacia Rigor, quien aún luchaba por mantenerse en pie, su pulmón derecho herido gravemente. La sonrisa de Nyx’thoran era fría, casi burlona, mientras observaba la fatiga y el sufrimiento de su oponente.
Con una calma inquietante, Nyx’thoran cerró el portal con un simple movimiento de su mano, dejando a Rigor solo en el campo de batalla, mientras la amenaza de Dark Victor desaparecía en la nada.
El silencio que siguió fue pesado. Rigor, aún de pie, sabía que el enfrentamiento no había terminado, pero algo dentro de él también le decía que la batalla había cambiado. Nyx’thoran no solo era un adversario formidable, sino también un maestro de manipular el destino y los eventos a su favor.
La batalla se intensificaba, y Dajit, con su mirada fija en Rigor, sintió el peso de la lucha que aún no había terminado. El cansancio comenzaba a pasar factura en su cuerpo, sus movimientos más lentos por las heridas que había recibido. Justo cuando su concentración estaba centrada en Rigor, Aiko aprovechó la oportunidad. Con una velocidad impresionante, disparó un chorro de sangre a presión directo hacia la oreja de Dajit, causando que el pendiente o arcillo que tenía en su oreja se destruyera por completo. El impacto hizo que la fusión que compartía Sam se rompiera instantáneamente, dejando a Dajit vulnerable.
Al sentir el cambio en su poder y la ruptura de la fusión, Dajit comenzó a tambalear, y el espacio a su alrededor pareció oscurecerse. En ese momento, Spajit y Dariel, al notar que ya no estaban fusionadas, se miraron furiosamente, la frustración reflejada en sus rostros. El odio y la ira crearon una tensión palpable entre ambas, y en sus ojos brillaba el deseo de venganza. Sin la fusión, sabían que sus fuerzas no eran tan poderosas como antes, pero su furia solo incrementaba.
Spajit gruñó con rabia, sus puños apretados. Dariel, por su parte, comenzó a reunir energía, y su cuerpo comenzaba a resplandecer con una luz oscura, lista para atacar. Ambas se pusieron en una postura de combate, no solo dispuestas a luchar por su orgullo, sino por la necesidad de vengar la derrota de su fusión y demostrar que aún poseían el poder suficiente para acabar con sus enemigos.
El ambiente se tensaba aún más en el campo de batalla. Sam, sabiendo que su tiempo como invocación estaba por llegar a su fin, se movió con rapidez. Apareció detrás de Aiko, y en un parpadeo, lanzó un corte preciso en su espalda, seguida de una patada rápida que hizo que Aiko tambaleara hacia adelante. En el mismo instante, Sam se desmaterializó de su cuerpo físico, volviendo a su forma espiritual, una presencia etérea que ya no tenía forma tangible.
Antes de desaparecer completamente, Sam miró a Dariel y le dijo en voz baja, como un susurro del viento:
“Nos vemos, Dariel.”
Tras esas palabras, Sam desapareció, su esencia regresando al paraíso al que pertenecía. Aunque su tiempo en la batalla había terminado, su intervención había sido crucial, dejando una sensación de alivio en la atmósfera, aunque la guerra seguía sin pausa.
Mientras tanto, Aiko, afectada por el corte en su espalda y la patada de Sam, luchaba por mantenerse en pie, pero sus fuerzas menguaban. La intervención de Sam no solo había dejado una marca física en ella, sino también en su moral, sabiendo que ahora estaba más sola en la lucha contra estos poderosos enemigos.
Dariel y Spajit no dudaron ni un segundo. Con una sincronización perfecta, ambos atacaron de forma feroz y directa, sus puños impactando en el estómago de Aiko con tal fuerza que la enviaron volando a través del aire, cayendo hacia una montaña cercana. El impacto fue brutal, dejando una onda expansiva que sacudió todo a su alrededor.
Sin embargo, cuando Aiko estaba a punto de chocar contra la montaña, un portal se abrió repentinamente, absorbida por una fuerza externa. Nyx’thoran apareció en el último segundo, con su presencia imponente y calma, agachándose para evitar que Aiko sufriera una caída mortal. Sin que las dos guerreras enemigas lo notaran, Nyx’thoran salvó a Aiko justo antes de que su cuerpo chocara contra la roca.
Nyx’thoran la sostuvo brevemente, mirando a Aiko con una mezcla de indiferencia y curiosidad. Sin palabras, el portal absorbió a Aiko, llevándola a un lugar seguro, lejos del campo de batalla. Cuando Nyx’thoran cerró el portal, la figura desapareció, dejando atrás la quietud de su intervención.
Mientras tanto, Dariel y Spajit observaban sin saber lo que había ocurrido, completamente ajenos al rescate de Aiko. Sus miradas se cruzaron, ambas furiosas por no haber logrado un golpe decisivo, y con la guerra aún lejos de terminar, el campo de batalla continuaba siendo un escenario impredecible.
Dariel y Spajit, con una determinación fría en sus miradas, decidieron que la situación requería un enfoque distinto. A pesar de la furia que aún ardía en sus corazones, no podían dejar que Rigor, quien yacía gravemente herido en el suelo, muriera tan fácilmente. El combate seguía siendo intensamente caótico, pero ellos sabían que incluso el más fuerte podía necesitar ayuda en un momento crítico.
Spajit fue la primera en acercarse a Rigor, su expresión de enfado suavizándose mientras observaba las graves heridas que atravesaban su cuerpo. Juntos, con sus manos extendidas hacia él, comenzaron a canalizar su energía. Dariel, concentrada y tranquila, tocó las heridas de Rigor, utilizando su poder para estabilizar su vitalidad.
El ambiente se llenó de una energía pulsante, mientras Spajit invocaba su fuerza para restaurar lo que pudiera de las heridas de Rigor. La combinación de sus habilidades y su poder conjunto comenzó a sanar lentamente las heridas más graves, pero el proceso era largo, y los segundos parecían alargarse ante la intensidad de lo ocurrido.
Dariel, mientras curaba, lanzó una mirada al horizonte, buscando el campo de batalla aún activo. Sabía que este no era el fin de la guerra, pero al menos podrían tener un respiro, aunque momentáneo.
Spajit habló en voz baja, “No sé por cuánto tiempo más podremos seguir en este combate, pero si Rigor no se recupera…”.
Dariel, con seriedad, interrumpió, “No lo dejaremos caer. Sabemos lo que está en juego.”
Juntos, con cada movimiento y cada palabra, trabajaron sin descanso para sanar a Rigor, sabiendo que su supervivencia sería crucial en la lucha que aún estaba por venir.
El combate entre Regulus y Victor Zombie se intensificó mientras ambos luchaban sin cesar, su poder devastador afectando el terreno alrededor de ellos. El suelo tembló violentamente, y en un abrir y cerrar de ojos, ambos se encontraron cayendo al interior de un volcán activo. La atmósfera se tornó aún más peligrosa mientras la lava burbujeaba a su alrededor, el calor abrasador desintegrando cualquier cosa que se acercara demasiado.
Victor Zombie, con su naturaleza desalmada, lanzó un golpe brutal que envió a Regulus a volar hacia las entrañas del volcán. Pero Regulus, sin perder tiempo, se recuperó rápidamente y contraatacó con un puñetazo certero, lanzando a Victor Zombie hacia la roca caliente, haciendo que se rasgara el magma que burbujeaba bajo sus pies.
Ambos luchadores, incapaces de contener su poder, se desataron en una explosión de fuerza. En un instante, los puños de ambos colisionaron con tal ferocidad que el volcán entero estalló en una lluvia de magma y roca incandescente. La erupción fue tan potente que el aire vibró con su impacto, y enormes fragmentos de lava se elevaron en el cielo, iluminando el paisaje en un resplandor infernal.
La superficie terrestre tembló y la tierra se fracturó, con la lava salpicando y extendiéndose por todo el entorno. Las olas de calor arrasaron con todo a su paso, y el volcán explotó, arrojando fragmentos de tierra y fuego por los aires. Victor Zombie y Regulus, sin embargo, no retrocedieron ni un paso, su lucha solo intensificándose mientras trataban de encontrar la debilidad del otro, sin importar el caos a su alrededor.
Las fuerzas de ambos combatientes seguían rompiendo la realidad, llevándolos a un nivel de destrucción que desbordaba la comprensión, mientras la lava y el calor transformaban todo a su alrededor en un infierno ardiente.
Law y Aracely, padre e hija, avanzaban con determinación mientras luchaban contra Evil Aracely, una versión retorcida y oscura de la propia hija de Law. El enfrentamiento era feroz, con cada golpe resonando como una explosión en el aire.
Ambos, trabajando como un equipo bien sincronizado, atacaron con una velocidad impresionante. Primero, Law lanzó un golpe directo al rostro de Evil Aracely, haciéndola retroceder, mientras Aracely aprovechaba la oportunidad para golpearla con un rodillazo que la mandó a volar por unos metros. La oscuridad que emanaba de la versión maligna de Aracely parecía alimentar la ira de ambos, y su ataque se volvió más salvaje.
Sin embargo, Evil Aracely, al ser herida, reaccionó con una fuerza desmesurada. Su rostro, que había sido golpeado, mostró una mueca de furia y dolor, pero también de poder. Se levantó rápidamente, sacudiendo el polvo y la sangre, y contraatacó, lanzando una serie de golpes rápidos hacia ambos, pero Law y Aracely se mantenían un paso adelante.
Aracely se anticipó al movimiento de su versión maligna, saltando por encima de su enemigo y dándole un codazo en el cuello mientras Law tomaba ventaja para golpearla directamente en el estómago, desintegrando su aura maligna por un momento.
La batalla continuó con una feroz intensidad, pero el vínculo entre padre e hija parecía estar marcando la diferencia. Cada ataque combinado era devastador. Evil Aracely, incapaz de predecir el trabajo en equipo de los dos, retrocedió, y aunque se cubría con rapidez, no podía evitar recibir los golpes que la dejaban debilitada.
Finalmente, el enfrentamiento se tornó aún más brutal, con Law y Aracely atacando con toda su fuerza, buscando derrotar a la versión perversa de Aracely de una vez por todas.
Aracely y Law, ahora juntos como una fuerza imparable, se prepararon para dar el golpe definitivo a Evil Aracely. El ambiente estaba cargado de tensión, con la batalla alcanzando su punto culminante. Evil Aracely, sintiendo que sus fuerzas se desvanecían, intentó girar su cuello, buscando evadir el golpe, pero fue una trampa.
En un rápido movimiento, Law y Aracely no atacaron donde la maligna versión de Aracely esperaba. En lugar de un golpe directo, lo que Evil Aracely vio fue solo un falso movimiento. Aprovechando esa brecha, padre e hija unieron sus fuerzas y cargaron todo su poder en sus puños, que comenzaron a brillar con un resplandeciente color rojo, como si la furia y el dolor de todo lo que habían sufrido se concentraran en esa energía destructiva.
Ambos gritaron al unísono: “¡Destello Rojo!”
Sus puños brillaron intensamente, y en un solo movimiento coordinado, golpearon con toda su potencia directo al corazón de Evil Aracely. El impacto fue brutal, dejando un agujero sangriento en su pecho. La fuerza del golpe fue tal que la propia estructura interna de Evil Aracely parecía colapsar. Sin permitir que su oponente tuviera oportunidad alguna de reacción, Law y Aracely retiraron sus puños con fuerza, dejando una herida mortal que sangraba profusamente.
Pero no terminaron allí. Sin darle tregua, ambos cargaron una segunda oleada de energía en sus puños, y con un grito unificado, golpearon nuevamente en el mismo punto crítico, esta vez con tal fuerza que la vida de Evil Aracely se extinguió en el acto. El golpe no solo destruyó el cuerpo de su enemigo, sino que también creó una enorme explosión de energía, un rayo de poder devastador que rasgó el suelo, creando un cráter de 56 metros de profundidad.
El lugar fue destruido en el proceso, con una onda expansiva que redujo todo a escombros. Evil Aracely cayó al suelo, su cuerpo ya sin vida, mientras la energía de la explosión arrasaba todo a su alrededor.
Aracely y Law quedaron de pie, exhaustos pero victoriosos, con las manos manchadas de sangre y el aire pesado con la tensión de la batalla recién terminada. Habían vengado a sus seres queridos y logrado hacer justicia por todas las pérdidas sufridas.
El silencio que siguió a la batalla fue absoluto, como si el mundo mismo respirara después de un largo suspiro. Aracely y Law se miraron el uno al otro, sabiendo que, aunque la lucha había terminado, el dolor y la tristeza aún perduraban en sus corazones. Sin embargo, con la victoria en sus manos, habían alcanzado la redención.
Nyx’thoran, observando el campo de batalla, vio cómo la vida de Evil Aracely llegaba a su fin, pero no la dejaría ir tan fácilmente. Con su mirada fija en el cuerpo caído de Evil Aracely, decidió intervenir.
Abrió un portal con un simple movimiento de su mano, y en un instante, Evil Aracely fue absorbida por la oscuridad de la nada absoluta. A pesar de la brutal derrota que había sufrido, Nyx’thoran no era alguien que dejara morir a sus piezas tan fácilmente. Sabía que la fuerza de Evil Aracely, aunque oscura y retorcida, aún podría ser útil en el futuro.
El portal se cerró de golpe, sellando a Evil Aracely en un lugar donde ni el tiempo ni el espacio podían alcanzarla, un vacío donde podría recuperarse y ser restaurada, sin que nadie pudiera interferir en su resurgir. A pesar de la derrota, Nyx’thoran la había rescatado de la nada, como una pieza más en su tablero de ajedrez.
Xar’khal y Kageno Kai continuaban su feroz enfrentamiento, sus golpes resonando con tal intensidad que el suelo bajo ellos temblaba. La energía que generaban en cada movimiento destruía el paisaje a su alrededor, creando grietas profundas en la tierra y liberando explosiones de poder que alteraban la misma estructura de la realidad.
Ambos guerreros eran increíblemente poderosos, pero el terreno comenzaba a ceder ante su lucha. En un momento, Xar’khal, con un golpe dirigido a Kageno Kai, perdió momentáneamente el control de su fuerza. El impacto fue tan devastador que Xar’khal mismo fue proyectado hacia atrás con una velocidad asombrosa, atravesando capas de tierra y rocas, hasta que finalmente su cuerpo cayó de manera brutal contra una enorme montaña, haciéndola colapsar bajo su peso.
El eco del choque resonó por kilómetros, y el terreno se desplomó alrededor de Xar’khal, dejando una nube de polvo y escombros en el aire. A pesar del impacto, Xar’khal no estaba derrotado. Su cuerpo, fortalecido por un poder imparable, se levantó lentamente del cráter que él mismo había formado. Su mirada fija en Kageno Kai, sin mostrar ninguna señal de debilidad.
El campo de batalla estaba destrozado, pero la lucha entre estos dos titanes apenas comenzaba. Kageno Kai no dejó de avanzar, consciente de que Xar’khal era un oponente formidable, pero también entendiendo que no podía ceder ni un paso atrás.
Kageno Kai, viendo la oportunidad en la que Xar’khal se volvió momentáneamente inestable, no dudó en pedir ayuda. Fue entonces cuando apareció Reishi, la chica semi-divina con un traje llamativo y robótico que irradiaba una energía letal. Aunque su cuerpo era voluptuoso, su presencia era de poder y precisión. Con un simple gesto, Reishi se transformó en una espada increíblemente afilada y poderosa. Kageno no perdió tiempo y la empuñó, tomando el mango con firmeza. Sus ojos brillaban con una determinación feroz mientras susurraba:
— Corte fricción letal.
Con un movimiento rápido y certero, Kageno Kai ejecutó el ataque, dividiendo a Xar’khal en dos partes. El corte fue tan preciso que no solo partió su cuerpo físico, sino que también fragmentó su esencia. La separación de Xal’Azar, el concepto de la soledad, fue inmediata, y la entidad cayó al suelo, derrotada. Del mismo modo, Karla’k, el dios del caos y concepto del caos, también se desplomó, desmembrado de su propio poder.
Pero cuando un portal apareció para transportar a Xal’Azar fuera del campo de batalla, Nyx’thoran reaccionó rápidamente. Se lanzó hacia el portal para agarrar a Xal’Azar, pero justo antes de que pudiera hacerlo, Kageno Kai, con su espada aún en mano, cortó de nuevo, evitando que Nyx’thoran pudiera llevarse a Karla’k.
Nyx’thoran, sorprendido por la intervención de Kageno, dejó escapar un suspiro. Era una de esas situaciones donde la rapidez de la acción era todo, pero incluso con su poder y su dominio de la nada absoluta, no podía hacer nada contra la habilidad de Kageno Kai.
El campo de batalla, aún envuelto en caos y destrucción, seguía siendo un lugar de lucha sin cuartel, pero Nyx’thoran sabía que la batalla no estaba decidida aún. Sin embargo, en ese momento, la intervención de Kageno Kai había cambiado las reglas del combate, dejando a Karla’k y Xal’Azar en una situación precaria.
Kageno Kai, visiblemente agotado por el combate, dejó escapar un suspiro profundo y se sentó en el suelo. La espada, Reishi, se destransformó de nuevo en su forma original y se acercó al chico, abrazándolo con cariño. A pesar del caos que los rodeaba, ambos compartían un breve momento de calma, buscando refugio en el apoyo mutuo. Kageno, aunque cansado, permitió que el abrazo de Reishi lo relajara un poco.
Mientras tanto, Rigor, ya recuperado de sus heridas, apareció en el campo de batalla. Con rapidez, llevó a Karla’k y Xal’Azar lejos del lugar, teleportándolos hacia un sitio más seguro y apartado: la Academia Historia, un lugar protegido y aislado de la batalla en curso.
Al mismo tiempo, en el campo de batalla, Regulus y Victor Zombie continuaban su feroz enfrentamiento. Regulus, con una fuerza abrumadora, golpeó a Victor Zombie directamente en el pecho, generando una poderosa explosión que parecía haber desintegrado a su enemigo. Sin embargo, Victor Zombie mostró una extraña alegría, ya que se reconstruyó rápidamente, recuperando su forma con una sonrisa en el rostro. La regeneración y la inmortalidad de Victor Zombie parecían no tener fin, lo que lo llenaba de felicidad, como si cada resurgimiento le diera más fuerza.
Pero, el combate no terminó allí. Dark Dariel y Dark Rigor, con su fuerza oscura, se lanzaron contra Dante Megami y Momo Fogosa, golpeándolos con tal fuerza que los enviaron estrellados contra el suelo. La energía desatada por los dos atacantes provocó una explosión masiva que dejó a Dante Megami gravemente herido. Sin embargo, gracias a su habilidad de regeneración, Dante pudo recuperarse rápidamente, aunque aún se encontraba en una situación crítica.
Mientras tanto, Victor Zombie, observando que la batalla no valía la pena continuar, abrió un portal hacia la nada absoluta. De forma similar, Dark Dariel y Dark Rigor, sintiendo que no había más propósito en la pelea, decidieron retirarse. Con una última mirada hacia el campo de batalla, los tres se escaparon, dejando atrás el caos y el sufrimiento.
En ese momento, el campo de combate quedó en silencio, con los héroes aún recuperándose de los efectos de la batalla. Kageno Kai y Reishi, Rigor con Karla’k y Xal’Azar, Dante Megami y Momo Fogosa luchando por mantenerse en pie… aunque el conflicto no había terminado, la retirada de los enemigos significaba que al menos por un tiempo, la guerra se había calmado.
Pero todos sabían que lo que siguiera podría ser aún más devastador.
Kageno Kai, al sentir una presencia aterradora que le heló la sangre, miró a Reishi con seriedad y le dio la orden de transformarse nuevamente en espada. En un instante, Reishi se convirtió en su forma letal, y Kageno la tomó rápidamente, listo para enfrentar cualquier amenaza inminente. Con un movimiento rápido, Kageno se dirigió al lugar donde Jehová aún entrenaba a Nagatchi, el cual estaba enfocado en su proceso de aprendizaje, ajeno a la inquietante sensación que se avecinaba.
Jehová, al notar la presencia de Kageno acercándose, dejó de entrenar y observó con preocupación al joven guerrero. Con una mirada profunda, preguntó: “¿Qué sucede, Kageno?”
Con una expresión grave, Kageno Kai no tardó en responder: “Algo se acerca… algo que ninguno de nosotros puede ignorar. Debemos proteger este mundo.”
Intrigado y alarmado por la seriedad de las palabras de Kageno, Jehová frunció el ceño. “¿Qué es lo que viene, Kageno? ¿Qué tipo de amenaza?”
Kageno, manteniendo su mirada fija y sin titubear, respondió con firmeza: “Los Progenitores… están acercándose.”
Al escuchar este nombre, Jehová dio un suspiro pesado, como si la mención de los Progenitores trajera consigo recuerdos oscuros y pesados de tiempos pasados. Sus ojos se llenaron de comprensión, sabiendo la magnitud del peligro que se avecinaba. “Ya veo… gracias, Kageno. Nos prepararemos.”
Kageno asintió en silencio, reconociendo la gravedad de la situación, y se despidió rápidamente. Sin perder tiempo, volvió a su narrativa, su lugar de origen, donde podría prepararse y evaluar más de cerca lo que estaba por suceder. Jehová, ahora consciente de la amenaza inminente, también se preparaba, con Nagatchi aún sin entender completamente la magnitud de lo que estaba por llegar.
Mientras Kageno Kai se adentraba en su lugar de origen, la sensación de que algo oscuro y destructivo se acercaba se hacía más palpable, como si el universo mismo estuviera temblando ante la llegada de los Progenitores, seres que traían consigo una fuerza antigua y casi incomprensible.
El futuro ahora se encontraba en una línea delgada entre la supervivencia y la destrucción.
Fin.
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