History academy arco 6: El fin del mundo. - Capítulo 86
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Capítulo 86: Episodio 86: Descanso y nuevo conocidos.
Mientras tanto, en los cielos desgarrados por la guerra, Josué alzó la vista desde los altos balcones de la Academia Historia, percibiendo el regreso del director Rigor, herido pero firme, acompañado nada menos que por dos entidades colosales: Karla’k, la deidad del caos y el concepto mismo de la anarquía, y Xal’Azar, la personificación primordial de la soledad. Sus presencias hacían vibrar el aire, como si el espacio mismo se curvase con respeto ante su llegada.
A su alrededor, la escena era un desfile de consecuencias: Dariel, Spajit, Rain, Kyōkō, Joel, Jonathan, Erick Hatake Kurayami, Yuuki Rito, Trapecio, Palitogood, Amsel, Alpaca, Shyki, Fran, Asagi, Sungonkun, Chomosukez, Mariwiwi… y otros tantos héroes caminaban hacia el umbral de la Academia. Algunos con pasos firmes, otros arrastrando heridas físicas o emocionales, con vendas, sangres secas y miradas perdidas… sobrevivientes de una guerra que aún no termina.
Pero fue entonces que el ambiente se congeló.
José, el del presente, apareció por el sendero principal. Su cuerpo cubierto de marcas, su rostro sucio por el polvo de los campos de batalla, pero su mirada… su mirada estaba rota.
Llevaba en brazos el cuerpo sin vida de Melisa del presente.
Silencio absoluto.
El viento cesó. Incluso los pasos de los más ruidosos se detuvieron al verlo caminar. Sus ojos vacíos reflejaban más que dolor: un abismo de impotencia, rabia contenida, y una resignación que quemaba más que cualquier herida abierta. No lloraba. No podía. Su alma estaba demasiado ocupada intentando no romperse.
Dariel lo observó y apretó los dientes. Spajit desvió la mirada. Rigor inclinó apenas la cabeza, con respeto. Incluso Xal’Azar y Karla’k, entidades tan lejanas al entendimiento humano, guardaron silencio ante esa escena.
Y así, José avanzó entre los héroes, cargando el peso del cuerpo… y el de la pérdida.
El eco de sus pasos parecía retumbar en cada rincón de la Academia Historia, anunciando que, aunque la batalla había terminado por ahora… el precio de la victoria aún se seguía pagando.
José caminó en silencio por los pasillos interiores de la Academia Historia, cargando aún el cuerpo sin vida de Melisa del presente. Los corredores estaban quietos, como si los muros mismos entendieran la gravedad de su andar. Finalmente llegó a la morgue, una sala fría, sobria, donde la muerte se archivaba en silencio.
Ahí, sobre una camilla metálica, descansaba también el cuerpo sin vida de otro héroe caído: José del futuro. El mismo que había traído consigo a la Melisa del futuro, antes de enfrentar su última batalla.
José del presente depositó el cuerpo de Melisa del presente junto al suyo, sin decir palabra. Sus manos temblaron un segundo al soltarla, como si su alma no quisiera dejarla ir del todo, como si cada célula de su cuerpo le rogara que esa no fuera la despedida.
Fue entonces que Melisa del futuro se acercó. Lenta, como si sus pies pesaran toneladas. Sus ojos, aún húmedos, se clavaron en el cuerpo del José del futuro, ese hombre que amó hasta el final, que murió para que otros vivieran.
Y en medio del silencio, apareció Liesel. Tan joven, pero con una expresión que parecía arrastrar mil guerras internas. Su mirada estaba desgastada, más allá de lo que su corta edad debería permitir. Observó los dos cuerpos, sin necesidad de palabras. En su rostro, el duelo no era nuevo. Había perdido mucho antes, y ahora… otra vez.
Se quedó de pie, cerca, pero no demasiado. Respetando ese momento íntimo de quienes lo habían perdido todo.
En la morgue solo se escuchaba el leve zumbido de las luces y el eco distante del viento afuera. La Academia Historia había ganado la batalla… pero en esas camillas, y en los ojos rotos de quienes miraban, estaba claro que la victoria no había sido sin costo.
Liesel se acercó al cuerpo de José del futuro con la serenidad que solo los años de experiencia podían otorgar. Se colocó los guantes con manos firmes y sacó sus herramientas de precisión de su maletín. Aunque por dentro dolía, por fuera su rostro seguía siendo una máscara de temple. En su pecho ardía la pérdida, pero su deber era claro.
—Primero… signos vitales previos a la muerte —murmuró para sí misma mientras se inclinaba sobre el cuerpo del héroe caído.
El pecho de José del futuro tenía varios agujeros, algunos de los cuales atravesaban hasta la espalda. Quemaduras marcaban zonas amplias de su torso, la camisa hecha jirones no cubría casi nada. Su brazo derecho, o mejor dicho, lo que quedaba de él, terminaba en una herida limpia pero mal cerrada. Liesel frunció el ceño.
—Amputación durante el combate… no quirúrgica. Posiblemente por un corte dimensional o un ataque de alta precisión. Y aún así… siguió luchando.
Pasó los dedos, con cuidado, por la piel ennegrecida. Observó las pupilas dilatadas, signo claro de muerte reciente y abrupta.
—Adrenalina al máximo, incluso en sus últimos segundos. No murió de inmediato… soportó el dolor.
Con un suspiro, Liesel tomó nota mental de cada detalle. La disposición del cuerpo, la rigidez, las marcas, las heridas internas visibles desde las perforaciones. José del futuro había peleado hasta su última gota de fuerza. Había muerto como un titán… de pie.
Se giró brevemente hacia Melisa del futuro, quien aún lo observaba en silencio. Y por un momento, el temple profesional de Liesel se quebró un poco.
—Lo dio todo por ti… por todos —susurró, apenas audible, antes de volver a enfocarse en su trabajo.
Ahora iría al cuerpo de Melisa del presente, pero algo en su mirada mostraba que esa autopsia dolería más.
Liesel se acercó lentamente al segundo cuerpo. Esta vez, el de Melisa del presente. No fue más fácil que el anterior. Tomó aire profundamente y se colocó frente a ella, observando el cuerpo aún inerte, tendido sobre la mesa metálica de la morgue. En su rostro aún quedaba el eco de una expresión determinada… como si incluso al morir, su alma no se hubiera rendido.
—Necesito ver cada daño… sin excepción —susurró, con voz firme. Como profesional, lo sabía: debía desnudar el cuerpo para comprender qué pasó realmente.
Quitó con delicadeza la ropa rasgada, revelando el daño real. Allí estaba: el único golpe letal, limpio y brutal. Una herida de entrada directa al corazón, perfectamente centrada. Liesel entrecerró los ojos.
—Una lanza… precisa, fría. No hubo dudas al momento de atacar —dijo, más para sí que para alguien más.
Al inspeccionar el cuerpo, notó cómo la herida atravesaba completamente, tanto el pecho como la espalda. Un tajo mortal que no dejó tiempo de reacción. Cuando subió la mirada hacia el rostro, algo la hizo detenerse. Observó las pupilas… diferentes a las de José. Estas no estaban dilatadas como producto del dolor o del impacto lento. Estas… eran fijas, congeladas… pero había algo más.
Se acercó, enfocándose en los ojos.
Las venas… estaban visiblemente rojas, marcadas, como si la presión o una emoción intensa hubiese hervido dentro de ella segundos antes de morir. Ira… enojo… quizás impotencia.
—No murió con miedo —dijo en voz baja—. Murió con rabia. Como si hubiera querido seguir… como si hubiera tenido algo más que decir, algo más que proteger.
Tomó nota. Las heridas, la reacción del cuerpo, el rostro. Todo indicaba que había sido un solo ataque… pero con una carga simbólica tremenda. Aquella lanza no solo le quitó la vida. Fue un mensaje, una ejecución con significado.
Liesel se mantuvo en silencio unos segundos más, y finalmente susurró con pesar:
—Quien la mató… lo hizo sabiendo exactamente a quién estaba destruyendo.
Luego cubrió de nuevo el cuerpo con respeto. Aún tenía trabajo por hacer, pero en ese instante, Liesel sentía más el peso del alma que el del cuerpo.
Liesel se apartó de las camillas, cubriendo con cuidado ambos cuerpos. Observó a José del presente y a Melisa del futuro, sus rostros consumidos por el dolor, por la pérdida… y también por la necesidad de respuestas.
—Ambos merecen descanso —dijo con la voz serena pero firme—. Le daremos un entierro digno a cada uno. No fueron solo guerreros… fueron personas que amaron, lucharon y protegieron hasta el final.
La sala quedó en silencio por un momento. Solo el zumbido bajo de las máquinas llenaba el aire frío y metálico de la morgue.
En ese instante, la puerta se abrió con un chirrido tímido.
—¡Lo siento, lo siento mucho por llegar tarde! —se escuchó una voz joven y algo nerviosa.
Liesel volteó suavemente, sin perder la compostura. Ahí estaba, entrando con algo de torpeza y cargando una pequeña libreta bajo el brazo: Tanjin Ranking, su nuevo alumno en prácticas de patología forense.
El chico se cuadró lo mejor que pudo, notando el ambiente pesado en el aire y el aura de respeto que rodeaba los cuerpos cubiertos.
—Maestra Liesel… no quería ser irrespetuoso. Me retrasé al cruzar la sala principal. Había muchos heridos.
Liesel lo observó unos segundos, midiendo su energía. Luego asintió lentamente.
—No llegas tarde, Tanjin. Llegas justo en el momento en que puedes aprender algo más importante que la teoría: el respeto por la vida… y por la muerte.
Tanjin bajó la mirada, entendiendo. Dio un paso hacia adelante, más calmado ahora.
—¿Quiénes… son ellos?
Liesel se giró hacia los cuerpos una vez más, sus ojos cargados de sabiduría y dolor contenido.
—Héroes. Amaron como pocos… y cayeron luchando. Lo mínimo que podemos hacer por ellos ahora… es entender lo que dejaron atrás.
Emi, Josué y Leonel entraron a la sala de la morgue, donde los cuerpos de los caídos yacían cubiertos en las camillas. El aire estaba impregnado con la pesadez de la muerte, y el ambiente cargado de dolor se acentuaba con cada paso que daban.
Al ver los cuerpos, la realidad de lo que había sucedido los golpeó con fuerza. Emi fue la primera en acercarse a uno de los cuerpos, que tenía el rostro parcialmente cubierto. Sus ojos se llenaron de tristeza y, al retirar ligeramente la tela, vio a José del futuro, el chico que una vez había luchado a su lado y les había salvado la vida en una de las batallas más oscuras.
—Él… —empezó Emi, su voz quebrada.— ¿Cómo fue que esto pasó?
Josué se quedó quieto por un momento, mirando el cuerpo sin poder articular palabra. Su mente recorría las memorias de aquellos momentos en los que habían sido rescatados, cuando José del futuro había sacrificado todo por ellos, siempre con una sonrisa, siempre con esa calma inquebrantable.
—Era… nuestro amigo. Nunca pensé que veríamos algo así —dijo Leonel, con la voz rasposa de tanta angustia.
Emi apartó los ojos de José del futuro y se giró hacia Melisa del presente, cuyo rostro ya estaba cubierto, pero el dolor aún se percibía en cada rincón de la morgue. Su respiración se volvió más agitada, y una lágrima resbaló por su mejilla. Melisa había caído en la batalla, enfrentando lo inimaginable, con la misma valentía que José del futuro.
—Esto no puede ser real —susurró Josué, tomando una profunda respiración para calmarse. No había suficiente espacio para entender cómo su vida había cambiado tan drásticamente en tan poco tiempo. —Los dos… merecían algo mejor.
Emi se acercó a Josué, apoyando su mano sobre su hombro, como un gesto de consuelo. Sabían que no había palabras suficientes para curar el dolor de la pérdida, pero al menos estaban juntos, compartiendo ese sufrimiento en silencio.
En ese momento, Leonel hizo una ligera reverencia ante los cuerpos. Sabía que no podían hacer nada por ellos ahora, pero sí podían honrarlos.
—Por lo menos… les daremos el descanso que merecen. Los luchadores, los amigos. Y todo lo que quedó de ellos, lo llevaremos con nosotros para que su sacrificio no sea en vano.
Emi asintió, su mirada fija en los cuerpos.
—Nada de esto será en vano. Haremos que su lucha viva en nosotros.
Cookie, Manu, Star y Dayana, aunque nuevos en la academia, han sido asignados bajo la tutela de Liesel, que es una maestra excepcional en el arte de la patología y el análisis forense. Aunque provienen de una área distinta, su potencial ha sido reconocido, y ahora forman parte del grupo diverso de estudiantes que Liesel guía y enseña.
Cookie, a pesar de ser la más joven con 17 años, tiene una determinación única que la ha llevado a destacarse en su disciplina. Su curiosidad insaciable y una mente brillante la hacen destacar, aunque aún tiene mucho por aprender. Manu, con 18 años, tiene una gran habilidad para conectar con los demás, lo que lo convierte en un líder natural, pero también un alumno que busca entender los matices de cada situación. Star, también de 18 años, es una persona reflexiva y analítica, siempre pensando más allá de lo obvio. Su habilidad para procesar información de manera profunda le permitirá sobresalir en su campo. Dayana, la mayor de todos a los 19 años, tiene una perspectiva más madura y una gran capacidad para comprender la gravedad de cada situación que enfrenta. Su enfoque serio y disciplinado la hace ideal para aprender bajo la tutela de Liesel.
Cada uno de ellos, con sus diferentes fortalezas y debilidades, ahora se enfrentará a las complejidades de su formación en una academia que los desafiará tanto en lo intelectual como en lo emocional. Juntos, aprenderán a manejar no solo los conocimientos de la anatomía y la medicina forense, sino también las dificultades de un mundo lleno de desafíos inesperados y secretos por descubrir.
Grecia, una chica nueva, entró al salón de clases con la energía de quien busca un nuevo comienzo. Sin embargo, su entrada fue un tanto torpe; casi cayó sobre los estudiantes al tropezar con sus propios pies. Esto llamó la atención de todos en el aula, pero su caída fue detenida rápidamente por un par de manos que la estabilizaron, aunque la situación resultó ser un tanto cómica. A pesar de la vergüenza evidente en su rostro, Grecia se recuperó rápidamente, sonriendo nerviosamente mientras se disculpaba con los demás. No parecía ser alguien que se dejara abatir por pequeños tropiezos, y su actitud positiva rápidamente ganó la simpatía de los que la rodeaban.
José del presente y Melisa del futuro, quienes observaban desde una esquina, no pudieron evitar notar la atmósfera cambiante del salón. La academia estaba llena de jóvenes con potencial, aunque todos parecían estar marcados por las cicatrices de batallas pasadas, tanto físicas como emocionales. José, con su mirada profunda y fatigada, seguía procesando la tragedia que los había golpeado, y Melisa, con una serenidad extraña para alguien tan joven, parecía estar aún absorbida por el duelo y la confusión de lo que había ocurrido.
A su lado, los alumnos de Liesel. Emi, Josué y Leonel, también eran testigos de la nueva dinámica que Grecia traía consigo. Aunque eran parte de otro grupo bajo la tutela de Liesel, la interacción con los demás alumnos de Victor les resultaba intrigante. Emi, con su naturaleza analítica, observaba a Grecia con curiosidad, mientras que Josué y Leonel, más impulsivos y extrovertidos, intercambiaban miradas entre ellos, ya imaginando cómo encajaría la nueva chica en el grupo.
Las miradas entre los alumnos de Liesel y los de Victor se cruzaron, y una sensación de camaradería e incertidumbre llenó el aire. Los recuerdos de las batallas pasadas seguían presentes, pero las nuevas caras, las nuevas historias, les ofrecían también una sensación de esperanza. Grecia, Emi, Josué, Leonel y los demás estudiantes, todos con sus propios desafíos por enfrentar, comenzarían a caminar juntos en una academia donde la historia se escribe día a día, y donde cada paso los acercaba más a la respuesta de quiénes eran y quiénes llegarían a ser.
Emi, con su mirada seria y determinada, rompió el silencio en la habitación. Su voz, cargada de un tono firme pero pragmático, resonó entre los presentes. “Tendríamos que ir a por Victor”, dijo, dirigiéndose a los demás, “y pedirle que nos ayude. Quizás él, si estuviera aquí, nos diría que entrenemos más, que necesitamos a las personas más muertas.”
Su propuesta, aunque directa, reflejaba una mezcla de urgencia y aceptación de la realidad que enfrentaban. Emi sabía que, en situaciones como esa, la supervivencia y el poder eran esenciales, y no bastaba con entrenar a aquellos que ya tenían habilidades excepcionales. “Las muertes… las pérdidas… nos han dejado en un estado de vulnerabilidad”, continuó, mirando a los demás, “pero tal vez con su ayuda, con la experiencia y el conocimiento de Victor, podamos prepararnos para lo que venga.”
Josué y Leonel intercambiaron miradas antes de asentir con la cabeza. Sabían que Emi tenía razón, aunque la propuesta de ir tras Victor no era sencilla, no podían ignorar que su mentor poseía una vasta experiencia en la guerra y el entrenamiento, y había sido quien los guiaba hasta ahora. Su presencia, aunque distante, era una pieza fundamental en sus vidas.
Grecia, aún recién llegada, no entendía completamente el contexto, pero pudo percibir la seriedad con la que los demás tomaban la situación. “¿Victor? ¿El mismo Victor que nos enseñó a luchar?”, preguntó, queriendo comprender mejor. “¿Por qué él sería importante ahora?”
Emi, sin perder la concentración, respondió: “Victor no solo es un guerrero formidable. Él tiene un conocimiento profundo de cómo enfrentarse a lo imposible. Si queremos ganar la batalla que se nos avecina, necesitamos aprender de los mejores, y él es uno de esos pocos que aún sigue con vida, a pesar de todo lo que hemos perdido.”
Liesel, que había estado escuchando atentamente desde la puerta del aula, se acercó al grupo con una expresión pensativa. “Si realmente van a buscarlo, deben estar preparados para lo que eso implique. Victor tiene una forma de entrenar… que no es fácil. A veces, puede parecer cruel, pero es necesario para sobrevivir en este mundo.”
Con esas palabras, el aire en la sala se cargó de una nueva sensación de resolución. Todos sabían que, al buscar a Victor, estarían dando un paso hacia un futuro incierto, pero también sabían que era un paso que tenían que dar si querían tener alguna posibilidad de enfrentar lo que estaba por venir.
Jess y César eran nuevos estudiantes en la academia, pero con habilidades que los distinguían rápidamente del resto. Ambos controlaban la sangre, una habilidad rara y peligrosa que podía ser tanto un don como una maldición. Jess, con su apariencia tranquila y mirada profunda, tenía la capacidad de manipular la sangre ajena a nivel molecular, pudiendo detener la circulación de un ser vivo con solo un gesto. César, por otro lado, podía controlar la sangre de manera más agresiva, manipulando los líquidos vitales de manera que podía usarlos como armas, creando lanzas y espadas de sangre o incluso controlando el flujo sanguíneo para forzar a los enemigos a ceder.
Sin embargo, a pesar de sus habilidades poderosas, Jess y César sabían que carecían de la experiencia necesaria para usar sus poderes con total control y eficacia en el campo de batalla. Por eso, su único camino hacia el verdadero dominio de su arte era a través del entrenamiento. Y la única persona capaz de entrenarlos adecuadamente no era otro que Dariel, la esposa de Rigor, quien tenía un vasto conocimiento sobre técnicas de combate, control de poder y estrategias de supervivencia.
Dariel, con su seriedad y enfoque meticuloso, siempre había sido conocida por su capacidad de enseñar a los más poderosos, despojándolos de sus debilidades y ayudándolos a comprender el verdadero potencial de sus habilidades. A pesar de su amor incondicional por Rigor, su lealtad a la academia y su compromiso con el bienestar de los estudiantes la hacían una figura respetada y temida en igual medida.
Jess y César se acercaron a ella, sabiendo que solo ella podría guiarlos para perfeccionar sus habilidades y llevarlas al siguiente nivel. Dariel, al ver el potencial de ambos, aceptó ser su mentora, pero dejó claro que el entrenamiento no sería fácil. Los desafiaría a niveles que no esperaban, buscando no solo fortalecer su control sobre la sangre, sino también su resistencia mental y emocional. “No será solo un entrenamiento físico”, les dijo, “la verdadera batalla comienza dentro de ustedes mismos. Si no pueden dominar su mente y sus emociones, perderán el control de su poder.”
Con esas palabras, los dos nuevos estudiantes de la academia se prepararon para lo que prometía ser un entrenamiento intenso y arduo, con la esperanza de convertirse en guerreros capaces de enfrentar cualquier desafío que se les presentara.
Emi, con su mente estratégica y calculadora, había analizado todos los factores que rodeaban la misión. Sabía que el desgaste de poder de los demás miembros del grupo era significativo, y que era crucial no sobrecargar a quienes aún quedaban con energías limitadas. José del presente, aunque también había gastado mucho poder, tenía la capacidad de resistir un poco más y seguir adelante. Era un guerrero fuerte, y Emi confiaba en él, pero aún así no podía evitar la preocupación que se asentaba en su pecho.
La idea era que José fuera solo para evitar que los demás se agotaran por completo. Ellos, los que quedaban atrás, estarían en constante vigilancia, observando cualquier movimiento que pudiera poner en peligro la misión. Emi tenía que asegurarse de que, aunque José fuera solo, no lo estuviera realmente. El resto del grupo estaría dispuesto a intervenir en caso de que algo sucediera, pero su objetivo principal sería que todo saliera según lo planeado sin llamar demasiado la atención.
Emi se acercó a José, le explicó su razonamiento y le aseguró que, aunque no sería fácil, confiaba en su habilidad para completar la misión. Además, le dio algunas indicaciones, detallando cómo podrían manejarse las situaciones imprevistas. Le recordó que él no estaba solo en este, aunque físicamente fuera así. La vigilancia era clave. No podían permitir que el enemigo los sorprendiera.
José, aunque comprendía la gravedad de la situación, se mostró determinado. Había pasado por pruebas más difíciles, y ahora sentía que la única forma de avanzar era enfrentarse a lo desconocido con valentía y confianza. La mirada de Emi le dio fuerzas, pues sabía que, aunque no lo dijera en voz alta, Emi había preparado todo para que no estuviera solo, incluso si sus amigos no podían acompañarlo físicamente.
A medida que Emi terminó de explicar todo, se despidió de José con un gesto firme, casi como un silencioso recordatorio de la importancia de lo que estaba a punto de hacer. Él asintió y, con su determinación renovada, partió hacia su destino mientras los demás se preparaban para monitorear la situación desde lejos.
José respiró profundamente, sintiendo el peso de la misión en sus hombros. Sabía que esta no era una tarea fácil, pero estaba decidido a llevarla a cabo. Después de todo, la razón por la cual había comenzado todo esto era recuperar a su padre, Víctor, y restaurar lo que se había perdido. La idea de estar solo lo inquietaba, pero también sabía que era necesario para lograr su objetivo. Los demás no podían arriesgarse a quedar fuera de combate con la cantidad de poder que ya habían utilizado.
Al darse la vuelta, vio cómo el portal se abría frente a él. Sabía que detrás de esa abertura había algo que podría cambiar todo. La puerta parecía inofensiva, pero José entendía que llevaría a un lugar donde nada era seguro ni predecible. Era la nada absoluta, un espacio vacío donde la realidad misma parecía desmoronarse. Un lugar de difícil comprensión, donde las leyes de la física y el tiempo no necesariamente aplicaban.
Jehová, desde su punto desconocido, había hecho posible la creación de ese portal, escuchando el llamado de José y respondiendo a su necesidad. No era casualidad, pues había en sus palabras una fuerza especial que alcanzó a resonar incluso en la vastedad del universo. José no sabía cómo Jehová lo había hecho, ni por qué, pero sabía que no podía dudar.
Con un último vistazo al mundo que dejaba atrás, José dio el paso hacia el portal. Su cuerpo fue atravesado por la abertura como si estuviera sumergiéndose en una corriente invisible, sintiendo un estremecimiento a medida que la realidad de su entorno cambiaba de forma tangible. La luz a su alrededor se desvaneció en un parpadeo, dejándolo rodeado por un vacío interminable.
El frío de la nada absoluta lo envolvió inmediatamente, pero José mantuvo la calma. Sabía que debía enfocarse en su misión, que no podía permitirse ser superado por la incertidumbre de ese lugar extraño. Con su puño apretado y el pensamiento fijo en Víctor, José comenzó a caminar en la oscuridad infinita, esperando encontrar alguna señal, algún indicio de lo que debería hacer a continuación.
La nada absoluta era silenciosa, desolada, pero José no permitió que esa quietud lo desbordara. Sus pasos resonaban en la quietud del vacío. Se mantenía alerta, sabiendo que la ausencia de luz podría esconder peligros aún más grandes que los que ya había enfrentado.
José flotaba en la nada absoluta, su cuerpo suspendido en un vacío total donde ni el sonido ni la luz podían alcanzarlo. Estaba acostumbrado a la incomodidad de la oscuridad, pero este lugar era diferente, no había nada tangible, solo una sensación de desorientación. En medio de esa vastedad, su mirada se fijó en algo que destacaba: un cubo flotante, suspendido sobre un pedazo de espacio sólido.
La estructura era extraña, como si fuera una representación de algo más allá de la comprensión humana. El cubo no era solo un objeto, parecía contener una esencia que atraía la atención de José, como si tuviera un propósito más allá de su existencia física. La superficie del cubo reflejaba una extraña luz, pero no era luz en el sentido común, sino algo más que afectaba el espacio mismo. Era como si ese cubo fuera el núcleo de todo el vacío que lo rodeaba, una pieza clave que parecía conectar lo que quedaba de realidad con la nada misma.
José se acercó con cautela, sintiendo que algo lo llamaba, aunque no podía identificar qué exactamente. De repente, una presencia se hizo sentir en ese espacio. Oscuras siluetas emergieron de la nada, y José pudo reconocerlas al instante: Dark Victor y los demás con los que había peleado. Los rostros de aquellos que habían estado en combate con él, algunos más oscuros, distorsionados por el poder que ahora los definía, pero todos ellos inconfundibles. Cada uno tenía una presencia tan potente que la nada misma parecía volverse más densa a su alrededor.
Dark Victor, con su mirada fija y su poder inquebrantable, observó a José. No hubo palabras entre ellos, solo un entendimiento tácito de que las reglas del combate no aplicaban aquí, en este lugar. José sentía que el cubo tenía algo que ver con ellos, tal vez con la razón por la cual se encontraban en este espacio tan distorsionado. Todo parecía un campo de pruebas, donde las líneas entre la vida y la muerte, entre la realidad y la ilusión, se desdibujaban.
José no se detuvo. Sabía que no podía, no debía dudar. “Este lugar no es lo que parece,” pensó mientras su mente trataba de comprender el propósito de este cubo flotante. De alguna manera, sentía que lo que estaba por ocurrir cambiaría el curso de todo lo que conocía. Había algo dentro de él que se despertaba, una fuerza que no comprendía por completo, pero que sabía debía usar para enfrentar lo que estaba por venir.
De repente, Dark Victor y los demás comenzaron a moverse hacia el cubo, como si estuvieran en un trance. Sus ojos brillaban con una intensidad desconocida, y el cubo comenzaba a resonar, emitiendo una energía que parecía conectar todos los puntos de la nada absoluta. José sintió que algo se estaba activando, y que él no podía quedarse atrás.
Con un impulso de determinación, José avanzó hacia ellos, dispuesto a descubrir lo que ocultaba ese cubo y, más importante aún, cómo podría usarlo para traer de vuelta a su padre, Víctor, y cambiar el curso de la historia. La batalla por el control de la realidad estaba por comenzar.
José, con la rapidez que solo el impulso de la desesperación podía otorgarle, tomó el cubo divino o perfecto con una firmeza inquebrantable. Los ojos en el cubo, que parecían observarlo con una conciencia más allá de la comprensión, eran tan reales que José no pudo evitar sentir una conexión directa con ellos. Esos ojos, con su color café, no podían ser una coincidencia. “Esos ojos…” pensó José, “Solo él tiene esos ojos… mi padre.”
La verdad le golpeó con fuerza. Su padre, Víctor, estaba dentro de ese cubo, atrapado o, tal vez, transformado por el poder que emanaba de él. Aunque el nombre del cubo no era importante en ese momento, lo que sí lo era era que su padre estaba allí, y José no podía permitir que nada ni nadie lo interrumpiera.
Sin pensarlo dos veces, José deshizo la conexión con la nada absoluta, lanzándose hacia un portal abierto, con el cubo firme en sus manos. Sin embargo, Dark Victor no iba a dejarlo escapar tan fácilmente. En el instante en que José comenzó su fuga hacia la realidad, Dark Victor, usando su velocidad y poder, intentó golpearlo con fuerza. La oscuridad de su golpe era brutal, pero José, con la determinación en sus ojos, esquivó el ataque.
“No me detendrás…” pensó mientras aceleraba aún más, su cuerpo cargando con la energía de una voluntad que no podía ser rota.
Finalmente, justo cuando Dark Victor estaba a punto de alcanzarlo, José logró atravesar el portal, llevándose consigo el cubo divino. Antes de que cualquier otra entidad pudiera seguirlo, destruyó el portal, asegurándose de que ningún enemigo pudiera seguirlo a través de esa brecha en el espacio-tiempo.
Al salir del portal, José aterrizó suavemente en el suelo de la Academia Historia, en el mismo lugar que tantos eventos cruciales habían tenido lugar. El cubo brillaba con una energía sobrenatural, colocando a todos los presentes en alerta, pero José no se detuvo. Con el cubo aún en sus manos, se acercó al suelo y lo dejó allí, en el mismo lugar donde él y su padre una vez habían compartido momentos. La Academia Historia se sentía ahora como un santuario, un punto de convergencia entre la vida y la muerte, entre el pasado y el futuro.
José sabía que lo que había hecho era solo el comienzo. Lo que sucediera a partir de ahora dependería del poder contenido dentro de ese cubo y de la lucha que tenía que librar para salvar a su padre. Sin embargo, un sentimiento de calma lo invadió al saber que, por fin, había dado el primer paso hacia lo que necesitaba para cambiar la historia.
José, con la mirada fija en el cubo divino, sintió una mezcla de desesperación y esperanza. Sabía que lo que tenía entre manos no era algo común; ese cubo tenía un poder vasto, incomprensible, y su padre estaba atrapado dentro, o al menos, eso era lo que él creía. La situación era urgente, pero había algo que aún no entendía completamente: ¿Cómo abrir este cubo sin que su padre quedara atrapado en una dimensión aún más oscura?
En ese momento, escuchó pasos. Rain, el chico cósmico y poderoso que había aparecido varias veces en momentos de necesidad, se acercó con una calma inusitada, como si todo el caos que los rodeaba fuera solo una pequeña perturbación en su eterno viaje. Sus ojos brillaban con un resplandor similar al de las estrellas más lejanas, como si cargara con el peso del universo mismo.
“José…” dijo Rain, en un tono que, aunque suave, resonaba con una autoridad cósmica. “Sé lo que intentas hacer. El cubo… es algo más de lo que parece. Si tu padre está realmente atrapado allí, liberarlo no será fácil.”
José, apretando el cubo contra su pecho, miró a Rain con una mezcla de gratitud y desesperación. “Por favor, ayúdame. No sé cómo abrirlo, pero si puedes sentir lo que yo siento, sabes que mi padre está ahí. ¿Puedes usar tu poder para liberarlo?”
Rain estudió el cubo por unos segundos, su mirada tan profunda como un agujero negro. “Este cubo no es solo un contenedor físico, José. Es una prisión, una prisión cósmica. Y para abrirlo, no solo necesitamos fuerza, sino la comprensión de lo que contiene. Este cubo está lleno de dimensiones más allá de las que conocemos, y romperlo sin cuidado podría liberar algo más… algo que ni siquiera tú y yo podríamos controlar.”
José asintió, pero su urgencia no disminuyó. “No tengo tiempo para esas advertencias. Mi padre está dentro, y no puedo dejar que se quede allí. Por favor.”
Rain miró al chico con una mezcla de pesar y determinación. “Entiendo tu dolor, José. Pero liberarlo sin las precauciones adecuadas podría ser un error fatal. Sin embargo… si confías en mí, puedo usar el poder cósmico que llevo para intentar abrirlo de manera controlada. Pero necesitarás estar preparado para lo que venga después. Porque, al abrirlo, no solo liberaremos a tu padre… también liberaremos lo que está conectado con él.”
José, sin dudarlo, asintió. “Estoy listo. Hazlo.”
Con un suspiro, Rain extendió sus manos hacia el cubo, su energía cósmica comenzando a manifestarse a su alrededor. Una vibración suave, casi imperceptible, recorrió el aire, y el cubo comenzó a emitir un brillo tenue. Los ojos dentro del cubo parecían intensificarse, observando a Rain y a José, como si estuvieran anticipando lo que sucedería a continuación.
Rain cerró los ojos y comenzó a murmurar palabras que José no pudo entender, pero que resonaron profundamente en su alma. A medida que lo hacía, una fuerza invisible comenzó a desatarse, y el cubo empezó a abrirse lentamente, como si el universo mismo estuviera cediendo ante la voluntad de Rain.
De repente, un destello cegador surgió del cubo, y la realidad misma pareció distorsionarse alrededor de ellos. José sintió una presión abrumadora en su pecho, como si estuviera siendo arrastrado hacia algo mucho más grande que él. En ese momento, todo lo que conocía parecía desaparecer en un torbellino de luz y oscuridad.
Finalmente, el cubo se abrió completamente, revelando una vasta oscuridad en su interior. Y dentro de esa oscuridad, una figura familiar comenzó a emerger: Víctor, su padre, aún con vida, pero envuelto en una energía que parecía no ser de este mundo.
José dio un paso adelante, pero algo extraño sucedió. Antes de que pudiera acercarse más, una energía oscura, tan antigua como el propio cosmos, comenzó a extenderse desde el cubo hacia el exterior, envolviendo todo a su alrededor.
“¡José, retrocede!” gritó Rain, tratando de alejarlo, pero ya era demasiado tarde. La entidad que estaba atrapada dentro del cubo no era solo su padre… Algo más había sido liberado, algo que podría cambiar el destino de todo lo que conocían.
José miró a Rain, sintiendo el peso de la situación en sus hombros. El viaje para rescatar a su padre apenas comenzaba, y no sabía si lo que habían desatado sería más grande de lo que podrían manejar. Pero una cosa era segura: no se detendría hasta que lo tuviera de vuelta.
Victor, al observar cómo el cubo divino o perfecto se destruía ante él, sonrió con una mezcla de satisfacción y desconcierto. La energía liberada por el cubo había sido tan intensa que su cuerpo temblaba ligeramente de la magnitud del poder que acababa de absorber. La camisa negra que llevaba estaba rasgada, pero su mirada era fría, calculadora. Sabía que, al liberar su poder de esa manera, había alcanzado un nivel completamente diferente. Ya no era el mismo, había trascendido algo más allá de la comprensión común.
Con un movimiento rápido, Victor salió disparado hacia el techo de la Academia Historia. Su velocidad era tal que el impacto no solo retumbó, sino que hizo que varios trozos del techo se cayeran a su alrededor. Allí, suspendido en el aire, se quedó observando el paisaje, la vastedad del lugar, como si todo estuviera a su alcance. Sin embargo, su concentración no estaba en el ambiente, sino en las presencias que sentía a su alrededor.
El poder que emanaba de Karla’k y Xal’Azar no era nada nuevo para él. De alguna manera, esas entidades primordiales, con su poder ancestral, siempre habían sido una constante en su vida. Pero lo que realmente le sorprendió fue la ausencia de una presencia que debería haber sentido sin lugar a dudas: José del futuro. La energía que él había sentido anteriormente parecía haberse desvanecido, como si el futuro mismo estuviera siendo alterado. Algo no encajaba.
Victor frunció el ceño mientras sus ojos recorrían la Academia, sus sentidos buscando cualquier señal de su otro yo, el que había viajado desde el futuro. La ausencia de ese poder le resultaba inquietante. Podía sentir el flujo de energía de Karla’k y Xal’Azar como si fueran puntos de referencia en su mente, pero José, el de ese tiempo distante, parecía haber desaparecido de su radar. “¿Dónde estás?”, pensó para sí, una ligera sensación de incertidumbre atravesando su mente.
Con la nueva conciencia de su poder recién adquirido, Victor estaba listo para cualquier cosa, aunque algo en su interior le decía que el escenario estaba cambiando. Algo aún mayor se estaba gestando, y su destino, como el de todos los demás, estaba a punto de cruzarse de nuevo con fuerzas que ni siquiera él podía prever. La sensación de poder y la incertidumbre de no saber qué pasaba exactamente con José del futuro le mantenían alerta. Estaba listo para enfrentarse a cualquier desafío que viniera, pero sabía que la batalla por el control de la historia aún no había llegado a su punto máximo.
Victor, ahora envuelto en su poder recién alcanzado, se teletransportó a la nada absoluta, un lugar donde la lógica y la estructura del espacio y el tiempo comenzaban a desmoronarse. Con un solo movimiento, la realidad misma se quebró a su paso. El lugar donde la gravedad y las leyes físicas parecían no existir se convirtió en su campo de batalla, y él lo usaba con total impunidad. Sus ojos brillaban con una intensidad nueva, como si su ser mismo estuviera fusionado con las sombras de la existencia.
Con una sonrisa desafiante, comenzó a golpear a todos los presentes sin esfuerzo, sus ataques rápidos y certeros. No sentía la necesidad de moderar su poder; su fuerza ahora era un torrente desbocado. Uno de sus golpes impactó de lleno en Kira, quien, al intentar defenderse, fue lanzada violentamente hacia atrás. Sus gritos de dolor resonaron en la nada mientras su cuerpo se estrellaba contra una pared invisible de energía. Kira cayó al suelo, sumamente dañada, su respiración entrecortada y el dolor recorriendo su cuerpo.
Victor, al ver a Kira volar por los aires, parecía que no comprendía la magnitud de su propia fuerza. El rostro de Kira, herido y ensangrentado, reflejaba el impacto de su incontenible poder, pero Victor no parecía arrepentido, su mirada se mantenía vacía, sin remordimiento alguno. “¿Quién más?” murmuró, casi como si estuviera buscando un desafío mayor.
Fue entonces cuando Nyx’thoran, el ser de la oscuridad, apareció frente a Victor, sus ojos penetrantes fijos en él, mostrando una mezcla de autoridad y desaprobación. El ambiente cambió al instante. La presencia de Nyx’thoran se imponía, la oscuridad misma parecía responder a su llamado, y la nada absoluta a su alrededor comenzó a arremolinarse.
Victor, con su poder latente, no retrocedió. “¿Qué haces aquí?”, preguntó con una sonrisa desafiante, no porque le temiera, sino porque la intensidad de la situación solo alimentaba su sed de más poder.
Nyx’thoran lo miró fijamente, su voz baja y resonante como un susurro de las profundidades. “Lo que haces aquí es lo que me preocupa. Romper la realidad, destruir vidas sin pensar. Estás jugando con fuerzas que no entiendes.”
Victor, sin mostrar siquiera un atisbo de preocupación, respondió con desdén: “¿Fuerzas que no entiendo? Soy más fuerte que cualquier cosa en este lugar. No me importa lo que pienses.”
Nyx’thoran no se inmutó, pero el aire a su alrededor comenzó a condensarse. “Entonces tendrás que aprender las consecuencias de tu propia arrogancia.”
Ambos seres, poderosos y formidables, se miraron en silencio, sabiendo que este encuentro estaba lejos de terminar. La nada absoluta, el campo de batalla de la oscuridad y la destrucción, sería testigo de una confrontación que podría alterar aún más el tejido de la realidad.
Victor, al ver la postura de Nyx’thoran y escuchar sus palabras, soltó una risa burlona que resonó en la nada absoluta. El eco de su risa se extendió como una ola, distorsionando momentáneamente el espacio a su alrededor. La seguridad con la que lo hacía reflejaba su confianza en su propio poder, pero también un cierto desdén hacia Nyx’thoran.
“¿Y ahora tú? ¿Vas a darme una lección sobre lo que está bien o mal?” Victor dijo con una sonrisa arrogante. “Lo sé, Nyx’thoran. Eres el que casi mató a medio mundo, el que trajo el caos, el que destruyó y manipuló a su antojo. No me vengas a dar lecciones de moral ahora. Yo no soy el villano aquí, tú lo eres. Todos en este lugar lo saben.”
Nyx’thoran, imperturbable, lo miró fijamente. La oscuridad a su alrededor parecía volverse aún más densa, pero su expresión no mostró ni sorpresa ni ira. Simplemente lo observó con la calma de una entidad que había visto cientos de batallas y conflictos.
“Si crees que lo que hago es el mal,” respondió Nyx’thoran con una voz grave y serena, “entonces no entiendes nada. El equilibrio de las fuerzas no es blanco o negro, y tú eres un mero peón que juega sin entender las consecuencias de sus acciones.”
Victor dio un paso hacia él, el aire a su alrededor vibrando con la intensidad de su energía creciente. “No me interesa tu charla sobre el equilibrio. Lo único que sé es que soy más fuerte que cualquiera aquí, incluso tú.”
La tensión entre los dos era palpable. Ambos poseían poderes que trascendían las leyes convencionales de la realidad, pero sus motivaciones y objetivos estaban completamente opuestos. Mientras Nyx’thoran buscaba mantener el orden, Victor solo veía la oportunidad de continuar creciendo y destruyendo, despojando a todos de su poder y sumergiéndose más en la oscuridad que él mismo había adoptado.
“El mal, Victor,” continuó Nyx’thoran, “es relativo. Pero hay una verdad universal: no puedes destruir algo sin consecuencias. Y en este momento, esa consecuencia está frente a ti.”
Victor, con una risa despectiva, levantó la mano, rodeada de energía negra y caótica. “Veremos, Nyx’thoran. Veremos quién destruye a quién.” Y sin esperar más, lanzó un ataque con toda su fuerza, dispuesto a demostrar que el poder estaba de su lado.
El choque de energías hizo que la nada absoluta temblara. La realidad misma parecía a punto de desintegrarse bajo el peso de la confrontación, y la batalla entre el caos y el control estaba a punto de desencadenarse en una lucha que podría consumir todo a su paso.
Nyx’thoran, con su tono imperturbable, observó a Victor mientras su energía oscilaba en la nada absoluta. Con una calma escalofriante, respondió: “Pon la fecha, maldito perdedor.” Sus palabras resonaron en el espacio vacío, como si toda la realidad hubiera quedado suspendida por un momento.
Victor, con una sonrisa desafiante, no tardó en dar su respuesta. “Será dentro del último mes de diciembre, el 31 de diciembre,” dijo con una seguridad inquebrantable en su voz. “Será excelente. La última batalla. La última prueba.”
Nyx’thoran lo observó con la misma mirada fría, sabiendo que todo lo que había hecho hasta ese momento había sido parte de un complejo juego de fuerzas cósmicas, y esta nueva fecha solo sería una extensión de lo inevitable. “Al final, perderás, Victor,” dijo, su voz tan profunda como la oscuridad misma.
Victor, con una risa sarcástica y llena de desdén, respondió sin titubear: “Nah, yo ganaré.”
Con esas palabras, el enfrentamiento estaba sellado. La fecha estaba fijada, y ambos, Nyx’thoran y Victor, se preparaban para un enfrentamiento que no solo definiría sus destinos, sino el destino de la realidad misma. La batalla que definiría quién prevalecería en el eterno conflicto entre el orden y el caos.
Victor, con una última mirada desafiante hacia Nyx’thoran, dio media vuelta y comenzó a desaparecer en la vastedad de la nada absoluta. La oscuridad parecía tragarlo, como si nunca hubiera estado allí. Su presencia, aunque intimidante, se desvaneció tan rápidamente como apareció, dejando atrás solo el eco de sus palabras: “Nos veremos el 31 de diciembre.”
Nyx’thoran, impasible, permaneció de pie, su figura imponente casi fusionándose con el vacío que lo rodeaba. Sabía que la fecha marcada por Victor estaba lejos, pero la preparación para el enfrentamiento ya comenzaba a tomar forma. Los destinos de todos los involucrados estaban entrelazados, y la cuenta regresiva había comenzado.
Con un suspiro profundo, Nyx’thoran dio un paso atrás, sabiendo que la batalla final sería más que una confrontación de fuerza. Sería un enfrentamiento de voluntades, de conceptos, de destinos cruzados. Y en ese silencio que seguía a la retirada de Victor, Nyx’thoran se preparó, pues la guerra por el control de la realidad aún estaba lejos de su fin.
Fin del arco 6.
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