History academy what if - Capítulo 24
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24: what if 18: Posiciones.
24: what if 18: Posiciones.
En el planeta Tr-3, un mundo muy parecido a la Tierra pero de mayor tamaño, la vida humana seguía su curso con aparente normalidad.
La jerarquía era política, simple y cotidiana.
Gobernantes que solo veían por sí mismos, mandando a otros a pelear por causas que ellos ni comprendían.
Algunos robaban el dinero del pueblo o del país entero, y eso, tristemente, ya era considerado “normal”.
Mientras tanto, muchos no tenían comida, y otros luchaban por conseguir un poco de agua para sobrevivir.
No existía la magia, ni habilidades especiales, ni nada que pudiera parecer extraordinario.
Solo personas comunes en un mundo crudo.
Y sin embargo, a pesar de todo, en ese mundo sin milagros… aún era posible que algo bueno naciera.
Entre el bien y el mal existe una línea difusa, poblada por personas comunes que no tienen nada que ver con asuntos políticos de alto nivel.
Gente que simplemente vive su día a día, ajena a las quejas de líderes que discuten sobre temas tan triviales como su ego.
Los periódicos, llenos de letras y noticias que casi nadie lee completas, hablaban de asesinatos, resultados de fútbol y lo mismo de siempre.
Sin embargo, una noticia comenzaba a captar la atención del público: una posible guerra en Medio Oriente, provocada por la dictadora Jackie Magalí.
Aun así, entre rumores y titulares, una decisión ya estaba casi confirmada: la eliminación del poder local.
Ya no habría alcaldes.
Solo quedarían los presidentes de los cinco continentes, concentrando todo el poder en sus manos durante sus mandatos presidenciales.
Mientras en un pequeño local de comida, se reportó cómo un grupo de personas provenientes de Medio Oriente había intentado ingresar varios paquetes de marihuana.
Las autoridades lograron interceptar la entrega y confiscaron todo el cargamento.
Los implicados fueron arrestados y trasladados a una cárcel cercana.
Muchos comenzaron a especular el porqué del hecho.
Algunos pensaban que eso ya ocurría desde antes y simplemente preferían no prestarle atención.
Otros, más conspirativos los típicos “loquitos” de internet aseguraban que se trataba de un shock económico encubierto, y que el país estaba al borde de un colapso del que no se podría levantar fácilmente.
Entre esas personas en el local se encontraba Ara Sausha.
Había vivido en ese país desde que era una niña.
Su padre, un militar entregado a su nación, fue enviado a combatir a Medio Oriente.
Pero no tuvo suerte.
Durante una emboscada, fue capturado como prisionero de guerra.
Lo retuvieron durante meses, torturándolo para obtener información.
Se decía que le habían cortado algunas extremidades.
Aunque la guerra aún continúa… su padre nunca volvió a ser visto.
Muchos locales de Medio Oriente solían burlarse de esa historia, como si fuera un chiste de guerra.
Pero para Ara, era una herida abierta que aún no sanaba.
Mientras tanto, del lado de la ciencia, todavía quedaban personas que se preocupaban más por la gente que por el dinero.
Aunque eran pocos, entre ellos se encontraba Mile Trosher, una de las pocas mentes sanas en medio del caos.
Junto a su amigo Andy Garcés, se dedicaban a investigar formas de protección nacional.
No eran soldados, eran científicos… pero sabían que el peligro era real.
Su idea no era crear un arma cualquiera, sino algo que estuviera más alineado con su visión: una arma química capaz de neutralizar a los enemigos provenientes de Medio Oriente, sin causar daño irreversible.
Querían detener la guerra, no escalarla…
aunque sabían que jugaban con fuego.
Mientras tanto, en Medio Oriente, Jackie Magalí, la presidenta de la región, permanecía pensativa.
No por dudas… sino por odio.
Odiaba a sus enemigos, odiaba a los que no estaban bajo su dominio.
El solo hecho de no gobernar el mundo por completo la enfermaba de rabia.
A su lado, siempre presente, estaba su mano derecha: el general Faul Botcher, frío, calculador y leal únicamente a ella.
Mientras tanto, Ara Sausha caminaba en silencio, sumida en sus pensamientos.
Las burlas que había recibido por parte de personas de Medio Oriente le retumbaban en la cabeza una y otra vez.
No eran solo palabras…
eran como cuchillas que abrían la herida que llevaba desde la desaparición de su padre.
No podía quedarse quieta.
No esta vez.
Quería alistarse al ejército.
Sentía que era lo único que podía hacer para cerrar ese capítulo que su padre no pudo terminar.
Quería acabar lo que él había empezado… y no iba a dejar pasar la oportunidad de enfrentarse directamente a los responsables.
Medio Oriente sería su objetivo.
Y en su interior, una llama de venganza comenzaba a crecer.
Durante su entrenamiento en el ejército, Ara Sausha enfrentó múltiples pruebas exigentes: fuerza, resistencia, afinidad táctica y agilidad como soldado.
Nada fue fácil.
Cada día era una batalla contra sus propios límites.
A pesar de las dificultades, Ara destacaba.
Era una de las pocas mujeres dentro del pelotón de caballería, pero eso no la detenía.
Al contrario, lo usaba como motivación.
Se estaba convirtiendo en una de las mejores, y si lograba superar unas cuantas pruebas más, tenía una oportunidad real de alcanzar el rango de capitana.
Ara Sausha se encontraba en el área de entrenamiento, levantando pesas con esfuerzo.
El sudor caía por su frente mientras su mirada seguía firme, enfocada en superarse.
No estaba allí para ser una más… estaba allí para convertirse en la mejor.
De pronto, alguien se acercó.
Era su comandante, el señor Daur, un hombre de entre cincuenta y cincuenta y cinco años.
Su cuerpo aún mostraba fuerza, pero sus ojos dejaban ver la experiencia de años en combate.
Había entrenado a muchos soldados…
incluso al padre de Ara.
Se paró frente a ella con calma.
—Ara… por favor, sal del área de entrenamiento —le dijo con un tono amable, casi paternal.
Ella frunció el ceño, sin dejar las pesas.
—¿Por qué?
—preguntó, con un tono serio y cargado de enojo contenido.
No le gustaban las órdenes sin explicación, ni las decisiones que sentía injustas.
Daur bajó un poco la mirada.
Suspiró.
—Conocí a tu padre.
Lo entrené.
Fue uno de mis mejores hombres…
y no quiero perder también a su hija —respondió con sinceridad, sin levantar la voz.
A pesar de su tono amable, esas palabras encendieron aún más la ira de Ara.
Para ella, sonar condescendiente o intentar protegerla era igual que subestimarla.
Se sintió herida y furiosa.
—Entonces no me detenga… si de verdad lo respetó, déjeme terminar lo que él no pudo —dijo, mirándolo a los ojos con decisión.
El comandante Daur se retiró sin insistir, sabiendo que no podía convencerla.
No quería molestarla más.
Ara se quedó sola por un momento, dejando caer las pesas con un suspiro.
La frustración le pesaba más que cualquier ejercicio.
Fue entonces que una de las pocas chicas del pelotón se le acercó y se sentó a su lado.
Ara la observó de reojo, con cierta curiosidad.
—¿Cuál es tu nombre?
—preguntó, secándose el sudor de la frente.
—Yumi Shīto —respondió la otra chica con una pequeña sonrisa.
—Yo soy Ara Sausha —dijo, devolviéndole el gesto, aunque con una expresión aún seria.
Ambas se quedaron en silencio unos segundos.
Luego comenzaron a hablar, al principio de cosas simples… pero la conversación fue tomando forma.
Hablaron de los entrenamientos, de las injusticias de sus superiores, de lo difícil que era hacerse un lugar siendo mujeres dentro del ejército.
Y aunque fue una charla breve, algo sincero nació en ese instante.
Una amistad.
De esas que no necesitan mucho para comenzar… pero que duran incluso en tiempos de guerra.
Al día siguiente, Ara Sausha y Yumi Shīto comenzaron a entrenar juntas.
Desde ese momento, se volvieron inseparables en las prácticas.
Lo que antes era una rutina solitaria para Ara, ahora se había convertido en un dúo firme y decidido.
Comenzaron con combate físico: puños, bloqueos, agarres y esquivas.
Al principio, los movimientos eran torpes entre ellas, pero rápidamente sincronizaron sus estilos.
Se empujaban a dar lo mejor.
Luego pasaron al entrenamiento con armas: pistolas, rifles, incluso prácticas con francotirador.
Ara era precisa y rápida; Yumi, paciente y calculadora.
Se complementaban de forma natural.
A medida que los días avanzaban, no solo mejoraban en técnica, sino también en confianza.
Eran más que compañeras… se estaban convirtiendo en aliadas verdaderas, listas para enfrentar cualquier misión que viniera.
Pasaron varios meses.
Ara Sausha y Yumi Shīto seguían destacando como una de las mejores duplas del pelotón.
Su progreso era tan notable que incluso el comandante Daur, aunque resignado, no tuvo más opción que confiar en ellas.
Una misión urgente había llegado.
Se había detectado actividad sospechosa en una zona subterránea de Medio Oriente.
Según la inteligencia militar, un grupo de científicos estaba construyendo nuevas armas, posiblemente de tecnología avanzada o no registrada.
El objetivo era infiltrarse, localizar la base, recopilar información y, si era posible… obtener el arma.
Ara y Yumi no dudaron.
Aceptaron la misión sin titubear.
Sabían que era arriesgado, pero también sabían que estaban listas.
Daur, con gesto serio, mandó llamar a uno de sus mejores soldados: un piloto veterano, experto en vuelos privados de infiltración.
Sin hacer muchas preguntas, el soldado preparó el avión.
Sería una aeronave discreta, sin identificaciones, solo para ellas dos.
El despegue sería al amanecer.
Ara Sausha y Yumi Shīto subieron al avión justo cuando comenzaba a amanecer.
El cielo aún estaba teñido de un azul profundo, y el primer rayo de luz apenas rozaba el horizonte.
Ambas llevaban sus trajes tácticos puestos y el equipo preparado.
No había vuelta atrás.
El avión era silencioso, discreto, ideal para una misión encubierta.
El piloto apenas dijo una palabra mientras encendía los motores.
Se acomodaron en los asientos traseros, sin mirar atrás.
Sabían muy bien hacia dónde iban: Medio Oriente.
Y sabían también por qué.
Si tenían que hacer pagar a quienes destruyeron sus hogares, sus familias y su paz…
lo harían.
No por venganza vacía, sino por justicia.
Por su futuro.
El avión despegó en dirección al conflicto.
El viento rugía, pero sus corazones estaban firmes.
Ara Sausha y Yumi Shīto observaron por la ventana del avión.
Ya estaban sobre zona enemiga.
Desde las alturas, podían ver columnas de humo, fuego cruzado y explosiones a lo lejos.
La guerra seguía activa… y más viva que nunca.
A pesar del riesgo, ambas se miraron con determinación.
Sin decir una palabra, abrieron la puerta lateral del avión y se lanzaron al vacío.
Mientras surcaban los cielos, aún sin abrir los paracaídas, el viento rugía en sus oídos.
Desde esa altura, divisaron claramente varios tanques enemigos dirigiéndose hacia el frente donde luchaban soldados de su propio país.
El corazón de Ara latía con fuerza.
Esta guerra no había empezado de la noche a la mañana… Había comenzado apenas un día antes de su llegada, por orden directa del gobierno.
Habían decidido que era momento de aplastar al enemigo… sin importar el precio.
Y ahora, ella y Yumi estaban justo en el medio de todo.
Ara Sausha y Yumi Shīto abrieron sus paracaídas al mismo tiempo, descendiendo con precisión sobre una zona parcialmente despejada.
Al aterrizar, lo primero que vieron fue el horror del combate: cuerpos tirados por todas partes, tanto de su país como del enemigo.
El suelo estaba manchado de sangre seca, y el silencio era pesado, solo interrumpido por ecos lejanos de disparos.
A su alrededor había armas esparcidas, pero muchas estaban vacías, sin municiones.
Sin perder tiempo, ambas comenzaron a revisar entre los cuerpos.
El olor era fuerte.
La escena, dolorosa.
Pero no había espacio para dudar.
Después de unos minutos, debajo de un par de cadáveres, encontraron lo que necesitaban: dos AK-74 en buen estado, junto a varias cargas de munición.
Las armas estaban sucias, pero funcionales.
Ara recargó con rapidez.
Yumi hizo lo mismo.
—Ahora necesitamos una zona segura —dijo Ara, mientras miraba a su alrededor con atención—.
No sabemos cuánto tiempo tenemos antes de que algún equipo enemigo llegue hasta aquí.
Y tenían razón.
El cielo estaba despejado… pero eso podía cambiar en cualquier momento.
Continuará…
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