History academy what if - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 What if 24 Patrullero del tiempo
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30: What if 24: Patrullero del tiempo 30: What if 24: Patrullero del tiempo El cielo gris reflejaba el peso de los días pasados.
En lo profundo de una base temporal abandonada, en un rincón del continuo donde el tiempo parecía fluir con pausas irregulares, un joven de cabello morado entrenaba sin descanso.
Su respiración era agitada, sus músculos tensos y el sudor le recorría la espalda mientras su cola felina se agitaba tras cada salto y golpe.
—Otra vez…
No puedo permitirme bajar el ritmo —gruñó Nagatchi, con las orejas erguidas, atento a cualquier sonido que quebrara el silencio del campo de entrenamiento.
En su mente no solo estaba la presión del entrenamiento para convertirse en patrullero temporal, sino la carga de su vida misma: el rechazo de los humanos, la discriminación de los suyos, y ahora, alguien que deseaba verlo muerto.
Faty.
Una figura oculta entre las grietas del tiempo.
Nadie en la sede central se atrevía a hablar de ella, pero Nagatchi lo sabía: Faty tenía sus razones para quererlo fuera del tablero.
Tal vez por algo que él aún no había hecho, o por algo que estaba destinado a hacer.
Con un giro rápido, Nagatchi lanzó una patada al aire, rompiendo un holograma enemigo con un grito desgarrador.
—¡¿Por qué no pueden dejarme en paz?!
—rugió, el eco de su voz perdiéndose en los muros fracturados del edificio.
Su entrenamiento no era por ambición, sino por supervivencia.
A cada segundo, alguien podía cruzar una brecha temporal y clavársela por la espalda.
Faty tenía asesinos temporales, sombras que podían colarse entre microsegundos.
Pero él no se rendiría.
Apretando los dientes, activó el cronómetro de su brazalete: 15 segundos de simulación de combate real.
Un holograma apareció: una figura encapuchada con ojos brillantes y una hoja de tiempo puro.
No necesitaba leer el nombre.
Sabía que era una réplica de Faty.
Nagatchi esquivó el primer tajo, pero el segundo le rozó el hombro, arrancándole un quejido.
Sangre.
Real.
El sistema lo había llevado al límite: entrenamiento con daño físico.
—¡Estoy cansado…
pero no voy a morir aquí!
—gritó, sus ojos tornándose púrpura brillante, liberando la energía semi-felina que recorría su sangre.
Saltó, giró en el aire y con su pierna envuelta en una estela temporal, rompió la figura.
La simulación estalló en datos, y él cayó de rodillas, jadeando.
El sudor le chorreaba.
Su cola apenas se movía.
Pero seguía con vida.
—Faty…
no importa cuántas veces me intentes borrar…
Yo…
me voy a quedar.
Porque no soy una pieza de tu tablero.
Soy quien va a reescribir las reglas…
Desde una grieta en la realidad, unos ojos lo observaban.
Faty había oído cada palabra.
Y por primera vez…
sonrió.
Nagatchi se levantó lentamente, aún jadeando tras el entrenamiento intensivo.
La brisa de la dimensión flotante acariciaba su cabello morado, y sus orejas felinas se movieron al captar una presencia poderosa acercándose.
Un brillo dorado abrió una puerta en el aire, y de ella emergió Víctor Xeno, con su capa ondeando como una llama inmortal.
Su bastón dorado colgaba de su espalda, y sus ojos cruzaron con los del joven semi-humano con una mezcla de firmeza y comprensión.
—Es bueno verte por acá —dijo Víctor con voz calmada, firme como un faro en la tormenta—.
Fue buena idea traerte dentro de la Ciudad Temporal…
ya sabes, el lugar donde los patrulleros del tiempo entrenan, descansan y existen entre misiones.
Nagatchi bajó la mirada por un instante.
No estaba acostumbrado a los cumplidos… ni a sentirse “visto”.
Víctor dio un par de pasos, sus botas resonando suavemente sobre la plataforma suspendida de piedra luminosa.
—Tu historia es muy buena, Nagatchi.
Un semi-humano, con un linaje extraño pero poderoso.
Tu padre… un conejo divino, portador de la luz misma.
Y tu madre… una gata negra de mirada infinita y diosa de la oscuridad.
—Hizo una pequeña pausa, y su tono se volvió más suave—.
Gatonejo… —sonrió levemente—.
Supongo que así te llamarían en una novela.
Nagatchi soltó una risa muy leve, apagada.
Pero aún tenía ese brillo de tristeza en sus ojos.
—Mis condolencias por tu madre.
Una pérdida así no desaparece.
Y tu padre… al dejarte en un orfanato, quizás creyó que te protegía.
A veces, incluso los dioses se equivocan.
Víctor bajó su mirada un segundo, pensativo, y luego la alzó nuevamente.
—Y tu hermana… sé que aún está en ti.
Su espíritu, su fuerza, vive en cada paso que das.
No necesitas verla para sentirla.
Tú eres su legado… su voz en esta historia.
Nagatchi tragó saliva.
Su cola dejó de agitarse.
Dio un paso al frente y alzó la mirada, más firme.
—Gracias… Víctor.
A veces olvido por qué sigo adelante.
Pero cuando alguien como tú, alguien que ha visto más líneas de tiempo que cualquier otro, se toma un segundo para hablar… eso vale.
Víctor Xeno asintió con seriedad.
—No olvides esto, Nagatchi: no importa lo que digan los archivos del tiempo, ni siquiera lo que esté escrito en los hilos del destino… mientras sigas luchando, puedes reescribir tu historia.
Ambos se quedaron en silencio por un momento.
Un segundo suspendido en la eternidad.
Entonces, una alerta roja parpadeó en el brazalete de Víctor.
—Parece que tenemos compañía —murmuró—.
Faty ha vuelto a mover piezas.
¿Vienes?
Nagatchi asintió, sus ojos brillando con una llama renovada.
—Sí.
Vamos a mostrarle que el gato no retrocede.
Víctor sonrió.
—Eso quería oír.
Y juntos, desaparecieron en una estela dorada, rumbo al próximo cruce temporal.
El vórtice se abrió con un destello dorado que cortó la realidad como si fuera tela.
Desde él emergió Víctor Xeno, con su capa ondeando suavemente, Nagatchi justo detrás, aún con la adrenalina del entrenamiento resonando en sus venas.
El lugar donde llegaron era un santuario suspendido entre líneas temporales: el Centro Temporal, un espacio sagrado, más allá del pasado, presente y futuro.
Las paredes no eran de piedra ni metal, sino de instantes congelados, reflejos de momentos que jamás ocurrieron… o que aún podrían ocurrir.
Allí, sentado sobre un trono forjado con fragmentos de relojes cósmicos y líneas de código temporal, se hallaba Raketo, el dios de las líneas del tiempo.
Vestía con sencillez, su cuerpo irradiaba energía antigua, como si su mera presencia anclara la realidad misma.
Sus ojos brillaban con siglos de conocimiento, y una sonrisa burlona se dibujó en su rostro al ver al recién llegado.
—¿Qué pasó, Víctor?
—soltó con tono sarcástico—.
¿Tus alumnos te pusieron esa capa?
¿O vienes de una obra de teatro de héroes galácticos?
Víctor Xeno alzó una ceja, sin molestarse.
—Un poco, sí —respondió con calma, mientras con una mano desabrochaba la capa y la dejaba caer sobre una silla cercana—.
Ya sabes cómo son los jóvenes… creen que los símbolos inspiran.
Con movimientos tranquilos, Víctor acomodó su camisa roja.
En el centro del pecho, un núcleo oscuro palpitaba suavemente, como si un fragmento de la noche misma habitara allí.
Se quitó la bufanda azul y la dejó con cuidado sobre la mesa frente a Raketo.
Su bastón dorado seguía enfundado como espada en su espalda.
Su cabello y ojos café reflejaban determinación y serenidad, como si ningún cambio temporal pudiera perturbar del todo su juicio.
Raketo observó con interés.
Luego señaló con un leve gesto un pergamino brillante que flotaba sobre una base de tiempo solidificado.
—Míralo —dijo con una voz más seria—.
Es uno de los antiguos.
Lo escribí yo mismo, hace miles de ciclos.
Pero hoy… apareció con alteraciones.
Víctor entrecerró los ojos y se acercó.
Nagatchi, aún en silencio, observaba desde un costado, sabiendo que estaba en presencia de entidades que definían la historia con sus actos.
El pergamino flotaba lentamente, mostrando símbolos cambiantes, fechas cruzadas, nombres tachados y reescritos.
Y en una línea, justo en el centro: “El corazón del portador se oscurecerá cuando el reflejo del caos despierte en el guardián caído.” Víctor exhaló por la nariz.
—Esto no estaba antes —murmuró.
—No —dijo Raketo, cruzando los brazos—.
Y eso me preocupa.
Porque si el pergamino cambia, significa que alguien, algo, está manipulando las raíces del tiempo.
No solo alterando eventos… sino reescribiendo conceptos.
—¿Faty?
—preguntó Víctor, su voz bajando un tono.
Raketo lo miró con gravedad.
—Quizás… o quizás alguien que Faty misma teme.
El silencio se volvió denso.
El tiempo parecía detenerse solo por respeto a esas palabras.
Nagatchi apretó los puños.
No entendía todos los detalles, pero sí algo importante: el peligro era real, y el tiempo no estaba de su lado.
Víctor miró a Raketo, luego al pergamino.
—Dame 24 horas.
Si hay una anomalía viva moviéndose por el flujo temporal, la encontraré.
Y si está jugando con los portadores… voy a detenerlo.
Raketo asintió lentamente.
—Entonces ve, Patrullero Xeno.
La historia… te necesita más que nunca.
Víctor tomó su bastón dorado, volvió a colocarse la bufanda azul con cuidado, pero dejó la capa atrás esta vez.
—Nagatchi, conmigo.
Hoy aprendemos… si eres capaz de alterar el tiempo, también debes saber defenderlo.
Y ambos, maestro y aprendiz, se dirigieron hacia el portal más cercano, listos para enfrentar el próximo cambio.
Apenas Víctor Xeno tocó el pergamino, este brilló con una intensidad tan fuerte que la sala misma pareció temblar.
Símbolos antiguos se elevaron en el aire, y una energía densa se liberó como una onda expansiva que empujó el espacio a su alrededor.
Con firmeza, Víctor extendió su mano y posó la otra sobre el hombro de Nagatchi.
—Prepárate.
Vamos al año 780.
Hay algo…
o alguien…
que no debería estar allí.
El tiempo se quebró.
Y los dos desaparecieron.
Año 780 – Planeta Helado Yquar-7, 9:47 p.m.
El lugar era brutal.
Un planeta cubierto de hielo eterno, donde incluso el sonido parecía congelarse en el aire.
Las nubes eran oscuras y eléctricas, y los restos de una criatura cósmica, similar a un dragón hecho de constelaciones rotas, yacía muerto en medio de un cráter congelado.
Su sangre, parecida a hilos de galaxias rotas, se extendía por el suelo helado como grietas dimensionales.
—Ese ser era un Tejedor del Tiempo —susurró Víctor Xeno, con gravedad—.
Su muerte es lo que dejó expuesto este sector… y permitió que alguien viniera a corromper el pasado.
Fue entonces que la sintieron.
Una presión oscura.
Una vibración que rompía los pensamientos.
Del aire congelado emergió una figura encapuchada con una túnica negra y detalles carmesí: Faty.
Su rostro estaba cubierto por una máscara incompleta.
Sostenía una daga formada por el cristal del tiempo invertido.
Estaba por asestar un golpe a un fragmento vivo de la criatura, el último corazón temporal.
Víctor dio un paso, pero antes de que pudiera actuar… Nagatchi se adelantó.
Sus sentidos felinos reaccionaron antes que su lógica.
—¡NO TOQUES ESO!
—rugió, y en un movimiento veloz se impulsó con su cola y su pierna izquierda, girando en el aire como una estrella fugaz violeta.
Su pierna impactó directamente contra el costado de Faty, quien no esperaba la reacción tan impulsiva.
El golpe fue limpio, certero, y la hizo retroceder varios metros, rompiendo una formación de hielo al aterrizar con fuerza.
El aire pareció quebrarse.
El corazón del tejedor quedó intacto.
Nagatchi aterrizó con elegancia, agitado pero firme, sus ojos brillando, sus orejas erguidas, la adrenalina rugiendo en su pecho.
Faty, desde el suelo, se incorporó lentamente.
Su máscara estaba rajada.
—Interesante… —murmuró con una voz que parecía escucharse en múltiples líneas temporales—.
No eras tú quien debía interrumpirme hoy.
Víctor apareció a su lado, colocando una mano firme sobre el hombro de Nagatchi.
—Pero lo hizo.
Y eso fue suficiente.
Faty los observó por un segundo más… y luego sonrió bajo la máscara.
—No importa.
Todo se equilibra… eventualmente.
Y desapareció, dejando una estela oscura que se desvaneció como ceniza congelada.
Nagatchi se dejó caer de rodillas, agotado.
Víctor se inclinó un poco hacia él, sonriendo suavemente.
—No está mal para un “gatonejo impulsivo”.
Nagatchi rió un poco, aunque aún respiraba agitado.
—No podía quedarme quieto… algo en mí gritó que debía actuar.
—Y lo hiciste bien —respondió Víctor con orgullo—.
Hoy no solo salvaste un fragmento temporal.
Hoy, cambiaste tu propio lugar en esta historia.
Ambos se quedaron un momento en silencio, bajo la nevada cósmica del planeta.
En el cielo, una aurora hecha de líneas temporales comenzó a reacomodarse, reparando lentamente el daño que Faty casi había causado.
Víctor Xeno sonrió mientras observaba el cielo auroral del planeta helado.
Sus ojos cafés brillaban con una mezcla de orgullo y alivio.
El corazón del Tejedor del Tiempo seguía latiendo suavemente, y aunque Faty había escapado, el equilibrio se había restaurado… por ahora.
—Buen trabajo, Nagatchi —dijo con voz firme, aunque cálida.
Una estela de luz dorada comenzó a rodearlos, como si las líneas del destino los abrazaran, reconociendo su victoria.
—Hora de volver.
Nagatchi asintió.
Sus orejas felinas se movieron ligeramente por la brisa helada, su cola se enrolló en un gesto tranquilo, y sin más palabras, ambos permitieron que la energía del viaje los envolviera.
La estela de luz los elevó y desaparecieron en un parpadeo, como si nunca hubieran estado allí.
Un destello repentino iluminó el centro de la sala.
La luz dorada descendió lentamente, materializándose en el corazón del Centro Temporal.
Desde ella, emergieron Víctor Xeno y Nagatchi, sanos, firmes, y con la determinación aún encendida en sus rostros.
El ambiente era distinto ahora.
Más sereno.
La presión en el aire se había disipado.
Frente a ellos, en la mesa sagrada, el pergamino temporal flotaba, como si los esperara.
Pero ya no giraban advertencias ni aparecían símbolos alterados.
Las líneas estaban limpias.
La anomalía había desaparecido.
Víctor se acercó, cruzando los brazos.
Una pequeña sonrisa cruzó su rostro.
—Lo logramos… Nagatchi observaba el pergamino en silencio, su respiración aún un poco pesada por el viaje, pero su espíritu… más firme que nunca.
En ese instante, una figura surgió desde la sala lateral: Raketo, el dios de las líneas del tiempo, se acercaba lentamente, sus pasos resonando con calma.
—Interesante… —murmuró mientras miraba el pergamino—.
Volvió a la normalidad más rápido de lo que pensaba.
Se detuvo frente a Víctor y Nagatchi.
Luego, giró levemente su cabeza hacia el joven semi-humano.
—Tú… semi-humano impulsivo.
Has desviado una línea que ni siquiera yo logré evitar cuando se formó.
No sé si fue por instinto, destino… o rebeldía.
Pero hiciste lo imposible.
Nagatchi bajó un poco la mirada, pero se notaba el brillo interior de satisfacción.
Raketo miró a Víctor.
—Buen recluta.
Sabes elegir.
Víctor simplemente asintió.
—Lo vi antes de que él se viera a sí mismo.
Ahora… él ya es parte del tiempo.
Raketo esbozó una sonrisa extraña, de esas que no se repiten en ningún reloj.
—Vayan a descansar.
El tiempo no ha terminado de jugar con nosotros… pero por hoy, ustedes ganaron.
Y así, mientras la sala se envolvía en la luz tenue del núcleo temporal, Nagatchi y Víctor Xeno salieron caminando juntos, sabiendo que aún había mucho por venir… pero que el presente, al menos por ahora, estaba a salvo.
Fin.
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