History academy what if - Capítulo 31
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31: what if 25: amor en fuga.
31: what if 25: amor en fuga.
Era un día normal en el planeta Tierra, o al menos eso parecía.
La ciudad se extendía ante los ojos como un laberinto de luces y metal, donde la tecnología se mezclaba con el humo de los automóviles y el zumbido constante de máquinas que no descansaban.
Los edificios, altos y relucientes, reflejaban el sol como espejos gigantes, y por las calles, vehículos de diseños modernos se deslizaban con precisión casi silenciosa.
Aun así, entre ese vaivén de rutina y perfección mecánica, había algo que escapaba a la lógica de la ciudad.
Se podía percibir en el aire, flotando entre las luces de neón y el sonido de las ruedas sobre el pavimento, un aroma invisible, casi etéreo.
Era sutil, pero imposible de ignorar; algo que hacía que la prisa de los transeúntes y la rigidez de las máquinas parecieran quedarse atrás, como si todo respirara un instante más despacio.
Era amor.
No un amor anunciado ni explícito, sino uno que impregnaba cada rincón, que se filtraba entre las grietas del concreto y se escondía en la suavidad del viento que recorría las avenidas.
Era un recordatorio silencioso de que, incluso en la ciudad más ordenada y avanzada, lo más humano siempre encontraba su lugar.
Ahí, sentada en un comedor lleno de luz matinal, estaba Mily, una combatiente guerrera conocida por su dominio sobre la energía natural y las explosiones.
Sus ojos reflejaban calma mientras sostenía una taza de café con leche, dejando que el aroma le acariciara la mente y la mantuviera un momento alejada de sus misiones y entrenamientos.
La mesera se acercó con una bandeja en la mano, colocando cuidadosamente un plato de fruta fresca, un par de jugos y otra taza de café recién hecho frente a Mily.
—¿Está todo bien, señorita?
—preguntó con una sonrisa cordial, midiendo cada palabra con suavidad.
Mily alzó la mirada, tomando un sorbo de su café antes de responder: —Sí, todo está perfecto, gracias —dijo, dejando que una pequeña sonrisa se dibujara en su rostro—.
A veces uno solo necesita un momento tranquilo para recargar energías, ¿sabes?
La mesera asintió, complacida de ver que Mily parecía relajada.
—Me alegra escuchar eso.
Si necesita algo más, solo avíseme.
Siempre es un placer atenderla.
Mily inclinó ligeramente la cabeza, sus ojos brillando con un destello de determinación, aunque por un instante, la guerrera parecía solo una persona más disfrutando de un café en paz.
—Lo haré, gracias —respondió, mientras volvía a sumergirse en la calidez de su taza, dejando que el silencio del comedor se mezclara con el aroma del café y la tranquilidad que le ofrecía ese instante.
Mily volteó hacia un lado y luego al otro, observando con curiosidad las frutas, los jugos y la segunda taza de café, cuando algo llamó su atención.
La puerta del comedor se abrió y entró un chico con una máscara de calavera que le cubría el rostro, su vestimenta militar destacaba entre la tranquilidad del lugar.
Era Ghost Xlider, un militar conocido por su precisión y disciplina.
Sus pasos eran firmes, pero su mirada, aunque oculta tras la máscara, parecía enfocada solo en Mily.
Caminó hacia su mesa con la calma de alguien acostumbrado a recibir órdenes y dar batallas, pero esta vez su misión era diferente: tomar un café.
—Espero no llegar demasiado tarde —dijo, su voz firme pero con un matiz que sugería cierta cordialidad, mientras se sentaba frente a ella—.
Me dijiste que necesitabas compañía… y, bueno, cualquier humano necesita recargar energías, ¿verdad?
Mily levantó la mirada y le ofreció una sonrisa ligera mientras señalaba la taza frente a él.
—No, justo a tiempo.
Siempre es bueno tener a alguien con quien compartir un momento tranquilo… aunque sea un café —respondió, inclinándose ligeramente hacia adelante, con la naturalidad de quien rara vez baja la guardia, pero sabe cuándo permitirse relajarse.
Ghost Xlider colocó la taza frente a sí, observando el vapor ascender y mezclarse con la luz del comedor.
Por un instante, ambos permanecieron en silencio, como si las tensiones de sus vidas y las responsabilidades de sus poderes quedaran fuera de esas paredes.
Solo había café, jugos, frutas… y una calma inesperada que ninguno de los dos había anticipado.
La puerta del comedor se abrió de nuevo, y esta vez entró un chico de cabello negro y ojos castaños, su rostro marcado por cicatrices que contaban historias de un pasado turbulento.
Cada línea en su piel parecía un recuerdo de batallas y decisiones difíciles, pero también de supervivencia.
Su mirada buscó con rapidez entre las mesas, y pronto se detuvo en una figura que le resultaba familiar.
A su lado, con una actitud que parecía desafiarlo incluso antes de acercarse, estaba Mokuta.
Sus ojos brillaban con un toque de manipulación y ego, como si disfrutara del efecto que tenía sobre Chirinchirin.
La tensión entre ellos era palpable, casi tangible, incluso por encima del murmullo del comedor y el aroma de café recién hecho.
Chirinchirin respiró hondo, tratando de mantener la calma, aunque su postura mostraba una mezcla de cautela y cansancio.
Mokuta, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, se inclinó ligeramente hacia él: —Pensé que no vendrías… —dijo, con un tono que dejaba entrever reproche y expectación al mismo tiempo.
Él la miró fijamente, sus ojos castaños reflejando una mezcla de resignación y fuerza contenida.
—Ya estoy aquí —respondió con voz firme, pero tranquila—.
No vine para discutir, solo… necesito aclarar algunas cosas.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de recuerdos y emociones no dichas, como si todo el pasado se hubiera colado en aquel pequeño comedor.
Mientras tanto, los otros comensales parecían ignorar la tensión que flotaba en el aire, ajenos a la historia complicada que estaba a punto de desarrollarse entre Chirinchirin y Mokuta.
Chirinchirin se sentó en una de las sillas del comedor, su mirada fija en Mokuta, mientras su mente comenzaba a repasar cada momento de su relación.
No era odio lo que sentía por ella, pero tampoco era simple cariño.
Era una mezcla confusa de frustración, ternura y enojo acumulado, como caminar por un campo minado donde cada palabra podía detonar un conflicto.
Mokuta, por su parte, parecía disfrutar esa tensión, como si fuera un juego que nunca terminaba.
—No sé por qué sigo viniendo a verte —dijo Chirinchirin, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando las manos—.
Siempre terminamos discutiendo, siempre… —su voz se quebró un poco, mostrando el cansancio emocional que llevaba consigo.
Mokuta cruzó los brazos y se inclinó hacia él, con una sonrisa que podía ser tanto desafiante como seductora: —¿Y aun así vienes?
—replicó—.
¿Eso te hace masoquista o solo eres demasiado tonto para dejarme ir?
Chirinchirin suspiró, negando con la cabeza, mientras su mirada se suavizaba por un instante: —No es masoquismo.
Es… no sé, algo me hace quedarme.
Aunque sé que al final terminaremos lastimándonos de nuevo.
Mokuta rodó los ojos, fingiendo fastidio, pero su voz tenía un dejo de vulnerabilidad que apenas dejaba escapar: —Tal vez… tal vez solo te gusta pelear conmigo.
Siempre dices que odias mis juegos, pero no te vas.
—No es solo eso —dijo él, su voz más firme—.
A veces siento que, aunque me exasperes, hay algo entre nosotros que no quiero perder.
Y sí, duele… pero también duele más la idea de no tenerte en mi vida, incluso así.
Mokuta bajó la mirada por un instante, dejando escapar un suspiro, mientras Chirinchirin veía la mezcla de orgullo y miedo en su gesto.
La tensión no desapareció, pero por un momento se volvió más humana, más real.
—Eres imposible —murmuró Mokuta, con una sonrisa pequeña y sincera, que no llegaba a sus ojos del todo—.
Pero supongo que… eso es lo que me gusta de ti.
Chirinchirin apenas sonrió, consciente de que esa relación era una montaña rusa emocional, una mina de frustración y cariño al mismo tiempo.
Sin embargo, en ese instante, mientras ambos compartían un café entre silencios y palabras punzantes, había un entendimiento tácito: a pesar de la toxicidad, seguían conectados de una forma que nadie más podría comprender.
Mily observaba a Ghost Xlider con una sonrisa ligera, apoyando el mentón sobre su mano mientras el vapor del café se elevaba entre ambos.
La charla fluía con naturalidad: hablaban de misiones pasadas, de entrenamientos y de lo absurdo que podía ser tomarse un descanso en medio de un mundo que no dejaba de moverse.
De pronto, sus miradas se desviaron hacia otra mesa.
Allí estaban Chirinchirin y Mokuta, envueltos en una tensión tan evidente que parecía cortar el aire.
La forma en que se miraban, la incomodidad en sus gestos, todo gritaba “pareja complicada”.
Ghost soltó una pequeña risa por lo bajo.
—Vaya, eso sí que es energía tóxica —murmuró, bebiendo un sorbo de su café.
Luego, ladeó la cabeza con picardía y añadió—.
Oye, eso me recuerda al apodo que te decían tus amigos… ¿cómo era?
Ah, sí… Tabura-kun, ¿no?
Mily se detuvo un segundo, parpadeó y luego lo miró con una mezcla entre sorpresa y amenaza divertida.
Sin decir una palabra, le dio un pequeño golpecito con los nudillos en la cabeza.
—Dices eso de nuevo y tendremos que pelear afuera —le advirtió, aunque una sonrisa se asomaba en sus labios.
Ghost Xlider frotó el lugar del golpe con una expresión fingida de dolor.
—Ay… tranquila, era solo una broma.
No quiero que me lances una explosión en la cara por recordarte tu pasado —dijo entre risas.
Mily soltó una carcajada suave, negando con la cabeza.
—Entonces será mejor que midas tus palabras, soldado —respondió, volviendo a tomar su café.
Ghost sonrió detrás de su máscara, dejando escapar un suspiro divertido.
—He recibido amenazas más suaves de enemigos armados, pero está bien, lo tendré en cuenta.
Ambos rieron, dejando que la tensión del comedor se disolviera.
Mientras afuera el día seguía su curso, Mily y Ghost Xlider disfrutaban de un momento de tranquilidad, entre bromas, miradas y la promesa implícita de que, si llegaba el momento, pelearían juntos… o tal vez uno contra el otro, solo por diversión.
Mientras reía con Ghost Xlider, Mily apartó la mirada un momento.
Su sonrisa se desvaneció lentamente cuando su mente, traicionera, decidió abrir una vieja herida que creía cerrada.
Aquel recuerdo, uno de esos que el corazón guarda aunque la razón diga que ya no importa, volvió con claridad.
Recordó a Maxi, aquel chico al que alguna vez había llamado chiquitín.
Tenía solo trece años, pero hablaba como si pudiera conquistar el mundo por ella.
Le había dicho que cambiaría, que mejoraría, que lucharía contra mil hombres si era necesario con tal de ganarse su amor.
Y por un momento, Mily lo creyó.
Había querido darle una oportunidad, convencida de que tal vez las segundas veces podían ser distintas.
Pero no lo fueron.
El tiempo que se tomaron había sido breve, apenas dos días, y cuando volvieron, las promesas sonaban tan dulces como vacías.
No pasó mucho antes de que la verdad se revelara… cruel y absurda.
Maxi, el chico que juró protegerla, la engañaba.
Y lo peor no fue la traición en sí, sino con quién: una chica del hospital.
Una historia tan ridícula que Mily todavía se preguntaba cómo alguien podía caer tan bajo.
Recordar eso le provocó una mezcla de risa amarga y fastidio.
—Qué idiota fui… —pensó para sí, jugando distraídamente con la cuchara en su taza de café—.
Creí en sus palabras, creí que cambiaría… pero al final solo era un niño jugando a ser adulto.
Ghost Xlider la observó en silencio, notando cómo su mirada se había perdido por unos segundos.
No dijo nada, pero Mily sintió su presencia, tranquila y firme, como si entendiera sin necesidad de preguntar.
Suspiró, volviendo la vista hacia él, y se obligó a sonreír.
El pasado podía doler, pero no tenía por qué definirla.
Si algo había aprendido, era que algunas heridas no se curan volviendo atrás, sino caminando hacia adelante.
Y en ese instante, mientras el aroma del café la envolvía, Mily comprendió que el amor no siempre se trata de luchar contra mil hombres… sino de saber cuándo dejar de luchar por alguien que no lo merece.
El silencio se extendía entre ellos, Ghost Xlider notó cómo la mirada de Mily se había perdido por completo en algún punto del vacío.
Ya no tenía esa chispa traviesa de hace unos minutos; había algo más profundo, una mezcla de tristeza y resignación que solo alguien que ha amado y ha sido herido podía tener.
Sin decir palabra, Ghost dejó su taza sobre la mesa y estiró lentamente las manos.
Las tomó con cuidado, con la misma firmeza con la que un soldado sostiene su arma antes de una batalla, pero con la suavidad que solo se reserva para algo realmente importante.
Mily alzó la vista, sorprendida.
—¿Qué haces?
—preguntó en voz baja, como si temiera romper el momento.
—Dándote apoyo —respondió Ghost, sin apartar la mirada—.
No sé qué pasó, pero lo que sea que te esté pesando… no tienes que cargarlo sola.
Mily lo observó unos segundos más, sin decir nada.
El calor de sus manos, ocultas entre las de él, se sentía reconfortante, casi extraño para alguien acostumbrada a luchar por sí misma.
—No estoy acostumbrada a que alguien me diga eso —admitió con una sonrisa débil—.
Siempre he tenido que mantenerme fuerte, aunque por dentro esté hecha pedazos.
Ghost apretó un poco más sus manos, sin soltarla.
—Ser fuerte no significa aguantar todo —le dijo con calma—.
A veces, también se trata de dejar que alguien más te sostenga un rato.
Por primera vez en mucho tiempo, Mily bajó la guardia.
Soltó un pequeño suspiro y, por un instante, dejó que el peso de su pasado se desvaneciera entre el calor de sus manos y el silencio que los envolvía.
La cafetería seguía llena de murmullos y aroma a café, pero para ellos, el mundo parecía haberse detenido.
No había explosiones ni misiones, solo dos almas que, por un momento, encontraron paz en medio del caos.
Mientras en otra mesa el ambiente se llenaba de calma y comprensión, en la esquina del comedor la tensión seguía creciendo.
Mokuta se inclinó hacia adelante, con una sonrisa tan dulce como venenosa, la clase de sonrisa que sólo alguien que sabe dónde doler puede usar con precisión.
—¿Sabes, Chirinchirin?
—dijo, su voz suave pero con un filo oculto—.
Esto me recuerda a una vez… cuando te arrastraste a mis pies porque te vi hablando con otra chica.
¿Lo recuerdas?
Chirinchirin bajó la mirada por un momento.
Sus manos, que descansaban sobre la mesa, se tensaron hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Claro que lo recordaba.
Recordaba cada segundo de aquella escena vergonzosa, el nudo en el estómago, la desesperación por explicarse, por no perderla… aunque, en el fondo, sabía que no había hecho nada malo.
Solo había saludado a una amiga, y Mokuta había convertido eso en una tormenta.
—Sí… lo recuerdo —murmuró con voz apagada, sin levantar la vista—.
Recuerdo que me hiciste sentir como si fuera el peor ser humano por algo que ni siquiera pasó.
Mokuta lo observó, ladeando la cabeza con una falsa inocencia.
—Tal vez no pasó nada, pero me dolió verte con ella —respondió con tono fingidamente triste—.
Y tú… tú fuiste quien decidió arrodillarse y pedirme perdón, ¿no?
El corazón de Chirinchirin dio un vuelco.
Aquella escena se proyectó en su mente como un eco amargo: él, de rodillas, rogando que ella lo escuchara, mientras su orgullo se desmoronaba frente a todos.
Había lágrimas, gritos y una humillación que le quemó el alma.
En ese entonces, lo confundió con amor; ahora, lo entendía como control.
—No lo hice porque tuviera culpa —dijo finalmente, con la voz temblando, pero cargada de una ira contenida—.
Lo hice porque te quería.
Y porque tenía miedo de perderte… aunque tú ya me habías perdido a mí desde hace mucho.
Mokuta frunció el ceño, la sonrisa desapareciendo poco a poco.
Su mirada se tornó fría, dolida, pero más por orgullo herido que por arrepentimiento.
—No digas eso —susurró—.
Tú sabes que lo nuestro no fue tan malo.
Chirinchirin alzó la vista, esta vez sin temor.
En sus ojos había cansancio, pero también decisión.
—Sí lo fue, Mokuta.
Fue tan malo que me rompió en pedazos… y aún así seguía pensando que te necesitaba.
Ella no respondió.
Por un momento, pareció no saber qué decir.
El silencio entre ambos se volvió denso, insoportable.
Chirinchirin apartó la mirada, respiró hondo y comprendió que esa herida, por fin, empezaba a cerrar.
Mokuta lo miró en silencio, sorprendida por las palabras de Chirinchirin.
No estaba acostumbrada a verlo hablar con tanta firmeza, sin titubear, sin bajar la mirada.
Esa seguridad la descolocó, la hizo sentirse expuesta, como si por primera vez alguien viera más allá de la máscara que llevaba puesta.
Su sonrisa, antes altiva y burlona, se quebró por un instante.
—¿Roto en pedazos?
—repitió, su voz temblando apenas, aunque intentó mantener su tono frío—.
No exageres, Chirinchirin.
Las cosas entre nosotros… solo se salieron un poco de control.
Él rió por lo bajo, pero no de diversión, sino de tristeza.
—Un poco de control… —repitió, mirándola a los ojos—.
¿Sabes cuántas noches me quedé pensando qué había hecho mal?
Cuántas veces me sentí culpable por cosas que nunca pasaron, solo porque tú necesitabas tener la razón.
Mokuta apretó los puños sobre la mesa, mordiéndose el labio inferior.
Su mirada se llenó de orgullo herido.
—¡No me pongas como la villana!
—exclamó de repente—.
¡Tú también cometiste errores!
¡No todo fue mi culpa!
—Nunca dije que fuera solo tu culpa —respondió Chirinchirin con voz tranquila, aunque su corazón latía con fuerza—.
Pero admitelo, Mokuta.
Te gustaba tener el control.
Te gustaba verme caer, porque así te sentías fuerte.
El silencio volvió a reinar.
Mokuta lo miraba, pero ya no con rabia, sino con algo más profundo: vergüenza.
Bajó la vista, y por un momento, el brillo desafiante en sus ojos desapareció.
—Tal vez sí… —susurró con un hilo de voz—.
Tal vez me gustaba saber que tú me necesitabas.
Porque yo… no sabía cómo quererte sin destruirte.
Chirinchirin quedó quieto, sin saber qué responder.
Esas palabras le dolieron más de lo que imaginaba, pero también le hicieron entender algo: Mokuta no solo lo había herido; también estaba rota.
—Eso no justifica lo que hiciste —dijo, sin dureza, pero con claridad.
Mokuta lo miró de nuevo, y una lágrima, apenas perceptible, resbaló por su mejilla.
La limpió enseguida, fingiendo que nada había pasado, aunque su voz la traicionó.
—No sé si alguna vez podré pedirte perdón como debería… pero supongo que eso ya no importa, ¿verdad?
Chirinchirin negó despacio.
—Importa —dijo con sinceridad—.
Porque el perdón no siempre es para volver.
A veces es solo para cerrar lo que duele.
Ella lo miró con una mezcla de tristeza y alivio.
Por primera vez, Mokuta no respondió con sarcasmo, ni orgullo, ni rabia.
Solo guardó silencio, sabiendo que algo dentro de ella ese control, esa máscara había empezado a desmoronarse.
Continuará…
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