History academy what if - Capítulo 32
- Inicio
- Todas las novelas
- History academy what if
- Capítulo 32 - 32 What if 26 Desgracia de ser estúpido
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
32: What if 26: Desgracia de ser estúpido.
32: What if 26: Desgracia de ser estúpido.
Neto estaba feliz.
Era un día cualquiera, una tarde común en Sonsonate, de esas que no parecen importantes hasta que lo cambian todo.
Estaba justo a la par de un local de ropa y artículos varios, acompañado de Geo, su pareja.
No sospechaba nada; para él era solo otro momento compartido.
Fue ella quien habló primero.
Geo decidió terminar la relación.
Le explicó los motivos, aunque solo a medias: verdades incompletas mezcladas con mentiras suaves, lo suficiente para cerrar la puerta sin levantar demasiadas sospechas.
Neto no discutió.
No quiso pelear, no quiso rogar ni alzar la voz.
En ese momento, lo único que deseaba era paz mental, aunque eso significara aceptar algo que no entendía del todo.
Pasaron las semanas.
Luego los meses.
Un día, entre conversaciones casuales, algunos amigos le dijeron lo que nunca esperó escuchar: Geo lo había engañado.
Con alguien más.
Con una persona cuyo nombre desconocía.
Al principio no reaccionó.
No porque no le importara, sino porque la información lo dejó suspendido en el aire, como si su mente se negara a procesarla.
El dolor no llegó de golpe; llegó como un vacío.
No sentía rabia inmediata, ni ganas de confrontar a nadie.
Lo que sentía era shock.
Una confusión profunda, pesada.
La pregunta que más lo atormentaba no era con quién, sino cómo.
— “¿Cómo no se dio cuenta?”, “¿Cómo pudo amar con tanta calma mientras le mentían a la cara?” Ahí entendió que lo más duro no era la traición, sino la certeza de que la felicidad que creyó real había sido, en parte, una ilusión.
Empezó a recordar esos momentos dentro de su memoria, como lo llevo a esa situación.
Todo empezó en 2022.
Neto tenía 14 años.
Geo, 12.
Ambos estaban en octavo grado, pero vivían el colegio como si fueran mundos distintos.
Él estudiaba en la mañana; ella, en la tarde.
Nunca se veían en los pasillos, nunca compartían recreos, nunca coincidían frente a frente.
Geo era, para Neto, una presencia lejana… casi invisible, pero constante en su mente.
Hasta que un día, Neto decidió escribirle por Facebook.
—Hola… —tecleó, dudando unos segundos antes de enviar el mensaje.
Minutos después llegó la respuesta.
—Hola Y así, sin saberlo, empezó todo.
Las conversaciones se hicieron largas.
Hablaron de cosas simples: música, tareas, lo aburrido que era el colegio, sueños pequeños que parecían enormes a esa edad.
Neto esperaba cada mensaje como si fuera algo vital, como si el día no estuviera completo sin leer su nombre en la pantalla.
Después de un tiempo, decidieron verse.
—¿Y si nos vemos un día?
—escribió él, con el corazón acelerado.
—Sí… pero afuera de la escuela —respondió ella— cerca de la cancha de fútbol.
Llegó el día.
Neto la esperó afuera de la escuela, sintiendo que el tiempo no avanzaba.
Cuando Geo apareció, algo dentro de él se detuvo.
La vio caminar hacia él, nerviosa, con una sonrisa tímida.
En ese instante, supo que estaba perdido.
Completamente enamorado.
—Hola… —dijo ella.
—Hola —respondió él, intentando que no se notara cuánto le temblaba la voz.
Hablaron poco, pero no hizo falta más.
Desde ese día, siguieron viéndose de vez en cuando.
Sin decirlo claramente, se volvieron algo parecido a novios…
Aunque nunca fue oficial.
Porque había un problema.
Geo ya tenía otro novio.
Alguien de su edad.
Neto lo sabía.
Y aun así se quedó.
Llegó 2023.
Seguían viéndose algunas veces, siempre a escondidas.
Neto la esperaba, la buscaba, aparecía cuando podía.
Él nunca presionó, nunca exigió nada.
Solo esperaba.
Siempre esperando que, algún día, llegara su oportunidad.
—Yo voy a esperarte —le decía él.
—No sé… —respondía ella— no prometo nada.
Y aun así, Neto seguía ahí.
2024 fue igual.
Miradas que decían más que palabras.
Encuentros cortos.
Mensajes que parecían promesas sin serlo.
Neto iba a buscarla a la escuela, siempre lejos de los ojos de los demás.
Siempre escondidos.
Siempre en silencio.
Porque Neto era “el otro”.
Y eso dolía más de lo que él admitía.
—¿Por qué no puedo presentarte como algo mío?
—preguntó una vez, con la voz baja.
Geo no respondió.
Solo bajó la mirada.
Llegó 2025.
Geo se graduó de noveno grado.
Neto prometió ir a su graduación.
Para él, no era solo un evento escolar; era la prueba de que, pese a todo, había estado ahí desde el inicio.
—Voy a ir —le dijo— te lo prometo.
Geo sonrió, pero no dijo nada más.
En ese punto, Neto ya había entregado años de espera, ilusión y silencios.
Había amado sin exigir, sin reclamar, sin ocupar un lugar real.
Y aun así, creyó que valía la pena.
Porque para él, Geo no era una etapa.
Era una historia que nunca terminó de empezar…
pero que marcó todo lo que vino después.
Y así fue, Neto fue a la graduación.
Cumplió su promesa.
La vio entre la gente, con el uniforme distinto, con una sonrisa que ya no era la de antes.
Sus miradas se cruzaron por unos segundos.
No hablaron mucho.
No hizo falta.
Fue suficiente para que ambos supieran que ese momento importaba más de lo que admitirían.
Esa fue, al menos para Neto, la última vez que la vio de verdad.
Después, el tiempo pasó.
Llegó 2026.
El 3 de enero, sin planearlo, sin mensajes previos, sin expectativas… se encontraron.
Fue uno de esos encuentros que no se buscan.
Caminaban en direcciones distintas y, de pronto, estaban frente a frente.
—Hola… —dijo ella, sorprendida.
—Hola —respondió Neto, con esa calma fingida que solo existe cuando el corazón se acelera.
Antes de eso, ya habían quedado en algo claro: no verse más.
Geo tenía su relación.
Neto lo había aceptado, al menos en palabras.
No quería ser un problema, no quería romper nada, no quería seguir siendo “el otro”.
Pero la vida no siempre respeta los acuerdos.
Ese día hablaron poco.
Lo justo.
Lo necesario para confirmar que, aunque el tiempo avanzaba, algo seguía ahí.
Cuando se despidieron, Neto entendió que no había cerrado ningún ciclo.
Y hasta hoy… sigue esperando.
No esperando activamente, no persiguiendo, no insistiendo.
Esperando en silencio.
Con la esperanza quieta, casi resignada, de algún día ser algo más que un recuerdo conveniente.
Desde 2022 hasta 2026, los encuentros nunca fueron planeados.
Coincidencias que se repetían demasiado para ser normales.
Sonsonate.
Nahuizalco.
La playa.
Lugares distintos, misma sensación: verla aparecer cuando ya creía haberla superado.
Con el tiempo, Neto empezó a cuestionarse todo.
No con culpa inmediata, sino con una reflexión pesada.
¿Cómo se enamora alguien de una niña de 12 años?
¿Cómo algo tan aparentemente inocente se transforma en años de espera, silencios y decisiones que marcan?
No fue una historia común.
No fue una relación normal.
Y no fue algo que debió durar tanto.
Eso fue lo que empezó a entender con los años.
Porque no todo lo que se siente es correcto.
Y no todo lo que nace bonito está destinado a quedarse.
A veces, el amor no es amor…
Es apego, idealización, una promesa que uno mismo se inventa para no soltar.
Neto no se ve como una víctima ni como un villano.
Se ve como alguien que no supo irse a tiempo.
Y esa, tal vez, fue la lección más dura de todas.
Uno de esos días, sin que hubiera un motivo especial, Neto salió a caminar con Marcos, un amigo cercano.
No hablaron de nada importante al inicio: cosas triviales, el calor, el tiempo, lo mismo de siempre.
Pero Marcos lo conocía demasiado bien como para no notar que algo seguía roto.
En un momento, Marcos se detuvo.
—¿Por qué la sigues esperando?
—preguntó, sin rodeos.
Neto no respondió de inmediato.
—¿Por qué sigues esperando a una persona cuyo amor es, básicamente, una mierda?
—continuó Marcos, con la voz firme—.
¿No te das cuenta de que eso te está afectando a largo plazo?
Te está cerrando la puerta a conocer a alguien que sí podría amarte de verdad.
Las palabras cayeron pesadas.
No eran crueles, pero tampoco suaves.
Eran sinceras.
Neto se quedó viendo a su amigo.
No con enojo.
Con cansancio.
Bajó la mirada y soltó un suspiro largo, como si por fin dejara salir algo que llevaba años acumulando.
—Tenés razón, Marcos… —dijo al fin—.
Y lo sé.
Se pasó una mano por el rostro.
—Es estúpido —añadió—.
Es estúpido seguir esperando a alguien de esta forma.
A lo desgraciado… como lo he estado haciendo.
No había rabia en su voz.
Solo aceptación.
Por primera vez, Neto no intentó justificarla.
No habló de coincidencias, ni de recuerdos, ni de lo que “pudo haber sido”.
Solo reconoció una verdad incómoda: nadie merece ser esperado a costa de uno mismo.
Y aunque no significaba que dejara de sentir de un día para otro, ese momento marcó algo distinto.
No el final del dolor.
Pero sí el inicio de dejar de aferrarse a él.
Fin.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com