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History academy - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 Venganza del reino
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10: Venganza del reino.

10: Venganza del reino.

Las estrellas brillaban con intensidad renovada, iluminando la vastedad del cosmos y despertando a los hijos de la oscuridad.

Entre ellos, Kafka, el concepto de la manipulación, se movía con sigilo, observando y calculando, la sonrisa en su rostro reflejaba su naturaleza taimada.

Fue creado para ser manipulador, y en cierto modo, se consideraba el hijo de la oscuridad junto a Karla’k.

Kimi, el concepto de la corrupción, irradiaba un poder sensual, aunque su cuerpo no era más que un canal para su verdadera fuerza, capaz de brillar como mil soles si lo deseaba.

Cada movimiento suyo llevaba la esencia de la decadencia, y aun así, algo nuevo le causaba una ligera inquietud.

Saucher, joven pero intenso, encarnaba la locura.

Su energía chispeaba en todas direcciones, temblando como un caos concentrado, pero al mirar los planetas nacientes y las estrellas recién formadas, un sentimiento extraño lo recorrió: preocupación.

No por él mismo, sino por Karla’k.

Adriene, el concepto de la fricción, percibió un rastro peculiar.

Aunque su mente estaba ocupada con su propia existencia y con los ecos de su padre, algo le decía que el poder de Karla’k estaba involucrado en algo fuera de su alcance.

La distancia era tal que no podía intervenir directamente, pero la energía era inconfundible: un poder que resonaba con la memoria de su progenitor y con otra presencia que había peleado junto a él.

En una dimensión apartada, una que alguna vez albergó entidades olvidadas por el tiempo, algo peculiar llamó la atención de Adriene.

Allí, más allá de las barreras conocidas, percibió la esencia de Karla’k, retenida en una forma extraña, como si su fuerza se hubiera fundido con aquel lugar y algo nuevo, desconocido, hubiera surgido de ello.

Todos los hijos de la oscuridad lo sintieron.

Por primera vez, la creación, la manipulación y la corrupción compartieron un sentimiento que no entendían del todo: inquietud.

Algo se estaba gestando, y su epicentro parecía vinculado a Karla’k.

El universo respiraba, y en esa calma inquietante, los hijos de la oscuridad supieron que lo que venía no sería solo un desafío… sino algo que podría cambiarlo todo.

Adriene observaba con atención aquella anomalía.

Sus sentidos percibían cada pulso de energía, cada vibración de la dimensión, y su rostro se tensó.

—Hermanos, manténganse atrás —les dijo con firmeza—.

Esto no es algo que puedan manejar sin precaución.

Los otros asintieron, confiando en la autoridad y el instinto de Adriene.

Frente a ellos, la oscuridad comenzó a concentrarse, y ante sus ojos se formó una estrella negra, pura, que rodeaba la dimensión como un domo impenetrable.

La energía era tan densa que incluso Kafka, acostumbrado a manipular la esencia de los demás, sintió un estremecimiento.

Adriene levantó su mano y murmuró: —Nulo de oscuridad… En ese instante, el centro de la estrella oscura cedió levemente, formando un agujero apenas perceptible, como una grieta donde la luz y la sombra parecían mezclarse en un remolino.

Era suficiente para que pudieran entrar, pero el peligro estaba latente en cada sombra.

Sin dudarlo, Kafka, Saucher y Kimi se adentraron en la grieta, siguiendo a su hermano Adriene.

Cada paso era silencioso, pero la tensión en el aire era casi tangible.

La estrella oscura vibraba, como si reconociera la presencia de intrusos, y el domo de energía parecía cerrarse lentamente tras ellos, aislándolos del resto del universo.

Mientras avanzaban, Adriene podía sentir que algo esperaba al final del camino: un poder ligado a Karla’k, pero distinto, como si la oscuridad misma hubiera tomado conciencia y los estuviera esperando.

—Manténganse alerta —susurró Adriene—.

Lo que sea que esté aquí… no será fácil de enfrentar.

Y así, los cuatro hermanos se internaron en el corazón de la dimensión oscura, adentrándose en un lugar donde la luz apenas podía tocar, y donde cada paso podía cambiar su destino.

Los cuatro hermanos avanzaban cautelosamente por la oscuridad, cada paso sobre la tierra desconocida hacía que Adriene sintiera la vibración del continente bajo sus pies.

Era un terreno enorme, tan vasto que sus sentidos apenas podían abarcarlo, y la penumbra parecía tragarlos lentamente.

La luz de la estrella oscura que los había guiado se debilitaba a medida que penetraban más profundo, obligándolos a depender de su percepción y de sus poderes para no perderse.

De pronto, el suelo tembló con fuerza, haciendo que Saucher tuviera que fijarse bien para no perder el equilibrio.

Kimi tensó sus músculos, sintiendo cómo la corrupción misma de la tierra parecía responder a su presencia.

Kafka frunció el ceño, percibiendo patrones de manipulación que indicaban una inteligencia activa detrás de esa dimensión.

—¿Qué… qué es esto?

—susurró Kimi, observando el horizonte.

Allí, entre la oscuridad y la penumbra, se dibujaba una silueta imponente: un reino.

Sus torres parecían absorber la luz a su alrededor, y los muros, cubiertos de símbolos antiguos y oscuros, emanaban un aura que helaba la sangre.

Adriene respiró hondo, sintiendo cómo la esencia de Karla’k impregnaba cada piedra, cada columna, cada centímetro del continente.

Al sentir el temblor, la Reina Escarlata, custodia del reino, percibió inmediatamente la intrusión.

Sus ojos brillaron con un rojo intenso y con un gesto ordenó: —¡Ejército!

¡Salgan y averigüen qué perturba nuestro dominio!

Konan, que se había apartado un poco del corazón del reino por sus propias vigilancias, también sintió la perturbación.

Con rapidez, corrió hacia el epicentro del temblor, decidido a descubrir qué estaba ocurriendo.

Adriene miró a sus hermanos y dijo: —Esto… esto no es simplemente un territorio oscuro.

Es un continente, un verdadero reino.

Y si Karla’k lo protege, no será fácil acercarnos.

Los cuatro continuaron avanzando, sus pasos resonando levemente sobre la tierra negra.

La tensión era palpable: cualquier movimiento en falso podía alertar a los guardianes del reino.

Y cuando finalmente llegaron lo suficientemente cerca, pudieron ver con claridad lo imposible: un reino oscuro, vivo, consciente de su poder, que los observaba desde cada torre y muro.

—Es más grande de lo que imaginé… —murmuró Saucher, sintiendo cómo el miedo se mezclaba con la emoción.

Adriene asintió, consciente de que cada decisión que tomaran dentro de ese territorio tendría consecuencias irreversibles.

Y así, los cuatro hermanos se adentraron en el reino de Karla’k, preparados para enfrentar lo que fuera que aguardara en su interior.

El ejército de Karla’k avanzaba con paso firme, cada soldado perfectamente alineado, armaduras oscuras que reflejaban apenas la luz que entraba por el cielo negro.

Sus lanzas y estandartes parecían absorber la penumbra a su alrededor.

Desde su escondite tras una roca gigante, Konan observaba con cautela, evaluando la magnitud del ejército y el peligro que implicaba acercarse demasiado.

De repente, un haz de energía recorrió el suelo y, ante los ojos de los soldados, aparecieron Adriene, Kafka, Saucher y Kimi.

La presencia de los cuatro hermanos era imponente, y el aire a su alrededor vibraba con sus poderes combinados.

Los soldados se detuvieron, sorprendidos por la aparición repentina.

Sus armas temblaron en las manos y la formación comenzó a tambalearse.

Algunos murmuraban entre ellos, pero la sensación de peligro era demasiado real.

Adriene dio un paso adelante, su voz firme y segura resonando sobre la fila de soldados: —¡Apártense!

No buscamos pelea… pero no permitiremos que nos bloqueen el paso.

Kimi, a su lado, añadió con un tono gélido: —No queremos lastimarlos… pero si nos obligan, no dudaré en hacerlo.

Kafka y Saucher permanecieron atentos, observando cada movimiento de los soldados, preparados para intervenir si alguno intentaba avanzar.

El ejército se quedó inmóvil, evaluando si responder o retroceder ante aquellos seres que claramente superaban en poder y presencia a cualquier humano normal que hubieran enfrentado.

Konan, aún escondido, podía sentir cómo la tensión crecía en el aire.

La mirada de los cuatro hermanos era fría y calculadora, y aunque él no había intervenido, sabía que cualquier descuido podía desencadenar un enfrentamiento inmediato.

Por un instante, el silencio reinó sobre la llanura oscura.

Los soldados parecían debatirse entre obedecer o ceder ante aquella fuerza desconocida.

Adriene mantuvo la mirada fija, transmitiendo sin palabras la advertencia: no deseaban pelear… pero tampoco permitirían ser detenidos.

El silencio se rompió en un instante.

Los soldados no se movieron, firmes, pero sus ojos reflejaban una mezcla de miedo y desafío.

Adriene y Kimi intercambiaron una mirada rápida, y al unísono comenzaron a avanzar, desatando una onda de poder que hacía temblar el suelo bajo ellos.

Saucher y Kafka, siguiendo el mismo impulso, se unieron al ataque, sus cuerpos irradiando energía oscura y luminosa al mismo tiempo, listos para impactar contra los soldados.

Justo cuando el choque parecía inevitable, Konan emergió de su escondite con una velocidad que sorprendió a todos.

Sus ojos brillaban con determinación; sabía que si alguno de los soldados caía, él mismo no podría perdonarlo.

Con movimientos precisos y veloces, se colocó entre Adriene y uno de los comandantes del ejército.

Antes de que los puños de ambos pudieran chocar contra los soldados, Konan extendió sus brazos y, con una fuerza sorprendente, atrapó los golpes de ambos al mismo tiempo.

El aire vibró alrededor de sus manos, como si un muro invisible detuviera la violencia en el último instante.

—¡Basta!

—gritó Konan, su voz firme y autoritaria.

Adriene se detuvo, sus ojos enfocados en Konan, comprendiendo de inmediato su intervención.

Kimi, Saucher y Kafka también se detuvieron, sorprendidos por la rapidez con la que Konan había neutralizado la situación.

El comandante frente a Konan parpadeó, sorprendido.

Nadie esperaba que un solo individuo pudiera detener un ataque combinado de cuatro seres tan poderosos.

La tensión quedó suspendida en el aire, y por un momento, todos comprendieron que cualquier movimiento en falso podría desatar una batalla devastadora.

Konan apretó ligeramente los puños de Adriene y del comandante, transmitiendo con su fuerza un mensaje claro: no es momento de pelear, aún no.

Giró con rapidez, haciendo que tanto Adriene como el comandante retrocedieran unos pasos.

Sus ojos recorrían a los soldados y, con voz firme, les dijo: —Yo me encargo de esto.

Pero los soldados permanecieron inmóviles.

Tenían una orden directa de la Reina Escarlata, y el conflicto parecía inevitable.

Konan no titubeó: —No me importa —respondió con determinación, dejando claro que no permitiría que la obediencia ciega pusiera en riesgo la situación.

Volviendo su atención a Adriene, sus ojos se clavaron en él, llenos de curiosidad y precaución.

—¿Quiénes son ustedes?

—preguntó—.

Se supone que nadie puede cruzar este lugar.

Adriene, fascinado por la magnitud y el reconocimiento de fuerza de aquel guardián, suspiró antes de responder: —Venimos a averiguar por qué sentimos el poder de Karla’k.

Konan frunció el ceño, dudoso, como si no terminara de creerlo: —¿Conocen a Karla’k?

Adriene asintió con firmeza, y su voz se volvió solemne: —Sí.

Es nuestro padre… de los cuatro.

Y la oscuridad, nuestra madre.

Konan se quedó perplejo, procesando aquella revelación.

Después de un silencio cargado de tensión, simplemente dijo: —Ya veo… — dió unos pasos y su mirada se dirigió hacia el reino.

Konan se adelantó, caminando con paso firme hacia el reino mientras los cuatro hermanos lo seguían.

Con un gesto, indicó a los soldados que avanzaran detrás de ellos, sin perder de vista ni un solo movimiento.

Adriene, Kimi, Kafka y Saucher mantenían la mirada alerta, notando cada detalle del terreno que pisaban; cada piedra y cada sombra parecían cobrar vida bajo la enorme cúpula oscura que cubría la dimensión.

Al acercarse al palacio, Konan levantó la vista y sus ojos se encontraron con la figura de la Reina Escarlata, que los observaba desde la distancia.

La reina los examinó con calma y curiosidad.

Reconoció a Konan de inmediato, aunque no sabía con certeza qué lo había llevado hasta ese lugar.

Sabía quiénes eran sus soldados, pero los cuatro que caminaban delante de él le resultaban completamente desconocidos.

La duda se reflejaba en su expresión, y lentamente descendió hacia su trono, decidida a sentarse y observar más de cerca lo que ocurría.

Las puertas del palacio se abrieron con un crujido solemne, y los guardias hicieron una reverencia sincronizada.

Konan, sin embargo, no correspondió al gesto, caminando con la misma firmeza de siempre.

Adriene, Kafka, Saucher y Kimi permanecieron en silencio, sus pasos resonando en los pasillos como un eco de autoridad y misterio.

Una vez frente a la reina, Adriene tomó la iniciativa: —Hemos sentido un poder… —dijo con voz serena, aunque cargada de intensidad—.

Un poder que nos es familiar, pero que no entendemos del todo.

Vinimos a investigar.

La reina Escarlata lo observó atentamente, sus ojos color escarlata brillando con un destello de curiosidad y cautela.

—¿Investigar?

—repitió—.

¿Quiénes son ustedes, realmente?

No parece que pertenezcan a este reino.

Kimi, con su acostumbrada seguridad, intervino: —No hemos venido a causar problemas.

Solo queremos respuestas.

—Sus palabras eran firmes, aunque no carecían de cierto respeto.

Saucher, por su parte, añadió: —El poder que sentimos… proviene de alguien que es muy importante para nosotros.

Queremos entenderlo.

Kafka asintió, cruzando los brazos con un gesto serio: —No buscamos pelea, solo claridad.

La reina mantuvo la mirada, evaluando cada gesto, cada palabra.

Por un momento, el silencio llenó el gran salón, pesado y solemne.

Finalmente, inclinó ligeramente la cabeza, con un gesto que combinaba autoridad y curiosidad: —Ya veo… entonces ustedes son los que llevan la sangre de Karla’k.

—Su voz era calma, pero cargada de poder y certeza.

Adriene arqueó una ceja, sorprendido: —¿Karla’k?

¿Sabe usted quién es nuestro padre?

La reina sonrió suavemente, un gesto que no alcanzaba a ser completamente amable ni hostil: —Lo sé… aunque ustedes no me conocen, yo sí he visto el rastro de su poder antes.

Y ahora, al fin, puedo verlos a ustedes.

Konan observaba a la reina, cruzando los brazos con la habitual seriedad que lo caracterizaba.

Los soldados mantenían su posición, en silencio, mientras la tensión entre todos los presentes parecía vibrar en el aire.

Adriene y sus hermanos se miraron entre sí, conscientes de que aquel encuentro era solo el comienzo de algo mucho más grande.

—Bien —dijo finalmente la reina Escarlata—.

Si su objetivo es entender lo que sienten y de dónde proviene, deberán seguir mis instrucciones.

Pero tengan cuidado… este lugar no perdona la imprudencia.

Adriene asintió, sintiendo la mezcla de respeto y desafío que emanaba de la reina.

Kimi, Kafka y Saucher lo acompañaron con miradas decididas.

Konan, como siempre, se mantuvo firme, evaluando cada movimiento.

El aire dentro del palacio estaba cargado de tensión, misterio y anticipación.

Era un momento crucial: el poder de Karla’k y la oscuridad que rodeaba a los hermanos empezaba a converger con la autoridad de la reina Escarlata, y nada sería como antes.

Ellos sintieron un tipo de sonido resonar, un eco profundo que hacía vibrar todo a su alrededor.

El suelo bajo sus pies temblaba levemente, pero no era solo el piso: toda la dimensión del reino parecía estremecerse, y con ella, algunas dimensiones cercanas se agitaban como si compartieran el mismo miedo invisible.

Adriene frunció el ceño, percibiendo la magnitud de aquel temblor.

—Algo está rompiéndose… —murmuró, con su voz cargada de concentración mientras su energía se agitaba a su alrededor.

Sin dudarlo, Adriene extendió las manos y creó un objeto flotante frente a él, algo similar a una televisión transparente, brillante con un aura azulada.

—Con esto podremos ver lo que pasa —explicó mientras ajustaba la proyección.

Kimi, observando la pantalla recién formada, inclinó la cabeza con curiosidad.

—¿Eso… nos mostrará lo que está ocurriendo allá afuera?

—Exactamente —dijo Adriene—.

Necesitamos entender antes de intervenir.

Los cuatro hermanos se mantuvieron en silencio mientras la imagen comenzaba a cobrar forma.

Desde la pantalla, se podía ver una escena imposible: Karla’k luchando contra un ser desconocido, un duelo que parecía trascender todo concepto de realidad.

Sus movimientos eran fluidos, pero había una intensidad caótica en cada gesto; el aire mismo parecía vibrar con cada choque de poder.

Konan, a su lado, observaba con los ojos entrecerrados.

Su mirada se fijaba en la pantalla, intentando analizar lo que veía.

—¿Qué clase de poder es ese?

—preguntó en voz baja.

—No lo sé —respondió Adriene con un suspiro—.

Pero… el poder de Karla’k está ahí, y está enfrentándose a algo que no podemos comprender del todo.

En la pantalla, la batalla continuaba.

Los movimientos de Karla’k eran precisos y devastadores, y su adversario emitía un aura que mezclaba caos y creación eterna.

Una voz resonó a través de la proyección, profunda y dominante: —¡Jehová!

—dijo Karla’k con fuerza.

Todos se quedaron congelados.

El nombre del ser, Jehová, vibró en el aire de la proyección como un trueno distante.

Nadie en el grupo había oído jamás aquel nombre, pero la energía que desprendía era tan inmensa que incluso los cuatro hermanos sintieron un escalofrío recorrer sus cuerpos.

—¿Quién es… Jehová?

—susurró Kimi, mirando a Adriene con los ojos abiertos por la sorpresa.

Adriene negó con la cabeza, sin encontrar respuesta.

—No lo sé, pero parece… equilibrar el poder de nuestro padre.

Mira ese dominio —dijo, señalando cómo Karla’k había creado un domo flotante que mezclaba oscuridad y luz, un ying y yang que contenía ambos extremos de la realidad.

Incluso la reina escarlata se inclinó un poco hacia la proyección, sus ojos reflejando asombro y curiosidad.

—¿Qué es ese objeto?

—preguntó con voz firme pero cargada de intriga, mientras los guardias a su alrededor guardaban silencio absoluto.

Adriene se giró hacia ella, su expresión seria pero controlada.

—Es algo que… nos permitirá observar lo que ocurre más allá de nuestra dimensión.

No es solo un objeto… es una ventana al conflicto que está sacudiendo incluso los cimientos del universo.

El palacio quedó en un silencio tenso, solo roto por el leve zumbido de la “televisión” flotante y el resonar de la dimensión que seguía temblando.

Todos allí comprendieron, aunque de manera intuitiva, que estaban ante algo mucho más grande de lo que jamás podrían imaginar.

Desde la pantalla, los hermanos y la reina Escarlata observaron cómo la batalla se intensificaba.

Karla’k se movía con velocidad y precisión, pero no estaba solo: otros dos seres ayudaban a Jehová, lanzando ataques y distrayendo al adversario de formas que los cuatro apenas podían comprender.

Adriene frunció el ceño y apretó los puños.

—¡Vamos, Karla’k!

¡Tú puedes!

—gritó, aunque dudaba que su voz pudiera atravesar las dimensiones.

Kimi lo miró con cierta incredulidad, pero no dijo nada.

—Quizá nos escucha… o quizá no —murmuró, mientras sus ojos seguían cada movimiento en la pantalla.

De repente, un cambio brutal ocurrió en la batalla.

Jehová comenzó a moverse con una precisión aterradora.

Cada paso, cada gesto, parecía calculado para un único propósito: la derrota de Karla’k.

Konan susurró, horrorizado: —Eso… eso no es normal… — mencionó.

Adriene observó cómo, en sincronía perfecta, el arcángel Miguel y Metatrón generaban una cortina de humo que cubría los movimientos de Jehová, creando una ilusión para confundir a Karla’k.

Pero Jehová no necesitaba engaños: en un instante, apareció frente a Karla’k y, con un corte impecable, lo partió a la mitad.

—¡No!

—gritó la reina Escarlata, incapaz de apartar la vista.

Pero Jehová no se detuvo allí.

Con movimientos continuos y letales, siguió cortando a Karla’k, su energía tan intensa que parecía descomponer la realidad misma a su alrededor.

Finalmente, al reunir toda su fuerza en una mano, creó un ataque de energía colosal.

La onda expansiva explotó con un estallido que iluminó toda la proyección, haciendo temblar incluso a los observadores en el palacio.

Adriene retrocedió, cubriéndose los ojos del resplandor.

—¡Eso… eso es demasiado…!

Kimi se llevó una mano al rostro, intentando procesar lo que acababa de suceder.

—¿Karla’k…?

—su voz se quebró, incapaz de terminar la frase.

Konan permaneció inmóvil, con los ojos fijos en la pantalla, su respiración acelerada.

—Jehová… es un poder que no entiendo… ni quiero comprenderlo… —murmuró, más para sí mismo que para los demás.

El palacio quedó en un silencio absoluto, roto solo por el eco del último estallido que la proyección aún mostraba.

Nadie se atrevía a hablar, y todos comprendieron que habían sido testigos de algo que iba más allá de cualquier poder conocido, un acto de destrucción y precisión que dejaba claro quién era capaz de alterar incluso los cimientos de la creación.

Adriene observó el resplandor de la explosión final disiparse, y con un gesto apagó aquel aparato que había creado.

La imagen desapareció y, con ella, los temblores que habían sacudido toda la dimensión.

Un silencio pesado quedó suspendido en el palacio.

—Ya… terminó —dijo Adriene con voz baja, dejando escapar un suspiro mientras sus ojos seguían fijos en el vacío donde antes se proyectaba la batalla.

Konan frunció el ceño, con los brazos cruzados.

—Eso significa… Karla’k ha perdido.

—Su voz estaba cargada de gravedad, pero también de incredulidad.

La reina Escarlata cerró los ojos por un instante y apretó los puños.

Su respiración se volvió más intensa, y al abrirlos, brillaban con un fuego de ira contenida.

—¡Karla’k ha muerto!

—su voz resonó en la sala, profunda y temible.

Todos los presentes se estremecieron.

—Y ha llegado el momento de vengar a nuestro dios.

Adriene intercambió una mirada con Kimi, Saucher y Kafka.

No necesitaban palabras para entender la gravedad de lo que decía la reina: aquella sed de venganza se extendería más allá de los muros del palacio.

—No podemos quedarnos aquí —murmuró Saucher—.

Esto… esto va a cambiarlo todo.

La reina Escarlata dio un paso hacia el balcón del palacio y levantó la voz para que todos los ciudadanos del reino escucharan: —¡Habitantes del Reino Escarlata!

¡Karla’k ha caído ante fuerzas que desbordan nuestra comprensión!

Pero no lloraremos su derrota ni nos doblegaremos ante los invasores.

¡Es hora de levantar nuestras espadas y vengar a nuestro dios!

Desde abajo, una multitud comenzó a reunirse, gritando y alzando armas, sus voces uniendo furia y lealtad en un clamor ensordecedor.

Konan miró a Adriene y dijo con seriedad: —Esto no va a ser fácil… y lo que viene, no solo afectará a este reino.

Adriene asintió, con la mirada fija en el horizonte que ahora parecía cargado de peligro.

—Entonces debemos prepararnos.

Porque si ellos buscan venganza, nosotros tendremos que estar listos para lo que venga.

Un viento pesado recorrió el palacio, como si la misma dimensión respondiera al clamor de la reina y su gente.

Todos los presentes sabían que la calma había terminado, y que la verdadera tormenta apenas comenzaba.

Fin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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