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History academy - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 ¿Discusiones o aprendizaje
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11: ¿Discusiones o aprendizaje?

11: ¿Discusiones o aprendizaje?

Jehová surcaba el espacio, acompañado por Metatrón y el arcángel Miguel.

Aún sentía la resonancia del cataclismo que él mismo había provocado: un Big Bang de energía pura generado durante su combate contra Karla’k.

La destrucción y creación habían sido simultáneas, un choque que había sacudido mundos y dimensiones enteras.

A medida que volaba, su mirada se posaba en el horizonte infinito de una dimensión que vibraba con caos y orden al mismo tiempo.

Allí, una necesidad profunda lo impulsaba: no podía cargar solo con el peso de lo que acababa de ocurrir.

Su poder, aunque inconmensurable, exigía equilibrio; necesitaba la presencia de una corte de dioses que lo asistiera, que compartiera la responsabilidad de mantener la creación en armonía.

Miguel, volando a su lado, percibió la seriedad de Jehová.

—Señor, ¿a qué dimensión nos dirigimos?

—preguntó con cautela.

Jehová no apartó la mirada del espacio infinito.

—A un lugar donde los dioses esperan, donde la decisión de equilibrar lo eterno se tomará.

Necesito que nos ayuden a contener lo que aún queda de Karla’k y de su caos —dijo con voz firme, resonando en el aire como un trueno distante.

Metatrón, flotando ligeramente detrás de ellos, asentía.

—Será necesario que mostremos el orden que puede surgir del conflicto —murmuró—.

Solo juntos podemos establecer el equilibrio que la creación reclama.

Y así, el trío avanzaba hacia lo desconocido, cada movimiento atravesando dimensiones como si fueran hilos de seda, mientras la necesidad de formar una corte de dioses crecía en Jehová, convirtiéndose en un objetivo ineludible.

Mientras los tres avanzaban por el vacío cósmico, surcando el espacio recién nacido, contemplaban planetas aún en formación: esferas ardientes, otros cubiertos en mares de magma, y mundos que apenas daban sus primeros giros en la inmensidad.

Jehová detuvo su vuelo al sentir un llamado extraño, un eco en el tejido de la realidad.

Sus ojos, capaces de ver lo incognoscible, se fijaron en una dimensión oculta.

Con un simple gesto, abrió paso, y los tres cruzaron.

Ante ellos apareció un templo majestuoso: muros de mármol pulido combinados con cerámica cristalina, incrustada de diamantes que destellaban con la luz de estrellas lejanas.

Las puertas, bañadas en oro, se alzaban más altas que cualquier montaña, y el techo estaba forjado con metales que aún no existirían en el universo recién creado.

Era, sin duda, una obra maestra intemporal.

Metatrón recorrió con la vista cada detalle.

—No está mal… aunque con algunos ajustes, podría alcanzar la perfección.

—Sonrió, con esa chispa de ingeniero divino que siempre le caracterizaba.

El arcángel Miguel se mantenía firme, atento, casi desconfiado de lo que pudiera residir en ese lugar.

Jehová, en cambio, permanecía sereno.

Su rostro era impenetrable, como si supiera que aquello no era un simple hallazgo, sino el inicio de algo que trascendería eras enteras.

Las puertas se abrieron lentamente, dejando escapar un resplandor que bañaba toda la sala con un aire solemne y pesado.

Jehová, acompañado por Metatrón y el arcángel Miguel, ingresaba con la autoridad que solo un dios creador podía tener.

El eco de sus pasos se fundía con la vibración de aquel lugar, un reino preparado para recibir presencias divinas.

La atmósfera cambió de inmediato: poderes divinos comenzaron a percibirse, aunque no con la magnitud de los recién llegados.

Eran fuerzas más humildes en comparación con Jehová, pero refinadas, sólidas, moldeadas para trascender los límites de lo terrenal.

De entre el consejo, la primera en levantarse fue Dany, la diosa del amor, cuya aura irradiaba calidez y paz, llenando el espacio de un brillo tenue y reconfortante.

Tras ella se alzó Merlín, dios de la justicia, un joven de porte firme cuya mirada transmitía equilibrio y rectitud, como si cada palabra suya fuera un juicio inapelable.

Poco después se levantó una figura majestuosa, la diosa de la luz y de los agujeros negros, un ser de dualidad imponente, capaz de contener el esplendor más puro y la oscuridad más abismal en una misma esencia.

Su mera presencia hacía que el espacio se contrajera y expandiera sutilmente, como si el universo respondiera a su voluntad.

Finalmente, con un aire solemne pero cargado de poder latente, se levantó Steven, dios de la destrucción.

No era la encarnación absoluta de ese concepto, pero su dominio era formidable, lo suficiente para hacer temblar mundos enteros con un gesto.

Su energía rugía, contenida, como un volcán presto a estallar.

Así, cuatro deidades se alzaban en honor a Jehová y su séquito, listos para escuchar y para ser escuchados en aquella corte que resonaba con ecos de eternidad.

Las puertas del gran salón aún resonaban con el eco de su apertura.

Los pasos firmes de Jehová retumbaban sobre el mármol, acompañado por Metatrón y el arcángel Miguel, cuya sola presencia llenaba el aire de solemnidad.

La energía divina era palpable, vibrando como una sinfonía que solo los corazones puros podían soportar sin quebrarse.

Entre los dioses que se habían levantado para recibirlos, Lumi brillaba con un resplandor etéreo.

Su figura estaba envuelta en un halo dorado que se mezclaba con filamentos oscuros, como si la luz misma hubiese tejido un pacto con el vacío.

Cada movimiento de sus manos liberaba pequeñas chispas que se transformaban en destellos radiantes o en diminutas singularidades que se disolvían al instante.

Jehová detuvo su andar por un momento, observándola con atención.

Sus ojos, que habían presenciado la creación misma de galaxias, se fijaron en la delicada pero poderosa danza entre luz y sombra que ella representaba.

Lumi inclinó levemente la cabeza, consciente de la mirada que se posaba sobre ella.

Dejó escapar un suspiro y, con un gesto sutil, extendió una mano.

Una esfera de luz pura emergió, ardiendo como un pequeño sol, pero antes de que los demás pudieran maravillarse, un vórtice oscuro brotó desde el centro de aquella esfera, devorándola hasta dejar apenas un remanente de claridad suspendido en la nada.

Jehová alzó una ceja y, con una sonrisa serena, comenzó a aplaudir suavemente.

El eco de aquel aplauso reverberó en el recinto, solemne y respetuoso.

—Magnífico…

—dijo Jehová con voz profunda, que resonaba como trueno y calma al mismo tiempo—.

Pocos entre los divinos entienden la verdadera dualidad.

La luz que nutre…

y la oscuridad que consume.

Tú, señorita, has tejido ambas fuerzas en un solo acto de equilibrio.

Lumi levantó la vista, sus ojos brillaban con un fulgor plateado que escondía tanto ternura como abismo.

—Señor…

—respondió con un tono suave, casi melódico, pero cargado de convicción—.

No existe luz sin sombra, ni sombra sin luz.

Yo soy el reflejo de ambos extremos.

Allí donde los mortales creen ver un final, en la negrura de un agujero negro, yo veo el nacimiento de algo nuevo.

La luz no desaparece…

solo se transforma.

Jehová avanzó un paso, cruzando sus brazos detrás de la espalda, como un maestro que contempla a su discípulo.

—Sabes bien que lo que tocas, señorita, roza los límites de lo que incluso algunos dioses temen explorar.

Los agujeros negros son la devoración del tiempo y del espacio mismo…

Y sin embargo, tú los domas como quien doma un río.

Ella sonrió con serenidad, dejando que otra pequeña esfera naciera en su palma.

Esta vez, la luz se fragmentó en incontables haces que flotaron en el aire como estrellas, y entre ellas, de nuevo, un pequeño vacío devorador apareció, coexistiendo sin destruir.

—¿Y acaso no es ese el propósito de la creación?

—preguntó Lumi, con una calma que envolvía a todos los presentes—.

No temer a lo incomprensible, sino abrazarlo.

La oscuridad me habla, Señor…

no como enemiga, sino como hermana de la luz.

Jehová cerró los ojos unos segundos, percibiendo la sinceridad en sus palabras.

Luego, abrió sus brazos con solemnidad y proclamó el nombre de esta misma al saberlo todo pero no tanto concepto poco a poco sus poderes trascendentales son desbloqueados: —Lumi, diosa de la luz y guardiana de los abismos…

tu sabiduría trasciende tu rango.

Que todos los aquí presentes vean que la verdadera grandeza no siempre radica en la magnitud del poder, sino en el equilibrio con el que se ejerce.

Metatrón y Miguel intercambiaron miradas, respetuosos.

Algunos de los dioses que observaban inclinaron la cabeza ante Lumi, impresionados por las palabras de Jehová.

Lumi, con humildad, bajó la mirada y murmuró: —No busco grandeza…

solo ser un puente entre lo que los demás temen entender.

Jehová asintió, su sonrisa apenas perceptible, pero cargada de aprobación.

—Y en eso, hija mía…

ya eres más grande de lo que crees.

—mencionó Jehová.

Mientras Lumi aún jugaba con la luz y la oscuridad, creando un delicado equilibrio que llenaba el aire de energía palpable, Steven, dios de la destrucción, dio un paso al frente.

Su presencia era imponente, pero no agresiva; su mirada parecía medir cada detalle del salón, cada chispa de poder que surgía.

—Este es el templo de la justicia —dijo Steven con voz firme y resonante—.

Nosotros los juzgaremos.

Supongo que ustedes son los primeros en llegar…

y supongo que hoy es nuestro primer día de trabajo.

Jehová se detuvo por un instante, girando la cabeza hacia él, evaluando su tono y su intención.

Metatrón permaneció quieto, mientras Miguel mantenía la postura recta, listo para intervenir si algo escapaba de control.

Lumi inclinó ligeramente la cabeza hacia Steven, sus ojos irradiaban curiosidad y una pizca de diversión.

—¿Juzgarán a quienes lleguen?

—preguntó Lumi con suavidad—.

Entonces ustedes serán la balanza que mide el valor y la intención.

No es poca responsabilidad.

Steven cruzó los brazos, pero su expresión suavizó un poco, mostrando respeto hacia Lumi y al mismo tiempo su seguridad en su rol.

—Exactamente —respondió—.

La justicia no siempre es ligera.

No se trata solo de recompensar o castigar…

se trata de medir la verdad y actuar con precisión.

Hoy, observaremos y veremos quién es digno de cruzar estas puertas y quién no.

Jehová, observando toda la escena, dejó escapar un leve aplauso, igual que lo había hecho con Lumi.

—Bien dicho, Steven —comentó—.

La justicia y la destrucción pueden coexistir, y ustedes lo demostrarán.

Mientras uno mide, el otro asegura que nada se salga de balance.

Luz, oscuridad, juicio y fuerza…

todos ustedes cumplen un propósito.

Lumi, aún jugando con los filamentos de luz y agujeros negros, soltó un pequeño destello que iluminó el rostro de Steven por un instante, haciendo que una sonrisa casi imperceptible se dibujara en él.

—Parece que hoy no será un día aburrido —murmuró Lumi para sí misma, aunque su voz fue lo suficientemente clara como para que Jehová y Steven la escucharan—.

Steven asintió, con esa firmeza que solo un dios de la destrucción podría tener, y su mirada se posó en los recién llegados con un toque de curiosidad y desafío.

—Muy bien, que comiencen las pruebas, entonces —dijo finalmente—.

Que la justicia y la fuerza guíen este primer día.

El salón quedó en un silencio cargado de expectativa, y los dioses presentes podían sentir que aquel encuentro marcaba el inicio de algo mucho más grande que ellos mismos.

Incluso Lumi, entre sus destellos de luz y oscuridad, parecía anticipar los movimientos de lo que vendría.

Dany, la diosa del amor, alzó una ceja mientras su mirada se posaba sobre Jehová y los acompañantes.

Junto a ella, Merlín, el dios de la justicia, cruzó los brazos, con una postura firme pero curiosa.

—Supongo que ustedes fueron los causantes de un combate contra algo… —dijo Dany, con voz suave pero cargada de interés—.

¿Nos pueden decir qué fue eso?

Jehová asintió lentamente, como evaluando qué información compartir.

Su mirada recorrió a los dioses reunidos, antes de hablar con su tono sereno pero imponente: —Fue contra la pelea de un dios llamado Karla’k —comenzó—.

Su poder, por lo que he percibido y comprendido, podría describirse como caótico, un poder del caos… literalmente el dios del caos, un concepto de destrucción y desorden llevado a su máxima expresión.

Merlín frunció levemente el ceño, procesando la magnitud de la información.

Dany incluyó una inclinación de cabeza, sus ojos brillando con una mezcla de preocupación y curiosidad.

—Y… —Jehová continuó, con un ligero gesto de mano—, si quieren, pueden observar lo que ha nacido a partir de todo eso: algo grandioso… el universo.

Un silencio llenó el templo.

Ninguno de los dioses presentes parecía comprender del todo la magnitud de sus palabras, pero aun así, asintieron como si supieran de qué se trataba.

Fue entonces que Miguel, el arcángel, suspiró y tomó la palabra con calma, su voz firme pero didáctica: —Lo que Jehová llama “universo” —explicó—, es un espacio donde coexisten infinitas posibilidades, dimensiones, vida y materia.

Es el conjunto de todo lo que puede existir y que ha sido creado a partir de fuerzas primordiales, incluyendo la luz, la oscuridad, la justicia, el amor… y, en ocasiones, el caos.

Lumi, aún jugueteando con su luz y agujeros negros, dejó escapar un pequeño destello que iluminó la sala, como si quisiera entender mejor aquella explicación.

—Interesante… —murmuró Dany, su voz cargada de admiración—.

Así que todo lo que percibimos como poder y concepto… forma parte de algo más grande.

Jehová asintió con calma, satisfecho por la comprensión parcial de los dioses.

—Exactamente —dijo—.

Este universo es solo el comienzo.

Lo que vean aquí no es todo… y lo que vendrá, será mucho más complejo de lo que imaginan.

Steven, el dios de la destrucción, dejó escapar un leve gruñido de emoción, y Merlín frunció el ceño, pero con un brillo de determinación en los ojos.

Cada uno de los presentes entendía, aunque fuera de manera instintiva, que lo que tenían frente a ellos superaba cualquier escala de poder que conocieran hasta ahora.

Jehová se adelantó un paso, su presencia iluminando el ambiente con una fuerza que no era física, sino espiritual.

Su voz resonó firme y serena, como si en cada palabra se entrelazaran ecos de eternidad.

—Gracias a ese combate —dijo mirando a todos con calma— comprendí mejor el poder que obtuve.

Entre ellos descubrí algo nuevo: un dominio propio… aquello que representa lo que soy.

Sus palabras dejaron un silencio pesado en la sala.

Lumi ladeó la cabeza, confundida, mientras Merlin fruncía el ceño intentando comprender.

Dany, la diosa del amor, se inclinó levemente hacia adelante, con curiosidad genuina.

Steven, sin poder contenerse, preguntó: —¿Dominio?

¿A qué te refieres exactamente?

Nunca habíamos escuchado eso.

Jehová permaneció en silencio unos segundos.

No parecía querer explicarlo en detalle, o quizá deseaba que alguien más lo hiciera.

Entonces Metatrón, quien había observado con atención, dio un paso al frente.

Sus ojos brillaban con la claridad de quien había analizado algo a fondo.

—Yo lo he entendido —dijo con voz grave, llamando la atención de todos—.

Lo que nuestro Señor ha manifestado es el resultado directo de su combate.

Lo analicé mientras lo escuchaba hablar y… el dominio no es algo físico ni tangible, sino un espacio que surge de su esencia, creado a través de su poder y su voluntad.

Dany lo miró con interés.

—¿Un espacio?

¿Quieres decir… como un lugar propio?

Metatrón asintió.

—Más que un lugar, es una extensión de lo que es.

Se sostiene gracias a la fuerza de su odio… un sentimiento profundo que alimenta la imaginación, transformándola en realidad.

Merlin levantó una ceja, incrédulo.

—¿Imaginación?

¿Me estás diciendo que basta con pensar algo y ya está?

—No exactamente —respondió Metatrón con paciencia—.

La imaginación es el combustible, pero para materializar el dominio se requiere un ritual.

Un requisito.

Steven se cruzó de brazos.

—¿Y cuál es ese requisito?

El ángel se detuvo un instante, como si midiera sus palabras, y luego explicó con solemnidad: —Debe adoptar una postura específica con sus manos y dedos, una forma que encaje con su voluntad.

Y mientras lo hace, debe pronunciar la palabra que abre el camino: “eterno”.

Un murmullo recorrió el lugar.

Lumi abrió los ojos sorprendida.

—¿Eterno…?

—repitió en voz baja, como probando la palabra en sus labios.

Jehová sonrió apenas, un gesto tan pequeño que casi pasó desapercibido.

—Así es —confirmó con serenidad—.

Largo y complejo de comprender, pero simple en esencia: el dominio es la manifestación de lo que uno es, sostenido por el alma y declarado con un solo suspiro.

Miguel, que había escuchado todo en silencio, soltó un suspiro profundo.

—Ahora lo entiendo… —murmuró—.

Es un poder que trasciende cualquier energía o fuerza divina.

Es, literalmente, una extensión del ser.

Dany se llevó una mano al pecho, conmovida.

—Entonces… cada uno de nosotros podría tener un dominio propio.

Metatrón negó lentamente.

—No todos.

Solo aquellos que logren comprenderse a sí mismos más allá de cualquier límite.

Todos estaban en silencio ante la información.

Metatrón permanecía en silencio, observando a los presentes.

Su mirada era seria, pero se notaba que dentro de su mente estaba procesando algo complejo.

De pronto, exhaló despacio y habló con un tono pausado: —Es posible que algunos de ustedes lo obtengan… no todos, claro está.

Pero es posible que lo desarrollen —dijo, dejando en el aire un silencio expectante—.

Y en ese caso, el dominio dependerá por completo del usuario.

Los rostros de los oyentes se tensaron, atentos a cada palabra.

Jehová, de pie junto a Metatrón, entrecerró los ojos, interesado en lo que venía.

Metatrón bajó un poco la mirada, como si recordara la batalla.

—Lo que vi en el enfrentamiento entre Karla’k y mi señor Jehová… me mostró algo claro: cuando dos dominios chocan, existe un tiempo predeterminado… mínimo, 0.99 microsegundos.

En ese instante fugaz, hay que actuar con rapidez absoluta.

Uno de los arcángeles se inclinó hacia adelante.

—¿Quieres decir que… quien actúe primero en ese margen puede imponer su dominio sobre el del contrario?

Metatrón asintió con firmeza.

—Exacto.

Si logran ganar ese choque, podrán imponer el suyo… o incluso, en todo caso, romper ambos.

Es un momento crítico.

Jehová entrecruzó las manos detrás de su espalda y habló con solemnidad: —Entonces, la clave no está solo en la fuerza… sino en la precisión.

Metatrón continuó: —También influye la energía del usuario, su control, su rango… muchas cosas más.

Supongo que habrá alguien, tarde o temprano, que logre encontrar cada punto vulnerable y mejorarlo.

Uno de los presentes, curioso, alzó la voz: —¿Y desde afuera?

¿Es posible atacar un dominio?

Metatrón lo miró con calma.

—Sí.

Es posible romperlo desde afuera, con suficiente poder.

Pero desde adentro… —hizo una pausa, su voz bajó con peso— es impenetrable.

Un murmullo recorrió la sala.

Algunos intercambiaron miradas de asombro.

Jehová asintió despacio, confirmando lo dicho.

—Tiene razón en cada punto —afirmó Jehová con solemnidad, observando a los demás—.

El dominio no es algo absoluto, pero tampoco algo frágil.

Dependerá del portador y de su entendimiento.

Metatrón, mientras tanto, llevó una mano a su propia cabeza y la golpeó suavemente con los nudillos, como si estuviera aturdido por la cantidad de información que había soltado de golpe.

—Demasiados detalles…

—murmuró con un suspiro, como si su mente estuviera saturada.

Jehová, con una leve sonrisa, se acercó y apoyó una mano en su hombro.

—Descansa, Metatrón.

Has hablado con claridad.

Ellos necesitaban escuchar esto.

El grupo quedó en silencio, cada uno procesando la magnitud de lo aprendido.

Los rostros reflejaban tensión, pero también un destello de esperanza: la certeza de que ahora comprendían un poco más el misterio de los dominios.

Jehová permanecía en silencio, observando a los presentes.

Miguel acababa de hablar, su voz fuerte y firme había puesto orden en la conversación.

—Creo que nos salimos del tema —dijo el arcángel con seriedad.

Todos asintieron, reconociendo que tenía razón.

El ambiente se calmó apenas un instante… hasta que el suelo empezó a temblar.

Un murmullo extraño recorrió las paredes del lugar, como si la tierra misma se quejara.

Los demás miraron alrededor confundidos.

Dany apretó los dientes, Steven se inclinó hacia adelante tratando de identificar el origen, Lumi dio un paso atrás, mientras que Merlín fruncía el ceño en silencio.

—¿Que está pasando?

—preguntó Lumi en voz baja, insegura.

El temblor se intensificó, el aire se volvió más denso, y el eco de voces lejanas resonó en la distancia, como gritos apagados por la furia.

Jehová, sin moverse, cerró los ojos por un segundo.

Él sabía la verdad.

No era un temblor común, no era una casualidad.

Reconocía la esencia que se alzaba fuera de aquel lugar: la ira del pueblo de Karla’k.

Ellos habían sentido la muerte de su dios, y ahora reclamaban justicia a su manera, dejando que el odio los guiara.

Estaban decididos a entrar, a destruir, a acabar con aquel que ellos creían culpable: Jehová mismo.

Pero nadie más lo sabía.

Para los demás, solo era un extraño fenómeno.

—Esto… no parece natural —murmuró Merlín, ante esta medida que estaba pasando.

Miguel apretó su espada, alerta, como si se preparara para lo peor.

Jehová los observó con calma, sin decir nada, ocultando el peso de la verdad en su interior.

Él comprendía que aquello no era parte del plan, pero también sabía que, de algún modo, era necesario.

El mundo mismo se estaba moviendo para dar paso a lo inevitable.

El temblor disminuyó por un momento, dejando una tensión en el aire tan densa que todos contuvieron la respiración.

Jehová alzó la mirada al techo, como si hablara en silencio con alguien más allá del entendimiento.

Y sin pronunciar palabra alguna al resto, decidió cargar con ese secreto: solo él debía saberlo, solo él debía soportarlo.

El rugido del pueblo de Karla’k aguardaba más allá de esas paredes, una tormenta que tarde o temprano iba a desatarse.

Continuará…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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