Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

History academy - Capítulo 12

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. History academy
  4. Capítulo 12 - 12 Contraataque de un reino
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

12: Contraataque de un reino.

12: Contraataque de un reino.

La dimensión donde se alzaba el Templo del Juicio siempre había sido un lugar solemne, un punto de equilibrio entre lo divino y lo eterno.

Allí, las columnas de energía se extendían hasta perderse en la nada, y el eco de cada palabra parecía resonar más allá del tiempo.

Jehová permanecía en el centro, su mirada fija, acompañado por el arcángel Miguel y Metatrón, aquel que había sido reconocido como el dios de los robots y los androides.

El silencio fue roto por un estremecimiento que recorrió la estructura misma de la dimensión.

Los muros invisibles, que eran como un tejido de lógica y orden, comenzaron a vibrar.

Al principio parecía un leve temblor, pero pronto se convirtió en un fenómeno más profundo: la realidad estaba cediendo.

Metatrón, con sus ojos resplandecientes, observaba con atención.

—Se está quebrando el fundamento —murmuró, su voz mecánica cargada de gravedad—.

No es un ataque simple… es la lógica de esta dimensión lo que se ve forzada.

Jehová no respondió.

Su silencio era más pesado que cualquier palabra.

Él sabía lo que aquello significaba, y aunque ni Miguel ni Metatrón lo comprendían del todo, el origen de esa irrupción era claro para él.

El sonido vino entonces: un crujido desgarrador, semejante al estallido de un espejo que se rompe en mil pedazos.

La vibración recorrió cada rincón del Templo del Juicio, como si el propio aire se partiera en fragmentos de cristal invisible.

Fue en ese instante cuando la brecha se abrió.

El reino de Karla’k irrumpió con violencia.

Primero se percibió la negrura de un ejército innumerable, avanzando como un río oscuro que devoraba todo a su paso.

En el frente se erguía la Reina Escarlata, vestida con un manto rojo que parecía tejido con sangre y sombras, sus ojos ardiendo en furia.

A su lado, el imponente Konan, amigo cercano de Karla’k, cargaba con una espada tan pesada que el aire mismo parecía doblegarse a su alrededor.

Y tras ellos, emergieron las figuras que hicieron que incluso la dimensión misma pareciera contener el aliento: los hijos de la oscuridad.

El primero, Kafka, con un aura fría que retorcía el espacio, sus palabras podían quebrar la mente del más fuerte.

Saucher, cubierto con símbolos oscuros, emanaba un poder corrosivo que consumía todo lo que tocaba.

Adriene, de mirada ardiente, se movía con una calma inquietante, como si cada uno de sus gestos escondiera tormentas enteras.

Y por último, Kimi, cuyos ojos reflejaban el eco de mil tinieblas, un vacío vivo que parecía alimentarse de la existencia misma.

Se colocaron en formación, observando.

Y en su presencia, no solo había poder: había conceptos encarnados, fragmentos de lo que Karla’k había dejado tras su caída.

Su esencia, sus convicciones, su furia… todo reunido en esos cuatro, como si fueran la prolongación del propio dios caído.

El ambiente se volvió pesado, imposible de respirar.

La Reina Escarlata alzó su voz, un grito que desgarró la distancia: —¡Jehová!

¡Hoy la deuda de sangre se paga!

Miguel apretó con fuerza la empuñadura de su espada, su mirada fija en aquel ejército que avanzaba.

—No puede ser… —susurró—.

¿Cómo han atravesado hasta aquí?

Metatrón analizó las vibraciones de la ruptura, sus engranajes internos iluminándose con cálculos infinitos.

—No lo entiendo… pero ellos han destruido el fundamento lógico de la dimensión misma.

No hay barrera que pueda contenerlos.

Jehová cerró los ojos por un instante, como si meditara el peso del destino.

Él lo sabía.

Desde antes de que el espejo de la realidad se quebrara, ya lo había presentido: el pueblo de Karla’k no descansaría hasta enfrentarlo…

Y ahora estaban allí.

En las alturas celestiales, donde la luz era pura y todo era apenas un murmullo de lo recién creado, dos ángeles observaban con asombro lo que se expandía frente a sus ojos.

El firmamento, los mares, los astros y los caminos de la vida eran un espectáculo inigualable.

Ambos eran seres jóvenes, recién surgidos del resplandor eterno, sin nombre aún, pero con la conciencia de que debían forjarse identidad y propósito.

El primero, el más hermoso de todos, con un resplandor incomparable y una gracia que destacaba entre miles, contempló su propio reflejo en la luz divina.

Había en él un aire de grandeza, de belleza que atraía a todos los demás, como si la creación misma se inclinara hacia su presencia.

Y entonces, con firmeza y orgullo, se dijo a sí mismo: —Seré llamado Lucifer, el portador de la luz.

Sus alas brillaron intensamente al pronunciarlo, como si el universo aceptara aquel nombre y lo grabara en la eternidad.

El otro ángel lo miraba con admiración.

No tenía en él la misma gracia sublime, pero sí un fuego interior, un ardor que hervía en su pecho y que le hacía ansiar el momento de defender todo aquello que Jehová había creado.

No buscaba gloria, sino acción.

Lo movía la fuerza de la lealtad y el deseo de permanecer al lado de su amigo.

Después de un breve silencio, levantó la vista y con un gesto decidido dijo: —Yo seré Yekun, aquel que lucha, aquel que protege.

Ambos sonrieron.

No había conflicto entre ellos en ese instante, sino un lazo profundo que los unía.

Lucifer brillaba como la belleza perfecta, Yekun ardía con la voluntad de proteger.

Allí, en el cielo aún intacto por la discordia, nacieron los nombres que resonarían por toda la eternidad.

Lucifer y Yekun sonrieron con orgullo al descubrirse a sí mismos, al saberse libres y con un nombre que los distinguía de entre la multitud de ángeles que celebraban la creación.

Sin embargo, mientras los demás reían y cantaban, ellos no podían apartar de sus corazones una inquietud: ¿dónde estaba Jehová?

El resplandor del cielo era glorioso, pero la ausencia de su Señor les pesaba como una sombra.

Lucifer, con su porte majestuoso y su belleza radiante, miró a su hermano Yekun, aquel que siempre había tenido la fuerza de un guerrero y la voluntad de defenderlo todo.

Ambos compartieron el mismo pensamiento sin necesidad de pronunciar palabra: Jehová debía de estar en algún lugar… quizás necesitando ayuda.

Fue entonces cuando sintieron un eco lejano, un estremecimiento en el tejido de la creación.

Era un llamado, un murmullo de poder que vibraba en el aire.

Lucifer levantó su mano, y en un gesto solemne abrió un portal, un arco de luz pura que revelaba la dirección de aquella energía.

Yekun, sin dudarlo, asintió.

—Si nuestro Señor nos necesita —dijo con firmeza—, no dudaremos en estar a su lado.

Ambos atravesaron el portal, y lo que hallaron al otro lado fue sobrecogedor.

Allí, en medio de un valle oscuro y cargado de tensión, estaba Jehová.

No estaba solo.

Frente a Él se erguía el pueblo de Karla’k, el dios del caos, un mar de presencias hostiles que rugían con ansias de destrucción.

El cielo parecía temblar con cada grito, la tierra se desgarraba bajo la presión de aquel poder colosal.

Jehová, sereno y majestuoso, extendía sus manos, intentando calmar las aguas de la guerra antes de que desbordaran.

Su voz resonaba como un trueno y a la vez como un susurro lleno de misericordia, buscando traer paz donde solo había furia.

Lucifer y Yekun se miraron.

Por primera vez comprendieron que el verdadero peso de ser ángeles no estaba en la belleza, ni en la fuerza, sino en la decisión de proteger y permanecer junto a su Señor, aun cuando el caos mismo se alzara contra Él.

Y en ese momento, los dos dieron un paso al frente, Lucifer y Yekun avanzaban con paso firme, pero en sus mentes se debatía la duda.

Se habían tardado más de lo que esperaban; se habían detenido, sumidos en sus propios pensamientos y en la maravilla de descubrir quiénes eran realmente.

Apenas empezaban a conocerse a sí mismos y a los demás ángeles, explorando jerarquías, nombres y roles.

La libertad que sentían al interactuar y darse identidad propia había dilatado su decisión de acudir.

Mientras protegían el cielo, pensaban en la tardanza de Jehová, preguntándose si algo ocurría.

La inquietud se volvió imposible de ignorar, así que decidieron averiguar por sí mismos qué sucedía.

Fue entonces cuando abrieron el portal y se encontraron ante la escena que les heló la sangre: el pueblo de Karla’k, enfurecido y dispuesto a destruirlo todo, rodeaba a Jehová, que intentaba contener la furia de los atacantes.

Lucifer miró a Yekun, su sonrisa habitual desvaneciéndose.

—¿Fue buena idea venir?

—preguntó, aunque en su voz se percibía más la preocupación que la duda.

Yekun frunció el ceño, contemplando la magnitud del conflicto.

—No lo sé… —murmuró—, quizás nuestra tardanza empeoró todo.

Ambos comprendieron, con un nudo en el pecho, que la libertad y el descubrimiento personal tenían un precio: el tiempo perdido podía ser decisivo.

Y sin embargo, ya estaban allí, y no había marcha atrás.

Solo les quedaba enfrentarse a la incertidumbre y proteger a Jehová, aunque el miedo y la duda los acompañaran.

Lucifer y Yekun avanzaron decididos, aunque la culpa los mordía por dentro; sabían que no era su responsabilidad, pero la sensación persistía.

Jehová los observó, y con su mirada omnisciente que lo sabía todo, pronunció con calma: —Lucifer… Yekun… ¿qué hacen aquí?

Antes de que pudieran responder, Saucher, Adriene, Kimi y Kafka comprendieron la energía caótica que emanaba de los recién llegados.

Esa fuerza era capaz de generar destrucción, pero también de crear.

Sus puños comenzaron a brillar con un fulgor que reflejaba su divinidad y conocimiento de aquella energía.

En un instante, calculando un tiempo casi imperceptible, como un yoctosegundo, impactaron directo sobre Jehová, amplificando su propio poder y el de los cuatro.

—¡Destello Caótico!

—gritaron al unísono, lanzando sus puños hacia el pecho de Jehová.

El golpe lo hizo retroceder; la venganza de los hijos de la oscuridad por la muerte de Karla’k estaba a punto de desatarse.

Konan, con un movimiento veloz, se lanzó hacia el arcángel Miguel intentando arrancarle un ala, pero Miguel lo detuvo con un gesto firme y preciso.

La Reina Escarlata, con igual determinación, se dirigió hacia Metatron, quien reaccionó con un movimiento calculado, defendiéndose con agilidad.

Lucifer y Yekun no dudaron.

Con velocidad y sincronía se interpusieron, protegiendo a Jehová.

Un estallido de energía los lanzó a los cuatro hijos de la oscuridad hacia atrás, obligándolos a retroceder.

Mientras respiraban con dificultad, los ojos de Lucifer y Yekun se fijaron en el pueblo de Karla’k, que observaba, silencioso pero furioso, preparado para continuar la ofensiva.

Dany, diosa del amor, comenzó a mover sus manos con rapidez, como si cada gesto tejiera un hilo de energía que buscaba proteger y asistir a Jehová y a los demás.

A su lado, Merlín, dios de la justicia, replicó los movimientos con precisión, infundiendo su poder en cada gesto.

Lumi, diosa de los agujeros negros, concentraba su atención en encontrar la llave que le diera la ventaja definitiva, moviendo sus dedos con destreza, creando un patrón casi hipnótico.

Steven, dios de la destrucción, no se quedó atrás; cada movimiento de sus manos irradiaba un poder capaz de consumir todo a su alrededor.

—¡Eterno!

—exclamó Dany, y un brillo emergió de sus dedos.

Uno a uno, los otros tres repitieron la palabra, y sus propias manos comenzaron a brillar, adoptando una pose que irradiaba intención y poder.

Los cuatro cerraron los ojos por un instante y comenzaron a imaginar sus dominios.

Merlín veía la balanza de la justicia, Dany sentía un mar infinito de amor que podía abrazar todo, Steven percibía llamas y destrucción controladas, y Lumi, en su mente, los agujeros negros y la luz coexistiendo en armonía destructiva.

Cada dominio era un reflejo de su esencia, y juntos formaban un patrón de energía capaz de alterar el campo de batalla.

Merlín, con una sonrisa en los ojos, colocó sus manos uniendo las puntas del pulgar y el índice para formar un círculo, mientras las palmas se apoyaban una sobre la otra sobre su regazo, la mano derecha sobre la izquierda.

Dany, también sonriendo, posicionó sus manos con la base de las palmas juntas, uniendo pulgares y meñiques, mientras los dedos índice, medio y anular se abrían como los pétalos de una flor de loto en plena expansión.

Steven entrelazó todos los dedos de ambas manos, presionando los índices hacia el cielo, cruzando los pulgares y elevando el gesto sobre su cabeza, o a la altura del plexo solar, irradiando poder destructivo.

Lumi, lista, comenzó a mover los dedos con precisión: los índices apuntaban hacia arriba tocándose entre sí, los pulgares también se tocaban y apuntaban hacia abajo, mientras los demás dedos se entrelazaban en la parte inferior, con las manos frente al plexo solar, concentrando su energía de agujero negro.

—Justicia eterna —dijo Merlín.

—Amor eterno —continuó Dany.

—Destrucción eterna —agregó Steven.

—Agujero negro eterno —finalizó Lumi.

Al instante, un domo circular de blanco y negro surgió, con puntos rojos brillando como estrellas de caos concentrado, atrapando a todos en un choque de dominios de cuatro.

Aunque cada uno era nuevo en esto y aún no refinaban sus poderes, la convergencia de su energía no se destruía; en cambio, se entrelazaba en perfecta armonía caótica, mostrando la fuerza de sus dominios combinados.

Lucifer y Yekun se encontraban rodeados, midiendo cada movimiento contra Adriene, Kafka, Saucher y Kimi.

El estruendo de los dominios recién creados aún resonaba, y el aire estaba cargado de una tensión que podía partir montañas.

Las alas de Lucifer se agitaban con furia, desviando ataques y contraatacando con precisión, mientras Yekun rugía, defendiendo con ferocidad el flanco de su hermano.

Ambos luchaban no solo para mantener a raya a sus enemigos, sino también para ganar tiempo para Jehová.

Sin embargo, en medio del choque, algo rondaba en la mente de Lucifer.

Entre cada golpe, cada destello de poder, cada mirada de sacrificio hacia su señor, una chispa de ilusión crecía en su interior.

No era la gloria de la batalla lo que lo mantenía firme, ni el orgullo de ser uno de los más poderosos entre los ángeles.

Era un pensamiento más profundo, más íntimo.

“Si sigo luchando así… si doy todo de mí para protegerlo… quizás, solo quizás… Él me reconozca.

Quizás Dios vea en mí algo más que un soldado.

Quizás vea en mí a alguien digno de ayudar, alguien digno de permanecer a su lado.” Ese reconocimiento, esa esperanza, se transformaba en la fuerza que guiaba sus manos, en la fiereza que ardía en sus ojos.

Lucifer sonrió apenas, mientras desviaba un ataque de Saucher con la fuerza de su lanza.

No importaba cuán duros fueran sus enemigos, no importaba cuántas veces cayera: en su corazón ardía la fe de que esta batalla podía ser el comienzo de algo más.

Jehová, por su parte, se encontraba inmerso en un torbellino de violencia.

El pueblo de Karla’k avanzaba contra él como una marea interminable, miles de cuerpos y armas alzadas, miles de gritos de venganza resonando a la vez.

Su puño derecho atravesó la defensa de dos guerreros, enviándolos contra el suelo como si fueran muñecos de trapo.

Una joven guerrera intentó sorprenderlo con su espada, pero Jehová la tomó del brazo y, girando con la fuerza de un vendaval, la arrojó contra sus propios compañeros, derribando a varios de ellos de un solo movimiento.

A lo lejos, la Reina Escarlata y Konan medían sus fuerzas contra el arcángel Miguel, mientras Metatrón resistía con dificultad los embates.

Las espadas de ambos enemigos brillaban con una manufactura impecable, forjadas en la furia de la oscuridad y la herencia de Karla’k.

Cada golpe contra los ángeles sagrados era un rugido que ponía a prueba la balanza del poder.

Mientras tanto, el domo de los cuatro dioses recién unidos ardía en el horizonte, su choque de dominios logrando lo imposible: coexistir.

Un resplandor caótico, eterno, se expandía, manteniendo en vilo a todo lo que tocaba.

En ese caos, Lucifer seguía combatiendo con Yekun contra Adriene, Kafka, Saucher y Kimi.

Sin embargo, su mente no estaba del todo en la batalla.

Cada golpe que daba, cada herida que recibía, estaba marcado por un único pensamiento: demostrar a su Señor que él podía ser más, que no era una sombra bajo el brillo de Miguel, sino alguien digno de ser reconocido.

Alguien que también podía cargar con el peso de la gloria.

Pero aquella distracción fue su condena.

Adriene y Kimi lo sorprendieron por la espalda, lanzándolo al suelo con un impacto brutal.

Lucifer gruñó, se levantó con la furia en los ojos… pero fue entonces cuando Saucher y Kafka aprovecharon la apertura.

En un movimiento rápido y despiadado, sus manos cargadas de caos se cerraron sobre sus alas.

Un desgarrador crujido llenó el aire.

Lucifer apenas tuvo tiempo de soltar un grito que atravesó el campo de batalla, un rugido de dolor y furia.

Sus alas, símbolo de su ser, de su esencia como ángel, fueron arrancadas de raíz.

La sangre luminosa brotó en cascada, manchando la tierra y tiñendo la batalla con el sacrificio de un hijo del cielo.

Y en ese instante, mientras caía de rodillas, Lucifer comprendió que el precio de su distracción había sido demasiado alto.

Yekun giró en el instante en que escuchó el desgarrador grito de Lucifer.

Sus ojos se abrieron con furia y sin pensarlo, con la velocidad de un rayo, atravesó a Kimi con su mano derecha.

No buscaba matarla, pero sí dejarle una herida tan grave que la sacara del combate.

Kimi cayó hacia atrás, llevándose la mano al costado ensangrentado, jadeando con dolor.

—¡Ayuda!

—rugió Yekun con voz quebrada, entre rabia y desesperación.

Jehová, en medio de su lucha contra la avalancha del pueblo de Karla’k, giró la mirada apenas un segundo.

Lo que vio lo estremeció: Lucifer, arrodillado, sus alas arrancadas, su cuerpo temblando en la frontera entre la vida y la muerte.

Yekun, con la pureza de su lealtad, luchaba desesperado para protegerlo.

Jehová cerró los ojos con fuerza.

No había tiempo, y sin embargo lo hizo.

De su cuerpo brotó un resplandor inmenso, un domo de energía divina que se expandió sobre Lucifer.

La luz lo envolvió como un cálido abrazo, iniciando la sanación de sus heridas.

Era un domo de curación, uno que se mantendría hasta que el mismo Jehová decidiera retirarlo.

Pero aquella decisión lo dividía: ¿cómo combatir a miles de enemigos y a la vez velar por sus ángeles?

Incluso para Él, ese dilema era demasiado.

Yekun, al verlo, apretó los dientes con rabia.

—¡No dejaré que lo toquen otra vez!

—gritó, con un fuego en la voz que jamás había mostrado.

De sus manos nació una espada de pura energía divina, un filo radiante que vibraba con justicia y furia contenida.

En un solo movimiento, veloz y firme, rasgó la piel de Saucher y Kafka.

Los dos retrocedieron con gritos ahogados, sangre corriendo por sus brazos y pecho.

—Si se atreven a tocarlo otra vez… —Yekun sostuvo la espada con firmeza, sus ojos ardiendo— …los mataré aquí mismo.

El silencio entre los hijos de la oscuridad duró un instante, lo suficiente para que comprendieran que Yekun hablaba en serio.

La furia que lo poseía no era la de un simple ángel, sino la de un guardián dispuesto a todo por su hermano.

Lucifer, apenas consciente dentro del domo de curación, alcanzó a ver la silueta de Yekun luchando por él.

Y en ese momento, un atisbo de esperanza se encendió en sus ojos.

Continuará…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo