History academy - Capítulo 13
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13: deseo de ayudar.
13: deseo de ayudar.
Kafka y Saucher, llenos de odio y con la rabia ardiendo en sus ojos, se lanzaron de nuevo contra Lucifer, aún debilitado dentro del domo de sanación.
Sus intenciones eran claras: acabar con él de una vez por todas.
Pero Yekun no lo permitió.
Blandió su espada de energía divina y, con un solo movimiento, liberó una brisa cortante que los obligó a retroceder unos pasos, separándolos de su objetivo.
El filo de su aura divina marcaba el aire como una barrera invisible que no pensaba dejar traspasar.
Sin embargo, Kimi, a pesar de su herida, volvió a incorporarse.
Su respiración era pesada, pero la furia la mantenía en pie.
Con un rugido cargado de venganza, intentó lanzarse una vez más contra Lucifer.
—¡Qué molestas son!
—gritó Yekun, con la voz vibrando de rabia contenida.
Con un corte certero y devastador, dirigió su espada directamente al pecho de Kimi.
El impacto abrió una herida aún más profunda, y la sangre brotó con fuerza.
Kimi cayó de rodillas, llevándose la mano al pecho, jadeando con un grito sofocado que retumbó en el campo de batalla.
El espectáculo encendió la furia de Saucher.
Su energía oscura empezó a acumularse en su palma, girando con una presión descomunal, como si fuera agua comprimida hasta el límite de lo posible.
—¡Perforación oscura!
—bramó Saucher, lanzando el ataque con todo su poder, dirigido al estómago de Yekun.
La esfera de oscuridad avanzó a una velocidad increíble, vibrando con fuerza destructiva.
Pero Yekun, en un estado de concentración que iba más allá de su propio límite, logró verlo con claridad.
La luz dentro de él se expandió, creando un resplandor que desvió el ataque, fragmentándolo en pequeñas corrientes de energía que se deshicieron en el aire como humo.
Su respiración era pesada, pero su enojo crecía con cada intento de los hijos de Karla’k.
La rabia en su mirada empezaba a superar la calma que siempre había acompañado a los ángeles.
Jehová, desde la distancia, lo observaba todo.
Su mirada se endureció al ver cómo Yekun, joven e inexperto en comparación con Miguel, se forjaba en medio de aquella batalla.
Entonces, Jehová cerró el puño y su luz divina estalló en múltiples destellos.
Avanzó hacia adelante y, con cada golpe de su puño, liberaba ráfagas de energía divina que impactaban contra los hijos de Karla’k y su pueblo.
Cada uno de sus ataques llevaba la fuerza de un trueno, pero también un peso contenido de misericordia: no buscaba destruirlos, sino detenerlos.
Sin embargo, los enemigos resistían.
Eran tercos, fieros, obstinados, como lo había sido Karla’k en vida.
Su espíritu se reflejaba en ellos, y por eso no cedían.
Jehová lo comprendió en silencio, apretando los dientes.
—Se parecen demasiado a él… —susurró para sí mismo, con una mezcla de tristeza y determinación.
El pueblo de Karla’k luchaba como su creador: incansable, inquebrantable, sin importar el costo.
El más fuerte desde el nacimiento, aquel que con un solo gesto dio forma al cielo y lo llenó de grandeza… ese era Jehová.
Su esplendor era insuperable, su poder no tenía comparación con ningún otro ser.
Él era la cima, la raíz, el principio de todo lo creado.
Jehová observaba con calma lo que sucedía frente a él.
Merlin, el dios de la justicia; Steven, el dios de la destrucción; Lumi, la diosa de la luz y de los agujeros negros; y Dany, la diosa del amor, habían logrado algo increíble: unir sus dominios en un mismo espacio.
Había sido un esfuerzo titánico, un acto de pura voluntad y fe en sus propios poderes.
El domo que habían formado brillaba con tonos blancos, negros y rojos, una mezcla de sus energías divinas.
Sin embargo, a medida que pasaban los segundos, la presión se volvía insoportable.
El choque de fuerzas no estaba bien equilibrado, y aunque ellos trataban de mantenerlo estable, la tensión crecía.
—¡Manténganlo firme!
—gritó Merlin, apretando los dientes, sus manos temblando mientras sostenía la figura de su dominio.
—No se rindan… ¡podemos lograrlo!
—exclamó Dany, aunque su voz sonaba más débil de lo normal.
Steven gruñía con fuerza, sudor corriendo por su frente.
—¡Maldita sea, esto consume demasiado!
—mencionó.
Lumi cerró los ojos, concentrando cada fibra de su ser, pero incluso ella, acostumbrada al equilibrio entre luz y oscuridad, empezaba a sentir cómo sus fuerzas se desbordaban.
El domo entero comenzó a crujir.
Sonaba como vidrio a punto de romperse.
Pequeñas grietas de energía chisporroteaban en el aire, expandiéndose rápidamente.
Cada intento por sostenerlo solo aceleraba la ruptura.
Y entonces… ocurrió.
Con un estallido ensordecedor, el domo se quebró.
La energía acumulada se liberó en todas direcciones como un huracán divino.
Los cuatro dioses salieron disparados hacia atrás, cayendo sobre el suelo del templo, jadeando.
Fue entonces cuando Jehová notó algo extraño.
Dany, la diosa del amor, se llevó la mano al rostro.
Al retirarla, vio pequeñas gotas rojas que resbalaban por su nariz.
Jehová frunció el ceño, caminando hacia ella con paso firme.
Su mirada, siempre tan serena, se endureció un instante.
—¿Eso es… sangre?
—preguntó en voz baja, aunque todos escucharon.
El silencio llenó lo que el espacio nunca pudo ser llenado.
Jehová alzó la vista y pensó en lo que había visto.
La respuesta era clara: esos dioses, aunque poderosos, tenían un límite.
Sus cuerpos y espíritus no estaban preparados para soportar un dominio por demasiado tiempo.
El desgaste era real.
El precio, evidente.
Él, en cambio… no.
Jehová respiró hondo.
Dentro de sí comprendió algo que lo diferenciaba aún más de todos los presentes: mientras ellos se desangraban y sufrían por sostener un dominio, su esencia estaba más allá de ese límite.
Su fuerza no dependía de un cuerpo que colapsara.
Su poder era eterno.
Jehová, aún en medio del combate, no se dejó llevar por la confusión.
Sus ojos brillaban con esa calma que lo caracterizaba mientras el ejército del pueblo de Karla’k se abalanzaba contra él.
Con un simple movimiento de su mano derecha, liberó varios destellos de energía divina que golpearon en cadena, derribando y hiriendo a docenas de guerreros.
Sus pasos eran firmes, cada golpe era certero, pero su mente… su mente estaba ocupada en algo más profundo.
Mientras repelía ataques y esquivaba lanzas, su cerebro, capaz de procesar el conocimiento de todo lo existente, buscaba una respuesta.
¿Qué había pasado con esos dioses?
¿Por qué sus dominios colapsaban?
¿Por qué el cuerpo de Dany sangró al intentar sostenerlo?
El interior de Jehová brilló como una red infinita de pensamientos, conectando posibilidades, analizando patrones, recorriendo cada rincón del conocimiento que había acumulado desde el inicio.
Y entonces lo entendió.
Cada ser tenía en su cerebro una zona específica, un núcleo diminuto, casi invisible para cualquier otro, donde nacía la chispa del dominio.
Esa parte no era más que un circuito de energía espiritual y mental, una unión entre mente e imaginación.
—Ah… ya veo —murmuró Jehová, mientras levantaba su brazo para repeler un ataque masivo con un haz de luz que atravesó a veinte guerreros a la vez.
Comprendió que cuando esa región del cerebro era activada por primera vez, se encendía como una flama.
Si el usuario tenía disciplina, conocimiento y control, esa flama podía mantenerse estable.
Pero si se abusaba de ella, si se intentaba forzar un poder que aún no se entendía… esa flama ardía demasiado.
Y al hacerlo, quemaba su propio origen.
En otras palabras, el dominio se sostenía gracias a esa parte del cerebro.
Y si se usaba sin cuidado… se producía un colapso.
Jehová movió su mirada hacia Dany, que aún respiraba con dificultad, limpiando la sangre de su nariz.
Y su razonamiento se volvió aún más claro: no era que ellos fuesen débiles, era que su interior no estaba preparado.
El desgaste generaba pequeñas rupturas, como un leve derrame interno, apenas perceptible, pero suficiente para hacerlos sangrar o perder la estabilidad de su dominio.
—Ese es el precio… —dijo Jehová en voz baja, mientras desviaba con un giro de su brazo una lanza hecha de oscuridad que casi lo alcanzaba.
Alzó su vista al cielo de aquella dimensión quebrada por la ira del pueblo de Karla’k.
Y supo algo con certeza absoluta: ese límite no existía para él.
En su ser no había un “punto débil” que lo atara a un derrame o a una ruptura.
En él, el dominio era eterno, ilimitado, inagotable.
Y mientras comprendía esto, lanzó un golpe con su puño izquierdo.
La energía divina recorrió el campo como un trueno, derribando a un centenar de guerreros al instante.
Jehová respiró hondo.
Su rostro seguía calmado, pero en el interior… había encontrado una respuesta clave.
Merlin, el dios de la justicia, se levantó con visible fatiga mental.
A su lado, Dany, diosa del amor, también mostraba signos de agotamiento, al igual que Lumi, diosa de los agujeros negros y la luz, y Steven, dios de la destrucción.
Todos se pusieron de pie con esfuerzo, y sus miradas se dirigieron hacia Jehová, quien luchaba con firmeza en medio del campo de batalla.
Con un movimiento ágil y lleno de precisión, Jehová atrapó a un soldado del ejército del reino de Karla’k y lo lanzó directamente hacia un grupo de enemigos.
El impacto fue devastador: los soldados se dispersaron, cayendo unos sobre otros, mientras el terreno temblaba bajo la fuerza de la acción.
Mientras tanto, Yekun avanzaba con brutal eficiencia.
Primero perforó a Saucher, luego a Kafka.
Kimi, herida y débil, intentaba curarse por sí misma, pero no logró mantenerse firme.
Su hermano Adriene, al verla caer, la levantó y la sostuvo, intentando curarla con rapidez.
Sin embargo, Yekun apareció detrás de Adriene.
Este reaccionó rápido y lo golpeó, pero un extraño brillo recorrió el cuerpo de Yekun: parecía como si ya no sintiera el golpe, como si su cuerpo se adaptara instantáneamente a cualquier daño.
En otro frente, un soldado del pueblo de Karla’k se sumergió en un oscuro espacio entre dimensiones y reapareció directamente frente a Steven.
Éste se giró para enfrentarlo, pero el soldado atacó con precisión al pecho del dios de la destrucción.
Antes de que Steven pudiera reaccionar, una lanza apareció en la mano del soldado y atravesó el mismo pecho de Steven, causando que se tambaleara, herido, mientras su energía comenzaba a estallar con fuerza.
El campo de batalla se llenaba de golpes, destellos y adaptaciones instantáneas.
Cada movimiento parecía superar al anterior, y la tensión entre dioses y soldados alcanzaba un punto casi insoportable.
El soldado agitó su mano con violencia y la lanza incrustada en el pecho de Steven explotó desde dentro.
El dios de la destrucción salió despedido, su cuerpo atravesando el aire como un proyectil, hasta chocar contra una de las fronteras del campo de batalla, al filo del abismo que se abría hacia el espacio infinito.
Lumi reaccionó con rapidez.
Corrió con todas sus fuerzas, su luz y oscuridad fundiéndose en destellos veloces para alcanzar a Steven antes de que cayera.
Aunque logró llegar, en su interior sentía una grieta abrirse: pensamientos impuros, dudas y culpas lo fragmentaban.
Una sola idea lo torturaba no había llegado a tiempo para salvarlo, y ese peso lo desgarraba mientras sostenía a su compañero.
Dany y Merlin, viendo la oportunidad, se lanzaron contra el soldado enemigo.
Sus puños, cargados de energía divina, impactaban una y otra vez sobre el cuerpo del adversario, no con intención de destruirlo en ese momento, sino de frenar su avance, de ganar el tiempo necesario para que Lumi pudiera proteger a Steven.
Cada golpe resonaba con la furia de la justicia y el amor, como si ambos dioses hubieran decidido convertirse en un muro indestructible frente a la oscuridad.
Metatrón desató una ráfaga de golpes veloces, cada uno acompañado por destellos metálicos que resonaban como engranajes en guerra.
En un instante, concentró su energía y liberó una explosión nuclear directa en el cuerpo de Konan, envolviéndolo en una luz cegadora y un estruendo abrumador.
A su lado, el arcángel Miguel cargaba con la misma furia.
Con un solo golpe, impactó de lleno contra la Reina Escarlata, enviándola a volar como una sombra arrancada del suelo.
El choque resonó en todo el campo de batalla.
Metatrón sonrió, su voz firme y mecánica: —Con esto, cualquiera pensaría que soy un ángel… pero tú sabes bien quién soy.
Yo soy el dios de los robots y los androides.
Miguel lo miró de reojo y asintió sin dudar.
Entonces, como si fueran un solo ente, ambos se lanzaron en un movimiento sincronizado.
Sus puños, uno envuelto en la santidad celestial y el otro en la energía mecánica divina, se estrellaron al mismo tiempo contra Konan y la Reina Escarlata.
Los cuerpos de ambos enemigos fueron arrojados sin control, atravesando el aire hasta impactar contra varios soldados del ejército.
El golpe los arrastró hasta quedar justo en la línea donde combatía Jehová, uniéndose así las fuerzas divinas en un mismo frente de guerra.
Yekun, con una velocidad imposible de seguir, lanzó un golpe expansivo que arrastró a Adriene, Kimi, Kafka y Saucher hacia las filas del pueblo de Karla’k.
Lucifer, en medio del caos, giró la vista hacia su hermano.
Sus ojos, cargados de tristeza y melancolía, se detuvieron en Miguel.
Dentro de sí mismo no pudo evitar sentirlo: quizás siempre sería el favorito de su Señor, quizás nunca estaría a la altura… Jehová, que había observado lo suficiente, giró de golpe y habló con una voz que retumbó como trueno: —Terminemos ya.
Su cuerpo se desató en un frenesí divino.
Cada golpe caía con precisión absoluta, desgarrando las filas del pueblo de Karla’k.
Su velocidad aumentaba más y más, hasta que su mente quedó en blanco, serena, en un estado de paz pura.
En ese trance, Jehová era una fuerza de la creación en movimiento, cada impacto hacía que los guerreros se comprimieran y amalgamaran, formando poco a poco una masa gigantesca de dolor y desesperación.
Con un gesto final, Jehová creó una dimensión cerrada, un lugar donde nadie podría escapar.
Solo los hijos de Karla’k si alguno quedaba digno tendrían la llave para liberarlos de su miseria.
Encerrados y atrapados en ese espacio, fueron lanzados lejos, hasta que la dimensión misma desapareció de la vista.
Pero no todo había acabado.
Con dos movimientos certeros, Jehová golpeó a la Reina Escarlata y a Konan.
La furia lo impulsaba a destruirlos allí mismo.
Sin embargo, Miguel se interpuso y con voz firme advirtió: —Mi Señor, esta no es su manera.
No debe manchar sus manos.
Jehová se detuvo.
Y al mirar a su ángel, entendió la verdad en sus palabras.
Miguel, con determinación, dio un paso al frente: —Déjemelo a mí.
Con un movimiento rápido, atravesó el pecho de Konan y, sin titubeos, liberó una descarga de energía que lo desintegró.
Así terminó aquel que alguna vez fue el más cercano amigo de Karla’k.
Luego, volvió hacia la Reina Escarlata.
No la mató, sino que la selló en una prisión dimensional, una cárcel eterna arrojada más allá de los confines de la existencia misma.
Mientras tanto, Adriene, Kafka, Saucher y Kimi aún luchaban por levantarse tras la caída.
Metatrón, con la ayuda de Jehová, comenzó a forjar una prisión especial para contenerlos.
Yekun, viendo que intentaban escapar, se lanzó con violencia.
Con una patada certera en el cuello, envió a Kafka directo hacia Jehová, que la encerró sin demora.
Miguel se encargó de Kimi, golpeándola en el estómago y luego en la nuca para dejarla inconsciente, entregándola también al sello divino.
Saucher intentó resistir, pero Yekun lo derribó con golpes directos a la tráquea y al estómago.
Entre ambos ángeles, lo enviaron hacia Jehová, que lo atrapó en la prisión junto a los otros.
Adriene, en cambio, optó por la cobardía.
Desató un estallido de luz y oscuridad que cegó a todos por un instante y escapó en la confusión.
Jehová, al observar los tres prisioneros capturados, suspiró.
Cerró la dimensión de contención y la transformó en algo parecido a una cárcel eterna.
Con un último movimiento, los lanzó allí, aislados del resto de la creación.
—Mandaré a alguien para vigilar que no escapen —declaró—.
Por ahora… ya no hay más problemas.
Cuando todo parecía estar en orden, Jehová notó un cabo suelto.
Entre los escombros y la calma que apenas comenzaba a brotar, un último soldado del pueblo de Karla’k permanecía de pie, con el odio ardiendo en sus ojos.
No era un general ni un hijo de Karla’k, solo un soldado… pero su voluntad de pelear no había muerto.
Jehová lo observó con atención, pero no intervino.
Frente a él ya se encontraban Merlin, dios de la justicia, y Dany, diosa del amor, quienes avanzaban hacia el enemigo con decisión.
El Creador optó por dejarlos encargarse de esa batalla.
Era su momento para probarse a sí mismos, y él lo sabía.
Mientras tanto, el arcángel Miguel permanecía junto a su Señor.
El aire se volvió pesado a su alrededor.
La presión de la divinidad de Jehová era tan desoladora que ni siquiera él, el más leal y fuerte de los ángeles, podía evitar sentir cómo le pesaba en los hombros.
Pero Miguel no apartó la vista.
Sabía que Jehová aún tenía algo en mente: revisar a su hermano Lucifer.
El recuerdo del ángel herido, con las alas arrancadas, seguía vivo en su memoria.
Miguel, con un profundo respeto y preocupación, aguardó en silencio, listo para acompañar a su Señor en esa dirección.
Mientras tanto, Lumi permanecía a un costado, observando a Steven en el suelo, herido y debilitado.
Su corazón latía con violencia, como si cada golpe que él había recibido estuviera ahora desgarrando su propio interior.
Sus manos temblaban, su respiración se quebraba, y una sensación extraña la consumía desde dentro.
La sangre de aquel dios… verla fluir la carcomía por dentro.
No era miedo, ni simple tristeza.
Era algo distinto, más profundo, un fuego que nacía en su pecho y la llenaba de nervios, de dudas, de una inquietud que no podía controlar.
—¿Qué es esto…?
—susurró para sí misma, con la mirada fija en él.
Su mente se agitaba, incapaz de encontrar respuesta.
Y entonces, la voz de Jehová resonó, solemne, clara como un eco que lo abarca todo.
—Lo que sientes… es amor.
—dijo, con un tono sereno, mirándola directamente—.
Aunque apenas hayan despertado a esta existencia, aunque apenas comiencen a caminar en ella… tu corazón lo reconoce.
Tú sientes amor por ese chico.
Las palabras del Creador atravesaron a Lumi como un rayo.
De pronto, todo lo que la había confundido se volvió un espejo de claridad.
El temblor en su cuerpo, la desesperación por no llegar a tiempo, el dolor de verlo caer… no era simple preocupación.
Era amor naciendo en ella, incontrolable y verdadero.
Aquella chica… aquella diosa.
Lumi.
Su cabello negro caía sobre sus hombros, brillando débilmente bajo los restos de la luz de los dominios destruidos.
Sus ojos, oscuros como el mismo vacío que representaba, se llenaban de lágrimas que no sabía contener.
Su ropa era digna de una divinidad recién nacida, pero lo que ardía en su pecho no era propio de los dioses.
Era humano, tan humano que dolía: un sentimiento nuevo, extraño, que la oprimía como un peso insoportable.
Amor.
¿Eso era?
¿Qué significaba para ella?
Dany, la diosa del amor, quizás lo entendía desde siempre.
Pero Lumi no.
Ella nunca había sentido aquello; no sabía cómo manejarlo, no sabía cómo abrazarlo.
Y por eso su voz se quebraba al intentar hablar, por eso sus manos temblaban al sostener a Steven, y por eso sus lágrimas manchaban la piel de aquel dios herido.
—¿Por qué…?
—murmuró, apretando con desesperación el cuerpo de Steven contra su pecho—.
¿Por qué siento esto…?
Steven apenas respiraba.
Su cuerpo estaba destrozado, la sangre se escapaba con cada segundo, y su pulso se debilitaba tanto que apenas se sentía.
Jehová ya lo había visto, y en su sabiduría infinita comprendió la verdad.
Dentro de treinta minutos… Steven moriría.
Lumi lo supo también.
Lo sintió en cada fibra de su ser, como si el universo entero le gritara la cuenta regresiva dentro de su mente.
La diosa de los agujeros negros, la que representaba el vacío y la luz escondida en él, se vio a sí misma ahogándose en un abismo que nunca había imaginado: la posibilidad de perderlo.
Apretó aún más fuerte el cuerpo del dios herido, su propio temblor recorriendo los dos.
—No… no quiero… —su voz se rompió del todo, como si cada palabra le desgarrara el alma—.
No quiero que mueras… El tiempo corría.
Treinta minutos.
Treinta latidos más del corazón de Steven… El arcángel Miguel, con su espada todavía bañada en la luz de lo divino, giró lentamente la mirada.
Su vista primero se detuvo en su hermano Lucifer, herido y aún débil, luego en Dany y en Merlin, exhaustos después de tanto esfuerzo y con el peso de la fatiga grabado en sus rostros.
Dentro de su mente se encendió un pensamiento claro, casi como un deber inevitable: ellos merecen descansar, no más sangre para ellos, no más cargas.
Frente a ellos, tambaleándose y con odio aún ardiendo en sus ojos, estaba aquel último habitante del pueblo de Karla’k.
Un soldado, solo uno, pero con la misma furia que llevaba todo su pueblo.
Se preparaba para lanzarse contra Dany y Merlin, que apenas podían mantenerse de pie.
Miguel apretó los labios, tomó aire, y en un movimiento veloz como el mismo relámpago, levantó su espada.
La hoja sagrada brilló con fuerza, reflejando la decisión del arcángel.
—Descansen… yo terminaré esto —murmuró, con voz baja pero firme.
Entonces, dio un paso hacia adelante y desató una ráfaga de cortes.
Su espada atravesó el aire una y otra vez, veloz, precisa, implacable.
En cuestión de un suspiro, el último habitante de Karla’k quedó reducido a múltiples pedazos, su energía apagada, su furia convertida en silencio.
El cuerpo cayó al suelo como polvo llevado por el viento.
Miguel bajó la espada lentamente y suspiró, sabiendo que con ese acto no solo había protegido a los dioses fatigados, sino también puesto fin a la amenaza de aquel pueblo que había heredado la furia de su creador.
Dany y Merlin lo observaron con cansancio, pero también con gratitud.
Jehová, a lo lejos, comprendió la decisión de su ángel y no lo detuvo.
Continuará…
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com