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History academy - Capítulo 14

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14: El primer muerto.

14: El primer muerto.

Lumi permanecía arrodillada en el suelo, sus manos temblorosas sostenían con fuerza el cuerpo de Steven.

La sangre divina de él manchaba su piel, se deslizaba por sus dedos y empapaba su ropa, impregnándola con un calor que se apagaba lentamente.

Nunca había sentido algo tan real, tan abrumador.

No era solo sangre… era la vida escapando.

Sus labios se entreabrieron, pero ninguna palabra salió de ellos.

Su respiración se cortaba a ratos, como si el mismo miedo le oprimiera el pecho.

Ella, la diosa de la luz y los agujeros negros, aquella que dominaba lo imposible, estaba paralizada por algo que no podía controlar: el terror.

Un terror puro, verídico, que recorría cada rincón de su ser.

El terror a perderlo.

—No… no, por favor… —susurró con la voz quebrada, apretando aún más a Steven contra su cuerpo.

Por primera vez, las ideas en su mente no giraban en torno a dominios, poderes ni conceptos cósmicos.

Todo se reducía a él, a su pecho que apenas se movía, a la sangre que no dejaba de salir, a esos minutos contados que lo separaban de la muerte.

Aunque era una diosa, no sabía cómo amar.

Nunca lo había hecho.

Nunca había sentido ese calor extraño que ahora quemaba su interior.

Pero allí estaba, descubriendo demasiado tarde lo que significaba, y ese descubrimiento no llegaba con dulzura, sino con un peso desgarrador.

Miró su rostro, los rasgos de un dios que representaba la destrucción misma.

¿Cómo podía ella, luz y oscuridad, sentir amor por él?

Su mente no encontraba respuesta, y su alma, que jamás había sentido el roce del amor, estaba siendo arrancada en pedazos por la posibilidad de perderlo.

Las lágrimas comenzaron a empañar sus ojos, aunque no cayeron todavía.

Cada latido débil de Steven era un golpe más contra su frágil calma, y cada segundo que pasaba la hundía en esa nueva y cruel verdad: amaba a ese dios.

Y ahora, podía perderlo.

Lumi levantó lentamente la mirada, con sus ojos todavía húmedos y temblorosos, buscando desesperadamente una respuesta, una salida, algo… Y fue entonces cuando su vista se encontró con la de aquel que lo comprendía todo: Jehová.

Sus ojos oscuros, marcados por el miedo y la confusión, se encontraron con la mirada del Dios de la Creación.

No había compasión en él, ni dulzura, ni siquiera un gesto de consuelo.

Era una mirada seria, fría, calculada.

Una mirada que pesaba como mil juicios y que parecía atravesar el alma sin detenerse en la superficie.

Lumi se estremeció.

—Yo… —intentó hablar, pero su voz se quebró en un murmullo irreconocible.

Su garganta estaba cerrada por el nerviosismo, el terror, el dolor.

Jehová permaneció inmóvil, contemplando la escena con esa expresión imperturbable que no dejaba traslucir emoción alguna.

Era como si todo lo que veía lo analizara en silencio, como si en ese instante estuviera observando no a Lumi como persona, sino a la contradicción misma que encarnaba: una diosa que dominaba la luz y la oscuridad, vencida no por un enemigo ni por un dominio, sino por un sentimiento que ni siquiera entendía.

Su voz finalmente rompió el silencio, grave y contundente: —¿Ves lo que sientes?

—dijo sin cambiar el tono ni el semblante—.

Eso que ahora te ahoga no es poder, ni debilidad.

Es lo que nunca comprendiste.

Amor.

El peso de sus palabras cayó sobre Lumi como un martillo.

Su pecho se agitó más rápido, sus brazos apretaron aún más a Steven, y las lágrimas que había contenido empezaron a rodar por sus mejillas.

Jehová, sin apartar su mirada, parecía juzgarla y enseñarle al mismo tiempo.

Su frialdad no era crueldad… era el reflejo de alguien que lo entendía todo y que, por lo mismo, no se dejaba arrastrar por las emociones.

Lumi, en cambio, era lo opuesto en ese instante: un caos de nerviosismo, terror, dolor y ese nuevo sentimiento que apenas nacía dentro de ella, frágil e incomprensible.

Y en ese cruce de miradas, se sentía pequeña, vulnerable, como si su corazón pudiera quebrarse con solo una palabra más de él.

Jehová mantuvo su mirada fija en Lumi.

Su rostro no cambiaba, pero emanaba algo que desafiaba toda comprensión: calma absoluta, seriedad inmutable y una frialdad que parecía cortar el aire.

Sin embargo, debajo de esa superficie fría había un matiz casi imperceptible de bondad, una fuerza que no se imponía con ira, sino con la autoridad de quien lo sabía todo.

—Déjalo… morir —dijo con esa voz profunda, que parecía más un mandato de la propia divinidad que una sugerencia.

Lumi parpadeó, incapaz de procesar las palabras.

Su cuerpo temblaba, su respiración era irregular, y sus manos aún aferraban a Steven como si soltarlo significara perder todo lo que sentía en el mundo.

El arcángel Miguel, que había estado observando en silencio, frunció el ceño.

Incluso él sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Había visto a Jehová actuar, juzgar, crear y destruir, pero nunca había pronunciado algo así: una orden que no buscaba castigo, ni defensa, ni enseñanza… sino permitir que la vida se extinga, incluso ante la presencia de quienes amaban.

A su lado, Metatron, normalmente impasible y sereno, también percibió la rareza.

Era la primera vez que algo así surgía de Jehová: una mezcla de autoridad absoluta y desapego, una decisión que no necesitaba explicaciones ni justificaciones, y que a la vez parecía llevar implícita una lección demasiado profunda para cualquier ser mortal o divino.

Lumi sintió un nudo en el pecho.

La orden retumbaba en su mente, una contradicción imposible: la bondad que parecía contener, y la dureza absoluta de dejar ir a alguien que amaba.

Su corazón gritaba en silencio, mientras la sangre de Steven aún manchaba sus manos y su ropa.

En ese instante, el tiempo parecía haberse detenido.

Todo el poder, la divinidad y la vida misma pendían de un hilo, y nadie, ni siquiera los arcángeles más antiguos, sabía cómo responder a ese mandato que desafiaba todo lo que conocían sobre amor, protección y justicia.

Lumi se levantó con dificultad, temblando de pies a cabeza, pero con los ojos llenos de determinación.

Su corazón latía con fuerza desmedida, un ritmo que solo el amor podía arrancarle de manera tan inmediata y absoluta.

No podía aceptar lo que Jehová ordenaba; no podía quedarse de brazos cruzados mientras el dios que apenas había conocido estaba al borde de la muerte.

—¡No!

—exclamó con voz temblorosa, pero firme—.

No dejaré que… que muera.

Jehová la observó con calma.

No hizo gesto alguno de sorpresa ni desaprobación.

En un movimiento casi imperceptible, apareció detrás de Lumi, tan rápido y silencioso que parecía fundirse con las sombras mismas de la sala.

Su voz bajó hasta un susurro, destinado solo a ella: —Déjalo morir… por el bien de él.

No dejes que sufra más de lo que ya está haciendo.

Las palabras cayeron sobre Lumi como un golpe invisible.

Por un instante, todo su mundo pareció detenerse.

¿Cómo podía algo tan doloroso ser también un acto de bondad?

¿Cómo podía el mismo dios que estaba a punto de dejar morir a Steven también protegerlo al hacerlo?

Lumi cerró los ojos, sintiendo la presión de su corazón, la sangre tibia de Steven todavía en sus manos, el frío del suelo bajo sus pies y la certeza de que debía tomar una decisión que no entendía del todo.

El amor que nacía en su pecho se mezclaba con el miedo y la desesperación.

Por primera vez, comprendió que el verdadero sacrificio no siempre se veía en un acto heroico, sino en la capacidad de aceptar aquello que parecía imposible.

Jehová permaneció a su lado, su presencia imponente pero silenciosa, ofreciendo guía sin imponer fuerza.

Lumi lo miró de reojo, un destello de desafío en sus ojos: aún no estaba dispuesta a rendirse, pero comenzaba a entender que a veces el amor más puro exige un dolor que ninguno de los dos había anticipado.

El tiempo se volvió insoportablemente lento.

Cada segundo que Steven permanecía en sus brazos era un recordatorio del precio del amor, del límite entre la vida y la muerte, y de la sabiduría inhumana de aquel dios que, incluso en su frialdad, parecía querer lo mejor para todos.

Sintió que todo su cuerpo se desmoronaba.

El peso de la desesperación, del amor recién nacido y del miedo a perder a Steven se mezclaban hasta volverse insoportables.

Su voz temblorosa se alzó, apenas un hilo de súplica: —Jehová… déjame estar con él… —susurró, aferrándose a la esperanza de que aun en su inmenso poder, él pudiera ceder.

Jehová la observó con su mirada fría, calculadora, pero también con un dejo de compasión que solo una divinidad capaz de comprender la vida y la muerte podía mostrar.

Sus palabras cayeron sobre Lumi con un peso que parecía aplastarla por dentro: —Aunque suene cruel, si vas ahí, Steven morirá y yo lo cuidaré… pero no te recordará.

Ni siquiera este día quedará en su memoria mientras esté allí.

Tu presencia se borrará de sus recuerdos… pero no de su espíritu.

—Jehová hizo una pausa, asegurándose de que Lumi entendiera—.

Si decides ir, tú tampoco lo recordarás.

Lumi abrió los ojos, y por un instante, su mundo se vació.

La idea de perder a Steven, de que el amor que empezaba a sentir se disolviera en la nada de su propia memoria, le hizo sentir un vacío imposible de soportar.

Todo su ser gritaba que debía estar con él, que no podía permitir que lo abandonaran, pero al mismo tiempo sentía la verdad dolorosa de las palabras de Jehová: el sacrificio era absoluto.

Sus manos temblorosas aún sostenían el cuerpo de Steven, su piel empapada en la sangre tibia de él.

Cada segundo que pasaba era un recordatorio brutal de que el tiempo se acababa.

Lumi tragó saliva, intentando reunir fuerzas para enfrentar la decisión que ninguna diosa había enfrentado antes: estar junto a aquel que ama, sabiendo que el amor, tal como lo sentía ahora, sería arrancado de su memoria para protegerlo.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Jehová, inmóvil detrás de ella, no presionó ni una sola vez; su presencia era suficiente.

Lumi comprendió que esta era una prueba no de fuerza, sino de corazón.

Y mientras Steven yacía en sus brazos, sintió cómo el mundo se reducía a un único punto: él, su amor por él, y la agonía del sacrificio que estaba a punto de aceptar.

Lumi cerró los ojos y, con un acto de amor puro, besó los labios de Steven.

La sangre tibia de él manchó su piel, su ropa, su alma… y aun así, no le importó.

En ese instante, todo lo demás desapareció.

Poco a poco, el cuerpo de Steven comenzó a brillar, su forma desvaneciéndose entre luces doradas y plateadas.

Era su tránsito al mundo de los muertos, al cielo, y varios ángeles que vigilaban desde lo alto presenciaron aquel momento solemne.

Era su primer “cliente” del día, por así decirlo, y aunque había partido en combate, su valor y sacrificio le otorgaban un lugar especial.

Los ángeles le concedieron libre paso, permitiéndole moverse en el cielo.

Lumi lo observó mientras desaparecía lentamente, comprendiendo que, aunque no existiera un lugar definitivo para los malvados, por ahora estaría protegido, cuidado y resguardado lo mejor posible.

El brillo se desvaneció, y Lumi quedó sola, con el vacío en su corazón y la certeza de que aquel primer acto de amor tendría un precio que solo ella entendería.

Pero también sabía que, en algún lugar más allá de la luz, Steven estaría seguro, y eso era lo único que importaba en ese momento.

Lumi comenzó a sollozar, las lágrimas rodando por sus mejillas mientras su cuerpo temblaba, aferrada a sí misma.

La soledad la golpeaba con fuerza, y su corazón dolía como si alguien lo estrujara desde dentro.

Jehová se acercó con pasos firmes y serenos, su mirada fría pero no carente de cierta bondad.

Posó una mano sobre el hombro de Lumi, y su simple contacto parecía transmitirle una calma imposible.

—Ve tranquila, Lumi… —susurró, con voz grave y medida—.

Tu amor ya ha cumplido su propósito.

A unos pasos de distancia, Miguel y Metatron lo miraban, expectantes.

Jehová giró su cabeza hacia ellos: —Miguel.

Metatron.

Vayan al cielo.

Ahora.

Metatron asintió de inmediato, su cuerpo brillante y mecánico siguiendo cada instrucción sin titubeos.

Miguel, aunque con el ceño fruncido, también obedeció, sabiendo que no había lugar para la duda.

Mientras tanto, Yekun levantó cuidadosamente el Domo donde su hermano de armas, Lucifer, estaba siendo atendido, y ambos se retiraron, dejando el lugar en un silencio solemne.

Jehová permaneció observando a Merlin y Dany.

Los dos jóvenes mantenían la mirada fija en el suelo, sus rostros tensos, los hombros caídos bajo un peso invisible.

Jehová podía sentirlo: tristeza, abatimiento, un vacío que se asemejaba a la depresión.

Era una tormenta silenciosa que atravesaba sus mentes y espíritus.

—Sé lo que sienten —dijo Jehová, más para sí mismo que para ellos—.

La pena que los abruma… es un camino que deben recorrer.

Pero todo esto, cada emoción, cada latido, está calculado.

Nada escapa a mi conocimiento.

Lumi alzó la vista, sus ojos enrojecidos encontrándose con los de Jehová, buscando respuestas, buscando consuelo.

—¿Por qué…?

—preguntó con voz quebrada—.

¿Por qué tenía que pasar esto?

Jehová no respondió de inmediato.

Su mirada se mantuvo fija, evaluando, comprendiendo, calculando.

Finalmente habló, con la misma calma que helaba el aire a su alrededor: —Porque incluso en la pérdida hay propósito, Lumi.

Aunque no lo vean ahora, todo tiene un orden.

Y todo está bajo mi cuidado.

Lumi volvió a inclinar la cabeza, dejando escapar un sollozo más, mientras su mano apretaba su pecho con fuerza.

Sabía que no había manera de detener lo que había sucedido, pero la sensación de que Jehová entendía, y que todo estaba siendo observado, le daba un hilo de consuelo.

Jehová observó el puño cerrado de Lumi, su rostro inmutable, aunque por dentro una pequeña resonancia de pesar lo sacudía.

Suspiro suavemente, un sonido que apenas quebraba el silencio del lugar.

¿Por qué no pude salvarlo…?

—la pregunta reverberó en su mente, intensa y silenciosa a la vez—.

Pero lo hecho, hecho está.

Sabía, en lo más profundo, que no había nada que se pudiera cambiar.

La vida continuaba, implacable y natural, para todo ser vivo que surgiera ahora y en adelante.

Este era el momento correcto, el instante en que la creación podía recibir nueva luz, nueva esperanza.

Jehová bajó la mano que reposaba sobre el hombro de Lumi, y su mirada se perdió en el horizonte, como si viera no solo el presente, sino todos los futuros posibles.

—Ahora… —murmuró para sí mismo, con un tono que era mezcla de autoridad y ternura—.

Es hora de dar vida.

Es hora de sembrar esperanza.

A su alrededor, el aire parecía vibrar con calma, casi con promesa.

Cada ser que respiraba bajo su mirada estaba bajo la sombra de esa decisión silenciosa, y aún sin palabras, la solemnidad de Jehová comunicaba un mensaje claro: incluso en la pérdida, siempre habría un nuevo comienzo.

Lumi, todavía temblando, lo miró con ojos llenos de lágrimas, y por primera vez, sintió que esa pena podía transformarse en algo más grande: una chispa de fuerza, un impulso para seguir adelante.

Un suspiro escapó de los labios de Jehová, profundo y cargado de solemnidad.

Su mirada se posó en Lumi, luego en Miguel y Metatron, y con voz firme, pero llena de cierta ternura, dijo: —Lo volverán a ver… no ahora, pero llegará el momento.

Y cuando eso ocurra, podrán abrazarlo, amarlo, compartir todo lo que sienten.

Hubo un instante de silencio.

Sus palabras flotaban en el aire, como promesas que pesaban y al mismo tiempo aliviaban.

Lumi sintió cómo un hilo de esperanza se encendía dentro de su pecho, aunque todavía le temblaban las manos por el dolor.

Jehová dio un último vistazo a todos ellos, su presencia imponente y serena llenando el espacio, y luego desapareció.

No quedó físicamente, pero su influencia, su promesa, se quedó allí, flotando con fuerza suficiente para reconfortarlos.

Porque lo que decía Jehová siempre se cumplía, y el cariño que había depositado en ellos era ahora un faro silencioso que los guiaría en los días oscuros.

Lumi cerró los ojos un momento, inhalando profundamente, intentando retener esa chispa de esperanza.

Miguel y Metatron también percibieron esa energía, y aunque la pérdida seguía doliendo, había algo más que los sostenía: la certeza de que no todo estaba perdido.

Fin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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