History academy - Capítulo 15
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15: Una diosa de razas.
15: Una diosa de razas.
Jehová avanzaba en silencio, volando con una calma que ocultaba la tormenta de pensamientos en su interior.
A su lado, el arcángel Miguel mantenía la vista al frente, firme, como siempre lo había hecho; y detrás, Metatrón, el dios de los robots y androides, flotaba con precisión casi mecánica, analizando cada fragmento del espacio que cruzaban.
Al frente iba Yekun, cargando con cuidado aquel domo brillante donde su hermano de armas, Lucifer, seguía siendo curado.
Sus brazos temblaban un poco, no de cansancio, sino de la tensión que pesaba sobre él.
Tras varios instantes, Jehová alzó la mano y todos se detuvieron.
Frente a ellos flotaba un pequeño planeta, de tonos grises y azulados, sereno y silencioso, como si no existiera vida en él.
—Aquí —dijo Jehová con voz firme, descendiendo hacia la superficie—.
Descansaremos un momento.
Los demás obedecieron sin cuestionar.
Apenas tocaron el suelo rocoso, Miguel dio un paso adelante, mirando a su Señor con un dejo de preocupación.
—Mi Señor… —murmuró—.
Lucifer resistirá, ¿verdad?
Jehová lo observó, y con esa calma que parecía imperturbable, respondió: —Resistirá lo que deba resistir.
Pero lo importante no es cuánto sobreviva… sino qué hará con lo que ha perdido.
Metatrón, siempre calculador, inclinó la cabeza y dijo en tono neutro: —Su sistema corporal ha recibido daños irreversibles.
Aún con sanación divina, no será el mismo.
Deberá aprender a vivir con esa fractura.
Yekun apretó más fuerte el domo entre sus brazos, bajando la mirada.
Su voz salió entrecortada: —No… él merece más que eso.
¡Lucifer no puede quedar roto!
Él… él quería demostrarle a nuestro Señor que podía estar a la altura.
Jehová se acercó despacio a Yekun, y con un gesto leve puso su mano sobre el domo.
Su mirada se suavizó por un instante.
—El valor de Lucifer no está en lo que pierde… sino en lo que aún puede dar.
No lo olvides, Yekun.
El silencio se extendió entre todos, roto solo por el murmullo del viento extraño de aquel planeta.
El ambiente en aquel planeta tranquilo se quebró de repente.
Una presencia, que hasta ese momento había permanecido oculta desde la batalla contra Karla’k, se dejó sentir con claridad.
Sus pasos eran inaudibles, pero la tensión que cargaba hizo que Miguel y Metatrón giraran de inmediato, poniéndose en guardia.
Una figura encapuchada descendió con ligereza, su silueta apenas rozando el aire como si no perteneciera del todo a ese mundo.
Su sonrisa irónica se ocultaba bajo la sombra de la capucha.
Con rapidez sorprendente, aquella persona se deslizó entre Miguel y Metatrón y apareció justo frente a Jehová.
Miguel desenfundó su espada, Metatrón cargó su energía… pero ambos se detuvieron cuando vieron que Jehová no se movía, simplemente la observaba.
La luz que emanaba del cuerpo de Jehová se expandió y bañó a la extraña, revelando los detalles de su atuendo.
Bajo la capucha, un cabello dorado relucía como si absorbiera el brillo del sol.
Sus ojos verdes chispeaban con confianza, y una túnica blanca ceñida a su figura se combinaba con brazaletes y sandalias doradas.
Finalmente, la chica tiró hacia atrás la capucha y se presentó con voz clara: —Te vi desde aquella pelea contra Karla’k —dijo, mostrando una sonrisa suave pero calculadora—.
Espero que nos llevemos bien.
Soy Greci.
Jehová se levantó lentamente, su mirada fija en ella.
Su voz, profunda y solemne, resonó como un eco divino: —¿Qué es lo que necesitas?
Greci no titubeó.
Con un gesto elegante, entrelazó sus manos frente a su pecho y respondió sin rodeos: —Crear vida.
Aunque debo admitir… —una pequeña sonrisa ladeó su rostro—, soy más de planes, de estrategia, de preparar el terreno.
El silencio se apoderó del lugar.
Miguel apretó la empuñadura de su espada con desconfianza, Metatrón analizó su energía en silencio, y Yekun miraba sin comprender del todo.
Jehová, sin embargo, no apartó su mirada de Greci.
Había en ella algo distinto… algo que no era simple curiosidad ni simple atrevimiento.
Esa diosa era algo más.
Jehová percibió la sinceridad en aquella mirada.
No era de engaño ni de soberbia, sino de verdadera creación.
Entonces, sin perder un instante, chasqueó los dedos, levantando a su alrededor un muro inmenso de pura luz, sólido e impenetrable tanto desde dentro como desde fuera.
Con voz firme y solemne declaró: —Cualquiera que intente usar una técnica aquí será anulada, por muy poderosa o destructiva que sea.
Aquí no existe el engaño ni el ataque, solo verdad.
Luego fijó sus ojos en la joven y preguntó con calma: —Dime, ¿quieres ayudarme en la creación?
Greci asintió con convicción, respondiendo con una voz suave pero llena de decisión: —Sí, Jehová.
He esperado este momento.
Quiero crear contigo.
El arcángel Miguel permanecía atento, con la mano sobre la empuñadura de su espada, como guardián de todo lo que allí se revelaba.
Metatrón, con su esencia colmada de sabiduría, analizaba cada detalle, comprendiendo que lo que se estaba gestando era más que un acto divino: era el inicio de una nueva era de equilibrio.
Yekun, cargando aún el domo donde Lucifer reposaba en su recuperación, observaba con un brillo distinto en los ojos.
Su hermano, aunque herido, también entreabría los párpados, intrigado por aquella unión inesperada.
Jehová extendió su mano y, con un leve movimiento, hizo surgir en medio de todos una mesa de piedra de un blanco puro, con símbolos que giraban en espiral como si fueran corrientes de vida.
Sobre ella aparecieron varios planos flotantes, representaciones de mundos aún no nacidos, ideas sin forma que aguardaban ser moldeadas.
Con voz solemne, Jehová dijo: —Estos son los cimientos de lo que vendrá.
Yo traigo la esencia de la vida y la chispa que enciende todo principio.
Pero tú, Greci, diosa de las razas, eres quien tiene el deber de darles forma, diversidad y propósito.
Greci avanzó y apoyó ambas manos sobre los planos, que comenzaron a reaccionar a su toque.
Los símbolos cambiaban, dibujando figuras de hombres, bestias, espíritus y seres nunca antes vistos.
Sus ojos verdes brillaron con intensidad.
—Si tú das el aliento, yo daré la pluralidad.
Que cada raza nazca con su propio camino, pero todas bajo el mismo origen divino.
Miguel susurró a Metatrón, con reverencia: —Estamos presenciando el nacimiento de un nuevo orden.
Jehová extendió la palma de su mano sobre la mesa de piedra, y los planos comenzaron a girar suavemente como si fueran esferas suspendidas en el aire.
La luz de su ser iluminaba cada trazo, revelando continentes, mares, montañas y desiertos aún vírgenes.
Con voz firme, habló en alto, como si dictara una ley eterna: —Debemos crear la vida de forma lógica.
En algunos planetas, la existencia nacerá de manera biológica, impulsada por la evolución, la genética y la adaptación.
Así se alzarán las criaturas, desde lo más pequeño hasta lo más grande, cada una hallando su lugar en el ciclo.
Greci asintió, colocando sus manos sobre los planos.
Su energía se mezclaba con la de Jehová, y los símbolos sobre la piedra respondían formando bocetos de aves, peces, felinos y reptiles.
—Sí… —dijo con tono sereno—, es lo más lógico y consciente.
Los seres no solo existirán: aprenderán a sobrevivir, a cambiar y a convivir.
Así, los animales serán la base de la armonía de estos mundos.
Jehová la observó con una sonrisa leve, aprobando cada palabra.
Y en ese momento, un destello más brillante emergió de los planos, un símbolo que no habían trazado, como si el universo mismo quisiera sugerirlo.
Ambos lo vieron y comprendieron al instante.
Jehová entrecerró los ojos, meditativo, y luego habló con solemnidad: —Ha nacido una idea que lo cambiará todo… Greci lo miró con curiosidad, notando cómo en su voz vibraba algo distinto: esperanza y peso al mismo tiempo.
Jehová sonrió y declaró: —Crearemos a los humanos.
Jehová miró aquella silueta humana que flotaba sobre los planos de piedra.
Sus ojos se llenaron de una luz distinta, mezcla de solemnidad y ternura.
Con voz firme, pero serena, habló: —Esta raza será capaz de cosas un poco más fuertes, pero no tan exageradas.
No deben superar lo que está destinado para ellos… ya sabes, como todo lo que hemos visto hasta ahora, serán personas.
Greci lo escuchaba atenta, recorriendo la forma etérea con sus dedos, como si palpase la posibilidad de esa vida.
Jehová prosiguió, con un matiz de autoridad en su tono: —Igual que las demás criaturas, tendrán libre albedrío.
Todos lo tendrán, porque serán seres pensantes.
No quiero marionetas, quiero voluntades.
Se inclinó hacia adelante, tocando la proyección, y la figura humana brilló más, mostrando facciones, manos, un corazón latiendo.
—Y todos estarán hechos a mi imagen y semejanza —añadió Jehová con solemnidad—.
No porque sean dioses, sino porque en ellos quedará un reflejo de lo divino.
Greci arqueó una ceja, intrigada.
—¿Y después… qué ocurrirá con ellos?
Jehová cerró los ojos un instante, y su respuesta sonó como un decreto eterno: —Después… lo que ocurra ellos mismos lo sabrán controlar.
La vida que les demos será un regalo, pero también una prueba.
Sus caminos serán suyos.
Jehová permaneció un momento en silencio, con la mirada fija en aquella silueta humana que aún vibraba sobre la mesa de piedra.
Su voz se tornó más grave, como si en ella cargara un destino inevitable: —Aunque siempre… su peor maldición será pelear entre ellos.
No habrá enemigo más cercano ni más cruel que su propio hermano, su propio reflejo.
Eso los condenará, pero también los hará aprender.
Se apoyó en el borde de la mesa, y con un gesto de su mano la figura humana se desdobló, tomando otra forma.
Sus ojos se entrecerraron mientras describía: —Bueno… los demonios divergentes.
—sus palabras tenían un tono entre creativo y calculador—.
Serán parecidos a los humanos en cuerpo y rasgo, la verdad será como un copia y pega, pero… con variaciones.
Aquel segundo diseño mostró cuerpos esbeltos, más estilizados, con piel que brillaba entre tonalidades grises y bronceadas.
Jehová continuó: —Sus orejas serán más puntiagudas, como marcas de distinción.
Tendrán cuernos pequeños: las féminas llevarán cuernos más delicados, estilizados, mientras que los varones tendrán los suyos más robustos, aunque sin perder proporción con sus cabezas.
Con un ademán señaló sus cuerpos.
—Serán sexuados como toda criatura.
Los varones con su naturaleza masculina, las mujeres con su lado femenino.
Nada distinto en su esencia vital, pues el ciclo de vida debe continuar.
Las figuras proyectadas comenzaron a girar lentamente, mostrando más detalles.
Jehová frunció el ceño, pensativo: —Su cabello será oscuro o plateado, para reconocerlos fácilmente entre las demás razas.
Así quedará en su linaje, un sello visible.
¿Qué dices, Greci?
—preguntó alzando la mirada hacia la diosa de las razas.
Greci cruzó los brazos, observando las formas con atención.
Finalmente asintió con serenidad.
—No está nada mal… podría decirse que es incluso hermoso en su equilibrio.
Pero bueno —esbozó una media sonrisa—, peor que nada no es.
Jehová soltó una leve risa seca, mientras los planos de ambos diseños quedaban flotando, esperando su destino.
Movió los dedos sobre la mesa de piedra y varios destellos comenzaron a formar nuevas siluetas, cada una más extraña que la anterior.
Con voz pausada, pero llena de una curiosidad creadora, dijo: —¿Qué te parece si damos paso a los aliens?
Seres con gran tecnología, adelantados a su tiempo.
Algunos tendrán apariencia humanoide, similares a los hombres pero más delgados, de piel grisácea y ojos grandes, capaces de ver más allá de la luz visible.
Las figuras cambiaron de forma y se moldearon en criaturas de aspecto más animal.
—Otros serán como sapos bípedos, adaptados a pantanos y mundos húmedos.
Resistentes, de gran fuerza, capaces de sobrevivir donde ninguna otra criatura podría.
Jehová sonrió apenas, sus ojos brillaban con un destello de emoción extraña, como si en ese instante se divirtiera con lo que imaginaba.
—Y claro… algunos vendrán con apariencias que ni siquiera encajen en la lógica conocida.
Serán como si vinieran de otro lugar demasiado perfecto, casi irreales.
Sus formas recordarán a lo etéreo, lo geométrico, como si fueran pensamientos encarnados.
Greci observó aquellos modelos con sus ojos verdes atentos, y alzó una ceja.
—¿Quieres que estos seres existan en el mismo plano que los humanos y los divergentes?
—preguntó con tono crítico, aunque no sonaba del todo en desacuerdo.
Jehová apoyó ambas manos sobre la mesa y la miró con seriedad.
—No.
Ellos serán como visitantes.
No se multiplicarán de la misma manera que los demás, pero su presencia servirá de espejo… y de advertencia.
Su tecnología será su fe, y eso abrirá preguntas en los humanos, en los demonios y en cualquier raza que cruce sus caminos.
Metatrón, que había estado observando en silencio, finalmente intervino con un brillo metálico en sus ojos: —Si esos seres avanzan en la ciencia más allá de la espiritualidad… ¿no será eso un riesgo?
¿No podrían olvidar el equilibrio de la creación?
Jehová sonrió apenas, con un aire enigmático.
—Ese es el punto.
El universo necesita contrastes… sin eso, no hay evolución.
Jehová dejó escapar un suspiro pesado, distinto al entusiasmo que había mostrado momentos antes.
Sus ojos se enturbiaron y sobre la mesa de piedra emergió un nuevo plano, uno que no brillaba con la claridad de los anteriores, sino con un resplandor opaco y enfermizo.
—Ahora viene lo inevitable… —dijo con voz grave, casi como si doliera pronunciarlo—.
Las maldiciones.
La superficie del plano se agitó, y empezaron a surgir figuras retorcidas.
Algunos eran humanoides deformes, con brazos demasiado largos y rostros sin facciones claras.
Otros eran monstruos de formas cambiantes, como si nunca alcanzaran una figura estable.
Todos compartían un aura sombría, una energía que no pertenecía ni a la vida ni a la muerte.
Jehová continuó: —Estas maldiciones atormentarán a los seres vivos… los debilitarán física y espiritualmente, harán que su carne se consuma o que sus mentes se quiebren.
Algunos no podrán verlas, y para ellos serán un misterio, una pesadilla sin rostro.
Otros, en cambio, sí podrán percibirlas, y sufrirán al enfrentarlas directamente.
Greci entrecerró los ojos, tocando el borde del plano con sus dedos.
Al sentir la energía oscura, los retiró de inmediato, como si hubiese sentido una quemadura helada.
—¿Y quién controlará esto?
—preguntó con tono serio, casi con miedo—.
Si estos seres nacen sin guía, no habrá equilibrio.
Jehová la miró fijo, con un brillo de solemnidad en los ojos.
—Nacerá alguien para gobernarlos… el dios de las maldiciones.
Aún no existe, pero cuando su espíritu despierte, estas entidades nacerán junto a él.
Y ese dios será la llave para mantenerlos contenidos… o para desatarlos.
Metatrón, procesando cada palabra con su lógica fría, habló en voz baja: —Es arriesgado.
Estos seres no solo representan dolor… representan lo que no puede destruirse con espada ni máquina.
Serán enemigos invisibles, enemigos del alma.
El arcángel Miguel, que hasta entonces había observado en silencio, colocó su mano sobre el hombro de su Señor.
—¿Es necesario, Jehová?
—su voz fue serena, pero cargada de peso—.
¿No basta con la oscuridad que ya tienen los corazones de las razas?
Jehová desvió la mirada, viendo a lo lejos más allá del muro que había creado, como si ya conociera las consecuencias.
—La luz solo tiene valor si existe la sombra.
Y estas maldiciones… serán la prueba más dura que cualquier raza deba soportar.
El plano se cerró, dejando una marca negra en la piedra, como si la misma mesa hubiese quedado corrompida con ese fragmento de creación.
Jehová frunció ligeramente el ceño mientras su mente recorría infinitos planos de existencia y posibilidades.
Su voz, calma y profunda, resonó entre la piedra y la luz que formaba los planos: —Dragones… androides… robots… gracias a Metatron, el dios de los robots… —su tono se detuvo un instante, observando la mesa con los planos de vida—.
Los ángeles que he creado… y todos los animales que habrán de poblar los mundos.
Un suspiro pesado salió de su pecho, como si aquel acto de creación le recordara algo más profundo.
De repente, una punzada recorrió su mente, algo que no provenía del presente, sino de un posible futuro.
Una visión se formó frente a él, nítida como si ya hubiese sucedido.
Vio a un chico de cabello café y ojos del mismo color.
Estaba en medio de un campo de devastación absoluta, con edificios y calles rotas a su alrededor.
Su cuerpo se movía con precisión, cada golpe dirigido hacia Karla’k con una fuerza que partía el aire, que desgarraba todo lo que tocaba.
Cada impacto era brutal, descomunal, y sin embargo aquel joven continuaba, incansable.
Jehová observó, con el corazón frío pero concentrado, cómo aquel héroe, si es que podía llamárse así, se abría camino entre lo imposible, enfrentando un poder que había destruido casi toda existencia a su alrededor.
La nada misma parecía presionar contra él, intentando aplastarlo, y aun así, seguía de pie.
—Así… —susurró Jehová, más para sí mismo que para los demás—.
Así es como algunos serán probados… incluso antes de conocer la vida.
Metatron y el arcángel Miguel, que observaban en silencio, percibieron un cambio en la energía de Jehová.
Su mirada estaba fija en aquel flashback del futuro, como si entendiera cada movimiento, cada decisión, cada sacrificio que el joven tendría que hacer.
—Se avecinan grandes desafíos… —dijo Jehová finalmente, enderezándose y cerrando sus puños—.
Y cada raza, cada ser… deberá aprender a enfrentarlos, incluso antes de saber quiénes son.
Jehová se inclinó sobre el siguiente plano, observando cómo lentamente los contornos de vida se dibujaban ante sus ojos.
Esta vez no eran simples humanos ni animales, sino seres que parecían una réplica casi perfecta de la biología humana.
Cada músculo, cada órgano, cada célula estaba dispuesto con precisión, pero un detalle surgía y lo hacía único: la ira.
—Estos… —dijo Jehová, su voz profunda y medida—.
Estos serán los Yadaratman.
Su mayor poder no reside en la fuerza bruta, ni en la velocidad, sino en su capacidad de enfurecerse, de dejarse guiar por la ira… sin perder control.
Ante sus ojos, los Yadaratman tomaban forma.
Su semblante era humano, sus cerebros igual que los de un hombre o una mujer, sus órganos perfectamente funcionales.
Sin embargo, cada emoción de enojo, cada chispa de furia que surgía de ellos, se transformaba en estrategia, en cálculo, en un arma que los hacía insuperables.
Desde su nacimiento, poseían un conocimiento profundo del mundo y de la vida, y en combate, aquel conocimiento combinado con su ira los volvía formidables.
Jehová abrió otro plano, y allí surgió la siguiente raza: los Templarios.
Parecidos a los humanos en todos los aspectos físicos y biológicos, pero con un don diferente: el control del tiempo.
Cada movimiento que hacían, cada respiración, podía calcularse y modificarse, y su entendimiento de los puntos vitales no solo se limitaba a lo físico, sino que también abarcaba el alma y los conceptos de cualquier raza que enfrentaran.
Eran estrategas natos, capaces de derrotar a enemigos que parecían invencibles, gracias a esta combinación de poder y conocimiento.
—Interesante… —murmuró Jehová, observando cómo se abrían otros planos—.
Híbridos, semi-humanos, criaturas que combinan lo biológico con lo conceptual…
Algo está ocurriendo.
No entiendo completamente por qué estos planos surgieron, pero claramente tienen un propósito.
Su mirada recorrió las formas nacientes, cada detalle cuidadosamente analizado.
Sabía que estas nuevas razas no solo poblarían los mundos, sino que serían piezas fundamentales en los eventos que estaban por venir.
La creación, pensó, no era solo sobre dar vida, sino sobre preparar la existencia para los desafíos que nadie más podía prever.
—Cada uno de estos seres —dijo finalmente, con voz que resonó en la inmensidad del plano— tendrá un papel… incluso si yo mismo aún no comprendo cuál será.
Jehová, tras contemplar cada plano con minuciosa atención, bajó lentamente sus brazos y con un gesto decidido destruyó el muro que rodeaba aquel espacio sagrado.
La barrera que había contenido toda la creación hasta ese momento desapareció como polvo ante un viento divino, dejando que la energía liberada fluyera sin restricciones.
Con un movimiento elegante, Jehová levantó sus manos al cielo, y los planos que antes descansaban en la mesa comenzaron a transformarse en pura energía luminosa.
Aquella luz no era común; era la combinación de la esencia de la divinidad y la lógica natural de la existencia misma.
Cada forma, cada ser que había imaginado, se volvió un haz de luz, vibrando con posibilidades infinitas.
Greci, con sus ojos brillando y su mente enfocada, comenzó a analizar toda esa información con su poder sobre las razas.
Sus manos trazaban movimientos delicados en el aire, envolviendo la energía de los planos con su toque divino, mezclando la creación con la lógica, la esencia con la materia, lo natural con lo sobrenatural.
Poco a poco, aquella combinación de energías comenzó a crecer y expandirse, generando explosiones de luz y poder que iluminaban incluso los rincones más lejanos de los universos cercanos.
Las explosiones no eran destructivas, sino expansivas: cada estallido transportaba fragmentos de creación a múltiples universos, extendiendo la energía vital a donde debía llegar.
Algunos fragmentos viajaban a dimensiones que podían cruzarse y explorarse, mientras que otros simplemente se dispersaban hacia universos que existían como puntos fijos, infinitos, independientes, pero ahora impregnados con la semilla de la vida y la estructura que Jehová y Greci habían diseñado.
La energía se disipó lentamente, como un río que se divide en miles de corrientes, alimentando mundos, estrellas, planetas y seres por nacer.
Cada chispa de aquella creación llevaba consigo una combinación de divinidad y ley natural, un equilibrio perfecto entre lo que podría ser y lo que debía ser.
Greci sonrió, viendo cómo su poder de razas trabajaba junto al de Jehová, y él simplemente asintió, satisfecho: todo estaba en movimiento, y la vida empezaba a florecer en los rincones más infinitos del multiverso.
Jehová soltó un largo suspiro, pesado pero sereno, como quien observa un lienzo a medio pintar.
Sabía que, aunque la creación se extendiera por infinitos universos y dimensiones, aún existían conceptos que permanecían ocultos, misterios de la vida y la divinidad que no podía abarcar completamente en ese momento.
Su mirada se perdió en la vasta expansión de energía que recién había dispersado, contemplando mundos que ahora respiraban con posibilidad y promesa.
Cada chispa de vida, cada universo en formación, llevaba en sí la semilla de futuros dioses y seres que aún no despertarían, entidades cuya existencia dependería de que la vida alcanzara su apogeo y sus propias fuerzas comenzaran a florecer.
Jehová sabía que no podía forzar esos despertares; algunos dioses y conceptos surgirían solo cuando toda la vida alcanzara su flor de piel, cuando el equilibrio entre creación, orden y caos estuviera listo para soportar su presencia.
Y mientras eso sucedía, él debía mantener su vigilancia, ser la guía silenciosa que asegurara que el hilo de la existencia se tejiera sin romperse.
Con un gesto lento, cerró los ojos por un instante, sintiendo en su interior la inmensidad del tiempo y la paciencia infinita que requería la creación.
No había prisa, porque todo lo que debía suceder, sucedería en el momento exacto que él ya podía prever, aunque no lo entendieran los recién nacidos universos ni las futuras deidades.
Luego se retiro con todos de aquel lugar, aquel planeta dónde estaba; todo nacería como un algodón suave con sus semillas esparcidas en todo el lugar.
Fin.
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