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History academy - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 La semilla
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16: La semilla.

16: La semilla.

Mientras la energía se expandía por los universos, impactaba sobre los planetas como una lluvia de meteoritos incandescentes, liberando chispas de creación en cada rincón del infinito.

No solo los Yadaratman y los Templarios nacerían de ese acto divino, sino que también surgirían razas desconocidas, invisibles incluso para los ojos de los dioses en ese momento, ocultas entre el velo del tiempo y el misterio.

En cada mundo, la vida comenzó a abrirse paso de forma única.

Seres diminutos, apenas perceptibles, se alzaban con el paso de las eras, adaptándose a climas, elementos y realidades distintas.

Cada planeta marcaba un camino, y la evolución era su herramienta: lenta, precisa, pero imparable.

Cuando las razas alcanzaban su punto máximo, cuando su evolución parecía llegar a un fin, algo se revelaba: la evolución nunca se detiene.

Siempre existiría una nueva adaptación, un nuevo despertar, una transformación inesperada que superaría todo lo conocido.

Porque lo más grande de la creación no estaba en lo previsto, sino en lo impensable.

Y así, generación tras generación, raza tras raza, los seres creados llegarían a ser mejores de lo que incluso Jehová había imaginado al principio.

Los planetas que antes eran mares de lava y roca fundida ahora se transformaban.

El fuego dio paso al agua, la roca a la tierra fértil, y el vacío al verdor de los árboles.

La vida brotaba en cada rincón, desde lo más diminuto hasta lo vasto, llenando de alimento y sustento a todo ser que comenzaba a caminar en la creación.

Jehová contemplaba todo desde lo alto del cielo, rodeado de sus aliados más cercanos: el arcángel Miguel, eterno guardián; Metatrón, dios de los robots y la maquinaria sagrada; Greci, diosa de las razas; Yekun, vigía de los secretos; y Lucifer, quien, aunque marcado por su caída, había sanado sus heridas y sobrevivido, aun sin alas.

Juntos observaban el nacimiento de lo nuevo.

Sin embargo, un detalle llamó la atención de Jehová: en el paraíso celestial, el cuerpo del dios de la destrucción, Steven, yacía sin vida.

Su alma, frágil pero intacta, era cuidada con esmero por los ángeles, en un proceso delicado, como si incluso la destrucción misma pudiera ser sanada.

Jehová, sentado en su trono, dirigió la mirada hacia un planeta en particular.

Un mundo joven, donde el oxígeno comenzaba a llenar los cielos, las lluvias a nutrir la tierra, y los continentes a formarse poco a poco.

Aquel planeta, distinto a todos los demás, sería conocido como la Tierra.

Los animales se multiplicaban, los mares se llenaban de criaturas, y entre ellos aparecían los primeros mamíferos.

Jehová, con un gesto solemne, extendió su mano y moldeó un lugar único: el Jardín del Edén.

Allí tomó barro simple, polvo de la misma tierra, y con su poder formó dos cuerpos humanoides.

Les insufló vida, y sus ojos se abrieron al instante, encontrando la creación frente a ellos.

—Adán y Eva, —nombró Jehová con voz profunda, marcando el inicio de una nueva era en la historia de los universos.

Los dos primeros humanos, Adán y Eva, permanecían en el Jardín del Edén, protegidos por la mano directa de Jehová.

Eran el inicio inmediato de la humanidad, mientras que en el resto de la Tierra, otros humanos nacerían de manera diferente: a través de la evolución natural.

Animales y seres primitivos recorrerían un largo camino hasta convertirse en seres pensantes.

Lo que para ellos tomaría miles de años, para Jehová no era más que un solo día en su eternidad.

Mientras la vida se desplegaba por los universos y los siglos pasaban como segundos ante la mirada divina, Lucifer observaba en silencio.

Contemplaba todo lo creado con ojos cansados, sintiendo cómo poco a poco era desplazado por la obra de su Señor.

En su interior, un vacío comenzaba a crecer: soledad, nostalgia y un sentimiento de incomprensión.

Jehová lo notó.

Su corazón, aun siendo divino, se estremeció.

Sabía muy bien el destino que aguardaba a Lucifer, un destino que también envolvería a Yekun.

Aun así, no podía detener el curso de la historia: el camino ya estaba escrito, y cada ser debía recorrerlo hasta el final.

El Edén florecía, los universos bullían de vida, y en el silencio entre los dioses se escondía la primera semilla de la tragedia que aún estaba por venir.

Mientras en incontables planetas las razas florecían y se adaptaban con sorprendente rapidez, Jehová observaba con calma infinita.

Para Él, apenas habían transcurrido unas horas, pero en los mundos mortales ya habían pasado siglos enteros.

Los ciclos de la vida corrían veloces bajo Su mirada, mientras el universo entero se llenaba de movimiento y propósito.

En contraste, Lucifer se apartó lentamente, caminando junto a su inseparable hermano de armas, Yekun.

La mirada del portador de luz estaba perdida, cargada de sombras.

Cada nuevo mundo, cada nueva criatura, cada ángel que recibía responsabilidades lo hacía sentirse más distante.

En su interior ardía la certeza amarga de no ser suficiente, de no lograr nunca alcanzar la posición de protector que Miguel ostentaba con naturalidad y honra.

La desesperanza lo consumía.

Ideas peligrosas comenzaron a formarse en lo profundo de su mente.

Entre todas ellas, una más fuerte que las demás se abrió paso como un veneno: “Quitarle el puesto a mi Señor.” Un deseo oculto, apenas un murmullo en su corazón, pero que sería la semilla de una tormenta que tarde o temprano estallaría.

Greci se quedó de pie junto a Jehová, sus ojos verdes brillaban con curiosidad mientras observaba la expansión de la vida por los universos.

Mundos enteros florecían, criaturas despertaban y razas nuevas empezaban a caminar sobre sus suelos.

—Jehová… —murmuró la diosa de las razas, inclinando un poco la cabeza—.

He visto los planos que abriste y los que aún quedaron cerrados, pero aun así… la energía se esparció.

¿Cuántas razas existirán en realidad?

Jehová no respondió de inmediato.

Sus ojos se posaron en la vasta creación, como si su mirada pudiera atravesar las dimensiones y los velos del tiempo.

Finalmente, con voz profunda y serena, contestó: —Más de las que nosotros mismos podremos contar.

Algunos planos no se abrieron por completo, pero la esencia quedó dispersa en la existencia.

Incluso lo que no planeamos puede tomar forma.

Greci apretó suavemente sus manos, como si intentara contener la magnitud de lo que escuchaba.

—¿Entonces hay razas que nacerán fuera de nuestro control?

—preguntó, con un leve destello de preocupación.

Jehová asintió, con un dejo de solemnidad en su rostro.

—Sí.

Lo inevitable también es parte de la creación.

Así como la vida nace de lo esperado, también brota de lo oculto.

Y quizás esas razas sean las que marquen el rumbo del todo… o de la nada.

El silencio se apoderó del lugar, mientras ambos contemplaban la danza infinita de universos llenándose de posibilidades.

El arcángel Miguel caminaba a un costado de Metatron, el dios de los robots y los androides.

Ambos contemplaban la vastedad de la creación, los mundos en expansión, las razas naciendo como estrellas en la oscuridad.

—Es hermoso, ¿verdad?

—dijo Miguel, con un tono sereno pero lleno de asombro—.

Tantos mundos… tanta vida.

Nuestro Señor ha superado incluso lo que yo mismo podía imaginar.

Metatron inclinó la cabeza, su mirada mecánica y divina brillaba como engranajes de conocimiento infinito.

—Hermoso, sí —respondió con su voz grave y pausada—.

Pero también complejo.

La perfección no está exenta de sombras.

Cada chispa de vida traerá consigo error, conflicto, contradicción.

Ese es el precio del libre albedrío.

Miguel sonrió apenas, con un dejo de melancolía.

—Lo sé… pero aun así, verlo nacer me llena de esperanza.

Quizás ese sea nuestro deber: proteger esa esperanza, incluso cuando caiga en la oscuridad.

—mencionó el arcángel Miguel levantando la mirada.

En ese momento, Metatron desvió la mirada hacia un costado.

Sus ojos no se posaban en los planetas, ni en los planos divinos, sino en una sola figura: Lucifer.

El portador de luz estaba de pie junto a Yekun, observando en silencio.

Su mirada no brillaba de alegría ni de admiración, sino de un resentimiento profundo, recién nacido, ardiendo como una llama que apenas se enciende pero amenaza con consumirlo todo.

Metatron lo notó.

Su mente infinita procesó aquella emoción con precisión matemática, comprendiendo que ese era el inicio de algo que aún no debía nombrarse.

Guardó silencio.

No comentó nada, pues sabía que señalarlo sería encender antes de tiempo una herida que aún podía ocultarse.

Miguel, ajeno al todo, continuó hablando de la belleza del firmamento, pero Metatron, en su interior, archivó aquella visión con una sola conclusión: “El resentimiento ha nacido.” Lucifer permanecía allí, inmóvil, envuelto en un silencio profundo.

Su cuerpo entero emanaba abatimiento: las piernas extendidas y ligeramente cruzadas como si cada movimiento le resultara pesado, su tronco inclinado hacia adelante, proyectando toda la fatiga y el peso del mundo sobre sus hombros.

Los brazos cruzados y apoyados sobre la rodilla izquierda, con las manos entrelazadas, cubrían casi por completo su rostro, como si intentara ocultar su vulnerabilidad, su orgullo herido y su resentimiento creciente.

Su cabeza descansaba contra los brazos, y su mirada se perdía hacia el suelo, fija en nada, sumida en pensamientos que ni él mismo terminaba de comprender.

Sus alas no estaban, ya no tenía un símbolo de su poder y majestad, no caían pesadas a los lados, ni plegadas, no reforzando la sensación de caída y pérdida.

El aire alrededor de él parecía comprimido por su propia desolación.

No tenía eso y para él, eso era peor castigo de todo.

Y entonces, una sola lágrima resbaló por su mejilla.

Una lágrima que no era solo tristeza, sino una señal de que algo dentro de él cambiaría desde ese instante.

Una transformación silenciosa, que no prometía ni bien ni mal, pero que marcaría un antes y un después.

Era la última lágrima de Lucifer, la semilla de un resentimiento que crecería, profunda y silenciosa, destinada a dejar huella en lo que vendría.

Lucifer permanecía sentado, la última lágrima ya seca en su rostro, pero su mente ardía con pensamientos que lo consumían por dentro.

Cada idea era un golpe a su orgullo y a su percepción de lo que creía justicia y lealtad.

Se reprochaba a sí mismo por no poder ser como Miguel, por no alcanzar esa perfección y fuerza que parecía innata en su hermano arcángel.

La comparación lo hacía hervir de rabia, y poco a poco esa rabia se mezclaba con un deseo oscuro, casi imposible de ignorar: quitarle el puesto a Jehová, desafiar al mismo dios que una vez creyó guía y padre.

Ya no podía llamarlo “señor”; en su mente, aquel ser que dictaba todo con calma divina, era ahora una dictadura disfrazada de amor.

Cada recuerdo de obediencia, cada momento de admiración, se volvía en su contra, y el peso de su caída parecía infinito.

Sus alas, arrancadas, su majestuosidad quebrada, todo contribuía a un vacío que se expandía en su interior, consumiéndolo lentamente.

Yekun lo observaba con preocupación, entendiendo la magnitud del tormento de su hermano de armas.

Intentó acercarse, hablarle, hacerle ver la razón, incluso ofrecer consuelo, pero cada palabra parecía rebotar en un muro invisible que Lucifer había construido dentro de sí.

Su rabia y desesperación eran tan densas que Yekun solo podía ver, impotente, cómo su hermano se sumía más y más.

El arcángel Miguel, por otro lado, notó la sombra que envolvía a Lucifer.

Lo vio allí, abatido, con esa mirada que ya no buscaba apoyo ni guía, pero decidió no intervenir.

Para él, aquello no era un peligro inmediato, y quizás pensó, era mejor dejar que cada ser enfrentara su propio camino, incluso si ese camino llevaba al vacío.

Mientras la vida continuaba expandiéndose por el infinito, las razas evolucionaban, los mundos se llenaban de agua y vegetación, y la creación se desplegaba en todo su esplendor, Lucifer caía lentamente, un descenso silencioso hacia un abismo interior que parecía no tener fin.

Su caída no era física, sino del espíritu, un vacío que solo él sentía y que comenzaba a definir quién sería en los tiempos por venir.

Lucifer se levantó con esfuerzo, sin sus alas aquel silencio era quemador.

Sus ojos cafe brillaban con un fuego contenido, y cada paso que daba parecía cargar el peso de su resentimiento.

Se acercó a otros ángeles que, como él, podían sentir el flujo de la creación pero también la distancia que Jehová mantenía entre ellos y su poder absoluto.

—¿Han visto cómo actúa?

—dijo Lucifer con voz baja, calculada, apenas un susurro que buscaba sembrar dudas—.

¿Acaso realmente nos guía o solo dicta su voluntad disfrazada de bondad?

Los ángeles, confundidos al principio, lo miraron con recelo, pero su seguridad no era firme; la duda que Lucifer insinuaba calaba hondo.

Él continuó, moviéndose entre ellos con una elegancia oscura, capaz de manipular hasta el silencio en su favor.

—Miren lo que hizo con sus creaciones —prosiguió—.

Nos deja a merced del caos, nos obliga a obedecer mientras otros mueren, y todo bajo el manto de su “amor divino”.

¿Acaso eso es justo?

Poco a poco, la semilla de su mensaje comenzó a germinar.

Algunos ángeles bajaron la cabeza, dudando, cuestionando sus propias lealtades.

La influencia de Lucifer era sutil, un hilo que buscaba tejer cizaña en el corazón de aquellos que alguna vez confiaron.

Pero en el fondo, él sabía que sembrar la duda no era suficiente.

Si Jehová seguía siendo tan poderoso como siempre, cualquier intento directo de derrocarlo sería imposible.

Solo había una opción: hacerlo caer desde dentro, debilitando su autoridad y su influencia poco a poco, hasta que Lucifer tuviera la oportunidad de tomar el lugar que sentía merecer.

Su mirada se endureció, y mientras los otros ángeles discutían y reflexionaban, Lucifer comprendió que este era solo el inicio de un plan mucho más grande, un juego de paciencia y estrategia, donde cada palabra, cada susurro y cada gesto podrían inclinar la balanza.

Fin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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