History academy - Capítulo 17
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17: La caída 17: La caída Sin alas, humillado, con su mente convertida en un nudo de resentimiento y orgullo herido, Lucifer se sentía como una sombra de lo que había sido.
Él, aquel que una vez brilló con esplendor casi al nivel del propio Miguel, ahora estaba reducido a caminar con la mirada clavada en el suelo, cargando un silencio que pesaba más que cualquier herida.
Sus pensamientos eran una tormenta: el recuerdo de su gloria pasada, el dolor de sus alas arrancadas, la rabia de ver cómo su padre y creador parecía mirar siempre hacia otro lado, entregando todo a Miguel, al “favorito”.
Esa rabia lo empujaba, lo moldeaba, lo hacía levantarse cada día con un propósito que lo estaba devorando: derrumbar la imagen del Padre.
A su alrededor, las palabras que sembraba eran veneno dulce.
Ángeles que antes cantaban alabanzas con voces puras ahora murmuraban en secreto.
Sus dudas se convertían en susurros, los susurros en miradas, y esas miradas en rencor.
El aire entre ellos ya no estaba lleno de armonía, sino de grietas invisibles.
Lucifer lo notaba.
Cada duda que veía nacer en los ojos de sus hermanos era como un triunfo personal, el pensó hablo en su interior.
“El que duda, ya no es puro”, pensó.
“Y si ellos dudan… entonces ya están de mi lado, aunque no lo sepan”.
Lo más inquietante fue cuando notó algo en Yekun.
Su hermano de armas, aquel que lo había acompañado incluso en su miseria, mostraba señales de flaqueza.
Una chispa de duda brilló en sus ojos, apenas perceptible, pero suficiente para que Lucifer la detectara.
Yekun lo miraba distinto, como si intentara medir en silencio si Jehová realmente era justo o si estaban todos condenados a obedecer ciegamente.
Lucifer casi sonrió con tristeza.
— Incluso tú, Yekun… incluso tú empiezas a quebrarte.
¿Y qué será de ti cuando te des cuenta de que dudar es caer?
¿Qué serás entonces?
¿Un traidor, o un hermano que camina conmigo hacia la verdad?
—mencionó con un poco de repulsión.
En ese instante, el cielo parecía igual que siempre: majestuoso, radiante, eterno.
Pero debajo de ese esplendor se gestaba una tormenta, y el germen de la rebelión ya estaba sembrado.
Jehová aún no hablaba, aún no intervenía, porque conocía que todo debía seguir su curso.
Y mientras tanto, Lucifer, el ángel caído en espíritu aunque todavía no en cuerpo, seguía tejiendo su red de dudas, donde cada pensamiento de rencor lo acercaba más a su destino inevitable.
Jehová, el creador eterno, no necesitaba palabras ni testigos para saber lo que estaba ocurriendo.
Desde su trono de gloria lo había notado desde el principio: cada duda, cada rencor escondido, cada semilla oscura que germinaba en los corazones de sus hijos.
Lucifer creía que tejía en secreto su red de desobediencia, pero Jehová siempre lo había visto.
Siempre lo supo.
Con la calma de aquel que no necesita apresurarse, llamó a Miguel.
Su voz no retumbó como un trueno, sino que descendió como un mandato inevitable: —Miguel, hijo mío, ve y reúne a aquellos que aún brillan con rectitud.
De entre ellos surgirán nuevos guardianes, los que serán llamados arcángeles.
Miguel inclinó la cabeza con reverencia y obedeció sin cuestionar.
Caminó entre las filas de ángeles, observando uno a uno, y de su corazón ardiente escogió a cinco que mantenían su mirada limpia, sin sombra de duda.
Eran jóvenes aún, sin nombre, pero Jehová los había apartado para algo más grande.
Frente al trono, esos cinco ángeles se presentaron.
La voz del Padre no les impuso nombres, sino que permitió que ellos mismos los eligieran, como un acto de voluntad que afirmaba su esencia.
Así, uno tras otro habló: —Yo seré Gabriel —dijo el primero, su voz clara como trompeta, anunciador de mensajes futuros.
—Yo me llamaré Rafael —proclamó el segundo, su espíritu impregnado de sanación y consuelo.
—Yo escogeré el nombre de Uriel —continuó el tercero, portador de una luz que revelaba los misterios ocultos.
—Mi nombre será Raguel —dijo el cuarto, justicia y equilibrio resonando en su interior.
—Y yo seré Remiel —concluyó el quinto, guardián de la esperanza y del descanso eterno.
Jehová escuchaba en silencio, sentado en su trono, y aunque ninguno de ellos lo percibiera, Él también oía el murmullo lejano de otros ángeles.
Voces sin nombre aún, pero que usaban su jerarquía como identidad: tronos, virtudes, potestades… todos repitiendo sus títulos como emblema.
El creador sabía lo que estaba en juego.
Estos nuevos arcángeles serían más que simples servidores; serían columnas, estandartes en medio de la tormenta que se avecinaba.
Pues donde nacía la duda, pronto nacería la rebelión.
Lucifer, desde las sombras de aquel reino luminoso, observaba cómo el Creador ungía a los nuevos arcángeles.
Cada nombre pronunciado era un eco que lo atravesaba como una daga invisible.
Miguel estaba ahí, firme, radiante; los otros cinco nacían ahora con gloria y misión.
Y él… él solo veía cómo quedaba relegado, apartado, como si el cielo mismo hubiera decidido que ya no había lugar para su luz.
El resentimiento fue el fuego que encendió su corazón.
Un suspiro entrecortado se convirtió en un rugido interior.
Y en medio de esa tormenta, Lucifer alzó su mano.
Una sombra brotó detrás de ella, y de esa sombra se forjó una espada negra, la primera de su clase, nacida no de la luz ni de la gracia, sino del rencor.
Su filo palpitaba como si tuviera vida propia, vibrando con un poder que no era dado, sino arrancado.
Ese mismo rencor abrió dentro de él un camino que ningún ángel había recorrido.
La regeneración.
No una simple sanación celestial como la de Rafael, sino algo nuevo, más profundo, más crudo.
Sus fibras desgarradas comenzaron a rehacerse: hueso, carne, nervios, venas… como si hubiera descubierto la alquimia de la vida en sí misma.
Y con cada regeneración, algo cambiaba: ya no era el ángel perfecto que Jehová había formado, sino un ser distinto, moldeado por odio y voluntad propia.
Finalmente, detrás de su espalda, el milagro blasfemo ocurrió.
Las alas que le habían sido arrebatadas resurgieron.
Primero hueso, luego carne, luego plumas negras como el vacío.
Se extendieron majestuosas, gigantes, y al batirse lanzaron un viento oscuro que heló a quienes estaban cerca.
No eran alas de gloria, eran alas de resentimiento, alas que gritaban que Lucifer había nacido otra vez, pero no como hijo, sino como contradicción.
Lucifer las miró, las movió, y en su interior algo se quebró para siempre.
Ya no se sentía hijo.
Ya no se sentía hermano.
Ni siquiera se sentía ángel.
Ahora era… la negación del cielo.
El trono tembló.
No por la furia de Jehová, sino por lo inevitable del destino que estaba escrito y, sin embargo, estaba siendo retorcido por una fuerza desconocida.
Jehová giró lentamente, sus ojos encendidos como soles que no conocían sombra, y allí lo vio: Lucifer, con sus nuevas alas negras, extendidas y vibrando con poder nacido del rencor.
En sus manos, aquella espada oscura parecía absorber la luz del mismo Edén, como si reclamara la gloria para sí mismo.
Pero lo que verdaderamente alarmó al Creador no fue Lucifer en sí, sino el murmullo detrás de él.
Ángeles que deberían temblar ante la divinidad de Jehová ahora se alzaban con un brillo extraño en sus ojos.
Un aura negra con tonos rosa los envolvía, como un fuego prohibido que no provenía del Creador ni de la rebeldía natural de Lucifer.
Era… otra cosa.
Un intruso.
Una mano invisible moviendo las piezas desde fuera del tablero de la creación.
Jehová lo supo en silencio: algo estaba alterando el plan original de la historia.
Y aunque su omnisciencia había anticipado la rebelión de Lucifer, esa distorsión no estaba escrita.
Se levantó de su trono, majestuoso, con su manto ondeando como si contuviera la eternidad misma.
Su voz, aunque calmada, sacudió los cielos: —Hijo mío… has decidido tu camino.
Y tú, sombra oculta que contaminas lo que es santo, también serás descubierto.
Al instante, Miguel avanzó, espada de fuego en mano, su mirada fija en su antiguo hermano.
Gabriel, Rafael, Uriel, Raguel y Remiel se colocaron en formación a su lado, como columnas de luz.
Metatrón, el dios de los robots, desplegó un aura metálica, y de su ser empezaron a surgir engranajes celestiales que giraban como armas vivientes.
Greci, la diosa de las razas, caminó con firmeza hasta estar a la par del Creador, su presencia irradiando la fuerza de millones de linajes aún no nacidos.
Los cielos mismos se tensaron.
La música del paraíso se quebró.
Y Lucifer, con una sonrisa amarga, alzó su espada oscura, mientras los ángeles que lo seguían dejaban escapar rugidos de rebeldía bajo aquella extraña influencia.
El primer combate del Cielo estaba a punto de comenzar, no solo entre Padre e hijo, sino entre orden y distorsión.
El filo oscuro de la espada de Lucifer descendió con furia, un tajo cargado no solo de acero, sino de rencor y traición.
El golpe buscaba el cuello de Jehová, un acto que significaba no solo rebelión, sino parricidio.
Jehová, sereno, alzó su mano.
Dos dedos bastaron para detener la hoja.
El metal tembló, chirrió como si se partiera en dos dimensiones distintas, pero no logró atravesar la carne divina.
Con un giro suave, casi paternal, Jehová desvió la espada hacia un costado, obligando a Lucifer a retroceder unos pasos mientras las chispas negras caían como ceniza.
Aquel instante fue la señal para que los cielos se desgarraran en batalla.
—¡Lucifer!
—rugió Miguel, desenvainando su espada de fuego que iluminó como un sol de guerra.
Con un salto rápido y decidido, se lanzó contra Yekun, que ya blandía un arma oscura formada por la misma rebelión que consumía su interior.
Rafael descendió en espiral, sus alas resplandeciendo, y de sus manos emergió un báculo de curación transformado en lanza, que atravesó a dos ángeles contaminados por aquella energía extraña.
Gabriel a su lado agitaba trompetas que estallaban en ondas sónicas, derribando filas de rebeldes.
Uriel, con fuego en sus ojos, levantó una espada ardiente y se abalanzó contra un enemigo cubierto por el aura negro-rosada, sus golpes desatando incendios en el aire.
Raguel y Remiel luchaban espalda con espalda, sus movimientos sincronizados, castigando con rayos de juicio y cadenas celestiales que aprisionaban a los traidores.
En otro punto, Metatrón, el dios de los robots, extendió sus manos y desató un espectáculo devastador: cientos de máquinas celestiales se materializaron, flotando como esferas metálicas.
Cada una liberó descargas que brillaron como mini-soles… hasta que una ráfaga colosal explotó con la fuerza de un estallido nuclear.
Los cielos retumbaron, y decenas de ángeles cayeron, arrastrados por la onda expansiva.
Desde la retaguardia, Greci, diosa de las razas, permanecía firme.
Sus ojos analizaban, calculaban.
Sus manos brillaron en colores múltiples, y desde ellas surgieron proyectiles de energía pura, cada uno con la esencia de un linaje distinto.
Esferas que estallaban como estrellas en miniatura, atravesando a los rebeldes y devolviendo el equilibrio en medio del caos.
Jehová, aún en pie frente a Lucifer, lo miró con calma.
Su voz se alzó entre el estruendo de la guerra: —¿Es este el camino que elegiste, hijo?
¿El sendero de la caída?
Lucifer, con sus alas negras desplegadas, sonrió con rabia y dolor.
—¡No soy tu hijo!
¡Soy la libertad que negaste!
Y con un rugido desgarrador, embistió nuevamente contra su creador, la espada negra buscando abrir los cielos en dos.
Jehová observó con atención el movimiento de Lucifer, quien blandió su espada con un corte tan potente que la energía oscura desgarró los cielos en dos, dejando una herida negra que parecía dividir el firmamento.
El Creador, aunque sorprendido por aquella magnitud de poder, reaccionó con precisión divina, esquivando antes de que aquella ráfaga pudiera alcanzarlo.
Greci, desde la distancia, no perdió un instante.
La diosa alzó sus manos y canalizó su dominio natural, liberando una tormenta de proyectiles de energía pura, cada uno cargado con la esencia de la vida misma.
Sus disparos atravesaron la oscuridad con una claridad que recordaba al nacimiento de las razas, contrarrestando la corrupción de los caídos.
Jehová no se dejó distraer por la guerra a su alrededor.
Fijó su mirada en Lucifer y, con un destello de poder, apareció frente a él.
En un solo movimiento, lo golpeó con la palma abierta en el rostro, un impacto que resonó como un trueno en el paraíso.
Antes de que el portador de alas negras pudiera reaccionar, Jehová giró su pierna y descargó una patada brutal contra su estómago.
El aire abandonó los pulmones de Lucifer con un gemido áspero, su cuerpo tambaleó, pero Jehová no lo dejó caer libremente.
Con ambas manos, lo tomó por el brazo como si sujetara el destino mismo, y con un movimiento sobrehumano lo arrojó con violencia hacia una fila de ángeles rebeldes que estaban combatiendo contra Uriel, Raguel, Remiel, Gabriel y Rafael.
Los arcángeles, conscientes de la trayectoria, se apartaron al instante, permitiendo que Lucifer se estrellara contra los traidores, derribando varios en un estruendo que sacudió la tierra del Edén.
Fue entonces cuando Miguel, espada en mano, acompañado por Metatrón, el dios de los robots, se lanzó contra los rebeldes.
Sus movimientos eran veloces, decididos, y la victoria parecía asegurada… hasta que Yekun intervino.
El hermano de armas de Lucifer saltó en medio del ataque.
Su cuerpo se interpuso entre Miguel y Metatrón y, en lugar de caer destruido por el impacto combinado de ambos, su ser brilló con un resplandor oscuro y extraño.
Su carne absorbió la fuerza de los golpes, su energía se adaptó, transformándose para resistir lo imposible.
Miguel retrocedió en sorpresa, y Metatrón alzó su mano con cautela, sus sensores analizando esa adaptación sin precedentes.
Jehová y Greci lo vieron con atención.
La diosa entrecerró los ojos, comprendiendo que algo más profundo y peligroso se estaba gestando en Yekun.
Entonces, Jehová supo que el tiempo de contención había terminado.
Su expresión, hasta ahora serena, se endureció como piedra eterna.
Extendió su mano al vacío, y allí apareció un arma que pocos habían presenciado: la Espada del Juicio.
Su filo irradiaba una luz imposible de mirar directamente, como si cada átomo de la existencia temblara bajo su presencia.
Con la hoja en alto, Jehová declaró con solemnidad: —Este es el fin de su estancia en el paraíso.
El destino de los caídos estaba sellado.
Jehová se irguió, su luz abarcando el campo de batalla.
Su voz, grave y solemne, retumbó como un trueno que atravesaba cielo y tierra: —Esta vez, yo solo me encargaré.
Miguel, Metatrón, Greci y los demás arcángeles bajaron sus armas y retrocedieron.
El aire se detuvo, como si la creación misma guardara silencio.
La mirada de todos se posó en Jehová, que comenzó a liberar su poder.
Su cuerpo brillaba como un sol, y cada destello arrancaba sombras de los corazones de los presentes.
Los ángeles rebeldes, contagiados por la furia de Lucifer, no dudaron.
Se lanzaron hacia él como un enjambre oscuro.
Jehová avanzó sin vacilar.
En un instante desapareció de la vista y reapareció frente al primero, descargando un golpe seco contra su pecho.
El ángel cayó desmayado, y al hacerlo, el aura negra que lo rodeaba se disipó como humo en el viento.
Jehová comprendió al momento: aquel poder maligno podía ser arrancado a la fuerza, pero solo con golpes demoledores.
Se lanzó contra la multitud.
Cada movimiento era un juicio divino: un corte de su mano, un desgarro de luz; un impacto de su puño, una aurora que borraba la oscuridad.
Uno tras otro, los ángeles caían, liberados de la corrupción.
—¡Despierten de su engaño!
—tronó Jehová, mientras derribaba a tres de un solo golpe.
En medio del combate, creó un planeta delante de un grupo de rebeldes que lo embestían.
Los arrojó contra él con tal fuerza que la esfera se partió en pedazos, fragmentándose en miles de rocas incandescentes que llovieron alrededor.
Con un gesto, dirigió los escombros hacia otros enemigos, envolviéndolos en una explosión de fuego y piedra.
El caos ardía en el cielo, y al final, solo quedaron en pie dos figuras: Lucifer y Yekun.
Ambos se lanzaron a la vez contra Jehová, y sus golpes resonaron en su pecho.
El impacto lo sacudió, y por un instante, su mirada se nubló.
Una visión lo atravesó: un chico de cabellos y ojos castaños enfrentándose a otro dios desconocido, transformándose en algo que desbordaba poder.
Una batalla del futuro, un destino inevitable.
Jehová parpadeó, regresando al presente.
Sus ojos ardieron con determinación.
—Ya basta.
Con rapidez divina, tomó a Yekun y a Lucifer, uno en cada mano, y los azotó contra el suelo.
Sus cuerpos crujieron bajo la brutalidad del golpe, y las auras negras que los envolvían se extinguieron en un grito desgarrador.
Jehová alzó la Espada del Juicio.
El filo apuntó directo a ellos y a todos los rebeldes que aún yacían inconscientes alrededor.
—En mi nombre, los destierro del paraíso.
El suelo se abrió bajo los caídos.
Una grieta colosal, bañada en fuego y hielo, los tragó.
Allí, mientras caían al vacío, un nuevo plano comenzaba a formarse: un lugar de rocas, tinieblas y un frío eterno que devoraba la esperanza.
Un reino de tormento.
Jehová lo nombró con una sola palabra: —Infierno.
La luz del paraíso se desvanecía detrás de ellos mientras Lucifer y Yekun caían al abismo recién formado.
Sus cuerpos golpearon el suelo del infierno con un estruendo que hizo temblar la roca, y el calor y frío de aquel lugar los envolvieron como una jaula ardiente.
Ambos respiraban con dificultad, sus corazones llenos de rabia y frustración.
Yekun fue el primero en incorporarse, mirando a su alrededor, luego a Lucifer.
Sus ojos brillaban con una mezcla de enojo y dolor profundo.
—¡Maldita sea, Lucifer!
—gritó, su voz retumbando por las paredes de roca del infierno—.
¡Por tu culpa estamos aquí!
¡Por tu ambición y tu orgullo hemos perdido todo!
Lucifer, con su mirada oscura fija en Yekun, permaneció un instante en silencio.
Su espada negra estaba medio enterrada en la roca a su lado, y sus alas majestuosas, aunque desplegadas, no podían disimular la tensión en su postura.
—¿Mi culpa?
—dijo con voz baja, cortante, goteando desprecio—.
¡Mírate, Yekun!
¡Caíste porque dudaste!
¡Tu debilidad nos hizo perder!
Yekun apretó los puños, sus nudillos blancos por la presión.
Sus ojos se llenaron de lágrimas de ira y frustración, pero no de dolor físico; el dolor era más profundo, más personal.
—¡Dudé, sí!
Pero fue por tu traición, Lucifer.
¡Por tu manera de actuar como si todo el paraíso te perteneciera!
¡Como si todo fuera tuyo para destruirlo a tu antojo!
—su grito resonó en todo el infierno, levantando pequeñas chispas de roca y fuego—.
¡Nosotros éramos tu hermano de armas y aún así preferiste tu orgullo antes que la lealtad!
Lucifer se incorporó lentamente, y su voz se volvió un susurro cargado de odio y autoridad: —¡Yo no traicioné a nadie!
¡Yo hice lo que debía!
—sus ojos brillaron con una intensidad roja, casi como si el infierno mismo respondiera a su ira—.
¡El que traicionó fui yo mismo… al dejar que el paraíso decidiera sobre nuestra fuerza!
Yekun lo miró con desprecio, su respiración agitada mientras cada palabra que decía quemaba tanto como el suelo que pisaban: —¡No te excuses, Lucifer!
¡Por tu orgullo todo se perdió y ahora estamos aquí!
¡Y todos recordarán esto!
¡Yo seré recordado como el peor, y todo por culpa de ti!
Lucifer levantó la mirada, sus labios dibujando una sonrisa oscura y fría, una mezcla de diversión y desprecio: —Que nos recuerden… pero recuerda esto, Yekun: el poder no se mide por obediencia ni por lealtad.
Se mide por quién sobrevive, y yo… sobreviviré.
Yekun dio un paso hacia él, temblando de furia y desilusión: —¡Y yo te odio por eso!
¡Te odio con todo lo que soy, Lucifer!
El silencio cayó un momento, roto solo por el crujir del fuego y las piedras del infierno.
Ambos respiraban pesadamente, y aunque no se movieron hacia un combate físico todavía, la tensión era tan densa que parecía que cualquier chispa podría desencadenar una explosión de ira que sacudiría aquel lugar.
Desde ese día, aquella dimensión sería el destino de los que eligieran la maldad, el refugio de los rebeldes y el recuerdo de la primera traición.
Fin.
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