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History academy - Capítulo 18

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18: Memorias.

18: Memorias.

La reina escarlata estaba sola en la vastedad de la nada absoluta, un vacío donde la luz no tenía presencia y el sonido no existía.

La oscuridad no era simplemente ausencia de luz, era algo que parecía devorar todo sentido de tiempo y espacio.

Miles de millones de años luz la separaban de cualquier indicio de existencia; la creación misma se sentía como un recuerdo distante, casi un sueño olvidado.

Se encontraba en posición fetal, abrazándose a sí misma, como si con eso pudiera retener algo de la fuerza y el orgullo que la habían definido durante siglos.

Sus ojos, aunque abiertos, solo reflejaban el vacío de aquel lugar, y su mente volvía una y otra vez al recuerdo del pueblo de Karla’k, a su reinado, a su ejército, y a los momentos donde su poder parecía absoluto.

Recordó cómo había sido enviada allí, arrancada de su reino, de sus aliados y de su propia gloria.

Una explosión de energía desconocida la había envuelto, y antes de darse cuenta, estaba flotando en la nada, aislada de todo y de todos.

La reina, siempre altiva, sentía ahora la soledad como un filo frío atravesando su alma.

El silencio era total, pero en su interior, su mente no descansaba.

Revivía cada derrota, cada instante donde su control había sido desafiado, cada momento donde su orgullo había sido humillado por aquel arcángel y aquel dios creador que todo lo veía: Jehová.

La furia, la frustración y el desespero se mezclaban con un miedo profundo: miedo de que, en esa soledad infinita, no quedara nada de lo que alguna vez fue.

Su respiración era lenta y medida, casi como si intentara calmar el torbellino interno que la consumía.

Pero incluso en esa posición fetal, incluso en esa prisión de nada, había un rastro de esa reina que una vez había gobernado: un brillo en su mirada, diminuto pero firme, que decía que no todo estaba perdido… que quizá, de alguna forma, podría reclamar su poder, aunque fuera desde la nada.

Las memorias comenzaron a flotar lentamente en la mente de la reina escarlata, como destellos de luz en medio de aquel abismo sin fin.

Su respiración se volvió temblorosa, y por primera vez en lo que parecía una eternidad, lágrimas se formaron en sus ojos.

Recordó la voz cálida de su madre, aquella mujer de corazón abierto que siempre ayudaba a todos sin esperar nada a cambio, y la figura de su padre, el hombre de manos ásperas por el trabajo, pero de alma tierna.

Ambos trabajaban sin descanso, uno en la tierra y el otro con aguja e hilo, cosiendo esperanza para su pequeño pueblo.

Eran humildes, pero nunca pobres en espíritu.

Recordó el día en que nació, cómo su padre la sostuvo entre sus brazos con una sonrisa cansada pero llena de orgullo.

Aquel recuerdo resonó en su mente, nítido, vivo, casi como si aún pudiera sentir el calor de ese abrazo.

—Tú serás la mejor —decía su padre, con la voz quebrada por la emoción—.

Te vamos a ayudar, y te vamos a comprender tal como eres, mi pequeña prodigiosa.

Esa frase, grabada en lo más profundo de su alma, fue lo primero que la hizo sonreír en la nada.

Su corazón latió con un eco que parecía desafiar el silencio absoluto.

Por un instante, ya no era la reina escarlata, ni la reina del caos, ni la prisionera de la nada.

Era solo una hija recordando el amor que la formó.

Vio los campos verdes donde corría descalza, el olor a tierra húmeda, el sonido de su madre cantando mientras cosechaba, y la risa de su padre cuando ella intentaba ayudar.

Cada recuerdo devolvía un poco de color a su espíritu, y en ese vacío donde no existía el tiempo, una chispa de energía pura comenzó a emanar de su cuerpo.

Aquella energía no era del caos… era más antigua, más humana, más sincera.

Era la esencia de lo que la había hecho fuerte: el amor.

Su cuerpo empezó a brillar tenuemente, una luz rojiza y dorada que iluminó el vacío.

Por primera vez, la nada retrocedía ante ella.

La luz seguía expandiéndose lentamente, como si respondiera a la nostalgia y los recuerdos de la reina escarlata.

En medio de ese resplandor, su mente volvió a revivir aquella época que había permanecido dormida en lo más profundo de su alma.

Veía a su madre, Sanaita, caminando entre los campos oscuros que parecían bañados por un brillo púrpura, y a su padre, Reinaldo, siempre sonriente a pesar del cansancio.

Ambos iban tomados de la mano, y ella una niña curiosa de mirada brillante trotaba detrás de ellos, riendo cada vez que su madre volteaba para decirle: —No te quedes atrás, mi pequeña.

Sanaita era una mujer de rostro sereno, de cabellos plateados y ojos del color del vino bajo la luz de una antorcha.

Reinaldo, en cambio, era alto, de piel oscura y mirada noble, un hombre que imponía sin quererlo, pero cuya voz era tan cálida que cualquier criatura podía confiar en él.

Aunque su mundo estaba cubierto por un velo negro, como si el cielo siempre fuera noche, ella veía colores.

Desde pequeña, veía tonos y luces donde otros solo veían sombras.

Distinguía la vida en la oscuridad, y eso la hacía diferente.

Su madre lo llamaba “el don de la percepción verdadera”, mientras su padre decía que era “una señal del corazón del caos”.

Un día una fecha que nadie pudo recordar, pues el tiempo en aquel reino fluía de forma extraña, Sanaita y Reinaldo la llevaron al Gran Castillo del Caos, una estructura monumental hecha de piedra viva y raíces que latían como si tuvieran pulso.

Allí reinaba Karla’k, el dios y rey del caos, aquel que no solo regía el desequilibrio, sino que lo comprendía.

La atmósfera era solemne.

Todo el castillo parecía respirar lentamente.

Una sirvienta de piel azul y ojos plateados, vestida con velos flotantes, se inclinó ante el trono y dijo con voz suave: —Mi señor Karla’k, una familia humilde solicita vuestra bendición para su hija.

Karla’k, que se hallaba en un trance profundo, abrió lentamente los ojos.

En ellos se veía el universo girando, el caos y la armonía danzando en equilibrio.

Su mirada se posó sobre la pequeña niña que se escondía tras el vestido de su madre.

—Acércate —dijo su voz, profunda y resonante, con un eco que parecía atravesar el alma—.

La pequeña dio un paso al frente.

Sanaita la empujó suavemente y Reinaldo asintió con orgullo.

Ella, con los nervios de una niña y la curiosidad de un alma antigua, se acercó hasta los pies del trono.

Karla’k la observó detenidamente.

En su mirada, no había juicio ni severidad.

Solo una profunda comprensión.

Extendió su mano, una mano que parecía hecha de energía viva, y la colocó sobre la cabeza de la niña.

—Tú… puedes ver colores en la oscuridad —susurró—.

Eso no es casualidad, pequeña.

El caos te observa, y yo también.

La niña lo miró sin miedo, y por un instante, el propio Karla’k pareció sorprendido por la pureza en sus ojos.

—Tu nombre resonará algún día más allá de este reino —dijo el dios con una leve sonrisa—.

Y cuando eso ocurra, el caos te recordará.

La luz de sus recuerdos se intensificó, y el vacío que rodeaba a la reina escarlata comenzó a deformarse, como si aquel pasado estuviera alterando la prisión misma.

Ese brillo, que nadie jamás había visto en esa prisión eterna, era una anomalía.

La prisión del vacío absoluto no debía reaccionar ante nada… y sin embargo, la luz proveniente del recuerdo de Escarlata comenzó a resquebrajar la nada misma.

Dentro de ese destello, los fragmentos del pasado continuaron manifestándose como una historia viva.

La niña Escarlata, ya con la edad suficiente para asistir a las primeras enseñanzas del pueblo de Karla’k, había heredado algo más que los ojos de su madre y la serenidad de su padre: una voluntad indomable.

Cada mañana, cuando los soldados marchaban por el camino principal del poblado del caos, sus pasos resonaban como truenos que estremecían el suelo.

Aquellos guerreros, de armaduras oscuras, piel rojiza y mirada firme, eran los defensores del reino.

Y entre ellos, nunca había una mujer.

Escarlata, con su túnica sencilla y su cabello color sangre viva, observaba en silencio hasta que no pudo más.

Dio un paso al frente, levantó la voz con una fuerza inesperada y gritó: —¡Yo seré soldado!

¡Y más que eso!

Los soldados se detuvieron.

Algunos rieron con un tono burlón, otros cruzaron los brazos observando su determinación.

Uno de ellos, con cicatrices en el rostro y una lanza a medio apoyar en el suelo, se acercó y se agachó hasta su altura.

—¿Tú, una soldado?

—preguntó con una sonrisa incrédula.

—Sí —respondió ella sin pestañear—.

Lucharé por mi gente.

Lucharé por Karla’k.

La sinceridad de su voz hizo que varios soldados se miraran entre sí.

El más viejo del grupo soltó una carcajada, le revolvió el cabello y dijo con tono bromista: —Entonces entrenaremos a la futura general del caos, ¿eh?

—No —replicó Escarlata, con los ojos ardiendo de determinación—.

Seré más que eso.

La carcajada colectiva resonó por las calles, pero en esa risa había algo más que burla: había respeto.

El fuego de esa niña había encendido algo que ni ellos, curtidos por la guerra y el caos, podían ignorar.

Desde ese día, Escarlata no se detuvo.

En secreto, observaba los entrenamientos, imitaba los movimientos de los soldados, levantaba piedras como si fueran pesas, y aprendía a leer los patrones de combate.

No lo hacía solo por orgullo: lo hacía por un propósito que aún no comprendía, pero que ardía dentro de ella como un sol negro.

A veces, su padre la regañaba cuando la encontraba cubierta de polvo o con los nudillos heridos.

—Eres una niña, no una guerrera —decía Reinaldo.

Pero su madre, Sanaita, solo sonreía y murmuraba: —Déjala… el caos no la eligió para ser común.

Y cada noche, cuando Escarlata dormía, una sombra la observaba desde lejos, silenciosa… era Karla’k.

Su mirada era indescifrable, pero en sus ojos se veía algo que jamás había sentido antes: interés y expectativa.

Desde ese punto, el brillo que Escarlata emitía en su prisión aumentó, y pequeñas grietas comenzaron a formarse alrededor.

Aquella energía contenida durante eones respondía a su historia, al despertar de lo que ella una vez fue: la niña que desafió el destino del caos.

Mientras Karla’k permanecía en su trono, el tiempo se deslizaba como arena entre los dedos de un dios que lo había visto todo.

Su mirada, profunda y distante, observaba el movimiento de su reino con una calma que rozaba la indiferencia.

A veces respondía con un simple “sí”, otras con un “no”, su voz resonando como un eco divino que bastaba para mantener el orden.

Su pueblo, creado a su imagen y semejanza, seguía su curso entre el caos y la disciplina.

Todos compartían la piel oscura como la noche y la energía vibrante de su dios, pero había una excepción: una joven que veía el mundo con colores.

Donde los demás solo percibían sombras y matices grises, ella veía luz, fuego, vida.

Karla’k lo sabía… y aunque no lo admitía, eso lo intrigaba profundamente.

Aquella niña, Escarlata, había crecido.

Su espíritu indomable no se había apagado, sino que había florecido.

Con el paso de los años, su risa infantil se transformó en voz firme; sus manos pequeñas, en puños decididos.

Cursó las mejores escuelas del reino del caos, no por obligación, sino por ambición.

Quería ser más que un nombre, más que una súbdita: quería ser una general.

El camino no fue fácil.

Entre los entrenamientos, los soldados la miraban con duda y escepticismo.

Algunos murmuraban que era una locura que una mujer aspirara a liderar.

Otros la observaban con cierta curiosidad.

Pero ninguno podía negar su fuerza.

El encargado de su formación era Krosh, el general más viejo y experimentado del ejército del caos.

Su piel era como piedra pulida, su mirada severa, pero su corazón aún guardaba el recuerdo de aquella niña que un día le dijo que sería más que un soldado.

Krosh la entrenaba con disciplina férrea.

—Si fallas el golpe, fallas la batalla —decía, mientras el eco metálico de las lanzas chocaba contra el suelo.

Escarlata, jadeante, tomaba la lanza una y otra vez.

A veces caía, a veces sangraba, pero jamás retrocedía.

Krosh la observaba con atención; detrás de su severidad, una pequeña sonrisa se escondía al verla levantarse cada vez más rápido.

—Tienes más fuego que la mayoría de los hombres que he entrenado —le dijo una tarde, mientras el sol oscuro del reino teñía los muros del campo de batalla.

Ella solo asintió, secándose el sudor.

—No vine a ser igual que ellos —respondió—.

Vine a ser mejor.

El viejo general soltó una carcajada ronca y cansada, pero llena de orgullo.

—Entonces… prepárate, pequeña Escarlata.

Porque ser mejor que ellos…

significa ser digna de los ojos del dios del caos.

Y en ese instante, mientras el viento del reino azotaba las banderas negras del ejército, Karla’k, desde su trono, abrió los ojos.

Por primera vez en siglos, había algo que captó su completa atención: la determinación de una mortal que desafiaba incluso el orden natural del caos.

El campo de entrenamiento vibraba con el sonido metálico de las armas chocando, el eco seco de los pasos sobre la piedra y el aire denso del esfuerzo.

Krosh, el veterano general del caos, dejó caer su lanza con fuerza al suelo.

El impacto levantó una nube de polvo oscuro que envolvió el terreno.

En ese instante, se lanzó contra Escarlata, tan rápido que el aire pareció quebrarse a su paso.

La joven no titubeó.

En un solo movimiento, tomó la lanza clavada en el suelo y giró el arma, colocándola entre ambos justo cuando Krosh intentó asestar un golpe directo.

La lanza silbó al atravesar el aire, buscando las costillas del general, pero este, con la experiencia de siglos, giró apenas el cuerpo y esquivó el ataque.

—¡Rápido, pero aún dudas al final!

—gruñó Krosh, lanzando un puñetazo con fuerza.

Escarlata bloqueó el golpe colocando la lanza de forma recta frente a su pecho.

El impacto resonó, un sonido seco, potente.

A pesar de la diferencia de fuerza, se mantuvo firme.

Luego, aprovechando el impulso, giró el arma y golpeó con la parte opuesta del bastón negro en el abdomen del general, obligándolo a retroceder un paso.

Krosh arqueó una ceja y sonrió.

—Nada mal, niña.

—mencionó el general con una sonrisa que se mantenía.

Pero no había terminado.

En un abrir y cerrar de ojos, lanzó una ráfaga de golpes con ambas manos, rápidos como relámpagos, dirigidos al pecho y hombros de Escarlata.

Ella apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Sus brazos se movieron por instinto, la lanza bailando frente a su cuerpo: izquierda, derecha, arriba, abajo, deteniendo cada golpe con una precisión impecable.

El último ataque llegó con fuerza desmedida.

Escarlata, sin pensar, dio un paso adelante y perforó el brazo del general.

La punta de la lanza atravesó la carne endurecida de Krosh, dejando una línea roja.

El silencio se extendió un segundo… y luego el viejo general soltó una risa profunda.

—Eso sí que no lo esperaba.

—Con una mezcla de orgullo y dolor, arrancó la lanza de su brazo.

El movimiento generó una onda que empujó a Escarlata hacia atrás, haciéndola rodar por el suelo, aunque sin lastimarla.

Krosh levantó su mano buena… y aplaudió.

—Esa es la mirada que quiero ver —dijo, mientras la joven, con el rostro cubierto de sudor y tierra, se levantaba, respirando con fuerza, pero con una sonrisa desafiante—.

Fuego, valor… y sin miedo.

Desde lo alto del castillo, Karla’k había presenciado cada instante.

Sus ojos dorados, brillando entre sombras, se fijaron en ella.

—Esa mortal… —murmuró con voz profunda y grave—.

Ese espíritu no pertenece a la carne común.

Su energía fluyó como una marea a través de su reino.

Los soldados y maestros sintieron una vibración extraña, una presión que los hizo alzar la mirada hacia el trono distante.

Karla’k se levantó lentamente de su asiento.

Por primera vez en eras, un dios se interesaba por un solo ser, por alguien de su creación.

Y pasarían los años una vez más, como si el tiempo no importará.

El castillo estaba silencioso, salvo por el eco lejano de las campanas que celebraban la ascensión de Escarlata.

Karla’k, desde su trono, observaba en silencio cómo su pueblo vitoreaba a la joven general.

Su mente se llenaba de imágenes del pasado, de la lucha y la disciplina, y en su interior surgió una mezcla de orgullo y cautela.

—Son de la raza caótica —murmuró para sí mismo, sus ojos dorados recorriendo el campo de entrenamiento vacío—.

Esa es mi raza y mi nombre… no necesitan ser iguales a los mortales que vi en mis visiones.

Con un movimiento lento, se recostó de nuevo en su trono.

La silueta de Escarlata se mantenía firme en la distancia, la joven que ahora había dejado atrás la inseguridad de sus primeros días.

Los meses pasaron y la disciplina, el estudio y la práctica constante la transformaron: de estudiante a general Escarlata.

El día de su asunción, el pueblo entero se reunió para celebrar.

Se notaba en cada gesto de la general su conocimiento en combate, fruto del entrenamiento de Krosh y de su propio esfuerzo.

Krosh, ya retirado, la observaba con una sonrisa tranquila, satisfecho de haber dejado su legado en manos de alguien capaz.

—Recuerda —le dijo el antiguo general, su voz cargada de sabiduría—, nadie nace aprendido.

Podemos poseer todo el conocimiento del mundo, pero eso no garantiza que sabremos aplicarlo siempre.

Escarlata asintió, entendiendo la lección.

Sus labios se curvaron en una sonrisa, sencilla, pero llena de determinación.

Durante cinco años, entrenó a innumerables alumnos, forjando su propio estilo y consolidando su autoridad.

Pero incluso con el reino bajo su mando, el temor nunca la abandonó del todo.

Cada decisión, cada orden, llevaba consigo el peso de la responsabilidad.

Sabía que podía fallar y, más que eso, que podía fallarle a Karla’k, el dios del caos, incluso en su ausencia.

Esa mezcla de respeto, miedo y devoción se convirtió en la fuerza que la mantuvo alerta y firme, la misma que definiría a la verdadera reina de su pueblo.

Cuando Karla’k se retiró, dejó el trono vacío para que Escarlata asumiera no solo como general, sino como reina del pueblo de Karla’k, la raza caótica que él había formado.

Con un movimiento silencioso, Karla’k desapareció de su vista, dejando al pueblo dentro de una dimensión aislada, para que Escarlata tomara las riendas de su destino.

Al principio, la aceptación no fue sencilla.

Algunos habitantes miraban con recelo a la joven reina; para ellos, Escarlata era la estudiante que había recibido entrenamiento, no la soberana que podía comandarlos.

Pero poco a poco, su disciplina, su inteligencia y su dedicación comenzaron a ganarles respeto.

La mente didáctica de Escarlata le permitió entender las necesidades de cada individuo, mejorar la organización del pueblo y enseñarles técnicas de combate y estrategias para que pudieran defenderse si alguna amenaza surgía.

Aun así, en los momentos de soledad, Escarlata sentía un peso en su pecho.

Gobernar no era solo mandar órdenes; era asumir la responsabilidad de cada vida bajo su cuidado.

Su tristeza venía más de esa carga que de la soledad.

Cada entrenamiento, cada instrucción que daba, era una decisión pensada no solo para fortalecer a su pueblo, sino para prevenir que sufrieran por su propia debilidad.

Escarlata comprendió que ser reina no significaba solo tener poder: significaba sacrificar su tranquilidad para que otros pudieran vivir con seguridad.

Y aunque el pueblo comenzaba a verla con respeto, en su corazón la joven reina sabía que la verdadera prueba apenas comenzaba.

Fue entonces cuando la reina Escarlata centró toda su atención en su reino y en la protección de su pueblo.

Cada día que pasaba entrenando a los habitantes, jóvenes y adultos por igual, sentía una serena satisfacción; era su manera de asegurar que todos pudieran vivir seguros y preparados para cualquier amenaza.

Durante una de esas semanas, una plaga de animales caóticos atacó los cultivos de los agricultores.

Escarlata no dudó: era su deber proteger lo que alguna vez fue su hogar, y también cuidar a quienes la habían criado.

Al ver a su hija al frente, su padre, Reinaldo, la abrazó con orgullo, mientras su madre, Sanaita, también le mostraba afecto y confianza.

Con rapidez y precisión, Escarlata se lanzó al combate.

Sus movimientos eran fluidos, letales y decididos: cortaba las cabezas de las criaturas, evitando que destruyeran los cultivos que su familia y el pueblo tanto habían cuidado.

El pueblo la siguió con valentía, luchando desde los más jóvenes hasta los adultos, todos unidos bajo el liderazgo de su reina.

Al terminar, Reinaldo y Sanaita la felicitaron con orgullo, viendo a su hija no solo como la pequeña que criaron, sino como una verdadera protectora de su pueblo.

Escarlata, con cariño y firmeza, les sugirió que fueran al castillo para estar más cómodos, pero ellos decidieron quedarse.

“Aquí nacimos, aquí crecimos, aquí seguimos siendo parte de este pueblo”, dijeron.

Escarlata respetó su decisión y, con una ligera sonrisa, se dirigió al castillo, sabiendo que su deber no solo era gobernar, sino ser la guardiana de todo aquello que amaba.

Dentro de la prisión dimensional, Escarlata despertó lentamente, como si estuviera atrapada entre el sueño y la vigilia.

La luz que entraba era débil, fría, casi inexistente, y el silencio le recordaba lo aislada que estaba.

Su corazón latía con fuerza, pero la tristeza se había instalado como un peso constante sobre sus hombros.

Cerró los ojos por un momento y dejó que los recuerdos la envolvieran: su pueblo entrenando bajo su guía, su familia trabajando en los cultivos, las risas de los niños… Todo eso ahora parecía tan lejano, tan imposible de alcanzar.

—Quiero… quiero estar con ellos —murmuró con voz temblorosa, apenas un suspiro en la vastedad de la prisión—.

Extraño a mi padre, a mi madre… extraño mi hogar.

Se abrazó a sí misma, intentando llenar el vacío que sentía.

La reina que siempre había sido fuerte y decidida ahora se mostraba vulnerable, con un dolor que no podía ignorar.

No era el miedo a luchar, ni a gobernar; era el anhelo de su gente y de su familia, de todo aquello que había perdido en este aislamiento.

El silencio volvió a envolverla, pero dentro de su pecho había un firme latido de determinación: aunque estaba atrapada, no permitiría que la desesperación la consumiera.

Porque aun en esa prisión, Escarlata sabía que algún día volvería a ver a su pueblo, a abrazar a su familia, y recuperar lo que le pertenecía.

Fin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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