History academy - Capítulo 2
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2: El cielo.
2: El cielo.
En uno de los rincones más ocultos y oscuros de la Gran Dimensión de Entidades, donde se entrelazaban millones de realidades como si fueran hebras de un telar cósmico… algo comenzó a moverse.
Las dimensiones estaban en silencio, dormidas, latiendo suavemente como si respiraran en sueños.
Todo estaba sumido en sombras: un lugar donde el tiempo era una broma, la lógica no existía, y la luz era un recuerdo lejano.
Pero entonces, en medio de la oscuridad abismal, una figura apareció flotando.
Su cuerpo era humanoide, alto, esbelto, cubierto por una túnica blanca que flotaba sin viento.
Su cabello blanco brillaba con un resplandor puro, y sus ojos… eran soles gemelos, irradiando una energía tan antigua como el primer pensamiento de existencia.
Era el único que brillaba en ese vacío.
Y su luz no era normal: era una luz que traía conciencia, una luz que hacía que la oscuridad misma dudara de su propio dominio.
Observó hacia ambos lados.
Todo estaba cubierto por el olvido.
Y aún así, él sabía que ese lugar era el principio.
—¿Otra vez estoy aquí?
—murmuró con voz serena, que no era voz sino vibración que atravesaba planos.
No tenía nombre aún… o tal vez sí, pero en lenguajes que ya no se usan.
Era uno de los pocos que nunca cayó en el sueño, uno de los Despiertos Originales.
Mientras flotaba, su esencia empezó a agrietar las capas de la dimensión.
No para destruirla… sino para despertarla.
Y así, su luz se volvió una señal.
Un eco.
Una advertencia.
La historia estaba por despertar.
La entidad flotó en el vacío de aquella Gran Dimensión, donde incluso los conceptos dormían y los dioses aún no recordaban su nombre.
Y entonces, empezó a construir.
No era una dimensión… no.
Eso sería demasiado común.
Sería injusto, incluso arrogante.
Él quería algo más íntimo, más puro.
Un espacio que reflejara su esencia, sin interferencias, sin pretensiones.
Extendió su mano lentamente, y con solo pensarlo, nacieron las nubes.
No eran nubes corrientes: eran masas suaves de energía blanca, que flotaban como pensamientos puros, rodeando todo a su alrededor.
Luego, sin esfuerzo, erigió una puerta gigantesca de oro, tan alta que sus bordes desaparecían en el horizonte de su creación.
Al pasar por ella, detrás surgieron edificios dorados, altos como montañas, resplandecientes como estrellas.
Y más allá, pilares de roca pulida, cada uno con inscripciones que hablaban de futuros que aún no habían sido escritos.
Él observó su propia mano, abierta frente a su rostro.
Su poder crecía, fluía como un río inagotable, y no necesitaba forzarlo.
Era parte de él.
Él era el concepto del Orden… y de la Creación misma.
—¿Crear… cambiaría algo?
—se preguntó en voz baja, mientras sus ojos-sol se reflejaban en la superficie de una de sus columnas.
Durante un instante, dudó.
El vacío allá afuera seguía siendo vasto, peligroso, dormido.
Pero la duda no lo detuvo.
Porque a pesar que el sea creación que da vida, también puede quitarla al crear algo nuevo.
Crear era lo más hermoso que podía ofrecer la existencia.
Y en ese acto, el concepto de la creación encontró su propósito: buscando la belleza del crear.
Por darle un significado al cual existir.
Así, con un pensamiento, decidió: —Este lugar necesita vida… Y así, algo más comenzó a tomar forma.
No una chispa, no todavía.
Pero una civilización.
Una primera forma de existencia.
El arte de crear acababa de comenzar.
Y los primeros guerreros nacerán.
El ser flotaba en silencio entre sus columnas doradas y cielos blancos.
Todo era perfecto… pero incompleto.
La creación necesitaba equilibrio, necesitaba guardianes.
No para pelear guerras… al menos no aún.
Sino para proteger lo sagrado, lo más frágil y al mismo tiempo más valioso: la vida después de la muerte.
Los recuerdos, las almas, las historias que no podían perderse.
Y entonces, como si cada palabra suya tuviera peso sobre la misma estructura del cosmos, abrió su boca.
Su voz no fue un sonido, sino un eco que recorrió todas las dimensiones dormidas, sacudiendo lo desconocido.
—Ángeles.
Una sola palabra.
Y el cielo mismo pareció abrirse.
De su voz nacieron luces que se arremolinaron en el aire, tomando forma.
Una tras otra, se alzaron figuras humanoides, brillantes como estrellas, cada una con un par de alas blancas, doradas o plateadas.
No tenían rostro al principio, solo luz, y luego, lentamente, fueron tomando expresiones únicas, formas individuales, personalidades sagradas.
Ellos no eran soldados.
Eran custodios.
Sus ojos no veían solo lo físico, sino el alma de todo lo que alguna vez existió.
Jerarquías se levantarian.
El ser los miró, satisfecho.
Sabía que estos no serían los únicos.
—Ustedes protegerán a los justos.
A los caídos.
A los inocentes que cruzan el umbral de la vida y se sumergiran en la eternidad.
Y así, el Primer Ejército de Ángeles nació.
No por guerra.
No por destrucción.
Sino por amor a lo eterno.
El amor a la vida misma.
Las alas de los recién nacidos ángeles aún brillaban con la energía pura del origen.
Flotaban frente a su Creador, en completo silencio, con los ojos llenos de reverencia.
Ninguno se atrevía a hablar.
Ninguno quería romper aquella paz.
Entonces, el Ser habló nuevamente.
Su voz no era estruendo ni susurro: era destino.
Ese destino esperanzador.
—Yo soy…
El espacio pareció contraerse.
Las columnas de oro temblaron suavemente, como si la misma creación se inclinara a escuchar.
—…quien da forma al orden, a la existencia y al propósito.
Pueden llamarme Yavé.
— Pero tras una breve pausa, su voz se volvió más cálida, más cercana, como si hablara directamente al corazón de cada ángel: —Mas si deseáis hablarme como hijos a su Padre…
Llamadme Jehová.
Y al pronunciar ese nombre, una luz descendió desde lo alto, aún más brillante que la suya, cubriéndolo sin ocultarlo, como un manto eterno.
Los ángeles se inclinaron de forma instintiva, reconociendo no solo poder, sino un amor inabarcable.
Jehová sonrió levemente.
—No son solo guardianes.
Ustedes son mis voces, mis manos… mi presencia cuando el alma cruce el umbral.
El día llegará en que la creación entera despierte… y ustedes deberán estar listos.
Uno de los ángeles el primero que nació, el más resplandeciente de todos dio un paso al frente.
Su rostro mostraba admiración infinita.
—Padre… ¿qué debemos hacer ahora?
Jehová extendió su mano hacia el infinito vacío fuera del Reino recién creado, y sus palabras sellaron el inicio de algo eterno: —Esperen.
Contemplen.
Aprendan.
Porque muy pronto, la historia comenzará.
En medio de aquel Reino en formación donde los pilares de roca sostenían el firmamento y las nubes puras flotaban como pensamientos del Creador, Jehová alzaba su mano y con ella moldeaba a los ángeles.
Los había de muchas formas: Guardianes, de alas anchas y mirada feroz; Mensajeros, veloces como el viento, con ojos que veían más allá del tiempo; Sanadores, cuyos cantos llenaban de paz el Reino; y Guerreros, esculpidos con justicia y fervor.
Uno a uno, nacían desde la voz del Creador.
Pero entonces lo vio.
Entre todos ellos, uno resplandecía distinto.
Su luz no era la más fuerte, pero sí la más pura.
Su postura era humilde, sus alas dobladas en respeto, y su mirada no buscaba comprender a Dios… sino obedecerlo sin condiciones.
Jehová descendió unos pasos entre sus creaciones.
El cielo entero pareció contener la respiración.
Colocó su mirada sobre aquel ángel, y con una voz profunda que abrazaba y quemaba al mismo tiempo, dijo: —Tú.
El ángel se postró inmediatamente, sin decir palabra.
—Obedeces con el corazón.
No preguntas, no dudas… solo amas y sirves.
Desde este día, todos te conocerán como…
Miguel.
El ángel alzó el rostro, temblando de reverencia.
Jehová extendió su mano y con un leve gesto tocó su frente.
—Y tú rango será de Arcángel.
El primero.
El portador de mi voluntad en los campos del juicio.
El defensor del orden y del bien.
Una corona de luz invisible descendió sobre Miguel.
Las alas en su espalda se expandieron, tornándose más firmes, más definidas.
El Reino entero se estremeció con su nuevo título.
Y Jehová concluyó: —Tú serás espada cuando haya caos.
Voz cuando reine el silencio.
Y escudo cuando los débiles clamen por mí.
Los demás ángeles, al unísono, bajaron la cabeza ante su nuevo comandante.
Y así nació el Arcángel Miguel, el primero en pie, el primero en fe, y el primero en batalla.
Miguel se quedó quieto, sus alas plegadas, mirando al horizonte brillante del cielo recién creado.
Había sido nombrado líder, guerrero, protector…
pero aún sentía un leve peso en el pecho.
¿Qué debía hacer exactamente?
¿Cuál era el siguiente paso?
¿Y si se equivocaba?
Jehová, que lo observaba en silencio desde lo alto, descendió suavemente.
Su presencia no necesitaba anuncio.
Todo se iluminó a su alrededor.
Miguel sintió la luz envolverlo, como una cálida paz que calmaba la tormenta interna.
—Estás dudando, Miguel —dijo Jehová, con voz serena—.
Y eso está bien.
No porque falte fe… sino porque tu corazón busca el camino correcto.
Miguel bajó la cabeza.
—Solo quiero servirte bien, Padre.
No quiero fallarte.
Jehová sonrió.
—No puedes fallar si tu intención nace del amor y la verdad.
No esperes tener todas las respuestas ahora.
Camina, guía, protege… y yo estaré contigo en cada paso.
Miguel respiró hondo.
Sus alas se desplegaron levemente.
—Entonces…
me levantaré, y cumpliré lo que esperas de mí.
Jehová asintió.
—Eso es todo lo que necesito de ti, hijo mío.
Y así, el primer gran arcángel comprendió su misión: no se trataba de entenderlo todo al inicio, sino de caminar confiando… y estar listo para cuando el deber lo llamara.
Aunque las palabras de su Padre le habían traído paz, Miguel aún sentía un leve vacío.
No era duda hacia Jehová… sino hacia sí mismo.
Sabía que había algo más, un propósito más profundo que debía descubrir.
Esa necesidad ardía en su pecho, como una chispa esperando encenderse.
Se volvió hacia su Dios, que seguía allí, sereno entre la nada.
—Padre… —dijo Miguel— ¿Y ahora?
¿Qué haremos?
Jehová observó a su hijo.
Su mirada recorría la inmensidad que los rodeaba: un plano oscuro, sin forma ni vida, como un lienzo esperando ser tocado por la luz.
—Iremos a un lugar mejor que este —respondió con calma—.
Un sitio donde nacerá la vida.
Donde todo comenzará.
Miguel asintió lentamente.
—Te acompañaré.
Jehová lo miró de nuevo, esta vez con una leve sonrisa.
—¿Estás seguro?
Miguel no titubeó.
Dio un paso firme y extendió sus alas.
—Sí.
Porque si tú vas, entonces yo también debo ir.
Jehová asintió, complacido.
Y sin decir más, alzó el vuelo.
Miguel lo siguió de inmediato.
Sus figuras surcaron la negrura de la dimensión vacía, dejando atrás a los demás ángeles, que se quedaron resguardando el punto de origen, sabiendo que esa era su parte en el plan.
Por ahora, cuidar era lo más sabio, lo más seguro… y lo más correcto.
El silencio los envolvía mientras viajaban.
Pero en el corazón de Miguel, una nueva certeza comenzaba a nacer.
Estaba a punto de descubrir lo que realmente significaba crear.
Fin.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Victor_Jose_Perez “Y en medio de la nada, los dos avanzaron hacia el inicio de todo.”
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