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History academy - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 Maldiciones
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22: Maldiciones 22: Maldiciones El planeta era un festín de horrores.

Su superficie estaba cubierta por paisajes retorcidos, donde la tierra parecía sangrar y los ríos se desplazaban como venas abiertas.

De entre sus grietas surgían criaturas de pesadilla: bichos que recordaban cucarachas pero eran más inteligentes y agresivos, humanoides deformes cuya carne parecía fundirse con sus propias sombras, seres que evocaban a divinidades que nadie había imaginado y mortales cuya apariencia humana era solo un eco débil de la vida normal.

Cada criatura, cada deformidad, cada ser llevaba consigo un fragmento de maldición pura.

No eran simples monstruos: eran el reflejo materializado de la corrupción que impregnaba el planeta.

Y todo ese caos tenía un origen, un núcleo de malevolencia que lo sustentaba.

Todo empezó con un punto.

Un lugar concreto, aparentemente insignificante, donde la vida y la civilización surgieron y coexistieron.

Pero de alguna manera, de ese punto, de esa chispa de creación y orden, surgió el veneno.

Las experiencias, ambiciones y errores de los habitantes de ese lugar se filtraron en la tierra, en el aire, en la luz, y con el tiempo se transformaron en algo más.

La energía de ese mundo no era neutra: se había convertido en una fuerza tangible, corrosiva y consciente.

A esa fuerza se le llamaba maldita energía.

No era simple energía negativa.

Era el tejido mismo del planeta retorciéndose, una conciencia deformada que buscaba expandirse y dominar.

Cada criatura, cada maldición, cada eco de civilización caída alimentaba esa fuerza, fortalecía su poder y la hacía casi imposible de ignorar.

Incluso el aire parecía vibrar con la intención de corromper todo lo que tocara.

Ese punto de maldición era el corazón de la energía maldita.

Allí, lo que había nacido como vida había degenerado hasta convertirse en un núcleo de poder oscuro, una semilla de caos capaz de impregnar toda la realidad del planeta.

Era imposible acercarse a él sin sentir cómo la energía te empujaba, te marcaba y te desgarraba desde dentro.

Para Karla’k, aquel lugar no era casualidad.

El planeta había sido formado para recibir su influencia, para servir como escenario perfecto para que su renacimiento germinara en el caos más absoluto.

Mientras la maldita energía palpitaba y se expandía, él sabía que cualquier ser que buscara controlarlo tendría que enfrentarse a esa concentración pura de corrupción, y solo así su plan podría empezar a tomar forma.

El punto de maldición esperaba, silencioso, como un corazón que late bajo la superficie de un mundo que ya había aprendido a odiar la vida.

El planeta no descansaba.

Cada grito, cada traición, cada chispa de odio de sus innumerables razas alimentaba la maldita energía.

Era un combustible infinito, que crecía y se concentraba con cada generación, con cada criatura que aprendía a temer o a despreciar.

La fuerza se volvía más densa, más consciente, más capaz de moldear la realidad según sus propios caprichos.

Y en medio de esa concentración, algo imposible ocurrió.

De forma involuntaria, como un accidente del caos mismo, surgió una maldición y un concepto a la vez.

Dos entidades nacidas de la confluencia de otras maldiciones, dos formas que parecían humanos en todo detalle: cabello, piel, gestos… incluso la fragilidad aparente de la carne.

Sin embargo, no eran meros mortales.

Eran la encarnación de lo oscuro, de lo definitivo.

Esa maldición recién nacida era una niña.

Apenas podía sostenerse, apenas balbuceaba, pero su aura ya imponía ley.

Su existencia no dependía de nadie: era un recordatorio del odio que había creado el planeta.

Pero no fue la única.

En un rincón frío, olvidado, del mismo mundo, algo más surgió: un niño.

A simple vista, su forma era casi humana.

Pero algo en él rompía cualquier noción de normalidad.

Tenía cuatro manos, sus movimientos eran precisos y calculados desde el primer instante, y sus dos ojos, los únicos que poseía, eran rojos como sangre viva, brillando con un fuego que parecía devorar la luz a su alrededor.

Ese bebé no lloró.

Observó.

Analizó.

Desde su primer instante de existencia, la maldad fluía a través de él como un río incontrolable.

Su nombre, aunque aún nadie lo pronunciaba, estaba destinado a llenar de terror todos los rincones del planeta: Nihil.

No era solo un ser, sino un dios.

El dios de las maldiciones, nacido en el núcleo de la corrupción, moldeado por la maldita energía y el odio de siglos.

Todo a su alrededor parecía inclinarse ante su presencia.

Incluso la maldición-concepto que acababa de nacer percibió su aura: un frío implacable, un llamado a la obediencia y al miedo.

El mundo entero contuvo el aliento.

Y así, en el mismo día, dos fuerzas oscuras habían nacido en paralelo: una niña-malición y un niño-dios.

Una coexistencia que no sería simple… y que marcaría el principio de un equilibrio roto, de un caos que solo Karla’k y el planeta podían observar con satisfacción silenciosa.

Los años pasaron como cuchillas.

En apenas diecisiete, tal vez dieciocho vueltas del planeta, el niño que había nacido del odio puro se convirtió en un joven imposible de describir con palabras simples.

Nihil ya no era solo una figura.

Era una presencia.

Su cuerpo había crecido de forma marcada: musculatura definida, postura imperturbable, mirada roja que no parpadeaba ante nada.

A cada paso, el suelo vibraba ligeramente.

La maldita energía lo reconocía como su dueño.

En lo profundo de un valle donde las sombras parecían vivas, Kira lo encontró.

Ella había crecido también: cabello plateado que caía como hilos de luna, ojos verdes como veneno bello.

El concepto de las emociones… y una maldición en carne viva.

En cuanto lo vio, un impulso irracional la atravesó.

Como si su esencia estuviera hecha para mirarlo, seguirlo, protegerlo.

Nihil la observó en silencio, sus ojos rojos examinándola como si quisiera desarmarla.

Kira dio un paso hacia él, su voz suave pero cargada de un temblor que no era miedo… sino devoción.

—Así que… tú eres Nihil.

Él ladeó apenas la cabeza.

—¿Viniste a morir?

—preguntó con frialdad absoluta.

Kira sonrió.

Una sonrisa leve, emocionada.

—No.

Vine a quedarme.

—Dijo ella con esa voz que solo se sentía como orgullosa de Nihil.

La respuesta lo hizo fruncir el ceño.

Nadie hablaba así frente a él.

—No necesito a nadie —sentenció Nihil, avanzando un paso que hizo que la tierra se partiera bajo sus pies—.

Si estás aquí, solo estorbarás.

—No lo creo —respondió ella, acercándose también—.

Puedo sentirlo.

Dentro de ti… un poder que no existe en ningún otro ser.

Un vacío absoluto.

Un caos perfecto.

Eso… eso quiero cuidarlo.

La palabra “cuidar” hizo que Nihil soltara una risa oscura, como si oyera un chiste que nadie más entendía.

—¿Cuidar?

¿A mí?

Soy el final de todo, Chica.

No la víctima.

—Justamente por eso —dijo ella, con firmeza creciente—.

Porque eres el final.

Y yo… soy todas las emociones del principio.

Si caminas solo, caerás en tu propio vacío.

Si caminas conmigo… quizás encuentres algo más que destrucción.

Los ojos rojos de Nihil brillaron con una intensidad peligrosa.

—No olvides quién soy.

Yo no amo.

Yo no siento.

Yo solo existo para que todo deje de existir.

Kira dio otro paso.

Ahora estaban a un metro.

La maldita energía se enroscaba entre ellos como un viento vivo.

—Entonces déjame sentir por los dos.

El silencio fue opresivo, casi sagrado.

Finalmente, Nihil habló con una voz baja, casi inaudible: —Si te quedas… lucharás a mi lado.

Y morirás cuando yo lo decida.

— mencionó con una mirada casi como si las palabras de la chica no importarán.

—Lo acepto —respondió ella sin pestañear.

Una sombra de aceptación o quizás curiosidad cruzó por los ojos del dios de las maldiciones.

—Muy bien —murmuró Nihil—.

Entonces…

demuéstramelo.

Kira extendió su brazo, sus emociones vibrando en colores invisibles.

—¿Contra quién?

—preguntó con una sonrisa ligera.

Nihil señaló hacia las montañas, donde su propia raza maldita se congregaba, deformes, frías, crueles.

—Contra todos.

Kira asintió con una devoción intensa: —A tu lado… hasta el final.

Y así comenzó su masacre, su entrenamiento, su crecimiento.

Ambos luchando contra su raza, contra sus propios límites, contra el planeta que los había parido.

Ambos juntos.

Ambos peligrosos.

Ambos destinados a cambiar el curso de las maldiciones.

Los días se convirtieron en semanas y luego en meses en aquel planeta donde la maldita energía respiraba como un ser vivo.

En ese tiempo, Nihil y Kira se volvieron inseparables, no por afecto… sino por necesidad y destino.

Luchaban juntos.

Mataban juntos.

Crecían juntos.

En el campo de batalla, Nihil siempre estaba un paso delante de cualquier amenaza.

Su poder no tenía límites visibles, y aunque jamás lo admitiría, él mismo se encargaba de colocar su cuerpo entre Kira y cualquier ataque que pudiera destruirla.

No era amor.

No era cariño.

Era aceptación.

Para él, Kira era un ser inusual, alguien cuya existencia tenía sentido entre el caos.

Su rostro, su forma de mirar, su manera de actuar… todo en ella le decía algo que nunca había experimentado: Eso es normal.

Eso puede seguir existiendo.

Eso no debe morir todavía.

Kira, por su parte, generaba emociones tan intensas que incluso el aire temblaba a su alrededor.

Su don o su condena no era solo controlar emociones: era crear mutaciones.

Sus emociones se desbordaban en oleadas invisibles que alteraban la carne de los seres que tocaban su influencia, deformándolos, corrompiéndolos, moldeándolos en monstruos nuevos.

Para cualquier otro, habría sido un desastre.

Para Nihil… era belleza.

Porque ambos venían de lo mismo: de las emociones de las razas, del odio creciente, del veneno ancestral que el planeta había absorbido durante milenios.

La maldita energía fluía en ellos como sangre sagrada.

Cuando luchaban juntos, el mundo se deformaba.

Nihil destruía con su mera existencia; Kira transformaba con cada pulso de emoción.

A veces, ella miraba a Nihil mientras combatían, con esa mezcla de devoción y calma infinita.

—Nihil —le decía con voz suave, mientras sus poderes deshacían a un enemigo hasta convertirlo en una forma irreconocible—.¿Por qué sigues salvándome?

Él, sin detener su avance y sin voltear completamente, respondía siempre igual: —Porque eres útil.

No mueras sin mi permiso.

Kira sonreía cada vez.

No por sumisión, sino porque entendía la verdad oculta detrás de esa respuesta: En un planeta donde todo estaba destinado a morir, ella era la única excepción que Nihil permitía.

Y la maldita energía lo celebraba.

Se movía alrededor de ambos en espirales suaves, como si los reconociera como sus legítimos dueños.

Su brillo oscuro era elegante, casi hermoso, una manifestación perfecta de la corrupción organizada.

Ellos dos eran la cima de las maldiciones.

La obra maestra del odio.

La unión de todo lo que el planeta había deseado crear durante siglos.

Y juntos… apenas estaban comenzando.

Con el paso de los años, la presencia de Nihil y Kira se volvió un fenómeno imposible de ignorar.

Otras maldiciones, criaturas deformadas por el odio y la maldita energía, comenzaron a acercarse a ellos.

Atraídas.

Temerosas.

Obedientes.

No porque los quisieran, sino porque la energía misma les susurraba que se trataba de dos entidades aparte del resto.

Dos seres que rompían la escala común.

Dos puntos fijos en un planeta lleno de deformidades.

Los ancianos de la raza si es que podían llamarse así unas masas de carne eterna comenzaron a catalogarlos con un título que antes no existía: Maldiciones divinas.

Una categoría prohibida.

Un rango maldito que se decía que jamás debía ser alcanzado por ninguna criatura nacida del odio.

Pero Nihil y Kira no pedían títulos.

Ellos simplemente seguían creciendo.

En medio de una de tantas batallas, Nihil se encontraba rodeado por maldiciones que antaño parecían gigantes indomables.

Ahora, no eran más que obstáculos.

Su cuerpo se movía con precisión quirúrgica.

Sus cuatro brazos eran extensiones de un instinto asesino perfecto.

Una criatura enorme, con mandíbulas que se abrían como un abanico de dientes, lanzó un golpe que cualquier otro habría considerado devastador.

El impacto dio contra el torso de Nihil, empujándolo apenas unos centímetros hacia atrás.

Él ni siquiera parpadeó.

—Patético —murmuró.

Antes de que la criatura retirara su extremidad, Nihil levantó su tercer brazo, atrapando el ataque con una facilidad insultante.

Los huesos del enemigo crujieron como si fueran ramas secas.

El monstruo chilló.

Nihil apretó más.

—Gritas como si eso importara —dijo con frialdad absoluta.

Entonces, con sus dos brazos izquierdos, descargó dos puñetazos simultáneos directo al rostro de la criatura.

Un golpe seco, otro más profundo, y el cráneo de la maldición se deformó en una explosión de hueso y carne negra.

El cuerpo cayó sin gloria.

Kira, a unos metros, observaba la escena con una sonrisa suave.

Sus ojos verdes brillaban con emoción pura, dejando escapar pequeñas ondas que hacían retorcer a los enemigos cercanos.

—Nunca te cansas, ¿verdad?

—le dijo mientras una maldición a su lado mutaba de repente en un ser irreconocible por la influencia de sus emociones.

Nihil soltó el cadáver, indiferente.

—Si se interponen, mueren.

Eso es todo.

Kira dio un paso hacia él, haciendo que la energía a su alrededor temblara como un susurro.

—Y por eso… te siguen.

Por eso te temen.

Por eso te llaman dios.

Nihil la miró con esos ojos rojos que parecían quemar la realidad.

—Dios o no… nada aquí merece seguir existiendo —respondió, con una calma que helaba la sangre—.

Excepto tú, mientras seas útil.

Kira sonrió, esa sonrisa tranquila que parecía no romperse ante nada.

—Como digas, Nihil.

Y juntos, avanzaron entre cadáveres de maldiciones menores, mientras su reputación crecía, mientras el planeta entero aprendía a temer dos nombres: Nihil y Kira.

Las primeras maldiciones divinas de un mundo condenado.

Mientras Karla’k seguía resistiéndose a aquella fuerza invisible que lo arrastraba hacia una grieta temporal.

Su caos se filtraba por todos los hilos de la existencia, dejando raíces que impregnaban épocas enteras.

Y, sin querer, entre esas raíces…

Nació otra versión de él, una sombra debilitada del verdadero dios del caos.

Un Karla’k menor, pero todavía peligroso, cuyo subconsciente fue arrancado y enviado hacia el pasado.

Despertó dentro de un cuerpo extraño: una criatura nacida entre lo humano y lo maldito.

Su esencia divina estaba adormecida, pero su instinto seguía igual de afilado.

En cuanto abrió los ojos, lo sintió.

Una presión antigua.

Un aura cruda.

Y dos presencias que no pertenecían a simples criaturas.

—…Interesante —susurró, sintiendo cómo sus dientes se afilaban por puro instinto.

Una presencia olía a maldición absoluta: Nihil, el dios recién formado.

La otra, delicada pero peligrosa, tenía el aroma de un concepto vivo: Kira, las emociones hechas carne.

Sin pensarlo, Karla’k avanzó.

Sus pasos eran rápidos, distorsionados, como si la realidad no alcanzara a procesarlo a tiempo.

La tierra maldita crujió bajo él hasta que se plantó frente a los dos.

Nihil lo observó fijamente, los cuatro brazos tensos y listos para matar.

Kira retrocedió un poco, analizando aquella presencia desconocida que parecía…

más antigua que el propio odio.

Karla’k alzó la barbilla.

—Ustedes dos… —sus ojos brillaron como grietas de una tormenta cósmica— me servirán.

Nihil frunció el ceño.

Kira apretó los puños.

La tensión entre los tres era tan fuerte que la energía maldita empezó a levantarse como ventiscas negras.

—¿Servirte…?

—gruñó Nihil, avanzando un paso—.

No sabes quién soy.

—Lo suficiente para aburrirme —respondió Karla’k, mostrando una sonrisa torcida—.

Si quieren vivir… demuéstrenme que valen algo.

Y sin más palabras, los retó a un combate.

Un parpadeo.

Un choque de energías.

El combate sería rápido… pero decisivo.

Un dios del caos menor contra dos maldiciones divinas recién nacidas.

Karla’k se lanzó hacia Kira con una velocidad tan violenta que el aire se quebró detrás de él.

Kira respondió al instante, impulsándose hacia adelante con la misma ferocidad.

Sus auras chocaron como dos mundos colapsando.

Cuando Karla’k extendió el brazo para golpearla, sintió algo extraño.

Un pequeño brote de ira emergió de lo profundo de su ser, casi involuntario.

Y en el instante en que esa emoción afloró… Kira sonrió.

—Lo sentiste… —susurró, rozando su brazo con la punta de los dedos.

Ese simple contacto fue suficiente.

La piel del brazo de Karla’k comenzó a retorcerse.

Los músculos se deformaron.

Las venas se hincharon.

Y en cuestión de segundos, su brazo mutó grotescamente, convirtiéndose en una criatura de carne y garras que chilló como si hubiera estado viva desde hace siglos.

Karla’k frunció el ceño, no por dolor… sino por cálculo.

Sin dudar, arrancó el brazo mutado de un tirón.

El monstruo cayó al suelo retorciéndose, y Karla’k dio un paso atrás mientras analizaba la situación.

—No puedo mostrar emociones frente a esta mortal… Cada emoción es un arma para ella.

—Entonces hizo algo que muy pocos seres podían lograr.

Su regeneración comenzó.

Primero, los huesos se materializaron desde un polvo negro, formándose lentamente como si una mano invisible los moldeara.

Luego surgió la carne, tejiéndose fibra por fibra.

Los nervios se extendieron como raíces vivas buscando su lugar.

Las venas serpenteaban por el brazo recién creado.

Finalmente, los músculos se apilaron en capas precisas hasta devolverle su forma original.

En segundos, su brazo volvió a estar completo.

Perfecto.

Neutral.

Kira abrió los ojos, sorprendida de ver una regeneración tan metódica y casi quirúrgica.

Pero Karla’k ya no estaba allí.

Con un destello, se colocó frente a ella.

Su silencio era más amenazante que cualquier rugido.

—Por lo menos pude aprender cómo acabar con esto, —pensó.

Recordó aquel instante en el que Jehová le había otorgado un destello divino, un impacto que lo había derribado incluso a él.

Y entonces lo imitó.

Karla’k reunió toda su energía en su puño derecho, tanta que el aire vibró y se curvó alrededor del brazo.

Kira retrocedió, confundida, incapaz de comprender qué clase de poder estaba viendo.

—Solo necesito ver… para aprender —murmuró.

Su puño comenzó a emitir un brillo enfermizo, como si la misma realidad se retorciera alrededor de él.

—Desarrollo divino.

El golpe se lanzó.

El tiempo mismo se partió.

Un colapso absoluto.

Un estallido donde la realidad dejó de tener sentido.

El impacto se movió no en un yoctosegundo…

Sino en una fracción aún menor: El tiempo de Planck, 10^-44 segundos.

Un instante tan breve que el universo no puede registrarlo.

Kira fue consumida por una distorsión temporal tan intensa que todo a su alrededor quedó suspendido entre existir y no existir.

La tierra se abrió.

Las maldiciones en kilómetros a la redonda quedaron en silencio.

Y la figura de Karla’k se mantuvo firme, imperturbable, mirando el resultado de su aprendizaje divino.

Karla’k observó cómo Kira era devorada por la distorsión.

No gritó.

No intentó resistir.

Simplemente fue arrancada del presente, atrapada en un remolino de tiempo roto que la plegó, la estiró y la empujó fuera de la línea temporal como si jamás hubiera pertenecido allí.

El espacio alrededor de ella chisporroteó, distorsionado.

Los colores se apagaron.

La gravedad se volvió un suspiro débil.

Y entonces ocurrió.

Ese pequeño desajuste un gesto milimétrico en la secuencia del tiempo se convirtió en el detonante perfecto de un absorbimiento espacio-temporal.

Una grieta silenciosa se abrió detrás de Kira y la succionó con una suavidad engañosa.

En un parpadeo, su figura desapareció.

Reaparecería siglos después, en un futuro distante, dormida, varada…

Y completamente desconectada de lo que estaba a punto de ocurrir.

El silencio que quedó tras su partida era pesado.

Demasiado pesado.

Karla’k giró lentamente y Nihil estaba allí.

Quieto.

Observándolo.

Los cuatro brazos del dios de las maldiciones estaban ligeramente tensos, como si su cuerpo entero estuviera preparado para matar o morir.

Sus ojos rojos brillaban con un fulgor que no pertenecía a ningún mortal, y su aura maldita hacía vibrar el polvo bajo sus pies.

Ninguno habló.

Ninguno necesitaba hacerlo.

Karla’k sabía que Nihil no aceptaría lo que había hecho a Kira.

Nihil sabía que Karla’k no permitiría que una maldición ni siquiera un dios se interpusiera en su camino.

El aire se hundió entre ellos dos, como si la realidad misma retrocediera anticipando el choque.

Karla’k levantó un brazo.

Nihil alzó dos de los suyos.

La pelea entre ellos era inevitable.

Y el planeta maldito entero pareció contener la respiración.

Continuará.

.

.1 La batalla entre el caos y lo maldito está apunto de comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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