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History academy - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 Maldición vs caos
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23: Maldición vs caos 23: Maldición vs caos Karla’k suspiró, una sonrisa torcida cruzando su rostro.

Sus ojos se clavaron en Nihil, analizándolo, observando cada gesto, cada chispa de su aura maldita.

No dijo nada.

No era necesario.

Solo quería ver si una maldición podía caer… y estaba seguro de que, tarde o temprano, eso ocurriría.

Nihil lo estudió a su vez.

Algo en aquella presencia le resultaba distinto, perturbador incluso.

Una divinidad ligeramente superior a lo que conocía.

Pero no le importaba.

La duda no tenía cabida: pelearía contra esa entidad, aunque parecía de su propia raza.

Con un movimiento imposible de seguir por los ojos mortales, Nihil avanzó.

Su cuerpo se desmaterializó y reapareció detrás de Karla’k, silencioso como la muerte.

Su mano derecha se alzó, cortando el aire con una precisión mortal, lanzando un corte invisible hacia el torso de Karla’k.

Pero Karla’k lo percibió.

No solo lo vio, lo sintió.

Cada vibración, cada flujo de energía de Nihil le indicaba el ángulo y la fuerza del ataque.

—Corte caótico —susurró, y un corte invisible surgió de su propio puño, surcando el aire hacia Nihil.

El filo impactó en el pecho del dios de las maldiciones, dejando un surco profundo en su carne.

Nihil apenas parpadeó.

Su carne se regeneró al instante, tejiendo nervios, músculos y venas como si nada hubiera ocurrido.

Y entonces sonrió.

Una sonrisa divertida, pura arrogancia y goce ante un desafío digno.

Porque ambos sabían que lo que acababa de ocurrir era solo el principio: un intercambio que no terminaría hasta que uno de los dos cayera.

Nihil sonrió, esa sonrisa feroz que siempre significaba desafío.

Sabía que estaba frente a un combate digno, y su cuerpo se tensó como un resorte.

De repente, comenzó a correr hacia Karla’k.

La velocidad era inhumana, un parpadeo entre un lugar y otro, hasta que su cuerpo disparó como una bala, apuntando directo al rostro de aquella maldición donde se encontraba el subconsciente de Karla’k.

Al llegar, Nihil atrapó ambos brazos de Karla’k y con sus otros dos brazos lanzó un golpe directo al vientre, cargado de fuerza suficiente para romper hueso y carne si no fuera por su enemigo.

Lo soltó al instante, y su voz resonó como un eco mortal: —División araña.

Una técnica que formaba cortes en telaraña invisible, imperceptible incluso para ojos entrenados.

Pero para Karla’k, nada era imposible.

Su mente analítica captó la intención y el flujo de energía: ya sabía hacia dónde se movería.

Cuando vio que Nihil colocaba una de sus manos en el suelo, Karla’k saltó, elevándose justo antes de que la tierra se fracturara y se cortara en un radio de dos kilómetros, dejando grietas y escombros flotando en la maldita energía que vibraba alrededor.

Con precisión absoluta, Karla’k reapareció delante de Nihil, justo en el punto ciego de su ataque.

Su puño derecho se lanzó, cargado con toda la fuerza acumulada, directo al rostro del dios de las maldiciones.

El impacto fue brutal.

Nihil cayó al suelo, el aire explotando a su alrededor por la fuerza del golpe.

Fue lanzado varios metros hacia atrás, mientras el polvo y la maldita energía se levantaban en espirales oscuras a su alrededor.

Karla’k se mantuvo firme, respirando con calma, observando a su adversario mientras analizaba cada movimiento, cada reacción, aprendiendo.

Porque en esa pelea no solo se golpeaban… Se estudiaban.

Nihil se incorporó con un salto seco.

No estaba herido, pero sí estimulado.

Necesitaba algo mayor, algo que partiera más allá de la carne y el hueso.

Entonces comenzó a recitar.

Sus palabras eran antiguas, ásperas, cargadas de un tono que no pertenecía a ningún idioma conocido.

El aire se volvió espeso, pesado, vibrante.

—Escala maldita… destrucción de energía… componente doble… división… Su dedo índice se alzó, apuntando directo al centro del pecho de Karla’k.

Su voz se volvió un susurro mortal: —El corte que parte conceptos.

Y entonces ocurrió.

Del aire surgió una línea invisible, pero perceptible por la distorsión que causaba.

Era como una tela de araña colosal extendiéndose en vertical y horizontal, expandiéndose hacia Karla’k, no para cortar su cuerpo… sino para cortar lo que él era.

La existencia vibró.

El espacio se hundió hacia el filo.

Pero Karla’k simplemente exhaló.

—Aún te falta práctica —murmuró con calma.

Su mano se movió apenas.

—Repulsión caótica.

Su energía se expresó como un estallido conceptual, no físico.

Una onda invisible empujó hacia atrás el corte y lo desintegró, rompiéndolo en fragmentos de luz negra que se evaporaron como ceniza.

Nihil se quedó mirando.

Impresionado.

No porque su técnica hubiera fallado, sino porque alguien pudiera leerla, entenderla y contrarrestarla.

Karla’k inclinó ligeramente el rostro.

—Todo tiene límite.

Y esa técnica solo puede usarse una vez antes de que la estructura se desgaste.

No la repetirás.

Nihil no negó.

Al contrario.

Aplaudió.

Con sus cuatro manos.

No en burla.

No en sarcasmo.

Sino en reconocimiento.

Era un sonido seco, metálico, resonante.

Luego caminó lentamente hacia Karla’k.

Sin prisa.

Sin mostrar debilidad.

Porque había comprendido algo: Ambos podían matarse.

Ambos podían aprender del otro.

Y ninguno retrocedería.

La guerra conceptual recién comenzaba.

Karla’k sonrió.

No con burla, sino con la elegancia de quien sabe un secreto que el otro aún no aprende.

Juntó las palmas de las manos frente a su corazón.

Pulgares tocando el esternón.

Dedos extendidos hacia arriba como dos columnas alineadas al cielo.

Codos relajados hacia afuera.

Y el espacio entre sus palmas formó un hueco perfecto, como un pequeño altar entre su propia carne.

Un gesto que no era de adoración.

Era de declaración.

—La apertura del origen… —susurró.

Pero luego movió los dedos, cambiándolos de posición, entrelazándolos, girándolos y formando un sello más complejo, casi imposible de imitar.

Sus manos parecían un laberinto.

Nihil lo observó.

No lo imitó al instante.

No por incapacidad sino porque aprendía.

Y lo hizo.

Uniendo las yemas de los dedos de ambas manos, formando una cúpula perfecta.

Sus ojos se elevaron al entrecejo.

Como si dibujara la intención en su mente.

Pero no bastó con eso.

Las otras dos manos se levantaron a la altura del pecho, repitiendo el sello en doble forma.

Era simétrico.

Era poderoso.

Era su estilo.

—¿Y ahora qué?

—preguntó Nihil.

Karla’k inclinó un poco su cabeza.

Sus palabras sonaron más como una lección que como un anuncio de combate: —Imaginación.

El dominio nace de la intención.

Debes nombrarlo… y luego sellarlo.

Lo demás… lo descubrirás sobreviviendo.

No hubo tiempo para dudas.

Los sellos se cerraron.

Karla’k dijo: —Caos eterno.

Nihil respondió: —Sacrilegio maldito eterno.

El impacto conceptual fue inmediato.

Un domo surgió alrededor de ambos.

Negro y rojo.

Un mundo encapsulado.

La mitad correspondiente a Karla’k se torció con fracturas del espacio ángulos imposibles, cortes flotando en el aire sin origen ni destino, grietas en la forma de la realidad misma.

Era un caos sin definición.

La mitad de Nihil… era terrenal y cruel.

Tierra seca, árboles muertos como espectros petrificados.

Un trono formado de huesos y minerales negros.

Sangre fresca brotando de grietas en el suelo.

Una criatura maldita, enorme, guardiana de oscuros rituales, encorvada, vigilándolo desde atrás.

El domo respiraba.

Y ambos dominios chocaron en el centro como dos placas cósmicas intentando devorarse.

Nihil y Karla’k avanzaron al mismo tiempo.

Sin miedo.

Sin intención de retirarse.

Era más que combate.

Era un intercambio de evolución.

Y de destrucción.

Porque en un dominio eterno… solo uno puede imponer realidad.

Karla’k y Nihil se lanzaron al mismo tiempo.

Sus puños chocaron con un estruendo que hizo vibrar el domo de energía a su alrededor.

El impacto no fue solo físico, sino conceptual, resonando en la maldita energía de ambos dominios.

Karla’k, con la precisión de quien analiza cada movimiento, detectó un fallo en el ataque de Nihil.

Un golpe que iba directo a su abdomen fue detenido con rapidez, aprovechando la fuerza de su enemigo para ganar ventaja.

Aunque él era el caos en persona, su subconsciente estaba dentro de esta maldición que controlaba, usando el cuerpo como un conducto para experimentar y aprender.

Y entonces hizo algo inesperado: Su estilo de pelea adoptó boxeo mixto, una combinación de movimientos estratégicos que jamás habían sido concebidos en aquel mundo.

Jab al rostro, seguido de un potente Cross directo al mentón; un Hook curvado golpeó su costado, mientras un Uppercut ascendente buscaba destrozar la mandíbula.

Cada golpe iba directo al rostro del dios de las maldiciones, golpe tras golpe, como una lluvia de precisión mortal.

Variaciones surgían de manera natural: Swing, Volea, combinaciones rápidas, cada una calculada para medir la reacción de Nihil y ajustar el siguiente ataque.

Luego Karla’k colocó el pie derecho sobre el pie izquierdo de Nihil, inmovilizándolo para que no fuera lanzado por la fuerza de su embestida.

Con su mano derecha golpeó con precisión quirúrgica las mejillas de Nihil.

Con la otra mano, levantó su cabello hacia atrás, un gesto extraño pero cargado de intención.

—Corte caótico.

—dijo Karla’k, con calma y certeza.

Nihil no se quedó atrás.

—División.

—respondió, lanzando un corte conceptual que chocó con el de Karla’k.

La intersección de ambos cortes creó una explosión devastadora dentro del dominio.

Una onda negra y roja se expandió, levantando escombros, árboles secos y energía maldita por todos lados.

Ambos combatientes fueron lanzados hacia atrás, arrastrados por la fuerza de su propio choque.

Nihil se reincorporó rápidamente, respirando con dificultad pero con los ojos ardiendo de emoción y respeto.

Sabía algo con claridad: Este combate no sería fácil.

Cada movimiento de Karla’k no solo era fuerza… Era aprendizaje, estrategia y caos puro.

Y hasta un dios de maldiciones podía sentir la amenaza de lo inesperado.

Nihil se tocó el rostro con la mano derecha, notando los moretones, cortes superficiales y la inflamación de su mejilla izquierda.

Su ojo izquierdo estaba morado, el rostro dolorido por los golpes precisos de Karla’k.

Respiró hondo y concentró su maldita energía.

Poco a poco, la carne se tensó, los moretones desaparecieron y las pequeñas heridas del cuerpo se cerraron como si nunca hubieran existido.

Su mejilla volvió a la textura perfecta de antes, el ojo morado se normalizó, y su piel recuperó el color y la firmeza originales.

Mientras sanaba, Nihil sintió algo más: el patrón de regeneración de Karla’k, la manera en que analizaba y reconstruía la carne, la energía y los nervios con precisión.

Aprendió de ello, internalizando la técnica como un conocimiento instintivo.

Finalmente, ambos se observaron.

Sus miradas se encontraron en un silencio cargado de respeto y desafío.

Y entonces, como reconociendo la fuerza del otro, ambos esbozaron una sonrisa.

No era amistad.

No era paz.

Era reconocimiento.

El respeto que solo surge cuando dos fuerzas colosales se miden y saben que el combate que los espera será épico e interminable.

Nihil reapareció detrás de Karla’k, listo para atacar.

Pero en el instante en que se aproximó, una lluvia de cortes invisibles e infinitos lo alcanzó de lleno.

Cada línea conceptual golpeaba con precisión, atravesando el aire con un sonido que solo podía percibirse como distorsión pura.

Nihil sonrió, reconociendo el patrón.

Estos cortes no estaban lejos de los suyos; podían compararse, podían resistirse.

Se mantuvo firme.

Desde el dominio de Nihil, la maldición monstruosa que lo acompañaba se lanzó hacia Karla’k con velocidad descomunal.

El monstruo lo atrapó, pero Karla’k, con su agudeza habitual, lo cortó en pedazos, dispersando carne y energía maldita en todas direcciones.

Karla’k evaluó la situación: quería acabar con esto rápido, eficazmente.

—Veamos si con lo poco que tienes… aguantas —susurró.

Notó algo.

El dominio de ambos estaba debilitándose.

Los cortes de sus respectivos dominios, al ser idénticos en muchos sentidos, se cancelaban parcialmente, perdiendo fuerza, aunque aún mantenían fragmentos de poder concentrado.

Karla’k desapareció y reapareció detrás de Nihil.

Nihil reaccionó con rapidez, levantando la pierna derecha: —División de pierna —anunció.

Un corte invisible emergió de su pie, dirigido a Karla’k.

Pero Karla’k no retrocedió.

Aguantó el impacto, lo sintió recorrer su carne, y luego agarró la pierna de Nihil, lanzándolo con fuerza hacia el centro del dominio.

El dominio crujió.

Se quebraba como vidrio bajo la presión de sus energías combinadas.

Karla’k desapareció, moviéndose a la máxima velocidad posible, y concentró toda su energía: una combinación de maldita energía y caos puro.

—Destello divino —gritó.

Nihil lo vio venir.

Su instinto y su aprendizaje rápido le permitieron reaccionar.

Elevó su puño derecho, iluminado con maldita energía concentrada, y cargó un golpe brutal.

Ambos puños se encontraron.

El choque duró apenas una fracción de yoctosegundos, más corto que un parpadeo, más pequeño que un instante, pero en esa diminuta fracción, la energía liberada fue descomunalmente enorme.

Karla’k sintió el golpe recorrer su cuerpo.

Por un instante casi se desmaya, incapaz de contener la fuerza colosal del impacto.

Pero resistió.

Y cuando el humo y la distorsión del choque se disiparon… El cuerpo físico de Nihil había sido destruido.

El silencio que siguió fue absoluto.

El combate había alcanzado un nuevo nivel de brutalidad, donde solo la fuerza de voluntad y la maestría sobre la energía decidían quién se mantenía de pie.

Y ahora que terminó, ya se había decidido al ganador.

El cuerpo físico de Nihil había desaparecido.

No quedaba carne, ni hueso, ni sangre.

En su lugar surgió una masa negra, densa y pulsante, y en medio de ella brillaba un ojo rojo, intenso y consciente.

Era Nihil en su forma más pura: el concepto encarnado del dios de las maldiciones, el núcleo del nihilismo que dominaba con absoluto control sobre la maldita energía.

Karla’k lo observó con frialdad y fascinación a la vez.

Con un gesto, extendió sus manos y rodeó la masa negra con una esfera de energía caótica, atrapando al dios-concepto en su centro.

La esfera se contrajo poco a poco, reduciendo su tamaño hasta convertirse en un pequeño orbe brillante que podía sostener con facilidad en su palma.

Nihil se agitaba dentro, rugiendo en silencio, consciente de que estaba contenido, pero sin poder liberarse.

Karla’k sonrió, sin emoción pero con intención clara.

—Esto será divertido —murmuró.

Se preparó para llevarse a Nihil fuera de su planeta, buscando un recipiente adecuado, un lugar donde el dios de las maldiciones pudiera ser contenido y manipulado.

No era solo cautiverio; era un juego.

Un entretenimiento para quien podía controlar la esencia misma de la destrucción y el caos.

Y así, con el ojo rojo fulgurando dentro de la esfera negra, Karla’k partió del planeta maldito, llevando consigo la esencia de Nihil, listo para experimentar y disfrutar del poder de un dios de las maldiciones.

Fin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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