History academy - Capítulo 24
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24: Templario.
24: Templario.
En un rincón apartado del cosmos, lejos de aquella batalla terminada entre Karla’k y Nihil, se encontraba el planeta templario.
A simple vista, parecía un mundo casi humano: ciudades que respiraban vida, continentes que se extendían con precisión geométrica, culturas que habían perfeccionado el arte de la guerra y la estrategia.
Pero incluso en lo que parecía normal, todo era extraordinariamente complejo.
Los habitantes, aunque parecían humanos, poseían una estructura física y genética única.
Sus cuerpos eran máquinas biológicas perfectas, formadas por miles de millones de células organizadas en tejidos, órganos y sistemas: digestivo, nervioso, circulatorio, respiratorio… cada uno funcionando en armonía para mantener la homeostasis, equilibrando la vida de manera casi divina.
Cada ciudad, cada construcción, cada ritual y cada cultura estaba pensada para manipular el tiempo.
No solo podían pausarlo, acelerarlo o ralentizarlo, sino que incluso podían mantener intervalos indefinidos o calcular el tiempo con precisión absoluta, casi como si el universo mismo obedeciera a su voluntad.
Era un planeta que combinaba lo mundano con lo sublime, lo natural con lo artificial, un lugar donde la perfección de la vida y la complejidad de la existencia se encontraban en un equilibrio delicado… y donde la llegada de fuerzas como Karla’k o Nihil prometía alterar ese balance de formas inimaginables.
Pero, aún así ellos no eran únicos dentro del universo infinito.
Entre los templarios aquellos capaces de combatir, detener el tiempo y moldear la realidad con disciplina férrea una energía colosal recorrió los pasillos como un temblor sagrado.
No era una batalla, ni un ritual: Era un nacimiento.
Uno que estaba drenando la energía del entorno con una rapidez alarmante.
Ese mismo día, en una sala luminosa del gran hospital templario, un recién nacido abrió los ojos por primera vez.
Su rostro era adorable, perfectamente formado, casi angelical.
Sus ojos de un tono café claro brillaron solo un instante, pero suficiente para que todos los presentes sintieran un estremecimiento profundo.
Su cabello, aunque escaso por la corta edad, era negro y suave, como una sombra recién nacida.
El terror silencioso recorrió a los médicos y a los templarios cercanos.
Ese pequeño ser… Recién llegado al mundo… Tenía más poder que varios guerreros adultos combinados.
Su padre, Rosk, un templario respetado y temido en el planeta, tomó al bebé entre sus brazos con una mezcla de orgullo y reverencia.
—Al fin viniste a la vida, mi querido hijo… Rigor —dijo con una voz profunda, cargada de emoción.
La madre, aún recostada en la cama del hospital uno de los lugares más cuidados del planeta a pesar de la cultura guerrera lo observó con ternura.
En ese mundo donde la batalla era rutina, la existencia de curanderos, médicos y expertos en biología era vital para mantener el equilibrio.
Mientras el bebé Rigor respiraba por primera vez, una onda de energía invisible recorrió la sala.
Los monitores temblaron.
Los cristales vibraron.
Los templarios sintieron sus corazones acelerarse por reflejo.
Un recién nacido… Y ya era capaz de imponer su presencia sobre guerreros que podían detener el tiempo.
Ese día, sin que nadie lo supiera aún, el mundo templario había dado vida al que sería uno de sus más grandes y temibles hijos.
Rigor.
El futuro director.
El templario digno de su raza.
El que golpearía puntos vitales con precisión mortal… Pero que, paradójicamente, había llegado al mundo con un rostro inocente y una mirada cálida.
Un niño que cambiaría la historia.
Y que ya desde su primer llanto… Sacudía el planeta entero.
Poco a poco, la vida de Rigor comenzó a desarrollarse entre cuidado y disciplina.
Su madre, Tify, se encargaba de mantener el equilibrio de la familia, atendiendo con ternura y firmeza al pequeño mientras su esposo, Rosk, supervisaba su entrenamiento y su desarrollo como templario.
Rigor crecía con rapidez.
Cada etapa de su infancia estaba marcada por un aprendizaje intenso: desde los primeros pasos, la coordinación de movimientos y la comprensión de su propio poder, hasta los rudimentos de la defensa y el control de energías templarias.
A medida que los años pasaban, Rigor dejó de ser un bebé y se convirtió en un niño de 10 años según la medida del planeta templario.
Allí, el tiempo fluía de manera distinta: lo que en su planeta equivalía a una década, para quienes miraban desde afuera podía parecer apenas un parpadeo.
Cada día estaba lleno de aprendizaje.
Cada entrenamiento, juego o lección formaba parte de un tejido que preparaba a Rigor para su destino: ser un templario capaz de detener el tiempo, medir el espacio y golpear con precisión mortal.
Y mientras crecía, su madre Tify lo cuidaba y su padre lo guiaba, asegurándose de que el niño no solo adquiriera fuerza, sino también sabiduría y disciplina.
Porque en aquel planeta, incluso la infancia de un templario no era común: era el inicio de una leyenda de un gran director.
Durante aquellos años de entrenamiento intenso, Rigor empezaba a sentir su poder crecer más allá de lo esperado.
Mientras practicaban técnicas de combate, su padre, Rosk, lo guiaba con precisión y rigor templario, evaluando cada movimiento, cada reacción, cada energía desplegada.
Un día, durante un ejercicio de velocidad y fuerza, Rigor lanzó un golpe directo hacia su padre.
Para sorpresa de ambos, lo detuvo en seco, sintiendo que podía resistir incluso a un maestro templario.
Rosk lo observó con calma, y en un instante decidió probar un límite: detuvo el tiempo por unos segundos, como solo un templario experimentado podía hacerlo.
En ese breve instante, mientras Rigor estaba congelado, Rosk golpeó el cuello del niño, tocando con precisión un nervio, un punto que hacía tambalear incluso al más fuerte.
Cuando el flujo del tiempo volvió a su curso normal, Rigor sintió el impacto recorrer su cuerpo.
Se tambaleó, respirando con fuerza, y no pudo evitar murmurar: —No… es justo.
Su padre lo miró con una mezcla de severidad y orgullo.
—No es cuestión de justicia, Rigor —dijo—.
Es cuestión de superarte a ti mismo.
Y así, aquel instante no solo reforzó la disciplina del niño, sino que también le enseñó la primera lección importante de su vida templaria: incluso cuando sientes que tu poder crece, siempre habrá alguien que te lleve un paso más allá.
Para Rigor, la vida apenas comenzaba.
Pero desde los primeros días, algo quedó claro: La existencia no era lo que uno espera.
Los recursos eran limitados, incluso en un planeta templario donde la disciplina y la fuerza eran valoradas sobre todo.
El dinero, los alimentos, la comodidad del hogar…
Todo tenía que ganarse.
Sus padres, Tify y Rosk, se esforzaban al máximo, dedicando largas horas a entrenamientos, responsabilidades y tareas que aseguraban que la familia pudiera sobrevivir y mantenerse en equilibrio.
Rigor, aún niño, entendió que no bastaba con entrenar para ser fuerte.
Tenía que aportar de manera tangible, ayudar a su familia y aliviar la carga de sus padres.
Y así lo hizo.
Pero las cosas que tuvo que hacer no eran típicas de un niño.
Actividades que lo marcaron de por vida, que lo obligaron a madurar antes de tiempo, a ver la dureza de la vida sin filtros.
A veces, debía enfrentarse a peligros que ningún pequeño debería conocer.
Otras veces, debía asumir responsabilidades que rompían su inocencia, tomar decisiones que podrían lastimar o salvar, según lo que el deber dictara.
Aun así, lo hizo todo con determinación.
Porque para Rigor, ayudar a su familia no era una obligación, sino una elección.
Cada sacrificio, cada acto de esfuerzo, cada lágrima contenida… lo estaba forjando, moldeando al niño que algún día sería templario, protector y maestro, alguien capaz de enfrentar cualquier adversidad, físico o conceptual, sin dudar.
Desde ese día el pequeño, Rigor cargó con responsabilidades que ningún niño debería tener.
Lo que vivió lo marcaría para siempre, y más tarde, ya adulto, entenderíamos completamente hasta qué punto esas experiencias moldearon su carácter.
La vida no era fácil.
Pero Rigor ya había aprendido una lección temprana: la fortaleza no se mide por la comodidad, sino por la capacidad de seguir adelante cuando todo parece en contra.
A medida que pasaron los ocho años, Rigor comenzó a sentir el peso de todo lo vivido.
Su cuerpo había crecido, y su espíritu llevaba cicatrices que iban más allá de lo físico.
Su cabello negro se volvió largo, fino y cuidado, cayendo sobre sus hombros con un orden casi ceremonial.
Sus ojos, que antes eran de un cálido café, habían adquirido un tono morado profundo, señal del exceso de poder que había absorbido y controlado a lo largo de los años.
La niñez que le había sido robada, marcada por sacrificios y responsabilidades que ningún niño debería cargar, había moldeado un carácter duro, disciplinado y casi impenetrable.
Ahora, como adolescente, Rigor sentía que todo ese esfuerzo había llegado a un punto de quiebre.
El peso de las obligaciones, los entrenamientos extremos y los horrores que había tenido que enfrentar lo estaba ahogando.
Su mente deseaba escapar, alejarse de toda esa situación asquerosa y opresiva.
—Ya no… puedo más —susurró para sí mismo, con los puños apretados y el corazón latiendo con fuerza—.
Quiero salir de todo esto.
Quiero vivir sin tener que matar, sin tener que cargar con todo.
Por primera vez, Rigor sintió que su deseo de libertad superaba el sentido del deber.
La vida que había construido con sudor, dolor y disciplina comenzaba a chocar con su necesidad de escapar, y en ese choque interno, surgió una determinación diferente: la de buscar su propio camino, sin importar el costo.
Rigor sabía que había llegado el momento.
Sin decir palabra alguna a sus padres, tomó una decisión firme: debía escapar.
Se acercó a ellos esa mañana, mientras el sol templario iluminaba tenuemente la sala familiar.
Rosk y Tify lo miraron con comprensión, aunque en sus ojos había un atisbo de preocupación.
—Cuídate, Rigor —dijo Rosk con voz firme, pero cargada de afecto.
—Recuerda lo que hemos entrenado y mantén la cabeza fría —añadió Tify, colocando una mano sobre la de su hijo.
Rigor los abrazó con fuerza, un caluroso y silencioso abrazo familiar que contenía todo el amor, la gratitud y la tristeza de su partida.
Sin más, se apartó, con la determinación reflejada en su mirada.
Se ocultó entre las sombras de la ciudad, usando su astucia y habilidades templarias para no ser visto.
No era un escape común; no quería ser detenido por nada ni nadie.
Una de las habilidades que distinguía a su raza de los simples humanos era su capacidad para respirar en el espacio.
Algo que carecía de lógica aparente: donde no había aire, donde no había nada, los templarios encontraban algo para sostener la vida, porque la nada misma respondía a su existencia.
Rigor se preparó, respiró profundo y se lanzó al vacío.
El frío del espacio golpeó su piel, pero él no necesitó oxígeno externo ni protección especial.
Su cuerpo, adaptado a la perfección templaria, soportaba el ambiente hostil como si fuera natural.
Con un impulso explosivo, salió disparado del planeta natal, dejando atrás el hogar, la ciudad y los años de entrenamiento y sacrificio.
El cielo estrellado se extendía ante él como un lienzo infinito, y el viento del vacío silencioso y penetrante acariciaba su rostro mientras volaba a velocidades imposibles de medir.
Rigor no miró atrás.
Su mente estaba fija en un objetivo claro: libertad absoluta, el primer paso hacia un destino que solo él decidiría.
El planeta templario se hizo pequeño en la distancia, y el espacio se abrió ante él como un horizonte sin límites.
Así, comenzó su huida definitiva, marcando el inicio de la historia de aquel niño que un día sería templario, guerrero y leyenda.
Rigor extendió sus brazos y concentró todo su poder.
Su cuerpo comenzó a moverse cada vez más rápido, rompiendo incluso las leyes de la luz, atravesando el vacío del espacio a velocidades que ningún ser normal podría imaginar.
El cansancio empezó a acumularse en cada músculo, pero su determinación lo impulsaba.
Finalmente, un planeta apareció frente a él.
Su cuerpo, a pesar de soportar velocidades extremas, sentía el peso de la distancia recorrida y la presión de mantenerse en equilibrio absoluto.
Aterrizó suavemente en la superficie, observando su entorno con detenimiento.
Se trataba de una ciudad habitada por dragones humanoides.
Seres altos, musculosos, con escamas relucientes que cubrían sus brazos, torso y rostro.
Sus alas plegadas daban un aire majestuoso, y la energía que irradiaban era potente, aunque no amenazante para alguien de la talla de Rigor.
El ambiente tenía un toque tecnológico: pantallas flotantes, vehículos levitando y estructuras que combinaban lo mecánico con lo biológico.
Rigor caminó por las calles, atento y cauteloso, hasta que un cartel llamó su atención: “Los habitantes de este planeta son llamados Floult” La curiosidad se mezclaba con la necesidad de descansar.
Su cuerpo estaba agotado, y su mente buscaba un refugio temporal.
Finalmente, entre callejones y estructuras oxidadas, encontró un taller abandonado de reparación de vehículos.
El lugar olía a aceite y metal viejo, con máquinas a medio desarmar y herramientas esparcidas por el suelo.
Rigor entró, respirando profundo.
Por primera vez desde que había abandonado su planeta natal, podía relajarse unos instantes, aunque su instinto le decía que esta pausa sería solo breve.
Apenas Rigor cruzó el umbral del taller, algo en el ambiente le hizo fruncir el ceño.
Un olor particular impregnaba el aire: humo de cigarro, denso y áspero, mezclado con el aroma metálico del aceite seco.
Rigor avanzó entre las sombras, esquivando mesas llenas de herramientas y piezas mecánicas olvidadas.
Cada paso resonaba en la estructura vacía.
Entonces vio una puerta en el fondo, una vieja placa oxidada encima: “Mafia Sagitaria” El templario se detuvo, su respiración controlada, escuchando con precisión templaria.
Detrás de la puerta, varias voces hablaban en susurros roncos: —…el próximo transporte sale mañana.
—Mantengan las cajas cerradas, si esas sustancias se filtran otra vez, perderemos otro cargamento.
—El jefe dijo que nadie debe enterarse, ¿entendido?
Rigor apoyó la mano en la pared.
No sabía qué tipo de sustancias eran, pero la palabra mafia no presagiaba nada bueno.
Una parte de él quería alejarse de todo eso.
Hacer lo correcto.
Mantenerse limpio.
Pero otra parte… esa parte herida por años de sacrificio, pobreza, abusos y cargas que no pertenecían a un niño, le decía que necesitaba dinero, que necesitaba trabajo para no pensar en su familia, ni en su planeta, ni en las cosas que lo habían marcado desde tan pequeño.
Además… Si se quedaba allí, quizá podría perfeccionar su combate, aprender algo nuevo, refinar su arsenal.
Tal vez incluso corregir el curso de lo que esa mafia estaba haciendo desde adentro.
Con su corazón dividido entre luz y oscuridad, Rigor dio un paso más cerca de la puerta, mientras las voces seguían discutiendo.
Había tomado una decisión, incluso antes de abrirla: No volvería a ser un niño indefenso.
En este planeta, haría lo que fuera necesario para sobrevivir… y quizá, para cambiar algo.
Con un suspiro cargado de desesperación, empujó la puerta y entró.
Los presentes se giraron de golpe.
Todos lo observaron con desconfianza: no era un Floult, no era de su raza, no era de su mundo.
Rigor, con apenas 18 años, se plantó firme y dijo: —Necesito trabajo.
Uno de los mafiosos soltó una carcajada áspera.
—Lárgate, forastero.
No queremos problemas.
Rigor repitió, sin retroceder: —Dije que necesito trabajo.
Entonces un guardia más corpulento gruñó: —Te lo advertimos.
Fuera de aquí.
Fue la última gota.
Todo el enojo, la frustración, el cansancio de años se desbordó.
Rigor gritó.
No fue humano, no fue normal.
Su voz tembló como si partiera el aire mismo, y un pequeño terremoto sacudió el edificio.
Fragmentos del techo cayeron, las paredes crujieron, y todos se quedaron petrificados al sentir ese poder.
El silencio que siguió fue absoluto.
Entre los mafiosos, el único que no retrocedió fue un dragón de escamas rojizas, con un abrigo largo y un cigarrillo apenas encendido entre los colmillos.
Lo observó de arriba abajo, midiendo cada detalle, cada respiración, cada chispa de poder.
Ese era Clork, el jefe de la Mafia Sagitaria.
Y por primera vez desde que Rigor entró al planeta, alguien lo miró no con miedo… sino con interés.
Clork dio una última calada a su cigarrillo, expulsando el humo en forma de un suspiro pesado.
Sus ojos reptilianos brillaron con un tono afilado, calculador… interesado.
—Vaya… —murmuró, entrecerrando los ojos mientras inspeccionaba los fragmentos del techo en el suelo—.
Tienes potencial, chico.
Mucho más del que veo por aquí cada semana.
Los demás mafiosos seguían en silencio, sin saber si debían atacar, correr o arrodillarse.
Clork chasqueó los dedos, llamando la atención de todos.
—Bien.
Te vamos a unir.
Espero que sepas trabajar bien —dijo con una sonrisa ladeada, mezcla de amenaza y aprobación.
Rigor bajó la cabeza apenas, serio, firme, decidido.
—Sí.
Lo haré.
En ese instante, sin que él lo supiera, sin que nadie allí lo imaginara, estaba naciendo algo nuevo.
El comienzo del sicario más fuerte.
No un asesino común.
No un templario errante.
Sino una tormenta silenciosa, con un pasado que lo perseguía y un futuro que aún no sabía que marcaría la historia de universos enteros.
Continuará…
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Victor_Jose_Perez “Las decisiones difíciles requieren voluntades fuertes.”
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