History academy - Capítulo 25
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25: Entrenamiento de un sicario.
25: Entrenamiento de un sicario.
Durante los días siguientes, Rigor permaneció en el planeta Floult bajo la supervisión directa de la Mafia Sagitaria.
No fue llevado a un cuartel ni a un escondite común, sino a una casa lujosa, ubicada en lo alto de una ciudad tecnológica, con ventanales enormes y luces que bañaban la noche con tonos azules y dorados.
Allí, solo dos figuras ocupaban la sala principal.
Clork estaba de pie, apoyado contra una mesa de cristal, con una copa oscura en la mano.
Rigor permanecía recto, observando el lugar con calma contenida.
—No eres de aquí —dijo Clork, rompiendo el silencio—.
Ni siquiera hueles como este planeta.
—No lo soy —respondió Rigor sin rodeos—.
Solo busco trabajo… y algo de silencio en mi cabeza.
Clork soltó una risa baja.
—Curioso.
La mayoría viene aquí buscando poder, dinero o venganza.
Tú suenas cansado.
Rigor apretó los puños.
—Desde niño he tenido que hacer cosas que no me correspondían.
Cargar con vidas, decisiones… sangre.
—Hizo una pausa—.
No vine a jugar a ser un criminal.
Vine porque no me queda otra opción.
Clork lo observó con atención, dando una vuelta lenta alrededor de él.
—Entonces dime, chico —dijo con voz grave—, ¿qué harías si te ordeno matar a alguien que no conoces?
Rigor no respondió de inmediato.
—Si esa persona amenaza la estabilidad…
Lo haré.
—Levantó la mirada, fría—.
Pero no mato por capricho.
Clork sonrió, mostrando colmillos afilados.
—Eso te hace peligroso.
Los peores sicarios son los que creen tener principios.
—Y los peores jefes —respondió Rigor— son los que creen que sus hombres son desechables.
El aire se tensó.
Por un instante, Clork pensó en atacarlo.
Luego, rió.
—Me gustas, chico.
No te doblegas fácil.
—Se acercó y lo miró a los ojos—.
Aquí no te prometo justicia.
Te prometo sobrevivir.
—Eso basta —dijo Rigor.
Clork alzó su copa.
—Entonces es un trato.
Aprenderás a moverte en este mundo… y yo veré hasta dónde llega tu monstruo interior.
Rigor se quedó en silencio.
Por dentro, sabía que ese camino lo mancharía aún más.
Pero también sabía algo más peligroso: Si iba a caer en la oscuridad, sería bajo sus propias reglas.
Y observo a Clork, su mirada baja, aquel templario tenía esa mirada callada y baja.
Rigor no respondió.
No hacía falta.
En el fondo sabía que Clork tenía razón.
Aquello no era solo trabajo… era una forma de silenciar las voces que lo atormentaban.
Esa presión constante en su mente, ese estrés que le susurraba que todo era su culpa, que cada error, cada muerte, cada carga le pertenecía solo a él.
El silencio era su refugio.
Y la violencia, su método.
Clork lo notó.
—Entrénalo —ordenó, girándose hacia uno de sus guardias—.
Y hazlo bien.
Quiero verlo romperse… y volver a levantarse.
El guardia asintió.
No era cualquiera: su postura, sus cicatrices y su presencia dejaban claro que era un veterano, alguien que había sobrevivido a más de lo que contaba.
—Después —continuó Clork— lo llevarás a su primera misión.
Rigor levantó la mirada apenas.
Clork sonrió.
—Aquí, la primera misión es como un cumpleaños —dijo—.
Un rito de iniciación.
—Se acercó un poco más—.
Si sobrevives, no solo ganas dinero… ganas respeto.
El mío, y el de todos los demás.
Rigor cerró los ojos por un instante.
Respiró.
Las voces en su cabeza se atenuaron.
—Entendido —dijo finalmente.
En ese momento, sin ceremonias ni aplausos, su destino quedó sellado.
No como un simple miembro de la Mafia Sagitaria… Sino como alguien que, tras completar ese rito, sería visto como uno de ellos.
Temido.
Respetado.
Y así, con entrenamiento brutal y una misión que definiría su futuro, comenzó la verdadera transformación de Rigor.
En ese momento, algo sono en el aire un sonido particular.
El silbido cortó el aire seco del patio de entrenamiento.
Rigor, que observaba el suelo de piedra como si pudiera encontrar respuestas entre las grietas, alzó lentamente la mirada.
Frente a él estaba aquel hombre.
Su postura era relajada, pero su sola presencia imponía respeto.
El cuerpo del sicario estaba marcado por cicatrices antiguas, algunas mal cerradas, otras tan viejas que parecían parte natural de su piel.
—Chico —dijo el hombre, cruzándose de brazos—, deja de mirar como si el mundo te debiera algo.
Rigor no respondió de inmediato.
Sus ojos se clavaron en él, fríos, atentos.
—Te voy a entrenar —continuó el sicario—.
Y cuando digo “entrenar”, me refiero a hacerlo de verdad.
Nada de juegos, nada de compasión.
Dio un paso al frente.
—Aprenderás con detenimiento.
Cada error te dolerá… y cada acierto te mantendrá con vida.
Rigor apretó ligeramente los puños.
—¿Ese es tu método?
—preguntó al fin, con una voz calmada, demasiado calmada.
El hombre soltó una breve risa nasal.
—Mi método es simple: los que sobreviven, mejoran.
Los que no… ya no importan.
Se señaló el pecho con el pulgar.
—Me presento como debe ser.
Soy Rod.
Sicario desde antes de que tú supieras empuñar algo con intención.
Rod ladeó la cabeza, evaluándolo.
—Espero que puedas animarte bien al entrenamiento, Rigor.
Porque no todos llegan a su primera misión… y los que lo hacen, nunca vuelven siendo los mismos.
Rigor desvió la mirada un instante.
En su interior, las voces seguían ahí.
Susurrando culpas, responsabilidades imposibles, errores que no podía corregir.
Todo parecía recaer sobre él.
Todo.
Tal vez… —pensó— si me convierto en algo más peligroso que esas voces… se callen.
Volvió a mirar a Rod.
—No me importa en qué me convierta —dijo—.
Mientras pueda dejar atrás lo que perdí.
Rod lo observó en silencio durante unos segundos.
Luego asintió lentamente.
—Eso es bueno —respondió—.
Porque tu cuerpo va a volverse peligroso.
Muy peligroso.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar.
—Sígueme.
Hoy empezamos a romper lo que crees que eres.
Rigor lo siguió sin dudar.
En el fondo de su pecho, algo se endurecía, algo se cerraba.
Tal vez estaba dejando atrás a sus seres amados…
Pero si ese era el precio para sobrevivir, estaba dispuesto a pagarlo.
Y eso era para el una deuda consigo mismo.
Rigor caminaba detrás de Rod, pero su mente no estaba allí.
Las voces seguían presentes, superpuestas unas con otras, empujándolo, exigiéndole, reprochándole cosas que ni siquiera sabía si eran reales.
Cada paso era pesado, no por el cansancio, sino por el ruido constante dentro de su cabeza.
“Todo es tu culpa.
Si hubieras sido más fuerte… No falles otra vez.” Apretó los dientes.
Tras varios minutos, Rod se detuvo.
Frente a ellos se abría un campo de entrenamiento circular, rodeado por muros metálicos reforzados.
El suelo estaba marcado por golpes, quemaduras y grietas.
En el centro, un ring simple, sin adornos.
No era un lugar para lucirse.
Era un lugar para sobrevivir.
Rod señaló el ring con la cabeza.
—Aquí se entrena lo necesario —dijo—.
Y lo justo.
Se giró para mirarlo directamente a los ojos.
—Con o sin poderes —añadió con voz firme—.
Tú decides.
Rigor observó el ring en silencio.
Sintió cómo su cuerpo reaccionaba instintivamente, tensándose, preparándose.
Durante un segundo, la tentación de usar su poder cruzó por su mente.
Sería más fácil.
Más seguro.
Pero también sería una mentira.
—Sin poderes —respondió finalmente.
Rod alzó una ceja.
—¿Seguro?
Rigor asintió.
—Si dependo de ellos desde ahora… cuando no los tenga, moriré —dijo con frialdad—.
Prefiero aprender a anticipar golpes.
Leer movimientos.
Cuidarme de cualquier cosa.
Rod sonrió apenas.
No era una sonrisa amable, sino una aprobación silenciosa.
—Bien —dijo—.
Eso significa que todavía piensas.
Subió al ring y se colocó en posición.
—Escucha bien, Rigor.
Aquí no vas a ganar.
Aquí vas a aprender a no caer.
Rigor subió también.
Sus pies tocaron el suelo marcado por antiguas batallas.
Respiró hondo.
Por un instante, las voces parecieron bajar el volumen.
Rod alzó los puños.
—Primera regla —dijo— no esperes señales.
En el mismo segundo en que terminó la frase, Rod se lanzó hacia adelante.
Y Rigor entendió que este entrenamiento no buscaba hacerlo más fuerte… sino romper todo lo que aún quedaba débil en él.
Rod cerró la distancia en un instante.
Su puño derecho salió directo, limpio, apuntando al pecho de Rigor sin rodeos ni advertencias.
No era un golpe de prueba, era uno para medir reacción.
Rigor lo vio venir.
Giró el torso apenas y levantó el brazo izquierdo, cruzándolo frente a su pecho.
El impacto resonó seco, brutal.
El golpe no lo atravesó, pero la fuerza recorrió su brazo hasta el hombro, entumeciéndolo.
Aun así, no retrocedió.
Rod no se detuvo.
Con la misma fluidez, sin perder equilibrio, lanzó su puño izquierdo.
Esta vez no apuntó a bloquear, apuntó a romper.
El impacto dio de lleno en el pecho de Rigor.
—¡Hmph…!
—el aire salió de sus pulmones de golpe.
Rigor sintió cómo su cuerpo se echaba hacia atrás medio paso, el suelo vibró bajo sus pies.
El dolor fue inmediato, profundo, pero no suficiente para derribarlo.
Apretó los dientes, clavó los talones y aguantó el retroceso.
Rod lo observó con atención mientras retiraba el puño.
—No caíste —dijo con tono neutro—.
Bien.
Rigor respiró con dificultad, el pecho ardiéndole por dentro.
Las voces intentaron colarse de nuevo, burlándose, exigiendo más.
“No es suficiente.” “Te va a romper.” Rigor alzó la mirada, firme.
—¿Eso era todo…?
—murmuró, aún recuperando el aire.
Rod esbozó una leve sonrisa peligrosa—.
Eso solo fue para saber si valía la pena seguir—.
Rod volvió a colocarse en guardia.
—Ahora empieza el entrenamiento de verdad.
Rod comenzó a acelerar.
Sus movimientos dejaron de ser lineales; ahora había ritmo, cambios de ángulo, presión constante.
Cada golpe venía con más peso, más intención.
Rigor apenas tenía tiempo para pensar: esquivaba, desviaba, giraba el torso, retrocedía medio paso, volvía a avanzar.
Su respiración se volvió irregular, pero su enfoque seguía firme.
Hasta que ocurrió.
Un golpe simple, casi invisible, le dio directo al rostro.
El impacto hizo que su cabeza retrocediera bruscamente, la vista se le nubló por un instante.
Antes de que pudiera reajustar su postura, un puño se incrustó en sus costillas.
El dolor fue seco, profundo.
El aire volvió a escapársele y su guardia bajó apenas un segundo.
Fue suficiente.
Rod giró la cadera y lanzó un golpe limpio, directo a la mandíbula.
El mundo de Rigor se inclinó.
Su cuerpo cayó contra el suelo con un golpe sordo.
El ring vibró.
Durante un instante, solo escuchó un zumbido constante en sus oídos… pero aun así, apretó los dientes y se levantó.
Sin pensar, sin permitir que las voces lo alcanzaran, Rigor corrió hacia adelante.
Usó el impulso, bajó el centro de gravedad y ejecutó un barrido con ambas piernas, buscando derribar a Rod.
Rod lo vio venir.
Sus ojos se afilaron.
Con un movimiento rápido y preciso, de sus garras surgió un lazo de energía, compacto y feroz.
El lazo atrapó a Rigor por el cuello antes de que pudiera reaccionar.
—Demasiado predecible —dijo Rod con frialdad.
Tiró de la energía con toda su fuerza.
El cuerpo de Rigor fue elevado por los aires, los pies dejando el suelo mientras la presión en su cuello se volvía insoportable.
El mundo giró.
La sangre le retumbaba en las sienes.
Y luego… Rod lo estrelló contra el piso.
El impacto fue brutal.
El cuerpo de Rigor quedó inmóvil, y la energía del lazo se disipó lentamente.
Sus ojos se cerraron mientras la conciencia se apagaba por completo.
Un silencio hubo después y era un silencio que se podría decir que era incómodo.
Rod observó el cuerpo desmayado durante unos segundos.
Luego soltó el aire y bajó la guardia.
—Sobreviviste más de lo que pensé —murmuró—.
Eso ya dice bastante.
Se dio media vuelta.
—Cuando despierte… empezaremos desde el error.
Porque ese golpe, esa caída, no sería el final, sino el verdadero inicio del sicario que estaba siendo forjado.
Rigor despertó exactamente diez segundos después.
No abrió los ojos de golpe.
Primero volvió el dolor: profundo, extendido, metido en los huesos.
Cada músculo le ardía como si hubiese sido golpeado desde dentro.
Luego vino el peso del cuerpo contra el suelo… y finalmente, la conciencia.
Pero su mirada ya no era la misma.
Cuando abrió los ojos, no había confusión ni miedo.
Había enojo contenido, una seriedad tan densa que parecía cortar el aire.
Sus pupilas brillaron con un tono violento, casi antinatural, y su cabello reflejó ese mismo destello, como si su poder estuviera respondiendo a su estado mental incluso sin ser invocado del todo.
Rod lo sintió.
No lo vio levantarse.
Rigor ya estaba en movimiento.
Con una velocidad casi imperceptible, su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Su pierna derecha descendió con brutal precisión hacia la espina cervical, un golpe diseñado no para herir… sino para terminar.
El aire se quebró con el descenso, como si la atmósfera hubiera sido cortada por una hoja invisible.
Rod apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Instintivamente alzó la mano, concentró energía y endureció su resistencia al máximo.
El impacto llegó de lleno.
El dolor fue inmediato, salvaje.
Rod cayó de rodillas contra el suelo, el ring vibró y una grieta fina se extendió bajo él.
Su brazo temblaba, los músculos tensos al límite de romperse.
Antes de que pudiera incorporarse, Rigor ya estaba frente a él.
Sin palabras.
Sin vacilación.
Un golpe directo al rostro.
El puño impactó con una fuerza seca y compacta, expulsando el aire de los pulmones de Rod.
Su cuerpo salió despedido hacia atrás, deslizándose casi noventa centímetros sobre el suelo antes de detenerse.
No era una gran distancia… pero era más de lo que Rod había permitido a cualquiera en mucho tiempo.
Rigor dio un paso al frente.
Luego otro.
Su intención era clara: seguir.
Pero su cuerpo dijo lo contrario.
Un espasmo recorrió sus piernas.
El cansancio acumulado, los golpes recibidos, el lazo, el impacto contra el suelo… todo cayó sobre él de golpe.
Su respiración se volvió pesada, irregular.
Sus puños temblaron levemente.
Se detuvo.
No por miedo.
Por límite físico.
Rod, aún en el suelo, lo observó con atención.
No había enojo en su expresión, ni burla.
Solo una evaluación fría… y algo más.
Interés uno que jamás experimento por esta persona.
—Esa mirada… —murmuró mientras se incorporaba con dificultad—.
Esa no la tiene alguien que solo quiere sobrevivir.
Rigor no respondió.
Apretó los dientes, el dolor seguía ahí, pero su mirada no cedía.
Era la mirada de alguien que ya había cruzado una línea.
Y aunque su cuerpo estuviera cansado, algo dentro de él acababa de despertar.
Pasaron dos meses.
No fueron rápidos.
No fueron sencillos.
Y definitivamente no fueron limpios.
Durante ese tiempo, Rigor dejó de entrenar como un principiante y empezó a hacerlo como alguien que ya no podía darse el lujo de fallar.
Su cuerpo se volvió más preciso que fuerte, más calculador que explosivo.
Cada movimiento tenía un propósito, cada golpe una intención clara.
Aprendió a atacar puntos vitales con una exactitud quirúrgica: nervios, articulaciones, zonas de presión, puntos donde un impacto no mataba… pero sí apagaba el cuerpo.
Aprendió también lo contrario: cómo matar rápido, sin exceso, sin ruido innecesario.
Lo justo.
Lo necesario.
Nada más.
Su vestimenta cambió con él.
Ya no era ropa común.
Era un traje funcional, diseñado para el combate y la guardia al mismo tiempo: resistente, flexible, preparado para proteger sin estorbar.
No imponía por apariencia, imponía por lo que representaba.
Quien lo veía sabía que ese no era un civil… pero tampoco un soldado cualquiera.
Era algo intermedio.
Algo peligroso.
Después de ese periodo, el entrenamiento cambió de forma.
Se volvió solitario.
No porque Rod no pudiera enseñarle más, sino porque había cosas que solo Rigor podía aprender por sí mismo.
Cosas que nadie más entendía del todo.
Cosas que pertenecían a su raza… y a su voluntad.
El entrenamiento de detener el tiempo.
No había testigos.
No había guías.
No había errores permitidos.
Rigor se aislaba por completo.
Sentía cómo el mundo intentaba seguir avanzando mientras él forzaba su voluntad contra la realidad misma.
Al inicio eran fracciones mínimas, parpadeos donde todo parecía ralentizarse.
Luego segundos.
Momentos donde el viento quedaba suspendido y el sonido se quedaba en silencio.
El costo era alto.
Dolor.
Mareos.
Sangre en la boca.
Pero aun así, continuó.
Porque ese poder no dependía de fuerza externa ni de entrenamiento físico.
Dependía de él, de su control, de su mente, de su capacidad de no perderse dentro de ese silencio absoluto.
Y lo entendió.
Ese poder no se le podía enseñar.
No se le podía prestar.
No se le podía robar.
Era suyo.
Al final de esos dos meses, Rigor ya no era el chico que había entrado a pedir trabajo.
Tampoco era solo un sicario en formación.
Era alguien que sabía exactamente cuánto daño causar… y cuándo detenerse.
Y aunque el mundo siguiera avanzando, Rigor ya había aprendido algo fundamental: Cuando fuera necesario, él decidiría cuándo el tiempo debía detenerse.
Continuó entrenando solo, lejos de miradas ajenas, lejos incluso de cualquier expectativa.
Cada sesión era una lucha directa contra sí mismo y contra las leyes que gobernaban la realidad.
Al principio, detener el tiempo por un yoctosegundo ya había sido un logro absurdo, una hazaña que para cualquier otro sería imposible de percibir siquiera.
Pero para Rigor ya no era suficiente.
Ese lapso, aunque perfecto para reaccionar, esquivar o ajustar un golpe, no le permitía dominar la situación.
Solo le daba ventaja.
Y él quería control.
Su cuerpo empezó a responder antes que el pensamiento.
Cuando activaba esa detención mínima, el mundo se quebraba en silencio: partículas suspendidas, ondas de choque congeladas, el aire inmóvil como si se hubiera vuelto sólido.
En ese instante infinitesimal, Rigor podía moverse con una velocidad que no pertenecía al tiempo normal.
Para los demás, simplemente desaparecía y reaparecía.
Pero el costo seguía ahí.
Cada intento de extender ese lapso le provocaba una presión brutal en el pecho, como si el universo mismo tratara de expulsarlo.
Su respiración se volvía pesada, la visión se fragmentaba, y su sangre ardía.
Aun así, insistía.
Porque sabía algo fundamental: el tiempo no se dominaba con fuerza, sino con presión constante.
Y entonces lo entendió.
Si quería avanzar, no bastaba con entrenar en soledad.
Necesitaba llevar esa técnica al límite en combate real, donde el estrés, el peligro y la intención de matar forzaran a su cuerpo a adaptarse o romperse.
Aceptó su primera misión.
No lo hizo por lealtad a la mafia.
No lo hizo por dinero.
Lo hizo porque necesitaba ponerse al borde.
Sabía que en una misión real no habría segundas oportunidades.
Cada error sería castigado, cada duda sería fatal.
Y justamente ahí, bajo esa presión absoluta, el tiempo tendría que ceder más.
Tendría que detenerse más… o él moriría en el intento.
Mientras se preparaba, Rigor sintió cómo su mente se volvía fría, enfocada.
Las voces internas se apagaron por primera vez en mucho tiempo.
Solo quedó una idea clara: usar la presión del combate para romper su propio límite.
No veía esa misión como un encargo.
La veía como una extensión de su entrenamiento.
Como el siguiente paso inevitable.
Y así, con el tiempo ya temblando a su alrededor incluso antes de detenerse, Rigor avanzó hacia su primera misión, sabiendo que de ese momento en adelante cada combate sería una prueba contra la realidad misma.
Rigor recordó con claridad aquel momento.
La voz de Clork no había sido elevada ni agresiva, pero tenía ese tono seco y firme de alguien que ya había tomado la decisión mucho antes de pronunciarla.
—Escucha bien, chico —le dijo Clork, cruzando los brazos mientras lo observaba sin pestañear—.
Tu primera misión no es un juego ni un castigo.
Es una prueba.
Rigor no respondió.
Solo escuchó.
—Hay una banda rival —continuó—.
Robaron armas que son de nuestra propiedad.
No es negociable.
No se dialoga con quienes se llevan lo que no es suyo.
Clork dio un paso al frente.
—Tu trabajo es simple: recuperar esas armas.
—Hizo una breve pausa, lo suficiente para que las palabras pesaran.
—Y matar a los contrincantes.
Todos los que se interpongan.
Rigor alzó ligeramente la mirada.
—Si dudas, mueres.
Si fallas, no vuelves.
Y si cumples… —Clork esbozó una sonrisa mínima— te ganas tu lugar.
Esas palabras quedaron clavadas en la mente de Rigor como cuchillas.
No las repitió en voz alta, no las discutió, no las cuestionó.
Simplemente se quedaron ahí, girando una y otra vez en su cerebro.
Recuperar las armas.
Matar a los contrincantes.
Nada más.
Nada menos.
Mientras avanzaba hacia su misión, Rigor apretó los puños.
No sentía orgullo ni emoción.
Tampoco miedo.
Solo una calma peligrosa, pesada, como el silencio antes de que el tiempo se rompa.
No iba a excederse.
No iba a fallar.
Haría lo justo y necesario.
Y si para eso debía mancharse las manos, lo haría sin dudar, porque en ese mundo, dudar era morir.
Continuará…
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