History academy - Capítulo 26
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 26: La misión.
Rigor avanzaba hacia el lugar indicado con pasos firmes, medidos. Cada pisada era silenciosa, calculada, como si incluso el suelo supiera que no debía delatarlo. Su rostro no mostraba emoción alguna: ni tensión, ni nervios, ni expectativa. Solo una seriedad sólida, casi pesada, que se había asentado en él con el paso de los días.
No siempre había sido así. Antes, Rigor observaba más de lo necesario, dudaba un segundo de más, pensaba en consecuencias que ya no importaban. No era frío, tampoco verdaderamente cauteloso. Era… Como ser un humano, aunque el sabe que es un templario en el sentido más incómodo de la palabra.
Pero ahora… Ahora algo dentro de él había cambiado. Las voces ya no gritaban; susurraban. El estrés ya no lo empujaba; lo afilaba.
Cada recuerdo, cada golpe recibido en el entrenamiento, cada palabra de Clork, se había compactado en su interior, formando una voluntad dura, casi inquebrantable. No caminaba con prisa, porque no la necesitaba. El tiempo, al final, siempre terminaba obedeciéndole.
Sus ojos morados observaban el entorno con una calma peligrosa. Edificios, sombras, rutas de escape, posibles emboscadas: todo era analizado de manera automática, sin esfuerzo consciente. Su respiración era lenta, constante, como si su cuerpo ya supiera que pronto tendría que moverse más rápido que la realidad misma.
No sentía odio por quienes iba a enfrentar. Tampoco placer. Solo una aceptación silenciosa. Esto es lo que debo hacer. Y mientras se acercaba al punto exacto de la misión, Rigor comprendió algo que lo inquietó más que cualquier combate: no le temía a lo que iba a pasar… Le preocupaba lo fácil que se había vuelto aceptar quién estaba empezando a ser.
Rigor caminaba como alguien que ya había aceptado lo que debía hacer. No buscaba justificación, ni perdón, ni redención. Solo el cumplimiento de un objetivo. Recuperar las armas. Eliminar a los enemigos. Volver.
En ese trayecto silencioso, el muchacho que alguna vez huyó de su planeta, que cargó con culpas demasiado grandes para su edad, quedó atrás.
Lo que avanzaba ahora no era un niño roto ni un joven perdido. Era un sicario en su primera misión. Y el mundo, quisiera o no, estaba a punto de sentirlo.
Y en esos instantes, Rigor llegó al punto de encuentro; el lugar donde, entre muchas comillas, se encontraban “las armas”.
Rigor se detuvo a unos metros del objetivo. Frente a él se alzaba un hangar enorme, oxidado por la sal del mar, encajado justo en el límite del puerto marítimo. El aire olía a metal húmedo, combustible y pólvora vieja. A lo lejos, varios barcos aguardaban anclados, silenciosos, como bestias pacientes listas para devorar la carga prohibida que pronto subirían a bordo.
Sus ojos recorrieron el lugar con calma quirúrgica.
En uno de los costados del hangar distinguió el símbolo de la mafia rival. Klostrudia. El nombre estaba pintado con orgullo, acompañado de marcas que parecían más propias de una nación que de una simple organización criminal. Rigor no conocía su significado ni le interesaba aprenderlo. En ese momento, no era historia, no era política. Era un objetivo.
Había venido a cumplir la misión. Nada más. Sin embargo, algo rompió el flujo normal de sus pensamientos. Un movimiento pequeño, rápido, casi imperceptible.
Rigor entrecerró los ojos y lo vio: un niño, demasiado joven para estar ahí, se deslizó por un portillo lateral del hangar. Su forma de moverse no era la de un civil curioso, sino la de alguien decidido… O desesperado. Segundos después, el niño se lanzó contra uno de los hombres de Klostrudia, con una valentía absurda y suicida.
—Tch… —murmuró Rigor, sin emoción aparente, aunque algo se tensó en su pecho.
No dudó. Con un solo impulso, saltó hacia el techo del hangar. El salto fue amplio, limpio, imposible para cualquiera que no fuera templario. Su cuerpo cortó el aire y cayó sin ruido, agazapado, observando desde arriba. Podía haber volado, podía haber descendido directamente como un espectro letal… pero no lo hizo.
Era su primera misión. Y, en el fondo, quería algo más que eficiencia. Quería sentirla. Saltó desde el techo y descendió al interior del hangar con una caída controlada, casi elegante. Sus botas tocaron el suelo con un golpe seco que resonó entre las estructuras metálicas. Algunos de los hombres voltearon de inmediato, confundidos.
Rigor no apartó la vista del niño.
—No te mueras todavía… —pensó—. No hoy.
Había venido a matar, sí. A recuperar armas, a eliminar una banda rival. Pero ese niño se había convertido en una variable inesperada. Una que no pensaba ignorar. Si iba a disfrutar su primera misión, también se aseguraría de que ese pequeño no terminara convertido en un cadáver más sobre el concreto del puerto.
El hangar, los barcos, la mafia Klostrudia… todo eso seguía siendo el objetivo. Pero ahora, la cacería había comenzado de verdad.
Rigor percibió a los dos guardias antes incluso de que el niño terminara de avanzar. Estaban del otro lado del pasillo metálico, apoyados con desgano, armas colgando, confiados. Demasiado confiados.
Fue entonces cuando el mundo dejó de avanzar.
El sonido del mar se quebró primero, luego el eco del hangar se estiró hasta volverse inexistente. El tiempo se comprimió hasta una fracción absurda, más pequeña que un yoctosegundo, un intervalo donde ni siquiera la luz tenía derecho a moverse. En ese silencio absoluto, Rigor dio un solo paso.
Apareció frente al primer guardia. Su mano se movió con precisión quirúrgica. Un golpe seco en la sien, exactamente donde el nervio craneal no perdona errores. El impacto no fue exagerado, fue perfecto. Antes de que el cuerpo pudiera reaccionar, su otro puño descendió al plexo solar, hundiéndose lo justo para apagar la respuesta del cuerpo, asegurando la muerte o, en el mejor de los casos, una falla total de los sistemas vitales.
El segundo guardia nunca llegó a entender qué pasaba. Rigor ya estaba frente a él. Un golpe directo a la boca del estómago, lo suficientemente profundo para vaciar el aire de los pulmones congelados en el tiempo. Luego la tráquea, con un impacto corto, preciso, que quebró toda posibilidad de respiración. Por último, dos dedos se clavaron en un punto exacto cercano al corazón, un nervio olvidado incluso por la medicina común. Parálisis o muerte. El resultado era irrelevante.
Rigor no se quedó a observar. Se desplazó, desapareciendo entre las sombras del hangar, ocultándose tras vigas oxidadas y contenedores apilados. Su respiración era estable. Su rostro, inexpresivo.
Entonces, el tiempo volvió a moverse. El sonido regresó como una avalancha. El niño dio un paso más hacia adelante, sin notar nada extraño al principio. Los dos guardias lo miraron… o intentaron hacerlo. El dolor llegó después, brutal, simultáneo, como si sus corazones hubieran decidido detenerse al mismo tiempo. Sus cuerpos se tensaron, los músculos se contrajeron sin control, y ambos cayeron al suelo con violencia, convulsionando apenas antes de quedar inmóviles.
El niño se quedó congelado, temblando, sin entender qué había pasado. Desde las sombras, Rigor observó. No había orgullo en sus ojos.
Tampoco culpa. Solo una certeza fría y clara: había hecho lo justo y necesario. Y mientras el puerto seguía su rutina ignorante, Rigor entendió que este era solo el inicio. El tiempo, la muerte y la precisión ya le pertenecían.
El niño retrocedió un paso, temblando. Bajo la luz sucia y parpadeante del hangar, Rigor pudo verlo con claridad por primera vez… y entendió de inmediato que aquello no era algo común.
No era humano. Tampoco un dragón puro. Escamas verde oscuro cubrían partes de sus brazos y su cuello, irregulares, mal formadas, como si su cuerpo jamás hubiese terminado de decidir qué debía ser. En su frente asomaban dos pequeños cuernos torcidos, uno más corto que el otro, defectuosos para cualquier estándar dracónico. Sus ojos, de pupila vertical, brillaban con un amarillo intenso, un color que no pertenecía a ninguna casa dracónica registrada en ese planeta. Y la cola que arrastraba por el suelo era delgada, casi serpentina, más reptiliana que dracónica.
Un híbrido. Un error genético para los clanes orgullosos. Un tesoro peligroso para quienes traficaban con poder. Y como si eso no fuera suficiente… aquel híbrido acababa de hacer lo imposible.
Frente a él, el aire se desgarró. Un portal oscuro se abrió con un susurro antinatural, salpicado de pequeñas luces que parecían estrellas atrapadas en la negrura. La presión que emanó del umbral fue suficiente para que varios guardias a la distancia se tensaran de inmediato. De aquel portal emergió una criatura de tres ojos, cuerpo musculoso, piel densa como piedra viva y garras capaces de atravesar acero. Para la gente del puerto, aquello era mitología. Para los libros, una leyenda. Para el niño… solo era un guardaespaldas.
Rigor observó desde su escondite. Su instinto le gritaba que aquello ya había cruzado el punto de simple infiltración. Era momento de actuar.
Salió de las sombras sin prisa, su presencia cortando el ambiente como una hoja invisible. Nadie lo vio venir. Con un simple movimiento de dedo, una presión brutal apareció en el cuerpo de dos mafiosos más adelante. No fue un golpe visible ni un ataque llamativo: fue una fuerza interna, precisa, directa al corazón. Ambos cayeron muertos al instante, sin siquiera entender qué los había matado.
El niño lo observó, con los ojos abiertos de par en par.
Rigor sostuvo su mirada. No vio miedo en él. Vio costumbre. Vio rechazo ajeno convertido en resistencia propia.
—Eres especial —dijo Rigor con voz firme, sin juicio alguno—. A tu manera.
La criatura invocada giró de inmediato, reaccionando a la presencia de Rigor. Sus garras se tensaron y su cuerpo se preparó para atacar. Rigor no se movió. No levantó la guardia. No activó el tiempo.
El niño alzó la mano con dificultad.
—No… —dijo, con voz temblorosa pero decidida—. No me hará nada. — La invocación se detuvo.
Rigor entrecerró los ojos, sorprendido no por la criatura, sino por el control. Aquello no era un simple pacto. Era obediencia absoluta.
Entonces miró más allá. Al cargamento. A las cajas selladas, las armas de fuego, los explosivos, los contenedores reforzados. Todo eso estaba ahí… pero no era el objetivo real.
Rigor lo entendió al instante. Las armas eran secundarias. El verdadero botín… era el niño. Y en ese momento, Rigor supo que la misión había cambiado de forma, pero no de propósito. Lo justo y necesario ya no era solo matar. Ahora también era proteger.
Rigor no perdió más tiempo. Alzó la mano y, con un gesto preciso, el suelo bajo las cajas comenzó a deformarse. No eran portales comunes: eran brechas temporales, heridas abiertas en el flujo del tiempo mismo. El metal crujió cuando el espacio se plegó sobre sí, y una por una, las cajas desaparecieron, absorbidas por aquella grieta silenciosa.
Cada envío fue exacto. Sin desvíos. Sin error. A kilómetros de distancia, en la residencia de la Mafia Sagitaria, las brechas se abrieron de nuevo. Las cajas aparecieron ordenadas, intactas, alineadas frente a Clork y Rod. No hubo necesidad de palabras: aquello solo podía significar una cosa.
La misión estaba cumplida.
Clork observó el cargamento con una sonrisa lenta, calculadora. Sus ojos no se quedaron en las armas más de lo necesario. Miró hacia el vacío, como si pudiera ver más allá del espacio que separaba ambos puntos.
—Falta ese niño —dijo finalmente, con voz cargada de interés—. Es una delicia. Tiene una habilidad peligrosa en las manos correctas.
Rod cruzó los brazos, asintiendo con seriedad. Él no sonreía, pero sus ojos brillaban con comprensión profesional.
—Exacto —respondió—. No es solo talento. Es control. Y eso no se enseña fácilmente.
En el mismo lugar donde ya las cajas no se encontraban, Rigor permanecía inmóvil frente al niño híbrido. El eco del portal aún vibraba en el aire. La criatura invocada seguía en guardia, pero ya no avanzaba. El niño respiraba con dificultad, consciente de que algo grande acababa de suceder… y de que el templario frente a él no era un enemigo común.
Rigor bajó lentamente la mano. Había cumplido la orden. Las armas ya no estaban allí. Pero las palabras de Clork, aunque lejanas, parecían resonar en su mente.
“Falta ese niño”.
Rigor miró de nuevo al híbrido. No como un objetivo. No como un botín. Sino como alguien atrapado en una red que él conocía demasiado bien. Y por primera vez desde que aceptó la misión, Rigor dudó… solo un instante. Bajó un poco la guardia y, sin apartar del todo la atención del entorno, le habló al niño con una voz firme, pero extrañamente calmada.
—¿Cuál es tu nombre? —dijo—. No quiero llamarte de otra forma que no sea tu nombre.
Las brechas temporales se cerraron por completo, como si nunca hubieran existido. El aire volvió a sentirse pesado. Rigor suspiró con lentitud; sabía que aún no había terminado. La mafia contraria no tardaría en reaccionar.
El niño respondió sin dudar, casi como si hubiera estado esperando esa pregunta.
—Clasto.
Rigor alzó ligeramente una ceja y dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Vaya… un nombre peculiar.
Clasto sonrió también, por primera vez sin miedo. Luego alzó la mano y habló con autoridad inesperada para su edad.
—Xagtor, verifica el área.
La invocación obedeció de inmediato. El monstruo de tres ojos se desplazó como una sombra viva, fusionándose con la oscuridad del hangar y extendiendo su percepción. Rigor observó con atención. No era una simple criatura: era un vínculo.
No pasó mucho tiempo.
Desde los barcos comenzaron a bajar figuras enormes, mafiosos de cuerpos pesados y miembros de seguridad armados hasta los dientes. El barco del que salían era extraño: reforzado, sellado, sin un solo sonido escapando de su interior, como si ocultara algo más que armas. Cuando tocaron el muelle, empezaron a gritar órdenes, llamando refuerzos, cerrando rutas.
Entonces ocurrió. Una explosión estalló de repente. Fuego y presión surgieron desde uno de los guardias, expulsados violentamente desde su propia boca como si algo hubiera detonado dentro de él. La onda expansiva sacudió el hangar. Xagtor fue alcanzado de lleno y cayó al suelo, su cuerpo deformándose mientras el fuego lo envolvía.
—¡Xagtor! —exclamó Clasto.
Pero antes de que el miedo pudiera tomarlo por completo, vio cómo la sombra de su invocación se estiraba, deslizándose por el suelo hasta alcanzarlo. La oscuridad lo envolvió y, en un parpadeo, Xagtor se replegó dentro de él, desapareciendo sin dejar rastro.
Clasto quedó intacto.
Rigor observó la escena con una sonrisa lenta, peligrosa. Sus músculos se tensaron, su postura cambió. El cansancio desapareció, reemplazado por una claridad absoluta.
—Bien… —murmuró—. Hora de poner a prueba el entrenamiento.
El aire pareció contraerse a su alrededor. Frente a ellos, la mafia rival avanzaba sin saber que ya era demasiado tarde.
Rigor avanzó con una sonrisa que no ocultaba nada. No era calma. Era disfrute puro. Fue directo hacia uno de los guardias, sin armas, sin rodeos, a puño limpio. Su estilo era feroz, preciso, casi elegante en su brutalidad.
El guardia apenas alcanzó a levantar el arma cuando Rigor le aplastó el pie contra el suelo con un solo movimiento seco. El crujido fue claro. Antes de que el hombre pudiera gritar, Rigor ya estaba golpeando.
No miraba siquiera. Un puño a la tráquea, justo para cortar el aire. Otro a la mejilla, girando el rostro. Luego a la sien, exacto, quirúrgico.
Mientras tanto, con la otra mano, se peinaba el cabello hacia adelante, como si aquello fuera un juego, como si el combate no mereciera toda su atención. Sonreía. No una sonrisa amable, sino la de alguien que había encontrado su ritmo.
Giró sobre sí mismo, retiró el pie que mantenía inmovilizado al guardia y, aprovechando el giro, descargó un golpe brutal que lo lanzó por los aires. El cuerpo salió disparado directo contra el casco del barco, atravesándolo como si fuera papel viejo, dejando un hueco retorcido en el metal.
Rigor levantó la mano.
—Cañón temporal.
La energía se concentró y salió disparada en línea recta hacia el barco. El impacto fue antinatural. No fue solo una explosión: el casco del barco se contrajo sobre sí mismo, como si el tiempo hubiera sido comprimido violentamente en un solo punto. Luego, el sonido llegó… tarde, profundo, ensordecedor.
La explosión fue gigantesca. El barco tembló, el fuego se elevó y fragmentos de metal salieron despedidos hacia el muelle y el mar. Clasto observó la escena sin apartar la mirada. Sus ojos amarillos brillaron con intensidad. Alzó ambas manos y comenzó a invocar, esta vez sin temor, sin vacilación.
Entre el humo del barco y el fuego, una criatura colosal, una mezcla entre abejas de magma, y una serpiente, aquellas abejas con un cuerpo incandescente que parecía fluir como lava viva. La serpiente medía cientos de metros, cerca de setecientos, y su avance hacía hervir el aire. Sus alas zumbaban como volcanes vivos. La serpiente su cuerpo serpenteaba con un peso que hacía temblar el puerto entero.
Clasto señaló a los enemigos. La criaturas se lanzaron. Los mafiosos gritaron. Algunos intentaron huir. Otros dispararon sin sentido. Nada sirvió. El magma, el fuego y la presión lo devoraron todo, mientras Rigor observaba, aún sonriendo, con la certeza absoluta de que esa noche el puerto recordaría su nombre… aunque no supiera quién lo había pronunciado.
Clasto lo sintió antes de verlo. Era un tipo de miedo muy fuerte, mayormente no es algo de él.
Entre el humo, el fuego y los restos del barco destruido, una presencia distinta se alzó. Uno de los jefes de la mafia rival dio un paso al frente, y su enojo fue tan denso que casi podía tocarse. Sus escamas comenzaron a brillar con un fulgor antinatural, recorriendo su cuerpo humanoide de dragón como placas vivas que despertaban. El aire alrededor de él vibró, cargado de hostilidad. A su lado aparecieron otros dos. Yoraza Ustra avanzó con elegancia venenosa. Su figura era delgada, peligrosa, con ojos afilados que analizaban todo como si ya estuviera calculando cómo matar. Cada paso suyo parecía silencioso, pero pesaba más que el de un soldado común. A la otra orilla, Trogter se plantó como una muralla: enorme, macizo, con músculos tensos y cicatrices que contaban demasiadas guerras ganadas por pura fuerza bruta.
Cuando los tres fijaron la mirada en Rigor… Y luego en Clasto, lo entendieron al mismo tiempo. Esto no era una emboscada cualquiera. Esto iba a terminar mal.
Las invocaciones de Clasto comenzaron a disiparse, una a una, como sombras que regresan a su origen. El niño apretó los dientes, concentrado, y finalmente bajó los brazos. Se giró hacia Rigor, dudando apenas un segundo.
—¿Puedes… darme tiempo? —preguntó, con una seriedad impropia de su edad.
Rigor no respondió de inmediato. Solo asintió.
—Haz lo que tengas que hacer.
Sin mirar atrás, comenzó a caminar. Sus pasos eran tranquilos, casi despreocupados, mientras se dirigía directamente hacia Yoraza Ustra y Trogter. El fuego iluminaba su silueta desde atrás, proyectando una sombra alargada sobre el suelo del puerto.
Yoraza sonrió de lado.
—Míralo… viene solo.
Trogter gruñó, apretando los puños.
—No importa quién sea. Lo romperé.
Rigor los observó con una sonrisa tranquila, peligrosa. No activó el tiempo. No levantó energía. Simplemente siguió avanzando, como si estuviera a punto de comenzar un entrenamiento más.
—Dos contra uno… —murmuró—. Supongo que es suficiente para no aburrirme.
Detrás de él, Clasto cerró los ojos y empezó a concentrarse. Delante de él, Yoraza y Trogter adoptaron postura de combate. El puerto quedó en silencio por un instante. Y luego, el verdadero combate comenzó.
Draok, el primero de los mafiosos, avanzaba con paso firme. Sus escamas relucían bajo la luz, fusionadas con un cuerpo humanoide de dragón que imponía solo con su presencia. Caminaba a la par de Yoraza Ustra y Trogter; los tres estaban listos.
Rigor apareció de pronto frente a Yoraza Ustra. No midió palabra: su puño se lanzó directo. El golpe impactó con fuerza, pero ella lo resistió. En el mismo movimiento, giró el cuerpo y clavó un ataque venenoso con el aguijón oculto en el nudillo derecho. Rigor no sintió el pinchazo; para él, fue como si nada hubiera ocurrido.
Respondió de inmediato. Con una velocidad brutal, elevó la pierna derecha y la estrelló contra el torso de Yoraza Ustra, enviándola despedida a través de varios hangares, destrozando estructuras a su paso. En ese instante, Trogter aprovechó la apertura y descargó un golpe de pura fuerza bruta contra el torso de Rigor. El impacto resonó, pero Rigor lo soportó. Giró sobre sí mismo y lanzó un puñetazo directo con el brazo derecho.
Trogter logró esquivarlo.
Fue entonces cuando Rigor sintió algo extraño. Su poder comenzó a disminuir, gota a gota, como si se escapara de su propio cuerpo. El tiempo a su alrededor casi se detuvo… no del todo, sino como si el mundo entrara en cámara lenta. Aun así, su golpe continuó, y esta vez conectó: el impacto dio de lleno en la cabeza de Trogter. Rigor sonrió.
Pero ese gesto le costó caro. Al mover la cabeza, Draok ya estaba allí. Se desplazó con una velocidad feroz y descargó un golpe directo al pecho de Rigor, justo en la boca del estómago. El dolor fue inmediato y profundo. Su poder se desestabilizó por completo; el tiempo regresó abruptamente a la normalidad. Rigor salió disparado por la fuerza del impacto. Intentó detenerse, anclar el cuerpo al suelo… pero fue inútil. Terminó estrellándose contra un hangar repleto de contenedores, que se deformaron y colapsaron con el choque.
Aun así, se levantó casi al instante. Un hilo de sangre escapaba de sus labios; la limpió con el dorso de la mano mientras recuperaba el aliento.
No muy lejos, Clasto estaba llegando a su límite. Poco a poco, completaba la invocación. El suelo comenzó a resquebrajarse y de él emergieron dos manos de un rojo intenso, grandes, antinaturales. Luego, la criatura sacó la cabeza. No tenía ojos… Pero sí una boca. Era evidente que no necesitaba ver: podía localizar a sus enemigos mediante ecolocalización, emitiendo sonidos ultrasónicos imperceptibles para los humanos y leyendo los ecos que regresaban.
Cuando la entidad terminó de emerger, Clasto habló con la voz cargada de energía, entregándolo todo en ese último acto. Toda su fuerza fluyó hacia la invocación. Su cuerpo no lo resistió más. Mencionó algo antes del desmayó.
—Invocación divina… Hagrold. — Resonó esa palabra en todo el lugar.
Continuará…
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com